Tres obras recientes se conjugan para narrar el complejo entramado de la Intervención. En ellas se entrecruzan la historia y la literatura, la subjetividad y la riqueza documental desde tres puntos de vista absolutamente distintos y complementarios.

Hacia fines del mes de abril de 1862, las fuerzas galas partían de Orizaba con el objetivo de alcanzar la ciudad de México. Al frente del ejército más poderoso del mundo iba el conde de Lorencez, general Charles Latrille. Carlos Tello Díaz, en la monumental biografía Porfirio Díaz. Su vida y su tiempo. La Guerra 1830-1867,1 apunta la arrogancia del conde que en esta primera estancia de la invasión se proclamaba ya dueño de México, gracias —decía— a la superioridad de raza, organización, disciplina, moralidad y nobleza de espíritu sobre los mexicanos.

Ignacio Zaragoza cumple las órdenes de Benito Juárez y establece el primer punto de resistencia entre las Cumbres de Acultzingo y San Agustín del Palmar. El Ejército de Oriente se alista para contener la invasión en la antesala poblana. Este episodio lo refiere con detalle Paco Ignacio Taibo II en la trilogía Patria,2 que revisa desde los inicios de la revolución de Ayutla en 1854, hasta la caída del Imperio en 1867. En Patria. Vol. 2: La Intervención francesa, se describe el avance de los invasores, miles de hombres con carruajes interminables en la retaguardia que transportan 200 mil raciones de comida y el doble en vino. Taibo lo cataloga como el ejército más borracho del planeta.

La empresa napoleónica efectuó desde el comienzo una serie de lecturas erróneas respecto a México. Esto se comprende gracias al libro que publicó Jean Meyer en 2009, y que se ha vuelto la referencia más valiosa para estudiar este periodo desde la perspectiva de los franceses. En primera instancia, explica el autor de Yo, el francés. La Intervención en primera persona, Napoleón III tuvo una impresión equivocada del pueblo que pretendía conquistar. El Emperador confiaba en que se recibiera con beneplácito a sus compatriotas, en represalia al expansionismo estadunidense que ya había despojado a la nación mexicana de la mitad de su territorio.

El calendario marca el 5 de mayo. Zaragoza enfrentará con 5, 454 mexicanos a 5, 174 franceses. “Nuestros enemigos son los primeros soldados del mundo, pero vosotros sois los primeros hijos de México”, arengará Zaragoza a sus hombres, con voz suave y atiplada, no con esa voz de trueno como querían algunas versiones de la historia de bronce que Taibo desmitifica.

En tiempos de corrección política y revanchismos históricos, aún a varios siglos de distancia, no sería raro que Francia quisiera exigir disculpas por el 5 de mayo y México, a su vez, a Austria por haber visto nacer a Maximiliano.

Pero Don Porfirio Díaz ya se había dedicado a limar asperezas. En su exilio parisino en 1911 se encuentra con generales veteranos franceses, con los que se dedica a intercambiar memorias de los años 1862-1867. El general Gustave Niox le confiere en ese entonces a Díaz la espada que Napoleón portó en Austerlitz. Extraña y ciertamente imprevista forma de reconciliación entre Francia y México.

Del mismo modo, la victoria mexicana de aquel día, totalmente imprevista, genera las más exaltadas reacciones, tanto en ese momento como en el tiempo venidero. Tello rescata lo que Porfirio Díaz escribirá a su hermana, Nicolasa Díaz Mori: “Ruega a Dios que no me vuelva loco de gusto”. Taibo, por su parte, recoge las palabras de José Emilio Pacheco: “En medio de tanta sangre, tanta sombra y tanto dolor, el 5 de mayo de 1862 es para nosotros una fecha luminosa. Siglo y medio después su resplandor nos sigue iluminando”.

Hacia el mes de septiembre, mientras Ignacio Zaragoza fallece a causa de tifus, en las fuerzas europeas se presenta un relevo en el mando. Llega a México el general Élie-Frédéric Forey; lo acompañan 30 mil soldados.

“Expedición a México. Marcha a Puebla. El general Forey en el campamento de San Agostino del Palmar (según un boceto de M. Brunnet, lugarteniente de artillería”, Le Monde illustré, núm. 316, 2 de mayo de 1863. Fuente: Wikimedia

Los caminos literarios de la Historia

Los tres libros a los que nos referimos abren paso entre el enorme cúmulo de fuentes disponibles respecto a la Intervención francesa y ofrecen múltiples perspectivas que nos conducen a preguntarnos: ¿cómo narrar la historia? ¿Y cómo narrarla cuando ha sido tantas veces escrita y revisada? ¿Cómo llegamos a la configuración del tipo de Historia que estas obras defienden?

Antiguamente, la Historia vista como épica tenía una simple exigencia de verosimilitud. La pluma de Heródoto reviste maestría en retórica pero se le criticaba la validez de sus fuentes. El rigor en la escritura de la historia comenzará con Tucídides en el siglo V a.C.: de allí surge la lección de la escritura de la historia basada en evidencias pero con la potencia de un lenguaje que no deje indiferente al lector.

