Filogonio Velasco Naxin es un artista que, a decir de Alberto Ruy Sánchez, “enriquece a la cultura mazateca y reinventa a la mexicana con la sabiduría de sus ojos agudos y su sonrisa tremenda”. Un texto para conocer al creador de lo que podemos llamar el surrealismo mazateco.

Filogonio Velasco Naxin recuerda sus primeros dibujos sentado en la última fila del salón de clases. Inventaba trazos y figuras para simular que entendía lo que sus profesores de primaria dictaban en castellano en la primaria de su comunidad mazateca Mazatlán Villa de Flores, Oaxaca. Desde entonces sus manos inquietas no han dejado de crear y buscar nuevos lienzos para compartir un mundo que algunos han descrito como surrealismo mazateco yque hoy expone como “Jkuaa kixí ku xítu nijñaa. Realidades y ensueños” en el Museo Nacional de las Culturas del Mundo y  “Kasasién Animará. Se les paró el corazón” en el Museo Nacional de Culturas Populares.

Nació en 1986 y creció entre historias contadas por sus abuelos y sus padres. Desde los seis años aprendió a trabajar la tierra con su familia, a limpiar la milpa y cortar el café. También sembraba maíz, cargaba leña y limpiaba el monte, más grande cuidaba chivos que aprendió a entretener para poder sentarse a llenar sus cuadernos con los colores que le daba la región mazateca.

Filogonio Velasco Naxin, Ndija (Toro), 2018.

Aprendió a hablar español a los 14 años, en secundaria. Escribía en una bitácora las palabras con traducción al mazateco y quitaba las espirales a sus cuadernos para coserlos y convertirlos en libretas de dibujo. “En ese momento conocí también un lienzo en blanco y negro donde había una cosa que se llamaba el alfil, la reina, la torre y los peones, luego me enteré que se llamaba ajedrez”, recuerda Filogonio. “Aprendí viendo jugar a mis compañeros y empecé a inventar estrategias con el caballo. ‘Nda chu´arí anda majkú maña ku naxinba nijkú tsískoo’ decían al otro lado del tablero, que quiere decir: ‘ten cuidado porque él es muy mañoso y con puro caballo gana’. Entonces me pusieron Naxin, que significa caballo”.

Cursó el bachillerato en Teotitlán del Camino. Ahí tomó su primera clase de pintura en la Casa de Cultura de Teotitlán.  Acudió por unos meses, pero pronto prefirió regresar al camino autodidacta y, con ayuda de un amigo, comenzó a experimentar con óleo y aprendió cómo hacer sus propios lienzos tensando pedazos de tela sobre marcos de madera.  Entre los verdes, negros y rojos de un juego de plumas Bic, dibujaba en papel opalina para las fechas que tanto entusiasmaban a sus compañeros, y así cada 14 de febrero o 10 de mayo estaba preparado para venderlos en 30 pesos cada uno y pagar su renta. Un día lo invitaron a exponer su obra en el Exconvento del Carmen en Tehuacán, Puebla.

Filogonio Velasco Naxin, Chjuta nijmiee (El hombre maíz), 2018.

“Yo pensaba que era una exposición como las de la escuela, cuando pasas a explicar algo”, recuerda entre risas, “pero me estaban hablando de una exposición de arte, que en la inauguración iba a pasar a hablar. Dije que sí tímidamente, pero que sólo iba a hablar en mazateco. Pasé, y expliqué en mi lengua lo que había pintado, después se acercaron a preguntarme qué había dicho. Regresamos a Teotitlán y al tercer día un amigo se acerca con un periódico ¡saliste en el periódico, Filogonio!”

Filogonio Velasco Naxin, Jñuu  (Oscuridad), 2018.

Filogonio Velasco Naxin, Kafie (Se acabó), 2018.

Después del bachillerato, regresó por unos meses a su comunidad y con 18 años decidió viajar a la Ciudad de México en busca de trabajo. Fue taquero, cajero en la librería de Sanborns y también pasó por el proceso de selección para ingresar a la policía estatal, pero se arrepintió el día en que acudió para entregar sus papeles de inscripción. Entonces encontró en el periódico una oferta de trabajo para personal de seguridad privada. “Por lo menos aquí no cargan armas”, pensó y llenó su solicitud.

Días después, Filogonio era vigilante en un centro comercial de Polanco, y entre turnos de hasta 36 horas se reencontró con nuevos lienzos. “Adentro de la plaza estaba un espacio lleno de cuadros. Yo estaba feliz, pasaba a darme la vuelta para verlos. Rentaba hasta Desierto de los Leones, y allá regresaba a pintar en la noche, después volvía a Polanco en la mañana pensando ‘voy a ir a ver mis piezas’, a veces los cambiaban y entonces me pasaba para ver la técnica y los detalles”.

