Más allá del personaje que la ha llevado a la fama, la figura de Yalitza Aparicio se ha convertido en objeto de las más diversas opiniones. Detrás incluso de las más “positivas” se esconde un problema añejo y profundo de nuestra cultura que tiene que ver con las formas en que el poder fagocita aquello que se le escapa.


No es sólo que el culto a las estrellas promovido por el capital invertido en el cine conserve aquella magia de la personalidad –misma que ya hace mucho tiempo no consiste en otra cosa que el brillo dudoso de su carácter mercantil–; sino también su complemento, el culto de público, fomenta por su parte aquella constitución corrupta de la masa que el fascismo intenta poner en lugar de la que proviene de su conciencia de clase.
—Walter Benjamin, La obra de arte en la era de su reproductibilidad técnica.

 

Si algo ha caracterizado la historia del poder en México es la capacidad de operarse en cifra iconocrática, de ejercerse a través del gobierno de las imágenes. Son muchas las investigaciones que dan cuenta sobre esta forma de construcción de un régimen escópico que se define, a diferencia de otros, por la capacidad de producir, a partir de un significante flotante, diversos significados de alteridad, que al tiempo que responden a formas y discursos de poder dominante, ocultan al sujeto de la enunciación y de la mirada que los produce: operación perversa sobre la que se ha erigido no solo una forma de administración de los cuerpos y sus diferencias, sino espacios de excepción donde se producen formas  sistemáticas y reiteradas de violencia simbólica e imaginaria, de la que el imaginario de la Patria es buena muestra de ello.

Hasta hace apenas unos meses la historia visual de esta iconocracia de la Patria se había efectuado en tres grandes iconos: la virgen de Guadalupe, la indígena “blanqueada” y  la totémica figura de la mujer mestizo-indígena, cuyo epítome es la alegoría de la Patria que pintara Jorge González Camarena y que sirviera como portada de buena parte de los libros de la SEP; pero la aparición reciente de un nuevo personaje en el cine ha desplazado este significante hacia la industria cultural y la sociedad de masas. Me refiero a Cleo, la protagonista de Roma interpretada por Yalitiza Aparicio.

Sin duda todos estamos de acuerdo en que la imagen de la virgen de Guadalupe significó el primer triunfo de un imaginario que daba razón de ser a la “dialéctica de la servidumbre voluntaria” con la que el poder ha administrado los afectos y las potencias de del pueblo y de lo popular en nuestro país. La virgen de Guadalupe sin duda es la primera alegoría, en sentido relativo, de la Patria. Es esta imagen sobre la que se inventó el pueblo mexicano en la Colonia, fue la que convocó al pueblo a independizarse de la corona española, fue la que durante el siglo XIX funcionó como la síntesis simbólica entre pueblo, religión y raza de un imperio mexicano católico.

Es cierto también que la imagen-significado de la virgen de Guadalupe fue exiliada de imaginario del Estado laico que nace tras las leyes de Reforma. Sin embargo, lo que se exilia con las leyes de reforma y la declaratoria de la laicidad del Estado, para decirlo en cifra lacaniana, es  el significado católico de la patria, pero no el significante flotante que lo sostiene, es decir, el significante mestizo/mestiza, que es lo que se deriva del objeto causa del deseo del sujeto oculto del poder en México, a saber, el criollo.

Dolores del Río en María Candelaria.

Este significante flotante funciona como una suerte de Pathosformel que pervive en el imaginario visual de la historia de México del siglo XX, particularmente en el del arte y el cine. ¿Qué son Maclovia (María Félix) y María Candelaria (Dolores del Río) sino sublimaciones (blanqueamientos) del cuerpo de la indígena donde se enredan el erotismo, la sexualidad y la violencia de la mirada del deseo en el cuerpo-espejo de la otra como objeto? ¿Qué es la imagen de la Patria de los libros de la SEP sino reificaciones del cuerpo de la mestiza-morena de la mujer mexicana, formación especular de un sí mismo que no es nadie a fuerza de no tener deseo y de habitar en un mundo mítico y atemporal? ¿Qué son las imágenes de la india sublimada en gestos volcados en inocencia o en miradas volcadas en sueños utópicos en María Candelaria y Maclovia? Aún más, ¿qué es y cómo funciona la imagen en Yalitza Aparicio en el imaginario de la sociedad mexicana?

