La historia de una editorial como Anagrama involucra en primer término una lucha contra la censura franquista y, en segundo, el descubrimiento de los escritores y la cultura mexicana.

Jorge Herralde (Barcelona, 1936) reconoce que tuvo la suerte y la desgracia de que las matemáticas se le dieran muy bien, a pesar de que a él le gustaban más la literatura y la historia. Esa fue la razón por la que estudió ingeniería industrial sin ninguna vocación, con cuerpo presente pero mente ausente. Terminó la carrera de ingeniería con una idea en la cabeza: montar una editorial. Sus estudios le ayudaron —a la postre lo sabría— para sortear los desafíos administrativos del negocio, pero la vocación de editor corría en sus venas.

Hace cincuenta años Jorge Herralde, quien es quizá el editor español más importante del mundo, decidió fundar Anagrama. Tras un par de esfuerzos inacabados, en abril de 1969 se publicaron los primeros libros del sello.

Pablo Berthely: ¿Cómo surgió el nombre de la editorial? ¿A 50 años de distancia lo volvería a elegir?

Jorge Herralde: Cuando empecé a trabajar en el proyecto disponía de mucho tiempo libre, que ocupaba en relacionarme con agencias literarias. Visitaba con mucha frecuencia a Carmen Balcells. En sus oficinas descubrí una colección vanguardista llamada Senso e anagrama (“sentido y anagrama”) y me enamoré de la segunda palabra. Eufónica, enigmática y hermosa, así que decidí utilizarla para la editorial y sigo sin arrepentirme. Sí, la volvería a elegir.

PB: Decía Carlos Fuentes que por aquellos años todo sucedía en la discoteca Bocaccio de Barcelona.

JH: Barcelona estaba en movimiento. Era un lugar excitante, llena de gente con proyectos. Escritores, editores, cineastas, arquitectos con una energía inagotable. En Bocaccio se fusionaban todos estos grupos y salían proyectos comunes. Era la desinhibición en estado puro, en palabras del gran poeta Gabriel Ferrater: éramos partidarios de la felicidad.

PB: Ser partidario de la felicidad le valió una fuerte censura para Anagrama…

JH: No lo voy a negar. Había temas que incomodaban en la época franquista y nosotros queríamos ser una editorial abiertamente progresista. Nos “desaconsejaron” publicar El sexo en la historia de Norman Mailer o La teoría soviética de la coexistencia pacífica de Ursula Schmiederer, entre muchos otros.

Después de un par de fuertes frustraciones decidí que la vía no sería someter a consideración del régimen los libros antes de editarlos. Por el contrario, los editábamos y corríamos el riesgo de que en la distribución fuera secuestrado el tiraje completo.

Con esa fórmula nosotros arriesgábamos más dinero, pero el franquismo arriesgaba legitimidad en un momento en el que la llegada de la democracia parecía inminente.

Para Anagrama fue un momento muy complicado, nos censuraron más de media centena de títulos, casi nos llevan a la quiebra, pero nunca apagamos las luces de la oficina.

PB: En México tienen una amplía corrida comercial, ¿cómo se consolidó la editorial en América Latina?

JH: Sergio Pitol era publicado por la editorial Era en México, con una recepción minoritaria, sus libros no eran fáciles. En 1974 ganó nuestro Premio de Novela y con ese triunfo ganamos todos. Él se empezó a consagrar como un autor valorado en su país y nosotros nos abrimos paso en el mercado mexicano con éxito. Sucesivamente se nos abrieron las puertas en el resto de Latinoamérica.

Me enamoré de México y empecé a ir dos veces por año. Construí un diálogo con Era y con Siglo XXI, que sin duda era la editorial de izquierdas más importante en lengua española. México era un referente para nosotros.

PB: Hablemos de los mexicanos que han ganado el Premio de Novela que lleva su nombre, ¿qué significan su vida y su obra para usted?

JH: Sergio Pitol. Un escritor ejemplar. Un hombre con una vocación lectora impresionante, que ha ido creciendo con el tiempo. A todos los clásicos el destino los alcanza y Pitol ya es un clásico.

Cada viaje a México era la primera persona a la que veía y teníamos un ritual ineludible: el primer día del viaje, después de desayunar, recorríamos la mayor cantidad de librerías posibles. Uno de los mejores amigos que he tenido en la vida.

Juan Villoro. Precisamente, lo conocí gracias a Pitol. Inteligente como pocos y agradable como ninguno. Con una electricidad asombrosa. No conozco a ningún escritor que hable en público mejor que él. Fraguamos una excelente relación desde que era muy joven.

Uno de los recuerdos más disfrutables con Juan fue cuando publicamos Dios es redondo y lo acompañé al campo del Barca para que recogiera el premio de periodismo Manolo Vázquez Montalbán.

