Los caminos de la escritura suelen llevar a lugares insospechados, más si lo que se intenta es recrear un hecho histórico de tintes sombríos. El siguiente relato obedece a la necesidad de contar la historia detrás de una historia: la de cómo el autor de estas líneas, durante el proceso de escritura de su novela Mi abuelo y el dictador, descubrió que el abuelo de uno de sus autores de cabecera, Augusto Monterroso, había llevado a cabo el interrogatorio y tortura de su propio antepasado.

Era abril de 2013 y me hallaba obstinado en escribir uno de esos libros que no pueden escribirse. Debía tratar sobre lo ocurrido entre mi abuelo y Manuel Estrada Cabrera, un dictador que gobernó Guatemala con crueldad y estulticia a inicios del siglo xx. En ese umbral que va de la página en blanco al primer borrador, hacía malabares entre los géneros literarios y la escasa información con la que contaba: a veces escribía un ensayo sobre la memoria, sobre cómo las vidas se desgajan con el paso del tiempo; otras, una crónica sobre la frustración, sobre los esfuerzos inútiles por recuperar el pasado; unas más, incordiaba a mis familiares con preguntas sin respuestas forzando el germen de una novela, pero una tarde recibí un correo electrónico que iba a cambiarlo todo.

Después de una serie de coincidencias, mis familiares habían recordado que buena parte de la información que yo buscaba podía encontrarse en un solo libro. Una prima había logrado conseguir ese libro —editado en 1930—, y luego, a través de un escáner especial, había transferido sus páginas a un documento Word. Los cadetes: historia del segundo atentado contra Estrada Cabrera se hallaba en mi correo electrónico, listo para que lo leyera, y qué importaba, después de tanto tiempo de espera, que el documento tuviera algunos errores inherentes al proceso de digitalización.

Ilustraciones: Jonathan Rosas

Al inicio me sentía un tanto incrédulo. Había tratado de recaudar esa información a través de diversos textos y entrevistas, y de repente, como en un mal giro argumental, resultaba que todo se hallaba concentrado en un solo libro. Luego, conforme avancé en la lectura, leí pasajes que resultaban tan sobrecogedores como luminosos y la incredulidad se deshizo. El autor de Los cadetes, Clemente Marroquín Rojas, había usado el testimonio de mi abuelo como una de las fuentes principales de la historia del segundo atentado contra Estrada Cabrera, y mi abuelo le habló de todas las dificultades que vivió, entre ellas —acaso la más dura— la tortura de la que fue víctima.

En resumen, mi abuelo había sido inculpado de complicidad en un atentado sufrido por Estrada Cabrera en abril de 1908. Baste decir que mi abuelo era tutor de uno de los cadetes involucrados en la agresión —a la postre fallida— y por ello lo detuvieron, como a otras decenas de hombres. De acuerdo con las costumbres del tirano, aquellos sujetos, después de un interrogatorio más o menos inocuo, eran trasladados a la sala de torturas —ubicada en la puerta del cuartel para que los transeúntes pudieran observarlas—. Los sospechosos eran sujetados por cuatro militares y luego tendidos en un petate con “los calzones bajos”. Dos cabos se colocaban junto a las víctimas y las golpeaban en los glúteos con varejones de madera, en tandas de uno y uno, que luego eran decenas y luego cientos de golpes. Los varejones eran varas largas y flexibles que se usaban como látigos, por lo que la piel se les desprendía. Un coronel se encargaba de llevar el interrogatorio y pedir que se reanudaran o suspendieran los palos. A continuación, transcribo un fragmento del relato de la tortura de mi abuelo:

Otros cincuenta palos caen sobre las carnes suaves de nuestro protagonista, quien al fin, haciendo un supremo esfuerzo, pide que lo fusilen, porque no sabe qué responder que encierre esa verdad que ellos buscan.

—No se trata de morir con fusiles. Eso queda para otros —dijo el coronel Monterrosa—. Los perros, como ustedes, enemigos del Señor Presidente, deben morir a palos. Acuéstenlo nuevamente —dijo Monterrosa dirigiéndose a los cabos— y sigan hasta que nos diga la verdad.

Y la tarea continua, hasta que el reo pega un rugido sordo y da una sacudida terrible que casi tumba a los cuatro soldados que lo tienen por las extremidades. Es que uno de los cabos que pegan, ha desviado el golpe y el leño cae sobre uno de los testículos. Monterrosa llama bruto al cabo y le descarga un golpe. Este, enfurecido, redobla sus fuerzas para vengarse en quien nada le ha hecho.

