La FIL del Guadalajara como cada año es un desfile de aciertos y, sobre todo, de momentos absurdos como lo muestra la siguiente crónica.

Los puentes portugueses

Desde hace meses habíamos notado la palidez de algunos al escuchar que la FIL estaba dedicada a Portugal. “Viene flaca la caballada”, mencionaban los adeptos a la prosa cipotuda (por la que entre más bélica sea la referencia culturalista, más se precia el intelecto), que finalmente se reconocieron en la conferencia “La literatura sigue (el mundo después de Saramago)”.

Programa Literario “Los poetas portugueses y el fado” con la participación de Rui Vieira Nery en XXXII Feria Internacional del Libro en Guadalajara, México, lunes 26 de Noviembre del 2018. (© FIL/ EVA BECERRA)

 

Tan lejano llegamos a ver a Portugal —acaso porque no llena la prensa como sus pares europeos, ni siquiera como su espejo lusófono en América— que quedamos maravillados al oír la historia de esa forma tan folclorizada, manipulada y reducida a caldo lacrímogeno de turistas perdidos en Lisboa. El fado no es otra cosa más que la versión portuguesa del romance, llevada al Brasil por influjo de las cortes europeas, como arte culto, y traído de regreso a las costas lusas para escabullirse entre los muelles hacia cantinas y prostíbulos cercanos. Popularizarse, dirían otros. Es, digamos, el primo brasileiro, llevado de vuelta a la metrópoli, de todas las variantes americanas del son, en un recorrido de coplas y jaranas que sube desde Chile hasta Venezuela, Colombia, el Caribe y México (no olvidemos que hasta el “mariachi”, igual de folclorizado, pertenece a esta gran familia de “sones”). Cualquier duda favor de consultar a Rui Vieira Nery, profesor tan brillante y simpático que automáticamente lo adoptamos como la versión portuguesa de nuestro Antonio García de León.

Pero los puentes son confusos y bajo ellos se enturbia el agua. En una conferencia sobre el pensamiento político de Carlos Fuentes, Silvia Lemus, evidentemente rodeada de banderas, colores y explícitos carteles de Portugal, refirió que Fuentes siempre había querido hablar “brasileño”. Ignorábamos entonces la existencia de interminables debates en torno a la lusofonía y a la inminente independencia del brasileño como lengua diferenciada del portugués continental. La idea de las dos orillas de nuestra lengua, como se entiende en el mundo hispanohablante, se vuelve irreconciliable en el caso del portugués, frente a las inmensas literaturas que produjeron sus colonias.

Entrevistos, entrevistas y entrevistados

El lunes, como cada año, entramos cautelosos a la planta baja del hotel Hilton, con su elegante salita alfombrada y la vitrina de su cafetería con menos gracia que un mimo, lugarcitos compactos pero opuestos a cualquier intimidad. Ahí se juntan las virtudes de la pasarela y la fábrica. En cuestión de minutos, nos encontramos rodeados por Alberto Chimal, Ida Vitale, Juan Villoro, Ricardo Cayuela, Sabina Berman o Héctor Abad Faciolince, mientras hablamos del clima lluvioso y del espanto del café que es un inmundo homenaje a Melville. El confort de la pasarela es el del voyeur. Nosotros sabemos quiénes son y están tan al alcance del saludo efusivo y fanático —cualidad más bien industrial por su reiteración mecánica— como del discreto espionaje chismoso. Los entrevemos en las mesas de al lado. ¿Qué tanto se modifican las relaciones cuando uno conserva su sagrado anonimato y el otro no? ¿Qué les depara la sociedad a los que han perdido para siempre la oportunidad de ser anónimos, simples desconocidos?

Aparte del incómodo fan —ahora volvemos a ello— la labor del periodista es romper ese hielo para acceder a los autores. Charlar con ellos para democratizar la imagen de autoridad que establecen los libros. Paradójicamente, el trabajo en los medios contribuye en gran parte también a su sacralización, a despojarlos del anonimato. En la FIL, la entrevista, que pasa por un género artesanal, se vuelve parte del modelo fordista de producción de diálogos. Entrevistados desfilan frente a entrevistadores que acaban de abrir el libro con pretexto para la reunión y hacen una pregunta general tras otra. Los autores acaban sin voz ni imaginación; deben repetir respuestas una y otra vez, hasta que aparezca el esporádico periodista interesante, rogando por extender los escasos 15 minutos reporteriles que le dieron, aunque conozca vidas y obras de A a Z. La pasarela y la fábrica son dos versiones modernas de la misma hazaña: exponerse y repetirse sin ser aplastado por el tedio y el absurdo. Al salir de una entrevista, hallamos a una brillante Margo Glantz que resistía los flashazos y las indicaciones de una inspirada fotógrafa. “Llegué hace dos días a la FIL, y siento que llevo 80”, nos dijo. Evidentemente, ya no recordaba la cantidad de entrevistas que había dado ni las presentaciones que le faltaban. Minutos más tarde, el entrevistable mayor, Arturo Pérez Reverte, comía, sólo con su alma, en mitad del bullicio de un buffet.

