Hoy, en el marco del Día Internacional del Libro y la Lectura, se dará a conocer la Estrategia Nacional de Lectura, un programa que podría convertirse en una herramienta clave para resolver problemas centrales de la sociedad mexicana. En el siguiente reportaje, diversos expertos exponen los retos y trampas que se deberían tomar en cuenta para que este proyecto no termine solamente en buenas intenciones.

¿Cuántos libros se leen en México? No hay una respuesta que satisfaga a todos. En 2015, la Encuesta Nacional de Lectura y Escritura realizada por el todavía Consejo Nacional para la Cultura y las Artes informó que el mexicano lee 5.3 libros al año. En 2018, el Módulo sobre Lectura (Molec), a cargo del Instituto Nacional de Geografía y Estadística, reveló que el promedio de anual es de 3.8 libros.

Al margen de lo mucho o poco confiable que pueda resultar cada cifra, el estudio del Molec arroja datos que llaman aún más la atención: solo 2 de cada 10 lectores comprenden totalmente el contenido de su lectura, 6 reconocen haber entendido una parte, y 2 apenas la mitad o muy poco. ¿Un buen índice de lectura atraviesa por la calidad o por la cantidad?

Uno de los objetivos planteados por el gobierno de Andrés Manuel López Obrador es hacer del país una república de lectores. Para ello se ha anunciado una Estrategia Nacional de Lectura, cuyo primer esbozo se dio a conocer el 27 de enero pasado en Mocorito, Sinaloa. Desde la ciudad conocida como “la Atenas sinaloense”, Paco Ignacio Taibo II, actual titular del Fondo de Cultura Económica, esbozó los tres ejes a seguir: reforzar la lectura en niños y adolescentes; brindar mejor y mayor acceso a los libros; y lanzar una campaña de promoción en medios de comunicación. Además, prometió publicar colecciones a precios accesibles y regalar títulos a fin de acercar la lectura a quienes no tienen recursos.

El 20 de marzo Taibo II hizo un primer corte de caja de su gestión. Señaló que gracias a la puesta en circulación de títulos a $49.50, $20 y $8, se han vendido 54 mil ejemplares. Y destacó el lanzamiento de la colección Vientos del Pueblo conformada por obras breves e ilustradas a un costo que oscila entre 11 y 20 pesos.

Ilustraciones: Belén García Monroy

El proyecto

Los objetivos trazados por el director del Fondo de Cultura Económica han puesto en la mira el detalle de lo que debe implicar una Estrategia Nacional de Lectura. Juan Domingo Argüelles, autor de ¿Qué leen los que no leen? y Antimanual para lectores y promotores del libro y la lectura, advierte que hasta ahora no se ha visto nada nuevo. Reconoce que Taibo II sabe hacer publicaciones baratas y llevarlas a sitios recónditos del país. No obstante, si el programa no toma en cuenta a las escuelas y a las bibliotecas “estará destinado al fracaso”, advierte.

El académico de El Colegio de México, Fernando Escalante Gonzalbo, cuestiona en principio el diagnóstico y los objetivos desarrollados por las autoridades: “Como diagnóstico, lo único que se ha dicho en concreto es que la gente no lee porque los libros son caros”. Argumenta que la tesis oficial da por sentado que la gente no lee porque no aprendió en la escuela y porque no se le ha invitado a hacerlo con suficiente énfasis; sin embargo, “no hay ningún estudio que permita sostener nada de eso”.

Para Socorro Venegas, titular de la Dirección de Publicaciones de la Universidad Nacional Autónoma de México, es difícil emitir un juicio acerca del proyecto cuando apenas se conoce la primera etapa. La preocupación de conseguir que los libros sean accesibles es legítima y celebra la existencia de un Estado editor: “Contamos con las colecciones del Fondo de Cultura Económica para niños y jóvenes; con los programas de fomento a la lectura desde la Secretaría de Educación Pública; y con la segunda red de bibliotecas públicas más grande de Latinoamérica (el primer lugar es Brasil)”. A partir de lo que se tiene, espera que la estrategia desarrolle los mecanismos que permitan un mejor acceso a los títulos producidos.

¿Cuestión de precio?

Si nos atenemos a los datos del Módulo sobre Lectura del Instituto Nacional de Geografía y Estadística, los materiales de lectura consultados con mayor frecuencia son los libros de texto, los periódicos y los foros, páginas o blogs digitales. El estudio apunta que la mayoría de los mexicanos leen por entretenimiento (38.2%). La segunda razón son las obligaciones escolares, profesionales o técnicas (26.8%). Le siguen el bienestar y la salud (23.2%). Por cultura general la cifra es de 20.9%.

