En fechas recientes, distintas manifestaciones del #MeToo mexicano reavivaron la discusión sobre la violencia sexual que viven las mujeres en nuestro país y sobre la complejidad de los feminismos actuales. El siguiente ensayo propone erradicar la consideración de un feminismo monolítico desde la reconstitución de lo femenino como teoría crítica.

Mitad víctimas, mitad cómplices, como todo el mundo.
 —J. P. Sartre citado por Simone de Beauvoir en El segundo sexo

Fue en 1949 cuando Simone de Beauvoir respondió a la pregunta que todo feminismo debería hacerse: ¿qué es una mujer? “No se nace mujer: se llega a serlo”, escribió en el primer capítulo de El segundo sexo. En tres tomos que revisan exhaustivamente la forma en que personajes, autores o saberes (como el psicoanálisis) vieron lo femenino.

Hoy, setenta años después, muchos feminismos pasan por alto el argumento que desvanece la fijeza de la identidad: “ningún destino biológico, psíquico o económico define la figura que reviste en el seno de la sociedad a la hembra humana; es el conjunto de la civilización el que elabora ese producto intermedio entre el macho y el castrado al que se califica de femenino”.1 En El segundo sexo las cosas no son tan simples entre hombres y mujeres, no hay enemistad, hay articulaciones y posicionamientos posibles; hay libertad y responsabilidad.

Nociones como las de justicia, libertad de elección, responsabilidad o sujeto autónomo que se constituye a sí mismo, están enmarcadas en la corriente existencialista a la que Beauvoir perteneció. Las palabras sometimiento, opresión y libertad, se mencionan alrededor de 50 veces cada una. Poder, 182 veces, utilizada en un sentido de cosa que se posee, de orden binario entre dominadores y dominados, como una estructura o racionalidad formulada por grupos de control. ¿La palabra esclavitud es utilizada aquí como sinónimo de sometimiento y dominación o se puede hablar de resistencia?

Tal vez la primer tarea de todo feminismo es revisar el lenguaje que lo habla.

Para “pensar el sexo sin la ley y, a la vez, el poder sin el rey”,2 como propuso Michel Foucault en 1976, hay que visualizar otro poder, múltiple, de incesantes luchas y enfrentamientos, que se ejerce en relaciones de fuerza móviles, no igualitarias, constituidas por resistencias que no son exteriores al poder, sino su propia condición. Los focos de resistencia, distribuidos también de manera irregular, no son exteriores sino inmanentes a las relaciones (de saber, sexuales, de género, políticas, económicas); por lo tanto, se trata de relaciones que más allá de subyugar, producen, pues, “el poder está en todas partes: no es que lo englobe todo, sino que viene de todas partes, […] no es una institución, y no es una estructura, no es cierta potencia de la que algunos estarían dotados: es el nombre que se presta a una situación estratégica compleja en una sociedad dada”.3

El movimiento feminista no es exterior al poder ni está sometido: participa de estas situaciones estratégicas complejas, determinadas por momentos culturales específicos. En la medida en que participa del poder, produce tipos de relaciones.

Teresa López Pardina cree en la posibilidad de estados de opresión reemplazables que abran paso a una emancipación, un estado de justicia “en el que cada cual, hombres y mujeres convivan fraternal y libremente”.4 Cabe preguntarse si, más que considerar un estado de opresión, hay que reconocernos en lucha permanente. Y si esta tensión continua no vuelve insostenible la concepción lineal de batallas en las que en algún momento se triunfa. La justicia pensada como finalidad la convierte en una de esas grandes instancias homogéneas y trascendentes a las que se accederá en un tiempo mítico.

Sin finalidad solo queda el proceso, pero un proceso basta para desencadenar, además de discursos y prácticas, sujetos. Los sujetos surgen de estas relaciones no como individuos libres y autónomos, sino como seres sujetados por instancias productoras de nociones como las de sexualidad o género.  Se ha dicho que la diferencia entre el sexo y el género radica en que el primero nos es dado naturalmente, mientras que el segundo es construido culturalmente; sin embargo, revisiones genealógicas como la de Thomas Laqueur lo ponen en duda:       

Las fuentes en que me he basado dan testimonio de la incoherencia esencial de las categorías estables y fijas del dimorfismo sexual, del macho y/o la hembra. La noción, tan poderosa desde el siglo XVIII, de que debía haber algo exterior, interior o que comprendiera todo el cuerpo, que definiera al macho como opuesto a la hembra y que diera fundamento a la atracción de los opuestos está por completo ausente de la medicina clásica o renacentista. En términos de la tradición milenaria de la medicina occidental, que los genitales se convirtieran en signos de la oposición sexual es cosa de la semana pasada. En efecto, casi todas las pruebas sugieren que la relación de un órgano como signo y el cuerpo que, como si dijéramos, le da crédito, es arbitraria, como también la relación entre signos.5

Una revisión de los conceptos muestra que la diferenciación a partir de los órganos sexuales no siempre ha sido clara y distinta pues, al concebirse como signos, su posición es también arbitraria. A la misma conclusión llega Foucault, para quien la sexualidad está lejos de ser una instancia dada por la naturaleza que el poder se encarga de reprimir es, por el contrario, un efecto producido por el poder: “Es el nombre que se puede dar a un dispositivo histórico: no una realidad por debajo”.6

Si tanto la idea de “naturaleza sexual” como la de sexualidad son producidas, parece borrarse la relación del tipo causa-efecto entre sexo-sexualidad, mujer-género y un largo etcétera de conceptos que, al desnaturalizarse, se exponen como invención y, por lo tanto, como objetos a ser permanentemente remodelados. No solo eso, suele darse por hecho que el poder reprime la sexualidad, en realidad, la produce. Al hiperclasificar los géneros, las tendencias y gustos sexuales se insiste en separar, en diferenciarnos, en entender la identidad sexual como una esencia y no como un efecto de un dispositivo de poder. Algunos feminismos creen ubicarse en el lugar de un contrapoder pero, al utilizar los discursos esencialistas, positivistas y de determinismo biológico binario no hacen sino ratificar el lugar de dominación que se juega en la asignación de las identidades

Hablamos de un sujeto sujetado por la política, la economía, la sexualidad, el conocimiento, el género. Aunque hay diferentes modos de sujeción, no hay sujeciones invariables: hay inestabilidad.

