Poeta, editor, activista, pintor, Lawrence Ferlinghetti es también dueño de una obra en prosa que a menudo pasa desapercibida por la crítica y los lectores. La siguiente evocación repasa la vida y trabajos de una leyenda viviente.

Amor en días de furia (1988) se considera su única novela, pero en 1960 publicó en Francia Her (Ella), la historia de un tipo obsesionado con una chica a la que sigue de manera compulsiva hasta convertirse en una sombra. Her pasó inadvertida por la crítica y el público, quizá porque el nombre de Lawrence Ferlinghetti refería al poeta, al editor, al activista, al crítico feroz del capitalismo y el sistema político estadounidense pero no aludía a un narrador. No obstante, eso, y más, es ese hombre que nació el 24 de marzo de 1919, hace ya 100 años, en Yonkers, Nueva York, porque también fue un estudiante aplicado en la Universidad de Carolina del Norte, en la Universidad de Columbia y en la Sorbona de París, y también incursionó en el periodismo y la pintura, aunque quizá nos hemos adelantado.

Fotografía de Christopher Michel, bajo licencia de Creative Commons.

Ferlinghetti hizo el servicio militar en la Marina. Eran los tiempos de la Segunda Guerra Mundial y el Día D formó parte de la tropa norteamericana en el Desembarco de Normandía (vaya coincidencia: J. D. Salinger también estuvo ahí), y recorrió Nagasaki semanas después del ataque con la bomba atómica. En el ejército obtuvo el grado de capitán de corbeta pero tal vez eso no le enorgullece y, por el contrario, dichos episodios forjaron su conciencia a través del desengaño y la desilusión, ya que en 1955, al entrar en contacto con los beat, Allen Ginsberg y Jack Kerouac, y otros poetas como Keneth Rexroth (con el que Kerouac jamás consolidó una amistad y, acaso, fue una especie de enemigo) y Philip Whalen, percibió puntos de contacto con las ideas que tenía de la poesía como salvavidas, como liberación, como alivio de la existencia insatisfecha. Pero, otra vez, nos hemos adelantado: dos años después de volver de París, Lawrence Ferlinghetti se mudó a San Francisco, California, que en aquella época era una región paradisíaca porque, decía, el clima era sensacional y la vida barata, y junto con Peter D. Martin fundó la revista City Lights en 1953, magazín que financiaba con la librería del mismo nombre y que desde el principio concibió como un lugar sui generis, principalmente porque ahí cualquiera podía tomar un libro, sentarse y leer sin la obligación de comprar nada, además de que el horario de cierre se extendía hasta altas horas de la noche. Su librería, pensó, debía ser algo más que un tendajón para comerciar con ejemplares de pasta dura.

Las cosas con la revista y la librería fueron bien. Aprovechando la oportunidad comercial de los libros de cubierta blanda y los de bolsillo (la Paperback Revolution de mediados del siglo pasado, que extendió los géneros a la pasta blanda que antaño se restringía a las novelas policíacas), Ferlinghetti se volvió editor y lanzó The Poet Pocket Series de City Lights, cuyo primer volumen fue su propio poemario, Pictures of the Gone World, que a pesar de su precocidad, manifiesta lo que en adelante será su búsqueda estética: la verbalidad del hombre de la calle y la exaltación de imágenes cotidianas al ritmo del jazz, señalan sus lectores más acuciosos, detalles que lo entroncan, efectivamente, con las propuestas de los beat.

Así que en 1955, en esa mítica velada en la que Allen Ginsberg leyó Aullido en la Six Gallery (Ferlinghetti recuerda que ese lugar en realidad no era una galería sino un sótano oscuro y mugriento), las palabras lo hipnotizaron de tal manera que al volver a casa, telefoneó a Ginsberg (aunque no lo conocía) y lo saludó con la misma frase que Emerson le dijo a Whitman cuando leyó Hojas de hierba: “Te saludo al comienzo de una gran carrera”, y le pidió el manuscrito para The Poet Pocket Series. Sin embargo, el lanzamiento de Howl por City Lights, con prólogo de William Carlos Williams, tuvo claroscuros. Agotó el primer tiraje pero Ferlinghetti fue encarcelado por publicar “literatura obscena”. El 3 de octubre de 1957 ganó el juicio que sostuvo en defensa de la libertad de expresión, abriendo una nueva etapa en la creación artística de Estados Unidos (Rob Epstein y Jeffrey Friedman dirigieron la película Howl en 2010, en la que ilustran el proceso judicial con secuencias de animación).