No voy a elaborar aquí argumentos respecto al carácter histriónico de Yalitza Aparicio, eso sería objeto un análisis centrado en el filme;1 más bien me gustaría centrarme sobre los entornos que se han construido de la actriz a través de personaje. Para ubicar mi reflexión me gustaría plantear un par de  preguntas: ¿Hubieran existido tantos “ires y venires” en torno a la actriz, que no al personaje, si la película no hubiera ganado tantos certámenes internacionales, empezando desde luego por el León de Oro de Venecia? ¿Qué tan determinante es el hecho de que la película trate de la historia de una “asistenta doméstica de origen indígena” (según fórmula políticamente correcta de la gente biempensante de la pequeña burguesía diletante, mejor llamada “hispsters”) o de una “criada”, ergo “india” (de acuerdo a cierta forma de enunciación racista y clasista más acorde a la realidad de la sociedad mexicana) que sirve en una casa de la clase media alta?

Considero que la construcción que se ha hecho de Yalitza, y esto a pesar de la película, tiene más que ver con una cierta incomodidad que produce el hecho de que una mujer indígena con formación de maestra de primaria sea una “descastada”. Yalitza Apariacio interpreta un personaje cuya contundencia descansa en el hecho de mostrar una condición social y vital que es expresión ontológico-política de la violencia histórico racial y de género que pulsiona en la sociedad mexicana prácticamente  a lo largo de su historia; y al lograr con esto un reconocimiento internacional —igualmente racista— descoloca el orden de la jerarquías sociales en México.

La Patria imaginada por Jorge González Camarena.

En nuestro país, tristemente, el imaginario de castas sigue operando como el dispositivo de poder sobre el que se distribuyen los lugares de los cuerpos y los sexos en el espacio social y político. Visto desde esta perspectiva, pienso que las reacciones excedidas que se han expresado en sentidos extremos (portadas de revistas, entrevistas, diseños de moda vis a vis a las reacciones despectivas de actores, actrices y de algún sector francamente clasista y racista que se emocionan porque la “criada” es como si fuera de la familia y les recuerda su infancia), son parte de un inconsciente de castas y de aspiracionismo cultural que no sabe bien dónde colocar la incomodidad que le produce sentirse visto por el otro sobre el que se ha ejercido y se ejerce la violencia histórico-racial.

Que Yalitza Aparcio sea una descastada —como quien dijera una desclasada o una lumpen— es lo que la vuelve inquietante, a tal punto que es necesario domesticar su imagen en los mismos términos en que el control de los cuerpos se ejerce en la sociedad clasista mexicana. Acaso por ello hay que codificarla de acuerdo a las discursos y los imaginarios dominantes del racismo: despreciarla en lo privado, descalificarla en lo profesional o incluso, más perverso aún, elevarla a nivel de “diva internacional” del cine.

Es sobre el imaginario de esta diva sobre el que quizá se tendría que insistir: la radicalidad, querida o no, de la actriz que surge detrás de su personaje es que increpa directamente a un régimen escópico dominante y, al hacerlo, este régimen se ve obligado a forzar los límites de su representación para domesticar esta insurrección.

Imaginemos conviviendo en una misma superficie tres fotografías: una del cuadro de Camarena de la Patria que ilustras los libros de la SEP; la otra, un still Dolores del Río viendo hacia un fuera de plano volcado hacia el cielo; y finalmente la fotografía de la portada de Hola México de Yalitza Aparicio: lo que tenemos en un relámpago son las formas de la violencia simbólico social y racial en México: aquellas que condena el cuerpo de lo otro (mujer mestiza-indígena) al gobierno de la mirada del sujeto obsceno del poder y el deseo mexicano: el criollo.

En el contexto de los discursos políticos que se está viviendo hoy en México, se hace necesario pensar, incluso más allá de Roma, cómo se anuda la figura de la diva del cine, de patente nacional, con las formas de legitimación del poder en una sociedad que se encuentra polarizada por la dialéctica del amigo-enemigo. Solo espero que la contundencia estético-política de Cleo sobreviva la vorágine de la sociedad de masas, que es lo que hoy la fagocita.