La tortura pudo haber continuado hasta que mi abuelo se desmayara, pero entonces fue interrumpida por un general que ya no soportaba ese martirio en tercera persona, y que al día siguiente convencería a Estrada Cabrera mismo de que terminara con la ignominia.

Aquella tarde, cuando leí Los cadetes por primera vez, acaso angustiado porque mi abuelo hubiera sufrido semejante suplicio, y sobre todo porque el suplicio hubiera sido borrado de la memoria familiar, omití que el coronel que dirigía la tortura se apellidaba “Monterrosa”.

Augusto Monterroso llegó a México procedente de Guatemala en septiembre de 1944. En el ensayo titulado “Mi primer libro” cuenta que atravesó la frontera en tren con un suéter y los Ensayos de Montaigne como único equipaje. Iba huyendo de una junta militar que lo perseguía por haber escrito algunos textos rebeldes. El secretario de la embajada de México —que acompañaba a Monterroso en su calidad de exiliado político durante el viaje en tren— llevaba en las rodillas la bandera mexicana, para desplegarla en el caso de que los militares guatemaltecos trataran de detenerlos. Una vez en Tapachula, Monterroso dilapidó en cerveza los únicos veinte pesos que traía en el bolsillo para celebrar su libertad.

Mi padre, César Tejeda, llegó a México, también procedente de Guatemala, algún día indeterminado de 1945. Las condiciones del país centroamericano habían cambiado de manera radical de un año a otro, luego de que la Revolución de Octubre hubiera derrocado al gobierno militar propiciando las primeras elecciones libres de aquel país. César Tejeda, entonces, llegaba a México sin temores ni custodias, becado como estudiante por un gobierno democrático para convertirse en el primer arqueólogo guatemalteco.

Entre las cosas que perdemos con la muerte de un ser querido, las más perdurables son esas preguntas que no pudimos hacerles en vida. Nunca le pregunté a mi padre, por ejemplo, si alguna vez trató de hacerse amigo de Monterroso, si acaso no encontraron entre sí afinidades afectivas, o si, sencillamente, había otros guatemaltecos con los cuales establecer lazos de solidaridad; a fin de cuentas, su vocaciones eran distintas. Sé, en cambio, que se conocieron. El gobierno democrático había empleado a Tito en la embajada de Guatemala, por lo que mi padre tenía que realizar, a través del escritor, algunas gestiones relativas a su beca. Contaba mi padre que una de esas veces llegó a la embajada con la cara raspada, debido a que la noche anterior se había tropezado con una maceta. Contaba mi padre, para celebrar el humor de Monterroso, que éste, al verlo, le dijo: “Verdad, vos, César, que el hombre es hombre aunque le pegue su mujer”.

Un día hacia finales de los años noventa, mi padre y yo nos encontrábamos en esa bella librería que estaba en el sótano de la Casa Lamm. Él tomó de los anaqueles Obras completas (y otros cuentos) y me dijo que el autor del libro era también guatemalteco. Es probable que aquel día me contara por primera vez aquello de que el hombre es hombre aunque le pegue su mujer. Estoy seguro, en cambio, de que fue la primera vez que supe algo de Monterroso. Mi padre señaló el libro sonriente y dijo, con orgullo por el ingenio de su compatriota, que con semejante título podían percibirse todas las intenciones del autor.

Unos días después, en el salón de clases y frente al profesor de matemáticas, cuando yo ya había dejado de luchar contra las integrales, comencé a leer Obras completas (y otros cuentos). Puntualmente, el cuento sobre cabezas jíbaras que abre el libro, titulado “Míster Taylor”. En algún momento me reí de manera descarada, provocando la molestia del profesor, que me pidió abandonar el salón como tantas otras veces había hecho durante aquel ciclo escolar. Lo relevante es que en la historia que me cuento sobre mí mismo siempre he considerado que aquella mañana abandoné la clase de matemáticas e ingresé —si no triunfal ni digna— felizmente, en el mundo literario.

Ahora, a mis espaldas, hay un librero con aquel ejemplar de Obras completas (y otros cuentos). Las letras azules, el sello de Editorial Era, han comenzado a despintarse. Es la quinta reimpresión de la segunda edición, publicada en 1998. Se trata de uno de los libros más importantes de mi biblioteca.