Más tarde, al experimentarse el paso de la Antigüedad al Mundo Moderno, los usos de la historia se transforman. Durante el Romanticismo, a partir de la escuela alemana, se crean las grandes historias nacionales. El surgimiento del Estado moderno tiene en la historiografía el camino idóneo para legitimarse, por medio de un discurso romantizado materializa la necesidad de crear una nueva conciencia nacional. El pasado y la realidad se tornan ficción; cada autor moldea como mejor le conviene, acontecimientos y personajes.

El auge del positivismo a la par de este romántico siglo XIX, germina en la Historia un ansia de cientificismo. La referida escuela alemana de Leopold von Ranke apuesta por rechazar la poiesis, el camino de la literatura. El conocimiento histórico pierde así su sentido más humano para dedicarse a perseguir un método científico. Como explicó Hans-Georg Gadamer en Verdad y método, al aspirar a generar un conocimiento que obtenga siempre el mismo resultado, la ciencia no busca la verdad, tan solo la verificabilidad. El sueño de la razón obligó por un tiempo a los historiadores a querer desembarazarse de la escritura narrativa con sus ineludibles dosis de inventiva.

El campo de la Historia tuvo que experimentar un largo andar para conseguir la armonía entre documento y creación literaria. Luego de esos intentos cientificistas, autores posmodernos como Hayden White debatieron a favor de que la Historia reconociera la parte humana de esta disciplina. Para White es imposible negar la presencia de lo imaginativo en nuestras reconstrucciones del pasado. Un posmoderno como él llegaría a preguntarse: ¿qué certezas podemos tener sobre aquel 5 de mayo? ¿Quién inventa qué? Desde este punto de vista, la Historia parecería una novela que siempre nos quedamos cortos en relatar: sus episodios no se agotan porque, sin cesar, sustraemos nuevos significados desde el aquí y ahora. Precisamente, Ivan Jablonka —pensador francés que propone ver a la Historia como una Literatura  contemporánea— aboga por un nuevo conocimiento del pasado, que mediante el rigor de investigaciones metódicas busque nutrirse también de escrituras creativas.

Confluencias de tres narradores

En nuestros autores consultados emerge precisamente la posibilidad de la narrativa como vía de transformación de la realidad y de la Historia. Una fe en el poder de la palabra, a la manera en la que la entendió Ignacio Manuel Altamirano, que en 1869, luego de pelear con los franceses, funda su enciclopédico proyecto, la revista El Renacimiento. Altamirano es claro ejemplo de un soldado que cambia el fusil por la pluma, que entiende la empresa cultural como espacio de lucha por un futuro más luminoso.

Por otro lado, cada investigación abre sus propias vetas, marca sus preferencias. Taibo dedica tres volúmenes a la idea de Patria y a aquella generación de liberales como forjadora de un ethos mexicano. El Porfirio Díaz de Tello se hace posible en la exhaustiva revisión de la vida del hombre y no solo del político militar, a lo largo de dos tomos. Para Meyer, descifrar los motivos y la experiencia de la Intervención requirió tres libros. Así, cada cual resalta ciertos hechos y omite otros.

En Patria, Taibo ofrece un recuento detallado de la segunda batalla de Puebla. Los 62 días del 16 de marzo al 17 de mayo de 1863, en donde se calcula un número aproximado de pérdidas (entre muertos, desertores y desaparecidos) de 9 mil mexicanos. Pocas veces se ha visto mayor patriotismo, dice Taibo; una gesta heroica en toda la extensión de la palabra.

Luego de la rendición en esta segunda batalla y de caer prisioneros 26 generales del Ejército mexicano, Díaz logra escapar a los designios de Forey de embarcarlos a Francia. Carlos Tello refiere la noche en la que Porfirio logra fugarse del aprisionamiento y junto con Felipe Berriozábal caminan la noche entera por montes rumbo a Tlaxcala.

Cuando meses después se asienta el Segundo Imperio, la vida diaria engendra una serie de dudas en el invasor. Jean Meyer recoge decenas de testimonios en los que el ocupante francés llega a apreciar el paisaje mexicano, goza de la comida y el mezcal, se enamora del idioma y las mexicanas. A diferencia de los Estados Unidos en el 46-48, cuyos soldados creían efectuar un proceso civilizatorio al invadir México —es la primera vez que hacen ondear la bandera de las barras y las estrellas en tierra ajena— los franceses llegan incluso a contagiarse por ideas juaristas y profesan admiración hacia los hombres de la República.

En este sentido, el enfoque de Taibo es heredero del nacionalismo decimonónico, representado por intelectuales y políticos como Altamirano. Hay, por ejemplo, un fuerte alarde de orgullo patrio en cómo Taibo ensalza a los hombres de El Gatuño, luego Congregación Hidalgo, elegidos para esconder el Archivo de la Nación que Juárez transportaba durante la República itinerante. Fue en septiembre del 64 cuando se eligió para este resguardo la cueva del Tabaco, a unos 15 km de Matamoros. Marino Ortiz fue apresado por los imperiales pero se negó a revelar el lugar donde enterraron los documentos. Lo torturaron hasta la muerte. Taibo cuenta cómo le desollaron las plantas de los pies para después obligarlo a caminar sobre masas de mezquite y lo colgaron. El Archivo se mantuvo a salvo por dos años y medio.

