24 febrero, 2019

Hemingway

En 1925 vio la luz En nuestro tiempo, el primer libro de cuentos publicado por Ernest Hemingway. Esa obra temprana, que ya condensa y despliega el estilo de uno de los cuentistas más importantes del siglo XX, nunca había sido traducida al español. Editorial Lumen nos ofrece, por primera vez, una de las cumbres del género, cuyo prólogo, que presentamos a continuación, corrió a cargo de Ricardo Piglia, heredero sin par de la prosa que cambió para siempre el rumbo de la literatura.

Ernest Hemingway,
En nuestro tiempo,
Barcelona, Lumen, 2018.
192 pp.


In Our Time fue considerado desde su aparición en 1925 un clásico que renovaba la tradición narrativa. La calidad de su prosa y la originalidad de su estructura lo convierten en uno de los mejores libros de cuentos que se han escrito. Aparte de los irrepetibles modelos tradicionales (como Las mil y una noches o El Decamerón) el libro es un ejemplo de unidad en la composición: entre los cuentos se intercalan lacónicas viñetas de guerra en las que se describen escenas que influyen tangencialmente en las conductas de los personajes de los relatos. Por eso es una paradoja, pero también un acontecimiento que esta sea la primera edición en castellano de este libro extraordinario. Su réplica, Así en la paz como en la guerra, de Cabrera Infante, repite el procedimiento; allí las viñetas narran episodios de la lucha revolucionaria cubana y en ese contexto los cuentos adquieren su verdadero sentido.

El uso de repeticiones, reiteraciones —ya de palabras, asonancias o consonancias y yuxtaposiciones—, unido al uso de la elipsis, define el estilo inconfundible de Hemingway y refuerza la presencia de una voz narrativa áspera que constituye el marco para la resonancia emocional. La lógica de una escena no depende de la acción que se desarrolla ahí, sino de las reacciones fragmentarias y entrecortadas de una realidad en crisis. Hemingway sustituye la lógica de la acción con la presencia de un narrador que no quiere decirse a sí mismo lo que ya sabe.

El libro postula una nueva poética literaria, como bien lo advirtió Ezra Pound: «Hemingway no se ha pasado la vida escribiendo ensayos de un esnobismo anémico, pero comprendió enseguida que Ulises, de Joyce, era un fin y no un comienzo». Joyce había escrito con todas las palabras de la lengua inglesa y había mostrado un gran virtuosismo, allí es donde Hemingway tiene una intuición esencial; no había que copiar de Joyce esa gran capacidad verbal, sino que era necesario empezar de nuevo, con un inglés coloquial, de palabras concretas, de pocas sílabas y frases cortas. Es a partir de aquí que construye un estilo de resonancias múltiples que marcó la prosa narrativa del siglo XX, de Salinger a Carver. Hemingway trabajaba con los restos del lenguaje, buscaba una prosa conceptual que insinuara sin explicar, de ese modo se elaboró una escritura experimental; muy conectada con las vanguardias de su época. Beckett llegaría a la misma conclusión años después: para escapar del inglés literario que Joyce había agotado, decidió cambiar de lengua y escribir en francés. Lo importante de Hemingway, y de Beckett, es que no describían lo que veían, sino que se describían a sí mismos en el acto de ver. Sus relatos trascienden el nivel meramente descriptivo para desembocar en un estilo que bordea el idiolecto, avanzando desde lo concreto y particular hacia la emoción.

Ernest Hemingway en Milán, 1918.

Hemingway quería escribir historias mínimas, tratando de narrar los hechos y transmitir la experiencia, pero no su sentido. La simplicidad de la estructura de las frases y de la dicción —la de alguien fisurado emocionalmente— se ve reforzada por el uso restringido de adjetivos y adverbios. Casi no hay metáforas, ni comparaciones ni oraciones subordinadas; evita las técnicas tradicionales y puede ser leído como una versión personal que definió la renovación de la literatura moderna.