Si bien Ferlinghetti no se asume como un poeta beat porque su obra, sostiene, es de registro abierto (concepto que le acuñó Pablo Neruda, con el que tuvo un breve encuentro en Cuba), y tampoco se reconoce como integrante de la generación de Burroughs, Kerouac, Ginsberg, Corso y Gary Snyder (el poeta que después de Allen Ginsberg considera un auténtico prodigio), su obra es un paisaje de texturas infinitas (la mirada del pintor se acopla a las palabras) cuyo objetivo es la exploración del espíritu metaforizado en la urbe de la memoria (en su libro más intenso, A Coney Island of the Mind, de 1958, cuyo título tomó de Henry Miller, exalta la idea de la existencia interior), lo cierto es que su relación con los beat trascendió las correspondencias creativas y estéticas porque había que recordar que Ferlinghetti fue de importancia capital para Jack Kerouac en su peor etapa de alcoholismo. En 1960 le prestó su cabaña en Bixby Canyon, un refugio encalado en la nada, lejos de la civilización (o lo que sea aquello que llamamos civilización), en el que Kerouac, a la manera de Henry David Thoreau y su Walden, escribió Big Sur, un opresivo itinerario emocional contrapunteado por el delirium tremens, que Ginsberg calificó como “la síntesis de Proust, Céline, Thomas Wolfe, Hemingway, Genet, Thelonious Monk, Basho, Charlie Parker y la percepción atlética y sagrada del propio Kerouac”.

Ahora volvamos al punto de partida. ¿Qué es Amor en días de furia? La novela de un poeta. La novela de un espíritu rebelde y contestatario. La novela de un romántico. La novela indispensable de un momento clave de la historia:

La última vez que ella vio París, cuando los dulces pájaros cantaban por última vez, fue desde un tren rápido en el que se dirigía al sur, en 1968, durante la revolución estudiantil, prácticamente el último tren en el que podía irse. Pero eso es adelantarse a los acontecimientos, que se iniciaron una noche al filo de la madrugada en la Coupole, en Montparnasse, cuando le presentaron a Julián Mendes, y ese fue el comienzo de toda una historia de amor en aquellos días de furia.

Así comienza la historia inspirada por El banquero anarquista de Fernando Pessoa, y no solo porque Julián Mendes también es banquero y anarquista ni porque Annie sea una pintora expatriada que conforme avanza el relato se torna etérea, sino por la prosa perfecta y la devoción por los paisajes que no existen, los de la luz, paisajes que invaden París en el Mayo Francés, la ciudad luz, al fin y al cabo, luz que es materia prima del pintor, luz que Pessoa quiso mirar cuando, agonizante, pidió sus gafas y luego se murió.

Amor en días de furia condensa el alma de la ciudad en la que Ferlinghetti vivió algunos años, la época del despertar colectivo que sembraron los beat con más de una década de anticipación, la utopía, el sueño, la conjetura de un destino diferente, heroico o delictivo, idealista o despiadado, y quizá es por eso que en la relación de Annie y Julián en la que el sexo es apacible y sus disputas ideológicas son vehementes, la novela culmina con un final abierto, a pesar del descabellado plan del banquero por descarrilar a Francia con un desastre financiero.

Lawrence Ferlinghetti dijo que celebrará su cumpleaños, un centenario de amor y furia, escribiendo. No imagino de qué otro modo podría festejar su fértil estancia en el planeta.

 

Iván Ríos Gascón
Escritor. Entre su obra destaca la novela Luz estéril y el libro de relatos Broadway Express.

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El 1 de enero de 1919 nació en Manhattan, Nueva York, J. D. Salinger, ese hombre que después de presenciar los horrores de la Segunda Guerra Mundial y antes de abrazar el ostracismo, escribió una breve obra coronada por El guardián entre el centeno, novela que ha sacudido a generaciones y que inauguró el pedregoso rumbo de la contracultura. Celebramos con este ensayo al creador del errabundo Holden Caulfield, un escritor que desarrolló una sola idea: el inconveniente de estar vivo.

