Nexos cumplió 40 años este 2018. En el afán de retratar la variedad de preocupaciones, registros y autores que han pasado por sus páginas, Nexos y el Fondo de Cultura Económica publican una antología en dos tomos que recoge textos de 480 números que retratan el pulso de esas épocas al tiempo que provocan al lector contemporáneo.

A esta antología la acompañan los recuerdos de quienes han dirigido la revista. Sus evocaciones hablan de las variables que acompañan cualquier empresa editorial de esta envergadura: de las preocupaciones teóricas a la importancia de los amigos, de los precios del papel a la búsqueda de publicidad. De todas las constantes que hermanan a estas cuatro voces, quizá la mayor sea compromiso absoluto de hacer de este espacio una “parte inteligente de la vida pública”.


Sobre los orígenes de Nexos

Enrique Florescano

El primer número de Nexos aparece en enero de 1978, dentro de un marco político, social y cultural muy precario. Las turbulencias económicas —internas y externas— habían mellado la capacidad del Estado para responder a las crecientes y justificadas demandas de empleo digno, frenar la desigualdad, renovar los debilitados organismos de justicia, salud, educación e investigación, poner un alto al desorden urbano y territorial y, en fin, abrir canales respiratorios al endurecido muro de la vida política.

El aplastamiento brutal del movimiento democrático de 1968 era una losa que cerraba los poros de una sociedad que había crecido y se había diversificado. En ese panorama y bajo el clima de insatisfacción que recorría el país, surgió la idea de crear una revista que rompiera las barreras que entorpecían la comunicación social, una publicación diferente a las existentes. Los promotores de esta revista creían en la posibilidad de un diálogo entre los medios y el gobierno, y entre los distintos componentes de las comunidades académica y cultural y la sociedad.

Nexos nació como una propuesta original y abierta. Propuso integrar en sus páginas los temas de la ciencia y la tecnología al lado de los de la economía, la política, la educación, la ecología, el proceso urbano y demográfico y los asuntos que afectaban o podrían interesar a la población plural. Por ello integró en su equipo editorial a un grupo variado de científicos expertos en esos temas, junto con aquellos que trabajaban en las ciencias sociales (antropólogos, historiadores, filósofos, sociólogos, economistas, demógrafos), así como al imprescindible sector de escritores, musicólogos y ensayistas que tuvieron a su cargo los temas de literatura y las artes. He aquí la plantilla de colaboradores de ese primer número: Enrique Florescano, Héctor Aguilar Camín, Adolfo Castañón, Julio Frenk, Guillermo Bonfil (†), Pablo González Casanova, Lorenzo Meyer, Alejandra Moreno Toscano, Carlos Pereyra (†), José Luis Reyna, Luis Villoro (†), Arturo Warman (†), Luis Cañedo, Eugenio Filloy, Cinna Lomnitz (†), Daniel López Acuña, José Warman, Antonio Alatorre (†), José Joaquín Blanco, Carlos Monsiváis (†), Yolanda Moreno Rivas (†), Alba Rojo (†) y Bernardo Recamier.

Nexos, decía la página editorial de este primer número, “no pretende convertirse en un foro unificador, ni aportar la visión integrada de tantas disciplinas: tan sólo reunirlas en sus páginas y ofrecer un abanico crítico de sus tendencias y hallazgos; sacar de sus respectivos guetos especializados a la investigación científica y académica y difundirla entre sectores más amplios; actualizar los conocimientos que explican nuestros problemas estratégicos; explorar nuestro espacio crítico, cultural y literario, y nuestra realidad educativa; multiplicar las opciones de lectura e información mediante el registro sistemático de libros recientes y publicaciones periódicas; divulgar los temas centrales de la cultura contemporánea […] Nace con la certidumbre de que los estudiosos de la naturaleza y de la sociedad, así como los creadores de la literatura y las artes, deben unir sus esfuerzos y colaborar en el análisis exigente y amplio de los problemas pasados y presentes de nuestra sociedad”.

La ambición de ser puente entre las comunidades científica y cultural y el público amplio es un sello de identidad que se ha mantenido y ampliado en los días actuales. Nexos estableció una nueva relación con los lectores abjurando de la jerga “científica” o especializada. Fue en busca del lector y creó un público lector. Que hoy, frente a la competencia de sus pares y de los nuevos medios de comunicación, Nexos se mantenga como una referencia para quienes importa lo que ocurre en México es una hazaña. Un logro que debe atribuirse a la continuidad de sus propósitos, a la calidad y compromiso de sus colaboradores y a la perspicacia de su cabeza dirigente, es decir, al celo e imaginación periodística de Héctor Aguilar Camín, su director más longevo y creativo.