Daniel Sada. Un amigo en común me lo refirió. Cuando leí el primer manuscrito que mandó a Anagrama me quedé asombrado, no lo dejé de publicar hasta el día que prematuramente murió. Un maestro del lenguaje. Quizá el ganador de nuestro Premio de Novela que logró conseguir la unanimidad más sólida del jurado.

Álvaro Enrigue. A Álvaro, como sucede con los escritores jóvenes, lo empezamos a publicar sin mucha esperanza de éxito comercial. Han pasado algunos años desde entonces. Muerte súbita, novela con la que ganó el premio, es deslumbrante y no le ha ido nada mal comercialmente (risas).

Haré una confesión: las primeras veinte páginas de la última novela que le publicamos es de lo mejor que he leído en mi vida.

Guadalupe Nettel. Una autora que ha ido creciendo y creciendo y creciendo. Vivió una temporada en Barcelona y forjó buena relación con la editorial. Ahora le seguimos las huellas a través de la estupenda labor que está haciendo al frente de la Revista de la Universidad de México. Cada que puedo adquiero la revista y la leo con orgullo e interés.

Juan Pablo Villalobos. Otro caso curioso. Un escritor que era poco conocido en México y que empezó a publicar en Barcelona, ciudad en la que reside. Cuando me mandó su primera novela me quedé deslumbrado con su fino sentido del humor. Le pasó a bastante gente. Por ejemplo a unos amigos alemanes, dueños de una editorial importante de no ficción, les gustó tanto el trabajo de Villalobos que empezaron a publicar ficción y a traducirlo. Juan Pablo es un escritor que tiene mucho que aportar.

PB: Decía que solía frecuentar muchas librerías en México, ¿cuál es su favorita?

JH: Tantas. Si tuviera que mencionar una diría aquella vieja Gandhi, antes de que tuvieran tiendas por todo el país, cuando solo había una. Recuerdo al librero que sabía de memoria dónde estaba cada uno de los libros que vendía. Era algo asombroso, nunca he vuelto a ver semejante capacidad en un librero.

La librería tiene un papel fundamental en las ciudades. Son puntos de encuentro: encuentro de lecturas y de personas. Ahí se hace comunidad y ciudad. México y Barcelona comparten el hecho de tener grandes librerías.

PB: ¿Cómo lograron el éxito con autores de otras lenguas?

JH: Desde antes de que naciera la editorial yo había hecho un esfuerzo por vincularme con los grandes editores franceses e italianos. Fue un proceso casi natural, apostamos por autores que no necesariamente estaban de moda y no fallamos. Desde el inició fuimos una editorial de escritores internacionales.

Los primeros libros que hicimos fueron: Detalles de Hans Magnus Enzensberger, y un libro sobre Las amistades peligrosas (Les liaisons dangereuses) de Choderlos de Laclos, de Roger Vailland.

PB: Si pudiera conservar únicamente un libro de los miles que tiene Anagrama, ¿cuál sería?

JH: Que difícil pregunta… Trilogía de la memoria de Sergio Pitol.

PB: De los libros de otras editoriales, ¿cuál le hubiera gustado que fuera parte de su catálogo?

JH: Esta me resulta más sencilla de contestar. Ficciones de Borges.

PB: Usted dejó la dirección hace algunos meses y vendió la mayoría de sus acciones. ¿Anagrama sigue siendo una editorial independiente?

JH: Cuando yo empecé no se utilizaba la expresión “editorial independiente” porque todas éramos independientes. Algunas más grandes que otras. Ahora ha crecido la brecha entre las grandes y las pequeñas, las unas se comen a las otras, pero no a todas.

Nosotros seguimos siendo una editorial independiente que simplemente ha cambiado de dueño y de director.

PB: ¿Cuál es el mayor reto para la editorial en los próximos 50 años?

JH: En estos tiempos, de enorme concentración, luchar en condiciones de inferioridad representa un reto doble para Anagrama. La dirección actual lo está haciendo formidablemente. Seguimos publicando con el mayor rigor, pero siempre con la vista puesta en editar libros estimulantes.

PB: ¿Cuál considera que ha sido la mayor virtud de Anagrama?

JH: La coherencia. Hemos sido fieles a nuestros escritores, a pesar de que en muchas ocasiones se alejaban de las modas y las tendencias. Así es como hemos logrado nuestra calidad y seguir activos.

PB: ¿Y el mayor defecto?

JH: Defectos puedo enlistar miles, pero eso será en la próxima ocasión. Hoy estamos celebrando 50 años y hay que disfrutarlo.

 

Pablo Berthely
Estudiante de políticas públicas en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona.

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El desabasto de combustible que ha afectado a un buen número de entidades y a un sinfín de ciudadanos, revela entre otras cosas nuestra fragilidad ante la escasez del hidrocarburo. La relación de México con el petróleo es añeja y está cargada de connotaciones que han sido capturadas por nuestra tradición literaria.

