La fiesta brava levanta polémicas como pocos temas en la actualidad; una de las más recientes es en la que se ha visto implicado el documental Un filósofo en la arena, protagonizado por el filósofo Francis Wolff, que ha sido rechazado en diversos circuitos por su defensa de la tauromaquia. En esta entrevista el pensador francés, lejos de atrincherarse en una postura, trata de entablar una discusión basada en la búsqueda de conceptos.

Francis Wolff, fotografía de Marieclavier, bajo licencia de Creative Commons.


¿Qué es una corrida de toros? ¿Un arte? ¿Una forma gratuita de tortura? ¿Un placer sádico para algunos iniciados o un vestigio tradicional de viejos preceptos morales? ¿Es un acto de valentía o de cobardía pura? ¿Es acaso una fiesta o un funeral?

La fiesta brava parece destruir toda definición. Se trata, al mismo tiempo, de una representación sin guion ni actores, un juego de fortuna en donde los dados están cargados, un espectáculo de seducción femenina y embestida viril, algo arcaico y vivo, que respira apenas, entre viejas rencillas políticas y nuevos sueños sanitarios. Es un amasijo simbólico que se evade al acercamiento de los que no han sido iniciados y una imposibilidad de discusión sin que broten pasiones a flor de piel.

Ilustración: Víctor Solís

Como neófito, público lego y curioso profesional, fui a buscar respuestas para arrojar luz sobre esta disputa que parece eterna. Para eso, recurrí a un experto de la discusión y de los trajes de luces, un amante único de los toros y defensor de la fiesta brava que, a diferencia de tantos, no busca polémica. Un hombre al centro de una discusión violenta que quiere acallar gritos para escuchar razones porque su vocación de filósofo no está en el intercambio de pasiones, sino en la búsqueda de conceptos.

Francis Wolff, eminencia en filosofía clásica, profesor emérito de l’École Normale Supérieure de París, ha escrito decenas de libros que están en el centro de la conversación actual sobre el pensamiento aristotélico. Ahora, en los años en que deja la profesión de maestro para dedicarse, en pleno, a ser filósofo, su mirada se ha tornado hacia dos pasiones: la música y la fiesta brava. Como él mismo dice, una de estas pasiones es universalmente aceptada… la otra es vergonzosa. ¿Quién puede defender hoy en día las corridas de toros? ¿Quién puede hacerlo, orgulloso, frente a las acusaciones de sadismo, brutalidad y tortura?

Wolff, repito, no quiere polemizar. Su postura no alimenta el intercambio de gritos o descalificaciones, sino la tolerancia. La idea que porta como bandera es la de “darle sentido a una forma irracional de arte”. Así, busca argumentar su pasión por los toros, tratar de explicarla, acercarla a conceptos comunes para debatir con aquellos que fervientemente la rechazan.

Hasta ahora, ha escrito tres libros sobre el tema: Philosophie de la corrida (2007), 50 raisons de défendre la corrida (2010) y L’Appel de Séville. Discours de philosophie taurine à l’usage de tous (2011). El primero es un ensayo filosófico en torno a la fiesta brava que ha sido alabado, por su rigor y agudeza, por otros filósofos no menos polémicos, como André Comte-Sponville. En su segundo libro, mucho más cercano a un público general, aísla y separa todos los argumentos, los detalla paso a paso, para intentar salvar la corrida de toros.

Recientemente dos directores mexicanos buscaron ampliar el alcance de esta discusión al poner a Wolff en el corazón de una película: Un filósofo en la arena (2018). La cinta, que acaba de estrenarse en salas comerciales mexicanas, fue rechazada inmediatamente (como muchos de los libros de Wolff): festivales se negaron a proyectarla, llovieron trabas y bloqueos; y apenas empieza el juicio implacable de los espectadores en taquilla.

El problema del filósofo, de la película y de los documentalistas, es que la discusión es reticente. El pilar de la filosofía clásica, la razón de la mayéutica, no parece servir para mediar entre dos grupos profundamente polarizados. Entre todo esto, debo decirlo, soy el público ideal de Wolff. Él mismo me lo dijo: “Los más receptivos no son los aficionados, pero tampoco los fervientes convencidos del movimiento anticorridas.”

