En cada edición, la FIL de Guadalajara se convierte en punto de convergencia de nuevas o jóvenes editoriales, pequeñas o independientes, que intentan encontrar un lugar en el complejo —y en ocasiones voraz— panorama editorial en español. Durante estos días ofreceremos breves perfiles de estos sellos, muchos de los cuales desembarcan por primera vez en nuestras costas. Como último desembarco para cerrar la cobertura de las editoriales independientes en la FIL, presentamos a la editorial argentina Godot y a uno de sus dos fundadores, Hernán López Winne, quien contestó a nuestras preguntas durante su estancia en México.

¿Podrías relatarnos la génesis del proyecto (cómo nació, de dónde viene el nombre, qué necesidad —personal y editorial—intentaron cubrir, a qué se han enfrentado)?

Ediciones Godot nace de un proyecto anterior, la revista Esperando a Godot, una revista cultural de corte académico que funcionó desde 2005 hasta 2008. La necesidad que intentamos cubrir fue dar a conocer ciertos textos que no estaban circulando. La editorial, luego, fue tomando crecimiento y empezamos a publicar autores de renombre como Slavoj Zizek, Walter Benjamin, Virginia Woolf, Herbert Marcuse, Samuel Beckett, entre tantos otros.

Díganos cuáles serían sus cinco libros clave, sobre qué versan, por qué los eligieron y cuál es la pertinencia de publicarlos.  

Una vida sin principios, de Henry David Thoreau (trad. de Macarena Solís, 2017, 104 p.), es un pequeño tratado sobre la relación entre el hombre, la naturaleza y la explotación capitalista.

Estrés y libertad, de Peter Sloterdijk (trad. de Paula Kuffer, 2017, 80 p.), un ensayo breve donde el punto central es la visión del autor de las sociedades posmodernas: el aglutinamiento de los individuos se produce por la cantidad de estrés acumulado entre ellos.

Cuentos completos, de Virginia Woolf (trad. de Micaela Ortelli y Carolina Orloff, 2015, 392 p.), reúne todos los cuentos publicados por la autora inglesa en su vida.

La permanencia en lo negativo, Slavoj Zizek (trad. de Ana Bello, 2016, 392 p.), donde se analiza el capitalismo como un sistema económico global motorizado por la histeria.

¿Cuál ha sido su historia dentro de su mercado editorial de origen y por qué les interesa distribuir en México y Latinoamérica?

México y Latinoamérica, naturalmente, son importantes porque comparten nuestro idioma, al mismo tiempo que en cada país hay culturas y mercados diferentes.

¿Mantienen algún tipo de relación con el libro digital? ¿Qué ventajas y desventajas creen que tiene este formato —como editores y lectores— con respecto al tradicional?

El libro digital es un soporte más para el contenido. Más allá de pensar en ventajas y desventajas, hay que mirarlo como un modo más de hacer circular contenido.

 

Leer completo
En cada edición, la FIL de Guadalajara se convierte en punto de convergencia de nuevas o jóvenes editoriales, pequeñas o independientes, que intentan encontrar un lugar en el complejo —y en ocasiones voraz— panorama editorial en español. Durante estos días ofreceremos breves perfiles de estos sellos, muchos de los cuales desembarcan por primera vez en nuestras costas. En esta ocasión, nuestro desembarco se lo dedicamos a Impedimenta, una editorial madrileña cuya editora, Pilar Adón, nos cuenta su historia.

¿Podrías contarnos cómo nació el proyecto en el que se embarcaron Enrique Redel y tú?

Impedimenta fue fundada en el año 2007 en Madrid. Enrique Redel y yo primero fuimos pareja, nos conocimos en la Facultad de Derecho. Siempre hemos estado vinculados al mundo de la literatura. Somos grandes lectores. Hace diez años decidimos fundar la editorial. Imagínate unir la labor editorial con una relación de pareja. Todo el tiempo hablamos de los libros, pensamos en los autores. Es una labor absorbente. Pero esa labor tiene una recompensa inmediata: incorporar a un autor o a un libro a tu catálogo. Esa recompensa inmediata puede ser muy adictiva. Es una labor de generosidad: implica compartir. “El libro de un editor es su catálogo”, como dice Herralde. Es a base de perseverancia. El nombre, Impedimenta, proviene del bagaje que suele llevar la tropa, e impide la celeridad de las marchas y de las operaciones.

¿Cuáles son sus autores clave?

Hablaré de las autoras que yo he elegido:

Iris Murdoch, porque me gustan mucho sus mundos filosóficos y académicos. También por la inteligencia de sus diálogos.

Penelope Fitzgerald es una autora que con muy pocas frases, y muy cortas además, consigue llevar al lector a una riqueza absoluta de escenarios y peculiaridades psicológicas. La librería, novela finalista del Booker Prize,  es una sutil aventura librera.

Penelope Mortimer intentó suicidarse y después empezó a visitar a un psicoanalista freudiano. Cuando eso fracasó, se sometió a un tratamiento electroconvulsivo.

Angela Carter, por sus magníficos relatos. Publicamos la mítica colección de cuentos maravillosos protagonizados por mujeres que Carter recopiló para Virago Press.

Edith Wharton decidió abandonar su apartamento parisino para visitar, en seis distintas expediciones, el frente de batalla en que se decidía el destino de Europa, de Dunkerque a Belfort.

¿Por qué les interesa distribuir en Latinoamérica?

Siempre quisimos llegar aquí. Compartimos una misma lengua y los lectores se interesan en los dos lados del océano.

¿Mantienen algún tipo de relación con el libro digital?

Publicamos libros digitales. Pero somos editores de papel porque somos lectores de papel. Tenemos ventas digitales, pero los lectores buscan más nuestros libros impresos. En España hubo una especie de espejismo con el libro digital: vaticinaban el declive del libro de papel. Pero el libro en papel es un invento perfecto. La experiencia de lectura en un libro de papel no es la misma que se da en la frialdad del dispositivo digital. El papel implica calidez. El objeto físico la proporciona. La realidad tangible no existe en el ámbito digital. Con el libro físico tocas el objeto: pastas, páginas. De otra manera no es palpable. Es un asunto de experiencia lectora.


Iris Murdoch
El libro y la hermandad
Traducción de Jon Bilbao
Postfacio de Rodrigo Fresán
Impedimenta
Madrid, 2015
656 páginas.


Penelope Fitzgerald
La librería
Traducción de Ana Bustelo
Impedimenta
Madrid, 2015
192 páginas.


Penelope Mortimer
El devorador de calabazas
Traducción de Magdalena Palmer
Impedimenta
Madrid, 2014
240 páginas.


Angela Carter
Cuentos de hadas de Angela Carter
Traducción de Consuelo Rubio Alcover
Impedimenta
Madrid, 2017
640 páginas.


Edith Wharton
Francia combatiente. De Dunkerque a Belfort
Traducción de Pilar Adón
Introducción de Yolanda Morató
Impedimenta
Madrid, 2011
224 páginas.

Leer completo
Vicente Rojo y Arnoldo Kraus culminaron un proyecto literario-visual con Apología del polvo, celebrado en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. El artista plástico y el médico escritor se aproximan al polvo desde las múltiples aristas que permite el tema.

Arnoldo Kraus y Vicente Rojo
Apología del polvo
Colaboración fotográfica de Vicente Rojo Cama
Sexto Piso/Secretaría de Cultura
Ciudad de México, 2017
48 páginas.


Vicente Rojo y Arnoldo Kraus se embarcaron en un proyecto que llegó a buen puerto: una tetralogía literaria-visual constituida por Apología del lápiz, Apología del libro, Apología de las cosas y Apología del polvo (Sexto Piso/Secretaría de Cultura, 2017). Ahora los cuatro libros están reunidos en una caja diseñada por Rojo. El artista plástico y el médico y escritor forjaron una estrecha amistad que derivó en la celebración de entidades cotidianas: el lápiz, el libro, las cosas, el polvo.

“Los dos primeros libros trataron temas más fáciles, obvios. Los dos siguientes se complicaron más para ambos, en cuanto a la escritura y a la plástica. Son temas menos claros”, afirma Kraus en la conversación.

Por su parte, Rojo eplica su selección cromática: “Pensé, al tratar el tema del polvo, que debía manejar tonos grises, usar el negro, dar una perspectiva lúgubre. Pero el texto de Kraus es luminoso. Por lo tanto esa luz me permitió pensar en lo colorido, en el polvo de estrellas. Los astros siempre tienen colores, las estrellas son luminosas. Eso plasmé. Muchos pensadores dicen que somos polvo de estrellas”.

El artista plástico continúa: “Mi padre llegó a México años antes de que yo lo lograra. En Barcelona yo veía las estrellas pensando en que mi padre veía en México las mismas estrellas que yo percibía. También hay una canción titulada ‘Polvo de estrellas’ que yo escuchaba en mi juventud”.

Kraus dice en la entrevista: “Llamaré a los cuatro volúmenes incluidos en la bella caja ‘libros-objetos’. La combinación de letras con el trabajo de Vicente es inmejorable. Cambiamos la palabra diálogo por la palabra danza. Una danza entre palabras e imágenes”.

El cuarto volumen resulta una suerte de ponderación del polvo propagado, concurrente. Ambos lo perciben como algo que sigue y conforma al ser humano.

“Sé humilde, pues estás hecho de tierra. Sé noble, pues estás hecho de estrellas”, reza un antiguo proverbio serbio recordado por el médico. “Si la humildad rigiese el mundo todo sería mejor. El proverbio debería ser una guía”.

Para Arnoldo Kraus el polvo y las huellas humanas coexisten en las hendiduras de la existencia y de las cosas. Esa es la premisa del volumen que concluye la tetralogía, en la que se concibe la nostalgia como necesidad. La visión del polvo de Vicente Rojo trasciende lo terrestre y deviene en una aproximación al universo: sus imágenes evocan el polvo estelar.

Residuo de cosas, el polvo es un conjunto de partículas sólidas que flotan y descansan sobre los objetos. Ahí reside su importancia artística-literaria: es un motivo de creación ineludible.

Kraus dice que los médicos hablan de neumoconiosis para referirse a las enfermedades pulmonares causadas por la inhalación de polvo, y el polvo cósmico está compuesto por partículas menores de 100 micras. Estas acepciones extienden el universo del polvo. Afirma que tras cavilar sobre nuestro origen en La historia más bella del mundo, Hubert Reeves, Joël de Rosnay, Yves Coppens y Dominique Simonnet concluyen: “Verdaderamente estamos hechos de polvo de estrellas”. En ese punto coinciden a la perfección.

Los coautores de esta Apología saben que el polvo tiene presencia. La purpurina de Rojo mutó en estrellas, en polvo interestelar. Kraus, con intención literaria, afirma que escribe polvo, borra polvo. Escribe y corrige. Mientras lo hace, Rojo crea cuerpos estelares. “Polvo eres y en polvo te convertirás.”

Ambos conservan la curiosidad y el juego correspondientes a la niñez. “El oficio de la infancia es bello, desborda pasión”, escribió Kraus en Apología del polvo. Vincula “el oficio de la infancia” con la creación artística y la medicina. Escribió: “Las estrellas interestelares y las de Rojo comparten oficio: ambas contribuyen a explicar el mundo”.

Kraus asegura que “el oficio de la infancia significa cosechar recuerdos, mirar hacia atrás. Los niños que trato no lo saben, pero ejercen ese ‘oficio de la infancia’: desde jugar hasta descubrir las palabras, el lenguaje. Pasa con los niños agraciados y desagraciados: me refiero a términos económicos. La infancia abre muchas puertas. Y ese ‘oficio’ marca la vida juvenil y la vida adulta, enseña maneras de estar en la vida”.

El médico evoca el prólogo de Jean-Paul Sartre a Los condenados de la tierra de Frantz Fanon y parafrasea: “El mundo se divide en dos: entre los que tienen Voz, con mayúscula, y entre los que no la tienen”. Kraus se refiere a los niños agraciados y a los que se ven sometidos a la pobreza, a la enfermedad, a la imposibilidad de mejorar sus condiciones de vida. “En la medicina clínica, que es la que yo ejerzo, lo que aprehendiste en la infancia —en mi caso— hace que te intereses por las personas que están frente a ti. Me buscan por una merma, ya sea física o emocional, o por problemas que combinan ambas mermas. Esa carga de la infancia influye en mi manera de practicar medicina: ser compasivo, empático”.

