El desabasto de combustible que ha afectado a un buen número de entidades y a un sinfín de ciudadanos, revela entre otras cosas nuestra fragilidad ante la escasez del hidrocarburo. La relación de México con el petróleo es añeja y está cargada de connotaciones que han sido capturadas por nuestra tradición literaria.

I. Laberinto

El tráfico citadino me recuerda a un laberinto de gárgaras que te escupen por calles inverosímiles. Apenas había llegado del frío Minneapolis, al norte de Estados Unidos, a una Ciudad de México congestionada de punta a punta. Estas calles te muestran el pudor de sus habitantes aunque también ingenios desmedidos. No me inmiscuiré en esta filosofía del smog, pues ya lo han hecho otros, y con éxito notable: los avanzados catecúmenos Guillermo Fadanelli o J.M. Servín bien pueden darnos lecciones sobre muladares, escupitajos o invocaciones. Estos sacerdotes han cumplido con sus sacramentos: darnos en bandeja de plata lo convencional extraordinario de una ciudad condecorada por sus arrebatos místicos, su carácter feérico o su abulia de ogro. Dependerá del gusto de cada uno, pero la ciudad podrá recorrerse desde los innumerables discípulos que han sucumbido a sus desgracias o milagros: la visión juvenil de un Carlos Fuentes en La región más transparente o la sensualidad crónica que Salvador Novo le otorga en La estatua de sal, con todo y, valga la redundancia —por esto de la repetición presidencial—, sus fifíes:

Por la avenida Madero […] me llevaron a comprar unos soñados zapatos con blanca suela de hule. Paseaban su distinguida, decadente indolencia, los fifíes que multiplicaban como muñecos de escaparate los atrevidos modelos de Bucher Bros.1

Quizá nos falte una historia teratológica de la Ciudad de México que abarque las catacumbas más serias, sus energúmenos más insignes y acaso también sus mayores desgracias. La Llorona, por ejemplo, tradición antiquísima que, según el historiador Luis González Obregón, no solo nace en la Ciudad de México sino que se expande a varias zonas de la república. Si la tradición persistió tanto no fue solo por su relación con la Conquista —uno de los augurios con que se profetizó la llegada de los españoles fue el llanto de una mujer que preguntaba por sus hijos— sino porque el llanto, en la historia de México, parece moldear nuestras pasiones. No resulta extraordinario que una de nuestras leyendas preferidas sea, precisamente, esa: la de la mujer doliente que grita y gime y, al mismo tiempo, espanta.

Ilustración: Víctor Solís

La ciudad le pertenece a cada escritor porque su esencia es subjetiva: podrá adquirir la monumentalidad de cualquier mausoleo o convertirse, a través de la pluma, en oxímoron cotidiano. Razones no faltan: la sorpresa de sus calles con simas, cordilleras y raíces de árboles que se comen el pavimento. Geografías inverosímiles en donde romantizamos los baches y el olor a fritanga; la ubicuidad de los perros en las azoteas; cables eternamente caídos; la homilía de los cláxones; el territorio presagiado de embotellamientos. Se admira al chilango por su oligofrenia relativa al aceptar como hogar a un monstruo. Muchas y muy variadas escenas de su belleza caótica persisten cuando se imprimen en un fotograma. José Tomás de Cuéllar por ejemplo, en 1856, relata:

Al suroeste se pierden en lontananza, con sus azules montañas que de dosel les sirven, los pueblos de Mixcoac florido, Padierna y Churubusco ensangrentados, San Ángel y Coyoacán. Al sureste gigantes majestuosos, cual monumento eterno de los siglos, escondiendo sus nieves en el azul del cielo, se destacan el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl.2

Qué estampa más tranquila la que nos presenta Cuéllar, casi como un lago intocado donde una piedra desparrama ondas eternas sobre la superficie.

Esta ciudad, sin embargo, también es la ciudad de la tortura, como nos recuerda Jesús Romero Flores, al hablar de los doce miembros de la familia Carvajal, una familia bien acomodada de la segunda mitad del siglo XVI, que llegó a México en 1583 cuando a don Luis de Carvajal le fue otorgada la gubernatura del Nuevo Reino de León. La dicha no les duraría demasiado: después de una acusación por motivos desconocidos frente al Tribunal de la Inquisición toda la familia caería bajo sus garras: fueron encarcelados, torturados, vejados y finalmente asesinados en un auto de fe el 8 de diciembre de 1596. He aquí el contraste terrible entre dos visiones del mismo espacio. Y es que los rostros de las ciudades son lo que hacemos de ellas: somos los abates que practicamos el fideísmo diario de vastos recorridos histéricos, trapaceros y milenarios. Bajo nuestros pies caben huesos, historias y mitos. Entrampados por la topografía de nuestra memoria, la Ciudad de México clausura su inteligibilidad por el milagro de verla viva y chapucera.