Wolff es paciente. Habla con gusto y sopesa sus palabras. Está cansado por el jet-lag y, aun así, pasó todo el domingo en la Plaza México: “Es lo mío”, me dice. “Si llego a un país y hay corridas de toros, tengo que verlas”. Le sorprenden, sin embargo, las corridas de toros en nuestro país: “Aquí no siento el espíritu trágico de las corridas de Sevilla: ustedes están demasiado cercanos a la muerte como para entenderla como tragedia. En México, la corrida es una fiesta.”

Hablamos de definiciones, miedos y resistencias. Porque hay algo de miedo y de desconfianza hacia los movimientos antitaurinos que se transparenta en las palabras del filósofo. No es incomprensión: el esfuerzo es claro, de su parte, por reconocer a antagonistas discursivos… pero la desconfianza sí es palpable: “Todas las manifestaciones culturales están destinadas a morir porque son humanas”, me dice Wolff. “Pero si hay una prohibición cuando todavía hay interés por parte de los aficionados, del público, de los toros —que existen, viven y necesitan expresarse—, de los toreros, hay un asesinato cultural. Como siempre, los que cometen asesinatos son personas bien intencionadas, generosas, que piensan tener el bien de su lado. No creo que detrás de esta generosidad solamente exista el deseo del bien, porque pienso que hay un peligro detrás de la generosidad. Desconfío mucho de las personas que hablan de un ‘bien absoluto’: las grandes catástrofes del siglo XX se hicieron en nombre del ‘bien absoluto’.”

Las referencias políticas no son gratuitas. Hemos visto cómo en España las corridas de toros se han politizado a un grado insospechado: la prohibición de la fiesta brava en Cataluña tiene más que ver con el nacionalismo centralista español que con protestas de crueldad animal. Así lo entiende también Wolff, que considera su pensamiento como un acto de resistencia minoritario: “En España, las corridas están politizadas y, si uno defiende a las corridas, se le asocia con la derecha o, incluso, con la extrema derecha, como el nuevo partido Vox; mientras que en Francia, como es un fenómeno cultural, minoritario y regional, no existe esa politización. El hecho de que sea minoritaria la defensa de la corrida me parece algo bueno, porque los grandes movimientos de liberación de los últimos treinta años fueron fraguados por minorías que han querido liberar a otras minorías.”

En esta defensa minoritaria de las corridas se mezclan también los argumentos que alguna vez enarboló Javier Marías: la desaparición de las corridas de toros supone la desaparición de una especie animal. Este argumento que disfraza a la fiesta brava de ecología es de los más polémicos en la discusión antitaurina. Lo cierto es que nuestra relación con los animales ha cambiado. “En este mundo moderno podemos aceptar que maten a un animal tras muros cerrados, después de vivir una vida indigna, sin conocer la luz del sol y llenos de hormonas”, me explica, “pero parece crueldad dejar vivir a un animal en campos abiertos durante cuatro años y darle la oportunidad de defenderse y morir de pie en un ruedo. La crueldad sanitizada de los mataderos siempre me pareció mucho peor que la gesta de la fiesta brava. Nadie tiene el derecho de dar la muerte a un animal sin jugarse en ello su propia vida.”

Cincuenta años atrás, cuando el equipo de Gualtiero Jacopetti filmaba la joya del documental mondo (ese género de documentales crudos con valor de shock), Mondo Cane, podíamos ver las diferencias entre culturas en cuanto a sus relaciones con los animales: cerdos en un festín de Guinea cocinados al aire libre y una señora elegante llorando a su perrito en un cementerio americano para mascotas. Nuestras relaciones con la naturaleza son hechos culturales muy precisos…  y por lo tanto cambian, evolucionan.

“El caballo está desapareciendo porque ha perdido todas sus funciones: función guerrera, función de transporte, función de cultivo y función alimentaria”, explica Wolff. “Las asociaciones de defensa de los animales en el siglo XIX luchaban porque se comiera caballo, porque era la única manera de preservar esa raza. Y, sobre todo, para que sobreviviera en buenas condiciones, porque un caballo malnutrido estaba a la merced de cocheros despiadados. Entonces, las asociaciones proteccionistas luchaban porque se comiera caballo. Hoy, las asociaciones de protección animal luchan porque no se coma caballo. El caballo va a desaparecer: ya no tiene funciones. Como no puede ser un animal doméstico, como no lo podemos meter en nuestra cama como un gatito o un perrito, va a desaparecer. Y es lo mismo con el toro: si el toro pierde sus funciones, va a desaparecer.”

