La FIL del Guadalajara como cada año es un desfile de aciertos y, sobre todo, de momentos absurdos como lo muestra la siguiente crónica.

Los puentes portugueses

Desde hace meses habíamos notado la palidez de algunos al escuchar que la FIL estaba dedicada a Portugal. “Viene flaca la caballada”, mencionaban los adeptos a la prosa cipotuda (por la que entre más bélica sea la referencia culturalista, más se precia el intelecto), que finalmente se reconocieron en la conferencia “La literatura sigue (el mundo después de Saramago)”.

Programa Literario “Los poetas portugueses y el fado” con la participación de Rui Vieira Nery en XXXII Feria Internacional del Libro en Guadalajara, México, lunes 26 de Noviembre del 2018. (© FIL/ EVA BECERRA)

 

Tan lejano llegamos a ver a Portugal —acaso porque no llena la prensa como sus pares europeos, ni siquiera como su espejo lusófono en América— que quedamos maravillados al oír la historia de esa forma tan folclorizada, manipulada y reducida a caldo lacrímogeno de turistas perdidos en Lisboa. El fado no es otra cosa más que la versión portuguesa del romance, llevada al Brasil por influjo de las cortes europeas, como arte culto, y traído de regreso a las costas lusas para escabullirse entre los muelles hacia cantinas y prostíbulos cercanos. Popularizarse, dirían otros. Es, digamos, el primo brasileiro, llevado de vuelta a la metrópoli, de todas las variantes americanas del son, en un recorrido de coplas y jaranas que sube desde Chile hasta Venezuela, Colombia, el Caribe y México (no olvidemos que hasta el “mariachi”, igual de folclorizado, pertenece a esta gran familia de “sones”). Cualquier duda favor de consultar a Rui Vieira Nery, profesor tan brillante y simpático que automáticamente lo adoptamos como la versión portuguesa de nuestro Antonio García de León.

Pero los puentes son confusos y bajo ellos se enturbia el agua. En una conferencia sobre el pensamiento político de Carlos Fuentes, Silvia Lemus, evidentemente rodeada de banderas, colores y explícitos carteles de Portugal, refirió que Fuentes siempre había querido hablar “brasileño”. Ignorábamos entonces la existencia de interminables debates en torno a la lusofonía y a la inminente independencia del brasileño como lengua diferenciada del portugués continental. La idea de las dos orillas de nuestra lengua, como se entiende en el mundo hispanohablante, se vuelve irreconciliable en el caso del portugués, frente a las inmensas literaturas que produjeron sus colonias.

Entrevistos, entrevistas y entrevistados

El lunes, como cada año, entramos cautelosos a la planta baja del hotel Hilton, con su elegante salita alfombrada y la vitrina de su cafetería con menos gracia que un mimo, lugarcitos compactos pero opuestos a cualquier intimidad. Ahí se juntan las virtudes de la pasarela y la fábrica. En cuestión de minutos, nos encontramos rodeados por Alberto Chimal, Ida Vitale, Juan Villoro, Ricardo Cayuela, Sabina Berman o Héctor Abad Faciolince, mientras hablamos del clima lluvioso y del espanto del café que es un inmundo homenaje a Melville. El confort de la pasarela es el del voyeur. Nosotros sabemos quiénes son y están tan al alcance del saludo efusivo y fanático —cualidad más bien industrial por su reiteración mecánica— como del discreto espionaje chismoso. Los entrevemos en las mesas de al lado. ¿Qué tanto se modifican las relaciones cuando uno conserva su sagrado anonimato y el otro no? ¿Qué les depara la sociedad a los que han perdido para siempre la oportunidad de ser anónimos, simples desconocidos?

Aparte del incómodo fan —ahora volvemos a ello— la labor del periodista es romper ese hielo para acceder a los autores. Charlar con ellos para democratizar la imagen de autoridad que establecen los libros. Paradójicamente, el trabajo en los medios contribuye en gran parte también a su sacralización, a despojarlos del anonimato. En la FIL, la entrevista, que pasa por un género artesanal, se vuelve parte del modelo fordista de producción de diálogos. Entrevistados desfilan frente a entrevistadores que acaban de abrir el libro con pretexto para la reunión y hacen una pregunta general tras otra. Los autores acaban sin voz ni imaginación; deben repetir respuestas una y otra vez, hasta que aparezca el esporádico periodista interesante, rogando por extender los escasos 15 minutos reporteriles que le dieron, aunque conozca vidas y obras de A a Z. La pasarela y la fábrica son dos versiones modernas de la misma hazaña: exponerse y repetirse sin ser aplastado por el tedio y el absurdo. Al salir de una entrevista, hallamos a una brillante Margo Glantz que resistía los flashazos y las indicaciones de una inspirada fotógrafa. “Llegué hace dos días a la FIL, y siento que llevo 80”, nos dijo. Evidentemente, ya no recordaba la cantidad de entrevistas que había dado ni las presentaciones que le faltaban. Minutos más tarde, el entrevistable mayor, Arturo Pérez Reverte, comía, sólo con su alma, en mitad del bullicio de un buffet.