¿Qué es la Ciudad de México sino horror ecuménico al mismo tiempo que retruécano de descubrimientos? ¿Seremos todos hijos de sus deyecciones, moldes y rajaduras? ¿Nos reconocemos en sus esquinas desvencijadas y en sus oquedades repetidas? ¿Somos al mismo tiempo nobles capellanes que admiran el barbotear salvaje y turistas siempre y residentes nunca? ¿Qué tiene la ciudad que barniza con su condición nómada toda una caterva de borrachos, ladrones, familias pudientes, artistas, limosneros y un largo etcétera decisivo?

La ciudad, sin embargo, es amable, pues nos acepta: las trajineras estimulan la imaginación aunque sea porque no sabemos qué guardan aquellas aguas. Los escaparates de chicharrón pretenden transparentar una higiene recíproca que sabemos no existe. El devenir verbal de anuncios por medio de bocinas nos habla de varios apocalipsis superpuestos dispuestos a vender lo que sea. La estadística matutina de querer ayudar a los animales callejeros. Las esperas interminables en semáforos que parecen no querer cambiar de color. La plancha del Zócalo como lija indiferente que nos limpia a todos. El desabasto de combustible como estrategia de la imaginación apocalíptica.

Hemos visto de todo: pánico autoinducido, cantinfleo institucional y arranques tragicómicos. Cuando fui a cargar gasolina, me puse a observar: vendedores de agua, perros macilentos, basura concentrada en pilas imposibles, ciudadanos con bidones vacíos, un sacerdote dormido en el asiento del copiloto de un coche. Relámpagos ligeros en forma de insultos. Quizá Carlos Monsiváis tendría algo que decir de este barroquismo de alto voltaje.

De lo que estoy seguro es que esta ciudad necesita, urgente, de otra crónica.

II. Literatura y petróleo

En tiempos de desabasto por falta de gasolina, tenemos en nuestras bibliotecas instrumentos literarios que hablan de esta abundancia corrompida. Recuerdo, ahora, dos: Morir en el Golfo de Héctor Aguilar Camín (1946) y La cabeza de la hidra de Carlos Fuentes.

Y es que el petróleo mexicano ha dado de qué escribir, aunque nuestra crítica literaria haya sido, lamentablemente, parca en sus descubrimientos. Apenas Luis Mario Schneider y Edith Negrín han sido los discípulos escogidos para romper de un sablazo el silencio alrededor de esta literatura. Otros también han incursionado en su evolución. Helen Louis Rapp, por ejemplo, escribió, en 1957, una de las pocas tesis en torno a esta literatura: “La novela del petróleo en México”. Veamos.

Después de un breve recorrido histórico sobre los inicios de la industria petrolera, la autora analiza cinco manifestaciones de la literatura del petróleo en México, iniciando con Xavier Icaza (1892-1969) y su Panchito Chapopote (1929); Bruno Traven (1882-1969) con La rosa blanca (1929); Gregorio López y Fuentes (1895- 1966) con Huasteca (1939); José Mancisidor (1894-1956) con El alba en las simas (1955) y finalmente Héctor Raúl Almanza (1912-2005) con Brecha en la roca (1955). En sus conclusiones, Rapp genera algunas felices intuiciones que hay que recuperar. Creo que muchas novelas del petróleo —La rosa blanca, por ejemplo— son marcadamente maniqueístas, pues presentan una lucha muy clara entre los capitalistas que quieren perforar la tierra y los propietarios —mexicanos, casi siempre— que pretenden defenderla. Se establecen límites morales entre unos y otros, y algunas de estas narraciones bien podrían ser consideradas una apología de la nación en contra de la injerencia extranjera. Estamos en una época, recogida por la literatura, antimperialista.

En varias de estas narraciones, la figura de Lázaro Cárdenas es presentada con devoción y respeto, generando un corte inmediato entre aquellos que defienden la decisión del presidente y otros que buscan inmiscuirse en conspiraciones extranjeras para salvaguardar sus intereses. Edith Negrín, en un artículo, resume las distintas etapas por las que ha pasado esta literatura .

