El siguiente texto revisa las dudas e inquietudes que ha dejado el nombramiento de Paco Ignacio Taibo II para una editorial como el Fondo de Cultura Económica. Doce puntos que abonan al debate en torno a otra polémica más del nuevo gobierno.

1.

Hay géneros literarios que cargan con un estigma entre las cúpulas de la “alta cultura”: la novela policiaca y la ciencia ficción, por ejemplo. Hay una generalización del todo común: lo popular se identifica con lo chafa, lo mal hecho, lo chatarra. Desconfiamos de los best-sellers y de la música que suena en todos lados, justo por eso: por su popularidad. Nada tan popular puede ser bueno, nos decimos. Pero la realidad se impone: el silogismo que lleva a esa conclusión está viciado de origen. Tenemos que seguir abiertos: en los géneros literarios más populares no todo es cultura mainstream y siempre existirá la posibilidad de que produzcan obras que valgan la pena, de acuerdo con sus propias intenciones y búsquedas.

Claro que yo también tengo a veces la sensación de que el capital nos mete un bocado ya deglutido en la boca, como si fuéramos polluelos. Por eso tenemos que estar muy a las vivas: ni caer en el clasismo chapucero, ni caer mecánicamente en las redes del poder económico, que a menudo impone ciertas manifestaciones y margina otras. Lo ideal, en cambio, sería vivir bajo un principio de Eclesiastés: hay tiempo para todo.

2.

Paco Ignacio Taibo II no me gusta como escritor. ¿Hay cortedad de miras de mi parte, al no entenderlo como un autor popular, sin mayores pretensiones estéticas, y cuya presencia enriquece el panorama literario, deseablemente plural? ¿O hay, por el contrario, una imposición del poder económico al difundir tan insistentemente su obra?

Sea como fuere, ni ser un buen escritor ni ser uno malo —aunque su obra es una de las cartas centrales de quienes defienden su nombramiento– califica o descalifica a Taibo II para ser un buen director del FCE. El Fondo es una editorial. Necesita un editor y un gerente y un administrador competente. Un escritor no tiene por qué ser ninguna de esas cosas. Escribir no es garantía de saber editar –de los anteriores, el oficio más cercano a la escritura–; es tan falso decirlo como afirmar que un editor, a pesar de dedicarse a la lectura profunda, sería necesariamente un buen escritor de proponérselo.1 En general, los grandes editores de la historia han sido primordialmente eso: editores, un papel tan modesto, por ocultarse tras la notoriedad de otros, como indispensable. No sé si la modestia sea una condición esencialdel buen editor. Eso sí: Taibo no la tiene.

3.

Además de su carrera literaria, hay otra carta que se ha jugado a favor del nombramiento de Taibo: su desempeño como director de la Brigada Para Leer en Libertad, una Asociación Civil dedicada a fomentar la lectura. La Brigada participa en diversas ferias del libro e inserta, dentro de esa dinámica capitalista, una disonancia importante: regala libros o los vende muy baratos. También organiza diversas actividades, en parte para seguir con esa labor de difusión, en parte con otros fines. Algunos de los libros que distribuye son ediciones hechas por la misma Brigada. Algunos son donaciones que la Brigada consigue. Algunos son comprados por la Brigada en saldos o a precios por debajo del precio comercial y revendidos de manera que solo recuperan lo invertido. Un ejemplo: Taibo II es autor de Planeta; la editorial ofrece un descuento más o menos sustancioso a sus autores cuando quieran adquirir sus propios libros. Taibo II, entonces, le compra sus libros y la Brigada los revende con ese mismo descuento. La Brigada Para Leer en Libertad ha luchado por hacer un trabajo loable, y le deseo la continuidad que merece. Una cosa tiene curiosa: uno de los autores más difundidos por la Brigada parece ser el propio Taibo II. Fomento a la lectura a la par que autopromoción; capitalismo a la par que supuesto comunismo, pues los libros se democratizan un poco más, pero la figura de Taibo crece gracias a esa democratización. Rara manera de leer en “libertad”.