A pesar de estar en ese desequilibrio, solemos pensarnos sobre categorías sólidas, por ello, nuestras estrategias suelen escamotearnos, engañarnos, incluso traicionarnos: creemos estar avanzando filas mientras sufrimos la emboscada de nuestros propios discursos. Esto ocurre porque los discursos funcionan como bloques tácticos en el campo de las relaciones de fuerza, y “puede haberlos diferentes e incluso contradictorios en el interior de la misma estrategia; pueden por el contrario circular sin cambiar de forma entre estrategias opuestas”.7

Esta utilización del mismo discurso para  distintas estrategias, ocurre regularmente en los discursos feministas que buscan tomar el lugar del enemigo sin poner en duda la estructura de poder que lo sostiene. Rita Segato propone tratar de entender la forma en que el patriarcado se organiza práctica y simbólicamente como una estructura que fija y retiene los símbolos del mandato de la masculinidad:

Una de las dificultades, de las fallas del pensamiento feminista, es creer que el problema de la violencia de género es un problema de los hombres y las mujeres. […] Yo afirmo que los varones son las primeras víctimas del mandato de masculinidad. […] Yo creo que aquel último gesto que es un crimen, es producto de una cantidad de gestos menores que están en la vida cotidiana y que no son crímenes, pero son agresiones también. Y que hacen un caldo de cultivo para causar este último grado de agresión que sí está tipificado como crimen, pero la mayor cantidad de violaciones y de agresiones sexuales a mujeres no son hechas por psicópatas, sino por personas que están en una sociedad que practica la agresión de género de mil formas pero que no podrán nunca ser tipificadas como crímenes. […] Son variantes de lo mismo, que es la posesión masculina como dueña, como necesariamente potente, como dueño de la vida.8

El machismo no es una cuestión de género, sin embargo, en el discurso de ciertos feminismos —no hay que dejar de decirlo, hay feminismos de todo tipo—  hay posiciones que van en contra de su propia estrategia. El mismo discurso de infantilización de la mujer utilizado para someterla es usado para redimirla, la victimización opaca la concepción de la autonomía: el victimismo es un recurso del poder que nos anula.

Quienes actúan con autonomía vencen las resistencias, asumen los riesgos, entre ellos el de quedarse sin un trabajo por decir: «No, gracias». No basta con exigir autonomía, también tenemos que vivirla de manera concreta. […] En su obra Emilio o De la educación, Rousseau ya dijo que la sexualidad femenina burguesa se desarrolla a partir del rechazo, de «decir que no». Según Rousseau, una mujer que dice que sí, que actúa sexualmente a la ofensiva, «disuelve la familia y rompe todos los vínculos de la naturaleza». Hoy en día seguimos sin haber liberado la sexualidad femenina de estas imágenes”.9

También es necesario repensar las prácticas de denuncia, formas de justicia espontáneas que operan como una toma de poder masiva bajo la lógica de la revancha (no importa ser injusto porque ya hemos sido víctimas de la injusticia). Esta posición ha sido vista por algunas feministas como una imitación de métodos masculinos —leídos como sinónimo de vicios patriarcales, crueles, narcisistas, castigadores y abusivos— contra los que hay que posicionarse:

Cuidado con los linchamientos, pues hemos defendido por mucho tiempo el derecho al justo proceso, que no es otra cosa que el derecho al contradictorio, a la contradicción, al contraargumento en juicio. Linchamiento y escrache no son lo mismo. El escrache […] se elabora a través de un “proceso”, que es de justicia aunque no de justicia estatal. Cuando la justicia estatal falla, otras formas de justicia aparecen, pero no son espontáneas, pues hay deliberación, consulta, escucha, y la consideración por parte del colectivo de que se puede estar cometiendo un error –eso es el contradictorio, eso es el espacio para la posibilidad de la contradicción–. El linchamiento es una forma de ejecución sin ninguna de esas garantías. Es una ejecución sumaria, y extrajudicial en el sentido de que no está sometida a ningún tipo de deliberación, ni estatal ni de la colectividad en cuanto tal.10

Pero movimientos como el MeToo tienen otros problemas además de la impartición de justicia desde el postulado de “demostrar la inocencia y no la culpabilidad”. El filósofo esloveno Slavoj Žižek lo ve como un “movimiento ideológico individualista capitalista tardío”,11 es decir, un movimiento que comenzó haciendo visible la miseria de la explotación diaria de mujeres negras trabajadoras —como la de Tarana Burke,  quien fundó el MeToo en 2006—, pero que rápidamente fue reapropiado por el individualismo liberal burgués. Después de hacerse un fenómeno masivo y un espectáculo, los problemas de explotación reales fueron borrados, haciendo énfasis en las formas afables de actuar, en lo políticamente correcto, virando  en un movimiento narcisista que crea una distancia insalvable con los otros. El problema es que las acciones no son intrascendentes, algunos espectáculos invisibilizan los problemas de fondo.

En su icónico libro La sociedad del espectáculo, Guy Debord aborda la posibilidad de que la aparición de los medios de comunicación y la concreción del capitalismo, modificara la forma en la que el espectáculo opera, ya no como articulación social, sino como mera representación: “el espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas mediatizada por imágenes”.12 Así considerado, el espectáculo separa y vuelve pasivo. Los “medios” (esas entidades tecnológicas que transmiten información), más que instituirse como un vínculo espacio-temporal entre dos entidades (espectáculo y espectador) se han vuelto protagonistas: la producción mediática es el espectáculo por sí mismo.

Las redes sociales y los hashtags operan también como espectáculo que aísla y neutraliza al construir personajes (la víctima, a la que se le exigen ciertos comportamientos morales para estar en el papel, y el hombre, convertido en monstruo violento) y lenguajes robotizados (el lenguaje del MeToo está profundamente restringido a un  puñado de frases hechas que, a base de repetirse ad nauseam, pierden su sentido y erradican toda perspectiva ética). Los medios echan a andar una maquinaria en la que el espectáculo mismo toma el lugar protagónico.

Ilustración: Estelí Meza

Violencia, erotismo y asepsia

El lenguaje del poder es beligerante. La política, entendida como suplencia o “continuación de la guerra”, produce nociones como las de táctica, estrategia, enemigo, exclusión, muerte simbólica. ¿Queda algo de la violencia o está completamente simbolizada por la civilización? ¿La violencia simbólica es erradicable? ¿Toda seducción es una forma de violencia? ¿El acoso es interpretable o puede haber errores de interpretación?