Claro, otros aspectos culturales de las corridas de toros ya no se identifican con valores corrientes actuales. Wolff habla de una “ética aristocrática para todo el mundo” cuando se refiere a la fiesta brava. En ella defiende la fuga de lo ordinario hacia lo extraordinario, una cierta nostalgia de otros tiempos, un dejo de gallardía medieval. Frente a la sanitización del mundo, frente al cuidado obsesivo del cuerpo y la búsqueda de la juventud eterna, Wolff opone la presencia de la muerte que antes parecía ser parte indisoluble de la vida: “Creo que las corridas de toros tienen algo muy particular porque unen contrariedades históricas. Estoy pensando, particularmente, en la ética de las corridas de toros. Las corridas nacieron en el siglo XVIII y eran practicadas por una aristocracia que cultivaba una cierta moral de nobleza: preeminencia de los mejores, enfrentarse a la muerte, combatir… era una moral aristocrática que se volvió popular. Hay diferentes fenómenos así que son arcaísmos y que, al mismo tiempo, nos muestran una ética que tiene que preservarse porque es el símbolo de algo histórico, porque es el símbolo de algo que no puede ser reducido a la modernidad uniforme”.

En cualquier caso, esta resistencia es, para Wolff, una resistencia de la desautomatización, algo que va en contra del mundo programado, moderno: “Frente a la línea recta que busca el camino más corto entre dos puntos, la poesía, como las corridas, son una curva”. Es una resistencia de la irreverencia frente a la moralidad, de la vida animal en la que se vive, lucha y muere, frente a la utopía contemporánea de eliminar la muerte, la enfermedad y el mal. Así, para Wolff, la faena es aceptar la mortalidad como compañía y, en ello, buscar el acto estético: “Las corridas de toros son el acto a través del cual un hombre transforma en arte su miedo a la muerte”.

Todas estas razones pueden insultar a los defensores de animales o a aquellos convencidos de la crueldad de las corridas. Y esa sensibilidad es absolutamente comprensible. Lo que busca Wolff no es cambiar opiniones, o convencer adeptos, sino discutir conceptos. Esa es, finalmente, la labor de un filósofo.

No sé si cuando se prohíban terminantemente las corridas de toros, como dice Wolff, el humano perderá algo de humanidad. Lo que sí sé es que perdemos mucho cuando dejamos de escucharnos, cuando los gritos callan los argumentos, cuando las pasiones devoran las razones. Como les dije, no soy taurino ni antitaurino. Pero descubrí algo hablando con Francis Wolff: me di cuenta de que, al menos, detesto los absolutos y, encima de todo, detesto estar convencido.

 

Nicolás Ruiz Berruecos
Editor y reportero de Código Espagueti. Maestro en Literatura Comparada por la UNAM. 

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22 febrero, 2015

Los nominados 2015

oscars-2015

Como cada año, la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas (en inglés: AMPAS; Academy of Motion Picture Arts and Sciences) concederá el premio Óscar a lo más destacado de la producción cinematográfica. Este 2015, los nominados son:


Mejor película


American Sniper

De Clint Eastwood, Robert Lorenz, Andrew Lazar, Bradley Cooper y Peter Morgan

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Birdman or (The Unexpected Virtue of Ignorance)