Precisamente en una entrevista cortísima para la televisión, Pérez Reverte decía muy ufano que ya no necesita publicar libros para vivir. Eso lo sabemos por lo menos desde 2010, cuando el diario Expansión publicó que su carrera literaria le había acumulado en el banco 29 millones de euros en regalías. Quienes no disfrutamos de su literatura y menos de sus declaraciones observábamos atónitos, y envidiosos, la destreza con la que manejaba cuchillos y tenedores en soledad, seguramente tramando las siguientes aventuras de un espadachín valiente. Todo indica que el autor vino a la FIL a presentar su trigésimo séptima novela, Sabotaje. Es decir, vino para “provocar”. Puede permitírselo, según dice, “porque soy el hombre más libre que conozco”. Pues felicidades, Arturo. Ya puedes también, si quieres, comer con las manos.

Otros circos

Luego de tantas selfies, esa variante moderna del autógrafo pero más ridícula, en el vestíbulo del Hilton y a tantas personas ilustres que ya son parte de memorables Instastories, pronto más vistas que sus libros, volvamos a los hangares y galerones de la Expo Guadalajara. ¿Quién podría imaginar que entre las personalidades demandadas para la pose pudiera estar el exrector de la UNAM José Narro Robles? El entusiasmo de los estudiantes que se arremolinaban para tomarse fotos con él el domingo por la noche debió ser novedad para el rector menos querido en la UNAM desde Ignacio Chávez. Todo es pasto ya de las espontáneas “auto-fotografías”.

Área Internacional, en la XXXII Feria Internacional del Libro en Guadalajara, México. Miércoles 28 de Noviembre del 2018. ( © FIL/NABIL QUINTERO MILIÁN)

 

Entre estos flujos de gente, que a más de uno le recordaron al Metro —¿quién te hiciera Pantitlán, oh FIL de Guadalajara?—, de pronto desfilan mariachis que vienen a la entrada del área internacional. Se dirigen, rodeados por una turba bailarina, a entregar el premio al mejor stand 2018, que ha ganado Alemania. Periodistas, curiosos y buscadores de oro se acercan a toda velocidad. Marisol Schultz entrega artesanías. Esperando lo que hubiera sido un saludable brindis matutino, de preferencia con salchichas y cervezas alemanas, nos retiramos cabizbajos. En la FIL se buscan motivos de celebración a cualquier hora y en cualquier lugar. Las fiestas también se producen en cadena, con calendario y lugares asignados por día. Hay que desatarse y manifestarlo con alaridos, en las porras de las cientos de primarias y secundarias que acceden a mares desde el miércoles temprano, o en cualquier coctel editorial. Como si hubiera que vengarse del silencio de los libros, del recato que parecen exigirnos en su mudo reproche.

El #MeToo en mitad del barullo

En mitad del circo mediático desatado por la metida de pata de Taibo II, la FIL 2018 abrazó la causa feminista con entusiasmo y propició la discusión de género. Sin embargo, las personajes —escribir personajas tendría demasiado tintineo—invitadas para discutir el tema fueron poco menos que dudosas. Obviamente no nos referimos a Judith Butler, cuyas conferencias en tierra tapatía estuvieron a reventar, ni a las declaraciones de PITII que aprendió como nunca que “por la boca muere el pez”, sino a la mesa para discutir el movimiento del #MeToo cuya oferta estaba compuesta por una combinación extravagante (y que por coincidencias cósmicas se llevó a cabo en el mismo salón y a la misma hora, un día después, de las polémicas dobleces del próximo director del FCE). Pero aquí también hubo doble rasero. Catherine Hakim, y su reposado acento inglés, fue la vocera de una academia obtusa con argumentos sobre el capital erótico que tienen las mujeres y del cual son responsables. Al parecer, debemos leer su libro, cuyo título espanta a más de una: Capital erótico. El poder de fascinar a los demás. A ello Lydia Cacho, conocedora de los peores infiernos de las redes de trata y prostitución infantil, contestaba con razón y decisión que siempre querrá que la contraten por sus capacidades intelectuales y no por guapa. Victoria Abril en su papel de chica Almodóvar declaró que a ella nadie la había acosado jamás pidiendo un aplauso a “esos honorables caballeros”, mientras Sabina Berman, que moderaba, se mordía los labios. La sorpresa fueron las políticas: Martha Tagle fue contundente y clara, conocedora de derechos y exigencias públicas, y ni a Margarita Zavala la pudo reprobar el feministómetro. Cómo estaría el conjunto que nuestra casipresidenta parecía ondear la bandera vanguardista. Y Guanajuato en llamas.