Continué con la escritura del libro de mi abuelo a trompicones. Todas las formas textuales que había llegado a concebir se aferraban a la sobrevivencia, de tal manera que algunas páginas correspondían al ensayo del olvido y la memoria, otras a la crónica de la frustración y otras a la novela del descubrimiento. Eran tres cabos que estaban a punto de soltarse ante cualquier ocurrencia creativa, pero que, de alguna manera, se mantenía sujetos, y de esa forma llegué al momento que había temido, en el que tuve que narrar la tortura de mi abuelo.

Hasta entonces había trabajado con un tono más o menos cómico, un tono que me permitía imaginar que las peores circunstancias habían transcurrido de la mejor manera posible; sin embargo, a esas alturas, era imposible conciliar el tono con la historia. Mientras repasaba las páginas del libro de Marroquín con la frialdad de los novelistas, reparé en el apellido del coronel que dirigía la tortura, “Monterrosa”, y quise por alguna razón que no logro comprender —mejor así— que en mi novela fuera Monterroso y no Monterrosa. Que un error tipográfico o un error de comprobación de hechos repetido varias veces hubiera trastocado una identidad, y con ayuda de un amigo médico, que me sugirió narrar la tortura desde el dolor vía el funcionamiento de las terminales nerviosas, imaginé a un personaje Coronel que acompañaba sus mandatos con una especie de pantomima redactada; es decir que sustituía los signos de puntuación y los acentos de lo que decía con movimientos corporales y gestos, que resultaban, sí, precisos, pero también lo ridiculizaban.

Debo admitir que inventarle a Tito Monterroso un ancestro torturador me incomodó. Resolví, para estar en paz, que no tenía importancia porque, en primer lugar, yo tenía que terminar ese libro inacabable; en segundo lugar, porque un editor mexicano tenía que interesarse por aquella trama de historia guatemalteca, y en tercero, porque, para que la mentira quedara al descubierto, un lector —y además lector al que le importara— tenía que atravesar unas 400 páginas antes de llegar a ella. La supuesta mentira se mantuvo el tiempo que tardé en leer Los buscadores de oro, la autobiografía de los primeros años de Monterroso.

He oído decir a muchos narradores que el ritmo de su escritura proviene de la poesía. Que algunas veces, cuando el ritmo se escabulle, recurren a los poetas para retomarlo y que lo hacen como un ritual. Yo, en cambio, prosaico sin remedio, recurro a los textos de Monterroso, a sus improbables combinaciones de palabras que arrojan cierta luz en el misterio del compás y la escritura, un misterio por demás anodino que no obstante enloquece a varios. Otro de mis hábitos relacionados con Monterroso es que colecciono sus libros. Escribió pocos, cierto, pero la insaciabilidad de los editores los ha llevado a publicar antologías con propósitos autobiográficos, temáticos, de difusión o sin propósito alguno, que multiplican con artificios un corpus de textos breve y que lo multiplican a su pesar.

El tercero de mis objetivos monterrosianos fue la escritura de un libro donde el guatemalteco fuera eje y pretexto, a través de su obra o de las anécdotas que de él llegara a escuchar, como esa de que el hombre es hombre aunque le peguen. Era un proyecto que había pensado a largo plazo, conforme la vida me fuera poniendo ocurrencias en el camino, libre de plazos perentorios; y allí iba, avanzando, más o menos en forma con uno o dos textos al año, hasta que me propuse escribir un cuento sobre aquella serie fotográfica en la que posaron juntos Cortázar, el gigante —de manera literal— argentino, y Monterroso, el más pequeño —otra vez de manera literal— de los escritores guatemaltecos. Una ocasión, cuando vi el retrato por casualidad en internet, recordé que había leído, según yo en La Jornada Semanal, que cuando aquellos retratos se tomaron, Cortázar, en plan burlón, dijo: “Es que en Tito no cabe la menor duda”, y que Monterroso, rápido, le respondió: “Eso te lo paso por alto”. Mis intentos de relato carecían de ingenio porque la anécdota en sí misma era un dechado de ingenio, era un cuento, o más bien una fábula, en sí misma, y entonces iba a convertirla en otra cosa que no fuera un relato, pero no había plazos perentorios y la anécdota sobre el tamaño de los escritores, según yo —vaya paradoja— no cabía en ningún lado.