La editorial Little, Brown & Co. lanzó a la venta El guardián entre el centeno en 1951. Cada ejemplar, cuya portada tenía la ilustración de un caballo desbocado en tinte rojo, diseño de Michael Mitchell, costaba la fabulosa cantidad de tres dólares. El autor de esa novela no era del todo desconocido. Los asiduos de Collier’s, Esquire y The Saturday Evening Post, revistas de contenido general, conocían muchos de sus relatos desde hacía casi una década, aunque los genuinos lectores se hallaban en otras páginas más exclusivas, más exigentes: el New Yorker, donde J. D. Salinger publicó “Un día perfecto para el pez banana” en 1948, el primer relato que le dio notoriedad entre la crítica y el público y, también, en el que aparece Seymour Glass, miembro de esa familia disfuncional que sobrevuela en Levantad, carpinteros, la viga del tejado y Seymour: una introducción; “El tío Wiggily en Connecticut”, cuento que confirmó su efectividad estilística, una propuesta alejada de la estructura narrativa convencional pero que lograba conectar con el lector a través de los diálogos que otorgaban a sus personajes un matiz auténtico, un aire de familiaridad, y “Para Esmé, con amor y sordidez” (1950), una ficción notoriamente autobiográfica, considerada en su momento una obra maestra de la narrativa germinada en la Segunda Guerra Mundial.

Ilustración: Izak Peón

¿Es necesario recordar que Salinger, como muchos iconos de la literatura universal, padeció el constante rechazo de los comités de Redacción y que, a su vez, El guardián entre el centeno, como algunos otros clásicos, fue desechado por un par de editoriales antes de ser impreso por Little, Brown & Co.? Supongo que sí, porque en sentido estricto se es escritor  al publicar un libro (como escenario efímero, los diarios y magazines solo sirven para darse a conocer) y El guardián entre el centeno no fue únicamente el debut bibliográfico de J. D. sino que grabó su nombre a fuego en la literatura estadounidense del siglo XX; elevó a Holden Caulfield, el adolescente errabundo de la novela, al nivel de mito contestatario, de arquetipo antisistema que inaugura el pedregoso rumbo de la contracultura, y provocó el aislamiento intempestivo de su creador en una casona de Cornish, New Hampshire. Por otro lado, vale la pena anotar una de esas irónicas coincidencias de la historia que generalmente se pasan de largo: entre los editores que dejaron ir la oportunidad de publicar El guardián… está Robert Giroux, de Harcourt, Brace & Co. ¿Las razones? Una de ellas, la misma que argumentaron los consejeros del New Yorker (Holden Caulfield “no parecía” un personaje verosímil); las otras, que su lenguaje era inadmisible para el mercado norteamericano de la década de 1950, y la más obtusa: Caulfield daba la impresión de ser un loco. El detalle a subrayar, sin embargo, es que Giroux dejó ir El guardián… y poco después se tropezó con la misma piedra: despreció En el camino de Jack Kerouac. Vaya editor que perdió dos clásicos de las letras norteamericanas con tan poco tiempo entre uno y otro.

Expulsado del Pencey, un colegio burgués de Agerstown, Pennsylvania, Holden Caulfield vuelve a Nueva York pero no se queda en casa de sus padres sino que se embarca en un periplo urbano entre hoteles, bares, putas, proxenetas, viejos amigos, fracasos amorosos y sobresaltos seductivos, hasta que decide marcharse al Oeste pero no lleva a cabo la partida (principalmente por su pequeña hermana Phoebe, quien quiere ir con él), y termina en una clínica, recuperándose de la enfermedad. Así de simple es la historia de El guardián entre el centeno y, pese a las apariencias, no es una bildungsroman (novela de formación), ya que ese Holden Caulfield de dieciséis años no aprende absolutamente nada en la aventura sino todo lo contrario: reafirma su temperamento huraño, su desprecio por lo ordinario, su odio al conformismo, su vocación sutilmente suicida: Holden tiene piel de adolescente y espíritu de viejo. Estos y otros atributos propulsaron la obra al éxito comercial, de crítica y lectores, pero también provocaron un fenómeno bipolar: durante décadas ha sido censurado y al mismo tiempo lectura obligatoria en programas de educación media, quizá porque lo más subversivo (o impenetrable) para una sociedad es el nihilismo. Sobra decir que también fue una influencia poderosa, mejor dicho, es influencia perenne en diversas generaciones (de Sylvia Plath a Hunter S. Thompson, de John Updike a Philip Roth, de Bret Easton Ellis a Jonathan Safran Foer o Tom Robbins), que ha sido multihomenajedo por bandas como The Dandy Warhols, Guns n’ Roses o Green Day, y equívoco manual de autoayuda de criminales como Mark David Chapman (el homicida de John Lennon), John Hinckley Jr. (atentó en contra de Ronald Reagan) o Robert John Bardo (asesino de la actriz Rebecca Schaeffer).