A Meyer también lo impulsa el patriotismo, pero proveniente de su origen francés; largas anécdotas de guerra de su abuelo alsaciano, también llamado Jean Meyer, marcan su memoria. Dice Adolfo Castañón que al escribir este libro Meyer cumplió con su destino: lograr el diálogo puntual entre Francia y México, dualidad que ha marcado su propia vida. El interés de Meyer es contar la historia de sus compatriotas. Se rehúsa a que esos nombres sean una ficha, un documento inerte donde antes hubo vida y que ahora quiere ser relato, acto exorcizante del olvido:

Número: 298
Nombre: Jean Meyer
Grado: 2 Cab.
Fecha del cambio: 3 de junio 1866

El mismo entramado familiar surge en el caso de Carlos Tello Díaz, que busca en la biografía de Porfirio —que toca asimismo su árbol genealógico— una aproximación al hombre en toda su complejidad, más allá de una historia maniquea. Cuando el largo recorrido de Juárez por la República llega a su fin, alcanzamos el día triunfal del 12 de julio de 1867. Carlos Tello se pregunta cómo fue el encuentro entre Juárez y Porfirio Díaz en ese momento en que se ven cara a cara en la Ciudad de México, tras cuatro largos años de no cruzar miradas. Hubo emotividad y tensión, imagina Tello. Juárez saluda a Porfirio desde su vehículo pero sigue la marcha. Será Sebastián Lerdo de Tejada, en el auto de atrás, quien hará una pausa, bajará para saludar a Porfirio y hacerlo subir con él. La Intervención había envejecido a Juárez, engrandecido a Díaz, sugiere Tello. Desde ese momento surgió un choque soterrado entre los dos hombres más destacados del México de entonces.

De los tres autores, en Jean Meyer se trasluce una preocupación más asentada por la escritura literaria de la Historia. Se lamenta no ser Conrad o Faulkner. Quiere ser capaz de explicar, pero también aspira a seducir. Parece no sentirse cómodo con quienes “dicen que la historia es una ciencia” y prefiere verla como la presencia de una ausencia. Lo mismo sucede cuando leemos a Carlos Tello que revitaliza tantas facetas de Porfirio Díaz. Queda claro que la atracción de los tres autores por la historia nacional remite a la idea de que siempre podremos encontrar una vida digna de relatar en las páginas de una historia patria, e incluso, como quería Luis González y González, de una historia matria, la de nuestras emociones, la del terruño y las raíces.

Con obras como éstas, la narrativa del pasado puede presumir de una vitalidad rebosante. En nuestros tiempos de instantaneidad, le devuelven vigencia a la frase de André Gide (francés, por supuesto, que naciera un par de años después de la Intervención, en 1869), que reza: “Todo ya está dicho, pero como nadie escucha, hay que volver a decirlo”.

• Jean Meyer, Yo, el francés. Crónicas de la Intervención Francesa en México (1862-1867), Maxi Tusquets, 2009.

• Paco Ignacio Taibo II, Patria 2: 1859-1863, La Intervención francesa, Planeta, 2017.

• Carlos Tello Díaz, Porfirio Díaz. Su vida y su tiempo. La guerra 1830-1867, Conaculta, Debate, 2018.

 

Arturo González Canseco
Cursa la Maestría en Investigación Histórico-Literaria por la Universidad Autónoma de Baja California Sur. Twitter: @HistoriaParaiso.


1 Con su biografía, Carlos Tello obtuvo el Premio Mazatlán de Literatura 2016.

2 Patria de Paco Ignacio Taibo II ha tenido este 2019 una importante difusión gracias a la adaptación documental de Netflix.

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Hoy, en el marco del Día Internacional del Libro y la Lectura, se dará a conocer la Estrategia Nacional de Lectura, un programa que podría convertirse en una herramienta clave para resolver problemas centrales de la sociedad mexicana. En el siguiente reportaje, diversos expertos exponen los retos y trampas que se deberían tomar en cuenta para que este proyecto no termine solamente en buenas intenciones.

¿Cuántos libros se leen en México? No hay una respuesta que satisfaga a todos. En 2015, la Encuesta Nacional de Lectura y Escritura realizada por el todavía Consejo Nacional para la Cultura y las Artes informó que el mexicano lee 5.3 libros al año. En 2018, el Módulo sobre Lectura (Molec), a cargo del Instituto Nacional de Geografía y Estadística, reveló que el promedio de anual es de 3.8 libros.