Uno de esos días en los que me hallaba carente de ritmo fui a mi librero y tomé Los buscadores de oro. Lo había leído solo una vez antes, años atrás, y ya fuera porque el milagro del compás y la escritura se mantenía alejado de mí, o ya fuera porque es un libro extraordinario, terminé leyéndolo todo, en un par de horas gracias a su brevedad. En aquel nuevo contexto, cuando estaba por terminar el libro inacabable, hubo un pasaje que me sorprendió: en la página 27 de la edición de Alfaguara, Tito Monterroso escribió: “Mi padre, Vicente, he de repetirlo, era hijo del general guatemalteco Antonio Monterroso, de quien se murmuraba que por aspirar a la presidencia de Guatemala fue hecho envenenar por alguno de sus rivales políticos; generales asimismo, por supuesto”. Luego narra el día que su abuelo falleció, se describe a sí mismo de niño frente al cuerpo rígido del muerto, sin saber si tiene que verlo y fingir inquietud o mejor “vagar la mirada” por el techo. De acuerdo con su memoria, que a la distancia no sabe si es impostada, observa espuma en las comisuras de los labios “duramente cerrados del abuelo”. El rumor es que el asistente del general lo había envenenado, “poniendo no sé qué polvos en la fruta del desayuno”.

Más adelante, en la página 84, Tito narra que su abuelo llegó a fungir como espía de Estrada Cabrera en Honduras, al mismo tiempo que —aunque parezca inverosímil— financiaba publicaciones, como el periódico Ideas y noticias dirigido por el poeta colombiano Porfirio Barba Jacob. También cuenta que el general Monterroso era equiparado con Napoleón Bonaparte, supongo que por su estatura, y con don Juan Tenorio, por su afición a las mujeres: “en mi familia se decía que en una ocasión viajó a Europa, ya en edad provecta, en busca exclusivamente del médico ruso Serguei Voronov, quien le aplicaría sus famosos métodos rejuvenecedores sexuales a base de trasplantes de glándulas de mono”.

A esas alturas, cuando yo ya conocía con detalles la dictadura de Estrada Cabrera, no me sorprendió que tuviera espías en Honduras, dado que llegó a tenerlos hasta en el Servicio Postal Mexicano. Me sorprendió que uno de esos espías fuera el abuelo de Augusto Monterroso, y también me sorprendió que financiara publicaciones de poetas. Sin embargo, lo más sorprendente era que el abuelo de Tito Monterroso había sido militar del cabrerismo, que si bien hacia la segunda década del siglo xx era general, en la primera, cuando ocurrió la tortura de mi abuelo, pudo haber sido coronel.

Regresé, entonces, al libro Los cadetes, donde aparecía esa probable errata que arruinaba el descubrimiento. Porque el coronel de Los cadetes se apellidaba Monterrosa y no Monterroso. He dicho que el libro que me enviaron por correo electrónico había sido digitalizado y transferido a un archivo Word, y que varios errores fácilmente detectables se hallaban en esas páginas. Me di a la tarea de buscar Los cadetes en catálogos electrónicos de bibliotecas mexicanas, para tener la posibilidad de comprobar que lo del apellido se trataba de un error de digitalización, y tuve la fortuna de encontrarlo en el Fondo Reservado de la Biblioteca Nacional. Fui a la Biblioteca Nacional, hice trámites para acceder al Fondo Reservado, esperé un par de días, y tuve un ejemplar de Los cadetes en mis manos. Comprobé que, en efecto, había sido un error de digitalización, que el coronel que dirigió la tortura de mi abuelo se apellidaba Monterroso y no Monterrosa, y que en la transferencia del libro al archivo Word, cada vez que aparecía el apellido ocurrió ese cambio de letra.

Había solo dos cabos sueltos para poder confirmar aquella extrañísima investigación en la que me había inmiscuido: lo de coronel y no general, que tenía una fácil explicación debido al funcionamiento de las ordenanzas militares. Y, aunque quién sabe cuántos militares de alto rango apellidados Monterroso habrían podido servir a Estrada Cabrera, me hacía falta algún testimonio o documento que hilara a este singular y tenebroso personaje con mi abuelo. En esos días iba a terminar aquel libro inacabable, que se publicó con el título Mi abuelo y el dictador. En el penúltimo capítulo de la novela —porque fue finalmente vendida como novela—, dedicado, en parte, a narrar los pormenores de la investigación, escribí: “Es posible que el abuelo de Augusto Monterroso, que es mi ídolo y el escritor favorito de mi padre, haya dirigido la tortura en contra de mi abuelo. Esto, desde luego, no quiere decir nada, incluso una vez superada la conjetura”.

