Robert Walser murió una tarde de Navidad, solo y sin reconocimiento literario. Este ensayo reconstruye su difícil paso por la vida y el mundo, de los que se fue alejando lenta e irremediablemente, no sin antes dejarnos una de las obras más enigmáticas y personales de la literatura europea.

Sus últimos pasos quedaron marcados en la nieve y en las fotografías de la policía de la ciudad de Herisau, al noreste de Suiza. A unos centímetros del cuerpo congelado de 78 años que encontraron unos niños que jugaban en la calle, estaba el sombrero que le faltaba; a unos metros, el asilo del que había salido a caminar como todos los días. La escena de su muerte esa tarde de Navidad de 1956 resultado de un infarto fulminante da la impresión de una partida abrupta, pero la realidad es que Robert Walser llevaba mucho tiempo yéndose del mundo.

Pasarían varios años antes de que se encontrara la principal prueba de esta retirada paulatina. Sin embargo, algunos de sus textos publicados en vida ya daban indicios claros de ella, particularmente Jakob von Gunten, una de sus obras más populares, publicada originalmente en 1909. En esta novela, escrita en forma de diario, el protagonista homónimo se presenta como hijo de una familia rica que huye de su casa y se inscribe en una escuela de formación de sirvientes: el Instituto Benjamenta. En este mundo kafkiano de presencias ausentes, a todos los pupilos los instruye la hermana del dueño del instituto, pues el resto de los maestros, dice Jakob, “o no existen en lo absoluto, o siguen dormidos, o parecen haber olvidado su trabajo. ¿O quizá están en huelga porque no les han pagado?”. Pero decir que Walser es kafkiano es compararlo injustamente con su contemporáneo; en 1982, Susan Sontag lo llamó “el eslabón perdido entre Kleist y Kafka”, y Robert Musil dijo que el escritor checo era “un caso peculiar del tipo de Walser” cuando lo leyó por primera vez.

A lo largo de la novela vemos cómo Jakob comienza a aceptar el programa educativo del Instituto Benjamenta tras un periodo breve de rebelión, hasta que termina por interiorizarlo y transformarlo en un programa personal de aniquilación de la propia subjetividad. Sus experiencias y reflexiones exponen la invisibilización a la que son sometidas las personas que sirven a otras, en silencio y casi en secreto: “…la parte mejor adiestrada en nosotros —dice Jakob— es la boca, siempre obediente y servilmente taciturna”. Su reconocimiento de la labor de servicio como intrínsecamente marginal —no por el trabajo en sí mismo, el cual Jakob reivindica, sino por el orden social en el que tiene lugar— ironiza sus afirmaciones sobre la felicidad que le provoca. Jakob sabe bien que la figura de quien sirve es tratada social y personalmente insignificante (“un nadie”); sin embargo, asegura haber elegido voluntariamente ese camino con el fin de convertirse en un “cero enorme y redondo”.

Walser nació en Biel en la primavera de 1878. Trabajó en distintas ciudades de su natal Suiza y vivió en Berlín durante siete años; ahí, en 1905, se inscribió a una escuela para sirvientes. Un año después comenzó a trabajar como mayordomo —Monsieur Robert— en el castillo de Dambrau, en la región de la Alta Silesia. Nunca tuvo una casa, ni muebles, ni familia propia. Intentó ser actor, trabajó como librero, copista, asistente de oficina e inventor; estuvo empleado en un banco y, durante muy poco tiempo, vivió de escribir, siempre rozando los límites de la pobreza, el aislamiento y la estabilidad mental. La admiración por parte de contemporáneos de la talla de Hermann Hesse, Franz Kafka, Elias Canetti,  Max Brod o Walter Benjamin de poco o nada le sirvió para vender libros. En 1913 asumió el fracaso y volvió a Suiza para siempre.

En 1929, tras un periodo de profunda depresión, Walser fue diagnosticado con esquizofrenia. Su hermana Lisa lo internó en la institución psiquiátrica de Waldau, en Berna, en la que su hermano Ernst, sujeto del mismo diagnóstico, había vivido durante casi una década hasta su muerte en 1916. Pero Waldau no es el asilo del que Walser salió a caminar en su último día de vida, pues en 1933, debido a un cambio de administración en la institución, el escritor tuvo que ser trasladado al asilo cercano a la ciudad de Herisau. Fue llevado por la fuerza al lugar en donde habría de pasar el resto de su vida. Una vez ahí, le dijo a Carl Seelig, un editor suizo que se convirtió en su albacea literario y guardián legal tras la muerte de sus hermanos (y que por años solicitó su libertad): “No estoy aquí para escribir; estoy aquí para estar loco”. Y tal parece que así fue; hasta ahora no se conoce ningún texto de Walser posterior al año en que Hitler subiera al poder.