No existe un erotismo encerrado en la asepsia del Uno.

Para Georges Bataille concebir un mundo no violento es de una idealización malsana; en su obra, apuesta por un universo en el que erotismo y muerte van de la mano. El  erotismo violenta los límites de los individuos como entes cerrados (discontinuos), los expande al otro (accediendo, con ello, a una idea de continuidad). Buscamos lo continuo porque siempre buscamos al otro.

Para Bataille, todos somos, en mayor o menor medida, seres violentos que reniegan de las destrucciones escandalosas para dar paso a la destrucción oscura y sigilosa: nos contentamos con una impresión poco consciente de destruir. La violencia se reduce a un acto culpable que nos atrae porque es el señuelo que nos permite vislumbrar el otro lado. Para la experiencia interior batailleana el sujeto y el objeto son inseparables, al destruir al objeto el sujeto queda afectado: “lo que nos atrae en el objeto destruido (en el momento mismo de la destrucción) es que tiene la capacidad de revocar —y arruinar— la solidez del sujeto”.13

En toda seducción se juega el poder. “Las mujeres se visten de forma provocativa para atraer la mirada masculina y se cosifican a sí mismas para seducir a los hombres. No lo hacen como objetos pasivos, son objetos activos de su propia cosificación, jugando juegos ambiguos, incluyendo el pleno derecho a detener el juego en cualquier momento”.14 Para Slavoj Žižek, las mujeres tienen derecho a objetualizarse a sí mismas, siempre que haya control del fin de un juego que siempre es doble, siempre entre líneas. Propone que, más que devaluar la sexualidad masculina se debe lograr una revalorización de la femenina. Devolver el deseo a la mujer borrando la idea de que la mujer solo se rinde ante el deseo del otro.

Esta restitución del deseo solo puede ocurrir mediante la actitud crítica que es, sobre todo, un ejercicio que modifica el “orden natural de las cosas”. Es un ejercicio de extrañamiento sobre nuestro propio lugar en ellas.
Se ha dicho que las críticas a movimientos como el MeToo parten de plataformas misóginas, de ejercicios inconscientes que no ven la atroz realidad femenina. Una autocrítica sería un retroceso de todo lo ganado, dar la razón al enemigo: una rendición. Si hay un punto débil en estos movimientos es que son axiomáticos, no dan lugar a la autocrítica.

La crítica, entendida kantianamente, es una herramienta de construcción, no una claudicación; es un ejercicio de libertad en la medida en que nos hace capaces de demarcar nuestros propios límites. A la impaciencia de la libertad es necesario oponer la paciencia de la actitud crítica. Problematizar nos abre a la contradicción porque nos pone en colectividad, en una cultura y un tiempo dados.

¿De dónde surge un discurso que considera que las mujeres no mienten, no tienen errores de interpretación, no deben ser cuestionadas? ¿Ese discurso monolítico, cerrado, autoevidente es patriarcal o teológico, cuándo se volvió feminista?

¿Por qué nos sentimos más cómodos en un universo de hipercontrol social donde el tribunal de las redes sociales desvanecen las paredes de lo público y lo privado? Necesitamos recuperar el deseo, los gestos, las palabras: “Debemos preparar a nuestras y nuestros jóvenes para que puedan tramitar sus relaciones con su propia palabra y con sus propios gestos. […] Que la mujer del futuro, no sea el hombre que estamos dejando atrás”.15

Gestos vacíos, palabras huecas

No se nace mujer pero, probablemente, tampoco se llegue a serlo. Estamos articulados por retazos, por multiplicidades. Somos efectos de dispositivos, de formas de sujeción inestables que también están en lucha. Si hemos sido inventados, también somos capaces de reinventarnos, de ficcionarnos, entendiendo la ficción no como simulación, falsedad o fantasía, sino como construcción que activa planos de distintas realidades, procesos de pluralidad más que de finalidad, que incluyen lo político y la participación de lo colectivo.

No llegará el día en que los sujetos vivan por fin en un reino ideal de justicia y libertad, de producción creativa apartada de exclusiones. Es estratégicamente inútil pensar en fines más que en procesos. Al desacostumbrarnos al pensamiento que ve al poder en manos de los enemigos, bajo la forma de aparatos de Estado —ejército, policía, administración jurídica—, podemos hacer visible el ejercicio del poder político a través de otras instituciones (familia, centros de enseñanza, colectivos virtuales) que parecen inofensivas y de las que solemos formar parte: mitad víctimas, mitad cómplices, como todo el mundo.

Una diversidad de teorías de género —posgénero, posfeminismo, descolonización del género, transformación de lo femenino en posibilidades de ser otros, ciberfeminismo, radfem, feminismo interseccinal— nos hablan de una exigencia por valerse de ideas y vocabularios de modo polifónico, por pluralizar los discursos. Parece prudente ya no refundar, sino abrirse al abismo de las invenciones. No ver lo colectivo como lo universal a lo que hay que anexarse, sino como suma de posibilidades abiertas.

 Hay violencias imperdonables, violaciones, feminicidios, números crecientes en la trata. No hay que perderlos de vista. Es necesario pensar en todo ello, ubicando nuestra responsabilidad en un terreno que se aleje de la culpa y se acerque a la consideración estratégica de los discursos y las prácticas;  apartarnos del espectáculo, crear comunidades, no quitar la palabra a los otros, restituir otros lenguajes.

Se sabe que pensar ni consuela ni hace feliz, no vislumbremos futuros edulcorados o asépticos. En el tránsito podremos apartarnos de posiciones determinadas, descolocarnos de los gestos de otros y de las consignas vacías para construirnos como efectos de nuevas prácticas. Siempre seremos sujetos de otros, pero podemos elegir no ser ser hablados de ciertas maneras. Entonces, tal vez algo habrá valido la pena.  

 

Claudia Monterde
Investigadora y ensayista.