Kraus también lleva esa práctica a la escritura y, en específico, a su colaboración con Vicente Rojo. Recuerda, para describir a Rojo, un pasaje de los Cuatro cuartetos de T. S. Eliot: “La única sabiduría que cabe adquirir/ es la sabiduría de la humildad”. Los versos de Eliot detallan la manera en que ambos —médico escritor y artista plástico— conducen su existencia. “La humildad de Rojo nos enamora. Colaborar con él es un regalo de la vida. Quisiera que se prolongase indefinidamente”.

Regresemos al polvo y a las estrellas. Kraus asevera:

Antes de ser nada, los huesos de los muertos se convierten en polvo, en polvo humano, hermano de otras sustancias semejantes; cenizas volcánicas, cisco, aserrín y huesos animales comparten historias, tiempos y destino: nada, ser nada, desaparecer. En la Tierra, polvo y destino se funden. Con el tiempo desaparecen. Historias similares viven las estrellas de Rojo: antes de dialogar con las palabras, las escuadras y el cúter del artista dotaron de vida a algunos de sus inmemoriales cómplices: purpurina, pegamento, papel y cartón se transformaron en estrellas. Surcar cielos, aterrizar en las páginas de este libro y avivar la textura de las palabras es legado de la fuerza de Vicente.

El polvo es inmortal como la obra de Vicente Rojo.

Alejandro García Abreu
Ensayista y editor.

Leer completo
Madrid es la invitada de honor de este año en la FIL. Una ciudad con una tradición y una riqueza literaria portentosas que muestra síntomas de buena salud y mejor futuro. Lo siguiente es una guía de lectura imprescindible para todo aquel que desee conocer a los clásicos y a las futuras promesas de las letras de esa capital de la literatura universal.

UNO

Cualquier iniciativa cultural que busque llevar los libros a los lectores, debe celebrarse.

Más aún en un país como México, abatido de manera permanente por la violencia, la inseguridad, cifras poco alentadoras de crecimiento económico y todo lo demás que pueda imaginarse. Las ferias del libro que se celebran a lo largo del país —unas más otras menos, todas con sus vicios y virtudes, tanto aquellas consolidadas como las que ya se muestran optimistas en términos de crecimiento—, realizan un papel significativo respecto no solo a la tarea de acercar los libros a sus potenciales lectores, sino igualmente por lo que hace a impulsar una industria que año con año se enfrenta contra la dureza de las ventas efectivas. Esto porque nunca como ahora la producción editorial mexicana, abundante y diversificada, se realiza casi como un discurso en medio del desierto, en donde apenas algunos libros, de los tantos que se publican al año, serán adquiridos y posteriormente leídos.

Dedicar la edición 2017 de la Feria del Libro de Guadalajara a la ciudad de Madrid, en calidad de Invitada de Honor, es un acierto por parte doble: pone a la vista de todos los países de la lengua española el actual fermento escritural de esa ciudad (más vivo que nunca y con un pasado de grandes nombres y títulos imperdibles) y, por otra, pone sobre la mesa la venta de derechos de autor de centenas de escritores no solo madrileños sino de toda la península ibérica. Lo anterior se traducirá en mayor circulación de las obras, difusión de nuevas propuestas y expansión de la oferta editorial para los lectores. El año mexicano, a bandazos entre el sobresalto y la inconformidad, se cierra con un evento de primer orden en el cual festejar la cultura, en su acepción más amplia, se pone a discusión ante propios y extraños.


Color dentro de la XXXI Feria Internacional del libro en Guadalajara, México, sábado 25 de Noviembre 2017. (Cortesía © FIL/Nabil Quintero Milián)

Ahora bien, los mecanismos de selección de los invitados nunca son claros aunque sí resultan entendibles desde una perspectiva enteramente económica. Los grandes consorcios presentan a sus autores para acomodar sus libros en las mejores condiciones potenciales de venta. El discurso plural de la literatura y las demás disciplinas queda mermado por los dictados que impone hacer de la producción cultural, además de una propuesta de valor, una forma de espectáculo. Esto no implica por fuerza una trivialización de los discursos y las propuestas, aunque sí genera la impresión de que ciertos actores de la cultura resultan fundamentales pese a que solo resulten favorecidos por cierto modo de la hegemonía.

Al final, los libros serán leídos y analizados tanto por los lectores y la crítica, que darán alguna opinión —informada o espontánea— de los contenidos. Y es que al caminar por los pasillos de la Feria, se genera la impresión de que nadie podría leer siquiera la producción de un año en el espacio de una vida. No solo por lo que hace al material de aire “clásico”, sustento primario de la cultura humanística, sino igualmente al de los nuevos autores que saltan a ruedo con propuestas buenas o malas. El comentario de actualidad, aderezado con bromas ingeniosas, puede ser un llamado a la exploración cultural, pero no sustituye la lectura meditada de autores fundamentales. En su parte menos encomiable, las ferias del libro en general son apenas vitrinas de la producción editorial actual, en las que la socialización extrema se impone como un mecanismo de autodefensa para evitar la lectura, así se realicen voluminosas compras de libros que con suerte serán extraídos del hule que los resguarda del deterioro.

El encuentro entre autores y lectores, que se encomia más de la cuenta, nutre la escritura de fuegos artificiales pese a que no tiene otra función que generar un uso ritual del objeto-libro (¡el autógrafo!), así como la experiencia de la cercanía de quienes han logrado poner sus pensamientos por escrito con un mínimo de rigor. El gran arte se admira años después de su manufactura, en silencio, cuando ya se apagaron los flashes y la crítica ha ponderado aciertos, limitaciones y además ha puesto a dialogar en sincronía obras que fueron creadas sin el mínimo de relación entre ellas.

DOS

Como cada año, la oferta cultural de esta Feria es nutrida. No solo se presentan actores de la vida literaria sino igualmente de otras disciplinas, para darle pluralidad e interés a todos los ámbitos de la actividad intelectual del país. Los autores de Madrid tienen la ventaja de circular de manera permanente en las librerías mexicanas y, por lo mismo, sus libros son leídos en ediciones de impecable manufactura.

Las trayectorias de varios de estos autores se siguen con atención, a lo largo de los años, intuyendo en cada una de sus entregas la posible forma de un nuevo canon para esa literatura nacional. Es necesario señalar que en esta edición la presencia femenina destaca por encima de la masculina. Ahora bien, una literatura de una lengua mayor, como lo es la española, genera escritores a borbotones y no siempre es fácil orientarse en la oferta editorial de España, que es adicta a los premios y cada municipalidad lanza sus convocatorias por género bajo el cobijo de alguna gloria local.

Esta selección personal y sumaria de la extensa lista de invitados, a partir de lo leído y también de lo que puede hallar el lector en la oferta editorial disponible en México, se enlista por estricto orden alfabético en atención al apellido y busca ser una hoja de ruta para leer a ciertos autores de Madrid:

1. Marcos Giralt Torrente (Madrid, 1968)

No es fácil hallar los libros de Marcos Giralt Torrente en México. Uno revisa su bibliografía y es corta en extensión, pero profusa en imágenes y referencias. Son entramados en donde la memoria y el tiempo juegan un rol fundamental para enlazar y romper vínculos afectivos entre los protagonistas. Cuando eres sobrino de Gonzalo Torrente Ballester tienes un compromiso con la literatura más compleja. Sus tres novelas: París (Anagrama, 1999), Los seres felices (Anagrama, 2005) y Tiempo de vida (Anagrama, 2010) deben leerse como ejemplos de un cilindro narrativo que no deja de girar ni aun cuando ya terminó la historia. Los cuentos que integran El final del amor (Páginas de Espuma, 2011) fueron el remate narrativo que dejó clara su vena de autor más europeo que español y más español que solamente madrileño. La experiencia de lectura de cualquiera de sus libros refiere la salud cabal, no solo de la literatura española, sino del acto de narrar como forma superlativa de comunión. Refundación a partir de la angustia de enfrentar la vida.

 

2. Belén Gopegui (Madrid, 1963)

Se ha vuelto célebre que un comentario favorable de Francisco Umbral, vertido en su reseña a la novela El lado frío de la almohada (Anagrama, 2004) sirvió a Gopegui como unción para consolidarse en las filas de la narrativa española. Pese a los méritos de La escala de los mapas (Anagrama, 1993), el lector mexicano la descubrió con asombro en las páginas de Deseo de ser punk (Anagrama, 2009). Ya como parte del catálogo de Random House Mondadori, Gopegui oscila libre entre el estilo intimista desde un “yo” que se atreve a ser un “nosotros” y las preocupaciones de orden social y hasta tecnológicas, como puede leerse en Acceso no autorizado (Mondadori, 2011). La carrera de Gopegui ha sido un constante examen de la situación de la mujer en el mundo contemporáneo, sin extraviarse en la defensa iracunda de ese feminismo que se amputa en contra de sí mismo. Es una narrativa que retrata el desorden del mundo actual aunque con espacio para la sensibilidad de quien es espectador y, por lo mismo, no puede elegir arrinconarse como mecanismo de autodefensa.

 

3. Almudena Grandes (Madrid, 1960)

Almudena, célebre en México y militante exaltada de una izquierda parlamentaria y democrática, a la que recurre como si se tratase de un mantra, saltó a la fama con la adaptación cinematográfica de Las edades de Lulú (Tusquets, 1989) hecha por Bigas Luna en 1990. A partir de entonces su narrativa no conoce los altibajos, pese a que sus novelas son oceánicas y cada vez se tiene menos tiempo de lectura. La guerra civil española, las dificultades de la dictadura y cómo se vivieron ambos fenómenos desde ecosistemas humanos microscópicos, dan cuerpo a la materia de su obra narrativa. El uso reiterado de la polifonía termina por cansar al lector, pese a que cuenta con seguidores a toda prueba. Malena es un nombre de tango (Tusquets, 1994) es una de sus entregas más a la mano. Novelas próximas al entretenimiento, ligeras y lejos de pirotecnias verbales, admiten no obstante una lectura social desde cierta forma de la sensibilidad femenina, modificada en su totalidad después de la muerte de Franco. Una narrativa del tiempo presente para olvidarse del futuro.

 

4. Andrés Ibáñez (Madrid, 1961)

No es inusual escuchar que las aficiones laterales a la literatura distraen del oficio de escribir. Nada más falso. Ibañez es un melómano y ha dedicado parte de sus esfuerzos al entendimiento, disfrute y promoción de la mejor música. Con El mundo en la Era de Varick (Siruela, 1999) se mostró a los lectores como un autor imaginativo y desbordado, casi inasible. La ciencia ficción y la fantasía en español le deben ese aporte al cultivo de un género que lucha por mantenerse en constante movimiento. De aliento monumental, ese autor español ha sido fiel a sus intereses diversos aunque en El perfume del cardamomo (Impedimenta, 2009), libro de relatos, se ajusta a las convenciones del género —al menos por lo que hace a la extensión— y luego de leerlo llego a la conclusión de que es la mejor forma de acceso a su literatura, que anda a paso lento entre el cultivo multiforme de la imaginación y la búsqueda de la forma adecuada para verterla en la escritura. Ibañez está llamado a ser un narrador atípico aunque capaz de suscitar pasiones lectoras entre la multitud, una vez que descubre la pasión por la alta cultura.

 

5. Ray Loriga (Madrid, 1967)

Solo a los despistados les habrá generado estrés que se otorgase a Loriga el Premio Alfaguara de Novela en 2017. Y no porque Rendición (2017) está lejos de ser la historia que lo confirma como narrador en plena forma, sino porque su forma de narrar ya era parte del consumo habitual de quienes leen por la intuición de que a quienes lo hacen les es entregada una llave secreta. Al mezclar el oficio de guionista con el de escritor, se logra una argamasa de imágenes y líneas duras como las que dan vida a sus libros. Ya sólo habla de amor (2008) mostró a Loriga como un experto de la oración seca con efecto duradero. A base de pistoletazos de frases, Loriga gana ventaja en el tramo corto y cada línea avanza hasta lograr que nada la interrumpa en su trayectoria. La crueldad de la vida nocturna y la fauna humana que la puebla, se cruzan en sus páginas para dar vida a entornos desolados en los cuales el acceso a la esperanza es un privilegio equiparable solo al de la muerte. En ese universo de ligerezas y vida al descampado, liberarse carece de sentido porque ya no hay cercas que dividan los espacios.

