La FIL del Guadalajara como cada año es un desfile de aciertos y, sobre todo, de momentos absurdos como lo muestra la siguiente crónica.

Los puentes portugueses

Desde hace meses habíamos notado la palidez de algunos al escuchar que la FIL estaba dedicada a Portugal. “Viene flaca la caballada”, mencionaban los adeptos a la prosa cipotuda (por la que entre más bélica sea la referencia culturalista, más se precia el intelecto), que finalmente se reconocieron en la conferencia “La literatura sigue (el mundo después de Saramago)”.

Programa Literario “Los poetas portugueses y el fado” con la participación de Rui Vieira Nery en XXXII Feria Internacional del Libro en Guadalajara, México, lunes 26 de Noviembre del 2018. (© FIL/ EVA BECERRA)

 

Tan lejano llegamos a ver a Portugal —acaso porque no llena la prensa como sus pares europeos, ni siquiera como su espejo lusófono en América— que quedamos maravillados al oír la historia de esa forma tan folclorizada, manipulada y reducida a caldo lacrímogeno de turistas perdidos en Lisboa. El fado no es otra cosa más que la versión portuguesa del romance, llevada al Brasil por influjo de las cortes europeas, como arte culto, y traído de regreso a las costas lusas para escabullirse entre los muelles hacia cantinas y prostíbulos cercanos. Popularizarse, dirían otros. Es, digamos, el primo brasileiro, llevado de vuelta a la metrópoli, de todas las variantes americanas del son, en un recorrido de coplas y jaranas que sube desde Chile hasta Venezuela, Colombia, el Caribe y México (no olvidemos que hasta el “mariachi”, igual de folclorizado, pertenece a esta gran familia de “sones”). Cualquier duda favor de consultar a Rui Vieira Nery, profesor tan brillante y simpático que automáticamente lo adoptamos como la versión portuguesa de nuestro Antonio García de León.

Pero los puentes son confusos y bajo ellos se enturbia el agua. En una conferencia sobre el pensamiento político de Carlos Fuentes, Silvia Lemus, evidentemente rodeada de banderas, colores y explícitos carteles de Portugal, refirió que Fuentes siempre había querido hablar “brasileño”. Ignorábamos entonces la existencia de interminables debates en torno a la lusofonía y a la inminente independencia del brasileño como lengua diferenciada del portugués continental. La idea de las dos orillas de nuestra lengua, como se entiende en el mundo hispanohablante, se vuelve irreconciliable en el caso del portugués, frente a las inmensas literaturas que produjeron sus colonias.

Entrevistos, entrevistas y entrevistados

El lunes, como cada año, entramos cautelosos a la planta baja del hotel Hilton, con su elegante salita alfombrada y la vitrina de su cafetería con menos gracia que un mimo, lugarcitos compactos pero opuestos a cualquier intimidad. Ahí se juntan las virtudes de la pasarela y la fábrica. En cuestión de minutos, nos encontramos rodeados por Alberto Chimal, Ida Vitale, Juan Villoro, Ricardo Cayuela, Sabina Berman o Héctor Abad Faciolince, mientras hablamos del clima lluvioso y del espanto del café que es un inmundo homenaje a Melville. El confort de la pasarela es el del voyeur. Nosotros sabemos quiénes son y están tan al alcance del saludo efusivo y fanático —cualidad más bien industrial por su reiteración mecánica— como del discreto espionaje chismoso. Los entrevemos en las mesas de al lado. ¿Qué tanto se modifican las relaciones cuando uno conserva su sagrado anonimato y el otro no? ¿Qué les depara la sociedad a los que han perdido para siempre la oportunidad de ser anónimos, simples desconocidos?

Aparte del incómodo fan —ahora volvemos a ello— la labor del periodista es romper ese hielo para acceder a los autores. Charlar con ellos para democratizar la imagen de autoridad que establecen los libros. Paradójicamente, el trabajo en los medios contribuye en gran parte también a su sacralización, a despojarlos del anonimato. En la FIL, la entrevista, que pasa por un género artesanal, se vuelve parte del modelo fordista de producción de diálogos. Entrevistados desfilan frente a entrevistadores que acaban de abrir el libro con pretexto para la reunión y hacen una pregunta general tras otra. Los autores acaban sin voz ni imaginación; deben repetir respuestas una y otra vez, hasta que aparezca el esporádico periodista interesante, rogando por extender los escasos 15 minutos reporteriles que le dieron, aunque conozca vidas y obras de A a Z. La pasarela y la fábrica son dos versiones modernas de la misma hazaña: exponerse y repetirse sin ser aplastado por el tedio y el absurdo. Al salir de una entrevista, hallamos a una brillante Margo Glantz que resistía los flashazos y las indicaciones de una inspirada fotógrafa. “Llegué hace dos días a la FIL, y siento que llevo 80”, nos dijo. Evidentemente, ya no recordaba la cantidad de entrevistas que había dado ni las presentaciones que le faltaban. Minutos más tarde, el entrevistable mayor, Arturo Pérez Reverte, comía, sólo con su alma, en mitad del bullicio de un buffet.

Precisamente en una entrevista cortísima para la televisión, Pérez Reverte decía muy ufano que ya no necesita publicar libros para vivir. Eso lo sabemos por lo menos desde 2010, cuando el diario Expansión publicó que su carrera literaria le había acumulado en el banco 29 millones de euros en regalías. Quienes no disfrutamos de su literatura y menos de sus declaraciones observábamos atónitos, y envidiosos, la destreza con la que manejaba cuchillos y tenedores en soledad, seguramente tramando las siguientes aventuras de un espadachín valiente. Todo indica que el autor vino a la FIL a presentar su trigésimo séptima novela, Sabotaje. Es decir, vino para “provocar”. Puede permitírselo, según dice, “porque soy el hombre más libre que conozco”. Pues felicidades, Arturo. Ya puedes también, si quieres, comer con las manos.

Otros circos

Luego de tantas selfies, esa variante moderna del autógrafo pero más ridícula, en el vestíbulo del Hilton y a tantas personas ilustres que ya son parte de memorables Instastories, pronto más vistas que sus libros, volvamos a los hangares y galerones de la Expo Guadalajara. ¿Quién podría imaginar que entre las personalidades demandadas para la pose pudiera estar el exrector de la UNAM José Narro Robles? El entusiasmo de los estudiantes que se arremolinaban para tomarse fotos con él el domingo por la noche debió ser novedad para el rector menos querido en la UNAM desde Ignacio Chávez. Todo es pasto ya de las espontáneas “auto-fotografías”.

Área Internacional, en la XXXII Feria Internacional del Libro en Guadalajara, México. Miércoles 28 de Noviembre del 2018. ( © FIL/NABIL QUINTERO MILIÁN)

 

Entre estos flujos de gente, que a más de uno le recordaron al Metro —¿quién te hiciera Pantitlán, oh FIL de Guadalajara?—, de pronto desfilan mariachis que vienen a la entrada del área internacional. Se dirigen, rodeados por una turba bailarina, a entregar el premio al mejor stand 2018, que ha ganado Alemania. Periodistas, curiosos y buscadores de oro se acercan a toda velocidad. Marisol Schultz entrega artesanías. Esperando lo que hubiera sido un saludable brindis matutino, de preferencia con salchichas y cervezas alemanas, nos retiramos cabizbajos. En la FIL se buscan motivos de celebración a cualquier hora y en cualquier lugar. Las fiestas también se producen en cadena, con calendario y lugares asignados por día. Hay que desatarse y manifestarlo con alaridos, en las porras de las cientos de primarias y secundarias que acceden a mares desde el miércoles temprano, o en cualquier coctel editorial. Como si hubiera que vengarse del silencio de los libros, del recato que parecen exigirnos en su mudo reproche.

El #MeToo en mitad del barullo

En mitad del circo mediático desatado por la metida de pata de Taibo II, la FIL 2018 abrazó la causa feminista con entusiasmo y propició la discusión de género. Sin embargo, las personajes —escribir personajas tendría demasiado tintineo—invitadas para discutir el tema fueron poco menos que dudosas. Obviamente no nos referimos a Judith Butler, cuyas conferencias en tierra tapatía estuvieron a reventar, ni a las declaraciones de PITII que aprendió como nunca que “por la boca muere el pez”, sino a la mesa para discutir el movimiento del #MeToo cuya oferta estaba compuesta por una combinación extravagante (y que por coincidencias cósmicas se llevó a cabo en el mismo salón y a la misma hora, un día después, de las polémicas dobleces del próximo director del FCE). Pero aquí también hubo doble rasero. Catherine Hakim, y su reposado acento inglés, fue la vocera de una academia obtusa con argumentos sobre el capital erótico que tienen las mujeres y del cual son responsables. Al parecer, debemos leer su libro, cuyo título espanta a más de una: Capital erótico. El poder de fascinar a los demás. A ello Lydia Cacho, conocedora de los peores infiernos de las redes de trata y prostitución infantil, contestaba con razón y decisión que siempre querrá que la contraten por sus capacidades intelectuales y no por guapa. Victoria Abril en su papel de chica Almodóvar declaró que a ella nadie la había acosado jamás pidiendo un aplauso a “esos honorables caballeros”, mientras Sabina Berman, que moderaba, se mordía los labios. La sorpresa fueron las políticas: Martha Tagle fue contundente y clara, conocedora de derechos y exigencias públicas, y ni a Margarita Zavala la pudo reprobar el feministómetro. Cómo estaría el conjunto que nuestra casipresidenta parecía ondear la bandera vanguardista. Y Guanajuato en llamas.

Lo cierto es que cualquier intervención perdía su potencia en el momento en que la interrumpía un curioso mecanismo de AMMR (Asistencia en la Moderación de Mesas Redondas), dispositivos que son la punta de lanza tecnológica de la FIL. Para Elisa, en versión ringtone, sonaba cuando cada mujer excedía los tres minutos de oratoria.Que si la insufrible clásica de Beethoven se inspiró en Elisa o Teresa, eso ya daba igual. Una musa más al Panteón de las desconocidas.

Pero la falta más grave de la FIL al feminismo probablemente sea lo mucho que la organización y logística de toda la Feria depende de mujeres que lidian con los cambios de parecer de las celebridades y que tienen que asegurarse, de pie y entaconadas, de cumplir en su totalidad con los protocolos. Esa abundancia de edecanes en trajes apretujados tiene olor a rancio señorón, a gober precioso, a godín amante del teiboly a dobleces albureras que desgraciadamente se llevan la nota sin que nada cambie.

