El nuevo libro de Roger Bartra tiene un título tan posmoderno como curioso, Robots y chamanes, y se presenta en la FIL Guadalajara 2019. Semejante título amerita sin duda las preguntas de esta entrevista.

En Chamanes y robots (Anagrama, 2019) Roger Bartra propone un futuro donde los robots pasarán de una inteligencia a una conciencia artificial mediante prótesis que él denomina “exocerebros”: máquinas que dejarán de ser “objetos” a “sujetos”, con todas implicaciones culturales y científicas que esto traiga. Roger Bartra asocia y analiza también los conceptos tradicionales y culturales del chamanismo, desde sus orígenes, con los de la medicina moderna y con la ingeniería en el efecto placebo, para de esta forma conducirnos, con ejemplos puntuales más cercanos a la ciencia ficción, por un mundo fascinante y casi antitético: el de los robots y de los chamanes, el de la disminución o eliminación del dolor en los humanos y la búsqueda del placer y el bienestar frente a las nuevas herramientas tecnológicas.

Óscar Garduño: Me parece emblemático, Roger, y hasta cierto punto contradictorio culturalmente, el título mismo del libro: Chamanes y robots, es decir, la asociación que haces entre dos conceptos que parecerían totalmente ajenos, ¿cómo es que llegas a este título, a este nuevo trabajo?

Roger Bartra: En realidad “chamanes” lo empleo con referencia al efecto placebo, el cual es, en realidad, la influencia que tienen los rituales y los símbolos culturales en las redes cerebrales; también asimilo, bajo el nombre de “chamanes”, a los médicos modernos (con todo y su bata blanca), que utilizan intensamente el efecto placebo, desde luego sin confesarlo, porque en el momento en que lo confiesen, dicho efecto dejar de ser, porque el efecto placebo parte de un simulacro que el paciente desconoce.

OG: ¿Qué es lo que demuestra esta primera exposición con la que inicias Chamanes y robots?

RB: Es una prueba más de lo que ya había desarrollado en otro de mis libros, Antropología del cerebro, de que la conciencia opera no solamente dentro del cerebro, sino fuera, y de que pasa por estos rituales culturales. Esto, como bien señalas, se desarrolla en la primera parte de Chamanes y robots, desde un punto de vista muy etnológico respecto al tema del chamanismo, de sus orígenes tradicionales en la antigua Siberia.

OG: Para continuar con lo que denominas “conciencia expandida”.

RB: Así es: una conciencia que recurre a prótesis, lo que yo llamo “exocerebro” en la robótica. Hoy en día ya tenemos robots que son mucho más inteligentes que los humanos en campos muy específicos y especializados, pero que aún no tienen conciencia.

OG: La conciencia de los robots es, de hecho, uno de los ejes centrales de Chamanes y robots.

RB: Por eso en la segunda parte planteó una pregunta: “¿podrán algún día los robots desarrollar una conciencia artificial de la misma manera en que ya lo han hecho con la inteligencia artificial?”.

OG: Y de hecho en este libro contrapones distintas teorías: entre los que señalan, por un lado, que tal cosa es posible frente a los que, por otro, señalan que jamás va a ocurrir.

RB: Exacto, y ahí critico, también, ciertas teorías acerca de la conciencia, en especial aquellas que señalan que la conciencia es una ilusión; yo creo, sin embargo, que no se trata de una ilusión, que es algo perfectamente comprobable… los que piensan que es una ilusión son los que encierran la conciencia en el cerebro y a partir de ahí piensan que se trata de efectos cerebrales que engañan.

OG: De hecho, actualmente hay toda una discusión respecto al tema de la conciencia.

RB: Sí, y llegamos a la propuesta de que tiene que haber una cultura robótica, ya que si hay un entorno cultural de los robots, entonces eso podrá funcionar como una conciencia, pero es algo que aún está por verse.

OG: ¿En términos antropológicos consideras este futuro una suerte de retroceso o de avance en cuanto a las capacidades que desarrollará el ser humano al lado de los robots y de esta nueva cultura?

RB: Será, sin duda, un avance, pero un avance peligroso (todos los avances tecnológicos lo son, y este sería mucho más que tecnológico): estamos hablando de máquinas que han pasado de ser un objeto a ser un sujeto y ya no es un problema tecnológico sino que tenemos una conciencia artificial.

OG: ¿Cuáles podrían ser las consecuencias?

RB: De hecho, ya estamos viviendo esas consecuencias con la inteligencia artificial en el desplazamiento de mano de obra, por ejemplo… Es muy positivo el proceso, sin duda, pero también tiene efectos negativos. Lo mismo podrá ocurrir con la conciencia artificial en cuanto se logre avanzar en ese terreno. Se avanza bastante rápido, sin embargo, me parece que el tema de la conciencia es muy complicado…

Presentación de Chamanes y robots dentro de la XXXIII Feria Internacional del libro en Guadalajara, 1º de Diciembre 2019. (Foto: @FIL/ Susana Rodríguez)

OG: ¿Te parece que estaríamos hablando del surgimiento o reforzamiento de una ética robótica?

RB: Por supuesto: si hay conciencia artificial tiene que haber una moral, una ética robótica. Se plantea de inmediato el tema de los derechos jurídicos, también, ¿podrán votar los robots en las elecciones?, ¿qué derechos van a tener? A partir del momento en que hay una conciencia, así sea artificial, surgen muchos problemas.

OG: ¿Como cuáles?

RB: Esas máquinas inteligentes y conscientes que trabajen para nosotros, ¿van a ser esclavos o van a tener autonomía? De momento los robots que hay son simplemente esclavos: son instrumentos que siguen siendo objetos, a la manera en que los griegos consideraban a los esclavos, como un instrumento… pero en el momento en que haya conciencia artificial habremos dado otro salto.

OG: Tan cercanas a distintas hipótesis de ciencia ficción…

RB: Es esta idea, un poco quimérica, de subir a una computadora la mente de un individuo, extraerla y ponerla en una computadora, en un robot, que sería como extraer, chupar, succionar, la conciencia de un individuo y plantarla en una máquina. Bueno, como hasta ahora no se sabe bien a bien cómo funciona el cerebro eso es completamente utópico y no creo que por ahí vaya a haber un desarrollo importante más allá de que quede como un planteamiento, como bien señalas, de la ciencia ficción. Son los saltos técnicos, por sí mismos, los que van a conseguir que se modifique el aprendizaje profundo: el hecho de que las máquinas puedan aprender autónomamente partiendo de cero.

OG: En el plano político, ¿cuál sería la función de esta conciencia artificial?, ¿habría alguna función política por parte de la conciencia artificial?, ¿tendría que existir una regulación por parte del Estado?

RB: Desde luego, si pensamos en formas de conciencia artificial, es decir, que haya una importante autonomía de la máquina, que se trate de un sujeto, forzosamente tiene que estar regulado legalmente y, por lo tanto, tendrá que intervenir el Estado, los gobiernos, inevitablemente, para regular las relaciones entre estos nuevos sujetos y los humanos.

OG: Actualmente, con el uso de las redes sociales y los teléfonos inteligentes, sabemos que se han presentado casos donde el Estado ha pretendido regular los contenidos de Twitter o de Facebook, ¿estás a favor?

RB: Depende de las regulaciones. Sí estoy de acuerdo en que tienen que estar reguladas las redes inteligentes, Internet. Se trata de un espacio social que no puede dejar de regularse; ahora bien, hay de regulaciones a regulaciones y en esto es muy parecido a la política en relación a la gente. Tiene que haber leyes, sí, pero se tienen que discutir cuáles, y ahí es donde entran distintas posiciones políticas.

OG: ¿Lo mismo ocurre en materia de inteligencia artificial?

RB: Así es e incluso hay quienes temen que se desarrolle una especie de Big Brother que nos va a controlar, que significa un espionaje, que efectivamente las empresas hacen a través de Internet. Hay toda una problemática, pero en cuanto haya máquinas conscientes significará una revolución increíble y forzosamente se va a tener que regular, ya que el primer problema es que si de objeto pasó a sujeto esa máquina va a tener derechos, sí, pero cuáles.

OG: El teléfono inteligente podría ser un antecesor de esta conciencia inteligente.

RB: Sí, el teléfono inteligente, como la música, como el lenguaje, como el arte, es parte de nuestra conciencia, de esta parte externa que es el “exocerebro”. Y lo que he planteado es que los robots van a tener que desarrollar un “exocerebro” robótico e incluso he jugado con la idea de que los propios humanos podrían ser ese “exocerebro”: esclavos de las máquinas, es decir que nosotros seríamos las prótesis de las máquinas inteligentes.

OG: Seguramente eres un gran aficionado a la ciencia ficción.

RB: De joven veía muchísima ciencia ficción. Yo tenía sobre todo dos aficiones, no sé por qué ahora ya no veo tanta: la ciencia ficción en la literatura, y en el cine, desde luego, y la novela negra.

OG: ¿Qué autores de ciencia ficción te vienen a la mente?

RB: El primero, sobre todo en términos de robótica, aunque no solo de eso, es Isaac Asimov; después está Ray Bradbury y muchísimos más, y en novela negra, sobre todo, Simenon.

OG: Precisamente Chamanes y robots acepta dos lecturas, una de ellas es la antropológica y otra es como libro de ciencia ficción, en algún momento rozas esas fronteras.

RB: Claro, incluso cuando escribo a partir de una idea de Jean-François Lyotard, que acuñó el termino de “posmodernidad” y no se hizo famoso por ello sino por una condición postsolar, según la cual dentro de unos 4,500 de años el sol va a explotar y se preguntaba si podríamos sobrevivir a eso; yo especulo acerca de esta idea.

OG: Hay una paradoja futurista en Chamanes y robots: el encuentro de un robot —que ya tiene una conciencia artificial— con un filósofo y la discusión que tendrían, ¿cuál sería el resultado de esa discusión?

RB: Yo creo que el filósofo ya llegaría convencido de que está enfrentado a una conciencia, a una autoconciencia, específicamente. Y tendría que convencer al robot de ubicarse en algún nicho social y plantearle que va a dejar de ser un esclavo, una máquina para trabajar al servicio de los humanos, y a su vez, la conciencia artificial del robot va a exigir al filósofo un espacio dentro de la filosofía contemporánea, le diría que quiere dar una cátedra de filosofía en cualquier universidad.

 

Óscar Garduño Nájera
Periodista. Sus artículos han aparecido en: Forbes, Letras Libres, Milenio y Newsweek (en español), entre otros.

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Entre las novedades de la FIL Guadalajara 2019 aparece la novela de Dante Liano, Réquiem por Teresa, que retrata a una familia en plena etapa de la guerra civil. Un testimonio desgarrador que profundiza en la oralidad y el coloquialismo.

El escritor guatemalteco Dante Liano (Chimaltenango, 1948) —Premio Nacional de Literatura 1991 y dos veces finalista del Premio de novela Herralde, 1987 y 2002— presentó su novela Réquiem por Teresa en la FIL de Guadalajara 2019, que hasta ahora ha despertado elogios desde varios sectores de la crítica literaria. Escrita hace 20 años y ahora publicada por el FCE, la novela es un testimonio desgarrador de la violencia política, del machismo y del dolor de una familia guatemalteca durante los años ochenta, es decir, en plena guerra civil.

Camilo Rodríguez: Eres un escritor maduro que conoce las ferias de literatura más importantes en el mundo. ¿Qué opinión tienes de la Feria de Guadalajara?

Dante Liano: Lo que más me fascina de esta feria es la dinámica del público. Hay lectores de todos los perfiles y para todos los temas. Es muy difícil encontrar un stand vacío, a diferencia de lo que sucede en otros lugares. En la feria de Madrid, por ejemplo, están muy centralizados y jerarquizados los intereses del lector. Lo usual es que los eventos con escritores famosos estén absurdamente llenos mientras las editoriales independientes tienen poquísimos visitantes. Es algo lamentable porque la masificación de la lectura aliena a la gente. Como en el caso de una graciosa anécdota que al parecer sufrió Mario Vargas Llosa cuando estaba atendiendo una firma de libros y alguien le pidió que le autografiara Cien años de soledad [risas].

CR: Se establece una jerarquización que perjudica el acercamiento sincero a los libros.

DL: Es una jerarquización que obedece a las ventas y es muy absurda. Me hace pensar en esos escritores que se comparan con otros y presumen de sus ventas. Quizás digo esto porque soy todo lo contrario a un bestseller y no me pesa. Creo que los grandes números de las ventas son un fenómeno efímero, un hecho condenado al olvido.

CR: La mercadotecnia ha cambiado mucho la forma de leer. A veces se tiene la impresión de que ya no se lee sino que “se consumen libros”. Pero eso no sucede al leer Réquiem por Teresa. De hecho, el lector siente la franqueza, la emoción y el virtuosismo del lenguaje.

DL: Eso es algo que yo no puedo asegurar. Soy también un lector de mi obra. De hecho, con el tiempo, me he vuelto “un lector más”. Cuando un escritor relee sus obras, se confronta a veces al arrepentimiento o al orgullo. En este caso, es una novela que escribí hace veinte años y la mantenía guardada sin la intención de publicarla. Tal vez porque era mi obra más personal e íntima. El punto es que otro lector la desempolvó y decidió editarla. Creo que lo fundamental en Réquiem por Teresa es el uso del lenguaje coloquial de Guatemala para construir un relato desde la oralidad, desde la conversación de dos personas en una cantina de mala muerte mientras escuchan a un falso Elvis, uno muy ridículo y pintoresco. Sin embargo, es un lenguaje elaborado, un “falso lenguaje coloquial” si se quiere, pero desde mi perspectiva fue el más acorde para andar a medio camino entre lo oral y lo nacional. Recuerdo que siempre quise desmarcarme del sentimiento de orgullo nacionalista y de cualquier marca de eso en la novela.

CR: Eso es claro. Podría decirse que es un libro de denuncia que critica estructuras sociales como la familia, el matrimonio, la fraternidad.

DL: Fíjate por ejemplo en el mito de la infancia feliz. Es una idea que todos nos hacemos a posteriori. Tratamos de romantizar nuestras vivencias pasadas y les ponemos diferentes filtros. Pero si uno hace un balance honesto, ninguna infancia es feliz por un simple hecho: a los niños todo el mundo se siente con el derecho de darles órdenes, de decirles lo que tienen que hacer. Los niños siempre esperan con impaciencia el momento en que van a dejar de ser niños, la emancipación. Siempre he creído que el mayor trauma de una persona se produce cuando entra a la escuela. Antes de eso, los niños viven su tiempo como les place, de forma anárquica. Cuando los llevan a formar parte de las instituciones del Estado, los despojan del tiempo que era de ellos y se convierte en el tiempo de la escuela. Es lo que Erving Goffman llamaba las “instituciones totales” o “totalizantes”, que son los nichos sociales donde se anula la individualidad. En la escuela el sujeto deja de serlo y se vuelve “alumno”.