 

6. Marwan (Madrid, 1979)

La poesía admite ser un reto para la inteligencia —el más alto, acaso— aunque también una forma celebratoria del amor, el deseo, la caricia, el sentimiento a borbotones que genera otra persona en nosotros. Llegó la hora de perderle miedo a las formas cursis de la literatura de altas ventas. Existe como registro y debe ser atendida. La obra de este joven cantautor ha ganado notoriedad a través de las redes sociales, hasta el punto de que no puede ser ignorada. Los jóvenes hallan en sus palabras un camino hacia el entendimiento de lo que viven cuando experimentan el amor. Este autor de sensibilidad acaramelada, risueña y solar, arriesga el pellejo de su carrera musical para abordar el amor de la pareja y el dolor del abandono como forma de llegar al otro. Todos mis futuros son contigo (Planeta, 2015) gana lectores en México y sigue su avance en estas tierras. Marwan ha leído sus poemas en formato de video, lo que ha dado penetración a sus libros. La batalla por los lectores ya no sucede solo a través de la literatura más exigente.

 

7. Rosa Montero (Madrid, 1951)

La loca de la casa (Alfaguara, 2003) fue el libro con el cual los lectores mexicanos descubrieron la obra de esta autora española que se ha vuelto referencia en el medio cultural del país. El ejercicio continuado del periodismo le ha provisto con las armas del oficio narrativo, y lo mismo ha dado a la imprenta narrativa que obras infantiles y juveniles y libros propios del ejercicio periodístico. Montero es una de las apuestas más sólidas en el actual escenario narrativo español y sus novelas son esperadas con gran entusiasmo por un circuito fiel de lectores. Participa con regularidad en la vida pública a través del periodismo y eso le ha dado volumen en la voz para asuntos como el feminismo, la nueva etnicidad europea y España en general. Pese a lo anterior, su última entrega, La carne (Alfaguara, 2016) abre su lugar a paso lento como parte reconocida de su bibliografía. Su narrativa obtiene su mejor insumo del periodismo y eso la hace sutil pero eficaz para abordar cualquier temática y escenario en la trama.

 

8. Antonio Orejudo (Madrid, 1963)

Es uno de los autores más leídos en México desde la aparición de Ventajas de viajar en tren (Tusquets, 2011). El modo coral de estructurar la historia —las historias— dota al libro de esa opción magnética de sembrar en cada página indicios de la siguiente. La posibilidad de una literatura aséptica y exigente, que a un tiempo logra contar una historia, sucede en las páginas de su obra, que avanza con firmeza hacia la consolidación. La publicación de Reconstrucción (Tusquets, 2005) y Un momento de descanso (Tusquets, 2011) se han integrado de manera natural al consumo de los lectores mexicanos, que reconocen en Orejudo al raconteur nato y a un tiempo al observador atento de la realidad no para entenderla ni para (¡dios guarde la hora!) intentar explicarla a los demás, sino con la tarea infeliz de padecerla con menos desagrado. Orejudo mantiene su posición de avance en línea recta y solo un desbalance incontrolado podría desatar una avería en la maquinaria que lo lleva al frente. Una de las trayectorias de las que conviene mantenerse atento.

 

9. Lorenzo Silva (Madrid, 1966)

No deja de ser lamentable que los libros de Silva lleguen a México con menos regularidad de la que deberían. Como cultivador de la novela policiaca, ha dado a la vida a los guardias civiles Rubén Bevilacqua y Virginia Chamorro, que investigan delitos y tramas criminales en los territorios más ocultos de la sociedad española. Fuera de la ficción de corte policial, Carta blanca (Espasa, 2013), obra a la que le fue otorgada el Premio Primavera de Novela en su edición 2004, llegó a México con tardanza y Silva ha visto mermada su presencia en este país. Pese a lo anterior, su profusa bibliografía, lo mismo en el ciclo de Bevilacqua y Chamorro, que en no ficción y narrativa sin género, se mantiene como una de las estaciones menos prescindibles de la actual producción literaria española. Da la impresión de que Silva no hace nada más que escribir y, cuando llega a descansar, proyecta la escritura de libros adicionales a su bibliografía. Su libro de relatos Todo por amor y otros relatos criminales (Destino, 2016) mantiene el pulso del lector en su punto más alto, por lo que debería leerse casi de manera inmediata.

 

10. Marta Sanz (Madrid, 1967)

Nadie ha generado tanto entusiasmo en la crítica española reciente como Sanz. Su persecución de los premios (Nadal, Herralde, Ojo Crítico de Narrativa o el Premio Vargas Llosa de relatos), siempre ha ido amparado por una obra que cuando se lee genera entusiasmo a la par que conmoción. Farándula (2015), laureada con el Premio Herralde de Novela, supuso su llegada en firme a los lectores del país, que reconocieron en su obra el sano distanciamiento de los episodios de la guerra civil española, con el uso diestro de un estilo transparente y libre de afectaciones, sembradas en la página por el solo hecho de utilizarlas. La cosecha de premios, que no debe alarmar a nadie, está lejos de confirmar el talento de los autores aunque sería lógico pensar que ningún jurado saltará al vacío sin una red (así fuese de hilo de araña) de por medio. Clavícula (2017) es su entrega más reciente y todo parece indicar que los pronósticos no fueron equivocados. Sanz ofrece carne de narrativa, aderezada del mejor modo, para los nuevos tiempos.

 

TRES

Como es usual en cualquier encuentro, no visitan la Feria la totalidad de los autores de la región o ciudad invitada. En este caso, se detectó la ausencia de los siguientes autores:

1. León Arsenal (Madrid, 1960)

José Antonio Álvaro Garrido (aka “León Arsenal”) ha dedicado sus esfuerzos a lo que comúnmente se denominan subgéneros literarios, como el histórico, el fantástico o el thriller. Máscaras de matar (Minotauro, 2004) fue el título que lo popularizó en México, en especial entre los círculos lectores de fantasía y ciencia ficción. La Historia de España es una de sus pasiones secretas y a ella ha dedicado sendos ensayos, a la par que novelas de largo aliento. Su entrega a los “subgéneros” lo mantiene y mantendrá fuera del circuito más visible de autores españoles contemporáneos.

 

2. Javier Azpeitia (Madrid, 1962)

Tanto Ariadna en Naxos (Seix Barral, 2002) como Nadie me mata (Tusquets, 2007), han logrado elogiosos comentarios por parte de críticos a los que conviene seguir. A este momento, su obra no es copiosa aunque promete ampliarse sustancialmente en el futuro próximo. Ha incursionado en el cine en calidad de guionista y eso ha tenido un efecto notable en su labor narrativa. El trabajo en la edición, por otra parte, puede rastrearse en su labor literaria, ya que en El impresor de Venecia (Tusquets, 2016), por ejemplo, el desarrollo de un texto es pieza clave en la trama.

 

3. Luis Alberto de Cuenca (Madrid, 1950)

Este polígrafo ha hecho demasiado por la literatura española, no solo como autor, sino también como filólogo, crítico y editor. Su obra es vasta y apenas requiere alguna presentación. Es un referente vivo del homme de lettres con el sustento de una obra continuada a lo largo de varias décadas. Su obra incluye casi todos los géneros aunque sugiero cualquiera de sus volúmenes de poesía para iniciarse en su trato. La erudición, parece decirnos de Cuenca, nunca está peleada con la celebración de la vida.

 

4. Pablo d’Ors (Madrid, 1963)

D’Ors, que a fecha reciente viajó a México para promocionar su libro Biografía del Silencio (Siruela, 2012), igualmente es un narrador diestro, siempre de ideas, dueño de una densidad pasmosa, en títulos como las indispensables Andanzas del impresor Zollinger (Impedimenta, 2013), publicado originalmente en Anagrama, o El amigo del desierto (Anagrama, 2009). Pablo d’Ors es sacerdote y en sus libros se plantean las preguntas del cristianismo, aunque sin dogmatismo ni tiesura. Nunca hay adoctrinamiento sino una invitación fraterna al autodescubrimiento.

 

5. Menchu Gutiérrez (Madrid, 1957)

Con Gutiérrez, España tiene representación en la literatura más delicada, aquella que apenas necesita sugerencias para llegar al lector y no una trama estruendosa, con explosiones y gritos en los balcones. Sus novelas, lo mismo que los poemarios, han circulado en México y se leen con atención y esmero tanto por los entendidos como por lectores ocasionales. Latente (Siruela, 2003), no obstante, arroja una imagen completa de sus alcances como intérprete de un interior que grita por hallar su rostro en la arena.

 

6. Javier Marías (Madrid, 1951)

Quizá el autor español vivo más importante de nuestra época. Poseedor de un estilo inconfundible, alargado con volutas que parecen no tener fin, en donde la memoria es un artificio que se utiliza a placer para viajar hacia adelante y hacia atrás en el tiempo. La mayoría de sus títulos resultan fundamentales, pero Los enamoramientos (Alfaguara, 2011) lo muestran como un autor generoso con el lector, ya que se limita a contar una historia y pasa de largo ante la posibilidad de ejecutar alharacas técnicas para asombro de los distraídos.

 

7. José María Ridao (Madrid, 1961)

Uno de los ensayistas más preclaros del actual panorama de las letras hispanoamericanas. Su capacidad de análisis es destacable, en parte desarrollada por su labor en el servicio exterior de España, que lo ha enviado en diferentes misiones a lo largo del mundo. La estrategia del malestar (Tusquets, 2014), por ejemplo, es un riguroso panorama de la situación actual del mundo, que si bien concluye descorazonador, nunca se propone dar aliento que no lleve oxígeno. Su andar en la escritura es un paseo de ideas, reflexiones y largos ensayos de interpretación.

 

8. Berta Vías Mahou (Madrid, 1961)

Traductora del alemán, Vías Mahou ha destacado por su narrativa en Yo soy El Otro (Acantilado, 2015). La huella de autores como E. T. A. Hoffmann, a quien conoce como nadie y además de quien ha prologado una reunión de sus cuentos, hace presencia en su modo de narrar y los objetos que construye pelean por su singularidad, oscilando entre el ensayo, la memoria personal, la narrativa más transparente y el instante poético. Una de las obras en construcción más indispensables de la literatura, no solo española, sino hispanoamericana.

*

La lista de ausencias podría alargarse con tanta imprudencia como descaro. Faltó Juan Eduardo Zúñiga, por ejemplo. España es una literatura viva y no hace falta que todos acudan a un evento para probarlo. Quizá todos fueron invitados y por motivos de salud o agenda no pudieron desplazarse, además de otros que circulan en editoriales minoritarias sin distribución trasatlántica y que, por lo mismo, apenas figuran en las ternas de selección.

El lector debe saber que una feria del libro no es una asociación de beneficencia, una agencia de viajes y tampoco una plataforma de promoción cultural a fondo perdido. Las grandes editoriales pagan las mesas de presentación y colocan a sus autores en los lugares más cotizados. Con todo, el balance es acertado y cumple su función de ser un enlace entre el lector mexicano y la producción editorial reciente de la capital española.

Luis Bugarini

Escritor y crítico literario. Es autor de Estación Varsovia.

Leer completo
En cada edición, la FIL de Guadalajara se convierte en punto de convergencia de nuevas o jóvenes editoriales, pequeñas o independientes, que intentan encontrar un lugar en el complejo —y en ocasiones voraz— panorama editorial en español. Durante estos días ofreceremos breves perfiles de estos sellos, muchos de los cuales desembarcan por primera vez en nuestras costas. Nuestro cuarto desembarco es sobre Editorial Trifaldi, que fundó y dirige el filólogo y traductor Máximo Higueras, quien contesta a este carrusel de preguntas y nos habla, sobre todo, de sus libros predilectos.

¿Podría contarnos la génesis del proyecto y si buscaban cubrir alguna necesidad editorial o personal?

