En la siguiente conversación, la poeta uruguaya, Premio FIL y Premio Cervantes 2018, evoca la escritura de su último libro, su vida en México y algunas de sus “recetas” de escritura y aprendizaje.

“Como sueños en una infinita noche ininterrumpida, eran cambiantes los días de México.” “A veces bastan las proximidades para criar alas”. Son dos de las imágenes que marcan la lectura del más reciente libro de Ida Vitale, Shakespeare Palace. Mosaicos de su vida en México (Lumen, 2018). El relato es una afable combinación de anécdotas, recuerdos que la memoria se obstina en desordenar, viñetas, perfiles y encuentros. También es un merodeo inolvidable en torno a algo que va surgiendo como una dulce contradicción: la calidad del exilio. Pero la impronta más dichosa es el humor claro y permanente, la risa de sí misma que suena sin estridencias detrás de cada página, transparente.

Fotografía: © FIL/Eva Becerra

Ayer Ida Vitale, frente a un auditorio que ni siquiera resentía la ausencia injustificada de Orhan Pamuk, arrancaba carcajadas. Ante la pregunta algo sosa de si nos puede decepcionar el autor detrás de un libro —“¿qué pasa si el autor es una mala persona?”—, responde: “Eso no me interesa a menos de que me dé cuenta a través de su propia literatura”. Pero en el caso de Ida Vitale y su Shakespeare Palace es difícil separar a la mujer afable, risueña y encantadora que desborda generosidad de esas páginas por las que deambulamos junto a sus retornos de memoria, donde oímos y entendemos por qué “a veces la memoria canta, a veces murmura”.

La siguiente es la conversación puntuada de risas y evidentemente interrumpida por los compromisos sin tregua de una Premio Cervantes, a la que afortunadamente —solo para eso sirve tanto premio y reconocimiento tardío— hoy llegarán miles de lectores más.


Álvaro Ruiz Rodilla: ¿Por qué el título de Shakespeare Palace y cómo decidió escribir este libro?

Ida Vitale: El nombre se refiere a la calle en donde estaba nuestra casa y lo de “Palace” era una total ironía. Esas casas en México en las que no hay un arquitecto detrás, hay un constructor. El hijo del dueño que se ocupaba de todo me decía: “usted vea, el Ángel de la Independencia, en Reforma, se cayó, pero la casa no. No pasó nada”. Había superado el terremoto y ahí no había pasado nada. ¿Cómo decidí escribirlo y dedicarlo a México? Porque México nos recibió con una generosidad inconcebible para mí. A la semana yo ya tenía trabajo. Acá estaba Tomás Segovia, que fue el que me dio entrada en el seminario de traducción. Al cabo de meses tenía más trabajos, con posibilidades y ofertas en muchos lados. Yo era nadie. Ya habían venido los españoles y habían tenido la misma acogida, pero ellos pudieron dejar el Fondo de Cultura Económica, el Colegio de México. Como salieron en masa decían que se habían robado los oros de la república (alguien decía eso, un franquista). Yo viví algo parecido en el Colegio de México. Mi marido en ese entonces estaba en Alemania, había ido a Berlín con un profesor a dar una conferencia. A mí me tocó la responsabilidad de encontrar una casa donde vivir. Después de una semana que estuvimos en lo de Teodoro González de León, busqué algo que fuera modesto. Yo a veces decía: “voy a buscar en tal barrio”. Y me decían: “no, no, ¡ahí no!” Una uruguaya, la mujer de Teodoro, era muy formal y me decía: “no, ahí no te va a visitar nadie”. Y yo pensaba: “¡quién me va a visitar si no conozco a nadie!” Pero bueno, como sea busqué una casa allí en la calle de Shakespeare (Anzures), por la que nunca volví a pasar. No sé hoy cómo se vea.

ARR: ¿Cómo fue el proceso de escribirlo? Es decir, ¿cómo hizo para evitar aquello de que “la memoria harta de que la pretenda ordenar en capítulos, tiempos, escenarios”?

IV: ¡No lo volví a ver [el libro], así que no me acuerdo! Lo hice históricamente, cómo llegamos, cómo buscamos. Todo contado así, de una manera un poco periodística digamos, coloquial. No sé. Pero claro, trato de registrar todos esos encuentros, todas esas ayudas que fueron de gente muy amiga. Uno de los primeros que nos acogió fue justamente un matrimonio español que había salido cuando Franco y estaban recibiendo a alguien que estaba viviendo la misma experiencia de ellos. Fue una gente muy estupenda, toda la gente que fui conociendo lo fue. Y de todo eso trato de dejar registro, de mis gratitudes, más que de otra cosa. Es un libro de gratitud. De gratitud pero incompleto, porque vino la presión de editarlo. Para mí un libro se termina, se revisa, se espera y ahí se piensa. Aquí se me interrumpió un poco el proceso. Sin duda lo hubiera ampliado. Me dijeron que ésta es una edición muy cortita, que va a salir una mejor. Ojalá lo vuelva a trabajar. Aunque no sé. Ahora me encuentro en mano de los ritmos editoriales [ríe]. Entonces cambia el ángulo.

ARR: ¿Cómo son esos ritmos?