Además, es una etapa de la que es imposible recuperarse porque dura prácticamente veinte años. Una vez que entras ya no te puedes salir, estás jodido. Sé que no debería hablar de esta forma [risas], pero pienso que cuando te quitan el tiempo, en realidad te están quitando la creatividad, porque para ser creativo es necesario vivir el ocio, procrastinar, ser dueño de su propio tiempo. Y los mitos como el de la infancia idílica ocultan situaciones como esas.

CR: ¿Y en obras tuyas, como Réquiem por Teresa, te propusiste abiertamente desmantelar esos mitos?

DL: Así es. En Réquiem por Teresa quise poner en cuestión el mito de la familia feliz. La familia es la primera célula social que reproduce los traumas del patriarcado. El nacionalismo, la violencia. Es triste pensar que alguien tiene suerte por ser el único varón de la familia, y es más triste aun lo que le puede pasar a una mujer cuando termina eclipsada por un hombre dentro de un matrimonio. Eso sucede con la protagonista de la novela: Teresa es una mujer extraordinaria y capaz pero comete el error de casarse con un idiota. En una sociedad como la guatemalteca eso es algo que se paga caro. El desperdicio de su talento es una de las cosas que más me ha dolido en la vida. Cada vez que lo recuerdo llego a la conclusión de que todo matrimonio implica un estado de ceguera y que el “matrimonio feliz” es otro de esos mitos.

CR: Claro, porque los antagonistas también llevan una carga de sufrimiento. “El pirata”, ese militar alcohólico y patán que maltrata a Teresa en la novela, tampoco lleva una vida feliz.

DL: Así es, incluso el gran villano, el personaje del que todos hablan mal, es un tipo que sufre y hace sufrir a los demás. No se trata de una víctima, por supuesto, pero hay que reconocer su dolor. El deber-ser de un macho cabrío como “El pirata” es muy pesado y su existencia es triste. Por lo mismo, compruebo que las instituciones sociales suelen producir gente infeliz.

CR: Eso nos lleva a una óptica pesimista de la realidad.

DL: Si algo nos enseña la filosofía y la historia es que la vida es una experiencia dolorosa. En El mundo como voluntad y representación Schopenhauer decía que si quieres ver a un amigo feliz, lo primero que debes hacer es contarle una desgracia [risas], pues si le cuentas un éxito tuyo, el amigo fingirá alegría pero sentirá envidia; en cambio, si le cuentas una tragedia, se sentirá superior y te compadecerá. Por eso la felicidad es algo bastante problemático. Es algo que existe solamente desde hace un par de siglos. La noción de felicidad es una invención de la modernidad que está vinculada al progreso y al consumo material. Antes del siglo XIX, la única felicidad posible era el ideal ascético que llegaba después de la muerte: la vida eterna.

Sin embargo, si analizamos la definición de felicidad que nos brinda el laicismo de la modernidad, vamos a encontrar que se construye desde lo negativo: la ausencia de dolor, la ausencia de enfermedad, la ausencia de necesidad material. Incluso en sociedades que han alcanzado un cierto grado de abundancia material como Estados Unidos y algunos países nórdicos se dan cuenta de que el verdadero bienestar pasa por lo social, por la comunión entre las gentes, por el sentimiento de solidaridad que nos acerca a los demás.

CR: La buena fe, que es indispensable para la coyuntura social.

DL: Sí, el ser capaz de despojarte de los privilegios del patriarcado y el machismo, lo cual es una liberación de ese peso social. El surgimiento de valores como la convivencia, la compasión y el perdón. Y no es que quiera vender una filosofía de autoayuda sino una filosofía anti-progresista. El único modo de vivir luchando es desarrollar la generosidad aunque eso vaya en contra del progreso. Eso es lo que trato de hacer desde la escritura, trato de encontrar una comunión con el mundo, de ponerme en los zapatos de los demás.

 

Camilo Rodríguez

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Con motivo de la presencia de Hustvedt en la FIL de Guadalajara 2019, este ensayo nos invita a leer Recuerdos del futuro, su novela más reciente, a indagar en sus necesarias aportaciones al feminismo.

En la narrativa de Siri Hustvedt (Northefield, Minnesota, 1955) la memoria es una estrategia para asimilar lo que permanece y lo que no en un lienzo representativo de su vida; una herramienta que puede conducir del presente al pasado como si intentara trotar o zigzaguear, ir en línea recta o en espiral para entender cómo era de joven y cómo ha cambiado su visión de las cosas. Los libros de Hustvedt son juegos de espejos. Sus personajes evolucionan y logran asimilar infortunios gracias a que practican la resiliencia, para superar la muerte de un ser querido, un accidente y hasta una violación.

Conferencia magistral de la escritora Siri Hustvedt en la XXXIII Feria Internacional del libro en Guadalajara, domingo 1º  de diciembre del 2019. (© FIL/PAULA ISLAS)

“La imaginación y la ficción suman más de tres cuartas partes de nuestra vida real”, refiere Simone Weil, citada por Hustvedt en su novela más reciente, Recuerdos del futuro (Seix Barral, 2019). Un sitio especial ocupan el arte, la literatura y la filosofía, que aparecen una y otra vez y encarnan una suerte de bitácora de cómo llegaron a ella ciertos autores y artistas plásticos.

En estos Recuerdos del futuro se propuso contar un año de su vida, 1978-1979. Así que recupera el diario que escribía en el 78, cuando partió de Minnesota, cambió su residencia a la isla de Manhattan y la Universidad de Columbia le otorgó una beca para estudiar Literatura Comparada. Las experiencias de aquellos años se cruzan en varios puntos del presente, donde se encuentra la escritora que lee y confronta sus memorias del pasado. Se trata de la metaficción que ella define como “un retrato del artista como mujer joven, la artista que llegó a Nueva York a vivir, sufrir y escribir su misterio. Como el gran detective con quien comparte sus iniciales S. H. [Sherlock Holmes], la escritora ve, oye y huele las pistas. Las señales están en todas partes: en un cara, en el cielo o en un libro”.

Además del diario del 78 y la intervención de la narradora en el presente, aparece la novela de corte policiaco que ella estaba escribiendo entonces y que dejó inconclusa, en la que surgen Ian Feathers e Isadora (la mayor de las cuatro hermanas Doras: Theodora, Andora y Dora). La propia autora observa este ejercicio narrativo, este juego de espejos, como un origami, debido a que todos los elementos contienen algo del otro y no puede entenderse cada uno por separado. Una frase tomada de La vida y las opiniones del caballero Tristam Shandy, de Laurence Sterne, sirvió de inspiración para Hustvedt en esos años de juventud: “Escribir un libro es, para todo el mundo, como tararear una canción; así pues, señora, limítese usted a estar a tono consigo mismo: que éste sea alto o bajo da absolutamente igual”. Precisamente el libro reciente de la narradora estadunidense es un homenaje a Stern. El Tristam Shandy —como ya lo ha señalado Javier Marías, traductor de Stern— ostenta las digresiones como el resplandor del sol, la vida, el alma del protagonista.

En Recuerdos del futuro hay historias dentro de la historia, suerte de cajas chinas fundamentales en la prosa de Hustvedt, quien tanto en sus novelas como en sus ensayos intercala desde reflexiones sobre el proceso creativo y la crítica literaria hasta anotaciones científicas sobre psiquiatría y neurobiología. En la novela se puede hallar otro guiño a esa frase de Sterne:

Soy una narradora sofisticada, madura y erudita, en general amable aunque puedo ser cruel, y tan proclive al engaño como cualquiera pese a que intento ser honesta conmigo misma y admito que hay lagunas en mi propia historia. Estoy tarareando mi canción a mi manera, señora, mientras me abro paso por 3 avenidas y callejones y entro en edificios donde subo en el ascensor o por las escaleras y abro y cierro puertas y, sí, pego la oreja a las paredes, bolígrafo y cuaderno en mano.

Reivindicar la presencia de las mujeres

Por otro lado, hay que señalar que cada vez que puede la novelista les otorga a las mujeres un espacio para reivindicar su presencia, ignorada en un mundo regido por hombres: por ejemplo, la baronesa Elsa von Freytag-Loringhoven —artista del protopunk—que estuvo detrás de la idea de Duchamp y su orinal; la influencia de Lee Krasner en la obra de Jackson Pollock; o el hecho de que varios de los pensamientos de Simone de Beauvoir le fueran atribuidos a Sartre.

Otro lazo de sororidad se establece cuando la joven escritora de los años setenta describe a su vecina, Lucy Brite, una mujer a quien escucha llorar del otro lado de la pared. Primero piensa que se trata de un mantra o una especie de canto: “Amash, amash, amash”. Luego descubre lo que realmente dice la chica: “I’m sad”. La vida de Lucy la inquieta y, si por ella fuera, le quitaría esa carga de tristeza inamovible que no la deja en paz. Pero no se atreve a decirle que escuchó su lamento porque usó un estetoscopio para mejorar la claridad del sonido.

La sexualidad, cómo no, también forma parte de este universo feminista que Hustvedt aborda con suma destreza. Si bien en el siglo XIX y a principios del XX, las mujeres se hacían pasar por sonámbulas para demostrar su interés erótico —pues podían ser menospreciadas si exhibían abiertamente sus ganas de pasar la noche con un varón— aquí se habla abiertamente de sexualidad como muy pocas mujeres lo hubieran hecho en 1979. La S. H. del pasado y de ahora coinciden en que a ambas les interesa tener sexo en los trenes, y recuerda cómo se masturbaba en su departamento imaginando que tenía relaciones sexuales con una persona de su mismo sexo, que podría haber sido una rubia voluptuosa con características similares a Marilyn Monroe, a quien idealiza montada sobre ella.

También relata una agresión sexual. Lo que narra Hustvedt es un hecho devastador: el capricho de un chico que, al término de una fiesta, se niega a dejarla ir a su departamento sin que él la acompañe. El hombre insiste en compartir un taxi, en llevarla a su casa, en entrar en el departamento —a la fuerza— y sigue con sus obstinaciones más allá de la voluntad de la joven. Hay violencia y golpes, como antesala del abuso.

Cabe preguntarse entonces, ¿qué es el feminismo para Hustvedt? Ella deja muy claro que no existe uno sino varios feminismos, como lo hemos visto en la actualidad. Acepta que la teoría feminista no es un “baluarte de consenso” y que los “acalorados debates que se desencadenan dentro de las universidades no suelen tener mucho impacto en el resto del mundo”, como lo estipula en un libro anterior, La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres (Seix Barral, 2017).

En un ensayo sobre Louise Bourgeois cita una reflexión de la artista plástica que está directamente relacionada con su propia visión: “Una mujer no tiene lugar como artista hasta que prueba una y otra vez que no será eliminada”. ¿Acaso no ocurre lo mismo en los diversos ámbitos en que se desarrollan las mujeres?

Knausgard: encarnación moderna del patriarcado

Para referirse al feminismo en general Hustvedt suele partir de la exposición de inquietudes y situaciones comunes en el patriarcado: como cuando le hizo una entrevista pública al escritor noruego Karl Ove Knausgard, y le preguntó por qué en un libro donde había cientos de referencias a escritores sólo se mencionaba a una mujer, Julia Kristeva. Como respuesta el autor le espetó: “No son competencia”. Esa frase da pie para que la ensayista reflexione sobre cómo todos codificamos la masculinidad y la feminidad, en esquemas metafóricos que dividen el mundo por la mitad. Nunca imaginó que Knausgard reaccionara de forma tan tajante, que ni siquiera se justificara reconociendo su omisión.

No obstante, logra distinguir las virtudes narrativas de Knausgard y no se deja llevar por lo ríspido de su respuesta. Al contrario, intenta ver qué es lo que en realidad le molesta al escritor. Recuerda que “las humillaciones que viven las mujeres porque no se les considera competencia y se les trata como fantasmas en la habitación son frecuentes”.

Comenta que el autor noruego en cierta ocasión confesó que de niño se burlaban de él y le decían que era afeminado. Lamenta que Knausgard no logre darse cuenta que en Mi lucha  hay mucho de ese universo femenino que tanto desprecia; por ejemplo, el hecho de que llora a menudo a lo largo de su extensa autobiografía: “Sus lágrimas trastocan el fuerte estoicismo presente en toda la cultura noruega. Lo sé. Me eduqué en ella. Había que tener una buena razón para llorar —la muerte de un ser querido, un terrible accidente que te deja sangrando y mutilado, una enfermedad terminal— y, aun así, un despliegue tal sólo cabía hacerlo en la intimidad, nunca en público. […] En el alma noruega debían imperar la dignidad y la rigidez. Noruega era una cultura de ojos permanentemente secos. Y, sin embargo, el Knausgard de Knausgard, el héroe de esta larguísima saga personal, es un verdadero pantano de lágrimas. Tales son las ironías del mundo literario”, apunta en La mujer que mira a los hombres…

Desde su punto de vista, la respuesta de Knausgard evidencia un mecanismo del patriarcado y que en muchas ocasiones ya no se cuestiona, simplemente se acepta como parte de los usos y costumbres de la sociedad: los hombres encuentran su propio valor en la mirada de otros hombres y, en ese sentido, a las mujeres se les deja de lado porque no representan ningún tipo de competencia. Y, desde esa perspectiva, no lo disculpa pero lo entiende, sin dejar de sorprenderse de que las miles de páginas de ese autoexamen que es Mi lucha “no parecen haberle dado un mayor conocimiento de la ‘mujer’ que hay en él. […] De hecho, él tal vez sea más honesto que muchos escritores, académicos y compañeros que no ven o no escuchan a una mujer porque no es competencia. No creo que ésta sea la única razón para hacer desaparecer a las mujeres de una sala o del campo más amplio de la literatura, pero es sin duda una idea interesante que hay que abordar”.

Aunque no lo señala de manera abierta, el feminismo de Hustvedt comparte la idea de Gilles Lipovetsky sobre “La tercera mujer”, esaque surge desde mediados del siglo XX y que dejó de ser definida por la mirada del hombre:

La mujer puede ahora elegir lo que desea ser, tiene el poder de inventarse a sí misma. Rechaza el modelo de vida masculino, el dejarse tragar por el trabajo y la atrofia sentimental y comunicativa. Ya no envidia el lugar de los hombres ni está dominada —como diría el psicoanálisis— por el deseo inconsciente de poseer el falo.

Es común que las mujeres tengan que nadar a contracorriente, deben hacerlo para no vivir oprimidas, siendo una especie de fantasmas. La escritora es consciente de otra de las herencias del patriarcado: el hecho de que en ocasiones “las mujeres, también ciegas, se odian a sí mismas. Viven atrapadas en los hábitos perceptivos de los siglos, en las expectativas que han llegado a gobernar su mente. Y estos hábitos son peores para la mujer joven, que sigue siendo concebida como un objeto sexual deseable porque el cuerpo lozano, fértil y apetecible no puede tomarse realmente en serio, no puede ser el cuerpo que hay detrás del gran arte”. Por eso Hustvedt enfatiza, y lo demuestra con su propia inteligencia, una vez más con su propia obra —es el caso de Recuerdos del futuro—, que la novela, entre otros géneros, es un campo literario fértil donde las mujeres han logrado igualarse a los hombres.