I. Laberinto

El tráfico citadino me recuerda a un laberinto de gárgaras que te escupen por calles inverosímiles. Apenas había llegado del frío Minneapolis, al norte de Estados Unidos, a una Ciudad de México congestionada de punta a punta. Estas calles te muestran el pudor de sus habitantes aunque también ingenios desmedidos. No me inmiscuiré en esta filosofía del smog, pues ya lo han hecho otros, y con éxito notable: los avanzados catecúmenos Guillermo Fadanelli o J.M. Servín bien pueden darnos lecciones sobre muladares, escupitajos o invocaciones. Estos sacerdotes han cumplido con sus sacramentos: darnos en bandeja de plata lo convencional extraordinario de una ciudad condecorada por sus arrebatos místicos, su carácter feérico o su abulia de ogro. Dependerá del gusto de cada uno, pero la ciudad podrá recorrerse desde los innumerables discípulos que han sucumbido a sus desgracias o milagros: la visión juvenil de un Carlos Fuentes en La región más transparente o la sensualidad crónica que Salvador Novo le otorga en La estatua de sal, con todo y, valga la redundancia —por esto de la repetición presidencial—, sus fifíes:

Por la avenida Madero […] me llevaron a comprar unos soñados zapatos con blanca suela de hule. Paseaban su distinguida, decadente indolencia, los fifíes que multiplicaban como muñecos de escaparate los atrevidos modelos de Bucher Bros.1

Quizá nos falte una historia teratológica de la Ciudad de México que abarque las catacumbas más serias, sus energúmenos más insignes y acaso también sus mayores desgracias. La Llorona, por ejemplo, tradición antiquísima que, según el historiador Luis González Obregón, no solo nace en la Ciudad de México sino que se expande a varias zonas de la república. Si la tradición persistió tanto no fue solo por su relación con la Conquista —uno de los augurios con que se profetizó la llegada de los españoles fue el llanto de una mujer que preguntaba por sus hijos— sino porque el llanto, en la historia de México, parece moldear nuestras pasiones. No resulta extraordinario que una de nuestras leyendas preferidas sea, precisamente, esa: la de la mujer doliente que grita y gime y, al mismo tiempo, espanta.

Ilustración: Víctor Solís

La ciudad le pertenece a cada escritor porque su esencia es subjetiva: podrá adquirir la monumentalidad de cualquier mausoleo o convertirse, a través de la pluma, en oxímoron cotidiano. Razones no faltan: la sorpresa de sus calles con simas, cordilleras y raíces de árboles que se comen el pavimento. Geografías inverosímiles en donde romantizamos los baches y el olor a fritanga; la ubicuidad de los perros en las azoteas; cables eternamente caídos; la homilía de los cláxones; el territorio presagiado de embotellamientos. Se admira al chilango por su oligofrenia relativa al aceptar como hogar a un monstruo. Muchas y muy variadas escenas de su belleza caótica persisten cuando se imprimen en un fotograma. José Tomás de Cuéllar por ejemplo, en 1856, relata:

Al suroeste se pierden en lontananza, con sus azules montañas que de dosel les sirven, los pueblos de Mixcoac florido, Padierna y Churubusco ensangrentados, San Ángel y Coyoacán. Al sureste gigantes majestuosos, cual monumento eterno de los siglos, escondiendo sus nieves en el azul del cielo, se destacan el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl.2

Qué estampa más tranquila la que nos presenta Cuéllar, casi como un lago intocado donde una piedra desparrama ondas eternas sobre la superficie.

Esta ciudad, sin embargo, también es la ciudad de la tortura, como nos recuerda Jesús Romero Flores, al hablar de los doce miembros de la familia Carvajal, una familia bien acomodada de la segunda mitad del siglo XVI, que llegó a México en 1583 cuando a don Luis de Carvajal le fue otorgada la gubernatura del Nuevo Reino de León. La dicha no les duraría demasiado: después de una acusación por motivos desconocidos frente al Tribunal de la Inquisición toda la familia caería bajo sus garras: fueron encarcelados, torturados, vejados y finalmente asesinados en un auto de fe el 8 de diciembre de 1596. He aquí el contraste terrible entre dos visiones del mismo espacio. Y es que los rostros de las ciudades son lo que hacemos de ellas: somos los abates que practicamos el fideísmo diario de vastos recorridos histéricos, trapaceros y milenarios. Bajo nuestros pies caben huesos, historias y mitos. Entrampados por la topografía de nuestra memoria, la Ciudad de México clausura su inteligibilidad por el milagro de verla viva y chapucera.

¿Qué es la Ciudad de México sino horror ecuménico al mismo tiempo que retruécano de descubrimientos? ¿Seremos todos hijos de sus deyecciones, moldes y rajaduras? ¿Nos reconocemos en sus esquinas desvencijadas y en sus oquedades repetidas? ¿Somos al mismo tiempo nobles capellanes que admiran el barbotear salvaje y turistas siempre y residentes nunca? ¿Qué tiene la ciudad que barniza con su condición nómada toda una caterva de borrachos, ladrones, familias pudientes, artistas, limosneros y un largo etcétera decisivo?