Lo cierto es que cualquier intervención perdía su potencia en el momento en que la interrumpía un curioso mecanismo de AMMR (Asistencia en la Moderación de Mesas Redondas), dispositivos que son la punta de lanza tecnológica de la FIL. Para Elisa, en versión ringtone, sonaba cuando cada mujer excedía los tres minutos de oratoria.Que si la insufrible clásica de Beethoven se inspiró en Elisa o Teresa, eso ya daba igual. Una musa más al Panteón de las desconocidas.

Pero la falta más grave de la FIL al feminismo probablemente sea lo mucho que la organización y logística de toda la Feria depende de mujeres que lidian con los cambios de parecer de las celebridades y que tienen que asegurarse, de pie y entaconadas, de cumplir en su totalidad con los protocolos. Esa abundancia de edecanes en trajes apretujados tiene olor a rancio señorón, a gober precioso, a godín amante del teiboly a dobleces albureras que desgraciadamente se llevan la nota sin que nada cambie.

Así termina la FIL, la más olvidadiza, la última antes de la horrorosamente llamada 4T. ¿Nos inundarán los libros de historia patria? ¿Sabremos más el año entrante de las vidas de Morelos, Hidalgo, Juárez y Cárdenas que todo lo que sabe Pérez Reverte sobre sí mismo?

 

Ana Sofía Rodríguez y Álvaro Ruiz Rodilla
Editores.

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Conocer a un escritor admirado suele resultar decepcionante. La persona detrás de los libros no está obligado a ser deslumbrante como su obra; sin embargo ese acercamiento, aunque oscuro, puede ser a la vez luminoso. El siguiente texto es la crónica de un encuentro con el hombre llamado António Lobo Antunes; es también un ensayo sobre uno de los autores vivos más poderosos.

Fotografía: © FIL/NABIL QUINTERO MILIÁN


1.

“¿Quieres hablar con Lobo Antunes en su hotel a las cuatro?”

Eran las tres y media. Dudé un momento. Un par de semanas antes había declinado la propuesta de entrevistarlo durante la Feria del Libro de Guadalajara. Sabía que Lobo Antunes era capaz de ser muy antipático, y su obra me importa tanto que no quería contaminarla con una desilusión personal. Pero esa llamada imprevista me hizo perder el equilibrio: estaba a media hora y trescientos metros de conocer al autor de algunos de los libros más hermosos y desafiantes que he leído. La inminencia me obligó a ser sincero. Dije que sí.  

 

2.

El día anterior, Lobo Antunes había tenido dos eventos en la FIL: una entrevista “con lecturas de Rulfo” y la presentación de No es medianoche quien quiere, que se acaba de traducir al español. Cuando le conté a una amiga que planeaba ir a ambos para escribir una crónica, ella me dijo que ya lo había escuchado hablar en la feria, y me advirtió: “¡Fue un golpe! Ve anímicamente preparado”. Se refería a que el autor septuagenario se había mostrado poco coherente, políticamente incorrecto y bastante coqueto con la escritora Laura Restrepo.

¿Estaba yo anímicamente preparado para que me decepcionara Lobo Antunes? Creía que sí. Ya había leído y escuchado otras entrevistas con él. El libro Conversaciones con António Lobo Antunes de María Luisa Blanco basta para saberlo casi todo sobre su vida e ideas: un hombre de su tiempo, alejado de los circuitos intelectuales, desconfiado de aquellos que hablan con elocuencia acerca de su propia obra. Sus opiniones literarias me parecían demasiado rotundas como para ser sabias, y su manera anticuada de pensar sobre las relaciones familiares y las clases sociales tampoco me entusiasmaba. El mismo Lobo Antunes había declarado alguna vez que “A los escritores hay que leerlos, no oírlos”, pero ahí estaba yo, a punto de oírlo en conversación con Jerónimo Pizarro, el gran especialista en Fernando Pessoa (ese ídolo portugués al que Lobo Antunes considera poco más que un aburrido imitador de otros poetas).

Cerca de las seis de la tarde nos dejaron entrar al Pabellón de Portugal, un foro abierto en medio de la inmensa nave industrial que una semana al año funciona como mercado internacional de libros. Debido a la enorme cantidad de gente que había en la feria, el ruido en el anfiteatro era ensordecedor, lo cual no tardaría en descubrir Lobo Antunes, que usa un aparato para la sordera. Lo primero que dijo después de ser recibido con aplausos como “el mayor escritor del idioma portugués”, fue: “No es posible hablar para mí”. Se le notaba molesto, desorientado. Durante más de cinco minutos se negó a usar el micrófono. Pensé que la entrevista se cancelaría. El entrevistador hacía intentos fallidos por animarlo a hablar sobre Pedro Páramo. Lobo Antunes se resistía como un toro exhausto. Pizarro le gritaba al oído palabras inconexas, con la esperanza de que alguna de ellas detonara el discurso del autor.