1 Simone de Beauvoir, El segundo sexo, Argentina, Ediciones siglo XX, 1980, p. 109.

2 Michel Foucault, “La voluntad de saber”, Historia de la sexualidad, Tomo I, México, Siglo XXI, 2007, p. 111.

3 Ibidem, p. 113.

4 El segundo sexo constituye un corpus teórico que desmonta la desigualdad entre mujeres y hombres porque nos demuestra que la desigualdad es algo construido, una construcción cultural. Y, al mismo tiempo nos proporciona las herramientas teóricas para reemplazar esa construcción anti-igualitaria e injusta por otra igualitaria y justa; para terminar con un estado de opresión y reemplazarlo por un estado de distensión, en el que cada cual, hombres y mujeres convivan fraternal y libremente. Cfr. Teresa López Pardina, Beauvoir, la filosofía existencialista y el feminismo, Instituto de Investigaciones Feministas, Revista UCM.

5 Thomas Laqueur, La construcción del sexo, España, Cátedra, 1994, p. 52.

6 Entendido como una red heterogénea de discursos, prácticas, instituciones, leyes, etc., que está situada históricamente y que produce sujetos que quedan “sujetados” a efectos de poder.

7 Ibidem, p. 124.

8 Entrevista a Rita Segato en La tinta.

9 Svenja Flaßpöhler autora del ensayo La potencia femenina en entrevista con el diario ABC.

10 Rita Segato, “El problema de la violencia sexual es político no moral” en Página 12.

11 Slavoj Žižek en RT.

12 Guy Debord, La sociedad del espectáculo, Barcelona, Pretextos, 2004.

13 Bataille, La felicidad, el erotismo y la literatura, Argentina, Adriana Hidalgo Editora, 2004,  p. 121.

14 Slavoj Žižek.

15 Rita Segato, op, cit., id.

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Una de las conclusiones de los estudios sobre la violencia de género en la educación superior es que, en ocasiones, el silencio y la complicidad de las autoridades universitarias imposibilitan el desmantelamiento de estas conductas. Aun cuando existen medios para denunciar, las víctimas enfrentan distintas trabas, desde el miedo a contar su historia, hasta la falta de sanciones.

Paola Arenas, docente en la Universidad de Guanajuato, campus León, está cansada de relatar el momento en que fue víctima de violencia de género en el trabajo. Desde finales de 2016, cuando creyó pertinente solucionar el problema de manera personal, ha contado su historia ante distintas instancias de la universidad.

Hablar personalmente con su agresor, que era su par académico, empeoró la situación pues derivó en lo que Arenas refiere como mobbing laboral, término que desconocía hasta que comenzó a sentir aislamiento en la oficina y una forma de violencia grupal dirigida explícitamente hacia ella. “Yo llegué a invitar a varias personas a mis eventos y hoy ya no soy invitada a ninguna reunión. Son situaciones pequeñas, pero que generan exclusión. Yo soy la incómoda”, relata.  Seis meses después del episodio que desató todo, Arenas decidió acudir a la dirección de la División de Ciencias de la Salud, la cual le ofreció una mediación. “Nunca me pidieron que estuviera presente con la persona a la que estaba imputando. Como ya había ido con la Procuraduría de Derechos Humanos [de la universidad] me ofrecieron una audiencia con el Rector General, al que tenía que llevarle documentos para demostrarle que era una persona honorable. Cuestionaron lo que estaba diciendo”.

Ilustraciones: Estelí Meza

A pesar de que el Protocolo de Atención a Casos de Violencia de Género tenía más de un año de haber entrado en vigor en la universidad, la profesora Arenas tuvo conocimiento de éste hasta noviembre de 2017. No es que las autoridades lo escondieran, sino que en León ignoraban la existencia del programa denominado Ugénero. Dicho protocolo se creó a raíz de la denuncia de acoso sexual de la alumna Isabel Puente contra el profesor Julio César Kala en 2015. Las autoridades crearon el Programa Institucional de Igualdad de Género de la Universidad de Guanajuato, puesto en marcha en abril de 2016, y un mes después se implementó el protocolo. Actualmente Ugénero cuenta con un sitio web en el cual se detalla su propósito así como las vías para denunciar. Las personas del programa que atendieron a Arenas “han sido empáticas”. “Me sentí muy acompañada por la psicóloga; me daba elementos conceptuales para entender que hubo mobbing y violencia por mi condición de género”.

En general, estos protocolos entienden la violencia con una perspectiva de género, es decir, entienden que incluso los hombres son susceptibles a ser dañados física y psicológicamente, pero están elaborados para proteger sobre todo a las mujeres en tanto la violencia de género las afecta más a ellas, según demuestran las estadísticas.1 Un informe publicado por la UNAM con datos sobre la situación de violencia de género en la institución señala, por ejemplo, que solamente el 2 por ciento de las denuncias en el último año (251) fueron hechas por hombres.

Las universidades son espacios donde se reproduce la violencia estructural que hay en el exterior y son pocas las que cuentan con estadísticas para develar el problema específico del género. Apenas en 2018 se creó el Observatorio Nacional para la Igualdad de Género en las Instituciones de Educación Superior (ONIGIES) que elaboró un sistema de medición de avances institucionales para erradicar la violencia de género en una escala del 0 al 5, en el que cero significa un avance nulo y cinco, consolidado. El estudio en 40 instituciones de educación superior de todo el país arrojó un promedio de 1.5.

En la Universidad de Guanajuato, el proceso para solicitar el auxilio de Ugénero es bastante sencillo. La denuncia se puede presentar de forma presencial, vía correo electrónico o por teléfono. Después, la persona de la ventanilla Ugénero conversa personalmente con la víctima para dilucidar la gravedad del asunto. Se levanta un acta y se le ofrece apoyo psicológico y asesoría legal. Así se genera el expediente que será enviado al área competente dentro de la universidad y de acuerdo con el lugar que ocupe la víctima dentro de la institución. En este proceso, cuyos meses de resolución varían según el caso, solamente hay siete mujeres en el equipo de Ugénero para atender a una matrícula de 42 mil alumnos, es por esto que se complica la aplicación del protocolo.

La Universidad de Guanajuato consta de cuatro campus: Irapuato, Celaya, León y Guanajuato. En este último se ubica la oficina de Ugénero, y dado que la atención siempre es personalizada, a veces las especialistas se tienen que desplazar hasta 70 kilómetros. “Se vuelve una locura. Se está tratando de tener una persona de primer contacto por campus. El desplazamiento implica tiempo y es costoso. El abogado y el psicólogo van adonde está la persona”, explica Lourdes Gazol Patiño, coordinadora del programa.