El proyecto nace en 2005, precisamente el año en que se cumplían los cuatrocientos años de la primera parte del Quijote. Estábamos orientados a esa celebración y la editorial nació con el objetivo de editar ensayos cervantinos que no se hubieran editado desde hace tiempo. Por ejemplo, el primer título de la editorial es Mujeres del Quijote, un clásico de Concha Espina que no se había vuelto a editar desde 1916. Concha Espina es una novelista española, leonesa, muy conocida que tuvo una parcela de ensayista. Y este es un ensayo muy literario: una recreación suya de todas las mujeres que aparecen en el Quijote, desde la mujer de Sancho Panza, Ana Félix, Dulcinea del Toboso por supuesto, la Duquesa. El nombre, precisamente, de la editorial, remite a la Condesa Trifaldi que aparece en el Quijote. Aparece en ese pasaje del palacio de los Duques donde burlan a Don Quijote con una especie de travesti, un criado de la casa que se disfraza de “dueña dolorida”, que es el otro nombre que tiene la Condesa Trifaldi, para requerir del caballero que la salve: es un personaje muy divertido. Entonces, la editorial nació con vocación de rescate de ediciones que habían sido exitosas en el pasado y que, sin embargo, llevaban mucho tiempo sin editarse. Ese motivo inicial ha ido cambiando con el tiempo, a medida que ves que hay otras parcelas que atender.

¿Cómo consiguieron financiar el proyecto?

Fue con un equipo de tres personas y conseguimos financiar los primeros libros. Luego se ha ido manteniendo con altibajos, pero digamos, una editorial independiente como la nuestra tiene que autofinanciarse o conseguir subvenciones y así seguimos. No hemos dado un título espectacular. Mantenemos una línea más o menos soportable económicamente y algunos títulos han sido un cierto bestseller —dentro de nuestros términos— como la obra de teatro de Jean-Claude Brisville, que coincidió con el estreno en Madrid de esa misma obra, de José María Flotats. Precisamente por el apoyo de Flotats y de Brisville, que todavía vive y ya es nonagenario, ese libro vendió mucho. Ese libro tuvo una primera tirada de mil ejemplares y luego se venderían alrededor de cuatro mil, pero eso en una editorial independiente te aseguro que es muchísimo. De hecho, las tiradas que estamos haciendo ahora son de quinientos, seiscientos, y con la colección de poesía menos.

¿Cuáles serían sus cinco libros clave?

El de Mujeres del Quijote de Concha Espina, por supuesto. Fue un libro muy vendido y muy bien aceptado en ese momento. Hubo artículos en periódicos. Ha sido un longseller, dentro de los límites y con muchas comillas. Espina no era feminista en el sentido que se tiene hoy, pero sí que fue una de las primeras mujeres que se divorció, a principios del siglo XX, en España. Era conservadora escribiendo y en su actitud política también, pero en cuestiones de feminismos tiene una cierta militancia. Y esto es una visión de esas mujeres del Quijote, sus trazas, su perfil, su personalidad. La libertad de Marcela, por ejemplo. Es impresionante ese discurso de Don Quijote en el que habla de que todos requieren a Marcela de amores, pero ella quiere ser libre absolutamente y ser salvaje en el campo: una declaración de principios de libertad femenina.

Concha Espina, Mujeres del Quijote, seguido de “Don Quijote en Barcelona”, Madrid, Trifaldi, 2005, 242 p.

El libro De Don Quijote a Kafka es un ensayo extraordinario de Marthe Robert, una psicoanalista francesa que hace una comparación entre el Quijote y El castillo de Kafka. Va analizando lo que ella llama la literatura “quijotesca” que pasa por ejemplo por Joyce, por Kafka, por esos outsiders de la literatura del momento y quienes más herencia tienen de Cervantes en la literatura de hoy. Al fin y al cabo, todos tenemos la herencia permanente de Kafka y de Joyce, y ellos tenían la herencia cervantina. Ella lo analiza desde un punto de visto freudiano, esa interacción entre lo freudiano y la narrativa.

Marthe Robert, Lo antiguo y lo nuevo. De Don Quijote a Kafka, Madrid, Trifaldi, 2006, 322 p.

También destacaría el de Marcel Proust, que son cuatro trabajos de él. Uno es “Sobre la lectura”, un ensayo muy conocido de cómo se formó como lector. Luego un ensayo que fue sacando en el diario Le Figaro que era “La muerte de las catedrales”, y la correspondencia con Madame Strauss, aparte de ese viaje en automóvil que hacen para ver las catedrales del norte de Francia, por Normandia.

Marcel Proust, La muerte de las catedrales y otros textos, traducción de Máximo Higuera, Madrid, Trifaldi, 2013, 156 p.

En novela, hemos sacado una con motivo de los movimientos sociales en España, del quince-eme, en Madrid: El jardín vertical de López Andrada, un novelista y poeta muy conocido en España. El protagonista es un personaje arrojado del mundo porque se ha quedado sin trabajo, ha perdido todos los valores en los que creía y es alguien muy descreído que tiene una crisis psicótica. El personaje simboliza el desmoronamiento de unos valores que se iniciaron en España con la democracia del 78 y que tiene prácticamente un momento de crisis muy profunda en 2014: la crisis económica hace mirar hacia atrás y empezar a dudar del pasado, como suele ocurrir. El propio título remite a ese jardín vertical de Madrid que hizo Caixa Fórum, que es un museo, como una huerta en una pared inmensa. Pero él lo ve desde el punto de vista de un obstáculo, un muro insalvable que no le permite realizarse como persona social.

Alejandro López Andrada, El jardín vertical, Madrid, 2014, 182 p.

También tenemos la colección de poesía, que lleva cuatro títulos, y que pretende dar voz en España a poetas hispanoamericanos y también poetas del Este, poco conocidos, como el caso del primer título de la colección: El mensajero tardío,de un poeta letón que estuvo propuesto al Nobel, Leons Briedis. Es un hispanista en Letonia, ha traducido a Juan Ramón Jiménez, a Alberti, a César Vallejo, y ahora está traduciendo a Rubén Darío. Había que cubrir esa deuda casi moral que teníamos con él, siendo un hispanista tan conocido que no existiera en castellano. Otro título de esta colección es de un poeta interesantísimo que aglutina toda una corriente de poesía conceptual que se está dando en Perú, Uruguay, México, herederos un poco de Gerardo Deniz, de ese neobarroco, también de Néstor Perlongher.

Leons Briedis, El mensajero tardío, Madrid, Trifaldi, col. Ay del seis poesía, 2017.

¿Cuál es su historia en el mercado latinoamericano?

Somos pequeños y las distribuidoras siempre tienen reticencias, sobre todo si hay que cruzar nueve mil kilómetros. En Argentina, por ejemplo, se puso la cosa muy dura cuando Cristina Kirchner empezó a gravar las importaciones. En México distribuimos con FCE y con Gandhi, a través de Amazon y otras plataformas. Nuestro exportador continuo es La panoplia de libros, que es el exportador que se ocupa de todo América Latina.

¿Qué relación mantienen con el libro digital?

Tenemos dados de alta libros digitales en varias plataformas, en Itunes, Amazon. Los títulos más importantes están en formato digital. Hoy día es necesario no perder ninguna oportunidad, tener todas las plataformas cubiertas.

Leer completo
La crítica barcelonesa Mercedes Monmany, miembro del jurado internacional que designó a Emmanuel Carrère ganador del Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances 2017, aborda el más reciente libro del escritor francés.

Emmanuel Carrère
Conviene tener un sitio adonde ir
Traducción de Jaime Zulaika
Anagrama
Barcelona, 2017
424 páginas.


Autor de culto, adorado en nuestros días por legiones de lectores entusiastas no solo de su país, sino internacionalmente, al modo de Murakami, Auster o Bolaño, Emmanuel Carrère (París, 1957) ha sabido construir una potente literatura inequívocamente original y propia. Una literatura que desde hace tiempo ha comenzado a ejercer una notable influencia sobre otros muchos escritores, de las más diversas lenguas.

Volumen que reúne una treintena de textos, de la más variada procedencia (crónicas judiciales, relatos eróticos para una revista femenina italiana, prólogos de libros, reportajes sobre la Rumanía de después de Ceaucescu, un viaje al Davos o cómo hacer descender de un plumazo a cuarenta y cuatro millones de personas por debajo del umbral de la pobreza, apuntes sobre la gestación de sus famosos libros de género mestizo, una entrevista fallida con un mito llamado Catherine Deneuve, un magistral retrato de la marginación americana en estado abismal a través de una fotógrafa de “la trinidad habitual: drogas, prostitución, seropositivo” que “no es Nan Goldin”, el caos de la Rusia post-soviética contada por capítulos a cual más espléndido, la absorción de Balzac a través de todas las edades y etapas de una vida, homenajes a escritores admirados como Capote, Poe, Japrisot, Leo Perutz, Karinthy o Defoe) Conviene tener un sitio adonde ir, que bien podría calificarse de autobiografía fragmentada, vuelve a ser un libro deslumbrante e imprescindible de Carrère. Un libro de mil sugestiones y mil placeres para el lector aficionado, o para el desconocedor de este magnífico, espectacular por momentos, recreador de historias a lo Tusitala, como sucedía con Stevenson, de nuestros días que es Carrère.

“Hace alrededor de veinte años que ya no escribo novelas”, declara Carrère a mitad de uno de estos textos. “Desde entonces escribo lo que a falta de una palabra mejor llamamos non-fiction, y soy el primero en insistir, quizá machaconamente, en que lo que cuento es verdad, que los personajes que trato de describir tienen su modelo en la vida real y no son criaturas de mi imaginación. Esta ambigüedad es propia de la literatura, no existe en el cine”. Desde sus primeras y magníficas novelas (varias llevadas a la pantalla, entre las que destacan las espléndidas El bigote y Una semana en la nieve), los libros de este autor no cesarían de dar vueltas y más vueltas en torno a lo real, hasta tocar el corazón mismo de las cosas y hasta acercar al lector a lo más profundo y recóndito de la condición humana. La suya es una muy atractiva, fluida y adictiva forma de narrar que atrapa —como hacía Balzac cuando creía que un texto languidecía o “le faltaba tensión”— y que hace partícipes a todos por igual, “con el mismo efecto que una transfusión”.

Sus libros, o intensa sucesión de historias encadenadas surgidas de la realidad, manipuladas y mezcladas de forma dinámica, vibrante, por este practicante o activista convencido del periodismo y la literatura a un mismo tiempo, están plagadas turbulentamente de horror y piedad al mismo tiempo, de emoción y conmoción, de autobiografía descarnada e implacable y de apasionantes microbiografías de gente “saturada de vida”, fusionadas a la suya propia. Historias conectadas por finos y muchas veces sutiles hilos, a la vez imbuidas de visionarios riesgos y atrevimientos temáticos que pocos escritores de nuestros días serían capaces de abordar con la brutal sinceridad y con lo descarnado del tratamiento que Carrère siempre aplica a sus textos. Una fluida, frenética y cautivadora forma de narrar que oscila entre el estilo seco y conciso, fulminante, a lo Stendhal, y el lirismo desorbitado y desgarrado de otro maestro de las crónicas literarias, basadas en lo real, como fue en su día el gran Curzio Malaparte. Puzles de historias de la pérdida, la injusticia y el dolor interconectadas como sucedía en Vidas ajenas, o en Una novela rusa, dos de las mejores obras de su producción. Cautivadores viajes que se mueven en varias dimensiones y escenarios simultáneos, como sucedía en El Reino; que se retroalimentan en medio de universos ambiguos, paralelos, paradójicos.

Los veloces retratos de personajes secundarios, de figurantes que sin cesar interrumpen y engrandecen la narración original, siguen siendo de las mejores y más reconocibles marcas de este autor. Actúan como una especie de fascinante Comedia humana infinita y voraz que no para de dejar huellas, de redondear los hechos. Personas cazadas a través de uno o varios párrafos, fulminadas con apenas unas frases. Ahí está ese compañero suyo de la revista Actuel, antiguo sesentayochista, “burgués curioso y avispado, ascético y a la vez cool”, que pasó del maoísmo a la carretera, Asia y las comunas, del ácido a la coca, de la revolución a la world music, saliendo siempre indemne de las modas (“posee el arte de surfear la ola y de tomar la vida como un juego”). O si no, un escritor muy conocido ente nosotros, Enrique Vila-Matas, ganador del Premio Von Rezzori, fantásticamente congelado en el relato El parecido. Tímido, melancólico tras haber ganado el premio, dejando a Carrère como finalista, algo que le ha dejado en estado total de abatimiento; los que le rodean, entre ellos Carrère, se ven obligados a consolarlo: “Por una parte, le dijimos que se lo merecía, por otra, que el ganador no es el único que recibe un cheque, sino también los finalistas. Una generosidad digna de señalarse”.

