El primer minuto de este año arrancó en Twitter el #Homero2019, iniciativa que consiste en leer y comentar un canto de la Ilíada cada semana. A propósito del número XVI, Luis Miguel Aguilar rinde su homenaje personal al aedo griego.

Este texto sigue la forma de los Diálogos con Leucó, libro donde Cesare Pavese armó una serie de conversaciones imaginarias entre seres míticos y a veces reales. El poema aludido de Constantino Cavafis (1863-1933) adapta un pasaje del libro XVI de la Ilíada, versos 462-501, y 666-684.

Ilustración: Adrián Pérez

SARPEDÓN       He vuelto, Cavafis, a tu poema sobre mi funeral. Me parece impecable.

Zeus pena a fondo:
Patroclo ha matado a Sarpedón.
Ya Patroclo y los aqueos se apresuran
a apoderarse del cuerpo, deshonrarlo.

Pero Zeus no los va a dejar.
Aunque permitió la muerte de su hijo favorito
—la Ley lo requería—
por lo menos va a honrarlo a su muerte.
Así que le ordena a Apolo bajar a la llanura
con instrucciones para cuidar de su cuerpo.

Apolo alza con reverencia el cuerpo del héroe
y lo lleva, triste, al río.
Le lava el polvo y la sangre;
restaña las heridas terribles para que no haya rastro,
vierte sobre él perfume de ambrosía
y lo viste con radiantes ropas olímpicas.
Le blanquea la piel; y con un peine tachonado de perlas
le peina el pelo negro azabache.
Luego extiende y ordena los hermosos miembros.

Ahora parece un joven rey auriga
—de veinticinco o veintiséis años—
que descansa luego de ganar
el premio en una carrera famosa;
su carro, todo en oro, y sus caballos, los más rápidos.

Al terminar su tarea, Apolo
llama a los dos hermanos,
el Sueño y la Muerte, y les ordena
llevar el cuerpo a Licia, país tan rico.

Así que los dos hermanos, el Sueño y la Muerte
parten hacia país tan rico, Licia. Al llegar por fin
a la puerta del palacio, entregaron el cuerpo glorioso
y volvieron a sus pendientes y labores.

Y ya con el cuerpo en palacio, comenzó
el triste sepelio, con procesiones y honores y endechas,
con muchas libaciones en vasos sagrados,
con toda pompa y circunstancia.
Luego peones expertos de la ciudad
y escultores de renombre
vinieron para hacer la tumba y el monumento.

No veo, Cavafis, por qué pensaste alguna vez en excluir “El funeral de Sarpedón” de un libro que reunía tus poemas.

CAVAFIS             No lo consideré tan bueno como otro poema similar que escribí después, “Los caballos de Aquiles”, a partir también de un pasaje de la Ilíada. Reconozco que el poema sobre tu funeral está bien hecho y, como todos mis poemas, se ha abierto paso en otras lenguas pese a que los originales en griego abundan en rimas imposibles de reproducir en otro idioma sin riesgo de consonancias ripiosas o burocráticas. Pero ahora que soy sombra veo que a mi poema sobre tu funeral le faltó algo que en ese entonces no alcancé a prever, porque a la vez me faltaban años y cercanía con mi destino último. No pude colar en el poema la envidia que me causaría tu funeral.

SARPEDÓN        Entiendo a qué te refieres. No al fasto y las exequias dispuestas por Zeus para un hijo sino a la literalidad con que Hipnos y Tánatos, el Sueño y la Muerte, me llevaron a otro lado, a mi tierra, Licia. ¿O vale decir: me llevaron al otro lado?

CAVAFIS             Así es. Y junto con eso, reparo cada vez más en que Hipnos y Tánatos están dirigidos por Apolo; en tu transporte a Licia, o al otro lado, puedo leer entre líneas o ver como en un sello de agua a un fármaco dispuesto por Apolo en su faceta de médico para unir el vuelo del sueño y la muerte, sin mayúsculas.

SARPEDÓN        Curioso que muchos crean a Morfeo el dios del sueño, cuando sólo es uno de sus hijos: el que crea formas, imágenes, en los sueños. Y dio nombre a un famoso opiáceo. Bien pensado, tal nombre debió ser hipnofina.