 

José Luis Barrios
Filósofo, crítico de arte y curador.
*Este texto también será publicado en la pagina www.estudioscriticosdelacultura.com de la línea de investigación Estudios críticos de la cultura adscrita a la dirección de investigación de la Universidad Iberoamericana.


1 Aquí solo me gustaría anotar que, en el contexto estético-cinematográfico de la película, el trabajo de la actriz es impecable y esto lo afirmo en este sentido: tal y como se despliega cinematográficamente la película, la desafección de la actriz ante la situación en la que está sumergida es uno de los recursos estéticos mejor logrados por el director para poder mostrar la violencia del ethos y el pathos social con el que se construyen las relaciones entre clase, raza y discriminación en México; un trabajo conjunto de actriz-director que se acerca mucho a las estrategias del cine de corte naturalista y neorrealista.

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Como nunca en su historia, los premios de la Academia parecen volcarse sobre las minorías, una deuda sin duda pendiente. Sin embargo, una revisión minuciosa de las nominaciones parecería revelar que Hollywood sigue plagado de prejuicios.


Algo parece haberse puesto en marcha desde que empezó, en 2015, el movimiento #OscarsTooWhite encabezado por Spike Lee. Cuatro años después, la 91 entrega de los Premios Óscar parece ser la más racialmente diversa de la historia. El mismo Lee tiene una nominación como mejor director y puede ser el primer afroamericano en conquistar esa categoría tan cercana a la autoría y hegemonía blanca.

Curiosamente, cuatro años es el tiempo estimado que toma un cinta para producirse, distribuirse, proyectarse y llevarse a un galardón. Eso quiere decir que tal vez Hollywood escuchó en 2015 el llamado de las minorías; tal vez toda esta farándula se ha diversificado; tal vez hemos llegado al fin de una lucha. O tal vez esto es otro espejismo…

Óscar para todos

La diversidad en los Óscar de este año es innegable. En la categoría de mejor película, cinco cintas tienen como centro las preocupaciones de alguna minoría: Black Panther plantea, bajo términos de Marvel, la lucha entre el panafricanismo de Marcus Garvey y Malcom X frente a una postura liberal y moderada que recuerda al reverendo Martin Luther King; El infiltrado del KKKlan explica, directamente, la trascendencia del Ku Klux Klan en la política estadounidense actual y es dirigida por uno de los más icónicos directores negros de todos los tiempos; Green Book: una amistad sin fronteras habla de un racista italoamericano que vence sus prejuicios revirtiendo al chofer de la señora Daisy; Roma pone en el centro de la farándula hollywoodense la problemática racial y social mexicana en torno al trabajo doméstico; y, finalmente, Bohemian Rhapsody cuenta la improbable historia de un chico gay de Zanzíbar que conquista el mundo de la música. Y eso es solo la punta del iceberg.

Regina King está nominada a mejor actriz de reparto por su enorme papel en Si la colonia hablara, una película poco apreciada por la academia que traduce fielmente, con la pluma del ya ganador Barry Jenkins (Luz de luna), la obra esencial de Jimmy Baldwin. Esta película, además, está nominada a mejor guion adaptado en lo que parece un reconocimiento consciente a uno de los pensadores más importantes de la negritud norteamericana.

Yalitza Aparicio es la segunda mujer mexicana en la historia en ser nominada a un Óscar como mejor actriz (después de Salma Hayek) por su impresionante papel estelar en Roma; y Marina de Tavira tuvo una muy poco esperada nominación como mejor actriz de reparto. Jamás dos actores o actrices mexicanas habían estado nominados, al mismo tiempo, en unos premios de la Academia.