De Alejandro G. Iñárritu, John Lesher y James W. Skotchdopole

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Boyhood

De Richard Linklater y Cathleen Sutherland

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The Grand Budapest Hotel

De Wes Anderson, Scott Rudin, Steven Rales y Jeremy Dawson

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The Imitation Game

De Nora Grossman, Ido Ostrowsky y Teddy Schwarzman

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Selma

De Christian Colson, Oprah Winfrey, Dede Gardner y Jeremy Kleiner

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The Theory of Everything

De Tim Bevan, Eric Fellner, Lisa Bruce y Anthony McCarten

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Whiplash

De Jason Blum, Helen Estabrook y David Lancaster

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Mejor director


Alejandro G. Iñárritu

Birdman

Richard Linklater

Boyhood

Bennett Miller

Foxcatcher

Wes Anderson

The Grand Budapest Hotel

Morten Tyldum

The Imitation Game


Mejor actor


Steve Carell

Foxcatcher

Bradley Cooper

American Sniper

Benedict Cumberbatch

The Imitation Game

Michael Keaton

Birdman

Eddie Redmayne

The Theory of Everything


Mejor actriz


Marion Cotillard

Two Days, One Night

Felicity Jones

The Theory of Everything

Julianne Moore

Still Alice

Rosamund Pike

Gone Girl

Reese Witherspoon

Wild


Mejor actor secundario


Robert Duvall

The Judge

Ethan Hawke

Boyhood

Edward Norton

Birdman

Mark Ruffalo

Foxcatcher

J.K. Simmons

Whiplash


Mejor actriz secundaria


Patricia Arquette

Boyhood

Laura Dern

Wild

Keira Knightley

The Imitation Game

Emma Stone

Birdman

Meryl Streep

Into the Woods


Mejor fotografía


Emmanuel Lubezki

Birdman

Robert Yeoman

The Grand Budapest Hotel

Lukasz Zal y Ryszard Lenczewski

Ida

Dick Pope

Mr. Turner

Roger Deakins

Unbroken

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Desde muy muy atrás (E.U.A., 2013)
(The Way Way Back)
Directores: Nat Faxon y  Jim Rash      
Género: Drama
Guionistas: Nat Faxon y Jim Rash
Actores: Steve Carell, Liam James, Toni Collette, Allison Janney y Sam Rockwell

waywayback

 

En una entrevista a los directores, escritores y  actores de esta sencilla comedia familiar, Nat Faxon y Jim Rash, en la que hablan de cómo la filmaron, se  aprecia claramente de donde vienen los tonos livianos de la película: Son dos amigos que se divirtieron filmando un pequeño proyecto personal sin mayor requisito que el de divertirse y plasmar su visión de la historia que ellos mismos escribieron. Una muestra clara de esta actitud relajada es que ambos actúan en la película.  

La trama gira alrededor de un joven adolescente tímido de nombre Duncan, que pasa por una etapa de pubertad muy complicada. Sus papás  están divorciados y tiene que soportar al nuevo novio de su mamá, un hombre insufrible, protagonizado genialmente por Steve Carell. Aunque Carell normalmente actúa de un tipo bonachón, en esta película hace un muy buen papel de patán.

Duncan está perdido en este proceso de transición, con un papá que vive lejos, una mamá distraída con su nueva vida y una hermanastra mayor que lo trata como a un perro callejero que hay que soportar. Su situación parece no tener remedio, en especial cuando su madre decide llevarlo a un viaje de verano con su nueva familia. Su único aliado será un excéntrico gerente de un parque acuático que le dobla la edad. Esta extraña amistad le ayudará a Duncan a definir  su valor frente a su familia.

Todo suena un tanto dramático, pero la realidad es que esta comedia es una buena historia de amistades inesperadas y realización personal. Está llena de humor, excentricidad, ternura, comprensión y cariño.

Aunque la comparación es un tanto caprichosa, porque a fin de cuentas no hay relación directa entre las dos, salvo en algunos actores y en que ambas  son comedias familiares con personajes excéntricos, esta cinta se parece a Little Miss Sunshine, el ícono cinematográfico de las películas que narran la vida de familias de clase media norteamericana.

 

 

SensaCine: 3.5 de 5
IMDb: 7.5 de 10
Rotten Tomatoes: 85% de 100%

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Riddick: El amo de la oscuridad (E.U.A. 2013)
(Riddick)
Director: David Twohy
Género: Suspenso
Guionista: David Twohy
Actores: Vin Diesel, Karl Urban y Katee Sackhoff

riddick

Es la tercera entrega de la historia del único sobreviviente del planeta Furya, Richard B. Riddick. Todo empezó con Pitch Black (2000), la película que presentó a este personaje de ojos brillantes que ven en la oscuridad. En la primera parte una nave que transporta un prisionero se queda varada en un planeta extraño lleno de bestias carnívoras que cazan de noche. Riddick es el prisionero, pero resulta ser la única esperanza para la tripulación cuando un eclipse genera una penumbra perpetua. La cinta fue bien recibida y Vin Diesel encontró su primer personaje de franquicia.