 

Mary Carmen Sánchez Ambriz
Ensayista, editora y periodista cultural.

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Los lectores apasionados que asistieron al salón Juan Rulfo para escuchar la conferencia magistral que la narradora y ensayista Siri Hustvedt estaba a punto de presentar en la FIL de Guadalajara 2019, recibieron una edición no venal de El poder de la literatura (traducción de Aurora Echevarría, Seix Barral). De ahí provienen estos subrayados.

“Puedo decir que no profetizo su desaparición [de la literatura], aunque sólo sea porque los seres humanos somos criaturas que nos valemos de los símbolos y parecemos ávidos de historias de una u otra índole e integramos rápidamente los acontecimientos de nuestra vida en narraciones más o menos coherentes”.

“La narrativa es una de las maneras con que organizamos nuestra vida y la de los demás. Nos contamos historias sobre nosotros mismos para entendernos”.

“Contar historias es una manera de dar sentido a los acontecimientos temporales, comprender por qué ocurrieron los hechos de ese modo”.

“¿Para qué sirve la ficción? ¿Por qué nos gusta leer historias que nunca han ocurrido con personajes que nunca conoceremos fuera de las páginas? Somos los únicos animales sobre la Tierra que han construido bibliotecas, que estudian literatura y proclaman que los libros son buenos, malos o regulares”.

Conferencia magistral de la escritora Siri Hustvedt en la XXXIII Feria Internacional del Libro en Guadalajara, domingo 1º de diciembre del 2019. (© FIL/PAULA ISLAS)

“¿Por qué los escritores deciden escribir lo que escriben? ¿Cómo sabe un escritor cómo debe desarrollarse el argumento de una novela? ¿De dónde salen los personajes ficticios? Deben de surgir de la vida”.

“Olvidamos lo rutinario y recordamos lo novedoso (de ahí viene la palabra novela, del latín novellus, ‘novedoso’”.

“Escribir literatura de ficción es como recordar cosas que nunca han pasado”.

“La verdad que busco como escritora de ficción no es un registro documental del pasado. Estoy buscando una verdad emocional”.

 “Sólo sé que las novelas que amo, los libros que siempre me acompañan, son todos verdaderos. Son libros que me han hecho ver a la gente y el mundo desde una perspectiva nueva. Han cambiado la comprensión de mi propia vida. Las novelas que he olvidado son las que no tuvieron ningún impacto emocional en mí”.

“Cuando escribo, lo hago para un otro imaginario, un lector imaginario […] Y cuando leo novelas soy ese otro, el que acepta el regalo que me hace el escritor”.

“Todos los libros son inventados, no sólo por su autor sino también por quien los lee. Llevamos al texto nuestro pasado, nuestras expectativas, nuestros intereses, gustos, prejuicios y limitaciones”.

“La lectura es una forma de diálogo, una interacción con un otro, el otro textual, palabras sobre la página que evocan un mundo paralelo que imagino activamente, y mientras dura el libro, yo, la lectora, me veo invadida por otra conciencia, un narrador con quien interactúa o no, cuyos ritmos se transforman en mis ritmos, cuyas palabras son mis palabras”.

“La lectura es una forma de posesión por parte de otro, y eso no debe subestimarse”.

“Los libros poderosos toman el control de nuestra mente. No son la vida real externa sino parte de la vida”.

“Los libros pueden ser peligrosos. Pueden amenazar el statu quo, sacudirnos y trastornarnos”.

“¿El futuro de la ficción estará habitado entonces por adictos a internet robotizados y enganchados a máquinas de realidad virtual que los alimentan de los mismos tópicos sobre la mente masculina y el cuerpo femenino que llevan aquí desde los griegos? El futuro siempre aplazado de la literatura no está en manos de máquinas. Está en manos de quienes escriben y de quienes leen”.

“No, leer novelas no solucionará las calamidades políticas. Para ello se necesita organización, resistencia pasiva y una retórica más fuerte”.

“Siempre ha habido, hay y habrá personas que se descubren encantadas y transformadas por una verdad que han hallado en un libro de ficción, uno que no miente”. 

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Estas reflexiones corresponden a las intervenciones de Aguilar Camín en la Mesa 1, “La desilusión liberal: comprendiendo el descontento con la democracia”, del Foro Internacional Desafíos a la Libertad en el siglo XXI, celebrado en mayo del 2019 en la Universidad de Guadalajara. En él participaron Enrique Krauze, Ana Laura Magaloni, Héctor de Mauleón, Valeria Moy, Lisa Sánchez, Mario Vargas Llosa y José Woldenberg, entre otros. Una versión de este texto forma parte del libro Desafíos a la libertad en el siglo XXI, que publica la editorial Taurus en coedición con la Fundación de la Universidad de Guadalajara, y se presenta en la FIL Guadalajara 2019.


I.

El tema de esta mesa es “La desilusión liberal:  comprendiendo al descontento con la democracia”. Yo iré un paso más allá , o más acá, para  abordar una inquietud más inmediata, viva y vigente en México, sobre el destino de  nuestra democracia.

En los últimos meses he sido invitado a distintos foros a responder una pregunta que está en la cabeza de muchos mexicanos. Esa pregunta es: ¿a dónde va el gobierno electo en julio del 2018? ¿Está inscrito en el  derrotero internacional que conocemos y que no queremos asumir como propio, el derrotero del populismo?

Creo que nadie duda de que el gobierno mexicano que hemos elegido tiene un alma, un impulso, una voluntad populista. La pregunta es ¿cuán populista y cómo medirlo? Para responder a esta pregunta recurrente hice un catálogo de las cosas que se debían observar con precisión para saber en qué grado de evolución está el populismo del gobierno de México. Porque en esto, como en el alcohol, hay un problema de grado. Bueno, ¿cuánto alcohol trae el populismo que ha tomado el poder en México? ¿Cómo medirlo? ¿Qué observar para entender y anticipar su camino? Yo tomé de un pequeño libro de Jan-Werner Müller: ¿Qué es el populismo?, una sencilla lista de las características  comunes a todos los gobiernos populistas. Son estas:

Para empezar, hablan a nombre del “pueblo”, en el sentido de que sólo el “pueblo” que ellos representan, es el verdadero “pueblo”. Todas las otras representaciones políticas partidarias no son parte del “pueblo”, son parte de quién sabe qué, pero no del pueblo al cual estos gobiernos a dedican sus esfuerzos.  Este es el discurso de López Obrador.

Una vez en el poder, los gobiernos populistas buscan  capturar el Estado, apropiarse del poder legislativo, del poder judicial, de los poderes federativos y los poderes locales. En México está muy avanzada la captura por el gobierno de López Obrador del poder legislativo federal, del poder judicial y avanza hacia el control de los poderes de los estados.

Los gobiernos populistas tienden a desdeñar, contener o desmontar los órganos autónomos que hay en la estructura del Estado. En México tenemos una gran cantidad de órganos autónomos, como el Banco de México, la Comisión de Derechos Humanos, el Instituto Nacional Electoral y muchos otros que han ido acompañando la acción del Estado a manera de contrapesos institucionales. La ofensiva del actual gobierno contra estos órganos autónomos no ha ido todavía sobre el Banco de México, pero con todos los demás ha tenido algún nivel profundo de querella, desencuentro, crítica o neutralización.

Los gobiernos populistas reprimen o ejercen distintas maneras de contención de los medios de comunicación. Esta es una tarea que en México no tiene una gran dificultad, porque los medios en México han sido siempre muy colaboradores del gobierno. Pero siempre han existido momentos, medios y personas que son parte de la crítica, no de la colaboración. Hemos visto en estos meses a este gobierno declararle la guerra discursiva a un periódico y a muchos periodistas, a muchos intelectuales, a muchos escritores que ven críticamente la conducta del gobierno. Ahora estamos viendo que da un paso adelante en la utilización de los medios de información del Estado para emitir mensajes oficiales  favorables al gobierno y para hacer la crítica oficiosa de los críticos del gobierno.

Los gobiernos populistas recelan también de las organizaciones de la sociedad civil, ajenas si no opuestas a la noción favorita de Pueblo. López Obrador ha puesto en la casilla de conservadores y adversarios a prácticamente todas las organizaciones  independientes de la sociedad civil, y ha manifestado sin descanso su desprecio tanto por los diagnósticos de los expertos como por los hechos que  desmienten sus dichos.

El siguiente rasgo es muy importante: los gobiernos populistas generan nuevas clientelas que dependen del dinero del Estado. La cantidad que han establecido los estudiosos de cuántas nuevas clientelas podría crear López Obrador con sus nuevos programas sociales es enorme. De cumplirse el plan de reparto de dinero del presupuesto a nuevas clientelas, en tres años habrá en México 23 millones de personas recibiendo cada mes un dinero en efectivo de parte del Estado, salvo que no es el Estado quien aparece como dador de estos recursos, sino el presidente de la República.

Por último, a los gobiernos populistas les da por hacer nuevas constituciones. Porque las nuevas constituciones, y es el caso de Chávez al que se refería hace un momento Mario Vargas Llosa, son las que permiten realmente cambiar las instituciones y hacerlas irreversibles. Cuando democráticamente, con el control del Congreso, Chávez hace los cambios constitucionales que le van a permitir primero controlar el Instituto Electoral, luego la Suprema Corte y luego las leyes electorales que le permiten reelegirse, en ese momento está destruida la democracia. Y está destruida, paradójicamente, grotescamente, por la vía democrática. López Obrador ha anunciado ya su decisión de hacer una nueva constitución en su tercer año de gobierno.

Si ponemos junto todo lo anterior podemos decir que en México ha empezado ya el proceso de destrucción de la democracia mediante procedimientos democráticos. Esta inquietante paradoja, es la que realmente recorre la consciencia  democrática de México.

II.

¿Qué faltó en la construcción de la democracia mexicana? Nos faltaron muchas cosas; pero una cosa nos sobró: que construimos la imagen de una democracia que iba a resolverlo todo. Por el simple hecho de que hubiera una alternancia pacífica y unas instituciones que contaran los votos (cosa que no se hacía), concedimos que todo lo demás vendría por añadidura: el desarrollo económico, la equidad social.

No, la democracia no sirve para todo. La democracia no sirve para que un país crezca al 10%. Lo que hace falta para que haya crecimiento es inversión. La democracia puede darle un mayor prestigio al país, puede hacer que se elijan gentes de mejor calidad para el gobierno y que, como consecuencia, todo mejore. Pero en realidad, directamente, la democracia sirve para sacar del poder, con plazo fijo, a un  gobernante al que se le dio el poder con plazo fijo; y sirve también para que haya, en el equilibrio de poderes, el ambiente de libertades sin el cual no puede pensarse seriamente en ninguna democracia.

Las soluciones económicas y sociales  que se reclaman a nuestra democracia, de las que habla José Woldenberg, tendrían que venir de otro lugar, no de los votos, sino de las decisiones económicas y las políticas públicas adecuadas. La democracia es sólo un factor, fundamental, pero sólo un factor de la modernización cabal de un país.

Nuestro problema, creo, es que hemos llegado democráticamente a una situación que empieza a ser amenazante para la democracia y para la modernización del país. No quiero exagerar en esto, pero prefiero exagerar un poco a no tomar nota de lo que está sucediendo.

Tenemos en México a un presidente popular, que ha concentrado el poder como no lo había hecho nadie en nuestra corta vida democrática y cuyo proyecto es centralizarlo más. Cada paso que da es en el camino de sustituir la estructura institucional del poder en México y construir una paralela.

Pongo como ejemplo el de los llamados superdelegados que va a mandar a los estados. ¿Qué son estos superdelegados? Son una especie de prefectos, representantes únicos del gobierno federal, encargados de vigilar las inversiones federales en los estados. El problema es que las inversiones federales son, en promedio, el 85% del dinero que se invierte en los estados. De manera que el superdelegado será una especie de controlador del 85% del dinero que los estados van a recibir del gobierno federal. En las entidades que no gobierna Morena, los superdelegados nombrados son hasta ahora políticos que han aspirado a ser gobernadores. Por lo pronto son una especie de gobernadores o vice gobernadores paralelos.

Otro ejemplo de la centralización buscada: la estrategia de seguridad del nuevo gobierno prevé un redespliegue territorial del ejército bajo la forma de una Guardia Nacional. Esto implica entregarle al ejército una presencia y una fuerza territorial que no hemos visto en setenta años. Un ejemplo más: el ya mencionado clientelismo de un gobierno que amplía sus programas sociales pero los ofrece no como una política impersonal del Estado sino como una política asociada directamente a la voluntad y la figura del presidente.

Estamos frente a un gobernante que quiere construir una larga hegemonía política. No digo que quiera reelegirse, digo que está poniendo las bases para una hegemonía política que dure más allá de su gobierno, una hegemonía parecida a la hegemonía en la que él se crio, que fue la hegemonía del PRI. Se trata de un proyecto muy ambicioso, bien diseñado, que ha puesto ya en acción algunas de sus fundamentales y que en este momento prácticamente no tiene contrapesos: no hay partidos políticos que puedan oponérsele; no hay poderes autónomos que puedan contenerlo. Realmente es un presidente con un poder enorme.

El contrapeso paradójico que puede tener, aparte de los agentes económicos externos, es su propia impericia. Los errores que este gobierno comete van generando anticuerpos. Como todos los que vivimos esa efectiva transición democrática de la que hablan Woldenberg y Krauze, yo creo que en nuestra sociedad hay, por esa misma experiencia que se valora poco ahora, una enorme reserva de respuesta cívica y democrática.

Convendría hacer bien el corte de caja de cuán avanzado va el gobierno populista mexicano en la construcción de su nueva hegemonía. Y elevar nuestra voz en defensa de los asuntos irreductibles de la vida democrática: la legalidad, la división de poderes, la pluralidad, las libertades.

Hay elementos suficientes para preocuparse por el destino de nuestra democracia, esa democracia que ahora no valoramos, porque trajo consigo tantas deformidades. Tenía, sin embargo lo fundamental de la democracia, que era libertad, competencia política, pluralidad y gobiernos con contrapesos. Esa democracia está en riesgo. Es necesario revalorarla y volverla a poner en el horizonte.

Y asumir lo que ha dicho Woldenberg: es imposible volver a pensar la democracia en México sin añadirle una dimensión de crecimiento económico y de inclusión social. Sin eso, no iremos muy lejos en la lucha contra el populismo, porque el bajo rendimiento económico y social de la democracia, qué duda cabe, es uno de los resortes del populismo. Si la democracia no puede ofrecer inclusión además de libertades, lo que va a seguir generando  son movimientos y gobiernos populistas, nuevos procesos de destrucción de la democracia por vía de la democracia.