El editor, entre otras cosas, forma un catálogo. ¿Formará Taibo el suyo como ha formado el de los libros que difunde mediante la Brigada, con él como centro? Ya sé, ya sé: no se editará ni difundirá su obra mediante el FCE. Me refiero, ahora, a la amplitud de miras que se necesita para formar un catálogo a la altura. En sus declaraciones recientes, ha dicho que los “gustos” editoriales de su gestión estarán marcados por sus locuras. ¿Eso qué significa, si no la imposición de su gusto personal, que se asume como aquel que el país necesita? El FCE ha sido sitio de muchas voces, contradictorias a menudo, no de un canon estrecho.

4.

El libro es producto de una larga reflexión sobre el mejor soporte para la escritura. Un tabique, mucho menos pesado que una piedra de su tamaño, hecho de hojas dobladas y cosidas en el lomo. Cada hoja, un espacio y un momento distintos. Transformó el conocimiento: lo dividió en unidades sucesivas, que recorremos como una ciudad, cuadra tras cuadra. Desde su origen, el libro insufló el conocimiento con dos fuerzas paralelas: preservación y transmisión. En los monasterios, los copistas volcaban todo su ser en la elaboración de manuscritos que, una vez terminados, se guardaban en una biblioteca, accesible para muy pocos: preservación más que transmisión. Todo cambiaría cuando Gutenberg inventó la primera imprenta de tipos móviles europea y la palabra escrita entró en la época de su reproductibilidad técnica, según el propio Benjamin, condición que se hizo más vertiginosa con las revoluciones industriales. Ahora, todo se hace mediante computadoras, y en softwares que pueden aprenderse a manejar en YouTube. El tiempo de la computadora es relampagueante. Todo sucede con más prisas. Y las prisas, sí, conllevan descuidos. Editar un libro tiene que pasar por un respeto profundo al texto. Y respetarlo es, entre otras cosas, reproducirlo en un estado que aspira a ser ideal. Si es así, el lector se olvida del editor y puede poner toda la atención al contenido. Si no es así, el editor, más que ser un feliz intermediario, se vuelve un incómodo lastre.

Sí: nunca había sido tan fácil hacer libros. Pero ello también ha implicado una desprofesionalización de los oficios involucrados en el proceso: parece fácil ser editor, diseñador, formador, lector de pruebas… Y no lo es. Tampoco es barato. Recordemos esas dos fuerzas de origen. Preservar qué. Transmitir qué. Cómo.

5.

De los libros que La Brigada para Leer en Libertad ha editado, yo tengo uno: Una antología levemente odiosa, de Roque Dalton. La selección de los textos y el prólogo –un texto crítico notable, que nos guía por la trayectoria del poeta salvadoreño, asesinado en 1975– corrieron a cargo del poeta mexicano Óscar de Pablo. La voz de Dalton merece estar muchísimo más presente entre nosotros, y por eso celebro esta edición. Es una lástima, sin embargo, que esté plagada de erratas. No me atrevo a criticarla porque sospecho que el libro, planeado para regalarse, se hizo con pocos recursos. Si ahora lo traigo a cuento, es porque el anuncio central de la gestión entrante del FCE es justo hacer libros muy económicos y accesibles para toda la población. ¿Será válido, entonces, hacerlos sin todo el cuidado necesario, con tal de hacerlos más y más baratos? A mí me gustaría más bien lo contrario: que esos libros fueran los mejores de todos, los más cuidados, los más pulidos y trabajados, desde las labores filológicas editoriales. Para eso, sin embargo, muchas cosas tendrían que cambiar en ese esquema.

6.