Al margen de lo mucho o poco confiable que pueda resultar cada cifra, el estudio del Molec arroja datos que llaman aún más la atención: solo 2 de cada 10 lectores comprenden totalmente el contenido de su lectura, 6 reconocen haber entendido una parte, y 2 apenas la mitad o muy poco. ¿Un buen índice de lectura atraviesa por la calidad o por la cantidad?

Uno de los objetivos planteados por el gobierno de Andrés Manuel López Obrador es hacer del país una república de lectores. Para ello se ha anunciado una Estrategia Nacional de Lectura, cuyo primer esbozo se dio a conocer el 27 de enero pasado en Mocorito, Sinaloa. Desde la ciudad conocida como “la Atenas sinaloense”, Paco Ignacio Taibo II, actual titular del Fondo de Cultura Económica, esbozó los tres ejes a seguir: reforzar la lectura en niños y adolescentes; brindar mejor y mayor acceso a los libros; y lanzar una campaña de promoción en medios de comunicación. Además, prometió publicar colecciones a precios accesibles y regalar títulos a fin de acercar la lectura a quienes no tienen recursos.

El 20 de marzo Taibo II hizo un primer corte de caja de su gestión. Señaló que gracias a la puesta en circulación de títulos a $49.50, $20 y $8, se han vendido 54 mil ejemplares. Y destacó el lanzamiento de la colección Vientos del Pueblo conformada por obras breves e ilustradas a un costo que oscila entre 11 y 20 pesos.

Ilustraciones: Belén García Monroy

El proyecto

Los objetivos trazados por el director del Fondo de Cultura Económica han puesto en la mira el detalle de lo que debe implicar una Estrategia Nacional de Lectura. Juan Domingo Argüelles, autor de ¿Qué leen los que no leen? y Antimanual para lectores y promotores del libro y la lectura, advierte que hasta ahora no se ha visto nada nuevo. Reconoce que Taibo II sabe hacer publicaciones baratas y llevarlas a sitios recónditos del país. No obstante, si el programa no toma en cuenta a las escuelas y a las bibliotecas “estará destinado al fracaso”, advierte.

El académico de El Colegio de México, Fernando Escalante Gonzalbo, cuestiona en principio el diagnóstico y los objetivos desarrollados por las autoridades: “Como diagnóstico, lo único que se ha dicho en concreto es que la gente no lee porque los libros son caros”. Argumenta que la tesis oficial da por sentado que la gente no lee porque no aprendió en la escuela y porque no se le ha invitado a hacerlo con suficiente énfasis; sin embargo, “no hay ningún estudio que permita sostener nada de eso”.

Para Socorro Venegas, titular de la Dirección de Publicaciones de la Universidad Nacional Autónoma de México, es difícil emitir un juicio acerca del proyecto cuando apenas se conoce la primera etapa. La preocupación de conseguir que los libros sean accesibles es legítima y celebra la existencia de un Estado editor: “Contamos con las colecciones del Fondo de Cultura Económica para niños y jóvenes; con los programas de fomento a la lectura desde la Secretaría de Educación Pública; y con la segunda red de bibliotecas públicas más grande de Latinoamérica (el primer lugar es Brasil)”. A partir de lo que se tiene, espera que la estrategia desarrolle los mecanismos que permitan un mejor acceso a los títulos producidos.

¿Cuestión de precio?

Si nos atenemos a los datos del Módulo sobre Lectura del Instituto Nacional de Geografía y Estadística, los materiales de lectura consultados con mayor frecuencia son los libros de texto, los periódicos y los foros, páginas o blogs digitales. El estudio apunta que la mayoría de los mexicanos leen por entretenimiento (38.2%). La segunda razón son las obligaciones escolares, profesionales o técnicas (26.8%). Le siguen el bienestar y la salud (23.2%). Por cultura general la cifra es de 20.9%.

Paco Ignacio Taibo II asegura que el fomento de la lectura como una actividad placentera atraviesa necesariamente por bajar el precio de los libros. Sus argumentos se sostienen en el trabajo realizado por la Brigada para Leer en Libertad, proyecto cultural fundado en 2009 junto con su esposa Paloma Sáiz, quien asevera que en México se lee poco, entre otras cosas, porque existe una barrera cultural que inhibe el ingreso a una librería y porque los libros son caros: “¿Cuánta gente en este país tiene la posibilidad de comprar una novela de trescientos pesos para arriba? La minoría”. Sáiz argumenta que predomina la idea de que es más útil gastar el dinero en otras cosas antes que en literatura. Socorro Venegas coincide, aunque con matices. La funcionaria de la UNAM reconoce que el precio importa, pero no basta con bajarlo para conformar un Plan Nacional de Lectura: “Se necesitan programas en bibliotecas, salas de lectura y ferias de libro”.

El argumento de que la gente no lee porque los libros son caros “es discutible”, señala Escalante Gonzalbo, y enfatiza la diferencia entre leer y poseer. “La tesis supone que quienes no leen son pobres y que los ricos leen más. No hay nada que permita sostener semejante idea”. El académico sostiene que, en cualquier país, entre el 25 y el 35 por ciento de la población no lee independientemente de la escolaridad e ingresos: “No lo hace porque no le interesa; por lo tanto, el ingreso de una persona no explica las prácticas de lectura”.