La segunda cinta, titulada The Chronicles of Riddick (2004), retomó al personaje y  centró la trama en la épica de una galaxia.  Riddick se enfrenta a un ejército de invasores espaciales llamados Necromongers que, junto con su líder, Lord Marshall, conquistan planetas enteros para formar un imperio.  El final de esta secuela insinuaba el inicio de una saga monumental; sin embargo en esta tercera película, por alguna razón, decidieron regresar al concepto original de Pitch Black: un guerrero solitario que lucha  contra hombres y monstruos en un planeta desolado con el único propósito de sobrevivir. Esta es la verdadera esencia de Riddick, pero hubo indicios de que el personaje podía evolucionar.

Tal vez quieran extender la historia lo más posible con tramas paralelas o secundarias para obtener más rendimiento de la franquicia, pero de cualquier forma es una pequeña decepción.

Lo bueno es que la tercera película, repitiendo la fórmula original, logra darnos la misma satisfacción que la primera. Vin Diesel presenta una actuación coherente de un personaje que ya tiene muy practicado. El resultado es una película entretenida que hace uso del humor negro con gran destreza.

Decir que Riddick sobrevive es como revelar que Richard Gere se queda con Julia Roberts en Pretty Woman,  pero en el caso de que nadie se lo imaginara, me disculpo por las dos indiscreciones. Es muy probable que el personaje continúe su trayectoria en la pantalla grande, aunque no estoy muy seguro de qué dirección tomará. También cabe mencionar que hay personajes interesantes, como el protagonizado por Katee Sackhoff, pero la naturaleza solitaria de Riddick resulta en la desaparición rápida de posibles aliados de una película a la siguiente.

Toda la historia necesita un poco de peso narrativo: más detalles, antecedentes, conflictos, pero mientras los autores no quieran darnos dicho peso, se puede pasar el rato con la simple mezcla de ciencia ficción, suspenso y horror que nos presenta Riddick: El amo de la oscuridad. Es una buena opción para una tarde aburrida de la semana.

IMDb: 6.8
Rotten Tomatoes: 60%
Metacritic: 49

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No hay mejor manera de recordar a Chris Marker (1921-2012), director francés fallecido hoy, que contemplando, una y otra vez, su obra maestra La Jetée (1962), una de las máximas lecciones del cine. Hela aquí:

 

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El cine de superhéroes ha tenido un segundo aire desde el 2007 con el lanzamiento de las películas animadas de DC, adaptaciones de historias emblemáticas a la pantalla chica, como The Death of Superman y A Death in the Family/Under the Hood. El estilo de animación que bien podría estar reflejando el espíritu de una época: las espaldas anchas, el pecho inflado y los rostros rectangulares, que funcionaban en los 90 y en los primeros años de este siglo (Doomsday –2007- todavía adolece en este punto), han sido reemplazados por un nuevo tipo de superhéroe,  más delgado, frágil, con una paleta de colores más amplia y trazos menos solemnes. En conjunto, representaciones simbólicas de los ideales de esta época.

Elegir las historias a adaptar es uno de los retos que DC debe encarar con frialdad. No es fortuito que Superman y Batman sean los personajes con más cartelera hasta ahora, ya que en ellos se encuentran muchas de las joyas narrativas del cómic. Ahora, al hablar de los títulos en los que el caballero oscuro se ha hecho presente, es poco común que se aborden historias de simple acción o entretenimiento. Hay que enfrentarlo: los mejores relatos de Batman son aquellos que juegan con la esquizofrenia, paranoia y tragedia de Bruce Wayne, sólo hay que pensar en The Killing Joke (que no se ha visto en pantallas, probablemente aún es temprano para manejar los temas delicados de Alan Moore con una audiencia más juvenil) y, la que ahora nos interesa, Tower of Babel.