El FCE no ha estado exento de prácticas nocivas y despilfarradoras. Urge, como en tantos casos, una auditoría. Y no hablemos de la asimetría salarial: el pago que últimamente se ofrecía, por poner un ejemplo, a los correctores de estilo y lectores de pruebas –oficios cruciales, si bien menospreciados– era ridículo, y más si se le compara con los sueldos de los altos mandos burocráticos de la paraestatal. Que se acabe con los excesos y la corrupción me parece indispensable. ¿Se acabará también con esa asimetría? Ya se ha anunciado que bajarán la remuneración de los mandos altos y medianos del FCE, gracias al deseable plan de austeridad vigente, y que no modificarán la de los demás. ¿No sería mejor que sí aumentaran los sueldos, fijos o a destajo, de los condenados a galeras? ¿O se mantendrá la precarización laboral, en pos de una mayor democratización de la cultura?

7.

Como el de la música o la literatura populares, hay muchos clasismos soterrados. El de la buena ortografía, por ejemplo. La ciudad letrada cierra sus murallas y deja fuera a quien no sepa leer y escribir, o a quien escriba mal (y hable mal). La ortografía, por supuesto, debe ser uno de los pilares educativos. Pero el sistema ha fallado: se transmite más mediante un adiestramiento mecánico, tantas veces fracasado, y no mediante una reflexión profunda del idioma.

Lo mismo pasa con el fomento a la lectura: se asume que leer nos hará mejores personas. ¿Pero leer qué? ¿De qué manera? ¿Mejores según cuáles parámetros? Hay un libro precioso de Margit Frenk: Entre la voz y el silencio: la lectura en tiempos de Cervantes.2 Desde el mundo letrado de hoy, asumimos que la lectura es un acto individual y silencioso. En los tiempos anteriores y contemporáneos al Quijote, era también un acto comunitario. Leer era escuchar leer. Para leer así, para saber leer así, no se necesitaba ningún grado de alfabetización. ¿Cuánto les estamos negando a las comunidades orales de nuestro país, al asumir que están en un escaño inferior, por no participar de ese fenómeno civilizatorio e individual que es la lectura? ¿No se parece un poco todo esto a los procesos de evangelización?

No se me malentienda: siempre apoyaré los proyectos educativos, de alfabetización y fomento a la lectura. Pero creo que debemos replantearnos cómo se llevan a cabo y qué implicaciones tienen. La lectura puede ser una forma inagotable de crecimiento, y sería ideal que la compartiéramos con más y más gente. Pero también reconozcamos las bases indispensables para que ese crecimiento se dé, y también que hay otras formas en que ese crecimiento –intelectual, espiritual, humanitario– puede suceder, y sucede. Hacerlo conllevaría dinámicas más colectivas y menos paternalistas; menos adoctrinamiento y más pensamiento crítico.

8.

Hacer libros baratos, como parte del fomento a la lectura, no deja de ser una estrategia capitalista. De fondo, parece decirse: para leer hay que poseer libros. Y una vez que tengo el libro, ¿qué hago con él? Si lo poseo y no lo leo, ¿qué? Desde una perspectiva colectiva, valdría la pena preguntarse: para leer un libro, ¿debo poseerlo? La experiencia nos enseña lo contrario. Véase el hermoso trabajo de la red de bibliotecas colombianas, o el de la Biblioteca Vasconcelos en México —en riesgo, por cierto, de claudicar en sus esfuerzos, por las disposiciones del gobierno entrante—: hay otras formas de poner buenos libros al alcance de los posibles lectores. Y no solo eso: de acompañarlos en su formación activa, con círculos de lectura, con pláticas con escritores, con talleres de calidad, con los vínculos entre lectores y bibliotecarios no indiferentes. Además, una biblioteca despierta el apetito: hay todos esos libros que no he leído, y puedo tenerlos en mis manos, un tiempo siquiera. Vale más la pena leer un libro impecablemente bien hecho, que, si bien no puedo comprar, la biblioteca me presta, a poseer un libro baratísimo, pero mal hecho. Este es solo un ejemplo, pero ¿no sería mejor dejar al Fondo hacer más y mejores libros, e imaginar, desde el gobierno, nuevas políticas educativas y culturales para que el fomento a la lectura sea eficiente —lo mismo con la alfabetización— y escape de las dinámicas de un sistema fallido?3 Quiero decir: sería más importante impulsar esos vínculos comunitarios de lectura que hacer montones y montones de libros. En esos vínculos —en crearlos y fortalecerlos, al centro de cada comunidad y no solo de manera itinerante—, pienso, tendría que estar el centro de la estrategia.