Precisamente en una entrevista cortísima para la televisión, Pérez Reverte decía muy ufano que ya no necesita publicar libros para vivir. Eso lo sabemos por lo menos desde 2010, cuando el diario Expansión publicó que su carrera literaria le había acumulado en el banco 29 millones de euros en regalías. Quienes no disfrutamos de su literatura y menos de sus declaraciones observábamos atónitos, y envidiosos, la destreza con la que manejaba cuchillos y tenedores en soledad, seguramente tramando las siguientes aventuras de un espadachín valiente. Todo indica que el autor vino a la FIL a presentar su trigésimo séptima novela, Sabotaje. Es decir, vino para “provocar”. Puede permitírselo, según dice, “porque soy el hombre más libre que conozco”. Pues felicidades, Arturo. Ya puedes también, si quieres, comer con las manos.

Otros circos

Luego de tantas selfies, esa variante moderna del autógrafo pero más ridícula, en el vestíbulo del Hilton y a tantas personas ilustres que ya son parte de memorables Instastories, pronto más vistas que sus libros, volvamos a los hangares y galerones de la Expo Guadalajara. ¿Quién podría imaginar que entre las personalidades demandadas para la pose pudiera estar el exrector de la UNAM José Narro Robles? El entusiasmo de los estudiantes que se arremolinaban para tomarse fotos con él el domingo por la noche debió ser novedad para el rector menos querido en la UNAM desde Ignacio Chávez. Todo es pasto ya de las espontáneas “auto-fotografías”.

Área Internacional, en la XXXII Feria Internacional del Libro en Guadalajara, México. Miércoles 28 de Noviembre del 2018. ( © FIL/NABIL QUINTERO MILIÁN)

 

Entre estos flujos de gente, que a más de uno le recordaron al Metro —¿quién te hiciera Pantitlán, oh FIL de Guadalajara?—, de pronto desfilan mariachis que vienen a la entrada del área internacional. Se dirigen, rodeados por una turba bailarina, a entregar el premio al mejor stand 2018, que ha ganado Alemania. Periodistas, curiosos y buscadores de oro se acercan a toda velocidad. Marisol Schultz entrega artesanías. Esperando lo que hubiera sido un saludable brindis matutino, de preferencia con salchichas y cervezas alemanas, nos retiramos cabizbajos. En la FIL se buscan motivos de celebración a cualquier hora y en cualquier lugar. Las fiestas también se producen en cadena, con calendario y lugares asignados por día. Hay que desatarse y manifestarlo con alaridos, en las porras de las cientos de primarias y secundarias que acceden a mares desde el miércoles temprano, o en cualquier coctel editorial. Como si hubiera que vengarse del silencio de los libros, del recato que parecen exigirnos en su mudo reproche.

El #MeToo en mitad del barullo

En mitad del circo mediático desatado por la metida de pata de Taibo II, la FIL 2018 abrazó la causa feminista con entusiasmo y propició la discusión de género. Sin embargo, las personajes —escribir personajas tendría demasiado tintineo—invitadas para discutir el tema fueron poco menos que dudosas. Obviamente no nos referimos a Judith Butler, cuyas conferencias en tierra tapatía estuvieron a reventar, ni a las declaraciones de PITII que aprendió como nunca que “por la boca muere el pez”, sino a la mesa para discutir el movimiento del #MeToo cuya oferta estaba compuesta por una combinación extravagante (y que por coincidencias cósmicas se llevó a cabo en el mismo salón y a la misma hora, un día después, de las polémicas dobleces del próximo director del FCE). Pero aquí también hubo doble rasero. Catherine Hakim, y su reposado acento inglés, fue la vocera de una academia obtusa con argumentos sobre el capital erótico que tienen las mujeres y del cual son responsables. Al parecer, debemos leer su libro, cuyo título espanta a más de una: Capital erótico. El poder de fascinar a los demás. A ello Lydia Cacho, conocedora de los peores infiernos de las redes de trata y prostitución infantil, contestaba con razón y decisión que siempre querrá que la contraten por sus capacidades intelectuales y no por guapa. Victoria Abril en su papel de chica Almodóvar declaró que a ella nadie la había acosado jamás pidiendo un aplauso a “esos honorables caballeros”, mientras Sabina Berman, que moderaba, se mordía los labios. La sorpresa fueron las políticas: Martha Tagle fue contundente y clara, conocedora de derechos y exigencias públicas, y ni a Margarita Zavala la pudo reprobar el feministómetro. Cómo estaría el conjunto que nuestra casipresidenta parecía ondear la bandera vanguardista. Y Guanajuato en llamas.