 

Mercedes Monmany
Crítica literaria y ensayista. Autora de Don Quijote en los Cárpatos, Por las fronteras de Europa y Ya sabes que volveré.

Leer completo
Este año, el Homenaje al Bibliófilo de la FIL recae en el editor y escritor Alberto Ruy Sánchez. Pocos como el han profesado semejante amor a la lectura y a los libros. El siguiente texto, su discurso de agradecimiento, lo demuestra con creces.


Alberto Ruy Sánchez. Fotografía cortesía de Milenio.


¿Cuántas formas de decir gracias existen? Una de ellas, sin duda, tal vez la más sencilla es una sonrisa, el gesto de alegrarse por lo que se recibe. Mi agradecimiento, hoy, aquí, es el horizonte de mi sonrisa.

Pero hasta la más simple muestra de alegría está llena de implícitos, de cosas que se dicen sin acabar de decirse. Con cada persona que está hoy en esta mesa me une una sonrisa que es eco de muchas otras. Con la mayoría de ustedes comparto historias que podrían llenar horas enteras. No por azar, todas esas historias tienen que ver con los libros. Con el oficio de armarlos y el beneficio de amarlos.

Hace más de treinta años uno de ustedes abrió en el centro de Guadalajara una librería llamada Don Quijote y me invitó a presentarla. La empresa, naturalemente quijotesca, no prosperó. Pero al decidir enfrentarse a molinos más grandes se convirtió en esta Feria. Donde muchos hemos crecido queriendo ser como lo mejor que leemos. No puedo dejar de sentirme hoy como puente carnal entre aquel diminuto y muy afectivo delirio libresco y el inmenso que aquí felizmente compartimos. Gracias por haberme hecho cómplice del amor por los libros entonces y ahora.

Con Artes de México hemos estado todos los años en esta Feria. En la primera exhibimos tan solo el proyecto pero vendimos las primeras suscripciones. Compartimos promesas de libros. Los lectores de Guadalajara han sido testigos constantes del crecimiento de un proyecto cultural tan cuesta arriba que a muchos parecía imposible. Gracias, entonces y ahora, no solo a la Feria sino a  tantas instituciones, empresas y personas de Jalisco, incluyendo a las bibliotecas de la Universidad de Guadalajara que por tres décadas han sido nuestros cómplices en esta aventura de un obstinado amor a México y a su diversidad a través del amor por los libros que lo exploran y lo comparten. Han sido cómplices de nuestro afán por descifrar a México a través de lo mejor que tiene, su creatividad, capaz de transformar su naturaleza en cultura, sus rituales en artesanía, su memorial de agravios en objetos intensamente expresivos. Entre nuestros lemas de batalla hay uno que resume la naturaleza de nuestros libros: queremos sumar al placer de contemplar el placer de comprender.

Hace treinta años, como autor fui feliz leyendo y contando mis historias a los niños de aquí con el mismo placer que lo hacía con mis hijos. Ahora, convertidos en jóvenes lectores de mis libros aquellos niños de Guadalajara vienen a la Feria con sus hijos para llevarse los libros infantiles que editamos. La anécdota circular es significativa y nada menor porque haber puesto al libro en la vida de varias generaciones ha transformado sin duda a esta ciudad. Ha mejorado en todo caso sus útiles para leer la vida.

Eso, a todos los niveles, en todos los sectores sociales, en cualquier persona produce una diferencia. El problema de un gobernante que no lea, por ejemplo, no es que no tenga cultura acumulada sino que le será más difícil leer su realidad y tomar mejores decisiones. Los libros conducen a la realidad por caminos que la enriquecen, no nos alejan de ella. Pero hay que lograr algo más que saber leer: hay que saber dejarse leer por los libros. Es un nivel más evolucionado de alfabetización. Escuchar con atención sostenida lo que los libros nos dicen de nuestros límites, miedos, aspiraciones, fragilidades y posibilidades.

El libro es una voz que entra en la intimidad, nos toca a fondo y, si dejamos que su química se active en contacto con la nuestra, nos transforma, nos ayuda a vivir.

No todos los experimentos de lectura mutua son felices ni las transformaciones deseables. Los lectores de un solo libro, normalmente sagrado, terminan por volver veneno lo que leen y se enfrentan a la realidad con ojos tóxicos. Pero lo peor es que la voz viva del libro se vuelva materia muerta al entrar en contacto con el cuerpo del lector que no pudo serlo. Porque entonces esa persona estará dejando de activar una parte de sus posibilidades. Tendrá una dimensión humana en vías de atrofiarse.

En el extremo opuesto, quien lee íntimamente y abriéndose a todo lo posible parece que solo usa los ojos pero toca y huele y piensa con ellos. Inmóvil viaja y baila, en paz pelea, hasta en silencio lucha y no se deja, se vuelve más real entre más imagina y más despierta entre más sueña. Ejerce, instintivamente, las más extremas posibilidades humanas porque imagina y reflexiona, piensa. Al dar vuelta a la página se descubre en otra parte simultáneamente. Y ama en los libros, a veces sin saberlo, esa multiplicación de su cuerpo. Es una experiencia erótica en el sentido más amplio del término, de contacto intenso con el mundo. El amor por los libros, para mí, es corporal, es amistoso y amoroso. Es eros, afirmación vital multiplicada.

El amor por los libros es muchas veces un amor correspondido en exceso. No es raro que los libros den mucho más de lo que reciben. Pero sin el amor de un lector, de uno por lo menos, los libros prácticamente no existen. Son bloques de papel entregados a la humedad, a la acidez, a la luz voraz, a los bichos y todo lo que acelera su edad: los aliados del lado obscuro del tiempo. En materia de libros no hay equilibrio, lo suyo es la demasía: o son demasiados o tan ausentes que es demasiado lo que se les necesita, a veces sin darse cuenta. Amar a los libros es asumir esa desproporción creciente. Y asumir una actitud vital con ellos que se vuelva aliada del lado luminoso del tiempo, de su multiplicación, de su laberinto de asombros y sus promesas.

Mis libros, aunque nunca he sabido cuantos son (Sergio López Ruelas, en una de sus generosas visitas a mi biblioteca, calcula 50 mil) sean los que sean, seguro son demasiados. Pero no están ahí atesorados, como algo adquirido: ni se han ganado todavía su quietud ni yo he acabado de merecerlos. Están vivos, están en mí hasta cuando no están conmigo, no porque los posea o los haya asimilado sino porque en cada uno de ellos, y en cada conjunto de temas y autores se abre para mí lo posible. Los libros que escribiré, las ediciones asombrosas que incitaré o coordinaré, las sugerencias para otros, los descubrimientos, los goces de todo tipo.

Cuando alguien me pregunta si he leído todos los libros de mi biblioteca lo primero que me viene es una especie de felicidad. Ninguna culpa. Trato de entender por qué y me doy cuenta de que, incluso en los libros que he leído hay mil cosas que ya no recuerdo y sé que al releerlos descubriré sin duda muchas nuevas. Mi respuesta más sincera y verdadera sería: no he leído ninguno. Todos mis libros están a punto de leerse, siempre como la primera vez. El mismo gran reto de toda relación amorosa, renacer en ella. En el amor como en la biblioteca viva, cada día es el primero. La mala memoria nuestra aliada.

Mi biblioteca es no solo lo que veo en ella, o lo que ella lee en mí, es también y sobre todo lo que miramos juntos. Sus libros me ayudan a ver, a oler, a pensar el mundo. Ella no deja de entretejer conmigo complicidades y desciframientos que no estaban ni en ella ni en mí.

En ese horizonte de acompañada lucidez hacia las sombras que nos rodean se encuentran todos los libros que sueño con escribir y que, como van cambiando cada día, seguro son ya tantos como los que hay en mi biblioteca. Mis proyectos, sus transformaciones, nunca se detienen. Y si desde hace poco me he preocupado por contar las veces que el manuscrito de un libro que he publicado se ha transformado (del último hubo 19 versiones, del anterior 15), de las versiones de mis anhelos pierdo naturalmente la cuenta. Pero todas ocupan un lugar en mi biblioteca. De algunos libros deseados pero todavía inexistentes sé exactamente en qué libreros normalmente deben situarse. Y como suelo desplazar los libros y sacarlos de su orden alfabético para concentrarlos según mis proyectos inminentes, estoy rodeado de columnas sobre el suelo, de estantes o mesas en las que laten acompañados los libros que serán. Algunos libros están cerca de mí porque me sirvieron o leí en ellos algo que ya está en algún texto que acabo de publicar pero me cuesta trabajo regresarlos a su sitio alfabético porque sería como cortar abruptamente una conversación deliciosa. Se abren de pronto y me hablan de otra cosa, conducen mi interés por otros rumbos y prolongan su terquedad por quedarse a la mano.

El desorden de mis libros es un caos aparentemente incomprensible. Toma lógica en las noches, cuando los anhelos se activan y se ponen a bailar en mi escritorio, parada sobre mi mesa la ilusión de hacer mucho más de lo que físicamente soy capaz.

El día del temblor, muchos libros salieron lanzados de los libreros mientras mi casa pujaba. Entre los amigos del extranjero que preguntaron cómo estábamos, uno solo, Eliot Weinberger, se preocupó por los libros. “Lo bueno, me dijo, es que si todos tus libros salieron de los estantes y están por el suelo nadie se dará cuenta porque habrán quedado justo como siempre los tienes.” Le respondí que unos trescientos habían volado al suelo pero, en efecto, el desorden es el  mismo porque era como si todos esos hubieran sido leídos en menos de un minuto por alguien tan desordenado como yo. “Me gusta la idea del terremoto como lector veloz”, me respondió. Eso somos algunos lectores, trepidatorios pero lentos. Un mapa del desorden habitual de mi biblioteca mostraría mis fallas, mis quiebres, altas y bajas en el sismógrafo de mis lecturas y anhelos. Las lagunas que mis libros mal llenan. Todo es fragilidad en una biblioteca viva, sacudimiento inminente de todas las ideas.

Durante mucho tiempo yo sabía dónde estaba cada libro. Tenía en el mismo estante a los autores afines: Elias Canetti con Weinberger, Alfonso Alfaro, Alberto Manguel, Lawrence Wenschler y Roberto Calasso, por ejemplo. Pero desde que los hijos comenzaron a usarla introduje un orden alfabético señalado por capitulares de cerámica artesanal de Ocumicho en las que cada letra rodeada de demonios se inspira de las capitulares que hizo el artista Joel Rendón para mi libro Los demonios de la lengua. Mis demonios tutelares y a la vez traviesos. Me cuidan y me descuidan. Cuando no encuentro un libro o una cita sé que ellos me la ocultan pero que terminarán entregándomela entre risas que a mí no siempre me parecen simpáticas, sobre todo cuando tengo urgencia. Sé que acabaré sonriendo con ellos, tomando distancia hasta de la solemnidad de mi urgencia. Mi biblioteca desata mis humores pero también los tempera.

Me doy cuenta de que tengo mucho libros sobre árboles y que entre las obras de arte que cubren los pocos muros sin libreros hay tres bosques. No es por azar, mi biblioteca tal vez sea más un bosque que un jardín. Un bosque en el que cada noche hablo con los espíritus que lo habitan. Entre los demonios de la lengua de mi biblioteca habitan mis fantasmas: no solo los autores muertos con los que dialogo con frecuencia. También está la fauna y toda la naturaleza. Y fuera de los libros, una colección de insectos tropicales que he ido haciendo poco a poco despliega sus alas disecadas entre las letras. Como los que vuelan en La mano del fuego. Y otra colección de diminutas jaulas chinas y japonesas para grillos, como las de una sección de mis Jardines secretos de Mogador.

