La apertura al público de la Residencia Oficial de Los Pinos supone un gesto simbólico que intenta perforar el imaginario del poder que se ha construido en México a lo largo del siglo XX. Sin embargo, si esta “entrega al pueblo” no es capaz de crear sus propias condiciones críticas, corre el riesgo de producir doctrina e ideología, como advierte el siguiente ensayo, que a la par hace un recorrido curatorial por la otrora sede del Poder Ejecutivo.

No hay gesto político ingenuo. Cierto, puede ser corto de miras, poco estratégico o incluso hasta torpe, calificativos que están lejos de definir el gesto realizado por López Obrador en la ceremonia de su toma de poder. Más allá del acto protocolario llevado a cabo en la Cámara de Diputados, del discurso republicano y democrático que el nuevo presidente emplazó en ese recinto con la clara intención de contener el pánico de la “gente biempensante”; incluso más allá del juego de paradojas retóricas que hizo al nombrar a todos las personalidades distinguidas que estuvieron presentes, o que simplemente no llegaron por retrasos en su vuelo, o de invocar afectos edulcorados al nombrar a Silvio Rodríguez como el  “cantor del pueblo”, la apertura de la Residencia Oficial de Los Pinos fue el acto maestro de esa gran puesta escena que fue el 1º de diciembre.

Como bien lo hizo notar Lorenzo Meyer en entrevista con Carmen Aristegui, la apertura al “pueblo” de la residencia presidencial fue una suerte de “toma pacífica de la Bastilla”, y esto hay que entenderlo con todas las implicaciones que tiene.

Para los mexicanos Los Pinos significó, hasta hace apenas unos días, la clausura obscena y el lugar donde el poder habitaba en su grandeza y su delirio. En este sentido su apertura es algo más que la intención declarada de convertirlo en un “centro cultural”. Es la operación política que perfora el imaginario del poder sobre el que se construyó la forma mítica del presidencialismo y el culto al gobernante en turno en el México del siglo XX, pero al mismo tiempo, es la irrupción del entusiasmo social como potencia destituyente del régimen imaginario del cuerpo del poder dominante en México.

Fotografías: Kathya Millares

No hay mucho más que decir respecto a las dimensiones de las construcciones de la otrora residencia oficial del Poder Ejecutivo en México, éstas hablan por sí mismas: 56 mil metros cuadrados de construcción, 14 veces más grande que la Casa Blanca, y 156 mil metros cuadrados de terreno). Más allá de las cuatro casas que se construyeron a lo largo de su historia y de los disparates como son las dos albercas, el boliche, la sala de cine, un búnker y hasta una peluquería, su apertura a los mexicanos no es otra cosa que el desenmascaramiento del modo delirante en que el poder presidencial en México se imaginó a sí mismo a lo largo de casi un siglo, o quizá sea algo más: la muestra fehaciente de que el republicanismo mexicano nunca renunció del todo a cierto delirio imperial en la detentación del poder. Un delirio que, en tanto no había sido abierto al público, solo podía ser imaginado como un fantasma que merodeaba a la sociedad mexicana, y que de manera soterrada distribuyó los cuerpos en el espacio social al punto de la ignominia.

A diferencia de Fox, que en un gesto cuasi monárquico otorga la gracia al pueblo de visitar la residencia oficial, López Obrador la entrega a éste: he aquí la apertura no solo de un espacio sino la perforación de un imaginario. Acaso por ello, el gesto del nuevo presidente habrá que pensarlo como una operación política perfectamente calculada que trastocó el orden simbólico, no solo de la sede intima del poder, sino de la fantasía de su cuerpo. Se trató, visto desde la historia del imaginario de poder, del desfondamiento del fantasma con la que el régimen presidencialista mexicano erigió el lugar de su habitación.

Es en función de este socavamiento que es fundamental también entender la otra parte de esta operación política, la que tiene que ver con la expectativa y el entusiasmo que ha producido la apertura de la residencia. El flujo de visitantes ha sido exorbitante si tenemos en cuenta que el fin de semana de su apertura entraron alrededor de 80 mil personas. El entusiasmo, en el contexto del trastocamiento del imaginario del poder que significa la apertura de Los Pinos el día de la toma de gobierno de López Obrador, puede ser leído como una fuerza destituyente del poder constituido. Lo político, lo sabemos hace tiempo, no se resuelve solo en el campo racional del discurso, antes bien necesita del afecto popular para poder transgredir el límite del poder instituido, y esto es sin duda algo que se puso en juego con la apertura y la entrega al “pueblo” de Los Pinos.

Sin embargo esta “entrega”, sino es capaz de crear sus propias condiciones críticas, puede producir doctrina e ideología, y esto quizá sea la contradicción mayor que puede derivarse del gesto de apertura de Los Pinos.

Al inicio de estas líneas afirmaba que no hay gesto político ingenuo. Estoy convencido de que la apertura de Los Pinos fue una jugada maestra que muestra la enorme habilidad que tiene el nuevo gobierno para manejar el poder de lo simbólico; sin embargo, también estoy convencido que en algún punto el discurso del poder produce sus puntos de fuga donde se traiciona a sí mismo, y que es sobre éstos donde el trabajo de la crítica no solo es pertinente sino necesario.