Tower of Babel no es una historia tradicional del hombre murciélago, ya que se enfoca en la Liga de la Justicia y su destrucción interna. Doom (2012), adaptación libre por Dwayne McDuffie y Lauren Montgomery, pese a seguir la casi impecable estética de las animaciones recientes de DC, carece de la profundidad elemental que hace a Tower of Babel un cómic memorable, y de las grandes emociones y frustraciones de sus personajes, mostradas en Under the Red Hood (2010) y All-Star Superman (2011). La trama presenta a un Batman en su punto más paranoico, ¿qué pasaría si uno de los integrantes de la Liga de la Justicia? Bajo esa premisa, Batman se dedica a recopilar información privada que podría anular cualquier acción de los principales miembros de DC.

Doom es un bache en la carretera animada de DC. Hay pocas escenas que recuerdan al verdadero relato detrás de Tower of Babel, la complejidad y admiración que Batman puede generar. Subrayaría, sobre todo, el momento en que Bruce Wayne se da cuenta que es su responsabilidad, con un diálogo que bien podría ser lo mejor de la película: “La Liga está bajo mi ataque”. Por desgracia, Doom falla como adaptación, pero lo hace aún más como producto autónomo, nos llena de escenas poco conmovedoras y nunca se siente enojo o miedo por la acción que desencadena el ataque. No queremos peleas sin sentido y grandes secuencias de acción: queremos historias, algo que Doom parece olvidar. –Joaquín Guillén Márquez (@joaguimar)

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1 diciembre, 2011

Renovación

Comienza diciembre y, antes de que termine el año,  en Nexos retomamos este blog, que ahora estará no solamente dedicado al cine, sino también a la televisión. Nos acompañarán, entre otras, las voces de César Albarrán, Graciela Martínez, Jaime Mesa, Antonio Ortuño y la mía propia. Bienvenidos de regreso. –David Miklos.

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Los trenes guardan en su movimiento y transcurso un secreto del tiempo. Ante la pantalla vemos como van de un lado al otro del cuadro inaugurando una duración que se pierde detrás de lo que escapa al encuadre y queda como un eco de su recorrer el mundo. El cine, atento a este secreto, deshilvana una y otra vez las posibilidades de esa figura mítica al lado de la cual nace, como si llegara al mundo en tren, o como si el mundo del cine no fuera sino estar al lado de una ventana abordo de estas máquinas, esperando que el movimiento se filtre en la infinidad de sus colores y posibilidades, movimientos, sombras cruces y líneas.  

En los films de Ozu, los trenes llevan también otro mensaje del tiempo: aquel de las generaciones y lo que entre ellas se transmite, sin embargo, así como los pasajeros suben y bajan en diferentes estaciones a lo largo del recorrido, también en este constante viajar los trenes interrumpen un movimiento y lo potencian al desplazarlo en la multiplicidad de sus cambios de vías. El tren asume la figura de lo que se comunica entre las generaciones como continuidad y lo que se interrumpe entre ellas como imposibilidad herencia. La gramática de los trenes en estos filmes guarda también la relación discontinua entre el bullicio de la ciudad y la pausada vida de la provincia o el campo. Del ritmo acelerado de la urbe en donde todo es cruce, a lo abierto de un paisaje y lo tenue de su textura. En el camino de las vías se abre el mundo del hábito, resuena la familiaridad de los recorridos a diario y su común parecido, pero también se deja entrever un misterio y en cualquier estación espera acuciante la sorpresa de lo distinto. En los vagones del tren se encuentran las vidas que siempre se cruzan en el anonimato. Son estos vagones, los asientos al lado de la ventana, un refugio y una fuga. 

Al centenario del nacimiento de Ozu, Hou Hsiao – Hsien rinde homenaje a su maestro en el Café Lumiere (2003), reproduce la mirada de quien concentrado en el detalle a lo minúsculo rinde a su vez homenaje a lo efímero, aquello que escapa a nuestra contemplación de la vida diaria y que gana su presencia entre los planos a media distancia cuya paciencia habla de ese amor a la disposición de los objetos comunes y corrientes entre los que se cuenta nuestra historia. Esos objetos guardan toda su contingencia y densidad, en el film se escuchan los ecos de los platos sobre mesas de madera, el crujir del suelo, los pasos sobre el tatami, los ruidos de la boca al disfrutar de un platillo, el sonido de una botella de Sake, el resonar de un vaso de vidrio. Los objetos aprenden a heredar a lo visual su densidad y peso, abriendo el espacio de lo que se registra. El cine es aquí un cazador de huellas visibles y sonoras.   