Uno de los métodos implementados por Paco Ignacio Taibo II para hacer accesible el libro consiste en el obsequio en plazas públicas. El mecanismo aplicado desde hace diez años por la Brigada para Leer en Libertad es calificado como exitoso por Paloma Sáiz, quien calcula que por medio de los distintos programas promovidos desde de la asociación se han regalado cerca de cuatrocientos mil títulos. La promotora cultural explica que no se trata de regalarlos a diestra y siniestra. Precisa que atrás de la práctica hay una metodología: “No porque le regales un libro a alguien se hará lector, pero al menos sí le estás dando la posibilidad para que decida. Si además se lo entregas después de escuchar al autor, de presenciar un debate acerca del tema o por medio de un mediador que lo incite, el círculo se complementa”.

Pocas librerías

Según la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana, durante 2016 el sector  registró una venta de 137.4 millones de ejemplares, 6.3% menos respecto al año anterior. Por su parte, el INEGI informa que a nivel nacional existe una librería por cada 43 mil habitantes. Los datos de CANIEM dejan ver que a nivel nacional existen 600 librerías y mil 204 puntos de venta, de los cuales el 31% se ubica en la Ciudad de México, seguido de Jalisco y el Estado de México, con 7% cada uno.

El editor Carlos Anaya-Rosique, expresidente del organismo editorial, precisa que más allá del precio es necesario construir una red eficiente de librerías: “Apenas en el 6% de los municipios hay librerías. No hemos sabido construir el hábito desde el nivel escolar”. A fin de articular una red de 130 librerías del Estado, el Fondo de Cultura Económica está en proceso de absorber Educal y la Dirección General de Publicaciones. Si la medida reduce costos burocráticos y mejora la sinergia interinstitucional, “me parece bien”, dice Socorro Venegas. El objetivo, añade, debe ser convertirlas en centros culturales y conseguir que mantengan una oferta “viva y rica”.  

Los datos de la industria editorial precisan que del total de librerías, el 62% son tradicionales, 19% son propias de editoriales, alrededor de 7% universitarias, y el resto de carácter variado. La estrategia, sugiere Escalante Gonzalbo, necesita favorecer la existencia de pequeñas y medianas editoriales, así como incentivar la creación de una red de librerías privadas serias, con fondo propio y catálogo amplio. Sugiere, además, la formación de profesionales que sepan atraer lectores.

Paloma Sáiz va más allá de la creación de puntos de venta y pone sobre la mesa la necesidad de revisar la política de Precio Único, inscrita dentro de la Ley de Fomento a la Lectura y el Libro. Explica que cada distribuidor hace un pacto diferente con las editoriales y por lo tanto quien termina asumiendo el costo es el comprador final:  “Un almacén grande como Sam’s o Comercial Mexicana compra los libros hasta con cincuenta por ciento de descuento. En cambio, una pequeña librería los adquiere con un descuento de treinta por ciento; además tiene que absorber la transportación. Si por ley debe venderlo al mismo precio que el gran almacén, su margen de ganancia es mínimo. ¿Dónde está el beneficio?” A fin de contrarrestar el impacto, la titular de la Brigada para Leer en Libertad sugiere exenciones del Precio Único en casos particulares como las ferias del libro: “La Ley del Libro se debe estudiar y discutir, pero hay muchas cosas que cambiar”.

Las aulas, ahí empieza todo

Históricamente, el punto flaco de todos los planes de lectura son las escuelas. Juan Domingo Argüelles se dice preocupado porque el sistema educativo se ha ido cerrando a la posibilidad de que la lectura se promueva desde el aula. El Diagnóstico de Prácticas de Lectura en Niños y Jóvenes, realizado en 2016 por IBBY México, reconoce la contribución de la colección Libros del Rincón, de la Secretaría de Educación Pública, para distribuir materiales de lectura e instalar bibliotecas escolares y de aula a lo largo del país.

Desde su creación en 1994 y hasta 2016, la serie había producido 4 mil 129 títulos distribuidos en cerca de 208 mil escuelas de educación básica. El promedio por plantel era de 450 títulos. El informe de IBBY plantea, no obstante, que en los últimos años el programa se ha descuidado. Actualmente, el 56 por ciento de las escuelas públicas de educación básica a nivel nacional cuentan con un local exclusivo para la biblioteca y le dan un uso como tal, mientras que el resto reporta que los libros los distribuye en aulas o espacios compartidos como la dirección.

En su mejor momento, el programa Bibliotecas Escolares contabilizó 76 mil 295 espacios, mientras que el programa Bibliotecas de Aula, 131 mil 735. Ambos impactaban en 23 millones 689 mil 764 estudiantes. A nivel nacional, la cantidad de bibliotecas públicas es de 7 mil 436, lo que se traduce en que hay 6 por cada cien mil habitantes. La cifra nos coloca muy por debajo de naciones como Eslovaquia, Finlandia o Bielorrusia, cada una con 138, 110 y 107 recintos en la misma proporción.