Nexos mantiene vigentes los propósitos de su nacimiento pero es un nuevo Nexos: un Nexos con formato, temática, agenda, estilo y colaboradores que representan a una nueva generación del periodismo nacional. Conserva una característica que la distingue de otras publicaciones semejantes: es una empresa colectiva. Creo que sus colaboradores actuales, como aquellos que le dieron origen, se sienten parte de un proyecto colectivo, de una empresa comprometida con servir e informar bien a sus lectores.

Con ese ánimo nació un año más tarde el libro México hoy, coordinado por Pablo González Casanova y Enrique Florescano y escrito por la mayoría de los colaboradores de Nexos. México hoy fue el primer intento de presentar un retrato lo más aproximado posible al diverso y complejo México de los años 70. Tuvo una acogida extraordinaria e inesperada para sus autores, quizá porque como Nexos, abandonó el lenguaje especializado y sus autores tomaron la pluma para comunicarse con el lector común. Creo que este modo de pensar el periodismo y el libro fructificó en esos años y sigue siendo una senda positiva para conversar con diversos sectores de la sociedad.

 

Enrique Florescano
Historiador. Entre sus libros recientes: Atlas histórico de México (en colaboración con Francisco Eissa), Los orígenes del poder en Mesoamérica y Quetzalcóatl y los mitos fundadores de América.


Mis años en la dirección

Luis Miguel Aguilar

Cuando tomé la dirección de la revista estaba claro que Nexos no podía dejar de ser, antes que nada, un mirador de la escena pública nacional e internacional. Pero yo no era alguien capaz de esa tarea. Por supuesto que desde el comienzo de mi dirección conté para eso, para que Nexos no perdiera su presencia en el análisis y el diagnóstico político y social, con autores y editores de la talla de Soledad Loaeza, Rolando Cordera, José Woldenberg y, claro, el director previo, Héctor Aguilar Camín. De modo que junto con Rafael Pérez Gay, quien prácticamente codirigió la revista conmigo, pudimos orientarnos a otros temas. Nexos empezó a poner énfasis en cuestiones que ya había tratado, pero ahora de modo más constante: la vida cotidiana, en principio, y todo lo relacionado a lo que llamamos desde entonces “temas del siglo XXI”, que anticipamos y que efectivamente lo son ahora, resumibles en cómo vivimos y en cómo morimos, la calidad de la vida y de la muerte. A la “plaza pública” le añadimos la “alcoba íntima”. Al “diagnóstico social”, la “vida vivida socialmente”. Temas como la sexualidad, la pareja, lo que luego se conocería como “bioética”, o, en fin, el primer número de Nexos que dirigí, en junio de 1995, tenía de portada ni más ni menos que “Viaje al país de las drogas. ¿Legalizar o no?”, una encuesta con varios y distintos personajes de la vida cultural, artística y política de México.

Una de mis obsesiones entonces era que en México no había el ensayo a la manera en que Adolfo Bioy Casares lo definió como “el género de las verdades esenciales”, donde un autor va a su alma, la interroga directamente y trae respuestas incluso “terapéuticas”. Hoy es más común, pero entonces nadie se atrevía a hablar desde esa esencialidad para ensayar sobre una pérdida o una enfermedad o una quiebra personal.

Destaco también que por una de mis manías desde que era redactor de Nexos fui el primero en una revista de su corte en tratar un tema como el futbol, desde 1982 cuando sería el Mundial de España. Durante mi dirección aparecieron mensualmente las colaboraciones de un autor de nombre Johannes Burgos, dedicado al asunto. Y la otra cosa infaltable era el humor, incluso en detalles nimios. Recuerdo por ejemplo que en algún año apareció el código de barras que todas las publicaciones debían llevar. Como esto nos intervenía la portada, se me ocurrió entonces hacer las barras del código parte de la portada misma; de modo que las encuadramos y le pusimos “Gratis” y el llamado al interior de un texto curioso. También fueron divertidos los anuncios que poníamos de intercambio en otras publicaciones o periódicos. Como Carlos Monsiváis publicaba en todas las revistas de México, una vez dimos cuenta de nuestro contenido y pusimos una parte del anuncio: “Edición 100% libre de Carlos Monsiváis”.

Ahora bien: sólo con humor Pérez Gay y yo pudimos vadear entonces y después nuestro peregrinar casi siempre infructuoso por todas las agencias de publicidad a las que íbamos a exponer Nexos con el fin de que se anunciaran. Pérez Gay aún nos debe ese relato: “La pauta se cerró detrás de ti”; así, con ese título de bolero, le pusimos a nuestro fatigar de múltiples agencias o, luego, “centrales de medios” ya que al cabo de nuestras exposiciones —con estudios de mercado, perfil de lector, etcétera— las agencias nos decían que muy bien pero que su pauta publicitaria no se había abierto aún, y cuando íbamos al mes en que nos decían que se abriría, nos decían entonces que ya se había cerrado.