Así termina la FIL, la más olvidadiza, la última antes de la horrorosamente llamada 4T. ¿Nos inundarán los libros de historia patria? ¿Sabremos más el año entrante de las vidas de Morelos, Hidalgo, Juárez y Cárdenas que todo lo que sabe Pérez Reverte sobre sí mismo?

 

Ana Sofía Rodríguez y Álvaro Ruiz Rodilla
Editores.

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Conocer a un escritor admirado suele resultar decepcionante. La persona detrás de los libros no está obligado a ser deslumbrante como su obra; sin embargo ese acercamiento, aunque oscuro, puede ser a la vez luminoso. El siguiente texto es la crónica de un encuentro con el hombre llamado António Lobo Antunes; es también un ensayo sobre uno de los autores vivos más poderosos.

Fotografía: © FIL/NABIL QUINTERO MILIÁN


1.

“¿Quieres hablar con Lobo Antunes en su hotel a las cuatro?”

Eran las tres y media. Dudé un momento. Un par de semanas antes había declinado la propuesta de entrevistarlo durante la Feria del Libro de Guadalajara. Sabía que Lobo Antunes era capaz de ser muy antipático, y su obra me importa tanto que no quería contaminarla con una desilusión personal. Pero esa llamada imprevista me hizo perder el equilibrio: estaba a media hora y trescientos metros de conocer al autor de algunos de los libros más hermosos y desafiantes que he leído. La inminencia me obligó a ser sincero. Dije que sí.  

 

2.

El día anterior, Lobo Antunes había tenido dos eventos en la FIL: una entrevista “con lecturas de Rulfo” y la presentación de No es medianoche quien quiere, que se acaba de traducir al español. Cuando le conté a una amiga que planeaba ir a ambos para escribir una crónica, ella me dijo que ya lo había escuchado hablar en la feria, y me advirtió: “¡Fue un golpe! Ve anímicamente preparado”. Se refería a que el autor septuagenario se había mostrado poco coherente, políticamente incorrecto y bastante coqueto con la escritora Laura Restrepo.

¿Estaba yo anímicamente preparado para que me decepcionara Lobo Antunes? Creía que sí. Ya había leído y escuchado otras entrevistas con él. El libro Conversaciones con António Lobo Antunes de María Luisa Blanco basta para saberlo casi todo sobre su vida e ideas: un hombre de su tiempo, alejado de los circuitos intelectuales, desconfiado de aquellos que hablan con elocuencia acerca de su propia obra. Sus opiniones literarias me parecían demasiado rotundas como para ser sabias, y su manera anticuada de pensar sobre las relaciones familiares y las clases sociales tampoco me entusiasmaba. El mismo Lobo Antunes había declarado alguna vez que “A los escritores hay que leerlos, no oírlos”, pero ahí estaba yo, a punto de oírlo en conversación con Jerónimo Pizarro, el gran especialista en Fernando Pessoa (ese ídolo portugués al que Lobo Antunes considera poco más que un aburrido imitador de otros poetas).

Cerca de las seis de la tarde nos dejaron entrar al Pabellón de Portugal, un foro abierto en medio de la inmensa nave industrial que una semana al año funciona como mercado internacional de libros. Debido a la enorme cantidad de gente que había en la feria, el ruido en el anfiteatro era ensordecedor, lo cual no tardaría en descubrir Lobo Antunes, que usa un aparato para la sordera. Lo primero que dijo después de ser recibido con aplausos como “el mayor escritor del idioma portugués”, fue: “No es posible hablar para mí”. Se le notaba molesto, desorientado. Durante más de cinco minutos se negó a usar el micrófono. Pensé que la entrevista se cancelaría. El entrevistador hacía intentos fallidos por animarlo a hablar sobre Pedro Páramo. Lobo Antunes se resistía como un toro exhausto. Pizarro le gritaba al oído palabras inconexas, con la esperanza de que alguna de ellas detonara el discurso del autor.

Eso de ponerlo a hablar de Rulfo me parecía un gesto de chovinismo jalisciense, un equivalente literario de llevar al “eterno candidato al Premio Nobel” a comer tortas ahogadas en Tlaquepaque frente a una multitud de admiradores.

Por fin, Lobo Antunes se resignó al bullicio y comenzó a divagar sobre Pedro Páramo. Cinco, ocho minutos. “Es tan difícil para mí hablar [y movía las manos como si el ruido fuera una nube de moscas a su alrededor]”… “Me voy a quedar loco con el ruido”… “Yo no escucho nada.” Alguien le pasó un papelito al entrevistador. La orden fue que pusiera al escritor a leer pasajes de la novela de Rulfo. Me sentí parte de un espectáculo geriátrico lleno de sadismo. Lobo Antunes ya había declarado su admiración por la obra de Rulfo, pero eso no impidió que al leer el primer párrafo de Pedro Páramo se interrumpiera varias veces para decir cosas como “Esto no es bueno. Es malo”, “Si yo fuera editor diría: ‘No voy a publicar esta mierda’”. A la vez juzgaba que esa escritura defectuosa estaba plagada de “milagros”, y que por acumulación lograba ser una obra maestra. La dinámica duró poco. Lobo Antunes cerró diciendo que obras como Pedro Páramo requieren una lectura concienzuda, entregada: “Para tener placer tienes que vivir solamente para el libro… en el poco futuro que tenemos, porque lo que falta siempre es muy poco tiempo”. Parecía que, en efecto, a Lobo Antunes le quedaba poco tiempo.

Al terminar la lectura se negó a firmar libros. Estaba desesperado por salir de ahí. “¿Puedo fumar un pitillo? Con este ruido es imposible.” Fue grosero con un par de personas. Me acerqué a una de ellas y le pregunté qué libro traía en la mano para que se lo firmara. “Nunca lo he leído, pero como voy a ir a Portugal en marzo compré ésta. Es que había muchas.” Había elegido como guía de viajes Esplendor de Portugal, un título muy irónico para un libro ambientado en la Navidad más triste posible, retrato de una familia que se pudre junto con el “esplendor” colonial de los portugueses en Angola. Pensé, al mismo tiempo divertido y apenado, que la señora se iba a llevar una gran sorpresa. 

Si alguien me preguntara con qué libro empezar a leer a Lobo Antunes, recomendaría El orden natural de las cosas, cumbre de una trilogía escrita alrededor de 1990, que incluye también Tratado de las pasiones del alma y La muerte de Carlos Gardel. También se podría empezar con su primera novela, Memoria de elefante, que refleja su crisis personal como psiquiatra que desea dedicarse a escribir. En ese libro se insinúa con pudor un estilo que alcanza la madurez en su siguiente novela, En el culo del mundo.

Salí del foro aturdido, deseoso de huir de la feria y encerrarme a leer Fado alejandrino, una de las obras de Lobo Antunes que más me han afectado. No encuentro un mejor término para describir la experiencia de leerlo: no se trata solo de disfrutar o conmoverse, tampoco de asombrarse, y mucho menos de divertirse o entretenerse. Son libros cuya belleza poética, en conjunto con su implacable disección de los sentimientos de gente sombría y nostálgica, me afecta mucho. Caminé apresurado por los pasillos de la feria. Quería olvidar que había sido testigo de ese episodio de banalidad y decrepitud, protagonizado sin querer por un escritor que admiro tanto.

Quería, insisto, largarme de la feria, pero una amiga editora, cuya pasión por Lobo Antunes yo desconocía, no tardó en escribirme un mensaje diciendo que ya había gente formada para entrar al siguiente evento de Lobo Antunes, la presentación de No es medianoche quien quiere en compañía de Antonio Ortuño. El espectáculo aún no había terminado. 

3.

¿Qué nos dan libros como Tratado de las pasiones del alma, ¿Qué haré cuando todo arde? o Auto de los condenados? Lobo Antunes se ha resistido a llamarlos “novelas” en varias ocasiones, acaso para deslindarse de los relatos que buscan sencillamente contar historias con nudo, desarrollo y desenlace, con intriga y peripecia, con suspenso y vuelta de tuerca. Sus “ensoñaciones” (él las ha llamado así) son densas, lentas, reiterativas, a veces confusas y siempre laboriosas, incluso agotadoras. Como los triatlones olímpicos, requieren que estemos en muy buena condición lectora. A lo largo de cientos de páginas es preciso tener la resistencia y la concentración para avanzar nadando, corriendo o escalando a través de las palabras. La prosa no es apolínea ni dionisiaca. Es volcánica, telúrica. Tiene una sensualidad de roca líquida: es brillante (suena muy bien, crea imágenes deslumbrantes) pero también sofoca (y nos hace sudar por el esfuerzo de seguir y seguir sin el descanso de una página de diálogo ágil o de un capítulo que termine en suspenso narrativo). Hay frecuentes recompensas líricas, tragos de jugo que dan energía para continuar. De pronto hay una descripción erótica intensísima o una metáfora cruda y exacta, como cuando dice de un limonero y un níspero que están “retorcidos por cólicos inmóviles”, y uno puede ver la forma de esos tallos con una intensidad apabullante. Al leer la prosa de Lobo Antunes me detengo a cada rato a pronunciar las frases como si fueran conjuros y saborearlas como si se tratara de unos labios amados. Con su extraordinaria música, sus libros complacen las fijaciones orales de los que buscamos placer sensual en la lectura.

Pero hay más. Tiene que haber más que orgasmos en la lengua, cunnilingus en la cóclea. Estas novelas (no me parece tan impreciso llamarlas así) no apuestan por el relato. Los personajes y argumentos suelen ser grises, dominados por el fracaso y la intrascendencia. Su mundo está poblado de ruinas y antihéroes. ¿Por qué nos apasionan entonces? Al dotar de lirismo al soliloquio de los derrotados, al describir los sentimientos y ambientes de la miseria con una opulencia verbal que se ha reservado casi siempre a los guerreros y las princesas, palacios y jardines, Lobo Antunes revela la hermosura terrible de una realidad en bancarrota. Su literatura es un desafío a la nada de las cosas, al sinsentido de nuestros días. No nos ayuda, como tantas obras de entretenimiento, a evadirnos de lo cotidiano; aspira a redimirlo.