Según Negrín, en una primera etapa, “el petróleo aparece como un elemento portador de las fuerzas del mal, cuya súbita aparición, o descubrimiento, destruye los sentimientos solidarios de los tranquilos habitantes de las zonas agrarias…”.3 El petróleo como fuerza disruptiva de comunidad. En una segunda etapa los textos simbolizan “…la independencia nacional (…) Se trata de novelas nacionalistas, sustentadas en la ideología de Lázaro Cárdenas”.4 El petróleo como pilar del poder, catecismo revolucionario, capellanía del nacionalismo. El tercer grupo de novelas vuelven mucho más complejo el problema, pues como dice Negrín, “…aquí la descomposición lo ha permeado todo: las relaciones laborales, las políticas y las amorosas”.5 El petróleo como material corruptor que ya no requiere la intervención del extranjero para volverse moralmente opaco, legalmente corruptor y políticamente conveniente.

Morir en el Golfo o la imaginación del poder

Morir en el Golfo, de Héctor Aguilar Camín, es una novela que requiere ser leída a partir de dos desdoblamientos: primero, como trasfondo de una serie de luchas alrededor del petróleo, iniciadas desde principios del siglo XX con la intervención de capital extranjero en México, pasando por una etapa de defensa del hidrocarburo hasta llegar a las formas más complejas de contaminación política.

En segundo lugar, esta obra se entiende mejor si la leemos junto a La guerra de Galio y La conspiración de la fortuna . Esta trilogía facilita el entendimiento de la formación del poder político en México, no solo porque presentan un amplio mosaico de personajes que quieren intervenir en la vida pública como reconocimiento vital de su poderío, sino también porque el poder en México, parece decirnos Aguilar Camín, es una empresa que fagocita a sus participantes. De una u otra forma sus personajes son reyes en desgracia, caídos sempiternos que se abalanzan a una redención instrumental: la de verse redimidos por la Historia, la cruz de sus sacrificios.

En Morir en el Golfo, Aguilar Camín presenta la historia del conflicto por unas tierras preñadas de petróleo en donde dos personajes —pertenecientes al sistema político mexicano— lucharán por obtenerlas. Por un lado tenemos a Lázaro Pizarro, un líder sindical que ofrece dádivas al por mayor y que ha creado, en Veracruz, una especie de Edén sindical en donde ejerce la razón del faraón. Lázaro Pizarro es un personaje extraordinario en la literatura mexicana porque, a pesar de su poder, no se embriaga en él, sino que lo dosifica. Encuentra en la política un campo fértil de oportunidades que no hay que desperdiciar, entiende de jerarquías, confía en la elocuencia del lenguaje y es avispado como pocos en cuanto a los móviles de los hombres.

Del otro lado tenemos a un político, Francisco Rojano, presidente municipal de Chicontepec, y a su esposa, una mujer sagaz, inteligente y talentosa: Anabela Guillaumín de Rojano. El narrador protagonista de la historia, un periodista llamado el Negro, registrará, paso a paso, la cruenta lucha entre estos dos polos del poder. El petróleo, en esta novela, se muestra por los resultados que genera: grandes obras que ayudan a uno u a otro, grandes pasiones que terminan por derrumbar a los protagonistas; el petróleo como un fantasma negro en un cuarto oscuro al que es difícil atrapar. En esta novela el lector verá la ristra de capellanes enfrascados en la lucha por las tierras en Chicontepec. ¿Qué es lo que hay en juego? Nada más y nada menos que “el más ambicioso complejo de explotación petrolera y petroquímica de América”.6

El petróleo se convierte en el sueño intranquilo de estos dos políticos: estamos ante un juego del lenguaje, de las apariencias, de biombos que esconden sombras informes detrás de ellos. Morir en el Golfo es una novela sobre nuestra insuficiencia: tanto Francisco Rojano como Lázaro Pizarro son dos peones más dentro de un drama mucho mayor: aquel de nuestras caídas más estrepitosas, que van desde el amor inmarcesible y platónico hasta el napalm que estamos dispuestos a echarle a nuestros enemigos.

La cabeza de la hidra o la farsa del petróleo

Si Morir en el Golfo es una novela que propone leer el poder y el capital que provienen del petróleo desde una clave realista y con consecuencias palpables en el mundo, Carlos Fuentes decidió —quizá por esa manía de abarcarlo todo— hacer una especie de teatro ecuménico alrededor del petróleo como tragicomedia: surrealismo político aderezado con chilaquiles, facsímil de thriller de maíz, teatro político con rictus de hombre enchilado.