La ciudad, sin embargo, es amable, pues nos acepta: las trajineras estimulan la imaginación aunque sea porque no sabemos qué guardan aquellas aguas. Los escaparates de chicharrón pretenden transparentar una higiene recíproca que sabemos no existe. El devenir verbal de anuncios por medio de bocinas nos habla de varios apocalipsis superpuestos dispuestos a vender lo que sea. La estadística matutina de querer ayudar a los animales callejeros. Las esperas interminables en semáforos que parecen no querer cambiar de color. La plancha del Zócalo como lija indiferente que nos limpia a todos. El desabasto de combustible como estrategia de la imaginación apocalíptica.

Hemos visto de todo: pánico autoinducido, cantinfleo institucional y arranques tragicómicos. Cuando fui a cargar gasolina, me puse a observar: vendedores de agua, perros macilentos, basura concentrada en pilas imposibles, ciudadanos con bidones vacíos, un sacerdote dormido en el asiento del copiloto de un coche. Relámpagos ligeros en forma de insultos. Quizá Carlos Monsiváis tendría algo que decir de este barroquismo de alto voltaje.

De lo que estoy seguro es que esta ciudad necesita, urgente, de otra crónica.

II. Literatura y petróleo

En tiempos de desabasto por falta de gasolina, tenemos en nuestras bibliotecas instrumentos literarios que hablan de esta abundancia corrompida. Recuerdo, ahora, dos: Morir en el Golfo de Héctor Aguilar Camín (1946) y La cabeza de la hidra de Carlos Fuentes.

Y es que el petróleo mexicano ha dado de qué escribir, aunque nuestra crítica literaria haya sido, lamentablemente, parca en sus descubrimientos. Apenas Luis Mario Schneider y Edith Negrín han sido los discípulos escogidos para romper de un sablazo el silencio alrededor de esta literatura. Otros también han incursionado en su evolución. Helen Louis Rapp, por ejemplo, escribió, en 1957, una de las pocas tesis en torno a esta literatura: “La novela del petróleo en México”. Veamos.

Después de un breve recorrido histórico sobre los inicios de la industria petrolera, la autora analiza cinco manifestaciones de la literatura del petróleo en México, iniciando con Xavier Icaza (1892-1969) y su Panchito Chapopote (1929); Bruno Traven (1882-1969) con La rosa blanca (1929); Gregorio López y Fuentes (1895- 1966) con Huasteca (1939); José Mancisidor (1894-1956) con El alba en las simas (1955) y finalmente Héctor Raúl Almanza (1912-2005) con Brecha en la roca (1955). En sus conclusiones, Rapp genera algunas felices intuiciones que hay que recuperar. Creo que muchas novelas del petróleo —La rosa blanca, por ejemplo— son marcadamente maniqueístas, pues presentan una lucha muy clara entre los capitalistas que quieren perforar la tierra y los propietarios —mexicanos, casi siempre— que pretenden defenderla. Se establecen límites morales entre unos y otros, y algunas de estas narraciones bien podrían ser consideradas una apología de la nación en contra de la injerencia extranjera. Estamos en una época, recogida por la literatura, antimperialista.

En varias de estas narraciones, la figura de Lázaro Cárdenas es presentada con devoción y respeto, generando un corte inmediato entre aquellos que defienden la decisión del presidente y otros que buscan inmiscuirse en conspiraciones extranjeras para salvaguardar sus intereses. Edith Negrín, en un artículo, resume las distintas etapas por las que ha pasado esta literatura .

Según Negrín, en una primera etapa, “el petróleo aparece como un elemento portador de las fuerzas del mal, cuya súbita aparición, o descubrimiento, destruye los sentimientos solidarios de los tranquilos habitantes de las zonas agrarias…”.3 El petróleo como fuerza disruptiva de comunidad. En una segunda etapa los textos simbolizan “…la independencia nacional (…) Se trata de novelas nacionalistas, sustentadas en la ideología de Lázaro Cárdenas”.4 El petróleo como pilar del poder, catecismo revolucionario, capellanía del nacionalismo. El tercer grupo de novelas vuelven mucho más complejo el problema, pues como dice Negrín, “…aquí la descomposición lo ha permeado todo: las relaciones laborales, las políticas y las amorosas”.5 El petróleo como material corruptor que ya no requiere la intervención del extranjero para volverse moralmente opaco, legalmente corruptor y políticamente conveniente.