Para alguien cuya parte de su práctica profesional está relacionada con la curaduría de arte, no puede pasar inadvertido el modo en que se propone a los visitantes el recorrido por la residencia oficial. ¿Cómo leer el hecho de que el recorrido empiece a contrapelo de su fachada natural? El “pueblo” entra por la parte trasera de la residencia, es decir por el bosque de Chapultepec, y después de algunos metros desemboca en la llamada Calzada de los Presidentes. En orden inverso a la historia, que sería la que se traza a partir de la entrada por Parque Lira, el acceso a la residencia por el bosque obliga a que el recorrido empiece con la estatua del último presidente en turno, Enrique Peña Nieto, y llegué a la de su primer habitante, Lázaro Cárdenas.

Esto desde mi perspectiva no es gratuito, no solo porque marca una forma de construir un contra relato de presente hacia el pasado, sino porque induce al visitante a una lectura que va refetichizando el cuerpo del poder de acuerdo a una cierta mitología del presidencialismo en México. Lo anterior se hace más evidente justo en el punto donde la Calzada de los Presidentes desemboca en una rotonda dedicada a los liberales reformistas del siglo XIX. Calzada que urbanísticamente funciona, al mismo tiempo, como plazuela de entrada a la casa Miguel Alemán y trazo hausmanniano, a partir del cual se despliega la Calzada de la Democracia, la cual está resguardada en sus laterales por los bustos de los grandes personajes que participaron en la construcción de la democracia en México. De nuevo en sentido inverso a la historia, los bustos que la resguardan, de acuerdo al recorrido que se obliga hacer a los visitantes, va de los últimos promotores de la democracia en México —Maquío, Colosio o Heberto Castillo, por ejemplo—, al primero, José Vasconcelos. Es importante hacer notar que la avenida de la democracia fue mandada hacer por el expresidente Vicente Fox.

Si traigo a cuento estos detalles es porque existe una microfísica del poder que quizá dice más del afecto y el deseo que lo habita que de aquellas formas que están concebidas para ser visibles e institucionales. De acuerdo a esto, tendríamos derecho a sospechar del recorrido propuesto, el cual desemboca en la primera edificación construida en la antigua hacienda de La Hormiga: la casa Lázaro Cárdenas. Quizá sería oportuno preguntarse por qué justo cuando López Obrador interpela en su discurso en San Lázaro a los regímenes posrevolucionarios y de manera importante enfatiza el nombre la Lázaro Cárdenas, la “toma” de Los Pinos por el pueblo de México camina a contrapelo de una historia de la infamia y camina hacia la casa que habitó el “Tata”.

Más allá del documento material para la historia y de la posibilidad que se abre para pensar una cierta etno/antropología del imaginario del poder político en México que trae consigo la “toma” de Los Pinos, considero pertinente apuntar que cualquier gesto político que busca restituir una mitología del “cuerpo místico del líder” corre el riesgo de clausurarse y con ello hacer del afecto social instituyente el fundamento de la prepotencia sagrada del poder.

Pensar el estatuto de la democracia en una república significa que la sociedad se funda no solo en el entusiasmo, sino en la formación de la conciencia crítica de los ciudadanos. Tocará a la nueva gestión de la Secretaria de Cultura decidir si quiere refundar un mito o crear conciencia crítica sobre la historia obscena del poder que habitó en Los Pinos por más de setenta años, como le corresponderá también pensar el destino institucional de un bien inmueble que encarna la forma caduca del poder y traza la vocación de un bien que por ahora dibuja un terreno en disputa entre el arte y la historia.

 

José Luis Barrios
Filósofo, crítico de arte y curador.

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A simple vista, parece que para poder escribir un buen ensayo, columna o incluso una crónica, es necesario vivir un “eureka” como por el que pasara Arquímedes remojándose en la tina. Pareciera también que se necesita tener un momento de lucidez inédito en el día a día para que caiga alguna expresión de creatividad y poder externarla hasta en una sobremesa. Sin embargo, también es bien sabido que la mayoría de las ideas, y con ello la creatividad, pueden trabajarse y pulirse como el carbón que se convierte en diamante.

La creatividad es un proceso donde la abstracción de una idea se baja –como quien baja un balón en el área chica rival— a un mundo tangible en el que ésta se convierte en posible coherencia. Una forma milenaria de hacer esto es caminando. Aparte de pensar la idea misma, al caminar uno puede darle forma a la abstracción de su pensamiento.

No soy un conocedor de los estudios que seguramente se han realizado en más de alguna universidad en Estados Unidos sobre los beneficios de caminar para aclarar una idea. Sin embargo grandes músicos, escritores, historiadores y amigos, todos admirados personajes de mi vida cotidiana, comparten la afición de caminar y también de caminar para pensar o trabajar una idea.