Uno de los militares desgraciados de Fado alejandrino describe todo eso contra lo que esta literatura se subleva:

Pero lo que más me impresionaba, mi capitán, era el silencio de muerte de las habitaciones desiertas, la súbita, inexplicable tristeza del aparador y de las sillas, las fotografías repentinamente nubladas, repentinamente distantes, los objetos cargados de golpe de un sentido inesperado, la completa ausencia de voces, de altercados, de susurros y ruidos domésticos, la nada de acuario, la absoluta, irremediable, espesa nada de acuario en la que vivíamos.  

4.

En el auditorio donde se iba a presentar No es medianoche quien quiere había silencio. Lobo Antunes se encontraba mucho más a gusto que en el ruidoso Pabellón de Portugal. Una pregunta de Antonio Ortuño bastó para que el autor se soltara contando su vida entera, sin interrupción, a lo largo de una hora. El monólogo autobiográfico es el género por excelencia de la vejez, y Lobo Antunes lo practica con maestría. Evocó, entre otras anécdotas conocidas, la ocasión en que, trabajando como médico en un hospital de pediatría, vio cómo un hombre se llevaba en brazos el cadáver de un niño muy pequeño, muerto de leucemia. Recordaba cómo colgaba un pie del niño, moviéndose como si aún estuviera vivo. Entonces dijo: “Quiero escribir para aquel pie”.

Al día siguiente, a punto de entrevistarlo, recordé ese pie y decidí que iba a agarrarme de él para hablar con Lobo Antunes. Llegué a su hotel a las cuatro en punto. La organizadora de prensa me dijo que el autor estaba terminando de comer y que se encontraba muy cansado, deseoso de cancelar todos sus compromisos; pero ella le había dicho: “No vamos a cancelar, vamos a acortar. Quince minutos con cada uno”. Sentí pena por él.

Lo primero que me dijo él al saludarnos fue, con una sorpresa casi infantil, “Te pareces a Diego Velázquez”. Se refería al pintor barroco. Como había llovido todo el día, yo estaba más despeinado que de costumbre, y mi cabello había adquirido una forma piramidal bastante parecida a la del cabello de Velázquez en Las meninas. Le dije que me daba gusto el parecido porque me encanta su pintura. “Sí. Te pareces mucho.” Sospecho que esta nimiedad fue la responsable de que Lobo Antunes fuera tan amistoso conmigo.

Le confesé que me parecía muy extraño sentarme a platicar tan solo quince minutos con él, después de haberlo leído tanto. Le pregunté si le había pasado lo mismo al conocer a los autores cuya obra admiraba. “En general es siempre una desilusión”, me dijo, “son aburridos o excesivamente vanidosos”.

Volteó a ver a su esposa, sentada al fondo de la sala donde estábamos. Me preguntó si iba a grabar y le dije que no, que solo tomaría notas en mi cuaderno. Aproveché esto para inquirir si seguía escribiendo a mano, si alguna vez había intentado hacerlo a máquina o computadora.

“Solamente a mano. Se queda más orgánico, es una cosa que viene de tu sangre para la sangre del papel.” Hizo una pausa septuagenaria. “El problema de escribir es que se está tan solo, quedas muy cansado.” Siguió hablándome del esfuerzo de escribir, del esfuerzo como razón de ser de la escritura. Me contó que antes hacía planes muy exactos de cómo escribiría sus obras; ya había dejado de hacerlo, ahora se sentaba a escribir sin un plan desde las seis y media de la mañana, a veces hasta la nueve de la noche. Que era muy cansado. Habló del “terror” de comenzar a escribir un nuevo libro, y de la ocasional sorpresa ante lo escrito: “Yo no puedo haber sido el que escribió eso porque no escribo tan bien. No eres tú el autor de eso, no sabes quién es, eres tú el intermediario entre dos instancias que no conoces. Mi impresión es que me han fabricado para esto y para escuchar que las voces interiores empiecen hablando. Como lector lo notas mucho. Tienes que esperar que lleguen sin ruido”.

A veces pasan hasta dos horas sin que lleguen las voces. “Son las voces las que te conducen”. Y cuando uno por fin logra escucharlas, el resultado de toda esa espera y trabajo es que “El libro es mejor que tú”.

Le pregunté por el pie de aquel niño. Sonrió. ¿Qué había sentido con ese pie: el absurdo de la existencia, la injusticia de la muerte prematura, el sadismo de la enfermedad? Antes de responder, volvió a ver hacia su esposa. No sé si miraba hacia el pasado o hacia el futuro. “Me quedé furioso con la muerte. Aún no me gusta.”

Se volteó hacia mí y me pidió perdón por estar tan cansado. “Me gusta tu cara. Te pareces a Velázquez”. Me acordé del retrato de Góngora pintado por Velázquez (lo tuve mucho tiempo, como un fetiche, pegado frente a mi escritorio de estudiante).

Le agradecí por sus libros, le agradecí por la paciencia de esperar a que le hablaran aquellas voces y por el esfuerzo de transcribirlas. Me dijo “gracias” con una languidez escalofriante. Nos despedimos.

5.

Aquella noche me senté a releer las palabras de Lobo Antunes que yo había apuntado en mi cuaderno. Subrayé la frase que justifica la experiencia agridulce de conocerlo: “El libro es mejor que tú”. Por eso no importa quiénes son los grandes escritores. Sus libros siempre son mejores que ellos.

Apagué la luz con la certeza de que nunca volveré a hablar con Lobo Antunes. Fue una pesadumbre muy sutil, una saudade. Todo el tiempo, sin notarlo, hablamos con alguien por primera y última vez. En los viajes, las consultas, los hoteles. No volveré a hablar con Lobo Antunes, pero sí con sus libros, con las voces de sus libros. Iré a buscarlas cada vez que la nada me pese mucho; cuando necesite, en “el silencio de muerte de las habitaciones desiertas”, un rato de música y redención. 

Guadalajara, 30 de noviembre de 2018.

 

Jorge Comensal
Narrador y ensayista. Autor de la novela Las mutaciones (Antílope, 2016) y del ensayo Yonquis de las letras (La Huerta Grande, 2017). Coeditor de la antología temática de poesía novohispana Entre frondosos árboles plantada (Secretaría de Cultura, 2018).

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Antes de la ceremonia de imposición de la medalla Carlos Fuentes por parte de Silvia Lemus a Orhan Pamuk (Estambul, 1952), el escritor turco expuso sus inquietudes vitales y literarias en una entrevista pública realizada por Jorge Volpi durante la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2018. Destacamos las respuestas sobre su proceso creativo, los vínculos entre escritura y pintura y las razones para crear. Dejamos en estas páginas la voz magistral del ganador del premio Nobel de Literatura 2006.

Fotografía: © FIL/Natalia Fregoso.


El secreto

Cumplo 40 años de ser escritor. Lo primero que viene a mi mente es la persona que inventa, sentado a su mesa, un nuevo universo. Expreso a la persona que está dentro de mí. El secreto no es la inspiración, sino la paciencia de cavar un pozo con una aguja.

Un escritor debería escribir sus historias como si fuesen de alguien más y viceversa. Comencé escribiendo sobre la familia y los amigos, lo que conozco mejor. Me considero un “escritor de Estambul”, como he sido catalogado. Pero es más complejo que eso. Pertenezco a una tradición literaria occidental. Mi Estambul es la misma ciudad del fotógrafo Ara Güler. Pero también está el Estambul que he retratado en novelas recientes, que me genera extrañeza y me hace cuestionar el sentido de pertenencia.

Literatura secular islámica y crisis de identidad

Mi relación con el peso de la literatura islámica cambió tras la lectura de Borges y Calvino. Borges me enseñó a tratar la literatura como metafísica. Me enseñó que las historias clásicas místicas, ricas, llenas de contenido religioso, se pueden escribir de una manera moderna. Eso aprendí de Borges y Calvino.

El boom latinoamericano me ayudó a pensar que podía haber un boom de la literatura secular islámica. He tenido crisis de identidad. ¿Qué significa ser turco?, me he preguntado.

Los precursores

Tolstoi, Dostoievski, Proust y Thomas Mann son los mejores novelistas. Aprendí a escribir de ellos. De Borges, Calvino y Nabokov aprendí las acrobacias literarias. La extrañeza de Rulfo me influyó.

Las razones de la escritura

Escribo porque necesito escribir, escribo porque no puedo trabajar normalmente como otros, escribo porque estoy enojado con todo el mundo, escribo porque puedo cambiar la realidad en la literatura, escribo porque me gusta la soledad de mi estudio. Escribo porque quiero que otros sepan de Estambul. Escribo porque amo el aroma de la tinta y el papel. ¿Cuál es su religión, señor Pamuk?, me preguntan. Mi religión es la literatura, es mi respuesta.

Escribo porque me gusta ser leído, escribo porque todo mundo espera que lo haga, escribo porque tengo una fascinación infantil por las bibliotecas, porque creo en la inmortalidad de las bibliotecas, escribo para componer una historia con malabares metafísicos, porque quiero escapar y encontrar un lugar, escribo para ser feliz.

Felicidad

La felicidad es importante, significativa. Por ello escribo. Me considero un escritor feliz. Es complejo el asunto de la felicidad. Como escritor eres responsable de todos, como dijo Dostoievski. En cada gran novela hay una jerarquía secreta de valores. Escribimos y leemos por muchas razones. Surgen múltiples temas. Cuando un escritor está en armonía logra crear esa jerarquía de valores. El criterio de la felicidad es querer que prosiga. No soy una persona feliz en el mundo social.

Propongo ejemplos de los contrastes de la felicidad: cuando eres feliz quieres seguir así. Tolstoi escribió una carta en la que decía: “Soy feliz escribiendo Guerra y paz. Quiero que la vida continúe así por mil años”. Por otro lado, durante mi infancia jugaba con mi primo con trenes de juguete. Entonces llegaban mi madre y mi tía y decían: “Es hora de regresar a casa”. Mi primo y yo llorábamos por la suspensión de la felicidad: el gozo del juego había terminado.

Pienso que no estamos contentos con nosotros mismos. Inventamos otros mundos. Agradezco ser infeliz en la vida social porque soy feliz en mi habitación, dedicado a la literatura.