Antes de llegar a la UNAM, Socorro Venegas era la Coordinadora de Obras para Niños y Jóvenes del Fondo de Cultura Económica. Durante su paso por el sello estatal consiguió que el género infantil aportara el 40 por ciento de los ingresos por ventas de la casa. Sabe como pocos que la niñez es una etapa idónea para promover la lectura recreativa: “Debemos conseguir que por medio de las bibliotecas escolares los menores encuentren el camino para convertirse en lectores autónomos”.

Escalante Gonzalbo pondera que cualquier plan de fomento a la lectura serio se debe plantear como tarea del programa educativo. Más allá de regalar o abaratar los libros, es preciso hacer de las bibliotecas el eje de la estrategia: “Nada puede suplir a una red amplia, bien surtida, con libros para todos los gustos y con bibliotecarios profesionales”.

Uso social del libro

A nivel nacional, el sesenta por ciento de los libros vendidos son para educación básica. “Podremos hablar de un país lector cuando el mismo porcentaje de consumo se invierta y la gente adquiera más títulos por iniciativa propia. Solo entonces —añade Carlos Anaya-Rosique— podremos decir que la lectura se ha incorporado al sistema de vida de los mexicanos”.

Dentro del ideal de la cadena, un papel fundamental lo tienen los mediadores. “Ahí debe estar el énfasis de la Estrategia Nacional de Lectura”, sugiere Socorro Venegas. Al margen de evaluar el estado de las bibliotecas escolares, la clave estará en la formación de los promotores y en la manera en que los profesores se involucren en el fomento del libro: “Podemos tener ochenta cajas de títulos y no saber qué hacer con ellas. Necesitamos apuntar hacia el uso social del libro”.

La titular de publicaciones de la UNAM espera que las autoridades no pierdan de vista el vínculo que se tendió entre la reconstrucción del tejido social y el fomento a la lectura a partir de proyectos como el Centro Cultural “La Estación”, en Apatzingán, inaugurado en marzo de 2018. Recuerda que en un sitio tan vulnerable como el municipio michoacano, la lectura y la palabra fungieron un papel fundamental para restablecer el tejido social. Por medio de clubes de lectura y escritura con mujeres violentadas y madres cabeza de familia, consiguieron que las participantes dialogaran y compartieran preocupaciones y vínculos en común. “Por medio de esta experiencia, descubrimos que los libros sí sanan a una comunidad y abren posibilidades”.

Resultado de la experiencia es la implementación de un seminario de cultura y paz, que fue publicado por el Fondo de Cultura Económica bajo el título Cultura de paz, palabra y memoria, mismo que se encuentra disponible de manera gratuita en internet. Además, el modelo ha sido replicado en diversas ciudades del país y en Calí, Colombia.

A reserva de lo que arroje la presentación a detalle de la Estrategia Nacional de Lectura, Juan Domingo Argüelles reconoce atisbos poco alentadores: “No he visto nada que me haga suponer que se incorporará de lleno al sistema educativo. Si además sumamos los privilegios que presumiblemente tendrán el SNTE y la CNTE, me temo que no podremos ser optimistas. No hace falta ir tras una cifra o porcentaje de lectura, necesitamos afianzar la comprensión. De nada sirve leer veinte libros al año si no entendemos nada”.

Ante la expectativa del anuncio, Socorro Venegas reitera que no es momento de sacar conclusiones precipitadas. Confía en que el programa desarrollará otras vertientes al margen del precio y concluye que hacer accesible el libro implica otras cosas, como ponerlos a circular en espacios comunes como salas de lectura, salones de clase y bibliotecas, pero sobre todo contar con mediadores profesionales y capacitados que nos guíen por el verdadero sentido de la lectura: “Sin ellos, será imposible consolidar una república de lectores”.

 

Héctor González
Periodista cultural.

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La FIL del Guadalajara como cada año es un desfile de aciertos y, sobre todo, de momentos absurdos como lo muestra la siguiente crónica.

Los puentes portugueses

Desde hace meses habíamos notado la palidez de algunos al escuchar que la FIL estaba dedicada a Portugal. “Viene flaca la caballada”, mencionaban los adeptos a la prosa cipotuda (por la que entre más bélica sea la referencia culturalista, más se precia el intelecto), que finalmente se reconocieron en la conferencia “La literatura sigue (el mundo después de Saramago)”.