3494363947_942a7aed45_zBeethoven y Mahler solían destinar un espacio en específico de su día para tomar una caminata –en el caso de Beethoven siempre terminando de comer—en donde tomaban papel y pluma para aclarar y digerir sus ideas. En el segundo movimiento de la Quinta Sinfonía en Do mayor de Beethoven, cualquier escucha sin necesidad de tener mayor conocimiento musical, podría percibir e imaginar perfectamente bien cómo el maestro alemán nacido en Bonn camina en la soledad de una idea que poco a poco, y conforme avanza el movimiento, se convierte en la perfección musical. Son los violines que al principio parecen pasos, con un ritmo aún discreto, los que van encontrando el ritmo sincopado con tintes a veces coquetos del recorrido, acompañados por los metales que se suman a su caminata. Uno puede escuchar en este movimiento la caminata en donde toda nimiedad toma un valor emocional para el que la está escuchando. El sigilo del principio se transforma en picardía y posteriormente, en la grandeza de todos los posibles sonidos. Lo mismo parece suceder con Mahler, que en el Adagietto de su propia Quinta Sinfonía logra plasmar un paseo que destila romance en los cuartos, octavos y dieciseisavos que caminan por el pentagrama de la partitura.

Otra anécdota, más cercana, se refiere al historiador mexicano Luis González y González quien preguntaba a sus alumnos (entre ellos Jean Meyer, Enrique Krauze, Héctor Aguilar Camín y Jorge F. Hernández) los avances sobre sus respectivos proyectos de investigación, añadiendo en la mayoría de las ocasiones: “lo que usted tiene es una idea, vamos a caminar para que me la cuente”. Dependiendo de la idea, Don Luis proponía un pequeño paseo, una caminata o un recorrido mucho más largo, alrededor de San José de Gracia, para que entre maestro y alumno se le pudiera dar a esta idea cuerpo, y evidentemente piernas. Con ello, Don Luis lograba que la idea de su alumno no sólo saliera del vado existencial de donde éstas parecen emerger, sino que también la bautizaba (ya como semilla de ensayo, campo para teoría, vereda de texto, e incluso, novela) y, como labor de parto generaba una mayéutica con su alumno, en la que la idea tomaba una forma coherente y se plasmaba en la realidad.

El mismo Aristóteles, padre del pensamiento clásico griego, fundó en Grecia la Escuela Peripatética alrededor del 335 a. C. Esta escuela –cuyo nombre puede derivarse de la costumbre que tenía Aristóteles de caminar (peripatein en griego) mientras hablaba e impartía cátedra—ha quedado definida a través del tiempo como sinónimo de todo pensamiento andante. A pesar de que la definición o etimología no necesariamente concuerdan con el concepto, es común suponer que un diálogo entre discípulo y maestro que se realiza andando, como conversación en paseo, es herencia de aquella escuela fundada por Aristóteles.

Siglos después, William Hazlitt y Robert Louis Stevenson –dos grandes ensayistas decimonónicos—ahondaron en varios trabajos en la importancia de caminar para pensar, y por ende, escribir como resultado de la travesía de aclaración de los conceptos, explicación de los puntos de reflexión y, conforme avanzan los párrafos, poner en tinta lo que uno quiere decir. Es bien sabido que el ensayo es un género abierto, donde es preferible el uso del gerundio al abuso del verbo llano: caminando mejor que caminado, amando que amé, pensando por encima de lo pensado. La caminata no necesariamente está predeterminada, sino que uno va decidiendo su camino al andarlo. El ensayo se va escribiendo conforme su autor lo camina pensando.

Yo hace algunos años tuve la oportunidad de vivir un tiempo con mis tíos Ángel y Adriana en Washington. Ángel es un gran conversador, sobre todo cuando camina. Además, es director de la Orquesta Filarmónica de la Universidad de Georgetown, una orquesta en donde no toca ningún músico –es decir, donde ninguno de sus integrantes estudie música, sino que son estudiantes de otras disciplinas, ciencias y artes que son músicos por gusto y amor a la música misma. En más de una ocasión, caminamos varias cuadras para platicar sobre una pregunta en específico: desde cómo se dirige una orquesta hasta sus opiniones sobre política. A lo largo de todos nuestros paseos, aprendí mucho más que cualquier clase de alguna licenciatura (yo estaba viviendo con él después de no haber podido entrar a la UNAM para estudiar Relaciones Internacionales) y fue justamente caminando que el Arcángel de la música en Georgetown me enseñó a trabajar y dirigir la orquesta de mis ideas.

Aunque los “eurekas” no son sólo cosa que ocurra con Arquímedes, sino que se nos pueden presentar a todos, se les tiene que dar cuerpo y forma para que funcionen o fructifiquen, lo cual en muchos casos resulta mejor… caminando. La caminata aclara las ideas y los pensamientos que uno le quiere externar a la persona amada. Caminando, cualquiera puede idear la mejor manera para resolver un conflicto, superar un enojo o enfrentar la siguiente batalla. Las ideas que se pasean no necesariamente merman la pasión del instante en que ocurren, sino que adquieren el sosiego de la reflexión y todo ello para escribir un ensayo que se vuelve en posible conversación, la caminata compartida y ya plural que nos recuerda que en realidad no vamos solos.

 

 

 

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