Lo cierto es que cualquier intervención perdía su potencia en el momento en que la interrumpía un curioso mecanismo de AMMR (Asistencia en la Moderación de Mesas Redondas), dispositivos que son la punta de lanza tecnológica de la FIL. Para Elisa, en versión ringtone, sonaba cuando cada mujer excedía los tres minutos de oratoria.Que si la insufrible clásica de Beethoven se inspiró en Elisa o Teresa, eso ya daba igual. Una musa más al Panteón de las desconocidas.

Pero la falta más grave de la FIL al feminismo probablemente sea lo mucho que la organización y logística de toda la Feria depende de mujeres que lidian con los cambios de parecer de las celebridades y que tienen que asegurarse, de pie y entaconadas, de cumplir en su totalidad con los protocolos. Esa abundancia de edecanes en trajes apretujados tiene olor a rancio señorón, a gober precioso, a godín amante del teiboly a dobleces albureras que desgraciadamente se llevan la nota sin que nada cambie.

Así termina la FIL, la más olvidadiza, la última antes de la horrorosamente llamada 4T. ¿Nos inundarán los libros de historia patria? ¿Sabremos más el año entrante de las vidas de Morelos, Hidalgo, Juárez y Cárdenas que todo lo que sabe Pérez Reverte sobre sí mismo?

 

Ana Sofía Rodríguez y Álvaro Ruiz Rodilla
Editores.

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Antes de la ceremonia de imposición de la medalla Carlos Fuentes por parte de Silvia Lemus a Orhan Pamuk (Estambul, 1952), el escritor turco expuso sus inquietudes vitales y literarias en una entrevista pública realizada por Jorge Volpi durante la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2018. Destacamos las respuestas sobre su proceso creativo, los vínculos entre escritura y pintura y las razones para crear. Dejamos en estas páginas la voz magistral del ganador del premio Nobel de Literatura 2006.

Fotografía: © FIL/Natalia Fregoso.


El secreto

Cumplo 40 años de ser escritor. Lo primero que viene a mi mente es la persona que inventa, sentado a su mesa, un nuevo universo. Expreso a la persona que está dentro de mí. El secreto no es la inspiración, sino la paciencia de cavar un pozo con una aguja.

Un escritor debería escribir sus historias como si fuesen de alguien más y viceversa. Comencé escribiendo sobre la familia y los amigos, lo que conozco mejor. Me considero un “escritor de Estambul”, como he sido catalogado. Pero es más complejo que eso. Pertenezco a una tradición literaria occidental. Mi Estambul es la misma ciudad del fotógrafo Ara Güler. Pero también está el Estambul que he retratado en novelas recientes, que me genera extrañeza y me hace cuestionar el sentido de pertenencia.

Literatura secular islámica y crisis de identidad

Mi relación con el peso de la literatura islámica cambió tras la lectura de Borges y Calvino. Borges me enseñó a tratar la literatura como metafísica. Me enseñó que las historias clásicas místicas, ricas, llenas de contenido religioso, se pueden escribir de una manera moderna. Eso aprendí de Borges y Calvino.

El boom latinoamericano me ayudó a pensar que podía haber un boom de la literatura secular islámica. He tenido crisis de identidad. ¿Qué significa ser turco?, me he preguntado.

Los precursores

Tolstoi, Dostoievski, Proust y Thomas Mann son los mejores novelistas. Aprendí a escribir de ellos. De Borges, Calvino y Nabokov aprendí las acrobacias literarias. La extrañeza de Rulfo me influyó.