 

Héctor Aguilar Camín
Escritor e historiador. Su libro más reciente: Nocturno de la democracia.

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El escritor Alberto Ruy Sánchez presenta nuevo libro de poemas en la FIL de Guadalajara. Un verdadero llamado ético y estético para no caer en el desasosiego.

A los lectores que tan a menudo caen en la desesperanza climática, urbana y humana:

Alguien debió haber calumniado a Alberto Ruy Sánchez, porque hace poco el escritor recibió un mensaje inexplicable en su cuenta de Facebook. Un delator anónimo había juzgado necesario alertar al ejército de robots de Mark Zuckerberg de las obscenidades que el poeta publicaba en su página. En respuesta a tan grave acusación, el algoritmo de la red social revisó la página del autor para descubrir treinta imágenes que, a sus ojos artificialmente inteligentes, se parecían a la que había ofendido la sensibilidad del soplón. Si Ruy Sánchez no borraba las fotografías, rezaba el mensaje automático, el demiurgo de silicona no tendría otra opción que borrarlo a él. Como evidencia de la gravedad de la situación, la advertencia incluía una copia de las pervertidas publicaciones del escritor. Lo incomprensible del asunto —más bien: lo asombroso— era que las fotografías, todas ellas, eran retratos de jacarandas en flor.

Confieso que no conozco el desenlace del aspecto digital de la historia, pues hace un tiempo que me di de baja de Facebook. En cuanto al aspecto literario puedo reportar con alivio que la reflexión jacarandológica de Ruy Sánchez sobrevivió a tan descarado intento de censura antiflorista. Prueba de ello es la aparición de Dicen las jacarandas, el más reciente libro de poemas del autor de Los nombres del aire. Publicado por Era y presentado este domingo en la FIL de Guadalajara, el volumen toma a las jacarandas de la Ciudad de México —su belleza, su historia, su biología, su larga lista de admiradores literarios— como punto de partida para meditar sobre nada menos que la condición humana.

Semejante proyecto podría resultar inverosímil ante lectores apocalípticos del asfalto y el esmog, desencantados y reticentes a la longeva tradición floresca —una jacaranda es una jacaranda es una jacaranda, y esto les duele en el oído. A ellos hay que decirles, una vez más, que la tarea del poeta consiste, precisamente, en arriesgar lo inverosímil, en renovar siempre las fuentes y los versos. Además, como la poeta y editora Julia Santibáñez le recordó al público durante la presentación: “Nietzsche, Tom y Jerry, los planetas, todo se mueve en círculos. Y también las jacarandas”. Así, Ruy Sánchez encuentra en la flor que cada año regresa del mundo de los muertos un símbolo fecundo de la persistencia de la belleza a lo largo del tiempo —un Argo del reino inanimado que cambia y sin embargo permanece (sí, Heráclito no se va de aquí para pronto). Por si esto fuera poco, como señaló la académica Vanessa Cortés durante la presentación, los versos de Ruy Sánchez demuestran un cuidado de la técnica poética —“¡Estos son octosílabos perfectos!,” exclamó la florilegióloga potosina— que sólo podría venir de la colaboración de Margarita de Orellana, la mente maestra detrás de Artes de México, esa celebración serializada de la forma que no encadena sino libera y enriquece.

A manera de ilustración, echemos una ojeada al poema inaugural —éste, en endecasílabos— de este tratado de jardinería espiritual:

Cada ramo en la rama amoratada
es el ritmo alterado de su savia.
Delirio de sus venas que florece,
hervor de tierra dócil, embriagada.
No parecen pétalos, son palabras,
racimos de sílabas que palpitan.
[…]
Son animales, sabores, anhelos,
humo, premoniciones, amenazas.
[…]
No sólo flores, también son palabras
de la lengua sutil que nos inventa.

En efecto, estos son versos de muy cuidada factura. Nótese, para empezar, la elegancia de las enumeraciones. Los saltos conceptuales entre “animales,” “sabores,” “humo” y “premoniciones” son enormes: como en los mejores poemas de Góngora y Lezama Lima, el objeto de la atención de la voz lírica sufre una serie de metamorfosis instantáneas. En el transcurso de algunos versos, las jacarandas —o “jacarandás,” como dicen los guaraníes — emigran de la silenciosa república de la flora a la vital anarquía de la fauna, para luego, insatisfechas todavía, convertirse en un estado mental que excede al instinto y que sólo puede existir dentro de una conciencia humana.
Lo genial del asunto es que la música aliterativa de “animales” y “anhelos” justifica en la forma un salto de contenido que de otra suerte arriesgaría la incoherencia. El segundo verso de la copla extiende esta operación poética: una afinidad musical —la rima interna de “sabores” con “premoniciones” y el eco evocativo entre el “humo” y el “anhelo”— justifica la metamorfosis metafórica. Mi efecto favorito, sin embargo, es el de la palabra “premonición.” La súbita aparición de una palabra de cuatro sílabas en esta versificación ritmada por términos cortos, y que además se anuncia con dos consonantes fuertes, escenifica una ruptura del orden mental —como surge el fuego del augurio— de una visión que quiebra la linealidad del pensamiento lógico para entrar en el ámbito de otro tipo de observación. La orfebrería de Ruy Sánchez es tan fina que, en su libro, la palabra “premonición” se convierte, ella misma, en lo que denota. Así con las jacarandas que, como todas las cosas tocadas por el espíritu humano, tienen una doble vida: objeto y concepto, árbol y flor, flor y palabra, palabra y canto, canto e idea, idea y anhelo, deseo insatisfecho y deseosa satisfacción. Acaso esta serie encarna la búsqueda medular de la poesía: no por nada la flor y el canto se condensan desde un principio en el término náhuatl “in xóchitl, in cuicátl”, referido a la poesía y al arte.

Fotografía de: Facebook de Alberto Ruy Sánchez.

Ahora bien, vivimos en tiempos aciagos. ¿No hay algo un tanto escapista en ponerse a escribir un libro sobre flores en la era del antiflorismo, esa deformación del espíritu que late en el corazón de la crisis planetaria que nos acosa? La pregunta es válida, pero plantearla en esos términos implica malentender el proyecto de Ruy Sánchez. Y es que la poética de la jacaranda, esta nueva expresión de la estética del asombro que nuestro poeta ha venido postulando a lo largo de todos sus libros, es también una política pro-florista. A manera de ilustración, Ruy Sánchez nos pide que consideremos la importancia de los cerezos en la vida cívica de Japón. Aprender a amar a las jacarandas como los japoneses aman a sus cerezos, sugiere Ruy Sánchez, podría hacernos mejores seres humanos —y mejores ciudadanos. ¿Qué podría ser más democrático que cultivar un amor sincero por los jardines colectivos y públicos? ¿Qué clase de comunidad imaginaria podríamos construir en torno a nuestro embeleso colectivo frente a estos “caleidoscopios del viento”?

Lo cierto, en todo caso, es que el Ruy Sánchez que yo conozco nunca ha sido un proponente del “arte por el arte”. Para él toda actividad estética es también ética: una de sus frases favoritas es “las cosas bellas nos ayudan a vivir”. Cierro, entonces, con la anécdota con la que Ruy Sánchez respondió a una pregunta del público sobre el contenido político de su libro. Había una vez un periodista norteamericano al que sus editores habían asignado la cobertura de los juicios de una u otra pandilla de criminales de guerra. Durante las semanas siguientes, el reportero pasó cientos de horas en los austeros salones de La Haya escuchando letanías de atrocidades e inventarios de horror. Tal profusión de evidencia de la perfidia humana terminó por tener un efecto profundo en el ánimo del reportero. Olvidémonos de escribir poesía después de Auschwitz, dijera Adorno —¿cómo demonios se supone que nos lavemos los dientes después de Rwanda y Sarajevo? ¿Cómo vivir a sabiendas de los horrores de los campos de Xianjiang y las hieleras de Brownsville?

Tales reflexiones cruzaban por la mente del reportero una mañana afuera del juzgado. En eso, el juez encargado del caso salió de la Corte y saludó al reportero.

—¿Cómo le hace usted? —preguntó el reportero.

—¿Qué cosa? —respondió el juez.

 —Aguantar.

—Es muy sencillo —dijo el juez—. Allá enfrente, en el museo, hay una serie de cuadros de Vermeer que son verdaderas islas de luz.

Los cuadros en cuestión, explicó Ruy Sánchez, son todos producto de uno de los momentos más oscuros de la historia de Holanda. Mientras que otros pintores flamencos se dedicaban a registrar batallas y hechos heroicos, Vermeer prefirió pintar la luz.

—Ver esos cuadros —dijo el juez— me recuerda que la humanidad también es eso.

Como con Vermeer, así con Ruy Sánchez. Su poesía se ocupa de las cosas bellas, es cierto, pero eso no quiere decir que niegue o ignore las cosas terribles. Se trata, más bien, de hacer un esfuerzo de comprender a la humanidad cabalmente, en todas sus facetas. Entender lo bello, entonces, nos ayuda a soportar, entender, y quizás incluso cambiar lo terrible.

“El antídoto a la banalidad del mal —dijo Ruy-Sánchez— son las islas de luz”.

• Alberto Ruy Sánchez, Dicen las jacarandas, México, Ediciones Era, noviembre 2019, 96 p.

 

Nicolás Medina Mora
Ensayista y editor.

 

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“Sabemos todo acerca de la muerte desde el punto de vista celular, subcelular y molecular pero desconocemos un sinfín de cuestiones filosóficas”, apunta Arnoldo Kraus en la indagación que abre en su nuevo libro La morada infinita, del que ofrecemos este preámbulo.

Una muerte bella
honra toda una vida.

—Francesco Petrarca

La muerte es una casa, una casa universal, un destino absoluto. Todos cabemos en ella. Todos somos de ella. No discrimina. Sus paredes, más altas que la Tierra, y sus techos, más lejanos que el Universo, son albergue de todos y de todo. La muerte ni se agota ni descansa. Carece de horario, no rinde cuentas, nunca miente y nunca termina. El tiempo inmemorial lo sabe. La insuficiencia del vivir, lo corrobora.

Ya lo dije: la muerte no tiene ni patrón, ni horario. Hay quienes la respetan por diversas razones; independencia, autonomía, hábitat universal y eternidad son fragmentos de su esqueleto. Hay quienes le temen por motivos comprensibles: tras la muerte, ¿qué?, tras el deceso, ¿dónde?, tras el fin, ¿paz o dolor, o dolor y paz?, tras la sepultura, ¿qué hacer con la memoria, la amistad y el amor? Sobran preguntas, faltan respuestas. Así es la vida: se envejece y se fenece sin apenas darse cuenta. No es cuestión de números ni décadas acumuladas. La realidad es más compleja. Se trata del punto final, del no retorno, del adiós sin réplica. El libro de la vida se inicia cuando se abandona el útero. A partir de ese momento, se acumulan páginas y páginas. Llegan unas, otras vuelan, marcha la vida, llega el final.

Los viejos sabios nunca se extinguen. Quizás por eso mueren menos, quizás por lo mismo nunca callan. Leo y releo la idea de Epicuro: “Cuando somos, la muerte no es. Cuando la muerte es, nosotros no somos”. Epicuro es contundente. No hay dobleces, no hay puntos suspensivos, no hay posibles encuentros entre ser y no estar, ni palabras adecuadas para compaginar “somos” y “no somos”. La vida excluye a la muerte y ésta excluye a la vida. Eso dijo Epicuro hace más de dos mil años, eso lo saben decenas de millones de occisos. Unos mueren para que otros nazcan. La vida no admite puntos suspensivos. Siempre sigue, siempre nos encamina hacia el final.

La reproducción ilimitada, sin la muerte a su lado, es imposible. Todo cuanto nace, debe morir. Lo sabe nuestra morada, nuestra casa: la Tierra es un cementerio infinito. En sus entrañas todo cabe y sus códigos son preclaros: lo nuevo, aves, plantas, humanos y agua nace y se reproduce gracias a que lo mismo, pero en sentido inverso —agua, humanos, plantas y aves—, claudica y se marchita conforme corren los días. El corolario es obvio: sin la muerte la vida es imposible. La obviedad del corolario no es absoluta: desde tiempos inmemoriales el ser humano ha intentado desmenuzar y penetrar en las entrañas de la muerte para saber más acerca de ella, de sus significados y de lo que esconde. Miles de páginas se han llenado de palabras para hablar y reflexionar sobre el tema. ¿Qué hacer cuando no se sabe o no se cuenta con las respuestas adecuadas?: escrutar, preguntar, reflexionar. La muerte nunca cederá pero las palabras desvelarán recovecos. Recovecos profundos e intrincados, como el telar de la existencia.

La ciencia nos ofrece cada vez más respuestas precisas a temas otrora impensables o indescifrables. Sus conquistas imparables no corren en forma paralela con algunos embrollos filosóficos o vivenciales. Amor, amistad, lealtad, compasión, empatía, resiliencia son experiencias cotidianas de las cuales mucho se sabe y otro tanto  se desconoce. No son temas científicos, y aunque la ciencia ha medido algunas sustancias relacionadas con esos avatares, faltan respuestas, sobran preguntas. Lo mismo sucede con la muerte. Sabemos todo acerca de ella desde el punto de vista celular, subcelular y molecular pero desconocemos un sinfín de cuestiones filosóficas. De ahí la pulsión inmemorial de acercarse a ella y las razones para arrancarle algunas respuestas, alguna orientación. Mientras la muerte siga muda, el ser humano preguntará y seguirá escribiendo acerca de ella.

Escribir siempre ha sido terapéutico. Desglosar lo desconocido, o al menos intentarlo, es benéfico. Poco importa si tras las palabras iniciales se acumulan más y más dudas. Dudar es privilegio humano. El poder terapéutico del arte y de la escritura radica, inter alia, en fortalecer la existencia mediante la exploración de un sinfín de cuestiones. Se escribe para uno, se trazan palabras para mitigar la neurosis, se escribe para aceptar la realidad y saber cómo y quién es uno. Escribir es un devenir, y cuando se escribe sobre la muerte se hace para entender cómo es la vida. Y cuándo se comprende cuáles son los oficios de la vida y cuándo y por qué finalizan esas tareas, es menos doloroso mudarse a la morada infinita, a la casa de la muerte.

• Arnoldo Kraus, La morada infinita. Entender la vida. Pensar la muerte, prólogo de Eduardo Matos Moctezuma, México, Debate, 2019, 200 p.

 

Arnoldo Kraus
Profesor, Facultad de Medicina, UNAM. Miembro del Colegio de Bioética A. C. Publica cada semana en El Universal y en nexos la columna Bioéticas.

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Una de las novedades de la FIL de Guadalajara es el epistolario de la poeta Helena Paz Garro y el escritor alemán Ernst Jünger. Sin duda un tesoro que ahora recobran los lectores mexicanos.