Pintura y escritura

Hace más de cuarenta años quería ser pintor, pero no le di continuidad. Faltaba algo. Estudié arquitectura para ser como Le Corbusier, y no ocurrió. Me volví escritor. Trasladé la felicidad de la pintura a la felicidad de la escritura. Me preparé para ser una persona solitaria. Pero hace nueve o diez años, en Estados Unidos, entré por casualidad a una tienda en la que vendían toda una gama de artículos para pintar y dibujar. Salí con dos bolsas llenas de productos y comencé a pintar de nuevo. A diferencia de la escritura, la pintura implica el contacto con lo material, conocer los lápices, los pinceles. Amar al objeto que has creado. La pintura necesita un vínculo directo con los materiales. Los grandes escritores que a la vez resultaron grandes pintores fueron Victor Hugo, August Strindberg y Günter Grass. La escritura es más cerebral. Al pintar siento que la mano hace su trabajo individualmente.

Memoria

Hay una correspondencia entre el recuerdo y la invención. Imaginamos el pasado. Un acto de la memoria es un acto de la imaginación. Por ello no creo en la Historia oficial: edita lo inconveniente. Tenemos que inventar nuestras propias historias. Asisto a la Historia porque me fascina la imaginación romántica. Hay algo histórico, pero no me interesa enseñarlo de manera utilitaria. Me gusta estar cerca de las imágenes. Me interesa la Historia porque tomo prestado de los historiadores. A la vez me interesa la fisiología del cerebro estudiada por doctores para desentrañar los mecanismos de la memoria. Una novela se produce por múltiples razones. Es una búsqueda de respuestas. Es una exposición de ansiedades, de retratos psicológicos. Se trata de una suma de detalles. Escribimos para estar rodeados de diversos imaginarios. Siempre hay una extrañeza en mi mente.

Procesos literarios

Soy un escritor que planea. Tengo una idea. Durante muchos años recolecto detalles. Los integro, como hojas, a la historia que se sostiene en un tronco. El formalista ruso Víktor Shklovski dijo que una historia es un instrumento para hablar de las cosas que a uno le importan. Una novela conecta muchas historias. Nabokov dijo que sus personajes eran sus esclavos, nunca viceversa. Para mí la novela es la galaxia de detalles que funcionan entre sí, luego aparecen los personajes. El estilo no se inventa conscientemente, no lo eliges. El estilo te elige. Proviene de la manera en la que vives.

El amor

Louis Aragon dijo en un célebre poema: “No hay amor feliz”. El amor implica dificultades. Mi entendimiento del amor es algo que nos ocurre a todos, influidos por otros factores. La humanidad ha puesto al amor en un pedestal. La felicidad es importante como el amor, pero puede ser, a veces, como un accidente de tránsito. Las historias de amor significan cosas distintas en diversas culturas.

Política

No soy una persona política de corazón. En mi juventud mis amigos intelectuales universitarios se involucraron en la política. Fueron encarcelados y torturados. Ese era el destino de un hombre de izquierda. No seguí ese camino. La literatura puede modificar ligeramente la realidad. Soy un izquierdista liberal que no olvida el pasado. Amo los museos. Por ello soy un cazador de detalles. Soy ético, estoy enojado. Deseo que Turquía sea una verdadera democracia, que la gente pueda expresarse sin ser enterrada. Espero que ocurra antes de que muera.

 

Orhan Pamuk
Escritor. Es autor de las novelas Cevdet Bey e hijos, La casa del silencio, El castillo blanco, El libro negro, La vida nueva, Me llamo Rojo, Nieve, El museo de la inocencia, Una sensación extraña y La mujer del pelo rojo, así como de los volúmenes de no ficción Estambul. Ciudad y recuerdos y La maleta de mi padre, y de la colección de ensayos Otros colores.

Selección y traducción de Alejandro García Abreu.

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Portugal es el Invitado de Honor de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2018. De la delegación lusa destacan tres escritores disímiles pero que comparten un gesto primordial: escribir contra la muerte. Pareciera que António Lobo Antunes, José Luís Peixoto y Gonçalo M. Tavares se remiten a lo fúnebre como vehículo de sus narrativas.

António Lobo Antunes: como una ballena muerta

Fotografía: © Gonçalo Rosa da Silva/FIL

Tras estudiar Medicina, António Lobo Antunes (Lisboa, 1942) sirvió en el ejército portugués durante la guerra de Angola. Su experiencia durante ese periodo marcó su vida y su posterior carrera literaria. Tras su regreso a Lisboa y después de abandonar la profesión de psiquiatra, Lobo Antunes se dedicó de lleno a la escritura. La prestigiosa Bibliothèque de la Pléiade anunció que editará su obra completa. El autor escribe sobre la aflicción de la ausencia y la contigüidad de la muerte. En No es medianoche quien quiere Lobo Antunes  escribió: “y por momentos la idea de morir me aterró, la muerte era mucha gente a nuestro lado y tener que hablar susurrando / —¿Ya no se respeta a los muertos?”. Afirma que se juega la vida en los libros. Ahora anhela cumplir su más reciente objetivo: su trigésima novela, de tintes africanos.

Su obra es el auténtico reflejo de una existencia abrumada por el sufrimiento: “—Un día de estos acabo en la playa, devorado por los peces como una ballena muerta —me dijo él en la calle de la clínica mirando los edificios desvaídos y tristes de Campolide, los monogramas de servilleta de los carteles luminosos apagados, los restos de purpurina de las felices fiestas de los escaparates, un perro que escarbaba, en la mañana de enero, el montón de basura de un edificio demolido: caliza, polvo, pedazos de madera, trozos de ladrillo sin alma”, se lee en Acerca de los pájaros, su tercera novela.

La muerte de Carlos Gardel también está escrito desde la angustia: “señalando la pared que mi hermana y yo rechazábamos, e imaginé a otro hombre con las falanges rozando el suelo y respirando por medio de agallas eléctricas que le insuflaban aire en los pulmones muertos. Mi hermana repitió para no hablar conmigo, no compartir conmigo el terror que sentíamos”. Lobo Antunes profundiza en el alma humana hasta su oscura médula.

Con una estructura narrativa inspirada en la tauromaquia, ¿Qué caballos son aquellos que hacen sombra en el mar? contiene también a la muerte: “(¿será que también oía pensar a las personas?) / no el estorbo de hoy que desconozco el motivo por el que sigue aquí / (en cuanto muera mi madre corro con ella)”.

“Un criado indiferente barría sus restos clínicos hacia la fosa común de un cubo de basura abollado, farfullando baladas fúnebres de sepulturero”, escribió en Memoria de elefante, novela en la que un psiquiatra residente en Lisboa, cuya verdadera vocación es la escritura, narra partes de su vida.


José Luís Peixoto: la orfandad y la representación de sí mismo

Fotografía: © Patrícia Santos Pinto/FIL

La orfandad es explorada por José Luís Peixoto en el libro Te me moriste, también es expuesta a través del personaje Ilídio en Libro, en el contundente epígrafe de Ishiguro en El cementerio de pianos, en las voces de Antídoto: la de una mujer que recuerda los momentos de felicidad que compartió con su madre que ha muerto, y la de un hombre que también recuerda y ha perdido a su padre. Su primer libro, Te me moriste, es la historia de un hijo pequeño que pierde a su padre, es una historia sobre el luto. Fue una escritura catártica. Su primera novela, Nadie nos mira, transcurre en un lugar que podría ser Alentejo, y en la siguiente, Cal, aparecen ancianos del medio campesino. Destaca el universo rural. El “Libro I” de  Nadie nos mira concluye con el suicidio de José.

En El cementerio de pianos se basa circunstancialmente en la historia de Francisco Lázaro, un carpintero lisboeta que era corredor de maratón y que murió durante la prueba de los Juegos Olímpicos de Estocolmo en 1912. Texto fantasmal, el libro está construido en torno a las voces de un padre y un hijo, ambos llamados Francisco Lázaro. Comienza con la certeza de la muerte: “El día en que enfermé supe de inmediato que iba a morir”.

“Ante ese dolor, el mundo perdía su sentido. La muerte de un niño es señal de la ingratitud de Dios”, escribió en Galveias, otra gran novela sobre el mundo rural. Se lee: “En el espacio, en una soledad de miles de kilómetros, donde siempre parecía ser de noche, la cosa sin nombre circulaba a una velocidad imposible. Iba en línea recta. Planetas, estrellas y cometas parecían observar la decisión inequívoca con que avanzaba”. Esa especie de meteorito llegó a Galveias trastocándolo todo. “La cosa sin nombre todavía conservaba su misterio, tal vez nunca lo perdiese, pero las calles estaban llenas de gente caminando hacia ella”, escribió posteriormente.

En En tu vientre, libro cuya atmósfera es de ensueño y protagonizado por Lúcia, alterna el relato del milagro de la Virgen de Fátima con otras voces como la de la madre del narrador, que se instala en su conciencia. Reflexionó sobre la fe y la maternidad (“Soy tu madre, soy el universo”). La estructura de En tu vientre, que incluye textos en forma de versículos, es una sutil construcción.

“Al escribir, el autor esculpe una representación de sí mismo. […] La dicotomía ficción/autobiografía no puede ser contestada con un sí o con un no”, escribió en El camino imperfecto. De esa manera lidia con la complejidad. En El camino imperfecto recuerda De vidas ajenas, de Carrère. Le dio la clave para escribir su libro.


Gonçalo M. Tavares: el dolor y el comienzo de la muerte

Fotografía: © Gonçalo Rosa da Silva/FIL

En Una niña está perdida en su siglo en busca de su padre los personajes Hanna y Marius llegan a un hotel cuyas habitaciones tienen nombres de campos de concentración. A ellos les tocó Auschwitz. La recepcionista dijo: “Podemos. Somos judíos”. Significa un gesto de transmisión histórica de la proximidad de a muerte. “Al legar a Antigüedades Vitrius, en una escalera peligrosa sin pasamanos, Marius sintió, al menos dos veces, con claridad, esas ganas de dejarse ir, de soltar la mano de Hanna y lanzarse al precipicio”, escribió en Una niña está perdida en su siglo en busca de su padre.