Y ahora bien: igualmente recuerdo esos años con algo de angustia, porque la crisis económica de entonces dio en que nuestra circulación había caído. Recuerdo que, desesperado, fui a ver a un distribuidor macro de revistas, por si cambiábamos al de siempre y eso nos permitía tener mejor venta y exhibición. No sé si lo que ocurrió vino a tranquilizarme; puede que sí. Al preguntarme cuánto había caído la circulación de Nexos y yo contestarle alarmado que un 30%, me dijo que no me preocupara, que tenía un público fiel y que el otro volvería en cuanto las cosas mejoraran mínimamente. Porque él, en cambio, editaba no sé si una o varias revistas “femeninas” y su circulación se había caído un 85 por ciento. En época de crisis, me reveló, las mujeres nunca dejan de comprar cosméticos pero sí las revistas que les dicen cómo ponerse esos cosméticos.

 

Luis Miguel Aguilar
Poeta, ensayista y narrador. Entre sus libros, Las cuentas de la Iliada y otras cuentas, Pláticas de familia. Poemas y prosas y Nadie puede escribir un libro.


El trabajo más placentero

José Woldenberg

A fines de 2003 Luis Miguel Aguilar, Héctor Aguilar Camín y Rafael Pérez Gay me invitaron a hacerme cargo de la dirección de la revista. De inmediato dije que sí. Era un reto y un privilegio.

Escribí en el primer número que apareció bajo mi dirección: “He sido desde su fundación lector voraz de la revista, luego colaborador constante y en alguna época coeditor del Cuaderno de Nexos. De tal suerte que asumo con gusto el compromiso de continuar una notable obra que tiene más de 25 años, y que ha encontrado y formado a miles y miles de lectores” (abril 2004, núm. 316).

Era un barco en movimiento, con rumbo claro y una historia de logros. Un espacio al que concurrían escritores, profesores, investigadores, que fueron capaces de inyectar pasión por el conocimiento, la creación, el debate ilustrado y también por el juego, la provocación y habían abierto puertas y ventanas al tratamiento de temas hasta entonces vedados. Nexos era una revista con un prestigio bien ganado, con lectores asiduos, colaboradores destacados y una referencia obligada en el debate público.

Por ello, no se trataba de refundar sino de darle continuidad a un proyecto exitoso, tratando de incluir nuevas plumas, nuevos temas, nuevos enfoques producto de los vientos que soplaban en el país y en el mundo. Escribí entonces: “Queremos reforzar y continuar una tradición que se llama Nexos”.

Invité a que me acompañara en esa aventura a Ciro Murayama como editor y a Luis Giménez-Cacho como administrador, por la muy lamentable muerte de Jesús García Ramírez. Y además del resto del directorio y del consejo editorial que se mantuvieron intactos creamos una mesa editorial dividida en dos (una sobre política, historia, ciencias sociales, similares y conexos, y otra centrada en la literatura en particular y la cultura en general). A la primera concurrían Héctor Aguilar Camín, María Amparo Casar, Rolando Cordera, Ricardo Raphael, Jorge Javier Romero y Luis Salazar, a los que luego se sumarían Ricardo Becerra, Lorenzo Córdova, Pedro Salazar y Raúl Trejo; y a la segunda Luis Miguel Aguilar, José Joaquín Blanco, Guillermo Fadanelli, Víctor Manuel Mendiola y Rafael Pérez Gay y luego Alberto Román y Antonio Saborit. De manera escalonada nos reuníamos cada semana y planeábamos los números, buscábamos autores, destacábamos temas y delineábamos el perfil de la publicación.

Hubo mucha política y mucha literatura. Tomo al azar algunos números y me doy cuenta que el abanico de asuntos que ocupó y preocupó a Nexos no sólo fue variado sino pertinente (para entonces y quizá para el presente): medio ambiente, elecciones, medios de comunicación, justicia, terrorismo, guerra sucia, derechos humanos, federalismo, mujeres, cine, petróleo, escritores de culto, Estado de derecho, viajes, cuentos, la izquierda, América Latina, bioética, premios literarios, democracia, jueces, historia, orgasmos, economía, narcotráfico, las derechas, el poder de la literatura, política exterior y un largo y recargado etcétera. Nombrar a los colaboradores sería imposible. Se mantuvo la generación fundadora de la revista, pero intentamos y creo que de alguna manera logramos incluir nuevas voces.

Fue una época apasionante. Fueron los años de la gestión del primer presidente de la República que no había salido de las filas del PRI, de las tensas y polarizadas elecciones de 2006, del pluralismo instalado en el mundo de la representación, de un crecimiento económico magro, quizá del inicio del desencanto con la germinal democracia, pero también de la necesidad de revisitar a los clásicos, de rendir homenaje a creaciones intelectuales que nos parecieron importantes, de rescatar una tradición política e ideológica de la que nos sentimos herederos, de voltear los ojos a América Latina, de fomentar nuevos enfoques y poner en la mesa de debates temas que pasaban desapercibidos.