Programa Literario “Los poetas portugueses y el fado” con la participación de Rui Vieira Nery en XXXII Feria Internacional del Libro en Guadalajara, México, lunes 26 de Noviembre del 2018. (© FIL/ EVA BECERRA)

 

Tan lejano llegamos a ver a Portugal —acaso porque no llena la prensa como sus pares europeos, ni siquiera como su espejo lusófono en América— que quedamos maravillados al oír la historia de esa forma tan folclorizada, manipulada y reducida a caldo lacrímogeno de turistas perdidos en Lisboa. El fado no es otra cosa más que la versión portuguesa del romance, llevada al Brasil por influjo de las cortes europeas, como arte culto, y traído de regreso a las costas lusas para escabullirse entre los muelles hacia cantinas y prostíbulos cercanos. Popularizarse, dirían otros. Es, digamos, el primo brasileiro, llevado de vuelta a la metrópoli, de todas las variantes americanas del son, en un recorrido de coplas y jaranas que sube desde Chile hasta Venezuela, Colombia, el Caribe y México (no olvidemos que hasta el “mariachi”, igual de folclorizado, pertenece a esta gran familia de “sones”). Cualquier duda favor de consultar a Rui Vieira Nery, profesor tan brillante y simpático que automáticamente lo adoptamos como la versión portuguesa de nuestro Antonio García de León.

Pero los puentes son confusos y bajo ellos se enturbia el agua. En una conferencia sobre el pensamiento político de Carlos Fuentes, Silvia Lemus, evidentemente rodeada de banderas, colores y explícitos carteles de Portugal, refirió que Fuentes siempre había querido hablar “brasileño”. Ignorábamos entonces la existencia de interminables debates en torno a la lusofonía y a la inminente independencia del brasileño como lengua diferenciada del portugués continental. La idea de las dos orillas de nuestra lengua, como se entiende en el mundo hispanohablante, se vuelve irreconciliable en el caso del portugués, frente a las inmensas literaturas que produjeron sus colonias.

Entrevistos, entrevistas y entrevistados

El lunes, como cada año, entramos cautelosos a la planta baja del hotel Hilton, con su elegante salita alfombrada y la vitrina de su cafetería con menos gracia que un mimo, lugarcitos compactos pero opuestos a cualquier intimidad. Ahí se juntan las virtudes de la pasarela y la fábrica. En cuestión de minutos, nos encontramos rodeados por Alberto Chimal, Ida Vitale, Juan Villoro, Ricardo Cayuela, Sabina Berman o Héctor Abad Faciolince, mientras hablamos del clima lluvioso y del espanto del café que es un inmundo homenaje a Melville. El confort de la pasarela es el del voyeur. Nosotros sabemos quiénes son y están tan al alcance del saludo efusivo y fanático —cualidad más bien industrial por su reiteración mecánica— como del discreto espionaje chismoso. Los entrevemos en las mesas de al lado. ¿Qué tanto se modifican las relaciones cuando uno conserva su sagrado anonimato y el otro no? ¿Qué les depara la sociedad a los que han perdido para siempre la oportunidad de ser anónimos, simples desconocidos?

Aparte del incómodo fan —ahora volvemos a ello— la labor del periodista es romper ese hielo para acceder a los autores. Charlar con ellos para democratizar la imagen de autoridad que establecen los libros. Paradójicamente, el trabajo en los medios contribuye en gran parte también a su sacralización, a despojarlos del anonimato. En la FIL, la entrevista, que pasa por un género artesanal, se vuelve parte del modelo fordista de producción de diálogos. Entrevistados desfilan frente a entrevistadores que acaban de abrir el libro con pretexto para la reunión y hacen una pregunta general tras otra. Los autores acaban sin voz ni imaginación; deben repetir respuestas una y otra vez, hasta que aparezca el esporádico periodista interesante, rogando por extender los escasos 15 minutos reporteriles que le dieron, aunque conozca vidas y obras de A a Z. La pasarela y la fábrica son dos versiones modernas de la misma hazaña: exponerse y repetirse sin ser aplastado por el tedio y el absurdo. Al salir de una entrevista, hallamos a una brillante Margo Glantz que resistía los flashazos y las indicaciones de una inspirada fotógrafa. “Llegué hace dos días a la FIL, y siento que llevo 80”, nos dijo. Evidentemente, ya no recordaba la cantidad de entrevistas que había dado ni las presentaciones que le faltaban. Minutos más tarde, el entrevistable mayor, Arturo Pérez Reverte, comía, sólo con su alma, en mitad del bullicio de un buffet.

Precisamente en una entrevista cortísima para la televisión, Pérez Reverte decía muy ufano que ya no necesita publicar libros para vivir. Eso lo sabemos por lo menos desde 2010, cuando el diario Expansión publicó que su carrera literaria le había acumulado en el banco 29 millones de euros en regalías. Quienes no disfrutamos de su literatura y menos de sus declaraciones observábamos atónitos, y envidiosos, la destreza con la que manejaba cuchillos y tenedores en soledad, seguramente tramando las siguientes aventuras de un espadachín valiente. Todo indica que el autor vino a la FIL a presentar su trigésimo séptima novela, Sabotaje. Es decir, vino para “provocar”. Puede permitírselo, según dice, “porque soy el hombre más libre que conozco”. Pues felicidades, Arturo. Ya puedes también, si quieres, comer con las manos.