Al mismo tiempo el libro produjo una revolución en la técnica del cuento. Hemingway se refirió en París era una fiesta al primer cuento que escribió para la serie de En nuestro tiempo, llevando al extremo la poética de Chéjov: «Sin trama y sin final». De ese modo renovó la tradición de las formas breves. Refiriéndose al primer cuento que escribió con su nueva técnica, Hemingway dijo: «En una historia muy simple llamada “Out of Season” (“Fuera de temporada”) omití el verdadero final en que el viejo se ahorcaba. Lo omití basándome en mi teoría de que se puede omitir cualquier cosa si se sabe qué omitir y que la parte omitida refuerza la historia y hace al lector sentir algo más de lo que ha comprendido».

En «Fuera de temporada» se insinúa que Peduzzi no se ha recuperado del efecto de la guerra. Nick Adams y su mujer ven síntomas leves, pero el narrador no dice lo que piensa, extrema el punto de vista de Henry James, no aclara lo que ignoran los personajes. En el cuento no se puede saber que Peduzzi se va a matar, pero el escritor sí lo sabe y esa es la clave; la relación que el narrador mantiene con la historia que cuenta es el fundamento del arte de narrar. Se trata de transmitir la emoción a la prosa a través de los detalles inadvertidos que provocan una reacción emocional.

Ese es un aporte técnico central que define la transformación que Hemingway produce en la forma del diálogo: todo se da por sabido y las conversaciones son lacónicas y tienden a un hermetismo luminoso que genera un efecto de extrañeza y agudiza la intensidad del relato. Bertolt Brecht, uno de los que mejor leyó a Hemingway, lo definió lúcidamente: «Sobre la concisión del estilo clásico: si en una página omito lo suficiente, estoy reservando para una sola palabra —por ejemplo, para la palabra “noche”, en la frase al “caer la noche”— el valor equivalente a lo que ha dejado fuera en la imaginación del lector».

Roland Barthes, que nunca sale de la tradición francesa, definió sin embargo la técnica de Hemingway en su ensayo El grado cero de la escritura, basándose en el efecto que el estilo de Hemingway había causado en Francia, en especial en la escritura blanca de El extranjero, de Camus. Sartre lo dijo explícitamente: «Cuando Hemingway escribe sus frases cortas e inconexas obedece a su temperamento, pero cuando Camus utiliza la técnica de Hemingway lo hace consciente y deliberadamente, porque después de reflexionar considera que es la mejor manera de expresar su experiencia filosófica del absurdo del mundo».

En el relato «El gran río de dos corazones», que cierra el libro, Hemingway lleva al límite su técnica. El relato narra las actividades de Nick Adams desde el momento en que desciende del tren en la desolada Michigan Superior buscando un lugar apropiado para acampar. El tema secreto del relato es el efecto de la guerra en Nick Adams, y en el cuento se narra, de un modo sutil y detallado, una excursión de pesca. No pasa nada pero el cuento acumula tensión, el estilo muestra que Nick Adams padece una crisis que trata desesperadamente de controlar sin decirlo nunca. La prosa ha atomizado la acción y el pensamiento hasta reducirlos a sus componentes más simples y los mantiene ahí sin vacilar. El estilo medio esquizo de la narración solo deja entrever la extrema tensión de Nick Adams. El cuento no valoriza los acontecimientos y cuenta todo con una distancia serena, pero registra los hechos como si algo terrible fuera a suceder. Nick no quiere pensar, y el relato se desliza terso y minucioso. El único detalle que expresa, desplazada, la experiencia de Nick son los saltamontes ennegrecidos después del incendio que devastó la región. Aquí tenemos, en estado puro, lo mejor del estilo de Hemingway, lacónico, bellísimo; pero lo notable es lo que cortó Hemingway. El fragmento editado por Philip Young con el título «On Writing» se puede leer en el volumen The Nick Adams Stories: «La única literatura buena era la que uno inventaba, la que uno imaginaba. Eso hacía que todo fuera real. Todo lo bueno que había escrito lo había inventado. Nada había sucedido. Habían sucedido otras cosas. Cosas mejores, quizá. Esa era la debilidad de Joyce, Dedalus de Ulises, era el mismo Joyce, por eso era terrible. Joyce se ponía tan romántico e intelectual cuando se refería a él… A Bloom lo había inventado, y Bloom era magnífico. A la señora Bloom la había inventado. Ella era lo mejor del mundo». (En la misma línea, años después, en una carta a Max Perkins, Hemingway criticaba al Fitzgerald de Suave es la noche porque «no inventaba lo suficiente »: «Con materiales reales es muy difícil escribir. Inventarlo es más fácil y mejor».)