A lo largo de esos años experimentamos en el diseño de la portada y los interiores, ilustramos algunos números con la obra de reconocidos pintores y artistas gráficos, buscamos que la presentación de los materiales resultara atractiva… y seguramente no lo logramos del todo.

La labor de director en una revista como Nexos es gratificante por donde se le quiera mirar. Uno amplía su campo de visión al estar en contacto con tantos temas y autores, enriquece su conocimiento incluso de asuntos con los que no está familiarizado, y acaba ratificando que el mundo no sólo es ancho y ajeno, colorido y complejo, sino inabarcable.

Sólo hay dos tareas que resultan desgastantes por odiosas y sobre las que no quiero extenderme: rechazar colaboraciones y buscar publicidad. La primera, sin duda, genera malestar, si no es que algo más fuerte, en el autor que se siente ofendido, aunque uno se consuela pensando que esa es la labor del editor, siempre en beneficio del eventual lector. Y la segunda semeja un laberinto o peor aún un pantano, lleno de obstáculos, incomprensiones, regateos, pero sin lo cual no existiría la posibilidad de mantener a la revista. Uno acaba agradeciendo de verdad a aquellos anunciantes constantes y cumplidos. Son oxígeno puro y vale la pena reconocerlo.

Quiero pensar que Nexos es heredera legítima de la Ilustración. Esa corriente que intenta comprender antes que atajar los diferendos con argumentos de autoridad, que propone juzgar todo a la luz de la razón y no de prejuicios, que intenta trascender supercherías de todo tipo con el estudio, la investigación, la confrontación de ideas. Nexos ha sido un instrumento eficiente para recargar el debate público con argumentos e iniciativas, con tesis y exámenes, con elaboraciones y críticas fundadas. Y haber sido y seguir siendo uno de sus colaboradores me llena de satisfacción. Nunca tuve un trabajo más placentero.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es Cartas a una joven desencantada con la democracia.


Mi vida en Nexos

Héctor Aguilar Camín

He dirigido Nexos dos veces. La primera entre 1983 y 1995, los años de la crisis eterna de México, de la “década perdida de América Latina”, de las dictaduras en el Cono Sur y las guerras centroamericanas, de la escisión histórica del PRI, del fin de la Guerra Fría, la caída del muro de Berlín, el regreso a la democracia de América Latina, las reformas neoliberales en el mundo y en México, la reprivatización de la banca, la normalización de las relaciones con la Iglesia, el fin del reparto agrario, la firma del Tratado de Libre Comercio, la rebelión de Chiapas, el asesinato del candidato presidencial del PRI, Luis Donaldo Colosio, el asesinato del secretario general del PRI, José Francisco Ruiz Massieu, y la crisis económica que terminó con el PRI en Los Pinos.

Volví a la dirección de la revista en el año 2009, con un segundo aire, obligado por el ejemplo de Luis Miguel Aguilar y José Woldenberg, sus directores anteriores, a garantizar que Nexos siguiera cumpliendo con el espíritu declarado en el editorial de su primer número, en enero de 1978: ser parte inteligente de la vida pública.

Hojeo la antología contenida en estas páginas y encuentro un delicioso equilibrio entre las obsesiones, los gustos, los géneros y la diversidad de intereses y autores característicos de nuestra revista.

Entre autor y autor, entre texto y texto de esta antología, como entre página y página de la revista, se pasa de un mundo a otro: de la crónica salvaje de la violencia a la delicada evocación histórica, del impecable registro académico a la inspirada memoria personal, del ensayo a la crónica, de la historia a la sociología, de la creación literaria a la revelación antropológica.

La cuarta década de vida de Nexos es la de la crisis mundial de 2008 y sus costos globales, la de nuestra siniestra espiral de violencia por la guerra contra el narco, el regreso del PRI al gobierno con su promesa reformista y su debacle gubernativa, la revolución moral contra la corrupción y la impunidad, el desencanto por la democracia, la crisis del Nafta, del liberalismo y del neoliberalismo, la parálisis de la Unión Europea, la sacudida del Brexit, el ascenso de los populismos, los nacionalismos y la xenofobia, la ubicuidad terrorista, la explosión de las redes sociales, la guerra del cosmopolitismo y las identidades locales, la victoria de Trump sobre las mejores tradiciones de la cultura cívica y la democracia americanas.