Las razones de la escritura

Escribo porque necesito escribir, escribo porque no puedo trabajar normalmente como otros, escribo porque estoy enojado con todo el mundo, escribo porque puedo cambiar la realidad en la literatura, escribo porque me gusta la soledad de mi estudio. Escribo porque quiero que otros sepan de Estambul. Escribo porque amo el aroma de la tinta y el papel. ¿Cuál es su religión, señor Pamuk?, me preguntan. Mi religión es la literatura, es mi respuesta.

Escribo porque me gusta ser leído, escribo porque todo mundo espera que lo haga, escribo porque tengo una fascinación infantil por las bibliotecas, porque creo en la inmortalidad de las bibliotecas, escribo para componer una historia con malabares metafísicos, porque quiero escapar y encontrar un lugar, escribo para ser feliz.

Felicidad

La felicidad es importante, significativa. Por ello escribo. Me considero un escritor feliz. Es complejo el asunto de la felicidad. Como escritor eres responsable de todos, como dijo Dostoievski. En cada gran novela hay una jerarquía secreta de valores. Escribimos y leemos por muchas razones. Surgen múltiples temas. Cuando un escritor está en armonía logra crear esa jerarquía de valores. El criterio de la felicidad es querer que prosiga. No soy una persona feliz en el mundo social.

Propongo ejemplos de los contrastes de la felicidad: cuando eres feliz quieres seguir así. Tolstoi escribió una carta en la que decía: “Soy feliz escribiendo Guerra y paz. Quiero que la vida continúe así por mil años”. Por otro lado, durante mi infancia jugaba con mi primo con trenes de juguete. Entonces llegaban mi madre y mi tía y decían: “Es hora de regresar a casa”. Mi primo y yo llorábamos por la suspensión de la felicidad: el gozo del juego había terminado.

Pienso que no estamos contentos con nosotros mismos. Inventamos otros mundos. Agradezco ser infeliz en la vida social porque soy feliz en mi habitación, dedicado a la literatura.

Pintura y escritura

Hace más de cuarenta años quería ser pintor, pero no le di continuidad. Faltaba algo. Estudié arquitectura para ser como Le Corbusier, y no ocurrió. Me volví escritor. Trasladé la felicidad de la pintura a la felicidad de la escritura. Me preparé para ser una persona solitaria. Pero hace nueve o diez años, en Estados Unidos, entré por casualidad a una tienda en la que vendían toda una gama de artículos para pintar y dibujar. Salí con dos bolsas llenas de productos y comencé a pintar de nuevo. A diferencia de la escritura, la pintura implica el contacto con lo material, conocer los lápices, los pinceles. Amar al objeto que has creado. La pintura necesita un vínculo directo con los materiales. Los grandes escritores que a la vez resultaron grandes pintores fueron Victor Hugo, August Strindberg y Günter Grass. La escritura es más cerebral. Al pintar siento que la mano hace su trabajo individualmente.

Memoria

Hay una correspondencia entre el recuerdo y la invención. Imaginamos el pasado. Un acto de la memoria es un acto de la imaginación. Por ello no creo en la Historia oficial: edita lo inconveniente. Tenemos que inventar nuestras propias historias. Asisto a la Historia porque me fascina la imaginación romántica. Hay algo histórico, pero no me interesa enseñarlo de manera utilitaria. Me gusta estar cerca de las imágenes. Me interesa la Historia porque tomo prestado de los historiadores. A la vez me interesa la fisiología del cerebro estudiada por doctores para desentrañar los mecanismos de la memoria. Una novela se produce por múltiples razones. Es una búsqueda de respuestas. Es una exposición de ansiedades, de retratos psicológicos. Se trata de una suma de detalles. Escribimos para estar rodeados de diversos imaginarios. Siempre hay una extrañeza en mi mente.

Procesos literarios

Soy un escritor que planea. Tengo una idea. Durante muchos años recolecto detalles. Los integro, como hojas, a la historia que se sostiene en un tronco. El formalista ruso Víktor Shklovski dijo que una historia es un instrumento para hablar de las cosas que a uno le importan. Una novela conecta muchas historias. Nabokov dijo que sus personajes eran sus esclavos, nunca viceversa. Para mí la novela es la galaxia de detalles que funcionan entre sí, luego aparecen los personajes. El estilo no se inventa conscientemente, no lo eliges. El estilo te elige. Proviene de la manera en la que vives.