IV: Bueno, presionantes. No impresionantes, presionantes. [ríe]

ARR: ¿Cree que la experiencia del exilio marcó definitivamente su escritura?

IV: Bueno, quizá sí, quizá sí. Uno sale a un mundo y encuentra. Hay otras experiencias. Cambia de pronto el enfoque, la relación con el mundo. Y creo que fue positivo, en todo. Qué sé yo. El dolor madura. Mis hijos estaban en otro lado. Uno no sabía cómo iba a ser la vida después, pero esa misma angustia inicial me sirvió para agradecer más lo que encontré y para sentir que todo seguía normalmente y mejorado. Porque la presión ayuda. Que te obliguen a escribir. Había muchos más recursos. Lo que yo hacía en Montevideo era dar clase en un colegio, en un liceo, y aquí enseguida entré en ese seminario de traducción que armó Tomás Segovia (que había vivido en Montevideo y nos conocíamos). Tuvimos esa suerte.

ARR: También estuvo usted trabajando con Fernando Benítez y con Huberto Batis en periódicos y suplementos culturales…

IV: Sí, trabajé con todos ellos. Con Benítez. Con Batis, ay, Batis, adorable Batis. La experiencia con Benítez inicialmente fue un poco traumática porque me invitó a cenar mole poblano y yo nunca había comido chile. Pero no creo que haya sido inocente, creo que quiso meterme así a fondo en la realidad real mexicana. Era muy divertido, muy astuto. Lo había conocido en Cuba. Un personaje, realmente. Y luego a Batis en unomásuno,que entonces empezaba, le guardo una enorme gratitud. Batis era rezongón. A veces hablaba y hablaba y hablaba. Para mí era un curso acelerado de mexicanidad, porque todo donde yo tenía algún entrevero él me lo ordenaba. Y rezongaba cuando yo venía con algo que no tenía que ver directamente con México. Me puso enseguida a hacer notas. Pero era un maestro de periodismo. Y de repente decía: “¿pero ustedes qué se creen? ¿que yo no tengo nada que hacer?” Se ponía a bufar [risas]. Estaba muy divertido contando y explicando y, claro, también sentía que le estábamos quitando tiempo.

ARR: En esas lecciones de mexicanidad también menciona la sorpresa de conocer ciertas palabras nuevas, como “tlapalería”. ¿Cómo fue esa experiencia?

IV: Descubrí, claro, un lenguaje distinto. Me parecía muy bonito. El lenguaje me ayudó a integrarme a México. Y palabras que todavía me quedan, otras se me olvidarán, pero siempre a través del lenguaje, tan rico y tan distinto. Imagina de dónde venía yo. Montevideo es una ciudad europea en borrador. Esto era la magnificencia de una cultura que yo descubrí. No es que desconociera, nadie ignora las pirámides y todo lo demás, pero ahora era meterme muy por otro lado a México. Era el descubrimiento del mundo, en realidad.

ARR: Y ya saliéndonos de México, el conocimiento de las demás lenguas, ¿qué le han aportado? Hay muchos juegos de palabras en su poesía, juegos bilingües, por ejemplo, entre el francés y el español.

IV: Ah, yo tuve una profesora francesa estupenda. Ahora tuve la experiencia de un libro traducido al francés y sentí que pasaba mucho. Los poemas pasaban sin grandes problemas. Claro, no le he puesto la lupa al libro y un traductor cuando traduce en general deja de lado los poemas que pueden plantear una dificultad. Sentí que pasaban bien. Sentí que el francés no tenía que alterar mucho lo que yo decía. Claro, una cosa es traducir al francés y otra al ruso [risas]. Es completamente distinto. Además, durante años leí mucho más francés que español. Me gustan las lenguas y prefería leer en francés para estudiarlo mejor.

ARR: ¿Cómo funciona aquello de “la necesidad de desaprender lo debidamente aprendido” que usted evoca en referencia a Juan Ramón Jiménez?

IV: Bueno, uno va cumpliendo etapas. De repente te deslumbras con Lorca, por ejemplo. ¿Quién no se deslumbra con Lorca? Pero qué riesgo es seguir deslumbrado por Lorca. O lo mismo con Neruda. Hay momentos en que todos tenemos la presión de un gran escritor. Eso es muy peligroso. Por eso yo siempre digo: hay que leer todo. Cosas muy distintas. No dejarse ganar por una tentación. Y después todo es como una buena cocina. Tú no pones solo papitas. Pones gustitos, especias. Y después todo arma otra cosa. Aunque la imagen sea un poco culinaria [ríe], en el fondo es eso. Uno tiene que ser capaz de integrar cosas muy distintas y para eso hay que abrirse. Y no es que uno se proponga imitar, pero si tú lees solo a un escritor a fuerza eso te llega. Es como si te alimentaras solo de naranjas, al final acabarías anaranjado [ríe]. Hay que integrar cosas de modo natural. Cuando uno empieza, uno empieza por tener que imitar. Yo empecé hablando de trineos y nieve, porque lo había leído en algún lado. Era de esas cosas que uno rompe una semana después. Empiezas por cualquier lado.

 

Álvaro Ruiz Rodilla
Editor de Nexos en línea.

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