Dentro de la revista Nexos, la década reflejada en estas páginas fue la de una nueva generación de editores, a la cabeza de los cuales, en la primera oleada, aparecen Héctor de Mauleón, Kathya Millares y César Blanco; y en la segunda y la tercera: Mateo Aguilar Mastretta, Mario Arriagada, Alejandro García Abreu, Juan Pablo García Moreno, Esteban Illades, Andrés Lajous, Jorge Landa, Saúl López Noriega, Ana Sofía Rodríguez, Álvaro Ruiz Rodilla y Teresa Zerón Medina. Angélica Musalem ha sido la editora gráfica, Bernardo Ortigoza el gerente de hierro y Martha Elba Gallegos mi paciente asistente.

La nueva generación de editores de Nexos es la que ha preservado la calidad de la revista impresa y la que ha construido también su sitio electrónico, prácticamente de cero hasta el más de millón de visitas mensuales que recibe actualmente.

No tengo sino gratitud y cariño por esta camada renovadora que nos ha acompañado en el viaje por Nexos a los viejos de la tribu, el insustituible poeta exdirector de la revista Luis Miguel Aguilar, yo mismo como director reincidente, y un personaje central de la historia toda de Nexos, Rafael Pérez Gay, pilar de nuestro proyecto y compañero irremplazable de esta década.

En el año 2008, con ocasión del 30 aniversario, escribí una evocación de mis años en Nexos. El segundo párrafo decía:

Recuerdo haber leído en algún suplemento que no tenía sentido hacer una revista literaria si no se estaba dispuesto a morir por su causa. Me pregunté entonces, me pregunto ahora, cuál era la causa de Nexos y si estaba dispuesto a morir por ella. Creo que la causa de Nexos era ser parte inteligente de la vida pública, llevar la vida intelectual al debate sobre la nación.

¿Estaba dispuesto a morir por eso? Morir es mucho trance, bajo cualquier hipótesis. Estaba dispuesto a dar todas las batallas y a correr todos los riesgos que la causa exigía. Estaba prendido con Nexos. Aquella incandescencia del ánimo, a la vez una furia y una euforia, es la que tiñe mi recuerdo de los años en la dirección de Nexos. No he vuelto a poner en otra causa editorial nada parecido a aquel fuego misceláneo, sediento de temas, colaboradores, lectores y anunciantes.

Cuando escribí el párrafo anterior estaba a sólo un año de tomar de nuevo la dirección de la revista y de vivir de nuevo aquel fuego, aquella euforia. No he tenido que dar la vida por Nexos, simplemente Nexos ha tomado mi vida.

 

Héctor Aguilar Camín
Escritor. Su novela más reciente: Toda la vida (Random House, 2017).


* La presentación de Las décadas de Nexos se llevará a cabo este miércoles 28 de noviembre a las 19:00 horas en el Salón México II del Hotel Hilton de Guadalajara.

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Cal y arena relanza tres novelas de Héctor Aguilar Camín (Chetumal, 1946) —Morir en el golfo, Un soplo en el río y La guerra de Galio—, acontecimiento que marca el retorno del escritor a la editorial que lo proyectó como autor de ficción. Con este motivo rescatamos un ensayo de Carlos Fuentes sobre La guerra de Galio publicado en las páginas de esta revista en octubre de 1991.


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Tuve la fortuna de leer la última novela de Héctor Aguilar Camín, La guerra de Galio, al mismo tiempo que revisaba el libro de Franco Ferrucci, The Poetics of Disguise. La novela de Aguilar Camín lleva varios meses a la cabeza de los libros de mayor venta en México. Muchos lectores y comentaristas atribuyen este gran éxito a la aparición en sus páginas, como personajes centrales y secundarios, de un buen número de figuras de la vida pública en México.

Los personajes son fácilmente identificables. La situación también lo es: las guerrillas de los años 70; la pugna entre el poder y la prensa hace 15 años. El segundo tema lo habría tratado ya, como reportaje verista, uno de nuestros más destacados y versátiles escritores, Vicente Leñero. ¿Era necesaria, entonces, esta novela de Aguilar Camín?, se preguntan algunos críticos. ¿Posee otro interés que no sea el muy morboso de identificar a los personajes?

Mis respuestas, en ambos casos, son afirmativas. La novela en clave entraña sus propios riesgos y Aguilar Camín los ha corrido, aunque un epígrafe del autor advierta que “Todos los personajes de esta novela, incluyendo a los reales, son imaginarios”. Lo mismo pudieron decir Aldous Huxley, que en Contrapunto hizo desfilar a la fauna literaria y política de la Inglaterra de la primera posguerra; o Simone de Beauvoir, que en Los mandarines hizo otro tanto por los cenáculos parisinos de la segunda posguerra. Pero Aguilar Camín no ha hecho una profesión del misterio, como Roger Peyrefitte en sus novelas.