Helena, la soledad en el laberinto, el epistolario hasta hoy inédito de la poeta mexicana Helena Laura Paz Garro y el escritor alemán Ernst Jünger, de 1961 a 1996, es en apariencia una serie de cartas y postales amistosas y personales lanzadas de país a país, de continente a continente, pues en muchas ocasiones fueron emitidas en la época cuando Helena vivió en Francia o España, y otras desde su estancia en México o los Estados Unidos. Sin embargo, entre sus líneas se hallan dos vertientes de análisis para entender el contexto en el que fueron emitidas dichas epístolas.

El primer lugar tiene que ver con el contexto histórico de la correspondencia, comenzada en 1961. A menos de dos décadas de concluida la Segunda Guerra Mundial, el mundo estaba divido en dos posiciones ideológicas ante la “amenaza imperialista”, siempre latente en esos años, que representaban tanto los Estados Unidos —bajo la bandera de la democracia liberal capitalista— y la Unión Soviética —quien alzaba la mano socialista y comunista de la lucha de clases y de justicia social, aunque de manera “caciquil y paternalista”, en contraposición al libre mercado que trataba de imponer el otro bando, basado en el “trabajo fabril”, aunque “servil ante la máquina”.1

En ese sentido, las cartas de Helena Paz a Jünger manifiestan esta polarización de ideas, y las posiciones de diferentes intelectuales y escritores incluyendo a su padre, el poeta Octavio Paz, polémicas que trastocaron a los movimientos y a la opinión pública no sólo de México sino también de otros países de América y Europa como Francia y Alemania, en donde se encontraba Jünger. En este tema, el narrador alemán se limitó a leer y escuchar a Helena, sin emitir opinión alguna como buen anarca que era. Se debe recordar que Jünger, uno de los mejores escritores de toda Europa durante el siglo XX, se mantuvo al margen de posiciones políticas de los gobiernos que pasaron en los periodos de guerras, entre guerras y posguerras por convicción y principio ético.

Justo la posición del anarca, es decir, un pensador independiente que observa, piensa, pero no interviene en las posiciones de Estado, en las decisiones y posiciones gubernamentales ni sociales, es un principio que se refleja claramente en las cartas cruzadas con la escritora mexicana. Una segunda vertiente de este libro es la identificación intelectual y emocional que tuvieron estos dos personajes, quienes dejaron al margen cualquier posición creativa y de pensamiento de corte pragmático.

Al contrario, Jünger pertenece a una corriente alemana allegada al existencialismo y al pluralismo de Schopenhauer, a las ideas que pueden venir de la parte irracional, lo que Nietzsche llama “antiintelectualismo”.2 Este antiintelectualismo trató de plantear desde el siglo XIX nuevos métodos filosóficos que pudieran trascender el intelectualismo racional de Kant y de Hegel; antiintelectualismo que a comienzos del siglo XX derivaría en escuelas filosóficas basadas en la psicología, el psicoanálisis o el pensamiento crítico. Además, Jünger también se asocia al romanticismo alemán de Schiller y de Goethe basado en el trabajo literario e intelectual cuya piedra angular es la libertad de pensamiento, la perseverancia y la búsqueda de los ideales,3 los sueños, las utopías. Ideas contrarias a las que el resto del mundo estaban discutiendo en ese contexto de la Guerra Fría.

A lo largo de este epistolario, se evidencia la importancia que Jünger le da al pensamiento basado en la espiritualidad, en la emoción y la irracionalidad de los sueños o ensoñaciones como parte de la existencia vital del ser humano. Es decir, el complemento a la parte pragmática. Por ello, el narrador alemán responde con más ahínco cuando Helena Paz le relata algún sueño o algún sentimiento que le inspiraron a hacer, a crear o a escribir un poema o varios como fue el caso de su poemario Ónix (1990), cuyo prólogo escribe Jünger a manera de correspondencia.

Estas cartas evidencian también el devenir de la civilización occidental y de la modernidad, cuyas crisis, ventajas y desventajas son vividas y reflexionada por ambos escritores. Por su parte, Helena Paz, en este análisis que hace a través de los libros de Jünger, hace de muchas cartas verdaderos análisis sociológicos, psicológicos y filosóficos de acontecimientos de México y el mundo, y del papel que están jugando diversos protagonistas de la cultura occidental en estos más de 35 años de comunicación, 35 años que vio cambiar al mundo en diversos sentidos: sociales, políticos y económicos.

La presentación de este epistolario inédito, cuyo hallazgo hizo la doctora Elsa Margarita Shwarz Gasque, y cuyo análisis, desde el punto de vista psicoanalítico, realizó al lado de la doctora María del Carmen Vázquez Martínez, es un descubrimiento que contribuirá a los estudios histórico-literarios mexicanos y alemanes, principalmente, y es una revelación en torno a una comunicación que se desconocía entre una mexicana y el pensador que mientras escribía una carta a Martin Heidegger por la mañana, por la tarde con las misma pluma y en el mismo escritorio le respondía a la poeta Helena Paz Garro.
Marcos Daniel Aguilar

§

Quinta carta de Helena a Ernst Jünger

Emitida desde París, no está fechada, por la secuencia del diálogo se asume que corresponde entre abril o mayo de 1962.

 

1962 (Helena Paz)

Querido Ernst Jünger,

Sin lugar a duda mi silencio lo ha de haber asombrado. Principalmente después de haber anunciado mi viaje a Alemania.

Esta semana regresé de España a donde fui con mi padre por algunas semanas. Algo muy importante ha pasado en mi vida. Yo no he visto a mi padre en los últimos tres años, aunque los dos vivimos en París. Porque él vive con una mujer italiana llamada Bona de Mandiargues, la esposa del escritor André de Mandiargues. Ahora ella me ha prohibido, bajo pena de severas represalias, acercarme o incluso llamar a mi padre. Como ella y su marido pertenecen a la secta surrealista, critican a mi madre por no compartir sus ideas sobre la moral. Ellos nos han acosado con bastante violencia, tengo que decir, calumniándonos, empujando a mi padre a lastimarnos. Incluso, aunque aparentemente nos dañaron mucho, no lo hicieron profundamente porque dejaron intacto nuestro espíritu. Y esto gracias a mi madre, quien miró sus actos con calma.

Y por haber empleado esta expresión muy española: “no debes entrar en el terreno del toro”.

Renuncié ver a mi padre durante tres años; nosotras más o menos nos hemos retirado del mundo. Usted nunca sabrá, querido Ernst Jünger, cuánto nos han consolado sus libros en ese momento.

Como todos los valores se derrumbaron alrededor de nosotras, su Diario era lo único sólido a lo cual nos aferramos. Estoy disgustada por todas estas personas de París, y así como usted lo describe tan bien, y por todos estos nihilistas que, cuando la verdadera cara de la derecha aparece, ¡son los primeros en escapar!

Todos estos adoradores del Marqués de Sade deben admirar a Adolf Hitler, el único verdadero discípulo del “Divino Marqués”, el único que se atrevió a establecer el nuevo orden demoníaco. Porque el verdadero maestro de Hitler es Sade.

Sin embargo, mi padre ha dejado a esta señora. Y yo me encuentro otra vez de cara con él, de frente como un extraño. El gobierno mexicano lo ha designado como embajador de México en Nueva Delhi, India. Y a él le gustaría llevarme ahí en septiembre. Yo no sé qué hacer. Seré honesta, prefiero quedarme en París con mi madre. Pero los papeles han cambiado; ahora nuestra vida está organizada y la de él desordenada. Él se siente muy solo porque no tiene otra familia más que nosotras.

Nosotras ya conocemos el oriente, pues mi padre fue designado en Japón. Vivimos ahí por un año.
¿Usted ama Egipto mucho, no es verdad? Yo sólo conozco el puerto Said, donde el bote se paró un día, y el canal de Suez. ¡Pero me gustaría leer lo que usted escribió acerca de las pirámides!, y sobre la civilización egipcia.

Pensando en este pasaje de Gärten und Strassen (Jardines y calles)4 que he leído hoy otra vez: “De la egiptología en general espero una explicación sobre todo en el pasaje de las imágenes a las letras: ésta es la piedra angular entre el antiguo y el nuevo mundo. Los griegos y los persas. El oriente y el occidente. Cuando considero mi estilo, me parece particularmente insistir sin duda en el hecho de que una pequeña parte de las imágenes del mundo actual están aún vivas en él, una gota de bálsamo de Heraclitus”.

Y esto es porque sus libros siempre dan la sensación de plenitud, de realidad, de belleza, como si usted hubiese alcanzado el núcleo del sueño de la vida. Sin embargo, después de haber leído a Aldous Huxley (que, por cierto, me gusta mucho), nos quedamos con un sabor amargo, como si uno hubiera entrado en un mundo plano, muy bien observado, pero con dos dimensiones. Y esto es porque Aldous Huxley está bastante aislado del mundo de las imágenes, y esto es un producto característico de nuestro tiempo. Y es también porque sus personajes, a pesar de la inteligencia y la claridad con la que los representa, tienen siempre algo artificial, algo fabricado.

¿Recibió usted el libro de mi padre? Él se lo envió en estos días, yo le he dado a él su dirección. Él se va para México en tres semanas, donde estará durante el verano y después regresará en septiembre.

Querido Ernst Jünger, usted se va a reír, pero estamos pensando en ir a Alemania este verano.

¿Estará usted en Riedlingen durante junio, julio, agosto, septiembre? ¡Yo no quiero dejar Europa antes de haber ido a Riedlingen!

Esperando impacientemente una señal de nuestro arcángel privado.

Su Helena Paz.

 

Carta de Ernst Jünger a Helena

24.05.1962 (Ernst Jünger)

Querida amiga,

El señor Octavio Paz, Paris 9 rue Longchamps, me envió su bonito libro Piedra de Sol. Si es un pariente suyo salúdelo de mi parte. Yo le escribiré pronto, estaré en París a finales de septiembre.

Su Ernst Jünger.

§

Décimo octava carta de Helena a Jünger

Como es costumbre, se encuentra una posdata al inicio de la carta.

New York, 17.11.1972 (Helena Paz)

P. D.
Mi dirección:
Hotel Middletown, cuarto 1704
148 Este 48th Street New York
Bajo el nombre de Helena Navarro.

Querido Ernst Jünger:

No sé si recibió dos voluminosas cartas en las que le expliqué todo lo que ha sucedido. La postal con la mariposa amarilla se me dio a finales de 1971, un año después de su llegada, por la esposa del amigo que solía ser nuestra “caja de cartas”, un director de cine que es un amigo cercano de mi madre y que vive ahora con mil dólares a la semana que son pagados por su buen amigo, el hermano del presidente Echeverría, como una recompensa por entregarle todas nuestras cartas.

Eso es lo que dijo su esposa, quien nos dio su tarjeta, y nos dio el consejo de dejar México. Este país es el centro del terror del totalitarismo comunista de Castro en América. Pero le aseguro que están enviando asesinos por todas partes, incluso a Münich para los Juegos Olímpicos. Pero en verdad, estos son los verdugos del gran vampiro de la isla: Fidel Castro. Si ha recibido mi primera carta, tal vez pueda entender lo que estoy tratando de decir. Como nos hemos mezclado con la política sabíamos demasiado, y no nos dejaban salir del país, y no le daban un pasaporte a mi madre.

Fui sometida a una cirugía el año pasado en el Hospital Español, por un “llamado cáncer”. Por esta razón el sobrino de uno de estos grandes políticos tuvo piedad con nosotras y dejamos el país en secreto en su coche oficial. El “Tribunal Plebeyo” comenzó el 2 de octubre y, después del castro-comunista, fuimos responsables de la represión contra su rebelión en los Juegos Olímpicos de 1968. ¡Nosotras y el presidente Díaz Ordaz! Esto es ridículo. La verdad es que estos monstruos mexicanos nos ofrecieron mucho dinero para caminar con ellos, pero nos negamos. Los testigos molestan. Tiene que saber que mi padre es el poeta oficial del régimen, desde el ascenso al poder de Echeverría, exministro de la policía.

Mi padre, por supuesto, no me habla más. Tuve que vender mi apartamento en París para vivir en México. En cuatro años nadie vino a vernos, excepto los estudiantes terroristas castro-comunistas, y por supuesto, los que trabajaban bajo el orden de nuestro inefable jefe de policía. En la foto que adjunto se puede ver uno de estos bastardos. Además, van a Alemania, a Suecia, con mucho dinero para coordinar el terrorismo en Münich. Nos dijeron esto ellos mismos. Por cierto, uno de ellos acaba de regresar de Alemania. Y todos los mexicanos están en el tráfico de drogas. Este es un plan de Fidel Castro y de Echeverría para arruinar el oeste. Pero tengo miedo de hablar de esto. Aquí en los Estados Unidos hay demasiado de esto.

Le diré algo más agradable: cuando llegamos a Nueva York, en el Hotel Middletowne, aparecieron nuevamente nueve maletas llenas de papeles, fotos, sus cartas, mis poemas. Hace tres años venimos a Nueva York y tuvimos que salir del hotel y regresar a México por falta de dinero y otros problemas. Al llegar aquí, el empleado del hotel me mostró la bodega. Se había quemado porque la discoteca que estaba arriba se había incendiado el día de Navidad de 1971. ¡Todo había ardido, excepto el rincón donde estaban mis maletas con sus cartas! Por lo tanto, usted ha salvado la única copia existente de mis poemas. Bueno, me voy ahora, ya no quiero aburrirle más, ¿podría escribirme y enviarme otro talismán para llevar siempre conmigo?

Su Helena Paz.

P. D. Tengo unos mil dólares y pensamos ir a Austria finalmente. Estudiando bien alemán y yendo donde está el editor de las obras teatrales de mi madre. Aquí en los Estados Unidos la gente es apática, no cultivada, todos los jóvenes están drogados en las calles. Y en México los mexicanos me dijeron encantados cuando regresan de Estados Unidos o de Alemania, después de haber vendido su carga de “Marihuana” o “Peyote” o de heroína: “Todos los jóvenes rubios toman drogas. Europa ha cambiado. ¡Decid ah! ¡Ha!” ¿Es esto cierto? La foto que le adjunto la tomé en mi casa en México como una broma. Fingí ser una mariposa, para tener suerte. Y esto me trajo suerte.

Página con la foto: Estoy de pie, mi madre sentada y el bastardo estudiante comunista.

Helena Paz.

Ilustración: Guadalupe Gómez

Carta de Ernst Jünger a Helena

28.11.72 (Ernst Jünger)

Querida Helena,

Estoy encantado de saber que usted está segura. Es muy razonable buscar algo en Antibes. Tal vez Christian Bourgois, mi editor en París podría ayudarle a encontrar una casa. Yo lo visité en Antibes en su bonita propiedad.

Es una lástima que usted haya vendido su apartamento en París. De todas formas, espero verla pronto en París o en la orilla del Mediterráneo. Manténgase firme. Le abrazo.

Ernst Jünger.

Posdata: Su padre me manda de vez en cuando sus poemas.