Mahershala Ali puede llevarse (cosa que es altamente probable) su segundo Óscar como actor de reparto por Green Book con su sutil interpretación del genial pianista gay afroamericano Don Sherley; Miles Morales, la figura central de Spider-Man: un nuevo universo, es un neoyorkino afrolatino de ascendencia puertorriqueña; Matthew Libatique, de ascendencia filipina, y fotógrafo insigne de Aronofsky, está nominado por segunda vez; Hannah Beachler es la primera mujer afroamericana en ser nominada a un Óscar por mejor diseño de producción, y Ruth Carter también persigue un premio histórico al retratar, en Black Panther, la influencia cultural de África en sus impactantes vestuarios. Dos largometrajes documentales tienen fuertes temas raciales: Hale County This Morning, This Evening y Minding the Gap (al igual que más de un documental corto y varios cortos en live action); el histórico editor afroamericano Barry Alexander Brown está nominado; hay dos directores extranjeros postulándose para el máximo premio de dirección; y Roma, una película mexicana en blanco y negro, es la cinta más nominada junto a La favorita de Yorgos Lanthimos, un drama histórico de tonos shakesperianos que retrata un triángulo amoroso lésbico.

Así, con una fuerte presencia afroamericana, latina, y la representación de miembros de la comunidad LGBT+, los Premios Óscar parecen haber cubierto la cuota necesaria para disculpar a la élite liberal blanca que los entrega. Los miembros de la Academia podrán despertarse tranquilos el 25 de febrero, después de la expiación de sueños de persecución y presidentes naranjas.

Si notaron mi sarcasmo, no se sorprendan: las razones detrás de estas nominaciones no son la espontaneidad irreflexiva de una sociedad que cada vez integra mejor la diferencia, sino la culpa de un país dividido, dirigido por un líder profundamente racista, y cuyas élites culturales intentan expiar a través de productos fácilmente mercadeables.

La mano que mece la estatuilla

Podemos celebrar la diversidad en la presente entrega de los Óscar, pero hay que encontrar las diferentes razones que la permiten. Porque hay una mano que mece el destino de estas estatuillas.

No es ningún secreto que la Academia está buscando todas las maneras posibles de expandir su audiencia, aunque no siempre han sido bien recibidas. Primero quiso crear una categoría de “película más popular” para premiar algún blockbuster palomero en medio de su celebración del “cine serio”; tras muchas críticas abandonaron la idea. Después, corrieron a Kevin Hart por sus chistes homofóbicos y decidieron, por si las dudas, mejor no tener ningún conductor (no vaya ser un nuevo escándalo). Luego, decidieron que tres categorías (mejor montaje, mejor fotografía y mejor corto live action) se iban a dar durante las pausas comerciales para hacer la ceremonia más corta y atraer a nueva audiencia joven. Más de cien prominentes directores y fotógrafos (incluyendo, claro, a Cuarón, Del Toro y Lubezki) protestaron la medida hasta que la Academia se retractó de este insulto a la fábrica misma del cine.

Entre todos los malabares que intentaron aplicar para subir las audiencias, la única cosa que todavía puede funcionarle a la Academia es la apuesta por la diversidad, porque esta apuesta implica fuertes razones económicas. Como lo explica Tambay Obenson para Indiewire: “La audiencia en los Premios Óscar tuvo una baja histórica el año pasado, pero la diversidad de sus nominados en 2019 puede regresarle a la Academia la audiencia que tanto necesita. La inclusión vende: un estudio de 2015 por Nielsen encontró que entre más diversas eran las categorías importantes, más crecía la audiencia de los premios.” Sin embargo, nada es inocente y esta idea de diversidad para las élites blancas detrás de la Academia viene siempre salpicada de viejos prejuicios.

Antirracismo racista

Mientras que películas delicadas y complejas que tratan temas raciales como Si la colonia hablara fueron repudiadas en las categorías mayores, la Academia se volcó para premiar a Green Book, una cinta feelgood dirigida por un experto en comedia que, veladamente, sostiene una premisa profundamente racista. La idea de esta cinta es que la función del hombre negro es corregir el racismo del hombre blanco; enseñárselo, además, a través del talento: el negro, al parecer, también puede ser genial. Con el final pletórico de Green Book, vemos a una familia racista juntarse a partir el pan en Navidad con el genio negro, por fin instituido como persona. Resulta que el racismo americano ya quedó atrás y que es una ecuación de fácil respuesta: dos más dos son cuatro, los Kennedy ganaron, si queremos ver el talento del otro, la alteridad se borra. Y me disculparán, pero no hay nada más peligroso que una comedia que te hace sentir magnífico mientras transmite estas ideas.