Walser vio su ficción como capítulos desarticulados de su propia vida: “En mi mente, mis textos de prosa no son otra cosa que retazos de una larga historia, realista y sin trama. Para mí, las escenas que elaboro de vez en cuando son los capítulos, unas veces cortos y otras largos, de una novela. La novela que estoy escribiendo constantemente es la misma siempre, y podría describirse como un libro, rebanado o despedazado, acerca de mí mismo”. Como Jakob, Walser escribía una especie de diario inmerso en la ficción, y al igual que ocurre en Jakob von Gunten, el diario, el género para la construcción del yo por excelencia, se usa para narrar su deconstrucción. Al final de la novela, nos damos cuenta de que el programa de desaparición de Jakob, más que de la aniquilación individual, se trata de un plan de escape: la renuncia al mundo exterior, su construcción de sentido, valores y nociones axiomáticas. Cerca de las últimas páginas, Jakob reflexiona acerca de esta desconexión: “Me doy cuenta de lo poco que me concierne eso que la gente llama ‘mundo’ y de la magnífica importancia que tiene para mí lo que yo llamo ‘mundo’ en absoluta privacidad”.

El personaje de Jakob culmina su transfiguración en cero cuando abandona su diario y rompe con el ciclo de escritura e interpretación. Con la meta explícita de abandonar “la cultura europea”, se va al desierto, caminando simbólicamente en la dirección contraria a la de la mitología judeocristiana. El proyecto cero, que termina con la renuncia al lenguaje y a la racionalidad occidentales, se puede entender mejor como uno de resistencia radical y no de sumisión. Jakob se revela como un antihéroe que desteje la historia basada en el mito de otro Jacobo: el patriarca renombradoIsrael,cuyos hijos encabezan las doce tribus que en el relato bíblico toman la tierra prometida de Canaán después de atravesar el desierto del Sinaí en el éxodo.

Walser escribió cientos de historias y ensayos cortos, pero solamente se conocen cuatro novelas suyas: Los hermanos Tanner (1907), El asistente (1908), Jakob von Gunten (1909) y El ladrón (1925). La última fueescrita en 24 páginas, pero publicada en cerca de 200 medio siglo más tarde, después de que el germanista Jochen Greven, el primero en escribir una tesis doctoral en alemán sobre Walser en 1972, descubriera que su letra no era un código secreto, como creyó o dijo creer Seelig, sino alemán en una caligrafía Sütterlin diminuta. Resulta que a su muerte Walser dejó decenas de textos escritos en pedazos de papel de todo tipo (cartas, recibos, pedazos de revistas) con una técnica de microcaligrafía denominada por él mismo como “el método del lápiz”(Bleistiftmethode), que por años se consideró indescifrable. La letra de los primeros de estos textos, conocidos como “microgramas”, es de aproximadamente tres milímetros; sin embargo, Walser fue perfeccionándola hasta que logró disminuirla a un milímetro.

Fueron los críticos y editores suizos Werner Morlang y Bernhard Echte quienes, durante la década de los ochenta, descifraron y transcribieron la mayoría de los microgramas, conformados por 526 hojas escritas entre 1924 y 1933, y publicados en seis volúmenes entre 1985 y el año 2000 (Aus dem Bleistiftgebiet. Mikrogramme aus den Jahren 1924-1933 [Desde la región del lápiz. Microgramas de los años 1924 a 1933], Suhrkamp). Con el agrandamiento de la letra vino un resurgimiento que llevaría a Walser al canon de la literatura modernista a finales del siglo XX, cuando el éxito ya no le servía de nada.

Estos microgramas son huellas de una salida gradual del mundo y de sus ideas. Reducir el significante para ir borrando el significado, haciéndolo tan ininteligible que se pueda confundir con cualquier otro y pierda toda pretensión de sentido más allá de la forma. En lugar de la ruptura estridente, los microgramas de Walser —como el cero de Jakob, que es forma pura sin contenido— perfeccionan la materialidad y se vacían del sentido adquirido en su contexto. El retiro de Walser en la locura y el encierro impuestos es la partida de Jakob al desierto. Ambos resisten los condicionamientos del mundo de la única manera que pueden: abandonándolo; asumen su impotencia para cambiarlo y usan la poca voluntad que queda para, por lo menos, no participar en él.  Como Jakob, antes de esa Navidad Robert Walser ya había emprendido camino, marcando bien sus pasos mientras avanzaba en el sentido contrario de la existencia.

 

Bárbara Pérez Curiel
Estudió Letras Alemanas en la Universidad Nacional Autónoma de México y en el University College London. Actualmente es editora, traductora y colaboradora en CounterPunchMi Valedor y Página Salmón.

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