Además me preocupa, en las declaraciones de Taibo, un desprecio por el catálogo del FCE, de las colecciones y géneros que publica. ¿Cómo que el FCE es, si seguimos su visión, una monstruosa casa de monstruosidades? Un libro como el de Margit Frenk será difícilmente popular. ¿En serio bajo la dirección de Taibo II se procurará la permanencia de libros como ése, hitos editoriales, si bien académicos? Yo noto más bien un desprecio por títulos así, considerados por él como mero consumo de élites. Esos libros “especializados”, es cierto, no aspiran a difundirse entre todos los habitantes del país, sino a llegar a las manos adecuadas. Si se logra ese feliz encuentro, les dan a esas manos herramientas para acaso construir, desde su radio de acción, otras realidades. Me preocupa, pues, que el enfoque principalísimo de la gestión entrante esté en nuevas colecciones populares, como “Vientos del pueblo” —creación que por cierto celebro—, y se abandonen las otras líneas editoriales. No basta con reeditar El Capital: a mantener, en cambio, viva y vigente y vasta la colección de economía. Revisemos los errores, sí. Pero no todo ha sido error.

10.

En algunas críticas a la llegada de Taibo al FCE he visto cómo se defendía lo indefendible: la xenofobia constitucional o la gestión reciente de la paraestatal, por ejemplo. Lo mismo del otro lado: gente que minimizaba sus dichos nefastos, con tal de verlo ocupar el puesto que, según ellos, merece. Yo no le resto importancia a algunas de las labores que Taibo II ha llevado a cabo en su carrera, y en más de un sentido me reconozco afín a sus posturas ideológicas. No obstante, y aunque al FCE lo haya dirigido hasta un expresidente —aunque el cargo sea político, pues—, ello tampoco vuelve su perfil el indicado para asumir esas labores. De hecho, en esta “Cuarta Transformación”, yo hubiera deseado un nombramiento menos político y más sensato —como el de Margo Glantz, en un inicio, por ejemplo. Un director o directora que “hiciera temblar la casa”, pero con un plan verdaderamente propositivo y no reduccionista. Reconozcámoslo: el FCE no estaba siendo ya lo que fue. Publicaba cada vez menos; no publicaba, en muchas ocasiones, lo que tenía que publicar; y se tardaba demasiado en reeditar clásicos fundamentales de su catálogo. En sus mejores años, fue quizá la mejor editorial de habla hispana, en constante y atinada actualización. Ahora se ve difícil que vuelva a serlo.

11.

¿Hay un clasismo similar al ortográfico al dar un respingo frente a libros mal hechos, mal diseñados, mal impresos, con erratas? Es cierto: el Quijote seguirá siendo el Quijote, aun en la edición más horrorosa imaginable. El texto se impone sobre la forma. Cabe, pues, la posibilidad de que un libro sea maravilloso por su contenido, aunque su continente sea deficiente. Pero no me parece frívolo desear que los libros, ya que dependen de la tala de árboles y de un proceso que de cualquier manera conlleva un costo, demuestren, de la única manera en que pueden hacerlo, ese amor filológico por el conocimiento, y con mayor razón si van a pagarse con recursos estatales. Cuando es así, el texto también cambia, cómo no; su recepción mejora. Creo que Taibo ha dado muestras de que a él sí eso le parece frívolo, o al menos secundario. También él, o gente cercana a él, ha dicho que la poesía —si no es revolucionaria o combativa— es un arte elitista. Más bien: su manera de entender la poesía lo es. Por dos razones: 1) deja de lado las manifestaciones vitalísimas de la poesía oral;4 2) parece negar, de manera francamente paternalista, la posibilidad de que los lectores, con el desarrollo de sus capacidades críticas, puedan acceder a lo que se les dé la gana. ¿Qué poesía se editará en el FCE? ¿Ninguna, por no ser popular? ¿Solo la que pueda aspirar a serlo, según su visión? A veces, esa lógica se parece también a la mercantil: se impone lo comfortable, lo conocido, lo fácil.