Paco Ignacio Taibo II asegura que el fomento de la lectura como una actividad placentera atraviesa necesariamente por bajar el precio de los libros. Sus argumentos se sostienen en el trabajo realizado por la Brigada para Leer en Libertad, proyecto cultural fundado en 2009 junto con su esposa Paloma Sáiz, quien asevera que en México se lee poco, entre otras cosas, porque existe una barrera cultural que inhibe el ingreso a una librería y porque los libros son caros: “¿Cuánta gente en este país tiene la posibilidad de comprar una novela de trescientos pesos para arriba? La minoría”. Sáiz argumenta que predomina la idea de que es más útil gastar el dinero en otras cosas antes que en literatura. Socorro Venegas coincide, aunque con matices. La funcionaria de la UNAM reconoce que el precio importa, pero no basta con bajarlo para conformar un Plan Nacional de Lectura: “Se necesitan programas en bibliotecas, salas de lectura y ferias de libro”.

El argumento de que la gente no lee porque los libros son caros “es discutible”, señala Escalante Gonzalbo, y enfatiza la diferencia entre leer y poseer. “La tesis supone que quienes no leen son pobres y que los ricos leen más. No hay nada que permita sostener semejante idea”. El académico sostiene que, en cualquier país, entre el 25 y el 35 por ciento de la población no lee independientemente de la escolaridad e ingresos: “No lo hace porque no le interesa; por lo tanto, el ingreso de una persona no explica las prácticas de lectura”.

Uno de los métodos implementados por Paco Ignacio Taibo II para hacer accesible el libro consiste en el obsequio en plazas públicas. El mecanismo aplicado desde hace diez años por la Brigada para Leer en Libertad es calificado como exitoso por Paloma Sáiz, quien calcula que por medio de los distintos programas promovidos desde de la asociación se han regalado cerca de cuatrocientos mil títulos. La promotora cultural explica que no se trata de regalarlos a diestra y siniestra. Precisa que atrás de la práctica hay una metodología: “No porque le regales un libro a alguien se hará lector, pero al menos sí le estás dando la posibilidad para que decida. Si además se lo entregas después de escuchar al autor, de presenciar un debate acerca del tema o por medio de un mediador que lo incite, el círculo se complementa”.

Pocas librerías

Según la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana, durante 2016 el sector  registró una venta de 137.4 millones de ejemplares, 6.3% menos respecto al año anterior. Por su parte, el INEGI informa que a nivel nacional existe una librería por cada 43 mil habitantes. Los datos de CANIEM dejan ver que a nivel nacional existen 600 librerías y mil 204 puntos de venta, de los cuales el 31% se ubica en la Ciudad de México, seguido de Jalisco y el Estado de México, con 7% cada uno.

El editor Carlos Anaya-Rosique, expresidente del organismo editorial, precisa que más allá del precio es necesario construir una red eficiente de librerías: “Apenas en el 6% de los municipios hay librerías. No hemos sabido construir el hábito desde el nivel escolar”. A fin de articular una red de 130 librerías del Estado, el Fondo de Cultura Económica está en proceso de absorber Educal y la Dirección General de Publicaciones. Si la medida reduce costos burocráticos y mejora la sinergia interinstitucional, “me parece bien”, dice Socorro Venegas. El objetivo, añade, debe ser convertirlas en centros culturales y conseguir que mantengan una oferta “viva y rica”.  

Los datos de la industria editorial precisan que del total de librerías, el 62% son tradicionales, 19% son propias de editoriales, alrededor de 7% universitarias, y el resto de carácter variado. La estrategia, sugiere Escalante Gonzalbo, necesita favorecer la existencia de pequeñas y medianas editoriales, así como incentivar la creación de una red de librerías privadas serias, con fondo propio y catálogo amplio. Sugiere, además, la formación de profesionales que sepan atraer lectores.

Paloma Sáiz va más allá de la creación de puntos de venta y pone sobre la mesa la necesidad de revisar la política de Precio Único, inscrita dentro de la Ley de Fomento a la Lectura y el Libro. Explica que cada distribuidor hace un pacto diferente con las editoriales y por lo tanto quien termina asumiendo el costo es el comprador final:  “Un almacén grande como Sam’s o Comercial Mexicana compra los libros hasta con cincuenta por ciento de descuento. En cambio, una pequeña librería los adquiere con un descuento de treinta por ciento; además tiene que absorber la transportación. Si por ley debe venderlo al mismo precio que el gran almacén, su margen de ganancia es mínimo. ¿Dónde está el beneficio?” A fin de contrarrestar el impacto, la titular de la Brigada para Leer en Libertad sugiere exenciones del Precio Único en casos particulares como las ferias del libro: “La Ley del Libro se debe estudiar y discutir, pero hay muchas cosas que cambiar”.

Las aulas, ahí empieza todo

Históricamente, el punto flaco de todos los planes de lectura son las escuelas. Juan Domingo Argüelles se dice preocupado porque el sistema educativo se ha ido cerrando a la posibilidad de que la lectura se promueva desde el aula. El Diagnóstico de Prácticas de Lectura en Niños y Jóvenes, realizado en 2016 por IBBY México, reconoce la contribución de la colección Libros del Rincón, de la Secretaría de Educación Pública, para distribuir materiales de lectura e instalar bibliotecas escolares y de aula a lo largo del país.