Más bien, se acerca a un modelo ilustre, el de La Bruyère, cuyos Caracteres, en el siglo XVII, causaron sensación, más que por la extraordinaria calidad de la escritura y de las ideas, por la sucesión de claves sobre personajes de la época. Las correspondencias entre los personajes literarios y los modelos de la vida real fueron anotadas en los márgenes de los ejemplares para venderlos mejor. Al cabo se publicó una clave para leer Los caracteres. De esta manera el lector podía leer a La Bruyére con un librito de compañía explicándole quién era quién. Quizás Héctor Aguilar Camín termine por hacer lo mismo. Aunque su espíritu lúdico podría llevarle a atribuir a sus personajes identidades distintas de las que les otorga la vox populi.

Pero si dentro de 50 o 100 años se sigue leyendo La guerra de Galio (y yo apuesto, otra vez, por la afirmativa) ya no será por curiosidad acerca de si en ella aparecen Fulano o Mengano, sino por los valores que hacen de esta una novela necesaria. Pues si el autor, con pleno derecho, disfraza a sus modelos para hacerlos “imaginarios”, el verdadero disfraz de la obra está en ella misma, en su interior, en su razón de ser y en su verdad más íntima.

Aquí es donde mi lectura de Ferrucci resultó oportuna y coincidente. El profesor de Rutgers alega que toda obra literaria tiene su autobiografía. Ferrucci nos obliga a entender que existe una autobiografía de la obra, distinta de la autobiografía del autor y, por supuesto, de la biografía de los personajes.

Una novela, por ejemplo, crea su propia biografía en el momento en que se separa de sus modelos, en la realidad o en la literatura, y crea su propia realidad y su propia literatura (al cabo la misma cosa). Cervantes, digamos, derrota el modelo de las novelas de caballería. Dostoievski derrota el modelo de las novelas por entrega. Pero al mismo tiempo, el autor disfraza el modelo que le sirve para crear una nueva obra con estrategias simbólicas. Siempre es más fácil juzgar lo que un novelista deja atrás, que adivinar el horizonte que abre. Y raro es el novelista que, como Laurence Sterne, hace evidente, en las palabras de Schlovsky, el entramado y la técnica de su obra.

Más cercano a Dostoievski que a Sterne, Aguilar Camín participa, sin embargo, del universo gestual, gestante, de nuestro padre Homero. En La Odisea, advierte Ferrucci, podemos observar cómo se hace la obra, cómo se gesta, cómo se hace la autobiografía del poema. Pero esa verdad se basa en un engaño. La Odisea es la historia de un hombre que debe disfrazarse para obtener lo que quiere: el regreso a Ítaca. Ante el gigante Polifemo el héroe, para escapar disfrazado, declara que es Nadie. Pero sólo Nadie puede llegar a ser Alguien. Disfrazado, Ulises viaja capturado, al mismo tiempo, por un pasado colectivo, arquetípico, que lo identifica demasiado. Éste es el pasado que compartió con Héctor y Aquiles. Pero ellos no regresaron.

El regreso de Ulises es una violación del pasado porque la tragedia es violada. Esta vez, el regreso a la ciudad tiene un final feliz. Ulises no es Agamenón. Y Ulises regresa sólo porque se disfraza. Nadie se vuelve Alguien.

Mediante esta estrategia, Homero nos permite ver la obra en el momento de hacerse. Mediante el disfraz, la mentira, el poeta nos brinda acceso a la autobiografía del poema.

Cito la autobiografía de La Odisea analizada por Franco Ferrucci como una recomendación para la lectura de La guerra de Galio. Atribuyo a Héctor Aguilar Camín, uno de los más inteligentes escritores mexicanos de la generación —20 años menos— que sigue a la mía, talento de sobra para presentar una biografía aparente de su novela, que engolosine y distraiga a muchos críticos y lectores, permitiendo a la obra que se construya disfrazada.

Pero detrás del disfraz del roman-a-clef, hay una verdad y la de esta novela es que es un canto sobre los desperdicios, un poema desde los sótanos de la existencia de eso que Adorno llamó humanidad dañada. Igual que Adorno, Aguilar mira de frente el daño humano, pero se niega y nos niega cualquier impulso romántico al retorno prístino, a la restauración de la unidad perdida. No soportaríamos un mundo justo, nos dicen Adorno y Aguilar.

En cambio, podemos ir hacia delante con la conciencia crítica de que, si hemos de crear valores, los encontraremos en la ausencia de unidad, en la diversidad, en eso que Bajtin celebraba como la fuerza centrífuga y sus manifestaciones novelísticas: “La diversidad y conflicto de lenguajes, la novela como arena de lucha y encuentro de civilizaciones, tiempos, ideas y no sólo de personajes”.