Eso de ponerlo a hablar de Rulfo me parecía un gesto de chovinismo jalisciense, un equivalente literario de llevar al “eterno candidato al Premio Nobel” a comer tortas ahogadas en Tlaquepaque frente a una multitud de admiradores.

Por fin, Lobo Antunes se resignó al bullicio y comenzó a divagar sobre Pedro Páramo. Cinco, ocho minutos. “Es tan difícil para mí hablar [y movía las manos como si el ruido fuera una nube de moscas a su alrededor]”… “Me voy a quedar loco con el ruido”… “Yo no escucho nada.” Alguien le pasó un papelito al entrevistador. La orden fue que pusiera al escritor a leer pasajes de la novela de Rulfo. Me sentí parte de un espectáculo geriátrico lleno de sadismo. Lobo Antunes ya había declarado su admiración por la obra de Rulfo, pero eso no impidió que al leer el primer párrafo de Pedro Páramo se interrumpiera varias veces para decir cosas como “Esto no es bueno. Es malo”, “Si yo fuera editor diría: ‘No voy a publicar esta mierda’”. A la vez juzgaba que esa escritura defectuosa estaba plagada de “milagros”, y que por acumulación lograba ser una obra maestra. La dinámica duró poco. Lobo Antunes cerró diciendo que obras como Pedro Páramo requieren una lectura concienzuda, entregada: “Para tener placer tienes que vivir solamente para el libro… en el poco futuro que tenemos, porque lo que falta siempre es muy poco tiempo”. Parecía que, en efecto, a Lobo Antunes le quedaba poco tiempo.

Al terminar la lectura se negó a firmar libros. Estaba desesperado por salir de ahí. “¿Puedo fumar un pitillo? Con este ruido es imposible.” Fue grosero con un par de personas. Me acerqué a una de ellas y le pregunté qué libro traía en la mano para que se lo firmara. “Nunca lo he leído, pero como voy a ir a Portugal en marzo compré ésta. Es que había muchas.” Había elegido como guía de viajes Esplendor de Portugal, un título muy irónico para un libro ambientado en la Navidad más triste posible, retrato de una familia que se pudre junto con el “esplendor” colonial de los portugueses en Angola. Pensé, al mismo tiempo divertido y apenado, que la señora se iba a llevar una gran sorpresa. 

Si alguien me preguntara con qué libro empezar a leer a Lobo Antunes, recomendaría El orden natural de las cosas, cumbre de una trilogía escrita alrededor de 1990, que incluye también Tratado de las pasiones del alma y La muerte de Carlos Gardel. También se podría empezar con su primera novela, Memoria de elefante, que refleja su crisis personal como psiquiatra que desea dedicarse a escribir. En ese libro se insinúa con pudor un estilo que alcanza la madurez en su siguiente novela, En el culo del mundo.

Salí del foro aturdido, deseoso de huir de la feria y encerrarme a leer Fado alejandrino, una de las obras de Lobo Antunes que más me han afectado. No encuentro un mejor término para describir la experiencia de leerlo: no se trata solo de disfrutar o conmoverse, tampoco de asombrarse, y mucho menos de divertirse o entretenerse. Son libros cuya belleza poética, en conjunto con su implacable disección de los sentimientos de gente sombría y nostálgica, me afecta mucho. Caminé apresurado por los pasillos de la feria. Quería olvidar que había sido testigo de ese episodio de banalidad y decrepitud, protagonizado sin querer por un escritor que admiro tanto.

Quería, insisto, largarme de la feria, pero una amiga editora, cuya pasión por Lobo Antunes yo desconocía, no tardó en escribirme un mensaje diciendo que ya había gente formada para entrar al siguiente evento de Lobo Antunes, la presentación de No es medianoche quien quiere en compañía de Antonio Ortuño. El espectáculo aún no había terminado. 

3.

¿Qué nos dan libros como Tratado de las pasiones del alma, ¿Qué haré cuando todo arde? o Auto de los condenados? Lobo Antunes se ha resistido a llamarlos “novelas” en varias ocasiones, acaso para deslindarse de los relatos que buscan sencillamente contar historias con nudo, desarrollo y desenlace, con intriga y peripecia, con suspenso y vuelta de tuerca. Sus “ensoñaciones” (él las ha llamado así) son densas, lentas, reiterativas, a veces confusas y siempre laboriosas, incluso agotadoras. Como los triatlones olímpicos, requieren que estemos en muy buena condición lectora. A lo largo de cientos de páginas es preciso tener la resistencia y la concentración para avanzar nadando, corriendo o escalando a través de las palabras. La prosa no es apolínea ni dionisiaca. Es volcánica, telúrica. Tiene una sensualidad de roca líquida: es brillante (suena muy bien, crea imágenes deslumbrantes) pero también sofoca (y nos hace sudar por el esfuerzo de seguir y seguir sin el descanso de una página de diálogo ágil o de un capítulo que termine en suspenso narrativo). Hay frecuentes recompensas líricas, tragos de jugo que dan energía para continuar. De pronto hay una descripción erótica intensísima o una metáfora cruda y exacta, como cuando dice de un limonero y un níspero que están “retorcidos por cólicos inmóviles”, y uno puede ver la forma de esos tallos con una intensidad apabullante. Al leer la prosa de Lobo Antunes me detengo a cada rato a pronunciar las frases como si fueran conjuros y saborearlas como si se tratara de unos labios amados. Con su extraordinaria música, sus libros complacen las fijaciones orales de los que buscamos placer sensual en la lectura.