12.

Hay una realidad avasallante: muchísima gente que podría leer no lo hace. Taibo parece reducir el problema a una cuestión de posibilidades económicas: no leen porque no pueden tener una biblioteca personal. Puede ser una razón, sí. Pero hay algo mucho más profundo, que pasa también por la opresión e imposiciones capitalistas: ni teniendo libros la gente lee, porque leer no les ofrece lo que otras cosas sí. O lee solo pocas cosas que se alinean con su ideología y sus necesidades de evasión. Leer, a menudo, incomoda, desafía, provoca. Y el mundo está en un caos tan tremendo que muchas veces buscamos más aquello que nos haga sentir en calma. Lo conocido, lo digerible. Lo que no nos haga pensar mucho. Ya sea porque las preocupaciones vitales no dejan espacio a nada más; ya sea porque el mucho trabajo agota; ya sea porque me resulta más divertido hacer otras cosas. Si queremos un país de más lectores, tenemos que mirar esas realidades, algunas de las cuales el nuevo gobierno se ha propuesto transformar. Si lo logra, ojalá que su descuido del mundo editorial, mediante este nuevo FCE (que absorberá la DGP de la Secretaría de Cultura, volviéndose una especie de mando único de los libros; absorción que, según se ha dejado ver, tendrá montones de daños colaterales) y su anunciado desamparo a las editoriales independientes (quienes no deberían de depender del gobierno, pero dependen del gobierno, en un país de pocos lectores y poco poder adquisitivo), no los deje, a esos posibles lectores futuros, sin buenos y variados libros.

 

Emiliano Álvarez
Poeta, ensayista y editor. Es autor de: Sólo esto (Premio Elías Nandino, 2017).


1 Hay notables excepciones: Calasso, por ejemplo, es un autor descomunal y un editor no menos importante. En su caso ambas actividades llegan a fundirse en un mismo trabajo entregado a la literatura y desde la literatura.

2 Margit Frenk, Entre la voz y el silencio. La lectura en los tiempos de Cervantes, FCE, México, 1997.

3 Hablando de bibliotecas, celebro que Taibo vaya a abrir una en la normal de Ayotzinapa. Con todo, el gesto, evidentemente simbólico, no guarda relación con lo anunciado hasta ahora por él. De hecho, en la concepción de ese mando único de los libros en que están volviendo al FCE, Taibo II rechazó hacerse también cargo de la red de bibliotecas del país. Si vemos su propaganda, anuncia que enfocará la mayoría de sus fuerzas al fomento a la lectura. La cosa es desde dónde y si podemos considerar un acierto del gobierno hacer de la paraestatal un centro de fomento a la lectura, más que una editorial. ¿No sería deseable continuar con más y mejores esfuerzos en ambos frentes? Podría parecer una ampliación de las atribuciones del Fondo. En realidad, puede llevar a un reducimiento de las labores, en ambos frentes, por parte del Estado.

4 Yo también deseo, por supuesto, que México se vuelva un país de lectores. Pero también me gustaría que nos saliéramos un poco del adoctrinamiento de la palabra escrita, y entendiéramos que la literatura no solo está en los libros. Que impulsáramos y cuidáramos, pues, esa oralidad.

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