El amor

Louis Aragon dijo en un célebre poema: “No hay amor feliz”. El amor implica dificultades. Mi entendimiento del amor es algo que nos ocurre a todos, influidos por otros factores. La humanidad ha puesto al amor en un pedestal. La felicidad es importante como el amor, pero puede ser, a veces, como un accidente de tránsito. Las historias de amor significan cosas distintas en diversas culturas.

Política

No soy una persona política de corazón. En mi juventud mis amigos intelectuales universitarios se involucraron en la política. Fueron encarcelados y torturados. Ese era el destino de un hombre de izquierda. No seguí ese camino. La literatura puede modificar ligeramente la realidad. Soy un izquierdista liberal que no olvida el pasado. Amo los museos. Por ello soy un cazador de detalles. Soy ético, estoy enojado. Deseo que Turquía sea una verdadera democracia, que la gente pueda expresarse sin ser enterrada. Espero que ocurra antes de que muera.

 

Orhan Pamuk
Escritor. Es autor de las novelas Cevdet Bey e hijos, La casa del silencio, El castillo blanco, El libro negro, La vida nueva, Me llamo Rojo, Nieve, El museo de la inocencia, Una sensación extraña y La mujer del pelo rojo, así como de los volúmenes de no ficción Estambul. Ciudad y recuerdos y La maleta de mi padre, y de la colección de ensayos Otros colores.

Selección y traducción de Alejandro García Abreu.

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26 noviembre, 2018

Gracias a México

Presentamos las palabras que la gran escritora uruguaya Ida Vitale pronunció durante la recepción del Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances 2018, en el marco de la inauguración de la trigésima segunda edición de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.

Fotografía: © FIL/Eva Becerra

Una vez más, en una nueva instancia, puedo reiterar ahora, en público, mi gratitud por México, que desde aquel año, 1974, fue, primero, generoso amparo y rápida fuente de amistades, muchas y constantes. Agregaría ahora que quizás, por estupendos que sean los premios, hay una cosa que los acompaña y que los supera, y es el contacto con los amigos viejos y con los amigos nuevos, que ya son muchos.

Como la apertura de este país refinado había comenzado por acoger a los exiliados españoles, uno de nuestros primeros amigos al llegar en ese año bastante importante para la vida del Uruguay, el 74 (fue cuando se interrumpió la democracia), fueron un matrimonio español exiliado que había llegado bastante antes a México y que inició esa cadena de relaciones fundamentales y entrañables entre los que han padecido una misma situación más o menos duradera, más o menos trágica o incomoda; en mi caso fue simplemente el interrumpir una vida que no era cómoda cuando había una prisión que se ejercía de manera injustificada sobre culpables y no culpables, unos y otros.

Lo mucho bueno que México le estaba dando a los exiliados, a los que se habían anticipado, no fue revertido, y eso se constituyó en una costumbre que ya iba cambiando de contenido pero que prosigue hasta hoy: la presencia de México, las muchas cosas distintas que le he ido debiendo, como supongo que todos los que llegaron a este país en distintos momentos y fueron acogidos y recibidos y tuvieron la mayor felicidad que un exiliado puede tener, que es el de ser integrado como alguien más que puede formar parte de una cultura, de un modo de vida, de una felicidad compartida naturalmente. Yo no llegué sola, llegue con Enrique Fierro, mi marido, que hace ya 3 años que no está, y tendríamos que sumar, uno por su lado, otro por otro, nuestras respectivas gratitudes.

Las ofertas de la generosidad son siempre infinitas, diferentes e inolvidables; desde la más necesaria, que es el tener un modo de vivir durante años, y otra no menos, un poco distinta y quizás más importante, que es dar la oportunidad de que el que llegue haga lo que debe hacer, lo que puede hacer, de la mejor manera posible; es decir, yo quería leer, yo quería escribir, y esas oportunidades México me las dio generosamente. Cuando digo México y estoy en Guadalajara, que yo no conocía en ese momento, ustedes entienden que estoy hablando de la misma cosa, una cosa que para mí empezó muchos años antes, cuando era estudiante, y cuando toda la base de la enseñanza de los libros que debíamos leer venían fundamentalmente de México. Que me disculpen si estoy omitiendo nombrar otras editoriales, pero el Fondo de Cultura Económica era lo que llegaba, era la base de la biblioteca que necesitábamos como estudiantes en la universidad. Mi aplauso al Fondo, al cual le deseo una larga y próspera y mejor (si es posible) vida; y cuando digo el Fondo, integro todas esas pequeñas editoriales que llegaban y que eran de pronto las que traían la poesía, la poesía mexicana, porque no todos fueron publicados por el Fondo, pero en fin, con los años uno aprende a simplificar, porque es más fácil abrazar y llevar consigo la gratitud, que ustedes saben que no termina, que parece prolongarse hasta este momento y que ojalá muchos otros latinoamericanos reciban, como pude recibir yo.