Los espacios del director taiwanés se asemejan a aquellos a través de los cuales Ozu reconfiguró las geometrías del cuadro cinematográfico, filmando a la altura de un tatami, reinventando los espacios del interior japonés según laberínticas perspectivas de pequeños cuadros en los que acontecen los encuentros. Esos lugares dejan abierta la posibilidad a multiplicidad de movimientos, personas que atraviesan de un lugar a otro apareciendo y desapareciendo de la escena mientras la quietud de los objetos permanece. Demarcación de los límites a través de lo que queda fuera de cuadro y es aún hilo de la narración, en el film de Hsiao-Hsien la música entrelaza las escenas, los sonidos del tren marcan las pautas y ritmos de las relaciones entre imágenes.  La sutil predisposición hacia lo que acontece se guarda en el lenguaje de la contención y sólo en sus minúsculos gestos aparece la huella apenas visible de una belleza pasajera, disfrazada de quien guarda y registra el sonido de las vías en Tokio esperando que ahí resuenen también los sueños de quien duerme frente al micrófono.  

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modigliani_the_movieEl día de ayer observaba con relativa atención el film de Mick Davis Modigliani (2004), resulta interesante sólo por el contexto y ebullición de la vida artística en Paris hacia finales de la primera década del siglo XX. Si bien esta película se centra más en el carácter narrativo y dramático de la historia, no deja de presentar un reto a la forma cinematográfica al poner en escena la ya antigua discusión entre los discursos estéticos de la pintura y el cine, o mejor dicho aún, la forma en la que la pintura se ve a sí misma después del cine, la manera en la que el cine ve a la pintura. Lejos de reflexiones formales como las de Rivette, Godard o Greenaway, sobre la relación entre la imagen cinematográfica y el fenómeno pictórico, el film de Davis se concentra en la historia. Sin embargo, sirve como provocación para volver al cajón de los papeles y hurgar en las palabras de quienes se han dedicado a conjurar las dificultades de la representación. Dejo flotando entonces una de esas citas que vuelven sobre aquel umbral en el que la pintura y el cine se encuentran disfrazados por la alegoría del mago y el cirujano:

El cirujano representa aquí uno de los polos en un ordenen el que el otro lo está ocupando el mago. La actitud del mago, el cual cura al enfermo por la sola imposición de manos, es diferente de la del cirujano, que interviene al enfermo. Pues el mago mantiene la distancia natural que ha de existir entre él y el paciente; dicho con mayor exactitud: la disminuye un poco -por la imposición de las manos- mientras la aumenta mucho -por su autoridad-. Pero el cirujano se comporta justamente a la inversa: él disminuye mucho la distancia que le separa del paciente -dado que penetra en su interior- mientras que la aumenta sólo un poco -en virtud del cuidado con que mueve su mano entre los órganos-. En una palabra: a diferencia del mago (qué aún se oculta en la figura del médico de cabecera), en el instante decisivo el cirujano renuncia a enfrentarse con su enfermo digamos de hombre a hombre; se adentra en él operativamente. Pero entre sí, mago y cirujano se relacionan como el pintor y el cámara. El pintor observa en su trabajo la natural distancia con lo dado, y él cámara, en cambio, penetra a su vez profundamente en la red de los datos. Las imágenes que obtienen uno y otro son enormemente diferentes. La del pintor es total: múltiplemente troceada la del cámara, cuyas partes se juntan según una ley nueva. Así, para el hombre actual, la representación cinematográfica de la realidad es incomparablemente más significativa porque, precisamente, en razón de esa tan intensa penetración con el aparato, garantiza el aspecto de lo real libre de aparatos que el tiene el derecho de exigir de la obra de arte.

Walter Benjamin, “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica” en Obras. libro I vol.2. Madrid:Abada, 2008.