Pero hay más. Tiene que haber más que orgasmos en la lengua, cunnilingus en la cóclea. Estas novelas (no me parece tan impreciso llamarlas así) no apuestan por el relato. Los personajes y argumentos suelen ser grises, dominados por el fracaso y la intrascendencia. Su mundo está poblado de ruinas y antihéroes. ¿Por qué nos apasionan entonces? Al dotar de lirismo al soliloquio de los derrotados, al describir los sentimientos y ambientes de la miseria con una opulencia verbal que se ha reservado casi siempre a los guerreros y las princesas, palacios y jardines, Lobo Antunes revela la hermosura terrible de una realidad en bancarrota. Su literatura es un desafío a la nada de las cosas, al sinsentido de nuestros días. No nos ayuda, como tantas obras de entretenimiento, a evadirnos de lo cotidiano; aspira a redimirlo.

Uno de los militares desgraciados de Fado alejandrino describe todo eso contra lo que esta literatura se subleva:

Pero lo que más me impresionaba, mi capitán, era el silencio de muerte de las habitaciones desiertas, la súbita, inexplicable tristeza del aparador y de las sillas, las fotografías repentinamente nubladas, repentinamente distantes, los objetos cargados de golpe de un sentido inesperado, la completa ausencia de voces, de altercados, de susurros y ruidos domésticos, la nada de acuario, la absoluta, irremediable, espesa nada de acuario en la que vivíamos.  

4.

En el auditorio donde se iba a presentar No es medianoche quien quiere había silencio. Lobo Antunes se encontraba mucho más a gusto que en el ruidoso Pabellón de Portugal. Una pregunta de Antonio Ortuño bastó para que el autor se soltara contando su vida entera, sin interrupción, a lo largo de una hora. El monólogo autobiográfico es el género por excelencia de la vejez, y Lobo Antunes lo practica con maestría. Evocó, entre otras anécdotas conocidas, la ocasión en que, trabajando como médico en un hospital de pediatría, vio cómo un hombre se llevaba en brazos el cadáver de un niño muy pequeño, muerto de leucemia. Recordaba cómo colgaba un pie del niño, moviéndose como si aún estuviera vivo. Entonces dijo: “Quiero escribir para aquel pie”.

Al día siguiente, a punto de entrevistarlo, recordé ese pie y decidí que iba a agarrarme de él para hablar con Lobo Antunes. Llegué a su hotel a las cuatro en punto. La organizadora de prensa me dijo que el autor estaba terminando de comer y que se encontraba muy cansado, deseoso de cancelar todos sus compromisos; pero ella le había dicho: “No vamos a cancelar, vamos a acortar. Quince minutos con cada uno”. Sentí pena por él.

Lo primero que me dijo él al saludarnos fue, con una sorpresa casi infantil, “Te pareces a Diego Velázquez”. Se refería al pintor barroco. Como había llovido todo el día, yo estaba más despeinado que de costumbre, y mi cabello había adquirido una forma piramidal bastante parecida a la del cabello de Velázquez en Las meninas. Le dije que me daba gusto el parecido porque me encanta su pintura. “Sí. Te pareces mucho.” Sospecho que esta nimiedad fue la responsable de que Lobo Antunes fuera tan amistoso conmigo.

Le confesé que me parecía muy extraño sentarme a platicar tan solo quince minutos con él, después de haberlo leído tanto. Le pregunté si le había pasado lo mismo al conocer a los autores cuya obra admiraba. “En general es siempre una desilusión”, me dijo, “son aburridos o excesivamente vanidosos”.

Volteó a ver a su esposa, sentada al fondo de la sala donde estábamos. Me preguntó si iba a grabar y le dije que no, que solo tomaría notas en mi cuaderno. Aproveché esto para inquirir si seguía escribiendo a mano, si alguna vez había intentado hacerlo a máquina o computadora.