Mi biblioteca es un jardín donde me paseo y gozo. Pocos libros se quedan sin germinar y convertirse en más libros afines. Crecen en otras páginas sus ramas, sus flores, sus raíces. En mi biblioteca he sembrado muy poco a poco ideas, pasiones, inquietudes obsesivas que muchas veces crecen en los estantes a lo largo de los años. Algunas se han vuelto enredaderas trepadoras que cubren todo un muro. Otras se han quedado floreciendo en su esquina. Las hierbas malas tarde o temprano desaparecen. Todo en la biblioteca tiene una razón de ser, aunque haya sido para colmar un apetito caprichoso de lectura. “Tu biblioteca, dice Magui, podría recibir un Premio de Jardinería Salvaje.” ¿No es eso también este premio? Como todo jardín, tiene aspiraciones de paraíso. Como todo paraíso, no es algo dado para siempre: todos los días tengo que volver a ganármelo. De nuevo, como el amor.

Lo que uno nunca acaba de merecerse son los premios, pero se agradecen como los regalos más grandes que uno recibe, que alegran y, como decía Roland Barthes, la alegría no tiene que ver con el mérito, no lo necesita. Es un don que se agradece.

Cuando en mi libro Nueve veces el asombro (capítulo siete) inventé la biblioteca de Mogador debí haber imaginado que podría ser premiada en la Feria de Guadalajara, por bibliotecarios generosos y con más imaginación que la mía. Aunque el placer de contar historias y el amor por los libros están tanto detrás de escribirlos como de editarlos, que son mis dos ocupaciones vitales este generoso reconocimiento, tan significativo para mí, no lo es explícitamente por ellas. Magui, mi esposa, con quien comparto mis dos oficios como ya saben, y que, como ya lo he explicado antes, siempre tiene razón hasta cuando se equivoca un poco, me lo dijo claramente: “Tienes un solo vicio mayor y ahora te lo premian, es el colmo.”

Ella vio claramente que este reconocimiento se sitúa entre lo que ella llama mis premios extravagantes: “Como ser Capitán Honorario del barco de vapor más antiguo que navega los afluentes del Mississippi, ser condecorado Coronel de Kentucky o que el 24 de octubre sea declarado mi día en la ciudad de Louisville.” Qué puede hacer uno para merecer eso, amar exageradamente a los libros, por lo visto. “Ya bastante extravagante es, dice Magui, que te den el Premio del Festival de Singapur o el del Festival de Poesía de Lugano. No digamos el Premio de los Lectores de San Petersburgo. O el premio informal de mirar a las jóvenes lectoras de Vietnam o de Sarajevo o el Cairo emocionadas con sus lecturas mogadorianas. Pero que te den un Premio por tu adicción a los libros, debe darte más gusto todavía. Si los premios por tu obra o tu persona halagan tu narcisismo, este debe gustarte más, es un golpe bajo, derecho al vientre o al corazón.” Es cierto.

 

Alberto Ruy Sánchez 
Ensayista y narrador. Su más reciente novela, Los sueños de la serpiente, acaba de ser publicada por Alfaguara.

Leer completo
¿Qué es un bibliófilo?, se pregunta el autor de este texto. La respuesta puede tener matices, pero sin duda Alberto Ruy Sánchez encaja en todos ellos. El siguiente ensayo, que forma parte del homenaje que la FIL le rinde al escritor y editor mexicano, repasa la historia de amor entre el creador de la saga de Mogador y su biblioteca.


Alberto Ruy Sánchez. Fotografía cortesía de Milenio.


Uno de los males benignos de leer diccionarios es que, fatalmente, uno acaba por creer que ciertas palabras sufren de insuficiencia cardíaca. Todos sabemos que, cuando se presenta un desequilibrio entre la capacidad del corazón para bombear sangre y las necesidades de órganos y músculos, nos llegan como heraldos negros la falta de aire, el cansancio y la dificultad para respirar estando tumbados. De la misma forma, cuando una palabra no expresa los múltiples matices que caben dentro de ella, cuando se muestra incapaz de recoger las sutilezas que la tradición o los siglos de uso le han ido impregnando, experimentamos una falta de aire idiomática, una insuficiencia lingüística, una carencia que nos impide nombrar con exactitud los hechos del mundo.

Si ustedes consultan el diccionario académico de 1936, descubrirán que la bibliofilia se define como “la pasión por los libros, y especialmente por los libros raros y curiosos”, y que un bibliófilo es “el aficionado a las ediciones originales, más correctas o más raras de los libros”. La consulta de una edición más moderna del DRAE, pongamos por caso la de 1989 —aunque también podría ser la del 2014—, no cambiará ese panorama: el lexema semántico en ambos casos es el mismo, salvo porque los redactores decidieron añadir en la edición del 89 que un bibliófilo es, “en general, persona amante de los libros”.

Tal vez llegó el momento, no de intentar nuevas definiciones, sino de hacer más ricas y complejas las que ya existen. En un sentido lato como el que nos ofrece el diccionario académico, Alberto no es un bibliófilo. Pese a que tiene libros de una subyugante hermosura y a que en su biblioteca no faltan las piezas extrañas o curiosas —pienso ahora mismo en una investigación sobre el chile de árbol, impresa en Guadalajara en el siglo XIX, o en un libro de Kenzaburo Oé sobre suicidios colectivos en el Japón—, me sentiría faltando a la verdad si lo definiera como un coleccionista de libros antiguos, de primeras ediciones o de manuscritos ajados, misteriosos. El propio Alberto dice que la suya es apenas “una biblioteca de trabajo”, a despecho de que alberga más de quince mil libros y a que arquitectónicamente sea una de las más bellas que yo conozco.

Justamente de allí proviene mi insatisfacción con el significado tradicional de bibliofilia y bibliófilo: nunca entendí por qué debíamos usar esas palabras solo para los amantes de los libros, en detrimento de quienes conciben y fabrican esos libros o, si estamos de acuerdo con esta ampliación semántica, de quienes se han preocupado por construir bibliotecas que son, además de repositorios de textos, pequeñas joyas de la arquitectura.

Si consideramos la obra de Alberto bajo la luz extendida de esta definición, no cabe la menor duda de que es un bibliófilo. Por ser tan conocida, no me detendré en la extraordinaria labor que él y su esposa, Margarita de Orellana, han realizado al frente de Artes de México. Tan solo diré que sería imposible escribir una historia de las artes gráficas, del diseño y de la tipografía en América Latina sin dedicar al menos un capítulo a la ingente influencia de una revista que ha sido editada con —no se me ocurre otra expresión— celoso mimo.

Permítanme citar un ejemplo a este respecto. Cuando Alberto y yo nos conocimos, presencié una discusión telefónica que tuvo con Magali Tercero, entonces jefa de redacción de Artes de México. Magali insistía en que si el nombre de un autor tiene abreviaturas —H. L. Mencken, H. A. Murena— resultaba forzoso añadir un espacio blanco después de cada mayúscula. Alberto, con no menos entusiasmo, sostenía lo contrario: que, en aras de la elegancia tipográfica, debía suprimirse ese espacio y, mientras le decía lo anterior a Magali, iba buscando entre los estantes de su biblioteca el Manual de estilo de la lengua española de José Martínez de Sousa para ilustrar, con la ayuda de un experto, la firmeza de su punto de vista.

Aquí no importa dilucidar quién de los dos tenía la razón, suponiendo que alguien pueda tener una opinión definitiva en asuntos de ortotipografía. Lo que me interesa destacar es el hecho de que un par de editores como ellos dediquen veinte minutos, media hora de sus vidas a debatir sobre una cuestión que a la mayoría de los lectores les parecerá insignificante. ¿Qué más da si las mayúsculas y el punto van pegados o separados de la siguiente mayúscula en un nombre compuesto como V. S. Naipaul?

Se dice que un día, en su estudio, el arquitecto sir Edwin Lutyens revisaba los planos para un edificio que uno de sus ayudantes estaba terminando de bosquejar y que, alarmado por un detalle menor en los dibujos, tuvo una especie de sobresalto. Por lo visto, la posición de una ventana afectaba la simetría de la fachada trasera de la construcción. El ayudante, atónito, alegó que eso no suponía un problema; al fin y al cabo, la fachada estaba destinada a formar parte de un patio interior y nadie podría apreciar la incongruencia. Dicho de otro modo, nadie nunca podría ver esa ventana desde fuera. Lutyens, sin inmutarse, le respondió:

—Dios sí podrá verla. Rectifique eso ahora mismo.

Esta anécdota, referida por Óscar Tusquets en un libro espléndido, siempre me hace pensar en Alberto: a él lo apasiona encarar la hechura de un libro como si en cualquier instante Dios mismo fuera a bajar de su elíseo y convertirse en árbitro del mérito editorial. Recuerdo mi pasmo, una vez que visitamos el taller donde se imprimía Artes de México, al ver que hacía repetir un pliego completo debido a que notaba una variación del ¡4%! en el color negro. No estoy seguro de haberle dicho que a mi ojos ese altibajo era indetectable, pero si lo hubiera hecho sin duda que hubiera recibido una respuesta como la del arquitecto inglés.

Aunque podría acumular anécdotas similares —por ejemplo, el malicioso uso en algunos libros de Artes de México de la caligrafía de Leonardo da Vinci, cosa que al parecer nadie ha notado hasta el momento—, he recordado la figura de Lutyens por un motivo distinto.

En escritos diseminados por aquí y por allá Alberto ha subrayado que, contra lo que presupone el lugar común, hacer un libro admirable no depende de tener un presupuesto generoso, sino de pensarlo como una obra de arte, inmune o al menos refractaria a ese vocabulario popularizado por la mercadotecnia. Si un libro solo es “un producto”; si una librería se reduce a ser “un punto de venta”; si una editorial es nada más que “un negocio”, ¿qué queda al final del día de una actividad que mezcla en partes iguales, indivisibles, lo material y lo espiritual, el deseo de ganarse la vida y el deseo de embellecer el mundo? En Bogotá, en Ciudad de México, en Madrid, en Cartagena de Indias, en Guadalajara y en tantos otros lugares donde hemos coincidido, Alberto me ha reiterado que esas filigranas obsesivas en que nos consumimos los editores, esas discusiones eternas sobre la importancia de una coma o un paréntesis, no son una variante de la neurosis, ni materia de psicoanalistas. Son, para usar sus propias palabras, “nuestro impulso inclaudicable hacia la belleza”. Y aunque él no lo ha dicho, estoy seguro de que no se sentiría traicionado si lo pongo a repetir, en compañía de John Keats, que “A thing of beauty is a joy for ever”.

Dije atrás que la biblioteca de Alberto era una de las más hermosas que yo conozco. Discúlpenme si la comparación resulta atrevida, pero para mi gusto su biblioteca rivaliza en atractivo visual, en belleza plástica, en magnificencia arquitectónica, con la Capilla Alfonsina. De hecho, la similitud es tan notoria que varios amigos que conocemos la biblioteca de Alberto y que nos hemos deleitado con su colección de chapulines, con sus puertas secretas, con su alfabeto hecho por artesanos mexicanos, con la piedra de ónix que preside el espacio como un guardia nocturno, con sus techos altos “para que las ideas se formen como nubarrones”, según le gusta explicar a él mismo, y con sus cientos y cientos de volúmenes, nos referimos informalmente a ella como “la Capilla Albertina”.

Una cantidad inmensa de lo que ha salido en Artes de México o ha desembocado en novelas como Los nombres del aire o en ensayos como Tristeza de la verdad: André Gide regresa de Rusia, tuvo su pistoletazo de partida, su chispa inicial, su punto ígneo, en esa biblioteca. Cuando uno recorre sus dos plantas advierte por todas partes rastros de las múltiples pasiones que abrasaron a Alberto en el pasado: allí podemos encontrar los más de sesenta libros que tiene de Pier Paolo Pasolini; allí podemos toparnos con baldas y baldas de libros sobre Octavio Paz y Rainer Maria Rilke; allí podemos ver lo lejos que lo ha llevado su morosa delectación por el mundo árabe.