Prevención y sanciones

Otro de los retos refiere a los órganos que juzgan los actos. Una vez realizado el expediente, Ugénero carece de jurisdicción para determinar el tipo de sanción o bien para determinar quiénes deben ser los jueces. Se trata de tres distintas instancias según los involucrados: Comisión de Honor y Justicia, Contraloría General y la Dirección de Recursos Humanos. Sin embargo, Paola Arenas acusó que dentro del Comité de Honor y Justicia de su campus había gente cercana a su agresor. Afortunadamente, logró que su caso fuera revisado por el comité general integrado por gente externa al comité de su campus.

De 153 expedientes que se abrieron en dos años, Ugénero desconoce el tipo de sanciones que han implementado dichas instancias. “Es adonde nos tenemos que meter. Sentimos impotencia porque no está en nuestras manos. Ahora, una nueva normatividad nos permitirá tener más clara la parte de la impartición de justicia y apostarle a la parte de prevención”, dice Gazol Patiño.

Hace unos años, las autoridades de una universidad pública de la Ciudad de México descubrieron que un alumno golpeó a su pareja estando dentro de las instalaciones.2 Para quienes analizaban el asunto era imposible determinar una sanción pertinente, por lo que le pidieron su consejo a la doctora María Huacuz Elías, especialista en violencia de género de la UAM-Xochimilco. “Yo les dije: ‘miren qué curioso, expulsan a un chico que copia una tesis pero me están preguntando si un chico que golpea a su novia amerita expulsión’”, relata. La anécdota la utiliza para ilustrar la relevancia de las sanciones desde el ámbito universitario, pues si bien las autoridades no pueden intervenir en las tareas de un Ministerio Público, éstas deben llevar su propio proceso con claridad.

Desde 2011, Huacuz Elías y otras colegas de la UAM-Xochimilco comenzaron a crear el Protocolo para la Atención de la Violencia de Género que entró en vigor hasta mayo de 2018. Con más de ocho años investigando el tema, la experta otorga una definición de los protocolos: “Es un documento en el que tienen que quedar claros los pasos que la universidad seguirá para disminuir la violencia de género. Te permite ver la ruta más adecuada y la que menos afecte a las víctimas. Tiene que decir qué es lo que tiene que hacer cada una de las instancias de la universidad cuando llega un caso”, define.

Para la especialista, la violencia dentro de las universidades está vinculada al contexto en el que se encuentran. Huacuz refiere, por ejemplo, que las alumnas de algunos de los campus de la Universidad Intercultural ubicados en zonas rurales y regiones indígenas están bajo la amenaza latente de grupos del narcotráfico. “Por su parte, lo que he visto en la UAM es que las alumnas viven mucha violencia en su casa y con sus novios. Cuando llegan con el profesor que las atosiga, para ellas es un continuum a veces indetectable. En este país un alto porcentaje hemos sido abusadas sexualmente por alguien en la infancia. Entonces con el tocamiento de un profesor te salta el abuso del tío. Si la persona que vive la violencia padece violencia en otro contexto, es más complicado”, explica. Uno de los problemas de los protocolos, dice Huacuz, es que surgen a raíz de hechos violetos que obligan a los rectores o directores a tomar acciones, pero dada la premura de los casos, las instancias carecen de grupos de especialistas que tengan la capacidad de operar el protocolo.

Solidaridad entre las víctimas

En general los protocolos universitarios que existen se han creado a partir de las redes de solidaridad que tejen las víctimas. Una vez presionadas, las autoridades resuelven activar el mecanismo. En algunos casos, las mismas alumnas están involucradas en la redacción del protocolo, como sucede en la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), en donde, desde septiembre del año pasado, se integró una mesa sobre violencia de género con alumnas de todas las carreras y generaciones.

Miembros de ese del colectivo relataron que la situación que se vive dentro de las instalaciones de la ENAH con respecto a la violencia es grave; tanto profesores como alumnos suelen acosarlas a través de redes sociales o físicamente en el campus. En una ocasión, un alumno empezó a hacerle insinuaciones sexuales a su compañera tanto en las instalaciones como por las redes sociales. Como reacción a las negativas que ella le daba, un día y frente a varios compañeros en el espacio McENAH, el agresor la amenazó con una hoz. El episodio fue denunciado, pero el departamento la ignoró. Además, quien atendía los casos de violencia de género era un hombre sin especialización, como ocurre frecuentemente en las universidades que carecen de protocolo. Las alumnas de la ENAH protestaron y lograron que fuera reemplazado por una abogada experta en la materia.

Otro ejemplo de movilización es el del Colegio de México. La mañana del 13 de noviembre de 2018, las instalaciones del Colmex amanecieron repletas de denuncias sobre la violencia que viven las mujeres a diario en una de las instituciones académicas con más prestigio en el país. Besos no deseados, albures en medio de la clase, desdén intelectual, tocamientos por parte del personal administrativo, miradas lascivas y juicios sobre su apariencia fueron algunas de las quejas que redactaron bajo el hashtag “AquíTambiénPasa”.

De acuerdo con el colectivo de mujeres responsables del movimiento, la protesta surgió luego de que un caso de acoso fuera desatendido por las autoridades. “La compañera fue primero con una profesora, y ella le recomendó no denunciar porque se iba a desgastar. Luego fue con la junta de profesores del Centro de Estudios Internacionales, donde solo hay una mujer y cinco hombres. Al final, el Centro se declaró incompetente para resolver el caso. El alumno que cometió la agresión no tuvo castigo”, relatan.

Aquel martes, mientras los pizarrones estaban tapizados de denuncias, algunos profesores preguntaron sobre la magnitud del problema; otros lo ignoraron o se sintieron ofendidos. Al día siguiente llamaron a las alumnas del Centro para dialogar con ellas, y les comentaron que efectivamente existía un protocolo provisional. Tres semanas después les enviaron el documento que, de acuerdo con el colectivo de alumnas, no establece consecuencias.

El Colmex tiene la desventaja de que, como su matrícula es reducida, las generaciones están conformadas por grupos de 30 personas; entonces, cuando sucede un acto de violencia de género, las alumnas o alumnos están expuestos a encontrarse a su agresor todos los días. Asimismo, explican, dado que algunos profesores gozan de prestigio internacional, es muy difícil pensar en levantar una denuncia contra alguno de ellos.