De la misma forma, es mucho más fácil mostrar una perspectiva maniquea en donde el liberalismo moderado gana frente al panafricanismo radical (Black Panther), que buscar comprender la postura que siempre medió entre el Dr. King y Malcolm X con la voz del eterno exiliado, James Baldwin. Si la colonia hablara no muestra las luchas de la población americana en el mismo sentido, porque no las muestra como algo resuelto. Aquí no hay un final feliz, sino la continuación de la misma miseria, y a Hollywood no le gusta nada que no lo exculpe.

Mientras que comedias alegóricas, violentamente satíricas, punzantes y de una fuertísima carga racial como Sorry to Bother You de Boots Riley o Blindspotting de Carlos López Estrada no fueron ni siquiera consideradas, una película didáctica y aleccionadora como El infiltrado del KKKlan está siendo cargada en hombros. La nueva cinta de Spike Lee no es una mala película, pero sí es una película fácil. Lejos quedaron los años de cine independiente, complejo y contestatario de Lee; lejos quedó Nola Darling (1986) o Haz lo correcto (1989). El infiltrado del KKKlan es una manera de darle una palmada en la espalda a los liberales blancos que quieren premiar, por fin, al veterano director.

La película está dirigida a los demócratas adinerados que más odian a Trump para decirles que tienen razón, que Trump es un racista y que, por reflejo, ellos no lo son. Al nominar esta cinta, las élites liberales blancas que constituyen el grueso de la Academia se limpian las manos de cualquier culpa racial: Spike Lee recibe sus nominaciones, Trump se sigue quejando de la falsedad de sus oponentes y, como mantra aristocrático de Lampedusa, todo cambia para mantenerse igual. El infiltrado del KKKlan es, en ese sentido, una película conservadora a pesar de su intencional progresismo.

Mexicanos bien portados

Por otro lado, desde 2013 está la tendencia de la Academia por premiar a directores y fotógrafos mexicanos. Los premios inaugurados por Cuarón con Gravity (2013) regresan al director mexicano después de pasar por Del Toro, Iñárritu y Lubezki. Estos premios fueron merecidísimos, pero también participan de una narrativa peligrosa.

Ninguna de las cintas por las que fueron premiados estos excelentes realizadores habla de la relación entre mexicanos y estadounidenses (al menos no de forma directa). El premio a los realizadores mexicanos es un premio a grandes talentos que nacieron al sur de la frontera, que cruzaron legalmente para trabajar legalmente y que se ganaron un lugar por su honestidad y talento entre la élite americana. Esta es una narrativa de cenicienta, del éxito capitalista basado en el mérito, del comportamiento ideal del mexicano que pisa Estados Unidos en busca de oportunidades. Este es el sueño del mexicano bien portado que, por tomar los cauces legales, logra triunfar.

La Academia premia las narrativas que le favorecen. Quiere hablar de mexicanos que logran conquistar las élites culturales americanas por el camino de la legalidad; quiere hablar del fin del racismo y quiere ser parte de un cambio que aún no existe. Pero no quiere hablar de problemas de fondo, ni de tantas otras grandes cintas que presentan temas incómodos.

¿Por qué no hablar de la pobreza blanca y las carencias en la educación con la maravillosa cinta El jinete, de Chloe Zhan? ¿Por qué no hablar de la enfermedad mental con la genial Nunca estará a salvo, de Lynne Ramsay? ¿Por qué no hablar del trauma de los veteranos de guerra que retrata Debra Granik en Leave No Trace? ¿Por qué todas estas películas geniales, dirigidas por mujeres, no fueron ni siquiera consideradas?

Puede ser hermoso ver tanta diversidad en la Academia, pero es complicado congratularse por ello. Las élites liberales blancas que otorgan estos premios, consciente o inconscientemente, despliegan una relación utilitaria y llena de prejuicios hacia la diversidad que postulan. Ninguna de estas nominaciones es inocente y cada premio incluye excluyendo. Este es el semáforo de la riqueza demócrata, de una élite que todos los años muestra los colores de un grupo selecto de privilegiados que, en sus medios de expiación, revelan siempre sus pecados.

 

Nicolás Ruiz Berruecos
Editor y reportero de Código Espagueti. Maestro en Literatura Comparada por la UNAM. Twitter:@pez_out

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