Es importante añadir que, si esa biblioteca ha sido una continua fuente de asombros para Alberto, en no menor medida también lo ha sido para sus visitantes. Haciendo una lista terriblemente exigua, en ella yo pude descubrir cosas tan dispares como la prodigiosa cerámica de Mata Ortiz, las caligrafías portentosas de Hassan Massoudy, los alucinantes grabados de Joel Rendón, los eruditos tratados de Luce López Baralt, la juguetona poesía de Orlando González Esteva y un libro que no puedo dejar de mencionar, dada su creciente importancia para entender las turbulencias de nuestro desgarrado mundo: La enfermedad del Islam del profesor y poeta tunecino Abdelwahab Meddeb.

La imagen tradicional del bibliófilo a veces se superpone con la del avaro: alguien que —nótese el verbo— atesora libros. Alberto ha hecho algo que está en las antípodas  y es infinitamente mejor: no solo idear libros deslumbrantes, no solo descubrir autores ignotos, no solo conquistar territorios artísticos desconocidos, sino ponerlos al alcance de nuestra mano. De muchas formas, nos ha demostrado que la generosidad también es un nombre de la belleza. Por sí mismo, ese hecho bastaría para justificar el premio que hoy se le concede y para ampliar el significado de lo que es la bibliofilia. Sin embargo, yo quiero pedir algo simultáneamente más modesto y más ambicioso:

Que larga —y todavía más fecunda— sea la vida para él.

 

Mario Jursich Durán  
Periodista cultural, poeta, escritor y traductor. Es director y miembro fundador de la revista El Malpensante

Leer completo
En esta entrevista, el ganador del Premio FIL conversa sobre los temas que lo han obsesionado durante décadas: los universos de la ficción y la no ficción, el célebre asesino Jean-Claude Romand, su relación con la psique, la depresión, la muerte y el sufrimiento.


Emmanuel Carrere, Premio FIL de Literatura 2017 en rueda de prensa después de recibir el galardón de la XXXI Feria Internacional del Libro en Guadalajara, México. Sábado 25 de noviembre de 2017. Foto: Cortresía © FIL / Eva Becerra

Nexos: Tanto en entrevistas como en su discurso de aceptación del Premio FIL de este año, usted ha establecido una clara distinción entre los dos universos que pueblan su obra: la ficción y la no ficción. Ha establecido que el uso de los nombres propios es una marca fundamental en esa frontera entre géneros. ¿Ese compromiso con la verdad y con los personajes reales implicados en sus historias viene de su experiencia como periodista?

Emmanuel Carrère: En parte sí. Justamente el primer libro de no ficción que escribí, llamado El adversario, sobre un asesinato muy famoso, no era verdaderamente un trabajo periodístico, aunque sí publiqué reportajes sobre el tema y durante el juicio. De hecho, empecé tiempo antes a hacer bastantes artículos sobre juicios y procesos judiciales para periódicos. El hecho de pasar de eso, de ese tipo de experiencia en el periodismo, a un libro, era algo que me parecía muy natural. En realidad, la diferencia natural entre los dos, entre los artículos y los libros sobre el mismo tema, es casi nula. Al mismo tiempo, todo esto tiene que ver también con que tuve bastante suerte en haber podido trabajar en periódicos que me daban mucha libertad. No solo mucha libertad sino bastante espacio para artículos largos. Es una cuestión muy concreta y trivial. Es un lujo cada vez menos frecuente en prensa. Pero pude sacarle provecho y estoy muy agradecido con esos periódicos que me acogieron.

Nexos: Dejó que los interesados leyeran De vidas ajenas antes de publicarlo. Ya lo había hecho con Jean-Claude Romand, pero advirtiéndole que El adversario ya estaba terminado y que ya no cambiaría ni una línea. No sometió Una novela rusa a la aprobación de su madre. ¿Cómo ha procedido en otros casos?

EC: Sí, a Romand le mandé el libro un poco antes de la publicación, pero sin darle derecho alguno de modificar nada. Fui muy claro con él y esa fue la regla. Mientras que los personajes, los héroes de De vidas ajenas, eran gente con la que tenía una relación de amistad. Y podría decir que, de cierto modo, ellos fueron los que me encomendaron el libro, diciéndome: “mira, esta historia te puede interesar”. Había una relación muy diferente, algo que no volví nunca a encontrar en otro libro. Por ejemplo, días antes de entregar el manuscrito estuvimos charlando con, digamos, las dos o tres personas principales del libro y lo recuerdo como un momento muy muy emotivo. Lo curioso es que De vidas ajenas relata sucesos de una tristeza inmensa, pero honestamente yo no lo escribí con esa tristeza. El hecho de haberlo escrito con el acuerdo de las personas implicadas en él me dejaba en una situación de gran confort psicológico. Claro que era doloroso y triste, pero me sentía llevado por esa especie de encomienda que me habían dado. Tenía la impresión de estar absolutamente en el lugar en el que tenía que estar. Eso es poco común y por eso era precioso. Muy reconfortante. Tanto en El adversario como en Una novela rusa tenía muchas dudas sobre mi legitimidad, sobre mi derecho a contar todo aquello: un malestar, una inquietud. En cambio, de este libro, De vidas ajenas, guardo un bello recuerdo del tiempo que me tomó escribirlo. Tenía realmente la impresión —aunque parezca algo tonto decirlo así— de estar haciendo algo bueno. “Bueno” en el sentido artístico y moral. Entonces me sentía bastante cómodo. Y Una novela rusa no se lo mostré a mi madre, aunque a Sophie [su amor de aquel entonces] sí. Pero Una novela rusa fue un caso muy extremo para mí, por ir en contra de la voluntad de las personas implicadas. Y eso me costó mucho desgaste psicológico. Tengo la impresión de que De vidas ajenas es un libro que se volvió posible gracias a Una novela rusa, que había sido publicado antes y que era verdaderamente un libro catártico.

Nexos: En cuanto a sus personajes, hay una gran cantidad de ellos (en El adversario, en Fuera de juego o en Una semana en la nieve, entre otros) que viven con esa “gangrena de la mentira”. Los atrae el vacío: renuncian a sus vidas, rozan el abismo y la muerte, llegan incluso a cometer crímenes. ¿Cómo nació su fascinación y sus ganas de trabajar en torno a este tipo de personajes y sus profundidades psíquicas?

EC: Yo mismo me hice mucho esa pregunta cuando estaba escribiendo El adversario. Me preguntaba: “¿por qué estoy tan fascinado con esto?”, y me perturbaba, me decía: “qué mierda debo tener en la cabeza para estar tan apasionado con esta historia”. Luego, como El adversario es un libro que tuvo mucho éxito, uno siempre se alegra de que un libro tenga éxito. Y en cierto modo eso me tranquilizaba, porque me daba cuenta de que no estaba yo solo en un rincón y que esa historia le atraía a muchísima gente. Eso me reconfortó. Creo que todo reposa en que el tema tratado en El adversario es, en cierto sentido, algo muy corriente, muy común, muy compartido. Obviamente no es normal que un tipo mate a toda su familia después de haber mentido durante dieciocho años; eso por fortuna es poco frecuente, pero ese desajuste, esa distancia, entre la imagen que le queremos dar a los demás y la imagen que tenemos de nosotros mismos en momentos de soledad, de insomnio, de depresión y cosas así, creo que ese intervalo entre ambas imágenes es algo que todo el mundo experimenta tarde o temprano en la vida. Incluso creo que si alguien no lo ha sentido nunca es porque es un imbécil. Entonces, en el fondo me tranquilizó mucho saber que el tema del que yo hablaba en El adversario le interesaba a mucha gente, y conmovía a muchísima gente. A pesar de todo, uno piensa que en nosotros habita algo que nos puede conducir a hacer una cosa así. Por ejemplo, en un momento me propusieron darle seguimiento al juicio de un asesino serial. A mí no me interesó: me asusta, como a todos, pero, aunque pueda explorar mi conciencia hasta lo más profundo, no veo en mí mismo ninguna tendencia que me pueda transformar en asesino serial. Francamente, no tengo el placer de infligir dolor. Mientras que el caso de El adversario no solamente me conmueve a mí íntimamente, sino que conmueve íntimamente a mucha gente. En cuanto a Fuera de juego, es un libro del que guardo un recuerdo muy lejano. Hace casi treinta años que lo escribí y nunca lo he releído. Mi recuerdo es que no me gusta mucho: me parece de un realismo un poco burlón.

Nexos: ¿Hay alguna obra o algún otro escritor, además de Truman Capote, que lo haya llevado por la senda de los personajes criminales?

EC: Para empezar, creo que el modelo de Capote es algo con lo que tiene que enfrentarse, en algún punto, cualquier escritor que trabaje sobre nota roja (fait divers). Es el gran libro en ese ámbito. Hay otro libro que me encanta que se llama El periodista y el asesino de Janet Malcolm; no sé si está traducido al español. Malcolm es una periodista estadunidense, ya mayor, de The New Yorker. Ese libro es estupendo. Es verdaderamente interesante: ¿quieren que les cuente la historia? Es un tipo acusado de haber asesinado a su esposa y se sospecha que a sus hijos también. Se espera su juicio y en el sumario parece ser que sí es culpable. Un periodista, un escritor especialista de esas historias criminales, decide entonces hacer un libro sobre el caso y firma un contrato de publicación. Se pone en contacto con el presunto asesino. Empiezan a trabajar juntos y, mientras el acusado está en libertad condicional, no deja de repetirle a la prensa cómo se va a escribir un libro para defender su inocencia. Luego condenan al tipo, sale el libro, y el presunto asesino descubre horrorizado que el libro lo describe como un psicópata perverso y que el escritor está absolutamente convencido de que es culpable. El asesino, desde los bajos fondos de la cárcel, demanda al escritor; no por difamación sino acusándolo de haberlo engañado, de haber traicionado su confianza. Entonces, la periodista de The New Yorker sigue muy de cerca el caso y escribe El periodista y el asesino, un libro corto de unas cincuenta páginas, de una inteligencia extraordinaria y brillante. Se los recomiendo.

Nexos: ¿Ese libro lo leyó antes o después de haber escrito El adversario?

EC: No, ese libro lo leí hace tres o cuatro años. Y antes no sabía de su existencia.

Nexos: Después de haber escrito El adversario, Jean-Claude Romand, el asesino, reaparece en muchos de sus libros, por ejemplo, en De vidas ajenas y en El Reino. Parece ser alguien central en su literatura. ¿Se ha imaginado usted el momento en el que salga de la cárcel y le devuelva usted sus archivos, los archivos del caso y del juicio?

EC: Ha sido central en mi trabajo. Fue con ese libro que pasé a la no ficción, al uso de la primera persona: ha sido un paso decisivo para mí. Sí he pensado en el momento en el que salga de la cárcel. No estoy seguro de que me pida sus archivos, pero sí sé que debo guardarlos y dejarlos a su disposición. Siendo francamente honestos, si él me quiere ver pues aquí estaré, pero no seré yo el que lo espere al salir de prisión. No tengo ninguna relación amistosa con él. Mantenemos una relación cordial porque pienso haber sido honesto con él. Después del juicio nos seguimos escribiendo un poco, pero todo se detuvo rápidamente. Es un hombre por el que no pasa ningún asunto emocional.

Nexos: En De vidas ajenas escribió: “Es una situación bastante extraña la de contar no solo lo que se ha vivido, sino expresar quién eres, lo que hace que seas tú y ningún otro, a una persona a la que apenas conoces”. ¿Cómo se ha enfrentado a esa situación?

EC: Ah, ahí me refería sobre todo a la relación con el juez Étienne, que es uno de los personajes principales del libro. No fue muy complicado porque Étienne es justamente lo contrario de Jean-Claude Romand. Tuve rápidamente una fuerte amistad con él. Es un amigo cercano, siempre estaba completamente cómodo con él. Curiosamente, es un hombre que es una mezcla de neurosis y de sabiduría, como si su sabiduría fuera una forma de reconocer completamente su neurosis y vivir con ello sin querer cambiarlo. Es algo que me gusta mucho de él. Por eso, de inmediato mantuvimos un diálogo muy consciente que aparece mucho en el tono del libro.

