Los Pinos es un lugar desconocido y sin embargo omnipresente. A siete meses de su apertura al público abundan las preguntas y la incertidumbre sobre su futuro como Complejo Cultural.

Construida en la misma zona donde la Triple Alianza de los Mexicas asentó sus reales, la antigua residencia oficial fue casa de un linaje de presidentes que la mantuvieron inaccesible al grueso de la población. Conocer la vieja casona a un año de la elección del presidente López Obrador, quien prefirió mudarse al viejo aposento de los Virreyes, puede provocar asombro, incredulidad, enojo, o incluso morbo.

Ilustración: David Peón

Empieza el recorrido.

La señora vende frituras entre desafiante y temerosa, expuesta a la mirada inescrutable de los militares que resguardan Los Pinos. Dice que está ahí desde los primeros días que abrieron el acceso al público, con su cajita de papitas en bolsas de plástico. Ha perdido la cuenta de las veces que se la han llevado a la Delegación, ahora llamada Alcaldía.

“Me sigo arriesgando,” responde con los ojos fijos en los uniformados, “porque así es como me gano la vida.”

Unos pasos atrás, en la entrada de Molino del Rey, el visitante se topa con una gran losa de cemento inscrita con dos frases en letras doradas. La primera: AL PRESIDENTE NADIE LO TOCA. La segunda: BIENVENIDO PUEBLO DE MÉXICO. Aniquilar la primera para asumir la segunda podría llevar tanto tiempo como el que un terreno radioactivo requiere para descontaminarse y volverse de nuevo habitable.

Pienso en la señora de las frituras como un antídoto contra esa consigna de intocabilidad presidencial que ha contribuido a hacer de la ciudadanía un acto de simulación. La frase célebre fue pronunciada en un acto de valentía por un colaborador de Madero cuando éste iba a ser detenido, pero hace ya mucho que ha venido a significar otra cosa. En todo caso, es inevitable que el recorrido por la residencia quede enmarcado por este enunciado. Nos hemos habituado a él a tal punto que no hace falta siquiera mencionarlo.

Visité Los Pinos en tres ocasiones, siempre en compañía de Gustavo y su cámara. La primera fue un sábado de enero, en un ambiente parecido al de Chapultepec salvo por la ausencia de puestos de comida o de cualquier índole. En esa ocasión, la vieja mansión me dejó con dos preguntas a medio camino entre el pasado y el futuro: ¿qué se sabe del inventario de la residencia oficial, su acervo artístico, sus enseres domésticos? y ¿a qué se destinará este enorme predio de 52 mil metros cuadrados?

A la primera pregunta, hasta la fecha, no hay más que respuestas parciales, salpicadas en diferentes medios. Aún no queda claro el destino de la colección de cuadros de renombrados artistas, o de los cubiertos de plata de la época de Porfirio Díaz, ya no se diga a quién pertenece el mobiliario en cada cambio de gobierno. En cuanto a la cuestión de cómo se va a usar el recinto rebautizado como Complejo Cultural Los Pinos, no hay, hasta el momento en que escribo este texto a finales de junio, un programa oficial de actividades ni una lista de organizaciones que ocuparán las instalaciones.

Los Pinos, un espacio abierto sin un programa claro. © Gustavo Gatto

Hoy por hoy, Los Pinos parece un enorme salón de usos múltiples que lo mismo ofrece proyecciones de películas como conciertos, obras de teatro al aire libre, visitas sin guía, o subastas de bienes de la nación. La página web oficial es escueta y en el espacio de preguntas frecuentes no aparecen aquellas que la gente suele formularle a los jóvenes becarios que cuidan el recinto, quienes no atinan a responder.

Quizá por la premura con la que se abrió el acceso al público, el complejo cultural no tiene un protocolo fijo de operación. En mi primera visita, por ejemplo, era todavía posible retratarse en esas escaleras imperiales que Angélica Rivera usó de escenografía para las portadas de incontables revistas del corazón. A partir del segundo recorrido, sin embargo, las selfies quedaron proscritas. Las razones: porque la gente rodaba por los escalones al tomarse la foto, porque los flashazos tropezaban con el enorme candelabro, provocando todavía más caídas, o porque la gente se quedaba parada y detenía el flujo de visitantes. Cuidadores civiles y uniformados repiten con amabilidad y cansancio la misma cantaleta: Por favor no se recargue, no se puede sentar, sin tocar, por ahí no hay paso, no se detenga… Pareciera que el mírame-y-no-me-toques se impone a la bienvenida.