Si bien las alumnas celebran la iniciativa de las autoridades de implementar un protocolo que entrará en vigor en marzo, también lamentan que el interés haya surgido luego de la protesta de #AquíTambiénPasa y su alcance mediático. El colectivo que agrupa alrededor de 30 estudiantes espera que el protocolo tenga delimitadas las sanciones que se interpondrán así como un plan para prevenir el acoso, pues una de las consecuencias más graves de este tipo de violencia recurrente es que las alumnas decidan abandonar sus estudios a causa del miedo.

El miedo a denunciar

Le sucedió primero como alumna de la UNAM y luego como investigadora de la misma institución. Durante más de 12 años, esta abogada fue víctima de acoso sexual por parte de un profesor. A sus 36 años relata que el agresor se hizo pasar por su colega, mentor y amigo. Decidió romper el silencio cuando se enteró que las becarias que trabajaban con él también estaban siendo acosadas. “Se trataba de un colega al cual le guardaba gratitud y sentimientos de compasión. Es decir, normalicé conductas abusivas y violentas que después noté que eran generadas por la manipulación”.

La víctima sabía de la existencia del protocolo que la UNAM publicó en la Gaceta el 29 de agosto de 2016. Sin embargo, antes de asistir a la Unidad de Atención de Quejas y Denuncias (UNAD) sintió miedo. Pensaba que de alguna manera era cómplice de su situación y la de las becarias debido al silencio de tantos años. Otro temor era que el procedimiento no se condujera con imparcialidad. Gente alrededor le hacía comentarios negativos en contra del protocolo: “usarán tu caso como bandera sin importar que tu reputación se vea mermada”, le dijeron.

Aun así, se atrevió a hacer la denuncia y a lo largo de cinco días recibió apoyo psicológico y legal. Con el primero descubrió que padecía Síndrome de Estocolmo, y que justificó a su agresor durante mucho tiempo. En términos legales le fue complicado redactar la denuncia; tardó 15 días. “Era extremadamente doloroso repasar los mensajes de texto, de Whatsapp, las situaciones y recopilación de pruebas. Fui mi peor jueza; no recuerdo experiencia más dolorosa y traumática. De antemano advierto que romper el silencio no es tarea fácil”.

El proceso duró aproximadamente 30 días. Cuando las autoridades le notificaron al profesor que se abriría un proceso administrativo en su contra, el acosador prefirió renunciar a la UNAM antes que defenderse. Si bien la víctima quedó satisfecha con el resultado, el profesor burló la sanción. A pesar de que se corre el riesgo de que el profesor busque trabajo en otra institución y repita las conductas abusivas, de ser consultada sobre sus antecedentes, la UNAM podría dar detalles de esto. Pero esto no siempre ocurre de esta manera. En el informe más reciente publicado por la UNAM, de los 216 procedimientos iniciados, el 67.5% concluyeron en sanción y el 3.2% se resolvieron con medidas alternativas de las que no se conocen detalles.

Para poner en marcha un protocolo se necesitan recursos humanos especializados que acompañen a la víctima durante todo el proceso, así como sensibilizar a quienes estarán involucrados en las diversas instancias; de lo contrario, las víctimas difícilmente se sentirán protegidas para denunciar. Por ejemplo, del año 2003 al 2016, antes de la entrada en vigor del protocolo de la UNAM, las autoridades atendieron 325 quejas de violencia de género. Actualmente, ya con un mecanismo en el que al menos participan veinte especialistas, reciben 25 quejas al mes. Durante estos dos años de vigencia, se han implementado nuevos mecanismos en el protocolo, como son las medidas urgentes: cuando la víctima comenta expresamente que se siente en riesgo mientras la investigación sigue su curso y las autoridades determinan cambiar de turno al agresor o trasladarlo a otro plantel. Hasta el momento estas medidas urgentes se han utilizado 90 veces, y en todas ellas el agresor ha sido hallado culpable.

“Una de las acciones que se buscaron fue fortalecer la UNAD para que hubiera atención especializada. Hay una psicóloga especialista en violencia de género y se contrató a una abogada, también especialista. Otra área que se creó fue la de procedimientos alternativos”, explica la abogada general de la UNAM, Mónica González Contró. Estos procedimientos se usan cuando las víctimas no quieren llegar hasta las últimas instancias si existe consentimiento entre ambas partes. “Lo que hacen los procedimientos alternativos es buscar que la víctima pueda expresar al agresor lo que causó la violencia en su vida, y que el agresor tenga un proceso de aprendizaje de que lo que él consideraba normal constituye un acto de violencia de género”, explica González Contró. En una ocasión, por ejemplo, un académico le dio un beso a una alumna. Ella se quejó, pero prefirió solucionarlo con una medida alternativa: le escribió una carta explicándole su sentir. El profesor respondió de la misma manera. Luego, la alumna les comentó a las autoridades que el académico terminó agradecido, pues dijo que no se había percatado de que esos actos eran violentos.

Para poder levantar un análisis estadístico preciso, el protocolo de la UNAM tipifica la violencia en 8 tipos con base en la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia y tomando en cuenta “conductas que se considera deben ser visibilizadas en el contexto de la Universidad”. Éstas son: 1. Violencia psicológica, que incluye conductas como la negligencia, la humillación, la marginación y la amenaza; 2. Sexual, que se refiere a la participación no consensuada en un acto sexual, desde tocamientos indeseados a violación; 3. Física; 4. Económica, que limita las percepciones económicas de la víctima; 5. Patrimonial, que se manifiesta en la transformación, sustracción, destrucción, imitación, retención, distracción o cualquier daño a los objetos, documentos, bienes y valores de la víctima; 6. La discriminación por sexo, identidad de género u orientación sexual; 7. Hostigamiento sin connotación sexual: molestia repetida contra alguie; y 8. Acoso sin connotación sexual: persecución ininterrumpida para establecer contacto personal.