El tiempo y el lugar de ese encuentro en La guerra de Galio es la historia y es México. Entre la picaresca y el melodrama, entre Lizardi y Revueltas, entre Payno y Azuela, entre Guzmán y Del Paso, la literatura mexicana ha dado obras que trascienden e incluso corroen los modelos de unidad que han constituido los disfraces de la legitimación en nuestro país. La virtud de La guerra de Galio es que deslinda y distingue con una claridad deslumbrante, aunque en una atmósfera turbia, las pasiones y posiciones reales del disfraz político. En este rincón, el tomismo medieval. En éste, la ilustración dieciochesca. El réferi se llama la modernidad. Pero debajo del ring esperan, inquietos, gruñentes, los salvajes, los bárbaros, los caníbales…

País tomista en un sentido, México siempre le ha dado a la unidad y a la autoridad central que lo representa el poder necesario para obtener el bien común, que es el objetivo supremo de la política escolástica. La guerra de Galio no sólo demuestra esto, sino que lo encarna dramáticamente en el combate de dos élites: el gobierno y la prensa, la República y La república. Entre ambos se establece “un correo interno de la élite del país”, en el que las palabras son la realidad. Periodismo de declaraciones, más que de hechos, corresponsivo con una política de declaraciones también y de hechos que no coinciden con las palabras. No es de extrañar que los personajes, sobre todo Galio, se envenenen hablando; las palabras son su vicio, su compulsión, su única prueba de, y similitud con el poder.

Pero si las palabras de la élite intelectual se agotan en sí mismas, las del poder pueden convertirse en actos a pesar de que, o precisamente porque, contradicen a las palabras. Todo el debate gira en torno a esa pregunta: ¿Qué clase de actos políticos darán cuenta de nuestras palabras? ¿Continuaremos los mexicanos, como lo vio claramente el historiador inglés David Brading, imponiendo un proyecto liberal, ilustrado, comprometido (en el sentido de compromiso entre muchas partes) a “un país construido en la tradición inversa”, que es sacralizante, conservadora, intolerante, hija al cabo de Moctezuma y Felipe II? ¿O abandonaremos el compromiso liberal, hecho por partes iguales de concesiones, autoengaños y aufklarung, para descender a “ese horror que ustedes no sospechan”: un caos criminal, subterráneo, nuevamente sacrificial, comparable casi al primer grito y a la primera cuchillada?

La guerra de Galio es la historia de un duelo entre las dos élites de México: la oficial y la crítica. Por supuesto, el país no se agota allí. El “misterio liberal” al que alude Brading nunca ha querido darle su oportunidad a la sociedad posible, alternativa. Se teme al “México bronco”, al “tigre desatado”.

La sociedad alternativa se hizo presente en dos de las facciones de la revolución mexicana: las de Pancho Villa y Emiliano Zapata. El aura de Zapata es la de haber logrado hacer realidad, por un breve tiempo, la sociedad alternativa, local, basada en la cultura del autogobierno.

En La guerra de Galio los jóvenes guerrilleros de clase media abandonan sus hogares, sus estudios, sus ciudades, para darle otra oportunidad a la revolución perdida. La pregunta crítica es la siguiente: ¿Qué impediría que, si llegaran al poder, las guerrillas impusieran su ideología como una nueva élite movida por la razón histórica y el bien común?

Todos estos peligros se han hecho palpables en la América del Sur. El polpotismo delirante de Sendero Luminoso en Perú es otra cara de la barbarie de las dictaduras torturantes de Videla y Pinochet. Entre la escolástica de la derecha y de la izquierda, el poder moderno en México se ha presentado como una opción liberal imperfecta, perfectible, y en todo caso viable, cuya ilustración depende de dos cosas: admitir la crítica, pero no soltar el poder. Federico de Prusia y Catalina la Grande se hubiesen sentido a gusto en México a partir de 1920; Voltaire y Diderot también. Tom Paine, jamás.

¿En qué medida ha logrado el poder en México no sólo apropiarse de, sino identificarse con las claves profundas de las clases pensantes del país? Wilhelm Reich atribuye al nacionalsocialismo el éxito de haber comprendido y secuestrado la cultura de Alemania, mientras los comunistas y los socialistas hablaban de infraestructuras económicas y le abandonaban la “superestructura” cultural a Hitler.

La novela de Aguilar Camín se debate, se agita y se sufre al nivel de esa “superestructura” que, como lo está revelando todos los días la historia actual, es la verdadera “infraestructura” de la sociedad. Si Marx puso de cabeza a Hegel, ahora Nietzsche ha puesto de cabeza a Marx. Pero los personajes de Aguilar Camín, producto de la interpretación dominante a partir de Hegel, aún no lo saben. Quisieran el poder para cambiar la “infraestructura” económica. No saben usar el poder de la cultura. Ni siquiera saben que ya lo tienen porque actúan, o pueden actuar, en la “superestructura” cultural.