Morir en el Golfo o la imaginación del poder

Morir en el Golfo, de Héctor Aguilar Camín, es una novela que requiere ser leída a partir de dos desdoblamientos: primero, como trasfondo de una serie de luchas alrededor del petróleo, iniciadas desde principios del siglo XX con la intervención de capital extranjero en México, pasando por una etapa de defensa del hidrocarburo hasta llegar a las formas más complejas de contaminación política.

En segundo lugar, esta obra se entiende mejor si la leemos junto a La guerra de Galio y La conspiración de la fortuna . Esta trilogía facilita el entendimiento de la formación del poder político en México, no solo porque presentan un amplio mosaico de personajes que quieren intervenir en la vida pública como reconocimiento vital de su poderío, sino también porque el poder en México, parece decirnos Aguilar Camín, es una empresa que fagocita a sus participantes. De una u otra forma sus personajes son reyes en desgracia, caídos sempiternos que se abalanzan a una redención instrumental: la de verse redimidos por la Historia, la cruz de sus sacrificios.

En Morir en el Golfo, Aguilar Camín presenta la historia del conflicto por unas tierras preñadas de petróleo en donde dos personajes —pertenecientes al sistema político mexicano— lucharán por obtenerlas. Por un lado tenemos a Lázaro Pizarro, un líder sindical que ofrece dádivas al por mayor y que ha creado, en Veracruz, una especie de Edén sindical en donde ejerce la razón del faraón. Lázaro Pizarro es un personaje extraordinario en la literatura mexicana porque, a pesar de su poder, no se embriaga en él, sino que lo dosifica. Encuentra en la política un campo fértil de oportunidades que no hay que desperdiciar, entiende de jerarquías, confía en la elocuencia del lenguaje y es avispado como pocos en cuanto a los móviles de los hombres.

Del otro lado tenemos a un político, Francisco Rojano, presidente municipal de Chicontepec, y a su esposa, una mujer sagaz, inteligente y talentosa: Anabela Guillaumín de Rojano. El narrador protagonista de la historia, un periodista llamado el Negro, registrará, paso a paso, la cruenta lucha entre estos dos polos del poder. El petróleo, en esta novela, se muestra por los resultados que genera: grandes obras que ayudan a uno u a otro, grandes pasiones que terminan por derrumbar a los protagonistas; el petróleo como un fantasma negro en un cuarto oscuro al que es difícil atrapar. En esta novela el lector verá la ristra de capellanes enfrascados en la lucha por las tierras en Chicontepec. ¿Qué es lo que hay en juego? Nada más y nada menos que “el más ambicioso complejo de explotación petrolera y petroquímica de América”.6

El petróleo se convierte en el sueño intranquilo de estos dos políticos: estamos ante un juego del lenguaje, de las apariencias, de biombos que esconden sombras informes detrás de ellos. Morir en el Golfo es una novela sobre nuestra insuficiencia: tanto Francisco Rojano como Lázaro Pizarro son dos peones más dentro de un drama mucho mayor: aquel de nuestras caídas más estrepitosas, que van desde el amor inmarcesible y platónico hasta el napalm que estamos dispuestos a echarle a nuestros enemigos.

La cabeza de la hidra o la farsa del petróleo

Si Morir en el Golfo es una novela que propone leer el poder y el capital que provienen del petróleo desde una clave realista y con consecuencias palpables en el mundo, Carlos Fuentes decidió —quizá por esa manía de abarcarlo todo— hacer una especie de teatro ecuménico alrededor del petróleo como tragicomedia: surrealismo político aderezado con chilaquiles, facsímil de thriller de maíz, teatro político con rictus de hombre enchilado.

Es decir: una historia muy mexicana que posee visos de conspiración internacional, pues el protagonista, Félix Maldonado, oscuro burócrata, Jefe de Análisis de Precios de la Secretaría de Fomento Industrial, se ve envuelto en una intriga internacional cuyo eje es el petróleo mexicano. Desde que Maldonado, al principio de la novela, llega a su oficina, nadie parece conocerlo: ni su secretaria, ni el del ascensor, ni el que le escribe sus cheques. Pronto, el lector se dará cuenta que el Director General, su secretario particular, la esposa de este, el Profesor Bernstein —que fue su maestro— y una constelación de personajes intervendrán para poder explicarle al pobre Maldonado lo que sucede a su alrededor.

Desde mi punto de vista, La cabeza de la hidra, a pesar de poner en su centro al petróleo mexicano, sirve para apuntalar su tragedia: la corrupción, las rencillas por el poder, la mala distribución de las riquezas que genera. Carlos Fuentes convierte el diálogo en misterio perpetuo, en donde las palabras poseen un doble fondo gris, que puede ser entendido de muchas maneras, dependiendo de la gaveta que el lector pretenda abrir. Se clausuran, así, las formas inteligibles de entender lo que representa nuestro petróleo: ¿entiende Félix Maldonado la totalidad de la conjura en la que se ve envuelto? ¿Hay que leer esta novela como una esperanza fracturada respecto a las posibilidades de México de convertirse en potencia o como un suicidio nacional anunciado?