Algunos lugares que habían estado abiertos al público, como la habitación principal y la cocina, han quedado cerrados. Decretar el acceso al público a Los Pinos a partir del primer día de su mandato ha sido uno de los actos más populares de López Obrador, un gesto con el que se ha querido distanciar del poder tradicional y acercarse a ese pueblo ignorado al que tanto se dirigió en su larga campaña. Basta detenerse a observar la reacción que produjo en las redes sociales la foto de una familia pobre de Guerrero —entre ellos, un niño descalzo— en medio del lujo presidencial. No hizo falta un pie de foto ni de crónica: la imagen hablaba por sí misma.

Cada fin de semana en temporada baja, Los Pinos recibe 5 mil visitantes en promedio. © Gustavo Gatto

Al intentar acceder a la residencia y a las oficinas, el visitante se topa con un retén militar que impide entrar con agua y alimentos. Después se abre un camino rodeado de jardines y cercado de derecha a izquierda por una larga barda con las estatuas de todos los presidentes que habitaron este bosque prohibido desde 1934 hasta 2012. Ahí están congelados gestos y posturas dignos de un manual de entrenamiento político.

La galería es elocuente y no sólo por la costumbre o necesidad de eternizar la investidura del poder en tercera dimensión: más allá del valor estético de las esculturas, la iconografía me remite al arte religioso, o quizás al monumentalismo de los estadistas autoritarios. Vicente Fox, por ejemplo, escogió ser inmortalizado con una niña de rasgos y vestimenta indígenas agarrada de su pantalón mientras saluda con una V. Gustavo Díaz Ordaz luce retocado con una dentadura y una nariz más discretas que las reales. Carlos Salinas es probablemente el más parecido a sí mismo: ahí está la mirada de quien no ve. Peña Nieto, por su parte, parece más humano en su versión metalizada.

La estatua de Fox en el camino de los presidentes. © Gustavo Gatto

La primera construcción que aparece después del desfile de estatuas es la fachada principal, con sus balcones rodeados de balaustradas talladas. Luego vienen los escalones de piedra lisa, el mármol brillante del recibidor, con un candil de cristales pendiendo del altísimo techo, y las escaleras bifurcadas frente a un enorme ventanal. El lujo contrasta con el escaso mobiliario: el minimalismo  de la decoración parece descuadrar con la grandilocuencia del poder que todos los mexicanos conocemos de sobra.

Me detengo en el primer salón: una biblioteca de maderas finas con libros empastados, como los que salen en la televisión, sin huellas de ser consultados. El joven que vigila que la gente no se salga del camino marcado, a quién llamaremos Santiago, accede a hacerse a un lado para platicar unos minutos. Tiene 16 años y es parte del equipo de cuidadores becados: un grupo de apenas una decena de estudiantes menores de edad. Quiero saber qué es lo que más preguntan o comentan los visitantes.

“Que dónde están los muebles”, responde. “Los libros que faltan.  A veces hasta nos reclaman como si nosotros hubiéramos estado aquí desde siempre. ¿Por qué dejaron que se llevaran las cosas? nos dicen, algunos enojados”.

Santiago también nos cuenta la saga que él y sus compañeros han bautizado como “El Episodio de los Zombis”. El incidente ocurrió en los primeros días de diciembre, a la hora de cerrar la entrada a la residencia principal. Una página de internet informaba erróneamente que el cierre era una hora más tarde. La gente que quedó a punto de entrar enardeció e intentó forzar la puerta principal y las ventanas de la planta baja, todo ante la mirada atónita y aterrada del personal que quedó adentro y pidió mediante un megáfono al cuerpo de militares que se presentará en el lugar para disipar a la muchedumbre.

Antes de despedirnos Santiago pide que mencione que desde diciembre ni él ni sus compañeros perciben sueldo y que teme que probablemente los despidan.

El lujo interior y exterior en un rincón de la residencia oficial. © Gustavo Gatto

Cuando Gustavo y yo volvimos a Los Pinos en junio descubrimos que el número de visitantes a la residencia parece haberse nivelado en más o menos 2,500 personas cada fin de semana, pero una soldado nos dice que en la parte del bosque estiman un número similar. Lejos está la cifra de los primeros días en que se abrió todo el complejo, cuando llegaron a casi 30 mil visitantes.