Nexos: En ese mismo libro reinan el dolor y la muerte. Aborda la pérdida de un hijo de un amigo suyo y la muerte de una amiga después de la lucha contra la enfermedad. Comienza con un suceso de muerte masificada, el tsunami que arrasó Sri Lanka, y luego aborda un deceso por cáncer. ¿Cómo vincula ambos tipos de muerte: los decesos masivos por el desastre natural con la intimidad de la enfermedad?

EC: A decir verdad, no creo que sean fundamentalmente distintos. Se trata, para los vivos, de enfrentar la muerte de sus prójimos y sus seres amados. No fue algo que yo escogí distinguir. En un momento la vida y sus circunstancias me pusieron enfrente los dos tipos de muerte: la catástrofe del tsunami y la muerte de la niña y, luego, la enfermedad de mi cuñada, Juliette; y el encuentro con Étienne, que quiso en verdad hablarme de ella. Nunca concebí todo esto como en una composición. En el fondo poner en escena una catástrofe colectiva y la desgracia individual fue algo que vino a mí de manera natural. No es algo deliberado, solamente las cosas ocurrieron así.

Nexos: En Conviene tener un sitio adonde ir se encuentran dos textos que detonaron De vidas ajenas: “La muerte en Sri Lanka”, escrito con Hélène Devynck, y “Habitación 304, Hôtel du Midi en Pont-Évêque, Isère”. ¿En qué momento decidió que los relatos confluyeran?

EC: De hecho, cuando estuvimos en Sri Lanka durante el tsunami y en las semanas que siguieron, no había en lo absoluto imaginado que escribiría algo sobre lo ocurrido. Si me hubieran pedido que lo escribiera, me hubiera parecido un poco obsceno. Sin embargo, la historia de los jueces, Juliette y Étienne, otra vez me fue encomendada, en cierto modo. Y empecé a trabajar en ella sin pensar para nada en el tsunami, pensando nada más en la historia de estos jueces, su trabajo, la enfermedad a la que se habían afrontado los dos, y luego, varios meses después, cuando retomé el hilo me puse a escribir la historia del tsunami, un poco como si fuera un prólogo. Pero no sabía qué lugar iba a ocupar y ni siquiera si tendría lugar alguno. No lo tenía nada claro hasta que en un momento las dos historias se unieron con toda naturalidad.

Nexos: En El Reino habla del dolor, la depresión, la crisis, el suicidio y la visita al psicoanalista François Roustang con la esperanza de que le propusiera otra solución. ¿Cómo vincula la literatura con esos estados de ánimo?

EC: No lo sé. Esos estados de ánimo, mejor dicho, tendencias depresivas, son algo con lo que estoy familiarizado. Vivo con ello. Soy alguien que tiene más bien una buena salud física y, sin embargo, muy vulnerable a la depresión. No sé bien qué relación tiene con lo que escribo. De manera general, suelo pensar que escribir no es solo producir algo bueno, también es una forma de mejorarse a sí mismo, de hacer que la vida sea más llevadera. Y eso también pasa por examinar cómo estoy familiarizado con esos estados depresivos.

Nexos: Justamente en una entrevista [con Nelly Kaprièlian1], declaró: “Durante mucho tiempo, la escritura ha sido para mí un territorio de la depresión, de la angustia más absoluta. Era un reto desmesurado y paralizante”. ¿Cómo ha sobrellevado esos sentimientos al escribir?

EC: No he sobrellevado realmente esos sentimientos. Bueno, sí, muchas veces en la vida me he dicho que escribir tiene un efecto catártico, como si liberara. Pero en realidad no es cierto. Pienso que estaré la vida entera con ese asunto depresivo porque creo que se trata de mi conformación psíquica.

Nexos: Usted mencionó también en “Nueve crónicas para una revista italiana”,2 al salir de una tremenda ruptura amorosa, que “nunca más intentaría controlar la realidad”. Escribe ahí sobre la ineptitud humana para controlar las cosas y los sentimientos. ¿La escritura no le parece una forma de controlar la realidad o, al menos, aprehenderla en cierto modo, tener los pies sobre la tierra?

EC: Tengo a menudo la impresión de que ocurre lo contrario. En el mejor de los casos, para mí, el trabajo de la escritura es algo que me ayuda a deshacerme del control o de la tentación del control. Siento que escribir es algo que tiende a mostrarnos lo contrario: es donde descubrimos a nuestro yo más vulnerable, al más frágil, al que menos tiene asidero sobre su vida o sobre los hechos. Mi tendencia es buscar que el trabajo con la escritura sea una forma de mejorar. Todo lo que está del lado del control me indica una dirección a la que no quiero ir. Al revés, trato de alejarme de ese deseo o esa tentación del control.

Nexos: En la entrevista ya citada usted cuenta que, desde hace años, escribe relatos biográficos y que muchas personas le escriben cartas para contarle sus vidas, no vidas estupendas, sino vidas atroces. ¿Cuál ha sido su experiencia a raíz de esos cruces de cartas con sus lectores?

EC: Es una mezcla de sentimientos. A la vez el sentirme muy conmovido por esa demostración de confianza de los lectores hablándome de asuntos muy personales, muy íntimos. Me ha pasado que muchos de esos lectores me hacen un poco la misma encomienda que me había hecho Étienne. Es decir: “por favor, cuenta mi vida, hay cosas interesantes”. Pero no me ha pasado, hasta ahora, que alguien me convenza de contar su vida, porque así no se puede hacer. Lo que hace que en algún punto tengamos la impresión de que valga la pena contar una historia, un tema, una personalidad, es un proceso verdaderamente misterioso. Un proceso que no se puede entender en los términos de la voluntad.

 

Nota editorial: esta entrevista fue concebida a cuatro manos por Alejandro García Abreu y Álvaro Ruiz Rodilla.

Traducción: Álvaro Ruiz Rodilla

Alejandro García Abreu
Ensayista y editor.

Álvaro Ruiz Rodilla
Editor de nexos en línea.


1 Para la revista Les inrockuptibles.

2 Estas crónicas se encuentran en el último libro de Carrère, Conviene tener un lugar adonde ir, una vasta y rica recopilación de sus artículos, reseñas y crónicas periodísticas.

Leer completo
En cada edición, la FIL de Guadalajara se convierte en punto de convergencia de nuevas o jóvenes editoriales, pequeñas o independientes, que intentan encontrar un lugar en el complejo —y en ocasiones voraz— panorama editorial en español. Durante estos días ofreceremos breves perfiles de estos sellos, muchos de los cuales desembarcan por primera vez en nuestras costas. En esta ocasión, nuestro tercer desembarco se lo dedicamos a Revarena Ediciones, una editorial de Querétaro cuyo editor en jefe, Alejandro del Castillo, nos cuenta su historia. 

¿Podrías contarnos cómo nació el proyecto?

Revarena Ediciones surge en 2013 como una plataforma destinada a impulsar a autores emergentes. Al principio, únicamente era una revista trimestral que, bajo una temática específica, daba a conocer el trabajo de voces jóvenes. El nombre fue inspirado en el relato de Borges “El libro de arena”; la idea de un libro interminable (ni el libro ni la arena tienen principio ni fin, escribe el autor argentino) además de ser una de sus obsesiones literarias, encaja perfectamente como analogía en el concepto de revista literaria: un soporte —de difusión de la palabra— que se va adecuando al paso del tiempo, con todas las transformaciones que esto conlleva. Una revista de literatura bien puede considerarse como un libro interminable; en ese momento se me ocurrió el nombre de Revarena.

¿Cuáles serían sus cinco libros clave?

A la luz de los almendros (poesía), de Claudia Flores Espinosa. Se trata un recorrido paisajístico desde una mirada reveladora, capaz de percibir los detalles del acontecer. Hay especial cariño por este libro, pues fue el que nos abrió la puerta al mercado editorial.

El filo del cuerpo (narrativa), de Aldo Rosales. Una colección de relatos que se incluye en la tradición boxística de la literatura. El autor edifica escenarios y tramas donde los verdaderos golpes son abajo del ring, en el paso cotidiano de los días, y el cuerpo desgastándose a fuerza de puñetazos no es más que la moneda de cambio habitual.

La mano de Onán (narrativa), de Enrique Héctor González. Una serie de relatos donde el autor construye una particular comicidad, mediante un estilo quijotesco de la palabra, para retratar las situaciones más eróticas. Este libro rescata el sentido preciado de la forma, el lenguaje se erige como una herramienta para esculpir los temas carnales más antiguos.

Página 1. Antología de narradores y poetas en Querétaro (poesía y narrativa). El primer libro de la colección “33 Páginas Mexicanas” (un libro por estado y una selección última que reunirá aquellas plumas que hayan alcanzado consolidación). Página 1 reúne las voces jóvenes, tanto en el género de la narrativa como en el de la poesía, más destacadas de Querétaro. La colección entera busca, siguiendo las improntas del sello editorial, impulsar a los escritores que van despuntando, y al mismo tiempo dejar un valioso registro literario del surgimiento de los escritores en las primeras décadas del presente siglo.

□ [Cuadratín] (poesía), de Luis Paniagua. Este libro habla, como su título lo refiere, sobre lo inefable: si nuestro entendimiento está configurado por la palabra, ¿cómo explorar aquella parte de la existencia que no puede nombrarse? En este poemario, el autor nos asoma a un mundo que en contadas ocasiones percibimos, que las más de las veces ignoramos: la existencia fuera de la palabra.

¿Cuál ha sido su historia dentro del mercado editorial? ¿Por qué les interesa distribuir en Latinoamérica?

Entrar al mercado ha representado un trabajo constante. Muchas veces uno se enfrenta con los best sellers o títulos de moda que, en las mesas de las librerías, dejan sin oportunidad a los libros provenientes de casas editoriales independientes. Sin embargo, Revarena Ediciones ha apostado por el cuidado del catálogo (contenidos literarios de calidad que encuentren convergencia con la personalidad del sello, con el fin de lograr libros notables, en equilibrio con la mirada exigente del lector), premisa que, afortunadamente, ha recogido reconocimiento de forma paulatina; Revarena Ediciones garantiza en cada título una experiencia literaria. Nuestro interés general por la literatura mexicana y latinoamericana (publicación y distribución) radica, principalmente, en difundir la producción literaria, la cual, a pesar de ser vasta, en ocasiones no encuentra plataformas sólidas de divulgación: muchos autores emergentes (con propuestas literarias prometedoras) encuentran una común dificultad para dar a conocer su trabajo. En concordancia con lo anterior, uno de nuestros objetivos es la conformación de un público lector con parámetros de mayor exigencia y calidad literaria; así, Revarena Ediciones busca contribuir de manera significativa al desarrollo cultural, artístico e intelectual —y, por supuesto, literario— de la sociedad.

¿Mantienen algún tipo de relación con el libro digital?

Estamos cercanos a las publicaciones digitales; el propio sello comenzó siendo una revista digital. Cuando el ejercicio de las publicaciones digitales se lleva a cabo de manera comprometida y profesional, este formato potencia el alcance del libro. Las publicaciones digitales no sustituirán a los formatos impresos (como se pensaba en su comienzo), por el contrario, ha resultado ser un soporte alterno y valioso para la difusión de la literatura. Revarena Ediciones, a partir de enero de 2018, retomará la publicación trimestral en formato de revista digital; esto, además de ser una constante fuente de posible catálogo para futuras publicaciones de libros, se presenta como una provechosa oportunidad para dar cabida a una mayor cantidad de autores jóvenes.


Claudia Flores Espinosa
A la luz de los almendros
Prólogo de Alejandro Del Castillo Garza
Revarena Ediciones
Ciudad de México, 2015
80 páginas.


Aldo Rosales Velázquez
El filo del cuerpo
Prólogo de Francisco Ángeles Cerón
Revarena Ediciones
Ciudad de México, 2016
126 páginas.


Enrique Héctor González
La mano de Onán
Revarena Ediciones
Ciudad de México, 2016
164 páginas.


Lola Ancira, Tadeus Argüello, Anaclara Muro, Horacio Warpola, Luis Alberto Arellano, et al.
Página 1. Antología de narradores y poetas en Querétaro
Revarena Ediciones/Fondo Editorial de Querétaro
Querétaro, 2017
260 páginas.


Luis Paniagua
□ [Cuadratín]
Revarena Ediciones/Dirección de Literatura de la UNAM
Querétaro, 2017
113 páginas.

Leer completo