Ulises de James Joyce, novela que transcurre a lo largo del 16 de junio de 1904, ha influido de diversas maneras a Gonçalo M. Tavares. Le dedica a Joyce una entrada del libro titulado Biblioteca. Tavares afirma: “James Joyce bajó de un autobús en Berlín y dijo: ésta no es mi ciudad. No veo a Bloom. / Hay escritores que viven en personajes como hay putas que viven en esquinas. James Joyce era un hombre que vivía en Bloom. / Además, había un amigo de todos que era el hombre más lento del mundo: tardaba más de seiscientas páginas en recorrer un día. / Hombre medio inteligente medio idiota, pero que sólo actuaba con la mitad de sí mismo.”

Del Odiseo homérico partió el Ulises latino, que Joyce transfiguró en un fundamento del hombre moderno. Tavares continuó el ciclo con el libro Un viaje a la India, cuyo protagonista es Bloom, un individuo que comienza una travesía en busca de sí mismo. Resulta un Ulises contemporáneo que parte de Lisboa. Su destino es la India, donde espera encontrar la sabiduría. Bloom emprende también una odisea europea que lo lleva a Londres, París, Viena y Praga. En el primer canto de Un viaje a la India Tavares escribió:

“No vamos a hablar de la aparición repentina
de enanos en algunas grutas de México,
ni de los peñascos de Colorado
donde en el interior de la roca se construyeron casas.
No vamos a hablar de las mesas velador
ni de las visitas del Más Allá a las casas
de ciudadanos racionales.
Vamos a hablar de un viaje a la India.
Y de su héroe, Bloom.
[…]
Vamos a hablar de la hostilidad que Bloom
nuestro héroe,
mostró con relación al pasado,
rebelándose y partiendo de Lisboa
para llegar a la India, donde buscó sabiduría
y olvido.
Y vamos a hablar de cómo al viaje
se llevó un secreto y lo trajo, después, casi intacto.
[…]
El corazón: víscera que olvida menos que la cabeza.”

Un viaje a la India es una epopeya heredera de la tradición clásica. Sobre el Odiseo homérico se creó el Ulises latino que Joyce transformó en un epítome del hombre moderno. Bloom ha perdido el nombre para significar que representa a todos los hombres. La obra está escrita en versículos y utiliza la misma división de Cantos que Os lusíadas de Luis de Camões. Bloom quería encontrar el espíritu, dice en el Canto IX. Y parte de la India. Y en el Canto XVIII escribió: “¿Qué es el pasado? Esto: el tiempo que cada vez ocupa menos espacio”.

Gonçalo M. Tavares aborda la desolación: “Es otra violencia de la que a veces me acuerdo: la idea de un hombre viejo y desnudo y muerto a quien le pusieron dos alas de ángel en la espalda, alas de ángel hechas de cartón, pintadas de blanco, y aún veo ese cadáver siendo colocado en un ataúd y después las palas tirando tierra por encima”, escribe Tavares en “El cuello grande del cisne”, incluido en Agua, perro, caballo, cabeza.

En Aprender a rezar en la era de la técnica de Tavares se lee: “No había, pues, equilibrio entre el mundo de los vivos y el mundo de la muerte. A un lado no se podía hacer nada, no había material de construcción, mientras que al otro sí se hacía: existía un evidente material de aniquilación, de extinción, de destrucción. […] Sólo una muerte violenta, brusca, era aceptable. En un accidente, en la guerra o mediante el suicidio. No había otra forma de abandonar la habitación”.

En Jerusalén Tavares desarrolla una progresión de la muerte. Escribió: “Se trataba de evitar la muerte y los grandes sufrimientos, y no tan solo de aumentar la comodidad, como lograban los inventores de determinadas máquinas. […] Las muertes podían ocultarse; quedaban miles de fosas comunes por descubrir desde el inicio de la Historia, pero eran hechos que no admitían una segunda interpretación: un cadáver era un cadáver. […] El hambre concreta surgió en Mylia. Y ese dolor empezó a confundirse con el dolor que los médicos garantizaban ser el comienzo de la muerte”.

Retrata la angustia y el sufrimiento, pero hay en gran parte de su obra una concepción lúdica de la literatura. Una de las expresiones más emblemáticas es El barrio y los señores. Se trata de un mosaico de excéntricos. Tavares afirma que “Primero apareció el Señor Valéry. Luego el Señor Henri. No fue hasta mucho después que apareció la idea de barrio. El barrio es una especie de utopía —un espacio no localizado geográficamente y no definido en el tiempo—. Los nombres de los personajes de este barrio son homenajes a escritores, artistas —pero los personajes son meramente ficticios—”. El libro es la edición conjunta de las diez novelas cortas de los señores: Valéry, Brecht, Juarroz, Walser, Calvino, Breton, Kraus, Swedenborg, Eliot y el señor Henri, que es Michaux. Alberto Manguel, en el prólogo del libro, dijo: “La ‘conversación con los difuntos’ que Quevedo buscó en su biblioteca tiene lugar diariamente en este barrio […]. Como dijo una vez Marguerite Yourcenar, una posible habitante futura: ‘Mi patria son los libros’. Éste podría ser el lema del barrio ilustrado de Tavares”.

 

Alejandro García Abreu
Ensayista y editor.

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Este año, el Homenaje al Bibliófilo de la FIL recae en el historiador Enrique Florescano. Forjado por maestros legendarios, el incansable editor y difusor de letras impresas —maestro ya de generaciones, legendario él mismo—, comparte a continuación su discurso de agradecimiento.

Fotografía: © FIL/Pedro Andres

Mi biblioteca es la memoria de una vida. Nació por el gozo de la lectura que me inculcaron mis padres. Armando Florescano, mi padre, fue parte de la generación de normalistas de la época de Lázaro Cárdenas. Cuando se graduaban, “los profes” eran enviados a pueblos rurales con la misión de enseñar conocimientos básicos. Mi padre tuvo su primer trabajo en Coscomatepec, un pueblo de la falda oriental del Pico de Orizaba, montado en un paisaje de montañas, valles y ríos que llevo guardado en la memoria. Él acostumbraba traer a la casa libros, periódicos, revistas e historietas. Entre ellos El tesoro de la juventud.

Nunca olvidaré la llegada de un librero de madera olorosa que contenía cien libros abiertos al conocimiento universal. Eran los primeros tomos de los emblemáticos Breviarios. En la cuarta de forros se leía: “El Fondo de Cultura Económica aspira a formar con estos Breviarios la base de una biblioteca que lleve la universidad al hogar”. Ahora sé que esas palabras las escribió Juan José Arreola, el gran humanista de Zapotlán que transmitió sus letras a las poblaciones más remotas de México.

Con ese legado, más el torrente de libros de historia, antropología, literatura, ciencias y saberes que produjo el Fondo, creció mi biblioteca. Ese emporio de libros resumía una frase con la que don Daniel Cosío Villegas selló su proeza editorial: “enseñar a leer sin ofrecer antes una lectura digna, que eleve, es un engaño”.

Los libros se entrelazaron con las enseñanzas de maestros de la estatura de Gonzalo Aguirre Beltrán, Silvio Zavala, José Gaos, Luis González y González, Edmundo O’Gorman, Luis Villoro, Pedro Armillas, Ignacio Bernal, José Miranda, Rafael Segovia, Antonio Alatorre y muchos más. Ellos me introdujeron a los distintos modos de pensar el pasado, me aleccionaron en el ejercicio de leer y comprender lenguajes de disciplinas diversas.

El filántropo Ricardo J. Zevada me pidió en los años setenta componer una colección de los libros más relevantes sobre México para donarla a las escasas bibliotecas públicas que existían entonces. De esa semilla nació México en 500 libros. Así, de aprendiz de conocimientos librescos me convertí en coleccionista de libros.

Mi paso por la academia en Xalapa, El Colegio de México y Francia fue un tránsito por geografías, tiempos, mentalidades y estudios que afirmó la voluntad de imaginar una biblioteca que me ayudara a vislumbrar los cambiantes pasados de México.

La inclinación por los libros me transformó en editor y difusor de letras impresas. En los últimos años, las tareas de difusión del libro me otorgaron el privilegio de trabajar en la ahora Secretaría de Cultura, donde dirijo las colecciones Biblioteca Mexicana, en coedición con el Fondo de Cultura Económica, y la más reciente Historia ilustrada de México.

En el 2012 el Fondo de Cultura Económica publicó en sus “Breviarios” La función social de la historia. Bajo la sombra de Daniel Cosío Villegas y su enciclopédica legión de colaboradores, quise comunicar el conocimiento académico a un público más amplio. En mi viaje por el pasado sumé a la escritura la imagen, las identidades, las pictografías, la oralidad y el mito.

Soy un historiador forjado por maestros legendarios y por amigos, colegas, compañeros y colaboradores queridos, que se convirtieron en mis guías y tutores. Alejandra Moreno Toscano, mis hijas Claudia y Valeria, y mis nietas Jimena, Emilia y Camila, han sido y son la tierra nutriente que sostiene el árbol de mis afanes.

Recibo con humildad este premio que lleva el nombre de un modelo de laboriosidad, creatividad y amor por los libros: Bibliófilo José Luis Martínez 2018, que hoy me otorga la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Es difícil comunicar la emoción que suscitó esta nominación. Suma una tríada alegre. Primero sorpresa por lo inesperado, luego júbilo porque la recibo en la FIL, un sitio que brinda la oferta de libros más dilatado que podría imaginarse. Y, por último, por el nombre que lleva. Conocí a José Luis en sus muchas y siempre exitosas actividades, cumplidas con pulcritud: editor de revistas y libros innovadores, cultivador fervoroso de las letras, las humanidades y la bibliofilia, cronista y notable historiador, cuya magnífica biografía de Hernán Cortés honró a la historiografía mexicana e hizo mérito de un personaje controvertido. Funcionario ejemplar del Fondo de Cultura Económica y de otras instituciones, digno embajador en el extranjero, cuyo amor a la lectura y el libro lo llevó a crear una biblioteca selecta de lo mexicano universal.

Expreso mi gratitud a quienes promovieron este reconocimiento: al doctor Sergio López Ruelas, coordinador de Bibliotecas de la Universidad de Guadalajara; a la maestra Marisol Schultz, directora de esta Feria, y al presidente de esta Feria mundialmente celebrada, Raúl Padilla López. Agradezco también las palabras del doctor Miguel Ángel Navarro, rector general de la Universidad de Guadalajara. Especialmente quiero agradecer el cuidadoso recuento de mi trayectoria que han hecho el doctor Guillermo de la Peña y el doctor Rodrigo Martínez Baracs. Muchas gracias, muchas y repetidas gracias.