Lo que falta

La creación e implementación de protocolos es apenas un primer paso contra la violencia de género en las universidades. Aun con el mecanismo ya vigente, la UNAM, por ejemplo, no pudo evitar el feminicidio de Lesvy Rivera Osorio ocurrido el 3 de mayo de 2017 en Ciudad Universitaria. Incluso en los días posteriores la procuraduría local determinó que se trataba de un suicidio. Ante la inconformidad de la madre de la víctima, agrupaciones feministas y autoridades de la UNAM, la Procuraduría tardó casi un año en tipificar el crimen como feminicidio. De acuerdo con la abogada Sayuri Herrera, la UNAM ha respaldado el caso a través de un grupo de expertas en género quienes han acompañado a la madre de Lesvy.

A más de dos años y medio, el juicio de Lesvy ni siquiera ha comenzado, y la defensa del presunto feminicida busca revertir la tipificación del crimen a homicidio simple. “El reto es la resistencia cultural que existe, esta postura de no querer reconocer que estas conductas no son aceptables, en particular en las relaciones de pareja”, explica González Contró.

Los estudios sobre la violencia de género dentro de las universidades derivaron en la creación de protocolos para que las víctimas pudieran denunciar sin miedo a sus agresores, así como recibir apoyo psicológico y legal.3 Sin embargo, las universidades enfrentan diversas resistencias según su contexto: desde el escaso personal especializado que opera los protocolos y la imposibilidad de intervenir en las sanciones, hasta la indiferencia de las autoridades.

Es complicado esgrimir juicios sobre los protocolos en términos cuantitativos, pues la estadística sobre el funcionamiento de estos todavía es muy poca. Algunas universidades se encuentran actualmente levantando censos para conocer, por ejemplo, qué cantidad de alumnos y autoridades están al tanto de la existencia de sus propios protocolos. El camino está trazado, pero aún falta mucho por hacer.

 

Daniel Melchor
Periodista independiente. Ha escrito para Vice, New York Times en español y Reforma.


1 Ver protocolo de la UAM-Xochimilco.

2 Por motivos de confidencialidad, el testimonio no precisa la institución a la que se refiere.

3 María Huacuz Elíaz y María Gamboa Solís., “The University and Gender-based Violence: Feminist Experiences and Reflections from Mexico”, Annual Review of Critical Psychology, 15, 2018, p. 82-99.

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En un país desbordado por la violencia, visitar un cine para adultos siendo mujer parece, en principio, una aventura poco recomendable. Sin embargo, como relata la siguiente crónica, a veces los prejuicios opacan los matices de la realidad.

No hay pornografía sin una vigilancia.
—Paul B. Preciado

Pensar en ir a un cine porno en la Ciudad de México me ponía nerviosa e insegura; los pelos de punta, más que el clítoris. ¿Cómo excitarte si en lugar de gozar estás pensando en cuidarte de que te maten? Me hice esa pregunta mil veces y una más. “Pero si uno sabe moverse, si entiende las dinámicas, los horarios, no es peligroso. O menos peligroso”, le leí a Mariana Enriquez en su libro Las cosas que perdimos en el fuego.

No fui sola. El tercer miércoles del último mes del año pasado, una semana después de la lectura de Enriquez, decidimos entrar al Cinema Río en la calle de República de Cuba en el Centro Histórico. Poco importó que la marquesina amarilla y quebrada ahí en medio de la calle asustara por su abandono, como muchas de las fachadas que la rodean. El susto no es gratuito en una ciudad que se ha vuelto intransitable, sobre todo para las mujeres.

“¿Estás lista?”, me preguntó mi acompañante, otra mujer. Respondí que sí con un movimiento de cabeza. Cruzamos la calle y, envalentonadas, subimos las breves escaleras hacia la taquilla enmarcada con una plasta de color rosa mexicano. Del breve mostrador de metal se escuchó un “Pareja. Recibo 200”, muy bajito. Con el cambio vino un ticket blanco sellado por la sex shop Erotika que tiene impresa la leyenda “150.00. Entrada Vip”.

Ilustración: Patricio Betteo

Con los cincuenta pesos devueltos en el bolsillo caminamos a la entrada donde el guardia de la puerta, que al parecer también hace de trovador y hostess, dejó su guitarra vieja y brillante para revisar identificaciones, boletos y mochilas. En ese orden.

—¡Qué bueno ver parejas de mujeres! ¡Disfruten! Es subiendo las escaleras; primera puerta.

Nunca habíamos llegado tan lejos. Dar el paso requirió de un par de semanas de pensar en hacerlo, de buscar “violencia en cine porno de la CDMX” en Google —voy a tener suerte—. Además del ejercicio mental de pensar en las infinitas posibilidades de lo que podía pasar en las butacas. Y todo llevó siempre al mismo resultado: cualquier cosa, gritamos y salimos corriendo.

Por fortuna, en Google no hubo malas noticias sobre el Cinema Río.

En el primer piso todo era rojo. Al fondo a la izquierda estaba la pequeña entrada a los baños y un mezzanine con sillones individuales de vinipiel donde no cabe el trasero de alguien que pese más de 40 kilos.

No sé qué esperaba, pero con esa postal vino una pequeña decepción: los pósteres de las películas en turno se confundían con cualquier pared de vulcanizadora; puro cliché de porno heterosexual convencional con nombre tipo Murder of Kink II y ESCORTS. Nada de títulos jocosos como Semental, mi querido Watson; Mamatrix; Nabocop o Entrevista con el pepino; cabezales ingeniosos que tanto se prometen en la sección de comentarios de Google Maps y en las reseñas de periodistas gonzo.

Animada por el preámbulo que regala el edificio, una discreta pero efectiva combinación de neones sobre art déco, me imaginé otra cosa. Pero en las dos salas —una solo para hombres y otra para parejas heterosexuales—, no queda mucho de las glorias de los años 40 y 50, cuando los universitarios de la época se amontonaban para ver películas internacionales.

Con el palmo de narices arquitectónicas y el entendido de que cabíamos en la sala para parejas —donde no pueden entrar hombres solos—, jalamos la puertita y entonces los tonos cambiaron. La luz de la pantalla nos reveló un trío de hombre-mujer-hombre que, al centro de las butacas, practicaba una penetración doble. No hubo vuelta atrás, el pacto de voyeur-exhibicionista estaba hecho.

El Cine Río es un cine en teoría pero no en la práctica. Lo comprobaron la falta de dulcería y las butacas de los extremos donde no se comían palomitas, sino partes del cuerpo, y donde las caricias y la masturbación eran el único combo disponible.