A Los Pinos se entra por dos puertas, una tan ancha como la otra. En el pasado reciente y desde que se inauguró como la residencia de los presidentes, el ingreso siempre estuvo reducido a una minoría, una mínima parte de la población nacional. En 2014 la revista Expansión hizo un avalúo inmobiliario sobre el costo de Los Pinos, a valor de mercado, que arrojó la cifra de 1,800 millones de pesos. La extensión de 56 kilómetros cuadrados, más de los que tienen muchos parques nacionales, es 14 veces más grande que la Casa Blanca en Estados Unidos.

Durante 84 años el poder vistió, comió, durmió, descansó, dictó u omitió lo que sucedía con millones de personas desde esta casa, en la que alrededor de 50 personas estaban al servicio exclusivo de una familia que tenía, además, un bosque a su disposición. Mientras tanto, el resto de la gente se apretaba como podía en los pocos espacios públicos de la Ciudad de México, entre ellos el de Chapultepec, apenas seis veces más grande que Los Pinos.

Un grupo de música entretiene al público en el patio exterior de la casa principal. © Gustavo Gatto

A siete meses de haberse abierto al público, Los Pinos fascinan y desencantan. Los conductores que transitan por la avenida Constituyentes, los lectores de revistas del corazón y de los periódicos, así como los televidentes de los noticieros, nos habituamos a la idea de un espacio tan lejano y fantástico como los castillos de los cuentos de hadas. El asombro de poder caminar en ese espacio íntimo me recuerda la crónica de Emmanuel Carrère sobre su visita a la Casa de la República, mejor conocido como el palacio de Ceaus̜escu, después de la caída del régimen dictatorial en Rumania. Los visitantes, escribe Carrèrre, “recorren con una incredulidad maravillada un espacio cuyo propósito excluía su presencia.”

Sonia es otra joven que cuida el flujo de los visitantes. Tiene 23 años. De vez en cuando hace recorridos guiados, especialmente para estudiantes. La capacitación que recibió fue sobre la historia de los presidentes que aquí vivieron, así como del lugar y el origen del nombre de la residencia. Pero lo que la gente quiere saber, nos dice, “es más bien morboso, si por ejemplo Peña y su esposa dormían juntos, lo que se robaron.” Cuando le toca gente agresiva que reclama, la muchacha prefiere reírse.

Algunos espacios —como el búnker, la alberca techada, el gimnasio y el salón de juegos— siguen resguardados de la mirada popular. Sonia nos cuenta que circulan historias apócrifas: que un presidente mandó construir una de las casas secundarias porque dos de sus hijas no se llevaban bien; que Angélica Rivera tenía sus oficinas y habitaciones en otra de las construcciones; que los trabajadores habituales tenían prohibido aparecer cuando Peña Nieto caminaba en los espacios abiertos y tampoco tenían permitido saludar a sus hijos.

Nunca sabremos si dichos rumores son ciertos o no, pero de lo que no cabe duda es que aquí están los vestigios de nuestra historia reciente. Algunos nombran a Los Pinos como museo y no es tan incorrecta la acepción. Algo de este espacio nos alude de manera personal, colectiva y ancestral. Si la toma de Versalles por el pueblo significó la caída de la monarquía francesa, ¿cómo inaugurar una nueva época al tener permiso de entrar al sitio más inaccesible del país con la consigna de no tocar y no tomar fotos en ciertos espacios? ¿Podremos algún día apropiarnos verdaderamente de este lugar que ahora se llama Complejo Cultural Los Pinos?

Los Pinos se han convertido en una pasarela continua de selfies. © Gustavo Gatto

A diferencia de lo que sucedió en la Francia revolucionaria, “la toma de Los Pinos” es pacífica. Los visitantes parecen en su mayoría asombrados, sin espacio para otra sensación. Harán falta años o quizás un siglo para digerir el cambio o determinar si lo hubo. Por lo pronto, la pregunta sigue en el aire: ¿de qué, exactamente, será sede Los Pinos? La falta de coordinación oficial ha provocado que diferentes organismos se disputen algunas de las construcciones para sus oficinas y que a veces se programan actividades que no se llevan a cabo porque no se tienen los permisos requeridos o se empalman unas con otras.

Al final del día, sin embargo, hay algo que falta. Cuando trato de recordar las habitaciones casi vacías, las paredes semidesnudas, como si su reciente morador se hubiera mudado repentinamente, tengo la sensación de haber visitado un inmueble en venta. Si hubiera al menos un espejo podríamos ver, anonadados, a los verdaderos propietarios de Los Pinos.

 

María Luis Alós
Periodista y editora independiente.

Fotografías de: Gustavo Gatto

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