Es decir: una historia muy mexicana que posee visos de conspiración internacional, pues el protagonista, Félix Maldonado, oscuro burócrata, Jefe de Análisis de Precios de la Secretaría de Fomento Industrial, se ve envuelto en una intriga internacional cuyo eje es el petróleo mexicano. Desde que Maldonado, al principio de la novela, llega a su oficina, nadie parece conocerlo: ni su secretaria, ni el del ascensor, ni el que le escribe sus cheques. Pronto, el lector se dará cuenta que el Director General, su secretario particular, la esposa de este, el Profesor Bernstein —que fue su maestro— y una constelación de personajes intervendrán para poder explicarle al pobre Maldonado lo que sucede a su alrededor.

Desde mi punto de vista, La cabeza de la hidra, a pesar de poner en su centro al petróleo mexicano, sirve para apuntalar su tragedia: la corrupción, las rencillas por el poder, la mala distribución de las riquezas que genera. Carlos Fuentes convierte el diálogo en misterio perpetuo, en donde las palabras poseen un doble fondo gris, que puede ser entendido de muchas maneras, dependiendo de la gaveta que el lector pretenda abrir. Se clausuran, así, las formas inteligibles de entender lo que representa nuestro petróleo: ¿entiende Félix Maldonado la totalidad de la conjura en la que se ve envuelto? ¿Hay que leer esta novela como una esperanza fracturada respecto a las posibilidades de México de convertirse en potencia o como un suicidio nacional anunciado?

Los personajes, al contrario de los de Aguilar Camín, surcan caminos sugeridos por fuerzas que no pueden entender. En Morir en el Golfo los personajes recorren plazas que, de alguna forma u otra, pueden más o menos controlar: Lázaro Pizarro desde el Edén reconvertido; Francisco Rojano desde la ambición de Ícaro; el Negro desde el periodismo como verdad; Anabela como la titiritera del destino. En La cabeza de la hidra, en cambio, Félix Maldonado, Sara Klein —un amor platónico del protagonista—, el Profesor Bernstein e incluso el Director General, parecen moverse a partir de la fatalidad que los une: una conspiración internacional en donde ellos avistan sus propios abismos de timidez y mediocridad. La novela funciona porque la leemos como la multiplicación irracional de promesas que el petróleo trae consigo. Tal vez por eso Carlos Fuentes concluye esta novela en una nota alta, es decir, invocando a la Historia. Un final precioso, desde mi punto de vista, estéticamente pulido, la promesa de una muñeca que le transfiere a la pluma propiedades mágicas:

Como la hidra, el petróleo renace multiplicado de una sola cabeza cortada. Semen oscuro de una tierra de esperanzas y traiciones parejas, fecunda los reinos de la Malinche bajo las voces mudas de los astros y sus presagios nocturnos.7

¿Qué tiene que ver Félix Maldonado y su pequeñez histórica con la fuente primigenia de nuestro supuesto poder, el petróleo mexicano? ¿Qué hace un oscuro burócrata de la Secretaría de Fomento Industrial cuyo mayor deseo, antes de su catástrofe, era saludar de mano al Señor Presidente frente a la figura portentosa de la Malinche, angustia cerrada de generaciones enteras de mexicanos? Quizá la lección de esta novela yazca, precisamente, en las profundidades: en que Carlos Fuentes entendió que prever el fracaso de la promesa del petróleo a través de la tragicomedia funcionaba perfectamente en un país entregado a ella.

El desabasto de gasolina nos recuerda que la memoria del petróleo sigue generando álbumes familiares que tendremos que registrar en el recuerdo: las ansias fugitivas de un tesoro geológico crónico y misterioso.

 

Guillermo Fajardo
Doctorando en Literatura Hispanoamericana por la Universidad de Minnesota-Twin Cities. Autor de Los discursos presidenciales (Editorial de Otro Tipo, 2017).


1 Salvador Novo, La estatua de sal, Fondo de Cultura Económica, 2008, p. 118.

2 Gustavo Jiménez Aguirre, Crónica, núm. 2, p. 114.

3 Edith Negrín, “Morir en el golfo, novela mexicana del petróleo, de Héctor Aguilar Camín o la verdad sospechosa”, Actas del XIV Congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas: New York, 16-21 de Julio de 2001 / coord. por Isaías LernerRoberto NivalAlejandro Alonso, Vol. 4, 2004 (Literatura hispanoamericana), p. 483.

4 Ibid.

5 Ibid.

6 Héctor Aguilar Camín, Morir en el golfo, Ediciones Cal y Arena, 2014, p. 135-136.

7 Carlos Fuentes, La cabeza de la hidra, Alfaguara, 2007, p. 445.

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