§

Vigésima carta de Helena a Jünger

Jünger escribe en el sobre “Paz Helenita” y la fecha: 6.6.74.

Madrid, 06.06.1974 (Helena Paz)
Ernst Jünger
Wilflingen über
Riedlingen
Wurtemberg
Alemania

Querido Ernst Jünger:

Le escribo desde Madrid lo que ha sucedido. Voy a tratar de darle un breve resumen de una situación confusa, pero todavía la misma. Me parece estar viviendo el Der Prozess (El Proceso) de Kafka, un autor que siempre me repugna instintivamente. Pero parece que escribió la verdad sobre el mundo moderno.

He pedido asilo político a los Estados Unidos, por consejo e incluso por presión, se puede decir, de una gran amiga cercana de mi madre, Mildred Murphy, la hija del político estadounidense Robert Murphy,5 el “Kissinger” de Roosevelt, después más tarde, subsecretario del Estado de Eisenhower, embajador de los Estados Unidos, etc. “Con la recomendación de mi padre lo obtendrás inmediatamente”. El 16 de febrero de 1973 pedimos asilo político a inmigración. Pusieron en el pasaporte: “solicitud de asilo político. Permiso de trabajo”. La inspectora nos dijo: “Esto irá al Departamento de Estado. Pero estoy segura de que lo conseguirás, etc.”.

En febrero diecinueve el presidente de México nos telefoneó en el hotel donde nos quedamos: “Vuelvan inmediatamente a México. Quiero que Helena se haga la cirugía en su país”. Su tono era amenazante. Nos negamos. El señor Robert Murphy cambió por completo. No quiere tener más que ver con nosotras. Su hija viene a nosotros todos los días, nos busca. Su hija, por cierto, tiene cincuenta años. Tengo miedo de hacerme mi cirugía por temor a los mexicanos, porque un examigo nuestro, Julio Bracho, director de cine, nos acaba de amenazar con espías mexicanos, etc. Dejamos Shelter Island, una isla perdida al final de Long Island, mayo, junio, julio, agosto, septiembre. El presidente de la República y su hermano Rodolfo6 empezaron a enviar telegramas, para llamarnos por teléfono: “Vuelvan inmediatamente”.

En esta caseta perdida, el teléfono suena todos los días, llamadas desde México. Y aquí dos personajes entran en escena: uno, Federico Zamora, líder estudiantil comunista que trabaja también para la policía secreta, ¡nos llama todos los días durante tres horas! Y tengo testigos: vecinos, etc. Y una poetisa, una amiga de ambos, de mi padre y de mi madre, Eunice Odio,7 anticomunista profesional. Ella nos conoce desde que yo era una niña. Al teléfono, ella se indigna por la forma en que nos tratan, ella telefonea al presidente Echeverría para ir a verlo e interceder por nosotras. Él la recibe y dice: “Diles que regresen. Aquí en México todo se hará por ellas. En Nueva York esto es imposible”. Ella llama a mi padre para hacerle pagar mi cirugía. Él corta la relación con ella y le dice: “No quiero oír más de estas dos personas (mi madre y yo)”. Ella me dice esto indignada, etc.

Ella nos llama todos los días, rogándonos que regresemos a México. Regresamos a Nueva York el 28 de septiembre. Mi médico me recomienda un abogado, el señor William Oltarsh. Voy al encuentro al día siguiente. Es un especialista en asuntos de asilo político. Le pagamos dos mil dólares. Porque en Shelter Island los hostigamientos continuaron. Llamadas telefónicas amenazantes, etc. Me hacen mi cirugía en Nueva York. Habíamos alquilado un pequeño apartamento. Eunice Odio empieza a enviarnos cartas desesperadas, muy raras: mi teléfono ha sido cortado. Estoy amenazada. Pero amenazada, ella dice, debido a las intensas llamadas telefónicas hechas a los Estados Unidos.

Mi madre ha comenzado a dar conferencias en la Universidad de Nueva York, ya que sus libros son muy conocidos por aquí. El presidente de México nos llama a casa de un vecino, Madame Aude Cohen (porque mamá se niega a tener un teléfono en la casa). Federico Zamora, el estudiante de la policía, llama a la casa también. Estupefacción para Madame Cohen, así como para todos los vecinos. El 11 de abril de 1974 nuestro abogado nos dice: “Vayan a la inmigración, porque he hecho una solicitud para los pasaportes internacionales como refugiadas”. En diciembre de 1973 nuestros pasaportes mexicanos habían expirado. El 11 de abril, el inspector dijo: “Como sabe, Sr. Oltrash, el asilo político ha sido rechazado el 10 de octubre de 1973”. ¿Pero por qué no hemos sido informadas?

No pudo responder. El abogado lo ignoraba. Pero en nuestra vida ya había aparecido una señora, June Cobb, amiga de Eunice Odio y de los dos escritores mexicanos, un americano que había vivido en México, de 1961 a 1966, y que había organizado la Sociedad de Escritores Mexicanos. La conocíamos vagamente. Un día ella apareció en casa enviada por Eunice; ella viene todos los días. El Viernes Santo nos lleva a la “Deportación”; el décimo cuarto piso de la Inmigración para supuestamente ver nuestro expediente y ver a lo que tenemos derecho, según la ley americana, habiendo perdido el juicio por el asilo político.

Allí nos rodearon unos policías siniestros: “Van a ser deportadas a México, su país de origen, ya que no tienen más pasaporte. ¡Esta es la ley! “, ellos gruñeron. Lloré, yo exigí mis derechos. El Gran Jefe sale de la habitación, Mr. Mapel, rubio americano con gafas redondas en un marco de acero. (La inmigración está llena de negros, hindúes, chinos que quieren trabajar en los Estados Unidos), él admite: “Sí, es ilegal que no se les haya informado el 10 de octubre que no se les concedió asilo político. Ni a su abogado tampoco”. Lloro sólo de pensar ser deportada a México. Te daré tiempo hasta el 11 de mayo. Entonces puedes apelar al magistrado de inmigración, luego a la corte de apelaciones, luego a otro magistrado, luego a la Corte Suprema. Estas apelaciones pueden tomar un año. Pero cada uno cuesta mucho y nunca se le otorgará asilo político, ya que no consideramos a México como un país que persigue. Es diferente con Cuba o con Rusia.

—¿Por qué no me lo dijo el primer inspector? Yo habría ido a Europa. Aún tenía dinero y un pasaporte.

—No lo sé.

Nos fuimos. Estaba desesperada pensando en volver a México. Todos nuestros amigos de Sudamérica, a quienes les dije esto, dicen: “¡Te salvaste por un pelo! Este es un verdadero milagro. Nadie sale del catorceavo piso. Este es de donde eres deportado. Los oficiales de policía de la deportación son los más brutales. Ni siquiera tiene derecho a apelar a su abogado de deportación”. ¿Quién te llevó allí? “June Cobb”. “Esta no es una amiga. Ella es más bien tu enemiga”. June Cobb desde ese día cambió, comenzó a amenazar, en fin, para no aburrirle, fuimos al Consulado de México. Un vicecónsul (encargado de los mexicanos en el extranjero) nos detuvo en un pasillo.

—¿Es usted la señora Garro y su hija?

—Sí.

—Síganme.

Luego en su oficina dijo: “Le admiro. Sé todo sobre sus problemas. Le daré una extensión para sus dos pasaportes. No puede regresar a México. Sé por buenas fuentes que los terroristas castristas pagados por el gobierno de Echeverría le encarcelarán y le matarán”. “El pequeño hombre de pelo castaño hizo lo que él prometió. ¡Él nos salvó la vida!” Amigos profesores nos prestaron dinero para ir inmediatamente a España. (Mientras tanto, después de la discusión en el departamento de Deportación, escribí una carta desesperada a Lucienne Didier).

En la víspera de nuestra partida de Nueva York, June Cobb vino y nos dijo: “Eunice Odio su amiga ha sido asesinada. En su bañera, el cráneo destruido por los golpes. No se sientan culpables. Incluso si no volvieran a México”. Unos días antes yo había llamado a Eunice a su casa, frente a June y un individuo que se identificó como Jacinto Trujillo, de la Policía Preventiva, respondió a su teléfono amenazándonos groseramente.

Dormimos con una amiga que es profesora y tomamos el avión al día siguiente a Madrid, con la fortaleza de la promesa del cónsul español López de Erce, para recibir el pasaporte español en Madrid. Y siguiendo en esto los consejos de Lucienne Didier. Aquí en el Ministerio un caballero muy importante nos dijo ayer: “Si no tienes el certificado de naturalización mexicana de tu madre, imposible”. Bueno, querido Ernst Jünger, nunca el gobierno mexicano entregará este dossier. Lucienne Didier fue muy amable en ofrecernos su ayuda y la suya. Realmente soy inocente, así como mi madre. Nuestro único crimen es no ser comunista. Si somos expulsadas de España, ¿qué haremos? Mi madre es española. Necesitamos un pasaporte. ¿Usted me podría ayudar? Si es necesario, vendré a donde quiera que esté para explicarte todo (por carta es más difícil).

Querido Ernst Jünger, no cuento con nadie en el mundo, no sé qué hacer, Estoy desesperada. No sé de dónde obtiene su poder el ridículo tirano mexicano Luis Echeverría.

Con amor,

Helena Paz.

Hostal Don Diego

P. S. Deme una señal en:
Calle Velázquez 45, Madrid, España.

En una autobiografía publicada en los Estados Unidos donde aparece toda su familia, mi padre ni siquiera menciona el hecho de que tiene una hija. Le digo esto no por atacarlo, sino porque Lucienne ingenuamente cuenta con su ayuda para mí. Sí, podría ayudarme porque él es muy importante para el gobierno mexicano. Pero es inútil.

 

Carta de Ernst Jünger a Helena

Carta con papel membretado de Ernst Jünger con su dirección.

22 de junio de 1974.

Querida Helena:

Estoy triste con motivo de sus noticias. Como usted sabe yo mismo estoy muy mal con sus adversarios.
Deme la dirección de Octavio, su padre, quien me ha enviado sus libros varias veces. Yo quiero indicarle sus deberes.

Siempre suyo.

Ernst Jünger.

P. D. Saludos a su madre.
Le escribí a Lucien Didier.

§

Décimo sexta carta de Helena a Jünger

Sin fecha, probablemente data entre octubre de 1968 y agosto de 1970. Se lee escrito a mano por Ernst Jünger el nombre de Paz, Helena. En esta carta aparece primero la posdata.

P. D. Al señor Julio Bracho
Descartes, 70, Colonia Anzures
México, DF.

Estimado Ernst Jünger:

Sólo escribo unas pocas palabras dos líneas para preguntarle algo vital: hace un mes le envié una carta en la que le confié cosas de extrema importancia para mi seguridad personal. Lamentablemente, temiendo ser seguida a la oficina de correos, se la confié a un joven amigo, un estudiante. Como no tuve una respuesta, me temo que este muchacho me ha traicionado y guardó la carta. ¡Las cosas están tan mal en México y en Guatemala! Los asesinos comunistas, que mataron de una manera tan vil al conde von Spreti,8 son los mismos que nos amenazaban, a mi madre y a mí en 1968. Hay ciertamente un estrecho contacto entre las “guerrillas” de Guatemala y de México.

Conozco a varios líderes personalmente. Y estoy firmemente decidida a luchar contra estos asesinos. Pero cuentan con el apoyo de “arriba” para su impunidad. Ellos deben ser exterminados. No se puede imaginar la cantidad de personas que asesinaron: 4,000 en Guatemala el año pasado. El gobierno de Guatemala no podía volver a ceder a su chantaje. En los Estados Unidos, también, cuentan con el apoyo de “arriba”. ¡No Nixon, por supuesto! Le ruego que me responda porque estoy muy preocupada por el tema de esta carta.

Su Helena Paz.

 

Postal de Jünger a Helena

Contiene la mariposa Trachydora jungeri (Amsel, 1968) con la leyenda: “Esta pequeña mariposa originaria de Karachi Pakistán fue dedicada al poeta y escritor Ernst Jünger”. Dirigida a Helena Paz o Julio Bracho a Descartes 70, Colonia Anzures, México, D.F.

 

09.09.1970 (Ernst Jünger)

Querida Helena Paz, la dirección de Lucine Didier:
51 Rue de Séne, Paris 6.

Las mariposas son más fuertes que los demonios, no tenga usted miedo, con los mejores deseos.

Ernst Jünger.

 

Marcos Daniel Aguilar

Ensayista. Es autor de: Un informante en el olvido: Alfonso Reyes (Conaculta, 2013) y La terquedad de la esperanza. Cuatro cuadros circundantes a un libro revolucionario (UANL, 2015).


1 Rodolfo Suárez, “Se prohíbe a los materialistas estacionarse”, en Camaradas Nueva historia del comunismo en México (Coordinado por Carlos Illades), México, Secretaría de Cultura-FCE, 2018, pp. 351-359.

2 Pedro Henríquez Ureña, “Nietzsche y el pragmatismo”, México, Obra crítica, FCE, 2001, p. 73-78.

3 José Enrique Rodó, Ariel, UNAM, 1942.

4 Ernst Jünger, Radiiaciones I. Diarios de la segunda guerra mundial (1939-1943), Barcelona, Tusquets, 2005.

5 Robert Daniel Murphy (1894-1978). Diplomático estadounidense.

6 Rodolfo Echeverría Álvarez (1926.2004). Hermano de Luis Echeverría Álvarez, fue secretario General de la Asociación Nacional de Actores (ANDA).

7 Eunice Odio (1922-1974). Poetisa costarricense, amiga de Elena Garro.

8 Karl von Spreti (1907-1970). Embajador alemán en Guatemala, fue secuestrado y asesinado el 5 de abril de 1970.

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“Leo en Cercas, no creo equivocarme, un continuo elogio de la compasión como un deber de quienes hemos perdido la fe en la otra vida y por eso nos asimos a ésta con la esperanza de encontrar la razón de ser en la cercanía con los otros”, escribe Mastretta sobre la novela del escritor español, ganadora del Premio Planeta 2019.


De la muerte, lo que más espanta es que la vida siga ahí, como si nada. Que se oiga el paso del aire, que llueva, que en la televisión aparezca el mismo noticiero en el mismo horario, con la misma noticia irresoluta, sin que nada se mueva.

Que el mar siga sonando, vaya y venga, como si nada. Que el silencio atronador de un pueblo chico, lastime aún más que un alarido. Que la ley y quienes la aplican puedan seguir su paso largo, sin pensar demasiado, sin conmoverse.

Contra esta indiferencia es que el personaje central de Terra Alta, batalla toda su vida. Y de esta pena habla el escritor, cuando de él habla, y cuando habla de todos y con todos los demás. Con sus muchos, extraordinarios, personajes.

Junto a Melchor Marín —como se llama el niño solitario, el joven incesante, el hombre obsesionado por la justicia— hay, uno tras otro, personajes que atrapan en la trama de sus emociones, inolvidables personajes, de alma sencilla y físico extravagante, índole sofisticada y ropa simple, de voz certera y frases lapidarias.