La agencia lo transfirió unos meses después al turno de noche de un edificio residencial como encargado de recibir a los inquilinos, abrir las puertas y vigilar el estacionamiento. “Eso ya me permitió llevar mi libreta y dibujaba. Me veían los inquilinos y me preguntaban ‘Poli ¿a poco dibuja? ‘Estoy haciendo el intento’, les contestaba. Un día llevé un libro que me regalaron en el bachillerato: Crimen y castigo. Leía para no aburrirme y me veían los inquilinos, ‘Poli, ¿a poco también lee?’ ‘Pues le hago el intento’, les decía. Se volvió cotidiano, terminé el de Dostoievski y empecé el de El Psicoanalista que compré en Sanborns cuando trabajaba ahí, luego uno de los inquilinos me prestó Cien años de soledad, y fue una locura. Y yo seguía dibujando.”

En 2008, empacó sus ahorros y regresó a Oaxaca para ingresar a la Licenciatura en Artes Plásticas y Visuales de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca. “Me enfrenté a la historia del arte, sociología, antropología y toda la teoría que estudias en esa Facultad. Fue difícil enfrentarme esa realidad; en toda mi vida no había leído de esos temas, desconocía de la gente de la que hablaban. Que un tal Van Gogh, que un tal Picasso. Era un mundo muy nuevo para mí.”

Filogonio estudiaba de día y trabajaba de noche en una carnicería, con sólo tres horas para dormir. Recuerda hacer de la carnicería un taller de arte, utilizando los cartones como lienzos y la sangre de la carne como pintura. Así empezó a hacer figuras de mayor escala y a ingeniar sus propios materiales de dibujo. “Un día en la Facultad nos pidieron un bloc de dibujo que significaba un gasto demasiado grande para mí, entonces fui y me compré papel estraza, con el que envuelves las tortillas, y lo nombré‘fabriano oaxaqueño’. Así me hacía mis blocs y pintaba con pluma.”

En 2013 regresó a su comunidad para impartir talleres a niños y comenzó a recopilar historias de su pueblo. “¿Si puedo escribir en mazateco y puedo dibujar, por qué no recopilo las leyendas y las ilustro?” Esa recopilación la propuso durante un seminario del INALI y finalmente se publicó en 2013 como “Minu xi kuatsura chichjána, Kui anima xi bantiy ayajura. (Qué cosa dice mi tata. Seres que se transforman)”.

Así continuó compartiendo su lenguaje en diferentes comunidades, viajando entre las sierras de Oaxaca con cinco colores que convertía en una gama infinita de tonos para los niños. “Tenía esa libertad de no decirles no cómo se hacían las cosas, sino de poder decir ‘traigo estos colores, y con ellos puedes sacar todos los que quieras’ y les enseñaba a mezclar. Aprendí de la libertad de los niños y a partir de eso desarrollé mi proceso creativo, mis trazos son lúdicos, efímeros y espontáneos, trazos que la mente forma sin tener miedo a dibujarlos.”

Filogonio Velasco Naxin, Nchutjín (Elote), 2017.

Esos trazos libres se encuentran hoy en los 46 monotipos que componen “Jkuaa kixí ku xítu nijñaa” (“Realidades y ensueños”). Una serie de seres fantásticos con los que recrea y transforma a los nahuales de los que escuchó hablar en su comunidad, plasmados con los colores del paisaje de Mazatlán Villa de Flores. Seres que confrontan, incomodan y divierten: un gusano de un solo ojo, el corazón de un maíz, una tierra triste, la uña de un pie. Personajes de un mundo que el escritor Alberto Ruy Sánchez describe como “festivo y terrible, animal y humano, muy colorido pero lúgubre, cruel y a la vez lleno de ternura. Es lúdico y es tremendo. Como si sólo él pudiera ver dentro de nosotros las fuerzas contrarias que nos habitan y sin embargo no se contradicen”.

Filogonio pinta sin bocetos, los personajes fluyen desde su imaginación hasta su lienzo pasando por sus dos manos. “Casi todos los personajes que están ahí son animales, eso que somos los seres humanos realmente ¡y ni animales a estas alturas! somos bestias y esa es la otra parte que tenemos dentro de nosotros. Manejo la idea del nahualismo desde la conducta del ser humano, eso que para mí es el animal que todos tenemos dentro. Por eso las imágenes son sarcásticas, hasta grotescas, porque es como la humanidad que yo veo.”

Filogonio Velasco Naxin, Tifie ngasundie (Estamos acabando la tierra), 2017.

“Yo no pinto como mazateco, eso sería algo como representar las cosas que existen allá en la comunidad. Ser indígena no quiere decir que pinto las cosas que estoy acostumbrado a ver, yo pinto desde una visión contemporánea, es decir ¿cómo a partir de mi cultura, de mi cosmovisión mazateca, construyo un nuevo lenguaje sin perder la identidad?”

 

María Alvarez Malvido
Antropóloga Social por la UAM-Iztapalapa.

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