Los personajes, al contrario de los de Aguilar Camín, surcan caminos sugeridos por fuerzas que no pueden entender. En Morir en el Golfo los personajes recorren plazas que, de alguna forma u otra, pueden más o menos controlar: Lázaro Pizarro desde el Edén reconvertido; Francisco Rojano desde la ambición de Ícaro; el Negro desde el periodismo como verdad; Anabela como la titiritera del destino. En La cabeza de la hidra, en cambio, Félix Maldonado, Sara Klein —un amor platónico del protagonista—, el Profesor Bernstein e incluso el Director General, parecen moverse a partir de la fatalidad que los une: una conspiración internacional en donde ellos avistan sus propios abismos de timidez y mediocridad. La novela funciona porque la leemos como la multiplicación irracional de promesas que el petróleo trae consigo. Tal vez por eso Carlos Fuentes concluye esta novela en una nota alta, es decir, invocando a la Historia. Un final precioso, desde mi punto de vista, estéticamente pulido, la promesa de una muñeca que le transfiere a la pluma propiedades mágicas:

Como la hidra, el petróleo renace multiplicado de una sola cabeza cortada. Semen oscuro de una tierra de esperanzas y traiciones parejas, fecunda los reinos de la Malinche bajo las voces mudas de los astros y sus presagios nocturnos.7

¿Qué tiene que ver Félix Maldonado y su pequeñez histórica con la fuente primigenia de nuestro supuesto poder, el petróleo mexicano? ¿Qué hace un oscuro burócrata de la Secretaría de Fomento Industrial cuyo mayor deseo, antes de su catástrofe, era saludar de mano al Señor Presidente frente a la figura portentosa de la Malinche, angustia cerrada de generaciones enteras de mexicanos? Quizá la lección de esta novela yazca, precisamente, en las profundidades: en que Carlos Fuentes entendió que prever el fracaso de la promesa del petróleo a través de la tragicomedia funcionaba perfectamente en un país entregado a ella.

El desabasto de gasolina nos recuerda que la memoria del petróleo sigue generando álbumes familiares que tendremos que registrar en el recuerdo: las ansias fugitivas de un tesoro geológico crónico y misterioso.

 

Guillermo Fajardo
Doctorando en Literatura Hispanoamericana por la Universidad de Minnesota-Twin Cities. Autor de Los discursos presidenciales (Editorial de Otro Tipo, 2017).


1 Salvador Novo, La estatua de sal, Fondo de Cultura Económica, 2008, p. 118.

2 Gustavo Jiménez Aguirre, Crónica, núm. 2, p. 114.

3 Edith Negrín, “Morir en el golfo, novela mexicana del petróleo, de Héctor Aguilar Camín o la verdad sospechosa”, Actas del XIV Congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas: New York, 16-21 de Julio de 2001 / coord. por Isaías LernerRoberto NivalAlejandro Alonso, Vol. 4, 2004 (Literatura hispanoamericana), p. 483.

4 Ibid.

5 Ibid.

6 Héctor Aguilar Camín, Morir en el golfo, Ediciones Cal y Arena, 2014, p. 135-136.

7 Carlos Fuentes, La cabeza de la hidra, Alfaguara, 2007, p. 445.

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Cal y arena relanza tres novelas de Héctor Aguilar Camín (Chetumal, 1946) —Morir en el golfo, Un soplo en el río y La guerra de Galio—, acontecimiento que marca el retorno del escritor a la editorial que lo proyectó como autor de ficción. Con este motivo rescatamos un ensayo de Carlos Fuentes sobre La guerra de Galio publicado en las páginas de esta revista en octubre de 1991.


la-guerra-de-galio

Tuve la fortuna de leer la última novela de Héctor Aguilar Camín, La guerra de Galio, al mismo tiempo que revisaba el libro de Franco Ferrucci, The Poetics of Disguise. La novela de Aguilar Camín lleva varios meses a la cabeza de los libros de mayor venta en México. Muchos lectores y comentaristas atribuyen este gran éxito a la aparición en sus páginas, como personajes centrales y secundarios, de un buen número de figuras de la vida pública en México.

Los personajes son fácilmente identificables. La situación también lo es: las guerrillas de los años 70; la pugna entre el poder y la prensa hace 15 años. El segundo tema lo habría tratado ya, como reportaje verista, uno de nuestros más destacados y versátiles escritores, Vicente Leñero. ¿Era necesaria, entonces, esta novela de Aguilar Camín?, se preguntan algunos críticos. ¿Posee otro interés que no sea el muy morboso de identificar a los personajes?