De allí la confusión, la amargura, la derrota de los Galio y de los Sala, los Santoyo y sobre todo el protagonista, ese “desperdicio llamado Vigil”, el historiador convertido en periodista. La verdad es que todos los mexicanos hemos vivido por lo menos una parte de esta Guerra de Galio. Todos conocemos a los hombres brillantes que dejaron el talento en la charla de café, la borrachera, la política fraguada entre el burdel y la cantina, la comelitona y la antesala del señor ministro. Todos conocemos a las mujeres que perdieron el amor porque el amor fue el desperdicio máximo de todas estas generaciones desperdiciadas.

Todos sonreímos y nos encogemos de hombros al reconocernos en esta cultura del cubalibre y del bolero. Aguilar Camín ha vivido y escrito todo esto por nosotros. De allí la admiración y la gratitud de muchos lectores. Estas biografías laceradas son, o pudieron ser, las nuestras; su baño amniótico es el desgaste, el asco. Más que la novela de Sartre, ésta de Aguilar merece el título de La náusea.

No oculto, pues, la desazón y las rasgaduras que produce la lectura de este libro. Pero criticar al autor porque aquí no hay amor es negar la razón de ser de este libro: aquí no puede haber amor, porque el amor es la primera víctima del mundo de Galio.

Pero si no puede haber amor, ¿puede haber democracia?

Nadie, ni en México ni en ninguna parte del mundo quiere perder esa doble esperanza, la democracia y el amor, la felicidad política y la felicidad amorosa. Intentamos el amor, aunque fracasemos. Intentamos la democracia, aunque una y otra vez el esquema autoritario —ilustrado a veces, otras represivo— se imponga al cabo. Y sin embargo, sin prejuzgar la buena fe de nadie, puede decirse que casi no existe un intelectual mexicano (me incluyo en ello) que en un momento de su vida no se haya acercado al poder, confiado de que podía colaborar para cambiar las cosas, impedir lo peor, salvar lo salvable.

Galio es el ejemplo más atroz del posible cinismo de este empeño. Vigil mismo, el ejemplo mejor de una entrega esperanzada a la vida pública. Ambos fracasan. Ignoran que en México (ésta es la lógica del poder) todo ocurre una sola vez y para siempre, aunque se repita (casi ritualmente) en mil ocasiones. Bastó una reforma agraria, aunque fracasase, para que no hubiera dos. Bastó una matanza de Tlatelolco para no repetir el error. Bastó un fracaso electoral en 1988 para que eso no ocurra nunca más. Basta, en otras palabras, una revolución mexicana para que no haya, nunca, otra.

Tal es el desafío del poder. ¿Lo recogerá una sociedad civil en gestación, a ratos enérgica, a ratos exhausta? ¿Triunfará al cabo una democracia mexicana más amplia y representativa, capaz de la, hasta ahora, imposible alternancia en el poder? ¿Triunfará el compromiso liberal? ¿O triunfarán la pistolerización, la impunidad, el sótano?

Asomado al abismo del horror, lo que Rómulo Gallegos llamó “la violencia impune”, Héctor Aguilar Camín encuentra en su propia crítica un motivo de aliento. La autobiografía de la novela se convierte en la autobiografía del tema de la novela —México, su política, su sociedad— cuando el autor nos habla de “la trágica generosidad de la vida mexicana, su enorme capacidad de dispendio humano y de resistencia… no sé qué fatalidad estoica, maestra de la vida dura e injusta, impasible como el tiempo, severa y caprichosa como él, matrona de la adversidad y de la lucha incesante, costosísima, por la plenitud de la vida”.

Aguilar Camín, como Odiseo, ha viajado capturado por un pasado colectivo, arquetípico. Pero al escribirlo, ha violado sus códigos, ha traicionado a su mundo, lo ha abierto a su propia verdad, ha revelado sus secretos: sólo podemos ser algo a partir de la nada aquí descrita; sólo podemos ser algo mejor a partir de este horror que aquí les muestro; la medida de nuestra salvación está en la energía de nuestra degradación.

No sé si ésta es, al cabo, la respuesta de una cultura cristiana, pero no de un cristianismo beato sino de ese cristianismo trágico, de opciones difíciles, que entre nosotros prefiguró José Lezama Lima. ¿Es La guerra de Galio, secretamente, un gran oratorio religioso, una misa degradada en la que ofician Santo Tomás, Voltaire y Al Capone?

El mundo actual nos exige ver de frente cuanto hemos sido sin engaño. Pero para poder conocer la verdad, no hay camino más seguro que una mentira llamada novela. Quizás el secreto de esta gran novela de Héctor Aguilar Camín es el de una cultura trágica como parte indispensable de la modernidad. No me atrevo a jurarlo. El escritor, por serlo, se ha guardado muy bien de revelarnos la autobiografía de su obra. No está la clave de ella en la clave de los personajes, sino en esa parte de mentira que siempre es la verdad de una novela.

Carlos Fuentes
Fue uno de los escritores más destacados del país. La región más transparente, La muerte de Artemio Cruz y Cristóbal Nonato son algunas de sus novelas.

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