Una cosa básica que es para mí una obligación feliz es nombrar algunas de las gentes que me acompañaron, involuntariamente desde arriba, en estos casos. Inicialmente hubo un gran maestro del periodismo que fue para mí el maestro Batis, que como director o colaborador fue un espléndido jefe y maestro de periodistas, que me acogió con infinita paciencia, que rezongaba un poco a veces por mis derivados, cuando me ponía a hablar de cosas que él suponía que no eran muy importantes (escritores y amigos, a veces no mexicanos). Y obviamente otro gran nombre, Octavio Paz, gran nombre no solo mexicano sino universal, claro, con un magisterio discretísimo y una acogida elegante, generosa, disimulada, magistral pero discreta, discretísima. Octavio nunca firmaba algo sin decir: “¿Están de acuerdo?” Eso que quizás no sea la imagen que más trasciende es la que yo guardo con más fuerza. Quisiera convencerlos a todos que Octavio no solo era un gran maestro, sino un humano generosísimo. Gracias en él a México.

 

Ida Vitale
Poeta, traductora y ensayista. Entre su obra destacan los poemarios Cada uno su noche y Paso a paso; y los ensayos El ejemplo de Antonio Machado y Arte simple, entre otros.

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Orhan Pamuk, Premio Nobel de Literatura 2006, es uno de los invitados de honor de FIL 2018. Entre otras actividades, el novelista turco vino a presentar su más reciente novela, La mujer del pelo rojo (Literatura Random House). El siguiente ensayo aborda esta obra en la que las tradiciones de oriente y occidente confluyen “como dos ríos apasionados”.

Cuando Ka, protagonista de la novela Nieve, publicada por el escritor turco Orhan Pamuk en 2002, visita las oficinas del periódico local de Kars, ciudad fronteriza a la que ha ido a hacer un reportaje, se lleva una sorpresa. En su edición del día siguiente ese diario, que con un tiraje de quizá 300 ejemplares constituye el negocio familiar de Sedar Bey y sus dos hijos, anuncia que Ka tendrá una presentación, de la que él aún no tenía noticia y que de hecho ni siquiera se había programado, para leer un poema que él no ha escrito todavía. Ante el total desconcierto de Ka, el director del diario le responde: “Muchos que nos menosprecian porque escribimos las noticias antes de que ocurran los acontecimientos, y piensan que lo que hacemos no es periodismo sino profecías, luego son incapaces de ocultar su asombro cuando los hechos se desarrollan tal y como los habíamos descrito […] Eso es el periodismo moderno”.

El Nobel truco durante la presentación de La mujer del pelo rojo.
(© FIL/Susana Rodríguez)

Este precioso momento surrealista del libro, que plantea con buen humor la influencia que tienen hoy en día los medios para “producir” las noticias, me hizo pensar en el nuevo libro de este gran novelista que obtuvo el premio Nobel de Literatura en 2006, a los 54 años. En este nuevo libro, La mujer del pelo rojo (Literatura Random House, 2018) no se habla precisamente de “noticias” del futuro, sino de la gran influencia vital que historias del pasado remoto pueden ejercer en el devenir de generaciones enteras. Se rememoran dos mitos clásicos. Uno del mundo oriental: el Shahnameh, o Libro de los Reyes, atribuido al poeta persa Ferdousí y datado en el año 1000. Otro del mundo occidental: Edipo rey, tragedia griega de Sófocles, del año 400 aproximadamente. No es casual que estos dos ríos apasionados que conducen las aguas del destino de manera inexorable desde dos polos opuestos de la cultura confluyan en el Bósforo, es decir, en la ciudad de Estambul y en las páginas de la literatura que hace Orhan Pamuk, un ángel tocado por estos dos demonios (oriente y occidente). Ya en otros de sus libros (como el citado Nieve o Me llamo Rojo o Estambul, ciudad y recuerdos) estas dos fuerzas contrarias se contaminan mutuamente ante la imposibilidad de mantener las tradiciones intactas, al margen de la promiscuidad que propicia el roce continuo entre ambas.