En el texto suprimido con buen criterio por Hemingway vemos con claridad lo que se enuncia en la teoría del iceberg, lo que se suprime ya está narrado y el escritor sabe lo que luego se elide. Esta forma de la elipsis da a los cuentos una potencia extrema. Lo notable en el texto suprimido es que Hemingway postula una teoría de lo imaginario como base del relato, en oposición a la versión de la experiencia vivida, que es el cliché más extendido sobre Hemingway, de que primero se vive y luego se escribe. Hemingway es más drástico y establece una hipótesis que funda la prosa en la invención y no en lo que se ha vivido. Nick Adams, como Dedalus, se basa en la vida del joven esteta aspirante a escritor, Hemingway lo sabe pero nunca lo dice. Forma parte de la estirpe del joven artista, como Quentin Compson de Faulkner o Jorge Malabia de Onetti, y es esa elipsis lo que da a su relato de aprendizaje un tono propio.

Para terminar, séame permitida una mínima confidencia: en una librería de libros usados en la terminal de ómnibus de Mar del Plata, en una galería encristalada, sobre una mesa de saldos, encontré, en 1959, un ejemplar de In Our Time y esa tarde volví a casa y lo leí de un tirón, me tiré en un sillón de lona, con las piernas apoyadas en una silla, y empecé a leerlo y seguí y seguí. A medida que avanzaba en la lectura la luz cambiaba y declinaba. Terminé casi a oscuras, al fin de la tarde, alumbrado por el reflejo pálido de la luz de la calle que entraba por los visillos de la ventana. No me había movido, no había querido levantarme para encender la lámpara porque temía quebrar el sortilegio de esa prosa. Concluí el libro en plena oscuridad. Cuando por fin me levanté y prendí la luz ya era otro. Ahora me doy cuenta de que la forma del recuerdo, la luz que declina hasta que cae la noche, está influida por la prosa de Hemingway, por su capacidad para captar el sentimiento con leves matices y cambios de tono.

La gravitación de esa lectura está presente, nítida, en los cuentos de La invasión, mi primer libro. Como tantos escritores, yo había buscado liberarme del falso estilo literario que ensombrecía la literatura argentina. Mi experiencia con este libro me abrió las puertas de la experimentación narrativa. Por eso celebro esta edición y la pienso como si fuera una deuda saldada.

Buenos Aires, 25 de septiembre de 2016

 

 

Ricardo Piglia
Entre sus obra destacan las novelas Plata quemada y Blanco nocturno, los libros de cuentos La invasión y Prisión perpetua, y el libro de ensayos El último lector.

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22 diciembre, 2018

Libros para regalar

Como ya es tradición, presentamos un puñado de obras para dar en estas fechas donde la literatura se convierte en un imperativo envuelto en moño. Esperamos que esta selección, hecha por el equipo editorial de Nexos, ayude a los lectores no solo a encontrar un regalo para salir del paso sino, ojalá, un libro que pueda tocar alguna fibra más allá de los villancicos.

Si hay algún escritor que exige con llaneza el término “monumental” es Jules Verne (1828-1905), pese a que solo sea recordado de manera anecdótica por las películas que se han adaptado de sus libros. A este momento, una vez que me arrojé a explorar gran parte de su narrativa, dudo que la historia haya dado al mundo un hombre con la descomunal imaginación del autor francés, capaz de entretejer tramas deslumbrantes con finales inesperados.

Mauro Armiño, que de manera regular mantiene vivo el interés en la mejor literatura francesa para los lectores en lengua española, reunió discursos, cartas y ensayos breves, respuestas a otros académicos, además de otros textos perdidos de Jules Verne en Viaje al centro de la mente (Páginas de espuma, 2018). El resultado es un mosaico de enorme interés sobre el hombre que percibió antes que nadie el potencial de la imaginación humana, empleada en conjunción con la ciencia, para la escritura de historias.

Porque además de la notable imaginación de Verne, destaca su entrega al oficio, con admirables historias de intriga, espías, lugares exóticos, habitantes originarios y maquinaria capaz de emborronar la frontera entre la realidad y los sueños. Las opiniones de Verne, imposibles de atisbar en su novelística, brillan en estas páginas en las que puede detectarse que su devoción por la ciencia era auténtica, además de su pasión literaria.