Los libros contienen las voces que han construido nuestro pasado y que recordamos como una manera de conocernos a nosotros mismos. Hoy doy a ustedes una buena noticia. Esta mañana mi biblioteca, forjada a lo largo de décadas, pasó a formar parte de la inmensa Biblioteca Pública del Estado de Jalisco “Juan José Arreola”. Estoy complacido y orgulloso porque los libros que me han acompañado durante tantos años pasen a ser parte del perseverante trabajo de conservación, amor al libro y al servicio de la lectura que acumula, generación tras generación, esta gran biblioteca.

Al doctor Juan Manuel Durán y a Raúl Padilla, grandes amigos y guardianes celosos de esa joya de bibliofilia, debo la gracia de que mi biblioteca de historiador sirva en adelante a los estudiantes, profesores, curiosos y lectores de Jalisco. Nada podría ser más afortunado para mí que esa modesta acumulación de libros quede abierta a nuevos lectores de hoy y de mañana. Muchas gracias por tantos y tan generosos regalos. Me hacen ustedes muy feliz en este día inolvidable.

 

Enrique Florescano
Historiador. Entre sus libros recientes: Atlas histórico de México (en colaboración con Francisco Eissa), Los orígenes del poder en Mesoamérica y Quetzalcóatl y los mitos fundadores de América.

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En la siguiente conversación, la poeta uruguaya, Premio FIL y Premio Cervantes 2018, evoca la escritura de su último libro, su vida en México y algunas de sus “recetas” de escritura y aprendizaje.

“Como sueños en una infinita noche ininterrumpida, eran cambiantes los días de México.” “A veces bastan las proximidades para criar alas”. Son dos de las imágenes que marcan la lectura del más reciente libro de Ida Vitale, Shakespeare Palace. Mosaicos de su vida en México (Lumen, 2018). El relato es una afable combinación de anécdotas, recuerdos que la memoria se obstina en desordenar, viñetas, perfiles y encuentros. También es un merodeo inolvidable en torno a algo que va surgiendo como una dulce contradicción: la calidad del exilio. Pero la impronta más dichosa es el humor claro y permanente, la risa de sí misma que suena sin estridencias detrás de cada página, transparente.

Fotografía: © FIL/Eva Becerra

Ayer Ida Vitale, frente a un auditorio que ni siquiera resentía la ausencia injustificada de Orhan Pamuk, arrancaba carcajadas. Ante la pregunta algo sosa de si nos puede decepcionar el autor detrás de un libro —“¿qué pasa si el autor es una mala persona?”—, responde: “Eso no me interesa a menos de que me dé cuenta a través de su propia literatura”. Pero en el caso de Ida Vitale y su Shakespeare Palace es difícil separar a la mujer afable, risueña y encantadora que desborda generosidad de esas páginas por las que deambulamos junto a sus retornos de memoria, donde oímos y entendemos por qué “a veces la memoria canta, a veces murmura”.

La siguiente es la conversación puntuada de risas y evidentemente interrumpida por los compromisos sin tregua de una Premio Cervantes, a la que afortunadamente —solo para eso sirve tanto premio y reconocimiento tardío— hoy llegarán miles de lectores más.


Álvaro Ruiz Rodilla: ¿Por qué el título de Shakespeare Palace y cómo decidió escribir este libro?

Ida Vitale: El nombre se refiere a la calle en donde estaba nuestra casa y lo de “Palace” era una total ironía. Esas casas en México en las que no hay un arquitecto detrás, hay un constructor. El hijo del dueño que se ocupaba de todo me decía: “usted vea, el Ángel de la Independencia, en Reforma, se cayó, pero la casa no. No pasó nada”. Había superado el terremoto y ahí no había pasado nada. ¿Cómo decidí escribirlo y dedicarlo a México? Porque México nos recibió con una generosidad inconcebible para mí. A la semana yo ya tenía trabajo. Acá estaba Tomás Segovia, que fue el que me dio entrada en el seminario de traducción. Al cabo de meses tenía más trabajos, con posibilidades y ofertas en muchos lados. Yo era nadie. Ya habían venido los españoles y habían tenido la misma acogida, pero ellos pudieron dejar el Fondo de Cultura Económica, el Colegio de México. Como salieron en masa decían que se habían robado los oros de la república (alguien decía eso, un franquista). Yo viví algo parecido en el Colegio de México. Mi marido en ese entonces estaba en Alemania, había ido a Berlín con un profesor a dar una conferencia. A mí me tocó la responsabilidad de encontrar una casa donde vivir. Después de una semana que estuvimos en lo de Teodoro González de León, busqué algo que fuera modesto. Yo a veces decía: “voy a buscar en tal barrio”. Y me decían: “no, no, ¡ahí no!” Una uruguaya, la mujer de Teodoro, era muy formal y me decía: “no, ahí no te va a visitar nadie”. Y yo pensaba: “¡quién me va a visitar si no conozco a nadie!” Pero bueno, como sea busqué una casa allí en la calle de Shakespeare (Anzures), por la que nunca volví a pasar. No sé hoy cómo se vea.

ARR: ¿Cómo fue el proceso de escribirlo? Es decir, ¿cómo hizo para evitar aquello de que “la memoria harta de que la pretenda ordenar en capítulos, tiempos, escenarios”?

IV: ¡No lo volví a ver [el libro], así que no me acuerdo! Lo hice históricamente, cómo llegamos, cómo buscamos. Todo contado así, de una manera un poco periodística digamos, coloquial. No sé. Pero claro, trato de registrar todos esos encuentros, todas esas ayudas que fueron de gente muy amiga. Uno de los primeros que nos acogió fue justamente un matrimonio español que había salido cuando Franco y estaban recibiendo a alguien que estaba viviendo la misma experiencia de ellos. Fue una gente muy estupenda, toda la gente que fui conociendo lo fue. Y de todo eso trato de dejar registro, de mis gratitudes, más que de otra cosa. Es un libro de gratitud. De gratitud pero incompleto, porque vino la presión de editarlo. Para mí un libro se termina, se revisa, se espera y ahí se piensa. Aquí se me interrumpió un poco el proceso. Sin duda lo hubiera ampliado. Me dijeron que ésta es una edición muy cortita, que va a salir una mejor. Ojalá lo vuelva a trabajar. Aunque no sé. Ahora me encuentro en mano de los ritmos editoriales [ríe]. Entonces cambia el ángulo.

ARR: ¿Cómo son esos ritmos?

IV: Bueno, presionantes. No impresionantes, presionantes. [ríe]

ARR: ¿Cree que la experiencia del exilio marcó definitivamente su escritura?

IV: Bueno, quizá sí, quizá sí. Uno sale a un mundo y encuentra. Hay otras experiencias. Cambia de pronto el enfoque, la relación con el mundo. Y creo que fue positivo, en todo. Qué sé yo. El dolor madura. Mis hijos estaban en otro lado. Uno no sabía cómo iba a ser la vida después, pero esa misma angustia inicial me sirvió para agradecer más lo que encontré y para sentir que todo seguía normalmente y mejorado. Porque la presión ayuda. Que te obliguen a escribir. Había muchos más recursos. Lo que yo hacía en Montevideo era dar clase en un colegio, en un liceo, y aquí enseguida entré en ese seminario de traducción que armó Tomás Segovia (que había vivido en Montevideo y nos conocíamos). Tuvimos esa suerte.

ARR: También estuvo usted trabajando con Fernando Benítez y con Huberto Batis en periódicos y suplementos culturales…

IV: Sí, trabajé con todos ellos. Con Benítez. Con Batis, ay, Batis, adorable Batis. La experiencia con Benítez inicialmente fue un poco traumática porque me invitó a cenar mole poblano y yo nunca había comido chile. Pero no creo que haya sido inocente, creo que quiso meterme así a fondo en la realidad real mexicana. Era muy divertido, muy astuto. Lo había conocido en Cuba. Un personaje, realmente. Y luego a Batis en unomásuno,que entonces empezaba, le guardo una enorme gratitud. Batis era rezongón. A veces hablaba y hablaba y hablaba. Para mí era un curso acelerado de mexicanidad, porque todo donde yo tenía algún entrevero él me lo ordenaba. Y rezongaba cuando yo venía con algo que no tenía que ver directamente con México. Me puso enseguida a hacer notas. Pero era un maestro de periodismo. Y de repente decía: “¿pero ustedes qué se creen? ¿que yo no tengo nada que hacer?” Se ponía a bufar [risas]. Estaba muy divertido contando y explicando y, claro, también sentía que le estábamos quitando tiempo.

ARR: En esas lecciones de mexicanidad también menciona la sorpresa de conocer ciertas palabras nuevas, como “tlapalería”. ¿Cómo fue esa experiencia?

IV: Descubrí, claro, un lenguaje distinto. Me parecía muy bonito. El lenguaje me ayudó a integrarme a México. Y palabras que todavía me quedan, otras se me olvidarán, pero siempre a través del lenguaje, tan rico y tan distinto. Imagina de dónde venía yo. Montevideo es una ciudad europea en borrador. Esto era la magnificencia de una cultura que yo descubrí. No es que desconociera, nadie ignora las pirámides y todo lo demás, pero ahora era meterme muy por otro lado a México. Era el descubrimiento del mundo, en realidad.

ARR: Y ya saliéndonos de México, el conocimiento de las demás lenguas, ¿qué le han aportado? Hay muchos juegos de palabras en su poesía, juegos bilingües, por ejemplo, entre el francés y el español.

IV: Ah, yo tuve una profesora francesa estupenda. Ahora tuve la experiencia de un libro traducido al francés y sentí que pasaba mucho. Los poemas pasaban sin grandes problemas. Claro, no le he puesto la lupa al libro y un traductor cuando traduce en general deja de lado los poemas que pueden plantear una dificultad. Sentí que pasaban bien. Sentí que el francés no tenía que alterar mucho lo que yo decía. Claro, una cosa es traducir al francés y otra al ruso [risas]. Es completamente distinto. Además, durante años leí mucho más francés que español. Me gustan las lenguas y prefería leer en francés para estudiarlo mejor.