“Solamente a mano. Se queda más orgánico, es una cosa que viene de tu sangre para la sangre del papel.” Hizo una pausa septuagenaria. “El problema de escribir es que se está tan solo, quedas muy cansado.” Siguió hablándome del esfuerzo de escribir, del esfuerzo como razón de ser de la escritura. Me contó que antes hacía planes muy exactos de cómo escribiría sus obras; ya había dejado de hacerlo, ahora se sentaba a escribir sin un plan desde las seis y media de la mañana, a veces hasta la nueve de la noche. Que era muy cansado. Habló del “terror” de comenzar a escribir un nuevo libro, y de la ocasional sorpresa ante lo escrito: “Yo no puedo haber sido el que escribió eso porque no escribo tan bien. No eres tú el autor de eso, no sabes quién es, eres tú el intermediario entre dos instancias que no conoces. Mi impresión es que me han fabricado para esto y para escuchar que las voces interiores empiecen hablando. Como lector lo notas mucho. Tienes que esperar que lleguen sin ruido”.

A veces pasan hasta dos horas sin que lleguen las voces. “Son las voces las que te conducen”. Y cuando uno por fin logra escucharlas, el resultado de toda esa espera y trabajo es que “El libro es mejor que tú”.

Le pregunté por el pie de aquel niño. Sonrió. ¿Qué había sentido con ese pie: el absurdo de la existencia, la injusticia de la muerte prematura, el sadismo de la enfermedad? Antes de responder, volvió a ver hacia su esposa. No sé si miraba hacia el pasado o hacia el futuro. “Me quedé furioso con la muerte. Aún no me gusta.”

Se volteó hacia mí y me pidió perdón por estar tan cansado. “Me gusta tu cara. Te pareces a Velázquez”. Me acordé del retrato de Góngora pintado por Velázquez (lo tuve mucho tiempo, como un fetiche, pegado frente a mi escritorio de estudiante).

Le agradecí por sus libros, le agradecí por la paciencia de esperar a que le hablaran aquellas voces y por el esfuerzo de transcribirlas. Me dijo “gracias” con una languidez escalofriante. Nos despedimos.

5.

Aquella noche me senté a releer las palabras de Lobo Antunes que yo había apuntado en mi cuaderno. Subrayé la frase que justifica la experiencia agridulce de conocerlo: “El libro es mejor que tú”. Por eso no importa quiénes son los grandes escritores. Sus libros siempre son mejores que ellos.

Apagué la luz con la certeza de que nunca volveré a hablar con Lobo Antunes. Fue una pesadumbre muy sutil, una saudade. Todo el tiempo, sin notarlo, hablamos con alguien por primera y última vez. En los viajes, las consultas, los hoteles. No volveré a hablar con Lobo Antunes, pero sí con sus libros, con las voces de sus libros. Iré a buscarlas cada vez que la nada me pese mucho; cuando necesite, en “el silencio de muerte de las habitaciones desiertas”, un rato de música y redención. 

Guadalajara, 30 de noviembre de 2018.

 

Jorge Comensal
Narrador y ensayista. Autor de la novela Las mutaciones (Antílope, 2016) y del ensayo Yonquis de las letras (La Huerta Grande, 2017). Coeditor de la antología temática de poesía novohispana Entre frondosos árboles plantada (Secretaría de Cultura, 2018).

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Portugal es el Invitado de Honor de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2018. De la delegación lusa destacan tres escritores disímiles pero que comparten un gesto primordial: escribir contra la muerte. Pareciera que António Lobo Antunes, José Luís Peixoto y Gonçalo M. Tavares se remiten a lo fúnebre como vehículo de sus narrativas.

António Lobo Antunes: como una ballena muerta

Fotografía: © Gonçalo Rosa da Silva/FIL

Tras estudiar Medicina, António Lobo Antunes (Lisboa, 1942) sirvió en el ejército portugués durante la guerra de Angola. Su experiencia durante ese periodo marcó su vida y su posterior carrera literaria. Tras su regreso a Lisboa y después de abandonar la profesión de psiquiatra, Lobo Antunes se dedicó de lleno a la escritura. La prestigiosa Bibliothèque de la Pléiade anunció que editará su obra completa. El autor escribe sobre la aflicción de la ausencia y la contigüidad de la muerte. En No es medianoche quien quiere Lobo Antunes  escribió: “y por momentos la idea de morir me aterró, la muerte era mucha gente a nuestro lado y tener que hablar susurrando / —¿Ya no se respeta a los muertos?”. Afirma que se juega la vida en los libros. Ahora anhela cumplir su más reciente objetivo: su trigésima novela, de tintes africanos.

Su obra es el auténtico reflejo de una existencia abrumada por el sufrimiento: “—Un día de estos acabo en la playa, devorado por los peces como una ballena muerta —me dijo él en la calle de la clínica mirando los edificios desvaídos y tristes de Campolide, los monogramas de servilleta de los carteles luminosos apagados, los restos de purpurina de las felices fiestas de los escaparates, un perro que escarbaba, en la mañana de enero, el montón de basura de un edificio demolido: caliza, polvo, pedazos de madera, trozos de ladrillo sin alma”, se lee en Acerca de los pájaros, su tercera novela.