Si la literatura admite ser una pasión fervorosa, estas páginas de Verne subrayan que además pueden ser un consuelo para los días menos felices.

Luis Bugarini. Escritor y crítico literario. Es autor del blog Asidero.


Al igual que Borges, Ricardo Piglia (1941-2017) tuvo siempre una debilidad por la literatura policiaca. Al igual que el autor de Ficciones, el de Plata quemada le dedicó ensayos luminosos a un género generalmente despechado por el canon. Hace falta mucha lucidez para entender que lo policiaco no es solo una fórmula, un mecanismo gobernado por leyes que tantas veces devienen lugares comunes, sino que es, ante todo, una forma de leer el mundo.

Poco después de haber sido diagnosticado con Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA) en 2014, Piglia diseñó un plan para dejar una serie de obras póstumas. Los casos del comisario Croce (Anagrama, 2018), es una de esas obras. En ella el autor rescata a uno de los protagonistas de Blanco nocturno, el entrañable y meditabundo Croce, quien se enfrenta en estas páginas a enigmas tan dispares como el de una supuesta cinta pornográfica protagonizada nada menos que por Eva Perón, o el de un marinero yugoslavo acusado de asesinar a una prostituta costeña, o el de un crimen que requerirá de la poesía para ser resuelto.

No resulta trivial decir que el libro fue escrito usando Tobbi, un programa que le permitía a Piglia escribir con la mirada, cuando su enfermedad lo tenía prácticamente inmovilizado. “El interesado lector podrá comprobar si mi estilo ha sufrido modificaciones”, comenta él mismo en una nota final. Ni qué decir que estos casos contienen guiños a los clásicos y homenajes al género que tanto le fascinó, ni que el estilo no es otro que el de uno de los escritores imprescindibles del siglo XX.

César Blanco. Editor y traductor.


J. M. Coetzee invita al lector a abandonar la moral habitual para reflexionar sobre la certeza de su finitud. En Siete cuentos morales (El hilo de Ariadna/Literatura Random House, 2018) el autor regresa a su álter ego femenino, Elizabeth Costello, uno de los seres más complejos de la literatura contemporánea. La célebre escritora y conferenciante apareció por primera vez en Las vidas de los animales (1999), volumen que recoge las Conferencias de la Cátedra Tanner del curso 1997-1998, que pronunció en Princeton. Elizabeth Costello protagoniza el libro homónimo del escritor sudafricano, en el que hilvana ensayo y narrativa con maestría, publicado en 2003, año en que fue galardonado con el premio Nobel. Costello también aparece en su novela siguiente, Hombre lento (2005).

Siete cuentos morales presenta a una Elizabeth Costello que tiene 75 años y una firme conciencia ética. El libro reúne cuentos escritos entre 2003 y 2017. “El perro” versa sobre un can que intimida a una mujer que pasa cotidianamente ante su puerta. Ella quisiera armonizar con él. “Una historia” explora la infidelidad de una mujer casada. “Vanidad” trata el dilema de la apariencia en la ancianidad. “Una mujer que envejece” despliega la ternura de Costello. En “La anciana y los gatos” se aborda la animalidad desde la acogida de gatos asilvestrados. “Mentiras” es un relato epistolar en el que el hijo, John, cuenta a su mujer, Norma, el crepúsculo de su madre. Y “El matadero de cristal” consiste en un homenaje a Heidegger. Estos siete destellos constituyen el retrato de una mujer que procura dilucidar el significado de la existencia, mirando hacia atrás. El compromiso ético de Coetzee se impone: “A los viejos les atañe morir bien, mostrar a los que siguen cómo puede ser una buena muerte. En esa dirección va mi pensamiento. Me gustaría concentrarme en morir bien”, es una de las conclusiones. “¿Qué es, entonces, lo que hallamos de inaceptable en el dolor de la muerte?”. Deja la respuesta en la mente de cada lector.

Alejandro García Abreu. Ensayista y editor de Nexos en línea.


¿Un libro de historia en forma de novela? ¿Una novela histórica? ¿Una novela sin estructura clara? ¿Una novela-novela? ¿Qué es Viva, la novela del escritor francés Patrick Deville (Anagrama, 2016)?