Otros circos

Luego de tantas selfies, esa variante moderna del autógrafo pero más ridícula, en el vestíbulo del Hilton y a tantas personas ilustres que ya son parte de memorables Instastories, pronto más vistas que sus libros, volvamos a los hangares y galerones de la Expo Guadalajara. ¿Quién podría imaginar que entre las personalidades demandadas para la pose pudiera estar el exrector de la UNAM José Narro Robles? El entusiasmo de los estudiantes que se arremolinaban para tomarse fotos con él el domingo por la noche debió ser novedad para el rector menos querido en la UNAM desde Ignacio Chávez. Todo es pasto ya de las espontáneas “auto-fotografías”.

Área Internacional, en la XXXII Feria Internacional del Libro en Guadalajara, México. Miércoles 28 de Noviembre del 2018. ( © FIL/NABIL QUINTERO MILIÁN)

 

Entre estos flujos de gente, que a más de uno le recordaron al Metro —¿quién te hiciera Pantitlán, oh FIL de Guadalajara?—, de pronto desfilan mariachis que vienen a la entrada del área internacional. Se dirigen, rodeados por una turba bailarina, a entregar el premio al mejor stand 2018, que ha ganado Alemania. Periodistas, curiosos y buscadores de oro se acercan a toda velocidad. Marisol Schultz entrega artesanías. Esperando lo que hubiera sido un saludable brindis matutino, de preferencia con salchichas y cervezas alemanas, nos retiramos cabizbajos. En la FIL se buscan motivos de celebración a cualquier hora y en cualquier lugar. Las fiestas también se producen en cadena, con calendario y lugares asignados por día. Hay que desatarse y manifestarlo con alaridos, en las porras de las cientos de primarias y secundarias que acceden a mares desde el miércoles temprano, o en cualquier coctel editorial. Como si hubiera que vengarse del silencio de los libros, del recato que parecen exigirnos en su mudo reproche.

El #MeToo en mitad del barullo

En mitad del circo mediático desatado por la metida de pata de Taibo II, la FIL 2018 abrazó la causa feminista con entusiasmo y propició la discusión de género. Sin embargo, las personajes —escribir personajas tendría demasiado tintineo—invitadas para discutir el tema fueron poco menos que dudosas. Obviamente no nos referimos a Judith Butler, cuyas conferencias en tierra tapatía estuvieron a reventar, ni a las declaraciones de PITII que aprendió como nunca que “por la boca muere el pez”, sino a la mesa para discutir el movimiento del #MeToo cuya oferta estaba compuesta por una combinación extravagante (y que por coincidencias cósmicas se llevó a cabo en el mismo salón y a la misma hora, un día después, de las polémicas dobleces del próximo director del FCE). Pero aquí también hubo doble rasero. Catherine Hakim, y su reposado acento inglés, fue la vocera de una academia obtusa con argumentos sobre el capital erótico que tienen las mujeres y del cual son responsables. Al parecer, debemos leer su libro, cuyo título espanta a más de una: Capital erótico. El poder de fascinar a los demás. A ello Lydia Cacho, conocedora de los peores infiernos de las redes de trata y prostitución infantil, contestaba con razón y decisión que siempre querrá que la contraten por sus capacidades intelectuales y no por guapa. Victoria Abril en su papel de chica Almodóvar declaró que a ella nadie la había acosado jamás pidiendo un aplauso a “esos honorables caballeros”, mientras Sabina Berman, que moderaba, se mordía los labios. La sorpresa fueron las políticas: Martha Tagle fue contundente y clara, conocedora de derechos y exigencias públicas, y ni a Margarita Zavala la pudo reprobar el feministómetro. Cómo estaría el conjunto que nuestra casipresidenta parecía ondear la bandera vanguardista. Y Guanajuato en llamas.

Lo cierto es que cualquier intervención perdía su potencia en el momento en que la interrumpía un curioso mecanismo de AMMR (Asistencia en la Moderación de Mesas Redondas), dispositivos que son la punta de lanza tecnológica de la FIL. Para Elisa, en versión ringtone, sonaba cuando cada mujer excedía los tres minutos de oratoria.Que si la insufrible clásica de Beethoven se inspiró en Elisa o Teresa, eso ya daba igual. Una musa más al Panteón de las desconocidas.

Pero la falta más grave de la FIL al feminismo probablemente sea lo mucho que la organización y logística de toda la Feria depende de mujeres que lidian con los cambios de parecer de las celebridades y que tienen que asegurarse, de pie y entaconadas, de cumplir en su totalidad con los protocolos. Esa abundancia de edecanes en trajes apretujados tiene olor a rancio señorón, a gober precioso, a godín amante del teiboly a dobleces albureras que desgraciadamente se llevan la nota sin que nada cambie.

Así termina la FIL, la más olvidadiza, la última antes de la horrorosamente llamada 4T. ¿Nos inundarán los libros de historia patria? ¿Sabremos más el año entrante de las vidas de Morelos, Hidalgo, Juárez y Cárdenas que todo lo que sabe Pérez Reverte sobre sí mismo?

 

Ana Sofía Rodríguez y Álvaro Ruiz Rodilla
Editores.

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