Mis respuestas, en ambos casos, son afirmativas. La novela en clave entraña sus propios riesgos y Aguilar Camín los ha corrido, aunque un epígrafe del autor advierta que “Todos los personajes de esta novela, incluyendo a los reales, son imaginarios”. Lo mismo pudieron decir Aldous Huxley, que en Contrapunto hizo desfilar a la fauna literaria y política de la Inglaterra de la primera posguerra; o Simone de Beauvoir, que en Los mandarines hizo otro tanto por los cenáculos parisinos de la segunda posguerra. Pero Aguilar Camín no ha hecho una profesión del misterio, como Roger Peyrefitte en sus novelas.

Más bien, se acerca a un modelo ilustre, el de La Bruyère, cuyos Caracteres, en el siglo XVII, causaron sensación, más que por la extraordinaria calidad de la escritura y de las ideas, por la sucesión de claves sobre personajes de la época. Las correspondencias entre los personajes literarios y los modelos de la vida real fueron anotadas en los márgenes de los ejemplares para venderlos mejor. Al cabo se publicó una clave para leer Los caracteres. De esta manera el lector podía leer a La Bruyére con un librito de compañía explicándole quién era quién. Quizás Héctor Aguilar Camín termine por hacer lo mismo. Aunque su espíritu lúdico podría llevarle a atribuir a sus personajes identidades distintas de las que les otorga la vox populi.

Pero si dentro de 50 o 100 años se sigue leyendo La guerra de Galio (y yo apuesto, otra vez, por la afirmativa) ya no será por curiosidad acerca de si en ella aparecen Fulano o Mengano, sino por los valores que hacen de esta una novela necesaria. Pues si el autor, con pleno derecho, disfraza a sus modelos para hacerlos “imaginarios”, el verdadero disfraz de la obra está en ella misma, en su interior, en su razón de ser y en su verdad más íntima.

Aquí es donde mi lectura de Ferrucci resultó oportuna y coincidente. El profesor de Rutgers alega que toda obra literaria tiene su autobiografía. Ferrucci nos obliga a entender que existe una autobiografía de la obra, distinta de la autobiografía del autor y, por supuesto, de la biografía de los personajes.

Una novela, por ejemplo, crea su propia biografía en el momento en que se separa de sus modelos, en la realidad o en la literatura, y crea su propia realidad y su propia literatura (al cabo la misma cosa). Cervantes, digamos, derrota el modelo de las novelas de caballería. Dostoievski derrota el modelo de las novelas por entrega. Pero al mismo tiempo, el autor disfraza el modelo que le sirve para crear una nueva obra con estrategias simbólicas. Siempre es más fácil juzgar lo que un novelista deja atrás, que adivinar el horizonte que abre. Y raro es el novelista que, como Laurence Sterne, hace evidente, en las palabras de Schlovsky, el entramado y la técnica de su obra.

Más cercano a Dostoievski que a Sterne, Aguilar Camín participa, sin embargo, del universo gestual, gestante, de nuestro padre Homero. En La Odisea, advierte Ferrucci, podemos observar cómo se hace la obra, cómo se gesta, cómo se hace la autobiografía del poema. Pero esa verdad se basa en un engaño. La Odisea es la historia de un hombre que debe disfrazarse para obtener lo que quiere: el regreso a Ítaca. Ante el gigante Polifemo el héroe, para escapar disfrazado, declara que es Nadie. Pero sólo Nadie puede llegar a ser Alguien. Disfrazado, Ulises viaja capturado, al mismo tiempo, por un pasado colectivo, arquetípico, que lo identifica demasiado. Éste es el pasado que compartió con Héctor y Aquiles. Pero ellos no regresaron.

El regreso de Ulises es una violación del pasado porque la tragedia es violada. Esta vez, el regreso a la ciudad tiene un final feliz. Ulises no es Agamenón. Y Ulises regresa sólo porque se disfraza. Nadie se vuelve Alguien.

Mediante esta estrategia, Homero nos permite ver la obra en el momento de hacerse. Mediante el disfraz, la mentira, el poeta nos brinda acceso a la autobiografía del poema.

Cito la autobiografía de La Odisea analizada por Franco Ferrucci como una recomendación para la lectura de La guerra de Galio. Atribuyo a Héctor Aguilar Camín, uno de los más inteligentes escritores mexicanos de la generación —20 años menos— que sigue a la mía, talento de sobra para presentar una biografía aparente de su novela, que engolosine y distraiga a muchos críticos y lectores, permitiendo a la obra que se construya disfrazada.

Pero detrás del disfraz del roman-a-clef, hay una verdad y la de esta novela es que es un canto sobre los desperdicios, un poema desde los sótanos de la existencia de eso que Adorno llamó humanidad dañada. Igual que Adorno, Aguilar mira de frente el daño humano, pero se niega y nos niega cualquier impulso romántico al retorno prístino, a la restauración de la unidad perdida. No soportaríamos un mundo justo, nos dicen Adorno y Aguilar.