En realidad, poco importa qué sea. Lo cierto es que se trata de un relato que atrapa desde el primer momento y que nos mete de lleno al México de los años treinta y de los muchos extranjeros notables que estuvieron en nuestro país en esa época, principalmente León Trotski y Malcolm Lowry, pero también Ret Marut (mejor conocido como B. Traven), Tina Modotti, César Augusto Sandino, Antonin Artaud, André Breton, Arthur Cravan y Graham Green, entre otros cuyas existencias se cruzaron con figuras mexicanas del tamaño de Diego Rivera, Frida Kahlo, David Alfaro Siqueiros y el presidente Lázaro Cárdenas.

Deville nos seduce no solo con su prosa limpia y su peculiar estructura narrativa, sino con una gran cantidad de datos históricos y biográficos que convierten a Viva en una experiencia fascinante que hace que queramos profundizar en todo lo que pasaba en México y en el mundo en esa etapa crucial del siglo pasado, pero también en las intimidades, pasiones, amores, creencias, ideas políticas y pensamientos de cada uno de los personajes que aparecen. No sé si es una novela propiamente o si más bien se trata de un fresco histórico, un gran cuadro de época, pero de que resulta un placer leerla no tengo la menor duda.

Hugo García Michel. Músico, escritor y periodista. Editor del blog Acordes y desacordes.


Cuando Hannah Arendt (Hannover, 1906-Nueva York, 1975) tenía apenas 17 años ya sabía cómo escribir poemas. Era una jovencita que pensaba en las viejas heridas, los pesares, las soledades perdidas, los días etéreos, la carencia de un timón en la vida, la dicha de bailar, la indiferencia del suburbano amarillo. Con esta esencia, el lector inaugura el sendero por las emociones y el pensamiento de Arendt vertidos en la breve y novedosa compilación de sus Poemas (Herder, 2017).

El primer corte temporal de los 71 poemas seleccionados en este libro abarca de 1923 a 1926. Algunos de ellos son frutos del árbol amoroso sembrado por Hannah Arendt y su profesor de filosofía Martin Heidegger, quien al conocerla tenía 35 años y estaba casado. La enamorada percibe que es “demasiado tarde, demasiado tarde”. ¿Para qué? ¿Para estar en la vida de quien le promete amor sin compañía? La enamorada llora con las despedidas y sufre con el fin del verano. La enamorada le escribe a la noche y le ruega: “Tú que consuelas, inclínate sobre mi corazón sin hacer ruido”.

A los poemas con sobresaltos amorosos le siguen aquellos que van dirigidos a la memoria de los amigos muertos —Walter Benjamin o Hermann Broch—. Entre 1942 y 1961, la filósofa alemana no dejó extinguir la llama de la poesía: mecanografió versos en los que aparecían el derecho, la libertad, el demonio, las calles destruidas por la guerra, las casas que no eran más refugio, el sabor del exilio. Sugiero, con humildad, entregar este libro a los amigos y bienamados un fin de año para —igual que Hannah Arendt— recordar que “La tristeza es como una luz encendida en el corazón”.

Kathya Millares. Editora de Nexos.


Tara Westover, la autora de Una educación (Lumen, 2018), nació en 1986 en el seno de una familia mormona ortodoxa de Idaho. En el libro narra su infancia: la hija menor de 7 hermanos que nunca se vacunó, no se lavaba las manos con jabón, no usaba cinturón de seguridad cuando se subía a un coche y, por supuesto, nunca fue a la escuela. Sin embargo, un día Tara decide que quiere ir a la universidad. La historia de Tara es la de una mujer autodidacta que tiene que ir contra su historia (y familia) para construir su propio rumbo. Su padre combina su fe con su paranoia y su madre es una partera, dedicada a la homeopatía.

Los logros académicos de Tara, una vez que ella asiste a la universidad, se ven opacados porque se siente traidora: a su familia, a su lugar de origen y a su religión. Así, la historia de Tara no es muy diferente a la de otras mujeres que creen que no se merecen sus logros y sus éxitos y que se consideran impostoras porque están en un lugar en el que nunca se imaginaron acceder. Una educación es un libro que deben leer quienes están interesados en entender la importancia de la educación. Pero si los lectores piensan que se van a encontrar con una historia cursi de éxito más, se van a decepcionar; Tara dice que nunca quiso “formar parte de un homenaje lacrimoso al sueño americano convertida en la típica triunfadora de origen humilde”. Su libro es un testimonio crudo y directo sobre el papel que puede tener la educación en una vida, con tensiones, contradicciones y sin romantizarla. Educada. Una memoria (como se llama en inglés) fue nombrado unos de los 10 mejores libros de este año por The New York Times.