La mujer del pelo rojo hurga en un problema moral que Sigmund Freud resolvió de manera un tanto esquemática: la necesidad de matar al propio padre y de sobrevivir a la culpa que ese asesinato propicia. Orhan Pamuk no solo aborda la solución occidental del problema, sino que va mucho más lejos y, al incorporar el mito persa de Shahnameh, por decirlo de alguna manera, le da la vuelta, ya que incorpora también la culpa del padre y la orfandad y su relación con la libertad.

Pamuk nos cuenta la leyenda del Shahnameh: “Hace mucho tiempo había un hombre llamado Rostam, un héroe excepcional, un guerrero infatigable. Era conocido y querido por todo el mundo. Un día salió a cazar y se extravió, y mientras dormía por la noche perdió también a su caballo, Rajsh. Cuando buscaba al animal se adentró en las tierras enemigas de Turán. Pero su fama lo precedía, y fue reconocido y tratado como merecía. El sha de Turán acogió solícito a su inesperado huésped, organizó un banquete en su honor y bebieron licores juntos. Cuando Rostam se retiró a sus aposentos después del ágape, alguien llamó a su puerta. Era Tahmine, hija del sha de Turán, que había visto al apuesto Rostam en el banquete y había venido a confesarle su amor. Le dijo que quería llevar en su vientre un hijo del célebre y astuto héroe. La hija del sha, alta y esbelta como un ciprés, tenía las cejas arqueadas, una boca pequeña y una abundante melena. Rostam no pudo resistirse a la tentación de aquella joven bella, inteligente, sensible y encantadora que se había molestado en ir hasta su habitación, y acabaron haciendo el amor. Por la mañana Rostam regresó a su país, no sin antes dejar algo suyo, un brazalete, para su futuro hijo. Tahmine llamó Sohrab a su hijo huérfano de padre. Al cabo de los años, cuando el muchacho se enteró de que su progenitor era el célebre Rostam, exclamó: ‘Me marcharé a Irán, derrocaré al despiadado sha Kay Kavus y pondré a mi padre en su lugar. Después regresaré a Turán, derrocaré al despiadado sha Afrasiyab como habré hecho con Kay Kavus y ocuparé su trono. De este modo mi padre Rostam y yo unificaremos Turán e Irán, Oriente y Occidente, y gobernaremos con justicia sobre el mundo entero’. Así habló el bondadoso y compasivo Sohrab. Pero no había previsto lo astutos y ladinos que eran sus enemigos. Afrasiyab, el sha de Turán, conocía sus intenciones, pero como iba a la guerra contra Irán le ofreció el apoyo de su ejército. No obstante infiltró espías en sus tropas para evitar que Sohrab reconociera a Rostam cuando se encontraran cara a cara. Desde la retaguardia de sus respectivas líneas, padre e hijo contemplaron como batallaban sus ejércitos. Finalmente, una serie de sucias tretas y ardides conspiró con los caprichos del destino para enfrentar al legendario guerrero Rostam y a su hijo Sohrab en el campo de batalla. Pero como ambos llevaban las armaduras puestas, no se reconocieron […] Ferdousí describió extensamente en sus versos cómo ambos se enzarzaron en una terrible lucha cuerpo a cuerpo, los largos días que duró la pelea, y cómo el padre acabó matando al hijo”. Rostam se desgarra de dolor al darse cuenta de que ha matado a su propio hijo. “¡El insoportable sentimiento de culpa y vergüenza que nos arrebataría en el mismo momento de descubrir que habíamos destruido algo tan bello y tan valioso!”.

El ir y venir de los sentimientos extremos que provoca el enfrentamiento entre padre e hijo a la luz del mito milenario y la imposibilidad de burlar al destino cobran vida en los diálogos finales de La mujer del pelo rojo, cuando padre e hijo se enfrentan de manera definitiva. Se plantea ahí la imposibilidad de ser libre y el peligro de quedar anulado como individuo si no se mata al padre. Pero al mismo tiempo y en sentido inverso: sin padre, sin guía, es más largo el camino para lograr el desarrollo de la propia individualidad. “Cuando creces sin padre [y hay que tomar en cuenta algo en lo que no hemos reflexionado lo suficiente, que también Edipo creció sin padre], piensas que el mundo no tiene centro ni fin, y te crees que puedes hacer cualquier cosa… Pero al final te das cuenta de que no sabes qué es lo que quieres, intentas encontrar algo en lo que centrarte, un sentido a tu vida: alguien que te diga no”.