ARR: ¿Cómo funciona aquello de “la necesidad de desaprender lo debidamente aprendido” que usted evoca en referencia a Juan Ramón Jiménez?

IV: Bueno, uno va cumpliendo etapas. De repente te deslumbras con Lorca, por ejemplo. ¿Quién no se deslumbra con Lorca? Pero qué riesgo es seguir deslumbrado por Lorca. O lo mismo con Neruda. Hay momentos en que todos tenemos la presión de un gran escritor. Eso es muy peligroso. Por eso yo siempre digo: hay que leer todo. Cosas muy distintas. No dejarse ganar por una tentación. Y después todo es como una buena cocina. Tú no pones solo papitas. Pones gustitos, especias. Y después todo arma otra cosa. Aunque la imagen sea un poco culinaria [ríe], en el fondo es eso. Uno tiene que ser capaz de integrar cosas muy distintas y para eso hay que abrirse. Y no es que uno se proponga imitar, pero si tú lees solo a un escritor a fuerza eso te llega. Es como si te alimentaras solo de naranjas, al final acabarías anaranjado [ríe]. Hay que integrar cosas de modo natural. Cuando uno empieza, uno empieza por tener que imitar. Yo empecé hablando de trineos y nieve, porque lo había leído en algún lado. Era de esas cosas que uno rompe una semana después. Empiezas por cualquier lado.

 

Álvaro Ruiz Rodilla
Editor de Nexos en línea.

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26 noviembre, 2018

Gracias a México

Presentamos las palabras que la gran escritora uruguaya Ida Vitale pronunció durante la recepción del Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances 2018, en el marco de la inauguración de la trigésima segunda edición de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.

Fotografía: © FIL/Eva Becerra

Una vez más, en una nueva instancia, puedo reiterar ahora, en público, mi gratitud por México, que desde aquel año, 1974, fue, primero, generoso amparo y rápida fuente de amistades, muchas y constantes. Agregaría ahora que quizás, por estupendos que sean los premios, hay una cosa que los acompaña y que los supera, y es el contacto con los amigos viejos y con los amigos nuevos, que ya son muchos.

Como la apertura de este país refinado había comenzado por acoger a los exiliados españoles, uno de nuestros primeros amigos al llegar en ese año bastante importante para la vida del Uruguay, el 74 (fue cuando se interrumpió la democracia), fueron un matrimonio español exiliado que había llegado bastante antes a México y que inició esa cadena de relaciones fundamentales y entrañables entre los que han padecido una misma situación más o menos duradera, más o menos trágica o incomoda; en mi caso fue simplemente el interrumpir una vida que no era cómoda cuando había una prisión que se ejercía de manera injustificada sobre culpables y no culpables, unos y otros.

Lo mucho bueno que México le estaba dando a los exiliados, a los que se habían anticipado, no fue revertido, y eso se constituyó en una costumbre que ya iba cambiando de contenido pero que prosigue hasta hoy: la presencia de México, las muchas cosas distintas que le he ido debiendo, como supongo que todos los que llegaron a este país en distintos momentos y fueron acogidos y recibidos y tuvieron la mayor felicidad que un exiliado puede tener, que es el de ser integrado como alguien más que puede formar parte de una cultura, de un modo de vida, de una felicidad compartida naturalmente. Yo no llegué sola, llegue con Enrique Fierro, mi marido, que hace ya 3 años que no está, y tendríamos que sumar, uno por su lado, otro por otro, nuestras respectivas gratitudes.

Las ofertas de la generosidad son siempre infinitas, diferentes e inolvidables; desde la más necesaria, que es el tener un modo de vivir durante años, y otra no menos, un poco distinta y quizás más importante, que es dar la oportunidad de que el que llegue haga lo que debe hacer, lo que puede hacer, de la mejor manera posible; es decir, yo quería leer, yo quería escribir, y esas oportunidades México me las dio generosamente. Cuando digo México y estoy en Guadalajara, que yo no conocía en ese momento, ustedes entienden que estoy hablando de la misma cosa, una cosa que para mí empezó muchos años antes, cuando era estudiante, y cuando toda la base de la enseñanza de los libros que debíamos leer venían fundamentalmente de México. Que me disculpen si estoy omitiendo nombrar otras editoriales, pero el Fondo de Cultura Económica era lo que llegaba, era la base de la biblioteca que necesitábamos como estudiantes en la universidad. Mi aplauso al Fondo, al cual le deseo una larga y próspera y mejor (si es posible) vida; y cuando digo el Fondo, integro todas esas pequeñas editoriales que llegaban y que eran de pronto las que traían la poesía, la poesía mexicana, porque no todos fueron publicados por el Fondo, pero en fin, con los años uno aprende a simplificar, porque es más fácil abrazar y llevar consigo la gratitud, que ustedes saben que no termina, que parece prolongarse hasta este momento y que ojalá muchos otros latinoamericanos reciban, como pude recibir yo.

Una cosa básica que es para mí una obligación feliz es nombrar algunas de las gentes que me acompañaron, involuntariamente desde arriba, en estos casos. Inicialmente hubo un gran maestro del periodismo que fue para mí el maestro Batis, que como director o colaborador fue un espléndido jefe y maestro de periodistas, que me acogió con infinita paciencia, que rezongaba un poco a veces por mis derivados, cuando me ponía a hablar de cosas que él suponía que no eran muy importantes (escritores y amigos, a veces no mexicanos). Y obviamente otro gran nombre, Octavio Paz, gran nombre no solo mexicano sino universal, claro, con un magisterio discretísimo y una acogida elegante, generosa, disimulada, magistral pero discreta, discretísima. Octavio nunca firmaba algo sin decir: “¿Están de acuerdo?” Eso que quizás no sea la imagen que más trasciende es la que yo guardo con más fuerza. Quisiera convencerlos a todos que Octavio no solo era un gran maestro, sino un humano generosísimo. Gracias en él a México.

 

Ida Vitale
Poeta, traductora y ensayista. Entre su obra destacan los poemarios Cada uno su noche y Paso a paso; y los ensayos El ejemplo de Antonio Machado y Arte simple, entre otros.

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Orhan Pamuk, Premio Nobel de Literatura 2006, es uno de los invitados de honor de FIL 2018. Entre otras actividades, el novelista turco vino a presentar su más reciente novela, La mujer del pelo rojo (Literatura Random House). El siguiente ensayo aborda esta obra en la que las tradiciones de oriente y occidente confluyen “como dos ríos apasionados”.

Cuando Ka, protagonista de la novela Nieve, publicada por el escritor turco Orhan Pamuk en 2002, visita las oficinas del periódico local de Kars, ciudad fronteriza a la que ha ido a hacer un reportaje, se lleva una sorpresa. En su edición del día siguiente ese diario, que con un tiraje de quizá 300 ejemplares constituye el negocio familiar de Sedar Bey y sus dos hijos, anuncia que Ka tendrá una presentación, de la que él aún no tenía noticia y que de hecho ni siquiera se había programado, para leer un poema que él no ha escrito todavía. Ante el total desconcierto de Ka, el director del diario le responde: “Muchos que nos menosprecian porque escribimos las noticias antes de que ocurran los acontecimientos, y piensan que lo que hacemos no es periodismo sino profecías, luego son incapaces de ocultar su asombro cuando los hechos se desarrollan tal y como los habíamos descrito […] Eso es el periodismo moderno”.

El Nobel truco durante la presentación de La mujer del pelo rojo.
(© FIL/Susana Rodríguez)

Este precioso momento surrealista del libro, que plantea con buen humor la influencia que tienen hoy en día los medios para “producir” las noticias, me hizo pensar en el nuevo libro de este gran novelista que obtuvo el premio Nobel de Literatura en 2006, a los 54 años. En este nuevo libro, La mujer del pelo rojo (Literatura Random House, 2018) no se habla precisamente de “noticias” del futuro, sino de la gran influencia vital que historias del pasado remoto pueden ejercer en el devenir de generaciones enteras. Se rememoran dos mitos clásicos. Uno del mundo oriental: el Shahnameh, o Libro de los Reyes, atribuido al poeta persa Ferdousí y datado en el año 1000. Otro del mundo occidental: Edipo rey, tragedia griega de Sófocles, del año 400 aproximadamente. No es casual que estos dos ríos apasionados que conducen las aguas del destino de manera inexorable desde dos polos opuestos de la cultura confluyan en el Bósforo, es decir, en la ciudad de Estambul y en las páginas de la literatura que hace Orhan Pamuk, un ángel tocado por estos dos demonios (oriente y occidente). Ya en otros de sus libros (como el citado Nieve o Me llamo Rojo o Estambul, ciudad y recuerdos) estas dos fuerzas contrarias se contaminan mutuamente ante la imposibilidad de mantener las tradiciones intactas, al margen de la promiscuidad que propicia el roce continuo entre ambas.

La mujer del pelo rojo hurga en un problema moral que Sigmund Freud resolvió de manera un tanto esquemática: la necesidad de matar al propio padre y de sobrevivir a la culpa que ese asesinato propicia. Orhan Pamuk no solo aborda la solución occidental del problema, sino que va mucho más lejos y, al incorporar el mito persa de Shahnameh, por decirlo de alguna manera, le da la vuelta, ya que incorpora también la culpa del padre y la orfandad y su relación con la libertad.