Y es que El guardián entre el centeno, cuyo título surge de un poema de Robert Burns, es un relato de derrumbe existencial, revelación sutil del vacío que nos acecha pues poca gente piensa en la recalcitrante imagen de la caída como impulso o avidez vocacional, ese salto que el caricaturesco señor Antolini le explica a Holden en el capítulo 24: “esta caída que te anuncio es de un tipo muy especial, terrible. Es de aquellas en que al que cae no se le permite nunca llegar al fondo. Sigue cayendo y cayendo indefinidamente. Es la clase de caída que acecha a los hombres que en algún momento de su vida han buscado en su entorno algo que éste no podía proporcionarles, o al menos así lo creyeron ellos. En todo caso, dejaron de buscar. De hecho, abandonaron la búsqueda antes de iniciarla siquiera”, aunque para Holden buscar no era algo necesariamente provechoso, las cosas se habían jodido antes, mucho antes de iniciar el viaje, así que lo único que podía o quería llevar a cabo era apostarse en los linderos de la hojarasca para mirar con mórbido deleite cómo miles de niños se corretean unos a otros, cómo retozan y sonríen, ignorantes del vacío que hay tras sus espaldas, el abismo, pesadilla poliforme en que la sima no es idea concreta sino pavorosa conjetura, por lo que Holden comprende que la ironía perfecta sería evitar que uno de esos niños llegue a la trampa, engancharlos antes de emprender el vuelo, asirlos del cuello o la camisa o los brazos o tobillos, devolverlos a tierra firme y así, repetir la hazaña una vez más, con el rostro oculto, sin decir palabra, sin que nadie, nunca, sepa cómo se llama el catcher que extiende sus brazos donde el suelo acaba, donde tiempo y espacio son amalgama de la luz y la penumbra, la vida y la muerte, la altura y lo profundo… The Catcher in the Rye era el propio J. D. Salinger, ese hombre que nació el 1 de enero de 1919 en Manhattan, Nueva York. El trágico enamorado de la preciosa Oona O ‘Neill, que lo cambió por Charles Chaplin; el soldado que desembarcó en la Playa Utah el Día D (6 de junio de 1944) con el 12º Regimiento de Infantería y sobrevivió a la devastación porque también debía presenciar el auténtico e inefable horror del Holocausto en el campo de concentración de Kaufering IV (cientos de cuerpos calcinados con expresión de dolor y angustia; supervivientes reducidos a despojos, sin rastro humano bajo la piel) y terminar su cometido en la guerra internado en un psiquiátrico de Núremberg, igual que Holden Caulfield; el esposo engañado (anuló el matrimonio con la alemana Sylvia Welter, su primera mujer, porque posiblemente fue colaboradora del Reich) y el marido huidizo de Claire Douglas, con quien procreó a Margaret y Matt Salinger; el testigo de la nada (en Nueve cuentos anotó como epígrafe un dilema zen: “Conocemos el sonido de dos manos aplaudiendo. ¿Qué ruido hace una mano al aplaudir sola?”); el amante platónico de chicas adolescentes pero que, como Lewis Carroll, perdía el interés una vez que se hacían adultas; el escritor que guardó un silencio repentino tal vez porque ya no tenía nada qué decir: El guardián entre el centeno, Nueve cuentos, Franny y Zooey, Levantad, carpinteros, la viga del tejado y Seymour: una introducción componen toda la obra un escritor que desarrolló una sola idea, el inconveniente de estar vivo, a través de dos estirpes: los Caulfield y los Glass, o quizá me equivoco y Salinger se quedó callado por su inmersión profunda en el hinduismo Advaita Vedanta.

Imagino a J. D. charlando y bebiendo con Ernest Hemingway en una covacha durante la guerra. Ahora lo veo acodado en la barra del Chumley’s, la emblemática cervecería que estaba en el 86 de Bedford Street en Nueva York, su sitio favorito, y a la que acudí varias veces en 2006 para ver su foto que pendía de un muro. Pienso en la frustración que le causó la adaptación cinematográfica de su cuento “El tío Wiggily en Connecticut”, Mi loco corazón, dirigida por Mark Robson y producida por Samuel Goldwyn, y quizá el motivo por el que rechazó rotundamente que de El guardián entre el centeno se hiciera un filme. Medito en el poder de su escritura y vuelvo a recordar su silencio repentino: “No cuenten nada a nadie. En el momento en que uno cuenta cualquier cosa, empieza a echar de menos a todo el mundo”, dice Holden al final de su extraordinaria huida, y sí. Tal vez era eso. J. D. Salinger huyó para no extrañar a nadie, renunciando a contar cualquier cosa. Huyó definitivamente el 27 de enero de 2010 y a poco estuvo de los 100. Tenía 91 años.

 

Iván Ríos Gascón
Escritor. Entre su obra destaca la novela Luz estéril y el libro de relatos Broadway Express.

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