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Rabid, Cronenberg 1977

Rabid, Cronenberg 1977

 

Después de un periodo de excepción instalado entre nosotros por la alerta sanitaria, la vida cotidiana sigue su rumbo. Volvemos a tejer las actividades que habían quedado por unos días en suspenso. Si bien nos “quitaron” el cine, nos devolvieron la posibilidad de quedarnos en casa y hablar largamente durante una sobremesa. Son una serie de diálogos cultivados en ese espacio la razón de una breve nota.

En ocasiones la realidad se parece a la ficción. Ciertos acontecimientos, al trastocar las coordenadas de lo que nos hemos acostumbrado a considerar normal, nos sumergen en un espacio casi onírico, o catastrófico, inimaginable e irreal; todas ellas características del mundo de la ficción. Sin embargo, podríamos también hablar de cómo es que la ficción sugestiona a la realidad, a través de ella reconfiguramos nuestro deseo, construimos una identidad y sembramos los cimientos de toda la serie de nuestros intercambios simbólicos.  El teatro de la ficción configura así el teatro que es el mundo.

El cine como arte perverso, nos dirá Zizek, nos  enseña a desear y aprender a desear es construir las coordenadas de lo que configura nuestra visión de las cosas, las ficciones “…estructuran nuestra realidad, si se sustraen de nuestra realidad las ficciones simbólicas que la regulan, perdemos la realidad misma.” (Ver una serie de clips sobre este documental)   

La producción de ficciones está, además, relacionada con un sistema hegemónico de reproducción de las mismas. En el caso del cine, Hollywood.  Esta maquinaria ha construido, desde su nacimiento, un imaginario que bien podríamos calificar de apocalíptico; dicho imaginario ejerce una transformación real de nuestras costumbres y prácticas, sugestionando nuestro comportamiento e induciendo nuestra respuesta al entorno. Infinidad de veces hemos visto en las pantallas el fin del mundo: las catástrofes ecológicas, las guerras espaciales, los aliens, las guerras nucleares, todos ellos agentes que asedian nuestra vida y amenazan con terminar con ella.

Dadas las condiciones de nuestro mundo contemporáneo el “virus”, ya sea en sus versiones biológicas o informáticas,  es el nuevo agente del asedio, la amenaza que amedrenta nuestras vidas en una era de armas biológicas, epidemias o pandemias.  La respuesta mediática ante la reciente alerta sanitaria lo dejó muy claro. Entrábamos en uno de esos umbrales que desfigura, aunque sea por unos momentos, aquello real a lo que nos acostumbramos. Al navegar por internet, al ver las noticias, al prender el radio todo lo que escuchábamos eran los ecos de esta alarma reproduciéndose a una velocidad increíble. Al salir a la calle podíamos observar a los militares repartiendo tapabocas, en el super los estantes se encontraban vacíos y la gente llenaba sus despensas siguiendo el mandato de una extraña paranoia instalada ya de lleno entre nosotros.

Estas imágenes y noticias me hacían recordar algunas escenas de Rabid (Cronenberg, 1977): los militares cercando las calles de Montreal, el virus diseminándose entre toda la población, el estado de excepción y, ya en un gesto de total sarcasmo, los militares disparando a las víctimas de la infección. No hace falta ir tan lejos, solo con un vistazo a nuestras carteleras podemos encontrar en ellas la amenaza de una posible  Epidemina o Exterminio.  Todas estas imágenes, ecos,  señales mediáticas y ficciones forman la textura de nuestra realidad e influyen fuertemente en nuestro comportamiento y en la manera en la que reaccionamos. Nos sugestionan profundamente arraigando en nosotros la silenciosa sospecha de que quizá el hombre que recién estornudó a mi lado está “contaminado”, o “infectado”.

El miedo al contagio, la intromisión o contaminación de los cuerpos biológicos, informáticos, sociales o militares es una de las principales características de nuestro presente. Un lenguaje de “inmunización” atraviesa nuestra cultura, como lo hace ver Esposito en su extraordinario libro Inmunitas. Dadas las circunstancias de una verdadera amenaza a la salud, hemos de volver sobre nosotros, repensar la forma de nuestras reacciones y la conformación de nuestros miedos. Queda responder críticamente ante las imposiciones de este tipo de imaginario y, desde una perspectiva ética, no contribuir por favor a la paranoia.   

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