La última vez que traté de escribir algo sobre el retrato de Monterroso y Cortázar fue cuando una revista de divulgación cultural me pidió un texto dedicado al humor, para un número monográfico. Decidí salirme sutilmente de la materia, e hice un texto de comentarios humorísticos hechos por algunos escritores, sí, pero fuera de sus libros, como ocurrencias en conversaciones o en cartas enviadas de manera personal. Coleccioné algunas cuantas anécdotas, de Ibargüengoitia, Rosario Castellanos y Salvador Novo, y coroné el texto con lo de “Eso te lo paso por alto”. Lo envié a los editores en tiempo y forma, no obtuve respuesta, ni siquiera un “recibido” protocolario y, respaldado en la inseguridad del autor, asumí que era mi culpa por haber escrito un mal texto y clausuré la posibilidad de escribir lo que fuera respecto al famoso retrato.

Entonces trabajaba como editor y tenía que dictaminar un libro de ensayos titulado Papel picado, escrito por Carlos A. Chávez. El libro, debo decirlo, era magnífico: desde el primer ensayo tuve la intuición de que llegaría a publicarse y continué con la lectura entusiasmado, inmerso en las analogías, metáforas y anécdotas de aquellos ensayos a veces personales, otras ficticios y por último literarios que se mecían al compás del humor y la melancolía, y llegué a uno de los textos titulado “Huellas de una especie extinta”, dedicado a Monterroso. En las primeras páginas, Chávez habla del tamaño del guatemalteco, de la brevedad de su obra, de la manera en que el cuento “El dinosaurio” ha —si no aplastado— oscurecido a Tito. Escribe: “para quien no lo conoce más que en imagen de solapa, su retrato de cuerpo entero cabe en media cuartilla”. Casi pude intuir lo que iba a pasar en el ensayo, y es que Chávez, dueño de esa inspiración que según yo me correspondía, escribió sobre Cortázar y su gigantismo. A continuación, describe el retrato donde posan juntos el argentino y el guatemalteco:

Se retrata de pie a Monterroso con Cortázar, alegres, asoleados y en guayaberas. Posan para ostentar menos el tamaño de sus figuras que las dimensiones de sus cuerpos. Es manifiesta la diferencia de alturas, pero aún más la intención del retratista, evidente gracias a que a nadie se le ocurrió ir por unas sillas.
           
Unas semanas más tarde, cuando la publicación de Papel picado se había decidido, me reuní con Chávez para hablar de su libro y de las contadas sugerencias que tenía para él. Le dije que su ensayo sobre Monterroso era mi favorito, que era un ensayo que me hubiera encantado escribir, y en un arranque de supuesta bondad le conté la anécdota de la menor duda y te la paso por alto, le dije que yo llevaba mucho tiempo tratando de incluirla en algún texto de cualquier naturaleza, pero que por esas raras coincidencias de la vida no le había encontrado espacio en mi propia obra y de repente había terminado encontrándosela en la obra de alguien más, algo que, desde luego, nunca me había ocurrido. Que un ensayo de esa naturaleza hubiera sido escrito ya era una coincidencia bastante grande. Que yo, y nadie más, hubiera dictaminado, y editado, el libro, resultaba casi inverosímil. Pero que el autor del ensayo no hubiera utilizado la anécdota de la menor duda, rayaba, de plano, en lo fantástico. “Te la regalo”, le dije, como quitándome un peso de encima, pero haciéndolo con tristeza. Carlos aceptó el regalo, agregando la anécdota a sus reflexiones sobre el retrato.

Un año después de la publicación de Mi abuelo y el dictador tuve la oportunidad de presentar el libro en Guatemala. Meses antes se había publicado una reseña en el suplemento cultural de el Periódico, había sido leído por una sobrina mía, editora y escritora, Inés Vielman, que desconocía mi existencia de la misma forma en que yo desconocía la suya. Inés, intrigada por si acaso yo era su familiar, había ido a comprar el libro, lo había leído descubriendo que en efecto lo era, me había mandado una solicitud de amistad en Facebook y luego me había contado cómo se enteró de mi persona, y se ofreció, amablemente, a presentar la novela si es que algún día se me ocurría presentarla en Guatemala.

Conocí a Inés aquella tarde de septiembre de 2018 en la librería Sophos ubicada en Plaza Fontabella, horas antes de la presentación. Ella llegó acompañada de un amigo suyo, el escritor y editor Arturo Monterroso, a quien le pregunté si de casualidad era familiar de Augusto Monterroso. Me dijo que sí, aunque en un grado muy lejano. Que se habían conocido en algún viaje de Tito a Guatemala, que habían conversado sobre su ancestro en común, quien por cierto había sido militar: “Un torturador, lo que no nos orgullece en lo absoluto”, dijo, ante mi asombro y desconcierto, porque la revelación del misterio era mucho menos extraordinaria que las circunstancias elegidas por la revelación para salir a flote.