Desde su creación en 1994 y hasta 2016, la serie había producido 4 mil 129 títulos distribuidos en cerca de 208 mil escuelas de educación básica. El promedio por plantel era de 450 títulos. El informe de IBBY plantea, no obstante, que en los últimos años el programa se ha descuidado. Actualmente, el 56 por ciento de las escuelas públicas de educación básica a nivel nacional cuentan con un local exclusivo para la biblioteca y le dan un uso como tal, mientras que el resto reporta que los libros los distribuye en aulas o espacios compartidos como la dirección.

En su mejor momento, el programa Bibliotecas Escolares contabilizó 76 mil 295 espacios, mientras que el programa Bibliotecas de Aula, 131 mil 735. Ambos impactaban en 23 millones 689 mil 764 estudiantes. A nivel nacional, la cantidad de bibliotecas públicas es de 7 mil 436, lo que se traduce en que hay 6 por cada cien mil habitantes. La cifra nos coloca muy por debajo de naciones como Eslovaquia, Finlandia o Bielorrusia, cada una con 138, 110 y 107 recintos en la misma proporción.

Antes de llegar a la UNAM, Socorro Venegas era la Coordinadora de Obras para Niños y Jóvenes del Fondo de Cultura Económica. Durante su paso por el sello estatal consiguió que el género infantil aportara el 40 por ciento de los ingresos por ventas de la casa. Sabe como pocos que la niñez es una etapa idónea para promover la lectura recreativa: “Debemos conseguir que por medio de las bibliotecas escolares los menores encuentren el camino para convertirse en lectores autónomos”.

Escalante Gonzalbo pondera que cualquier plan de fomento a la lectura serio se debe plantear como tarea del programa educativo. Más allá de regalar o abaratar los libros, es preciso hacer de las bibliotecas el eje de la estrategia: “Nada puede suplir a una red amplia, bien surtida, con libros para todos los gustos y con bibliotecarios profesionales”.

Uso social del libro

A nivel nacional, el sesenta por ciento de los libros vendidos son para educación básica. “Podremos hablar de un país lector cuando el mismo porcentaje de consumo se invierta y la gente adquiera más títulos por iniciativa propia. Solo entonces —añade Carlos Anaya-Rosique— podremos decir que la lectura se ha incorporado al sistema de vida de los mexicanos”.

Dentro del ideal de la cadena, un papel fundamental lo tienen los mediadores. “Ahí debe estar el énfasis de la Estrategia Nacional de Lectura”, sugiere Socorro Venegas. Al margen de evaluar el estado de las bibliotecas escolares, la clave estará en la formación de los promotores y en la manera en que los profesores se involucren en el fomento del libro: “Podemos tener ochenta cajas de títulos y no saber qué hacer con ellas. Necesitamos apuntar hacia el uso social del libro”.

La titular de publicaciones de la UNAM espera que las autoridades no pierdan de vista el vínculo que se tendió entre la reconstrucción del tejido social y el fomento a la lectura a partir de proyectos como el Centro Cultural “La Estación”, en Apatzingán, inaugurado en marzo de 2018. Recuerda que en un sitio tan vulnerable como el municipio michoacano, la lectura y la palabra fungieron un papel fundamental para restablecer el tejido social. Por medio de clubes de lectura y escritura con mujeres violentadas y madres cabeza de familia, consiguieron que las participantes dialogaran y compartieran preocupaciones y vínculos en común. “Por medio de esta experiencia, descubrimos que los libros sí sanan a una comunidad y abren posibilidades”.

Resultado de la experiencia es la implementación de un seminario de cultura y paz, que fue publicado por el Fondo de Cultura Económica bajo el título Cultura de paz, palabra y memoria, mismo que se encuentra disponible de manera gratuita en internet. Además, el modelo ha sido replicado en diversas ciudades del país y en Calí, Colombia.

A reserva de lo que arroje la presentación a detalle de la Estrategia Nacional de Lectura, Juan Domingo Argüelles reconoce atisbos poco alentadores: “No he visto nada que me haga suponer que se incorporará de lleno al sistema educativo. Si además sumamos los privilegios que presumiblemente tendrán el SNTE y la CNTE, me temo que no podremos ser optimistas. No hace falta ir tras una cifra o porcentaje de lectura, necesitamos afianzar la comprensión. De nada sirve leer veinte libros al año si no entendemos nada”.

Ante la expectativa del anuncio, Socorro Venegas reitera que no es momento de sacar conclusiones precipitadas. Confía en que el programa desarrollará otras vertientes al margen del precio y concluye que hacer accesible el libro implica otras cosas, como ponerlos a circular en espacios comunes como salas de lectura, salones de clase y bibliotecas, pero sobre todo contar con mediadores profesionales y capacitados que nos guíen por el verdadero sentido de la lectura: “Sin ellos, será imposible consolidar una república de lectores”.

 

Héctor González
Periodista cultural.

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