La imagen paterna más poderosa del protagonista de La mujer del pelo rojo no es su padre biológico, que huyó de la casa, sino su primer jefe, un maestro de nombre Mahmut Usta, que se dedica a cavar pozos y que lo empleó siendo él un muchacho. La comunicación entre ambos se basa en las historias que se cuentan al finalizar la jornada, tumbados boca arriba, contemplando las estrellas. “Me encantaba que mi jefe me mirara a los ojos con cariño y me contara esas aterradoras historias edificantes, y mientras narraba vívidamente aquellos relatos sobre aprendices descuidados, yo percibía cómo en su mente el universo subterráneo, el mundo de los muertos y las profundidades de la tierra, se asociaba con partes concretas del cielo y del infierno fácilmente reconocibles, y esto me ponía la piel de gallina. Según Mahmut Usta, cuanto más nos adentrábamos en la tierra, más nos acercábamos al nivel de Dios y de los ángeles”. Para Pamuk adentrarse en las profundidades de la tierra es aferrarse a sus raíces turcas, las cuales provienen de antiguas tradiciones tanto de oriente como de occidente, que crecen y se entrelazan como las calles de los suburbios de la ciudad de Estambul, que en treinta años han alcanzado el pequeño poblado en que un muchacho de 16 años cavó junto con su maestro un pozo profundo y oscuro que le servirá al mismo tiempo de mortaja física y moral, y de liberación de su complejo de Edipo y, si cabe, de Rostam. Cuando escuchó la historia de Edipo rey de labios de su aprendiz, el maestro constructor de pozos Mahmut Usta lo primero que hizo fue recriminarlo: “Y por qué me cuentas esta historia a mí”, y luego dijo, como hablando para sí mismo: “Así que al final ocurrió lo que Dios había anunciado. Nadie puede escapar a su destino”.

 

Juan Manuel Gómez
Poeta y editor. Ha publicado Como un pez rojo y El libro de las ballenas, entre otros libros.

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Lluvia de letras 3

Hubo mucho calor el día que la ciudad amaneció cobijada por neblina. Relatos vueltos leyenda han inmortalizado esa mañana en la que todo parecía un espejismo: las personas, el asfalto, las palabras. Palabras que se derretían. Palabras que tan pronto empezaban a gotear se evaporaban tras ser dichas.

Tanto, pero tanto era el calor, tan implacable el sol, que vocales y consonantes encharcaron calles y avenidas llenando de vapor gentil el aire a respirar. Inolvidablemente, las fosas nasales aspiraron voces, pasiones, nomenclaturas; entraron por la nariz piropos, reclamos, halagos; órdenes de jefes y de restaurant; mentiras, bienvenidas, cantos, rezos y vocablos; palabras que sólo cobraron significado y sentido al revelarse al olfato.De tanto respirar lo nunca antes respirado, los cuerpos se hincharon de lenguaje dando de qué hablar según el modo de caminar, delatándose en cada paso y cada abrazo.

Entonces ocurrió lo inesperado, lo imposible, lo soñado: del abecedario evaporado y del bochorno incontenible empezó una lluvia inolvidable e increíble, porque cada palabra fue cobrando forma al caer el agua. Por la ciudad se desplegó una cortina de letras como si la tarde fuera una película con subtítulos verticales, espectáculo de palabras que apenas duraban un instante.

La gente miró por las ventanas y salió a las calles a leer lo que pasaba; letra por gota, gota por letra, todos encontraron palabras que les faltaban, nombres amados que en rumor de agua la lluvia pronunciaba.

Todos recobraron algo querido. Esa lluvia devolviólo extrañado y perdido,como si el destino obsequiaracierta bonanza a todo aquel que la necesitara, a través de lo leído.

La voz corrió, escurrió y ocurrióque buenas palabras lavaron paredes, escalones y pupilas; tejas, espaldas y avenidas; terrazas, talones y mejillas. No hubo quien no leyera la lluvia de aquella tarde en la que tanto calor desbarató palabras frías; tarde en la que sólo pudieron decirse palabras cálidas, palabras en deshielo.

Por eso nadie olvida aquel aguacero.

Porque nunca hablar de amor fue tan sencillo ni sincero.

addy@letranias.com

www.letranias.blogspot.mx

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