Todos descritos con maestría.

Todos consiguiendo con su estampa y su historia volverse cercanos, a veces a pesar de sí mismos y del escritor que trama su destino.

Hay en este libro seres humanos que consiguen encantar al lector con sus ocurrencias y su generosidad, a las que el escritor les da una vuelta más. Los contradice o los enaltece según le viene en gana. Y de un modo irreprochable. De pronto parece como si la mano del destino, y no sólo la del escritor, entrara haciendo que sus personajes opten por lo que deben o por lo que no deben, estén siempre teniendo que decidir aun cuando ellos no lo sepan, cuando ni el lector lo sepa a tiempo.

Hay quien cree que esta novela de Cercas, por estar dedicada en parte a que un policía busque, de manera obsesiva, a unos asesinos, puede considerarse policíaca y por lo mismo ser una excepción entre sus otros libros. No es así.

Cada libro es distinto, sin duda, pero las obsesiones, los enigmas de un escritor están en todos sus libros. Sin duda en esta novela —cuya historia camina rápida y engañosamente sencilla— hay la misma fiel devoción por lo incierto y por la verdad, por esa mirada con la que este escritor encuentra siempre que todo se puede ver y vivir al menos desde dos lados. Así lo enseña mientras escribe y así lo explican sus personajes.

Extraña manera de mirar el mundo —dirían algunos— única manera de intentar la lucidez, de aceptar el cuento de la existencia como un camino por el que andamos eligiendo entre algo tan inasible como el bien y el mal. Pero eligiendo siempre con el cuidado de quien anda por un alambre al borde de un abismo.

Narrada en tercera persona, la novela va del presente al pasado y al revés, un capítulo tras otro, hasta el final que se nos entrega como una premonición del futuro. Escrita en tiempo presente, pero teniendo siempre como centro la mirada y las emociones del personaje Melchor Marín, un policía lector y romántico a quien encontramos, en la primera página, frente a un crimen atroz, cometido en un pueblo en el que lo único que puede salvarlo del tedio y la memoria, que puede ser atroz, es su condición de lector insaciable, compartida, para bien, con su mujer.

Cercas construye su trama sin tropiezo. Y, al menos, frente al lector, con una facilidad generosa. Yo fui por el libro llevada de su mano y muerta de envidia.

Para algunos escritores, lo más difícil de todo es el orden en el que debe contarse la fábula. Yo estoy entre ellos. Cercas, no. Cercas entrega con nitidez y acierto.

Puede pensarse que tal cosa es el deber de todo buen escritor de policíacas, pero ya dije que esta no es sólo una novela policíaca. Es también una constante reflexión, a veces un ensayo sobre el buen hacer, el buen querer, el ir dilucidando —mientras pasan las cosas más terribles, pero también las más sencillas— de qué va la vida, ardua y trémula, de un hombre que poco a poco se nos mete a la imaginación y toma por su cuenta la realidad sin darnos tregua. Frente a nosotros reflexiona, interpreta, se maldice y para sus adentros vive en un incansable litigio con la realidad. La suya y la de quienes lo rodean, lo aman o lo afrentan.

Es difícil presentar un libro sin contarlo. Y de eso dan ganas con éste. Habla muy bien de la historia, el que quien la ha leído la cuente con inaudita facilidad y a la menor provocación. De principio a fin y destanteando a los escuchas que de repente creen que ya no puede pasar nada más y sin embargo sigue y sigue pasando. Yo he contando esta historia al menos cinco veces a quienes han querido oírla en una sobremesa, en un viaje, en un conversación informal. Todo a propósito de que iba a venir a presentarla y no sabía cómo hacer para no contar la forma que le dio Cercas, esta vez, a la deriva de su constante deliberación en torno el deseo, la honradez y la norma.

Escribir siempre es arriesgar, ponerse en manos de los otros. Sin duda, quien hace ficción habla de sí, aunque hable de seres imaginarios. Es el caso de Cercas, cuando habla de la pasión de su personaje por Los miserables, la inmensa y omnipresente  novela de Víctor Hugo. Tener que “elegir entre dos verdades discordantes, entre dos razones igualmente válidas” es lo que le pasa a Javert, el policía, uno de los dos personajes clave de Los miserables. Elegir es lo que aflige y enaltece a los personajes de Cercas y sin duda también a él.

Melchor Marín vive en un pueblo aislado porque ahí lo han llevado su destino y su vocación. Rara vocación la de un policía. Ahí empieza el libro y cuando va hacia atrás va hacia su infancia y su madre, su inalcanzable padre, su adolescencia imaginativa y triste. Su vida construida contra la adversidad como la de Jean Valjean, el otro personaje crucial de Los miserables y perseguida por el afán de perseguir que aprende de Javert.

Leí Terra Alta como en un vuelo. La terminé como quien encuentra, por un rato, una absolución. No estoy sola en la pregunta sobre qué es lo debido, qué va primero, “¿las reglas propias por encima de las reglas comunes?, ¿el derecho natural por encima del derecho formal?” ¿Quién no se ha hecho estas preguntas? ¿Cuántos las resuelven a la mala y cuántos como de deber ser? Y ¿cómo debe ser? Se pregunta una noche muy larga, Marín, el personaje clave de Terra Alta, en mitad del mar frente a Barcelona.

He terminado el libro confirmando mi certeza de que Cercas es un escritor que no sólo vale el gusto leer, sino que es bueno leer para sentirnos acompañados en la diaria decisión de cómo vivir con dignidad y valentía.
Leo en Cercas, no creo equivocarme, un continuo elogio de la compasión como un deber de quienes hemos perdido la fe en la otra vida y por eso nos asimos a ésta con la esperanza de encontrar la razón de ser en la cercanía con los otros.

No somos ni mejores ni peores quienes pertenecemos al escaso grupo de humanos que han perdido, o han soltado, en aras del conocimiento o de la llana intuición, las creencias religiosas en que crecieron. Pero en algo necesitamos creer para despertar con fortaleza interior y al mismo tiempo lealtad al bien común. De esto se trata este libro. Esta reflexión nos regalo. Además, sin duda, la trepidante historia que la provoca y que he prometido no contarles.

Felicidades, Javier. Bienvenidos tu libro y este premio. Muchas felicidades. Mil gracias.

• Javier Cercas, Terra Alta, Barcelona, Planeta, 2019, 384 p.

Nota editorial: la autora leyó este texto en la presentación del libro en la FIL de Guadalajara, el 1º de diciembre de 2019.

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Autora de El viento de las horas, La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida, entre otros títulos

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Con este discurso, la escritora argentina inauguró el Salón Literario Carlos Fuentes, y recibió la presea homónima, en la Feria del Libro de Guadalajara 2019. Se refiere a la realidad de la lectura en el mundo contemporáneo, a las derrotas y a las luchas esperanzadoras que nos embargan: entre ellas el feminismo de la quinta ola.

Muchas gracias. mi querida y admirada Rosa Beltrán por tus lúcidas, generosas palabras.

Y quiero agradecer, ¡y celebrar! a Marisol Schulz y a Laura Niembro, dos mujeres maravilla que año tras año logran el milagro de dar vida a esta creciente aventura del saber, a Raúl Padilla sin el cual no habría FIL Guadalajara, a Silvia Lemus, brillante alma del Salón Literario, a Gonzalo Celorio por el recuerdo de los encuentros en esta misma feriea sobre “El placer de la lengua”, y a la memoria de dos grandes amigos: Javier Wimer que me abrió las puertas de México y Roque González Salazar que en la embajada en la Argentina.

Abrió las puertas a tantos asilados durante los años de plomo.

Rosa Beltrán presenta a Luisa Valenzuela en la Apertura del Salón Literario y entrega de la medalla Carlos Fuentes en la Feria Internacional del libro en Guadalajara, México, Domingo 01 de Diciembre del 2019. (© FIL/Pedro Andres)

Por todo esto, además de la gran responsabilidad, es para mí un orgullo y una sincera alegría hablar hoy en la Inauguración del Salón Literario. Carlos Fuentes, nada menos. Carlos Fuentes, genio múltiple, imperecedero. ¿Qué mejor guia par este recorrido que emprenderemos hoy?

“Las letras, verdadero espacio de libertad" es el es el título que escogí para esta exposición. Las letras, lo leído y también lo escrito. Lectura y escritura… caminos paralelos que se cruzan y se complementan. Toda escritura, quizá sobre todo la de ficción, es una forma de lectura de la realidad, desde los muy diversos ángulos, con miradas al bies o ejerciendo el pensamiento lateral en el cruce entre lo fáctico y lo narrativo. Cada obra literaria es una apertura al mundo y, sin ofrecernos soluciones predigeridas, nos brinda herramientas para encontrar respuestas por cuenta propia en un viaje exultante.

Un libro nos acompaña sin melindres (recordemos el número 7 de los Derechos del Lector según Daniel Pennac, que nos otorga “El derecho a leer en cualquier sitio").

Me inclino por el libro impreso, verdadero amigo. Al leerlo ejerzo mi libertad sin depender de nadie, ni de wifi. Aun con corte de luz basta una vela, un fueguito, el sol. Batería recargable desde lo espiritual.

Y aquí estamos en compañía los libros, en un magno festejo. Toda feria que los honra es una instancia mágica. Más aún tratándose de una feria de estas dimensiones, la mayor de todo el continente americano si no me equivoco, una feria internacional que figura entre las más importantes del mundo.

La FIL Guadalajara, más allá de sus apoteóticas dimensiones (y a pesar de ellas), es sin lugar a dudas la feria más festiva del mundo. No es una apreciación superficial y sin sustancia. Todo lo contrario. Lo festivo puede muy bien pertenecer al orden de lo sagrado.

Recuerdo la dicha de cierta edición temprana de la FIL, cuando escritoras y escritores de todas las Américas llegamos a Guadalajara desde la Ciudad de México en tren después de un encuentro en el Palacio de Minería. Era un tren antiguo, con compartimientos individuales, imperial y decrépito. Al culminar aquella alegre noche de viaje fuimos recibidos al mejor estilo Jalisco, con mariachis y un desayuno pantagruélico que quedó en nuestra memoria como uno de los hitos de la celebración de las letras.

Años después invoqué este recuerdo con Dante Medina, gestor del inolvidable recibimiento, para enterarme de que había sido una improvisación de último minuto: las habitaciones del hotel aún no estaban prontas para recibir a los recién llegados.

Es tal cual el mundo al que ingresamos al abordar el tren de la lectura: un mundo hecho de imaginación, improvisaciones y sorpresas, poesía y desconciertos. Así, aquel inolvidable y ya desaparecido tren nocturno ha ingresado, como tantos otros, en el reino de la metáfora.

Hoy vivimos en un mundo en movimiento constante, arrollador. Sin embargo detenerse a leer, sumergirse en un libro, no significa perder la marcha sino acercamos a una comprensión de aquello que de otra forma arrasaría con nosotros.

Leer no es apearse del “tren” en plena carrera, se trata más bien de avanzar por otros rieles. Crear carriles nuevos.

Instancias que nos invitan a reflexionar, a sopesar opciones y no dejarnos arrastrar por la nefasta corriente, fascinante y despiadada, que nos impone la era tecnológica. Pensamos queremos que nuestra rebeldía esté bien direccionada.

Hoy hemos alcanzado una época por demás fuenteana. “¿Cuánto faltará para que llegue el presente?”, pregunta Jerónimo de Aguilar en “Las dos orillas”, cuento insignia de ese memorable libro titulado El Naranjo.

Carlos Fuentes, su autor, no escatimó respuestas al respecto; no en vano englobó el vasto conjunto de su obra bajo la denominación La edad el tiempo. Queda latente la pregunta, “¿Cuánto faltará para que llegue el presente?”. La respuesta, hoy, es estremecedora.

Con la posmodernidad en pleno ejercicio, con la proliferación de la posverdad, falsas noticias y el lawfare, llegó un presente que pretendió eternizarse. Fue el llamado Fin de la historia, un aquí y ahora de la gratificación inmediata sin empatía o solidaridad alguna.

Clic, me gusta. Y desatentas a la realidad ya replicamos par el inconmensurable ciberespacio aquello que nos resulta cómodo, vagamente gratificante, tranquilizador. Sin medir las consecuencias

Las noticias falsas llegan a nuestras pantallas con una terminología que apela directamente a nuestros más profundos sentimientos. Cortesía de Cambridge Analytica, como es sabido, que robando nuestra información en las redes se valía de complejos algoritmos para descifrar nuestra personalidad. Fue, es, la denominada Guerra de Cuarta generación.

Complejos algoritmos ofician la alquimia de acciones psicológicas de propaganda, captando la información que colgamos en las redes, y produciendo la droga verbal que los bots y los trolls nos harán llegar por el ciberespacio para llevaros a un convencimiento espurio valiéndose de nuestras emociones.

¡Hay que estar muy alertas! Marina Garcés, la joven filósofa catalana. nos invita a asumir una actitud siempre crítica contra la “credulidad de estos tiempos y sus formas de opresión”.

Démosle libre curso a nuestra capacidad indagatoria, nuestra curiosidad, nuestro espíritu de rebeldía para enfrentarnos a las fuerzas reaccionarias y dogmáticas que pretenden regir nuestro mundo. Que pretenden imponer, y en buena medida imponen, la globalización asimétrica en la que estamos inmersas. Estas “nuevas credulidades” que llegan al extremo de cambiar gobiernos convenciendo a los votantes.

Hoy es sabido que de esta forma obtuvieron su triunfo Trump, Macri en mi país, Bolsonaro en Brasil. Manipulaciones de la ideología (suponiendo que éste sea el término) que no siempre resultan pacíficas. Basta mirar a nuestra pobre América del Sur tan convulsionada hoy en día. El nefasto tecno-neoliberalismo no se rinde.

La literatura de ciencia ficción, como toda literatura que se precie, nos alertó al respecto. Siempre lo hace, sólo que en general lo comprendemos en retrospectivas.

Guerra literaria a los algoritmos por lo tanto. Propuse en otra instancia a todos los escritores que están presentes escribir una novela al estilo de la brillante obra del checo Karel Çapek, La guerra de las salamandras. Las salamandras eran dulce animalitos extremadamente inteligentes que la humanidad empezó a adoptar, primero como mascotas, después como sirvientes para todo trabajo.

Y las salamandras aprendieron, aprendieron, y crecieron en inteligencia hasta que un buen día dominaron a la humanidad en pleno.

¿Les suena?

Ahora los poderes de turno hasta han pergeñado un súper algoritmo que enseña a los algoritmos menores a realizar mejor y más a fondo su trabajo.

Por algo en Chile, donde la lucha —a la inversa de Bolivia— se ha entablado contra el poder hegemónico y la represión, al igual que en Bolivia, es rampante apareció el siguiente grafito: Más ritmo y menos algoritmo.