CAVAFIS             Luego de tu muerte violenta, tu viaje a Licia fue una segunda muerte; la tuya fue una muerte sin muerte, la deseada.

SARPEDÓN        No hay muerte sin muerte. Al final a todos nos mata Patroclo. Mejor dicho: la muerte es el Patroclo de todos.

CAVAFIS             No. Sólo a quienes mueren con dolor. No a quienes Tánatos, por separado, se lleva súbitamente; ni a quienes Hipnos se lleva, también por separado, con dulzura. Pero en el caso de muerte con dolor, si nos llevan, como a ti, al mismo tiempo Hipnos y Tánatos, no habremos muerto a manos de Patroclo. Yo la llamaría hipnotanasia.

SARPEDÓN        Veo de nuevo a qué te refieres, Cavafis. Tu paso al otro lado no se lo deseo a nadie: fue paso con mucho dolor por el cáncer que te estragaba la garganta y acabó por matarte. Tu cáncer cruento te dio una muerte por Patroclo.

CAVAFIS             Ahora puedo preguntarte, Sarpedón, ¿cómo fue tu paso a Licia, tu muerte sin muerte, tu arribo al otro lado?

SARPEDÓN        Sólo se me ocurre ir a estos versos de otro poeta:*
Dormirás muchas horas todavía
sobre la orilla vieja
y encontrarás una mañana pura
amarrada tu barca a otra ribera.

 

Luis Miguel Aguilar
Autor de la plaquette De varias formas.


* Antonio Machado, “Daba el reloj las doce…”

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Aquella mañana veraniega de mediados de la década de los 1990 entré a la Cineteca Nacional para ver La mirada de Ulises (1995), filme que había ganado el Gran Premio del Jurado en Cannes –de manera un tanto injusta, pues merecía la Palma de Oro por sobre Underground de Emir Kusturica. La persona que entró y salió de esa sala no fue exactamente la misma: frente a ella, mi yo de entonces 19 años, se había desplegado la historia de A (Harvey Keitel) y su afanosa búsqueda por las películas de los hermanos Manaki.  Y hubo algo en esa pesquisa que me intrigó y que a la fecha ronda mi mente, pues yo, al igual que A, me enfrentaba a una búsqueda personalísima.

La mirada de Ulises es la obra maestra de Theo Angelopoulos. En ella el director griego nacido en 1935 no sólo ofrece una versión moderna de la Odisea, sino que sintetiza en 176 minutos la historia reciente de los Balcanes. Sus magníficos retablos y plano secuencias nos recuerdan que en la vida, así como en el cine, la capacidad de experimentar el mundo como si fuese la primera vez y de traer sin miedo a la memoria las emociones que nos marcaron—recordemos a A viendo por el viewfinder una escena de los Manaki o a Alexandre, el protagonista de La eternidad y un día (1998), contemplando la fotografía de su esposa—es uno de los pilares de una existencia en perenne travesía, pues nos devuelve la fe y nos permite continuar el viaje.

Más allá de la búsqueda y el autodescubrimiento, Angelopoulos ofrece en cada filme un homenaje a los clásicos griegos y un redescubrimiento del cine como poesía. La cotidianidad a través de su cámara se nos presenta tanto como una celebración a la vida como al dolor que nos produce el sabernos siempre fragmentados.

Hay un deje de ironía en la muerte de Angelopoulos, quien terminó su viaje el 24 de enero de 2012, cuando fue atropellado cerca de la localidad donde filmaba The Other Ocean, cinta que daría fin a la trilogía que inició en 2004 con The Weeping Meadow y que ahora quedará inconclusa.  Tal vez en cierto número de años, algún joven cineasta leerá que Angelopoulos trabajaba en su última película antes de fallecer y se embarcará en una búsqueda igual a la de A. Mientras tanto yo escribo desde el exilio y sigo buscando aquello que me persigue desde que vi La mirada: la carta que mi padre posiblemente nunca me escribió antes de fallecer. –María Gabriela Muñoz

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