Alma Maldonado-Maldonado Investigadora en el DIE-CINVESTAV y editora del blog de educación Distancia por tiempos.


Una lectura para acompañar ese lado irremediable de las fiestas decembrinas que es la familia tiene que ser Apegos feroces de Vivian Gornick (Sexto Piso, 2017). La autora retrata la realidad no elegida del linaje explorando la relación con su madre, una mujer que estaba “encima, dentro y fuera” de su hija y que ella necesitaba extirparse a sabiendas de lo imposible del cometido cuando, en la vejez de ambas, han seguido citándose no para la Navidad —pues son una familia judía— pero sí para caminar juntas por las calles de Nueva York.

La memoria personal que empieza en el Bronx a mediados del siglo pasado, entre vecinos que sufren de sus propios dramas domésticos, no oculta su razón de ser: el resentimiento que le tiene Gornick a su madre por haber renunciado a vivir tras la muerte de su esposo, el padre difuso de la autora, y haber decidido volcarse en su hija de una forma injusta pero aparentemente calculada: como siempre interpretamos las malicias familiares. Gornick se frustra con una madre que hace menos la biografía de Josephine Herbst que su hija le recomienda en un esfuerzo de empatía, o cuando decide hablar de sus sentimientos y ella le pregunta por qué no tiene puesto el abrigo. Pero más allá del ejercicio psicoanalítico de la admirada feminista que es Gornick, este es un libro aleccionador porque aparecen también algunas de las “condiciones” que van creando el pensamiento crítico: la precariedad, la universidad, la violencia de género, las relaciones variopintas.

En el fondo, es una historia sobre los tropiezos en lo que incurrimos todos al buscar los contornos de nuestra personalidad más allá de las lógicas de parentesco. Es el drama de la convivencia entre generaciones, de la incomprensión frente a los más cercanos y, finalmente, la imposición de una lección que dicta soltar las necedades para mejor encontrar los absurdos que florecen especialmente en estas épocas a fuerza de insistentes encuentros.

Ana Sofía Rodríguez. Editora de Nexos en línea.


Shakespeare Palace (Lumen, 2018) es una de las novedades del momento, luego de las recientes y merecidísimas premiaciones para su autora, Ida Vitale (Premio FIL y Premio Cervantes 2018). En una edición que apareció con la premura de la FIL, y que seguramente será aumentada, la poeta uruguaya nos cautiva de inmediato con un arte narrativo a la altura de cualquier cuentista o novelista.

Con una gracia incomparable y una soltura que nos amarra, Ida Vitale narra sus años de exilio en México, sus primeros trabajos y amistades, y el absurdo de la realidad cotidiana de la ciudad de México de los años 1970 aparece en todo su esplendor desde la atalaya irónica, inexpugnable, de la escritora. Crónica y testimonio realista, sin dramatismos, la anécdota y el registro personal se convierten aquí en práctica sencilla, vivaz, con el lujo de detalle que solo la modestia de una gran conversadora pueden dar. Lo que nos revela es una verdadera atmósfera intelectual digna de los trabajos de un historiador. Y la lectura de una obra de gratitud hacia los huéspedes de su exilio se convierte en un derroche de generosidad y reconocimiento hacia sus pares. Atmósfera intelectual de primera línea, porque por sus páginas desfilan encuentros con Tomás Segovia, Octavio Paz, Fernando Benítez, José Emilio Pacheco, Ulalume y Teodoro González de León, Carmen y Álvaro Mutis, etc. También aparecen las lecturas de Ida, por ejemplo su cariño por la obra de Rosario Castellanos, y su mirada, llena de admiración, hacia la cultura, en todas sus vertientes sensoriales, de un México que le entregó su alma con los brazos abiertos.

Álvaro Ruiz Rodilla. Editor de Nexos en línea.

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