Con la sorpresa de los dos penes entrando y saliendo con ritmo corrimos a ocupar dos lugares cerca de la salida pero al centro de la sala para estar cubiertas por todos los frentes, en caso de que, como siempre, a algún hombre se le ocurriera venir a restregarnos que éramos un par de improvisadas en los códigos de interacción.

Por fortuna nadie vino, así que pudimos sentarnos a confirmar lo sabido y descubrir lo desconocido. Apenas sentada vi dos prejuicios derrumbarse: el primero fue que el lugar no estaba sucio ni apestoso. Todo olía a una mezcla de cloro y aromatizante de pisos. El segundo fue que, en términos de números, en esa sala éramos más las mujeres. Grata movida de balanza en un espacio que se piensa exclusivamente masculino.

Comenzó otra película en la pantalla. No había celuloide sino un proyector mal ajustado al que se le asomaba el viejo menú de una computadora Mac donde el Quicktime hace el trabajo sucio de reproducción.

Pasaron minutos de mirar sin mirar la pantalla. Había que estar atentas a cualquier movimiento extraño, así que a modo de doble resguardo yo abrí el compás de mis piernas para parecer masculina y abracé a mi compañera para “protegerla” de mis propios prejuicios sobre el espacio. Confirmé que entiendo muy poco del coito heterosexual.

Tiene sentido que mi paranoia sumara a la sensación de estar en el lugar equivocado, pues entre las historias de hombres morbosos que acompañaban al cine y las condiciones del país donde se asesina en promedio a nueve mujeres al día, en una cultura que normaliza la violencia de género, el miedo no es gratuito.

¿Los hombres también sienten miedo cuando quieren ir a un espacio consensuado a masturbarse o a ejercer ciertos aspectos de su sexualidad? ¿Tardan tanto en integrarse?, pensé al paso de los minutos y los gemidos.

Ojalá fueran preguntas ociosas, pero en ese momento nosotras no hicimos nada más que cruzar miradas y entender que éramos dos adultas saldando una deuda sexual de la adolescencia a la que no tuvimos acceso por ser mujeres en este país y obedecer a ese imaginario. Con todo eso encima, discretas o no, estábamos ahí preguntándonos en voz baja si podríamos voltear sin que alguien se molestara, en un juego donde se nos perdió la frontera entre la pasividad y la precaución.

Era muy pronto para andar con los pantalones abajo. Sobre las imágenes de la pantalla donde una rubia le practicaba sexo oral a un musculoso, se imponía mi memoria y lo crudo de las imágenes de mujeres tiradas en baldíos. Necia, seguí insistiendo: ¿cómo le hacen para andar encuerados y erectos por toda la sala?

La matanza de mujeres en el país también tiene una influencia preponderante en el erotismo y el placer. No puedo evitar la relación de “hechos pasionales” que en mi cabeza ha sido bien descrita por Ingrid Suckaer: “[el placer y] el erotismo fue inoculado por la imbricada complejidad de la violencia”.1 ¿Cómo desear e ir a un cine porno después de leer sobre un feminicidio?

—¿No puedes concentrarte en la maldita película? ¡masturbate y ya!, me decía.

Pero no es tan fácil, porque ni siquiera se trata de deseo, sino de tener la certeza de que no acabaremos muertas “por cochinas”.

Ahí en medio de más mete-saca cabía la anécdota: nosotras decidimos no abrir el periódico dos días antes de ir al cine. Para fines prácticos decidimos no leer detalles morbosos e innecesarios que se mantienen, sin distinción, en todas las noticias nacionales sobre mujeres asesinadas: su condición social y económica, su manera de vestir y lo que “provocó” o “desató” la furia de su atacante,  su “mala suerte”.

Así, aún sabiendo que la construcción de nuestras pertenencias y territorios públicos es algo que podemos explorar limitada y pasivamente por nuestro género y preferencia sexual, ella y yo nos dimos permiso para ver y oír la acción en ese espacio que al final nos ofreció un nuevo paradigma por 150 pesos: una burbuja de posibilidades y distancia. Estábamos en la boca de un lobo que no comía.

Corren los créditos de una tercera película de 20 minutos y con ellos comienza nuestro voyerismo pleno y el acto sexual de otra pareja que es terreno digno de exploración. Ella, una trabajadora sexual de no más de 25 años, le pregunta si le gustó. Él, un tipo no menor de 45 le contesta: “Sí, mucho. Gracias”. Ella lo besa mientras saca unas toallas húmedas de su bolso. Le retira el condón y lo limpia cuidadosamente. Le sube los calzones y termina de vestirlo. En los cinco minutos que se quedan descansando, él aprovecha para invitarla a comer y, en completa galanura, le extiende el brazo para bajar lento a la salida. Desaparecen en la oscuridad y dos cuarentones que eligen los asientos de abajo hacen el relevo.

Ella deja su enorme bolsa en un asiento para sacar una toalla de baño color mamey y extenderla. Él la manosea por detrás y la deja alistarse. Cuando termina, la jala a una esquina de la salida de emergencia y la arrincona para besarla. Ambos miran a su alrededor para calentar. Todo sigue igual: el trío, las parejas de los costados y hasta nosotras. Todos en lo suyo. Siguen besándose y manoseándose. Llaman la atención porque él no tiene prisa, se hinca y le levanta el vestido para darle más besos. Su preludio dura muchos minutos entre caricias. Se acerca un muchacho cuya acompañante mira el celular con los audífonos puestos, completamente abstraída. Pide interactuar y lo dejan. Bajan los tres a donde está extendida la toalla y el más adulto se sienta para que ella le haga sexo oral. Mientras, ella se inclina y le pide al joven en digresión que la penetre. Sin dudarlo, corre por un condón a su asiento y vuelve para emprender la acción.

Un par de minutos, termina, agradece y se va. Siguen los cachondeos de la pareja por muchos minutos más hasta que cambian de posición y ella vuelve a los gemidos duros y al rítmico jaloneo de pelo. Por fin llegan a un coito largo y él termina a sus pies. ¿Dónde está el régimen de terror masculino que envuelve a los espectadores del cine para adultos?

 

Karina Espinoza
Comunicóloga, editora y escritora.


1 Ingrid, Suckaer, Erotismo de primera mano, Ciudad de México, Ed. Praxis, 2011.

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