Porque el ritmo nos lleva a la escritura. o nos sumerge en la lectura, como en un baile. Y ya entregadas al ritmo seguimos escribiendo, o seguimos leyendo, abstraídas del mundo. Y a la vez con una profunda compenetración: aguzando las antenas. O el radar, como quería Julio Cortázar.

Bien lo aclara Rosario Castellanos en su novela Rito de iniciación, por boca de su personaje el poeta Manuel Solís: “[se trata de] el secreto que yo no poseo aún pero ya me posee y que irá manifestándose poco a poco a través de las palabras, de los párrafos de las paginas con los que se digan mis historias”.

Quien escribe, en ese baile mental que hace a la creación poética, capta sin comprenderlo del todo —o para nada— aquello que vibra en el aire esperando su momento para manifestarse. Le corresponde a quien lo lee descifrar en las diversas instancias lo allí encriptado. Una forma de espeleología de sillón, por demás estimulante. Y renovable. Y variada.

No me mueve a escribir novelas o cuentos la necesidad de contar historias, ni un afán de catarsis o de expiación. Es apenas un loco intento de ir en busca de aquello que sabemos perdido de antemano. Lo que no puede ser dicho pero que empujará los límites de lo decible.

Es así el fervor que nos agudiza las antenas, que imanta nuestro entorno y pone a nuestro alcance la información o el dato o la sorpresa que nos irá conduciendo en una exploración del sentido.

La felicidad del libro, de la lectura, es el hallazgo del propio camino.

Cabe recordar medulares palabras de Carlos Fuentes referidas a la novela en general: “El futuro no es el porvenir, el pasado no es lo que ya sucedió. Hay un presente que encara a ambos, pero en una paradoja que le da futuridad al pasado y memoria al porvenir”.

Atenta a dicha “futuridad”, temo que por fin, en la vida real y mal que nos pese, ya ha comenzado el futuro. Y nos resulta inasible.

A lo largo de décadas se ha hablado de un cambio de paradigma. Parecería que en estos momentos estamos viviendo tal cambio, entre fascinante y aterrador, que implica salirse de este statu quo, del aquí y ahora. Del “lo quiero ya".

Para evitar estancarnos tenemos paliativos, o más bien herramientas para impulsarnos adelante: Los libros, la literatura, las letras. El Arte en general.

Y sin rechazar los kindle y sus parientes de este nuevo mundo (recodemos la novela Bravo nuevo mundo de Aldous Huxley, que ya en 1932, nos estaba alertando) recurrimos al libro impreso como una tabla de salvación (no una tablet).

No hay más propio, más privado en materia de letras, que el viejo y querido libro. Lo acariciamos, lo olfateamos, lo marcamos, subrayamos y nadie, a menos que lo prestemos, se entera de nuestras preferencias.

En los libros nos esperan las utopías, los sueños concretados y los que vendrán, aquello que descubrimos que sabíamos aun si saberlo, hasta ciertas respuestas absolutamente individuales.

Luisa Valenzuela en la FIL de Guadalajara, domingo 1.º de diciembre de 2019. (©FIL/Pedro Andrés)

Una novela, una serie de cuentos o poemas, nos abren a los mundos más diversos, permitiéndonos obviar obcecadas certidumbres, la falsa seguridad de fundamentalistas y amantes del autoritarismo. Porque ¡ojo! No estamos peleando contra molinos de viento. No. Estos son verdaderos gigantes internacionales, omnipotentes, que hacen lo imposible por llevarnos a la ruina porque eso significa la fortuna de ellos.

¡Salgamos a la lucha no sanguinaria con lo que aquí mismo tenemos a mano!

El poder de la lectura nos enseña a enfrentarnos al poder.

La vigencia de toda gran obra es actual. Nuestra captación de los matices la revitaliza a cada paso, revitalizándonos a su vez, despertándonos del letargo. Bien lo aclaró nuestro guía, el gran Carlos Fuentes, y fue más allá: “Cuando Pierre Ménard, en una famosa historia de Borges, decide escribir Don Quijote, nos está diciendo que en literatura la obra que estamos leyendo se convierte en nuestra propia creación”.

Acceder a una magna feria del libro como es ésta equivale a tener al alcance el Libro de arena de Borges. “El libro imposible”, según definición del protagonista del cuento, que añade “Me dijo que su libro se llamaba el Libro de Arena, porque ni el libro ni la arena tienen ni principio ni fin”.

En la bella Guadalajara el concepto no resulta monstruoso ni pesadillesco como lo es en el cuento de Borges. Porque el infinito sólo queda eternamente postergado si tenemos la dicha de que se sigan imprimiendo más y más libros a lo largo de los siglos.

De todas maneras, a unos metros de distancia de este salón, la oferta parece infinita, enorme, inabordable. Y eso es lo exultante. Y nos llena de entusiasmo.

Lo que nos enriquece es el placer del conocimiento, de la indagación que nos llevará lejos, mucho más lejos de lo que podemos prever.

“No existe la libertad, sino la búsqueda de la libertad, y esa búsqueda es la que nos hace libres”, dijo Carlos Fuentes en una entrevista y hoy más que nunca, en estos tiempos amenazado y convulsos, conviene recordar siempre las palabras de su credo: “.… entre la vida y la muerte, entre la belleza y el horror del mundo, la búsqueda de la libertad nos hace, en toda circunstancia, libres”.

Y dicha búsqueda la iremos haciendo en los libros.

Así, en otro capitulo de esa biblia fuenteana que es En esto creo, leemos “que un libro nos enseña lo que le falta a la pura información: un libro nos enseña a extender simultáneamente el entendimiento de nuestra propia persona, el entendimiento del mundo objetivo fuera de nosotros, y el entendimiento del mundo social donde se reúnen la ciudad —la polis— y el ser humano la persona”.

No hay duda de que el maestro se refiere, en primera instancia, a la alta literatura. La que no intenta imponer creencias sino abrir el juego. Intelectuales son quienes ponen un signo de pregunta ante las certidumbres de los poderosos, ya lo dijo Chéjov.

En 1983, nos invitaron, a Carlos Fuentes y a mí, a leer en una importante sala de Nueva York. El formato siempre era el mismo: un escritor o escritora leía en primera instancia, la segunda parte la ocupaba la figura central. Pero Fuentes, siempre generoso, propuse que de entrada hiciéramos un diálogo Norte-Sur, y para comenzarlo, él planteó: “El Norte no es lejano, es sólo vacuo y perdido. Los Aztecas lo imaginaban como un infierno blanco. Pera el Sur es profundo. No se va hacia él, sino dentro de él. El Sur es una herida que no cicatriza”.

La herida del Sur, el Sur de América, está nuevamente abierta en estos momentos dolorosos, pero no voy entrar en aciagos temas políticos, de represiones y actitudes dictatoriales.

Aquí y ahora elijo centrarme, porque la FIL es una fiesta, ya lo dije, en aquello que cauteriza la herida de mi Sur y abre nuevos horizontes. Porque el cambio de paradigma, de modelo, es real. Estamos con un pie en otra era y esta nueva era, en toda su convulsión, nos trae también vientos de esperanza.

¡Cuánta razón tenía Julia Kristeva tres décadas atrás cuando afirmó que el siglo XXI seria femenino o no sería!

La quinta ola del feminismo arrasa como un tsunami. Las mujeres en masa salen a las calles a reclamar por sus derechos en forma pacífica pero contundente, al punto que el cuestionado presidente de Chile las considera un peligro y la policía y los carabineros las reprimen con saña. “Hay un violador en tu camino” es la canción-performance protesta que hoy ellas interpretan en masa y que se ha ido replicando en muchas ciudades del mundo: “El patriarcado es un juez/ que nos juzga por nacer/ y nuestro castigo es/ la violencia que no ves” reza una estrofa.

Imparable es la fuerza que van cobrando las mujeres, junto con la aceptación de las diversidades.

Alentemos la irreverencia y la trasgresión. La literatura nos lo ha enseñado siempre, desde uno u otro lugar. Ha llegado el momento de asumirlo plenamente en nuestra habla cotidiana. Reconocer y aceptar las diferencias, irles dando nombres que se irán ajustando, precisando, como una forma más de ingresar a un futuro transformativo, enriquecedor.

Y este año, tan cargado de transformaciones, le toca a la India ser el país invitado, con sus grandes escritores y escritoras de ayer y de hoy, y su multiplicidad de dioses con sus diversos avatares. Así, la aterradora Kali, diosa de la destrucción y la transformación, resume todo el espectro del poder de la mujer. Y deviene sanadora y propicia en tanto Durga, la invencible, y encarna —en tanto Shakti, la esplendorosa— la energía femenina de todo lo viviente.

Y atendiendo a dichos avatares, las palabras también gozan y exigen transformaciones.

Razón por la cual, por más incómodo que nos resulte (por el momento) brego por el uso del lenguaje inclusivo.

El lenguaje es político, bien sabemos, y los posibles cambios al respecto van más allá de una mera formalidad, cuestionan directamente el hoy llamado sexismo lingüístico.

En español vamos aceptando, no sin reticencias, el uso de la E como vocal neutra, frente a las muy sexualmente cargadas A y O, si bien en lo posible conviene buscar los caminos menos ríspidos para limarle al habla cotidiana su duro estigma patriarcal.

Interesante ejercicio es el de la busca de sinónimos, y el retorno al molesto leísmo hispánico. Le en lugar de lo o la. Un ejemplo bien argentino sería, mal que le pese a los milongueros, cambiar la letra del tango:

“La vi pasar tangueando altanera”.

Por:

“Le vi pasar, tangueando con altanería”.

Santiago Kalinowski, director del Departamento de Investigaciones Lingüísticas y Filológicas de la Academia Argentina de Letras, afirma:

Cada vez que se usa el masculino genérico, se vuelve un refuerzo de esa configuración histórica de la especie humana (el hombre que se asignó el centro del universo). Si yo me quiero parar frente a una sociedad injusta, nada tiene más sentido que intervenir ese refuerzo, como una herramienta para crear conciencia sobre un problema, crear un consenso y modificar la injusticia.

Dedicado a Rosa Beltrán voy a leer un pequeño relato mío:

Des/equilibrios
El hombre mono / El hombre lobo / El homo erectus / El homo sapiens / El hombre ilustrado / El hombre invisible / El hombre biónico / El superhombre /El Ecce Homo
La mujer sin cabeza

Ya no será más así. Contra viento y marea, este nuevo paradigma trae también aires de diversidad.
En estos tiempos mutantes y acelerados, géneros literarios y géneros sexuales se confunden o imbrican. El lenguaje va señalando el camino.

Cuando las letras danzan y se combinan y los vocablos van armando las historias, son infinitas las posibilidades que pueden brindarnos y es sublime su poesía. Una verdadera caja de sorpresas.

Letras, palabras, mundos que se van recombinando y variando para abrimos la mirada hacia otras realidades.

“Necesitamos ficciones que alojen lo heterogéneo, lo vulnerable, lo precario. Ficciones capaces de expandir lo posible, de acoger lo extraño, de avivar las llamas. Ficciones que agiten los cuerpos, que hagan sudar las caderas, y qué también custodien la pereza, la calma y el silencio”, reclaman les integrantes de Sudor Marika, un conjunto de cumbia villera que está haciendo furor (furor combativo) en el sur de sures.

Se nos mueve el piso, se mueve todo. Más allá de la gramática, nos conmueven las identidades en movimiento. Así, Marlene Wyar, psicóloga social y directora del primer periódico travesti de la Argentina, habla de la identidad como una construcción permanente y del resentimiento como potencia creativa. “Nos estamos construyendo —dice Marlene— cada día estoy siendo la mejor versión de mi misma. Soy un gerundio: no sé qué soy, sí que estoy siendo travesti”.

Y en este devenir, en este “estar siendo”, fue que escribió su libro Travesti, una teoría lo suficientemente buena, donde reconoce que “tiene que ser una teoría que no baje de ningún territorio iluminado sino que se construya en diálogo”.

Diálogo es la clave.

Y poner el cuerpo, escribir con el cuerpo.

Leer con el cuerpo.

Pienso en los o las (dirán les) muxes zapotecas de Juchitán. Es sabido que en la región de Istmo de Tehuantepec, hay tres géneros que conviven alegremente: hombres, mujeres y muxes, una tercera clasificación reconocida y celebrada desde la época prehispánica.

Lukas Avedaño, eerformer y antropólogo (¿antropólogue?) aclara que en su idioma zapoteco, “como en inglés, no hay géneros gramaticales. Solo hay una forma para todas las personas y los muxes nunca se han visto obligados a preguntarse: ¿son más hombres o más mujeres?”.

“¿Entonces, como llamarte?”, le preguntaron.

“Entonces, llámame cariño”, respondió.

Qué fuerza, qué extraordinaria perseverancia han ido recuperando nuestros pueblos originarios. Siempre me conmovió, en México, la riqueza y vigencia de las culturas ancestrales. Hoy más que nunca se las percibe vivas, actuantes, defendiendo siempre sus plurales voces.

El idioma español nos permite la ágil comunicación de norte a sur, de esto a oeste de Nuestra América, como supo llamarla José Martí. Agradecemos esta lengua franca con la que hoy nos comunicamos, aportando sus sabores y matices regionales, pero lamentamos —al menos yo lamento— la pérdida de una cosmovisión unificadora y amorosa con la madre tierra y todos los elementos, cosmovisión que en buena medida fue arrasada con la cruz y la espada. “Los españoles matamos algo más que el poder indio: matamos la magia que lo rodeaba” dijo Fuentes por boca de Jerónimo de Aguilar. Y en otra instancia entendió  que “La tierra y la palabra. Esto nos sostiene".

Una palabra que, por fortuna, se está haciendo oír cada vez con mayor intensidad. Las mujeres de los territorios ancestrales de Bolivia, mujeres poderosas del arcoiris según propia definición, ponen el cuerpo en defensa de quien consideran su líder natural, y alzan la voz y proclaman su “palabra florida”, su “sentipensar”. Porque así de complejas, sutiles y poéticas son sus lenguas de origen. Y estas mismas mujeres proclaman: “Hemos construido no sólo retóricas, sino resistencias, re-existencias…”.

La cultura milenaria y la actual se dan la mano en estos nuevos tiempos porque, como bien lo supo el interlocutor de Federico en su balcón, “Todos sus tiempos son uno, el pasado es ahorita, y el futuro ahorita, el presente ahorita. Ni nostalgia, ni desidia, ni ilusión, ni fatalidad”.

Por eso AHORITA mismo vamos a disfrutar de la feria y de su prolífico y magnánimo salón literario. Con ánimo de aventura vemos con ojos ávidos para esculcar los libros y con oídos atentos porque la oferta oral y hasta la musical es también inabarcable.

Muchas gracias, entonces, ¡y felices encuentros!

 

Luisa Valenzuela
Escritora. Autora de: El chiste de Dios y otros cuentos, Cuidado con el tigre y La travesía, entre muchos más.

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