La muerte de Carlos Gardel también está escrito desde la angustia: “señalando la pared que mi hermana y yo rechazábamos, e imaginé a otro hombre con las falanges rozando el suelo y respirando por medio de agallas eléctricas que le insuflaban aire en los pulmones muertos. Mi hermana repitió para no hablar conmigo, no compartir conmigo el terror que sentíamos”. Lobo Antunes profundiza en el alma humana hasta su oscura médula.

Con una estructura narrativa inspirada en la tauromaquia, ¿Qué caballos son aquellos que hacen sombra en el mar? contiene también a la muerte: “(¿será que también oía pensar a las personas?) / no el estorbo de hoy que desconozco el motivo por el que sigue aquí / (en cuanto muera mi madre corro con ella)”.

“Un criado indiferente barría sus restos clínicos hacia la fosa común de un cubo de basura abollado, farfullando baladas fúnebres de sepulturero”, escribió en Memoria de elefante, novela en la que un psiquiatra residente en Lisboa, cuya verdadera vocación es la escritura, narra partes de su vida.


José Luís Peixoto: la orfandad y la representación de sí mismo

Fotografía: © Patrícia Santos Pinto/FIL

La orfandad es explorada por José Luís Peixoto en el libro Te me moriste, también es expuesta a través del personaje Ilídio en Libro, en el contundente epígrafe de Ishiguro en El cementerio de pianos, en las voces de Antídoto: la de una mujer que recuerda los momentos de felicidad que compartió con su madre que ha muerto, y la de un hombre que también recuerda y ha perdido a su padre. Su primer libro, Te me moriste, es la historia de un hijo pequeño que pierde a su padre, es una historia sobre el luto. Fue una escritura catártica. Su primera novela, Nadie nos mira, transcurre en un lugar que podría ser Alentejo, y en la siguiente, Cal, aparecen ancianos del medio campesino. Destaca el universo rural. El “Libro I” de  Nadie nos mira concluye con el suicidio de José.

En El cementerio de pianos se basa circunstancialmente en la historia de Francisco Lázaro, un carpintero lisboeta que era corredor de maratón y que murió durante la prueba de los Juegos Olímpicos de Estocolmo en 1912. Texto fantasmal, el libro está construido en torno a las voces de un padre y un hijo, ambos llamados Francisco Lázaro. Comienza con la certeza de la muerte: “El día en que enfermé supe de inmediato que iba a morir”.

“Ante ese dolor, el mundo perdía su sentido. La muerte de un niño es señal de la ingratitud de Dios”, escribió en Galveias, otra gran novela sobre el mundo rural. Se lee: “En el espacio, en una soledad de miles de kilómetros, donde siempre parecía ser de noche, la cosa sin nombre circulaba a una velocidad imposible. Iba en línea recta. Planetas, estrellas y cometas parecían observar la decisión inequívoca con que avanzaba”. Esa especie de meteorito llegó a Galveias trastocándolo todo. “La cosa sin nombre todavía conservaba su misterio, tal vez nunca lo perdiese, pero las calles estaban llenas de gente caminando hacia ella”, escribió posteriormente.

En En tu vientre, libro cuya atmósfera es de ensueño y protagonizado por Lúcia, alterna el relato del milagro de la Virgen de Fátima con otras voces como la de la madre del narrador, que se instala en su conciencia. Reflexionó sobre la fe y la maternidad (“Soy tu madre, soy el universo”). La estructura de En tu vientre, que incluye textos en forma de versículos, es una sutil construcción.

“Al escribir, el autor esculpe una representación de sí mismo. […] La dicotomía ficción/autobiografía no puede ser contestada con un sí o con un no”, escribió en El camino imperfecto. De esa manera lidia con la complejidad. En El camino imperfecto recuerda De vidas ajenas, de Carrère. Le dio la clave para escribir su libro.


Gonçalo M. Tavares: el dolor y el comienzo de la muerte

Fotografía: © Gonçalo Rosa da Silva/FIL

En Una niña está perdida en su siglo en busca de su padre los personajes Hanna y Marius llegan a un hotel cuyas habitaciones tienen nombres de campos de concentración. A ellos les tocó Auschwitz. La recepcionista dijo: “Podemos. Somos judíos”. Significa un gesto de transmisión histórica de la proximidad de a muerte. “Al legar a Antigüedades Vitrius, en una escalera peligrosa sin pasamanos, Marius sintió, al menos dos veces, con claridad, esas ganas de dejarse ir, de soltar la mano de Hanna y lanzarse al precipicio”, escribió en Una niña está perdida en su siglo en busca de su padre.

Ulises de James Joyce, novela que transcurre a lo largo del 16 de junio de 1904, ha influido de diversas maneras a Gonçalo M. Tavares. Le dedica a Joyce una entrada del libro titulado Biblioteca. Tavares afirma: “James Joyce bajó de un autobús en Berlín y dijo: ésta no es mi ciudad. No veo a Bloom. / Hay escritores que viven en personajes como hay putas que viven en esquinas. James Joyce era un hombre que vivía en Bloom. / Además, había un amigo de todos que era el hombre más lento del mundo: tardaba más de seiscientas páginas en recorrer un día. / Hombre medio inteligente medio idiota, pero que sólo actuaba con la mitad de sí mismo.”