Un mes después de ese viaje a Guatemala viajé a Chiapas, también para presentar el libro. La unicach había preparado un evento titulado “México, Centroamérica y el Caribe, historias compartidas”, y la feria era en gran parte un homenaje para el doctor Carlos Navarrete Cáceres, un arqueólogo y escritor de 87 años que, entre otras distinciones, cuenta con el Premio Nacional de Literatura de Guatemala. Yo sabía de la existencia del doctor Navarrete porque había sido amigo de mi padre, pero nunca había tenido la oportunidad de conocerlo en persona, de manera que mi asistencia al evento era, sobre todo, un pretexto para conocer a ese hombre que representaba muchas cosas, pero sobre todo la posibilidad de tender un vínculo con el pasado, con la historia de mi padre.

A la presentación llegaron pocas personas, pero Carlos Navarrete estaba entre ellas. Era un hombre de estatura baja, como Monterroso, como mi padre, como yo, y un sujeto lozano e inteligente, que para mi sorpresa había leído Mi abuelo y el dictador. El evento tenía que empezar y no había llegado el poeta chiapaneco que iba a acompañarme, y para no hablar solo sobre mi trabajo, le pedí al doctor Navarrete que estuviera en la mesa. Aceptó y hablamos, entre otras cosas, de la caprichosa estructura del libro, de la forma en que la anécdota central era un pretexto que se expandía del centro hacia fuera sin orden, como ciudad del tercer mundo, y dije que en el proceso de escritura me había enterado de cosas que había querido incluir, de tal manera que la novela era un sistema de cajas fronterizas, y conté lo del abuelo de Monterroso para poner un ejemplo sensacionalista, y también dije que, a mi pesar, no había podido incluir el descubrimiento porque este había llegado después de la publicación.

Más tarde comí con Carlos Navarrete y con el editor guatemalteco Raúl Figueroa. Como sucede en las conversaciones, hablamos de diversos temas que se entremezclaban, pero que siempre giraban en torno a los vínculos entre nuestros dos países y en torno a sus escritores. Raúl Figueroa, que funge como director de la Feria Internacional del libro de Guatemala, nos contó que la Cámara Industrial de aquel país se ha propuesto apropiarse de la feria, alegando que ellos son los dueños de la marca, con la velada intención de imponer la censura al decidir qué libros pueden venderse en ella y qué libros no. Luego les conté cómo había descubierto que el abuelo de Augusto Monterroso había torturado a mi abuelo. Y el doctor Navarrete, que nos miraba con atención, dijo: “Los guatemaltecos siempre hemos sido los más pequeños de Latinoamérica” —como si yo no fuera consciente de ese gen que había cruzado el Suchiate a bordo de mi padre—. “Una vez Carlos Illescas, Tito y yo fuimos a una reunión con escritores mexicanos, y cuando llegamos, Alí Chumacero, para darnos la bienvenida, dijo: ‘Ya llegaron los representantes de los países bajos’”.

Entonces sentí una especie de tristeza, porque me di cuenta de la cantidad de comentarios sardónicos, ingeniosos —como el de Cortázar— o no —como el de Chumacero— que Tito habría tenido que escuchar a lo largo de su vida. Años después de la muerte de Monterroso se siguen haciendo alusiones a su tamaño, ya sea para compararlo con la grandeza o con la brevedad de su obra, o con el inmenso tamaño de “El dinosaurio”, como forzando el vínculo entre una y otra cosa, cuando una y otra cosa no tendrían por qué relacionarse. Era, precisamente, lo mismo que yo había hecho desde que me propuse descubrir si el abuelo de Tito había torturado al mío, algo que finalmente había sido cierto, pero que, aunque cierto, no resultaba relevante. Pensé en la suerte del autobiógrafo, que no espera tanto la inspiración como las coincidencias, los vínculos irracionales, las cosas que no tendrían porqué tener ninguna relación entre sí, y que se usan con el único pretexto de escribir algo. Recordé uno de los puntos del Decálogo del escritor de Monterroso: “No olvides los sentimientos de los lectores. Por lo general es lo mejor que tienen; no como tú, que careces de ellos, pues de otro modo no intentarías meterte en este oficio”.

 

César Tejeda
Narrador. Autor de Épica de bolsillo para un joven de clase media Mi abuelo y el dictador.

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