Pamuk nos cuenta la leyenda del Shahnameh: “Hace mucho tiempo había un hombre llamado Rostam, un héroe excepcional, un guerrero infatigable. Era conocido y querido por todo el mundo. Un día salió a cazar y se extravió, y mientras dormía por la noche perdió también a su caballo, Rajsh. Cuando buscaba al animal se adentró en las tierras enemigas de Turán. Pero su fama lo precedía, y fue reconocido y tratado como merecía. El sha de Turán acogió solícito a su inesperado huésped, organizó un banquete en su honor y bebieron licores juntos. Cuando Rostam se retiró a sus aposentos después del ágape, alguien llamó a su puerta. Era Tahmine, hija del sha de Turán, que había visto al apuesto Rostam en el banquete y había venido a confesarle su amor. Le dijo que quería llevar en su vientre un hijo del célebre y astuto héroe. La hija del sha, alta y esbelta como un ciprés, tenía las cejas arqueadas, una boca pequeña y una abundante melena. Rostam no pudo resistirse a la tentación de aquella joven bella, inteligente, sensible y encantadora que se había molestado en ir hasta su habitación, y acabaron haciendo el amor. Por la mañana Rostam regresó a su país, no sin antes dejar algo suyo, un brazalete, para su futuro hijo. Tahmine llamó Sohrab a su hijo huérfano de padre. Al cabo de los años, cuando el muchacho se enteró de que su progenitor era el célebre Rostam, exclamó: ‘Me marcharé a Irán, derrocaré al despiadado sha Kay Kavus y pondré a mi padre en su lugar. Después regresaré a Turán, derrocaré al despiadado sha Afrasiyab como habré hecho con Kay Kavus y ocuparé su trono. De este modo mi padre Rostam y yo unificaremos Turán e Irán, Oriente y Occidente, y gobernaremos con justicia sobre el mundo entero’. Así habló el bondadoso y compasivo Sohrab. Pero no había previsto lo astutos y ladinos que eran sus enemigos. Afrasiyab, el sha de Turán, conocía sus intenciones, pero como iba a la guerra contra Irán le ofreció el apoyo de su ejército. No obstante infiltró espías en sus tropas para evitar que Sohrab reconociera a Rostam cuando se encontraran cara a cara. Desde la retaguardia de sus respectivas líneas, padre e hijo contemplaron como batallaban sus ejércitos. Finalmente, una serie de sucias tretas y ardides conspiró con los caprichos del destino para enfrentar al legendario guerrero Rostam y a su hijo Sohrab en el campo de batalla. Pero como ambos llevaban las armaduras puestas, no se reconocieron […] Ferdousí describió extensamente en sus versos cómo ambos se enzarzaron en una terrible lucha cuerpo a cuerpo, los largos días que duró la pelea, y cómo el padre acabó matando al hijo”. Rostam se desgarra de dolor al darse cuenta de que ha matado a su propio hijo. “¡El insoportable sentimiento de culpa y vergüenza que nos arrebataría en el mismo momento de descubrir que habíamos destruido algo tan bello y tan valioso!”.

El ir y venir de los sentimientos extremos que provoca el enfrentamiento entre padre e hijo a la luz del mito milenario y la imposibilidad de burlar al destino cobran vida en los diálogos finales de La mujer del pelo rojo, cuando padre e hijo se enfrentan de manera definitiva. Se plantea ahí la imposibilidad de ser libre y el peligro de quedar anulado como individuo si no se mata al padre. Pero al mismo tiempo y en sentido inverso: sin padre, sin guía, es más largo el camino para lograr el desarrollo de la propia individualidad. “Cuando creces sin padre [y hay que tomar en cuenta algo en lo que no hemos reflexionado lo suficiente, que también Edipo creció sin padre], piensas que el mundo no tiene centro ni fin, y te crees que puedes hacer cualquier cosa… Pero al final te das cuenta de que no sabes qué es lo que quieres, intentas encontrar algo en lo que centrarte, un sentido a tu vida: alguien que te diga no”.

La imagen paterna más poderosa del protagonista de La mujer del pelo rojo no es su padre biológico, que huyó de la casa, sino su primer jefe, un maestro de nombre Mahmut Usta, que se dedica a cavar pozos y que lo empleó siendo él un muchacho. La comunicación entre ambos se basa en las historias que se cuentan al finalizar la jornada, tumbados boca arriba, contemplando las estrellas. “Me encantaba que mi jefe me mirara a los ojos con cariño y me contara esas aterradoras historias edificantes, y mientras narraba vívidamente aquellos relatos sobre aprendices descuidados, yo percibía cómo en su mente el universo subterráneo, el mundo de los muertos y las profundidades de la tierra, se asociaba con partes concretas del cielo y del infierno fácilmente reconocibles, y esto me ponía la piel de gallina. Según Mahmut Usta, cuanto más nos adentrábamos en la tierra, más nos acercábamos al nivel de Dios y de los ángeles”. Para Pamuk adentrarse en las profundidades de la tierra es aferrarse a sus raíces turcas, las cuales provienen de antiguas tradiciones tanto de oriente como de occidente, que crecen y se entrelazan como las calles de los suburbios de la ciudad de Estambul, que en treinta años han alcanzado el pequeño poblado en que un muchacho de 16 años cavó junto con su maestro un pozo profundo y oscuro que le servirá al mismo tiempo de mortaja física y moral, y de liberación de su complejo de Edipo y, si cabe, de Rostam. Cuando escuchó la historia de Edipo rey de labios de su aprendiz, el maestro constructor de pozos Mahmut Usta lo primero que hizo fue recriminarlo: “Y por qué me cuentas esta historia a mí”, y luego dijo, como hablando para sí mismo: “Así que al final ocurrió lo que Dios había anunciado. Nadie puede escapar a su destino”.

 

Juan Manuel Gómez
Poeta y editor. Ha publicado Como un pez rojo y El libro de las ballenas, entre otros libros.

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Lejos de haberse erigido en modelo hegemónico en Occidente, la democracia liberal ha dejado de concitar el entusiasmo de las mayorías electorales en muchos países. ¿Qué falló? ¿Cómo corregir el rumbo, apuntalar la legalidad, repensar la ciudadanía? Este 24 y 25 de noviembre en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, intelectuales, políticos escritores y activistas venidos de ocho países tratan de encontrar, si no la respuesta, sí las preguntas que es urgente formularse.


Hace casi tres lustros entrevisté a Gilles Lipovetsky a propósito de un concepto que acababa entonces de acuñar: el de hipermodernidad, fase si no superior sí subsiguiente de la posmodernidad, que él veía marcada por la desconfianza del Otro y la hipervigilancia herederas del 11-S pero también por el triunfo de los valores democráticos liberales en Occidente. Cómo explicar los casos de Cuba y Venezuela, le pregunté en ese tiempo en que Castro seguía con vida (y en el poder) y Chávez vivía su segundo periodo presidencial. Me respondió que como una anomalía al modelo, que tendería a corregirse con la imparable democratización.

Por una vez, se equivocó.

Y no sólo porque en los años subsiguientes serían electos en países occidentales jefes de gobierno refractarios a esos valores (Putin, Morales, Erdogan, Trump, Bolsonaro) sino porque, en ese mismo lapso, habríamos de ser testigos de fenómenos políticos construidos desde narrativas de la segregación y la exclusión en todo Occidente: el advenimiento del Brexit en el Reino Unido, el avance de partidos de ideología extremista en varios países europeos y las crisis políticas generadas en diversas naciones por la migración primero siria y después hondureña. Será también importante leer en esa clave el caso mexicano tras el triunfo electoral de un López Obrador que habría de hacerse con el control total del Legislativo, además de con el Ejecutivo, actor que ha sido recibido cuando menos con reservas por buena parte de lo que sus adeptos denominan “la comentocracia” y “la socialité civil” (mal signo).

El ahora presidente francés Emmanuel Macron lo formuló bien: los verdaderos ejes del pensamiento y la actuación políticos en nuestros tiempos no pasarían ya por la vieja división entre izquierdas y derechas sino por un polo conservador y otro progresista, presentes en la mayoría de los países y a los que sería posible adscribir a actores y formaciones nominalmente identificados con una u otra de las coordenadas hoy obsoletas. Ese cambio de paradigma habría de dar origen a un coloquio anual de la UdeG y la FIL Guadalajara que es mi privilegio coordinar y que decidimos nombrar De muro a muro al tomar como referentes temporales de tales transformaciones la caída del Muro de Berlín y la amenaza, esgrimida por el presidente Trump, de terminar de construir un muro divisorio en la frontera México-Estados Unidos.

La primera edición de De muro a muro, de vocación más bien generalista y realizada en 2017 en colaboración con la UNAM, reunió a intelectuales como Gary Gerstle, el propio Lipovetsky y Rob Riemen, políticos como Daniel Jadue y Pedro Kumamoto y escritores como Irvine Welsh para analizar los retos que suponen las transformaciones sociales, políticas, económicas y culturales del siglo XXI. Para la segunda, que llega este 2018 a la FIL Guadalajara, y a la luz del recrudecimiento de la crisis que enfrenta hoy el modelo democrático liberal, decidimos unir fuerzas con el CIDE para tratar de comprender qué de ese modelo concitó el rechazo de amplias franjas del electorado en diversos países y cómo corregir el rumbo para frenar el avance de populismos y autoritarismos.

Jesús Silva-Herzog Márquez, autor del brillante ensayo “Entre la tecnocracia y el populismo” publicado aquí mismo en Nexos, se nos impuso interlocutor obligado del australiano John Keane, autor de Vida y muerte de la democracia, y del académico austriaco avecindado en México Andreas Schedler —quien estudia hace tiempo problemas y vicios de las democracias— en una primera mesa, a la que decidimos sumar a Consuelo Sáizar, experta en políticas culturales con miras a la creación de ciudadanía. Al ser la crisis de la democracia una marcada por la problemática de las minorías culturales, organizamos también una mesa sobre interculturalidad y democracia, a la que han de acudir la activista por los derechos trans e indígenas Amaranta Gómez Regalado, la académica del CIDE experta en movimientos sociales María Inclán, el exalcalde de la diversa ciudad estadounidense de Los Ángeles Antonio Villaraigosa y la escritora checa Monika Zgustova, experta en el mundo soviético. Finalmente, nos pareció importante abordar las democracias no liberales con la presencia de dos escritores que las conocen de primera mano —el venezolano Alberto Barrera y la francovenezolana Laurence Debray— pero también del legendario periodista español Joaquín Estefanía —cuyo reciente libro Revoluciones se centra de manera importante en el espíritu del 68, sus consecuencias y su oposición— y del político mexicano Salomón Chertorivski.

Confiamos en que esas dos jornadas, con ponentes venidos de ocho países, nos permitan no encontrar certezas —noción asaz antidemocrática— sino plantear (y, sobre todo, plantearnos) las preguntas necesarias para contribuir en lo individual al apuntalamiento de una sociedad de ciudadanos, requisito mínimo para vivir en democracia.

Nicolás Alvarado
Escritor, coordinador general de De muro a muro y asesor de la Presidencia de FIL Guadalajara.
De muro a muro. La democracia en su encrucijada se celebra los días 24 y 25 de noviembre en la FIL Guadalajara; el programa completo está disponible en demuroamuro.mx.

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