Del Odiseo homérico partió el Ulises latino, que Joyce transfiguró en un fundamento del hombre moderno. Tavares continuó el ciclo con el libro Un viaje a la India, cuyo protagonista es Bloom, un individuo que comienza una travesía en busca de sí mismo. Resulta un Ulises contemporáneo que parte de Lisboa. Su destino es la India, donde espera encontrar la sabiduría. Bloom emprende también una odisea europea que lo lleva a Londres, París, Viena y Praga. En el primer canto de Un viaje a la India Tavares escribió:

“No vamos a hablar de la aparición repentina
de enanos en algunas grutas de México,
ni de los peñascos de Colorado
donde en el interior de la roca se construyeron casas.
No vamos a hablar de las mesas velador
ni de las visitas del Más Allá a las casas
de ciudadanos racionales.
Vamos a hablar de un viaje a la India.
Y de su héroe, Bloom.
[…]
Vamos a hablar de la hostilidad que Bloom
nuestro héroe,
mostró con relación al pasado,
rebelándose y partiendo de Lisboa
para llegar a la India, donde buscó sabiduría
y olvido.
Y vamos a hablar de cómo al viaje
se llevó un secreto y lo trajo, después, casi intacto.
[…]
El corazón: víscera que olvida menos que la cabeza.”

Un viaje a la India es una epopeya heredera de la tradición clásica. Sobre el Odiseo homérico se creó el Ulises latino que Joyce transformó en un epítome del hombre moderno. Bloom ha perdido el nombre para significar que representa a todos los hombres. La obra está escrita en versículos y utiliza la misma división de Cantos que Os lusíadas de Luis de Camões. Bloom quería encontrar el espíritu, dice en el Canto IX. Y parte de la India. Y en el Canto XVIII escribió: “¿Qué es el pasado? Esto: el tiempo que cada vez ocupa menos espacio”.

Gonçalo M. Tavares aborda la desolación: “Es otra violencia de la que a veces me acuerdo: la idea de un hombre viejo y desnudo y muerto a quien le pusieron dos alas de ángel en la espalda, alas de ángel hechas de cartón, pintadas de blanco, y aún veo ese cadáver siendo colocado en un ataúd y después las palas tirando tierra por encima”, escribe Tavares en “El cuello grande del cisne”, incluido en Agua, perro, caballo, cabeza.

En Aprender a rezar en la era de la técnica de Tavares se lee: “No había, pues, equilibrio entre el mundo de los vivos y el mundo de la muerte. A un lado no se podía hacer nada, no había material de construcción, mientras que al otro sí se hacía: existía un evidente material de aniquilación, de extinción, de destrucción. […] Sólo una muerte violenta, brusca, era aceptable. En un accidente, en la guerra o mediante el suicidio. No había otra forma de abandonar la habitación”.

En Jerusalén Tavares desarrolla una progresión de la muerte. Escribió: “Se trataba de evitar la muerte y los grandes sufrimientos, y no tan solo de aumentar la comodidad, como lograban los inventores de determinadas máquinas. […] Las muertes podían ocultarse; quedaban miles de fosas comunes por descubrir desde el inicio de la Historia, pero eran hechos que no admitían una segunda interpretación: un cadáver era un cadáver. […] El hambre concreta surgió en Mylia. Y ese dolor empezó a confundirse con el dolor que los médicos garantizaban ser el comienzo de la muerte”.

Retrata la angustia y el sufrimiento, pero hay en gran parte de su obra una concepción lúdica de la literatura. Una de las expresiones más emblemáticas es El barrio y los señores. Se trata de un mosaico de excéntricos. Tavares afirma que “Primero apareció el Señor Valéry. Luego el Señor Henri. No fue hasta mucho después que apareció la idea de barrio. El barrio es una especie de utopía —un espacio no localizado geográficamente y no definido en el tiempo—. Los nombres de los personajes de este barrio son homenajes a escritores, artistas —pero los personajes son meramente ficticios—”. El libro es la edición conjunta de las diez novelas cortas de los señores: Valéry, Brecht, Juarroz, Walser, Calvino, Breton, Kraus, Swedenborg, Eliot y el señor Henri, que es Michaux. Alberto Manguel, en el prólogo del libro, dijo: “La ‘conversación con los difuntos’ que Quevedo buscó en su biblioteca tiene lugar diariamente en este barrio […]. Como dijo una vez Marguerite Yourcenar, una posible habitante futura: ‘Mi patria son los libros’. Éste podría ser el lema del barrio ilustrado de Tavares”.

 

Alejandro García Abreu
Ensayista y editor.

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