En cambio, podemos ir hacia delante con la conciencia crítica de que, si hemos de crear valores, los encontraremos en la ausencia de unidad, en la diversidad, en eso que Bajtin celebraba como la fuerza centrífuga y sus manifestaciones novelísticas: “La diversidad y conflicto de lenguajes, la novela como arena de lucha y encuentro de civilizaciones, tiempos, ideas y no sólo de personajes”.

El tiempo y el lugar de ese encuentro en La guerra de Galio es la historia y es México. Entre la picaresca y el melodrama, entre Lizardi y Revueltas, entre Payno y Azuela, entre Guzmán y Del Paso, la literatura mexicana ha dado obras que trascienden e incluso corroen los modelos de unidad que han constituido los disfraces de la legitimación en nuestro país. La virtud de La guerra de Galio es que deslinda y distingue con una claridad deslumbrante, aunque en una atmósfera turbia, las pasiones y posiciones reales del disfraz político. En este rincón, el tomismo medieval. En éste, la ilustración dieciochesca. El réferi se llama la modernidad. Pero debajo del ring esperan, inquietos, gruñentes, los salvajes, los bárbaros, los caníbales…

País tomista en un sentido, México siempre le ha dado a la unidad y a la autoridad central que lo representa el poder necesario para obtener el bien común, que es el objetivo supremo de la política escolástica. La guerra de Galio no sólo demuestra esto, sino que lo encarna dramáticamente en el combate de dos élites: el gobierno y la prensa, la República y La república. Entre ambos se establece “un correo interno de la élite del país”, en el que las palabras son la realidad. Periodismo de declaraciones, más que de hechos, corresponsivo con una política de declaraciones también y de hechos que no coinciden con las palabras. No es de extrañar que los personajes, sobre todo Galio, se envenenen hablando; las palabras son su vicio, su compulsión, su única prueba de, y similitud con el poder.

Pero si las palabras de la élite intelectual se agotan en sí mismas, las del poder pueden convertirse en actos a pesar de que, o precisamente porque, contradicen a las palabras. Todo el debate gira en torno a esa pregunta: ¿Qué clase de actos políticos darán cuenta de nuestras palabras? ¿Continuaremos los mexicanos, como lo vio claramente el historiador inglés David Brading, imponiendo un proyecto liberal, ilustrado, comprometido (en el sentido de compromiso entre muchas partes) a “un país construido en la tradición inversa”, que es sacralizante, conservadora, intolerante, hija al cabo de Moctezuma y Felipe II? ¿O abandonaremos el compromiso liberal, hecho por partes iguales de concesiones, autoengaños y aufklarung, para descender a “ese horror que ustedes no sospechan”: un caos criminal, subterráneo, nuevamente sacrificial, comparable casi al primer grito y a la primera cuchillada?

La guerra de Galio es la historia de un duelo entre las dos élites de México: la oficial y la crítica. Por supuesto, el país no se agota allí. El “misterio liberal” al que alude Brading nunca ha querido darle su oportunidad a la sociedad posible, alternativa. Se teme al “México bronco”, al “tigre desatado”.

La sociedad alternativa se hizo presente en dos de las facciones de la revolución mexicana: las de Pancho Villa y Emiliano Zapata. El aura de Zapata es la de haber logrado hacer realidad, por un breve tiempo, la sociedad alternativa, local, basada en la cultura del autogobierno.

En La guerra de Galio los jóvenes guerrilleros de clase media abandonan sus hogares, sus estudios, sus ciudades, para darle otra oportunidad a la revolución perdida. La pregunta crítica es la siguiente: ¿Qué impediría que, si llegaran al poder, las guerrillas impusieran su ideología como una nueva élite movida por la razón histórica y el bien común?

Todos estos peligros se han hecho palpables en la América del Sur. El polpotismo delirante de Sendero Luminoso en Perú es otra cara de la barbarie de las dictaduras torturantes de Videla y Pinochet. Entre la escolástica de la derecha y de la izquierda, el poder moderno en México se ha presentado como una opción liberal imperfecta, perfectible, y en todo caso viable, cuya ilustración depende de dos cosas: admitir la crítica, pero no soltar el poder. Federico de Prusia y Catalina la Grande se hubiesen sentido a gusto en México a partir de 1920; Voltaire y Diderot también. Tom Paine, jamás.

¿En qué medida ha logrado el poder en México no sólo apropiarse de, sino identificarse con las claves profundas de las clases pensantes del país? Wilhelm Reich atribuye al nacionalsocialismo el éxito de haber comprendido y secuestrado la cultura de Alemania, mientras los comunistas y los socialistas hablaban de infraestructuras económicas y le abandonaban la “superestructura” cultural a Hitler.

La novela de Aguilar Camín se debate, se agita y se sufre al nivel de esa “superestructura” que, como lo está revelando todos los días la historia actual, es la verdadera “infraestructura” de la sociedad. Si Marx puso de cabeza a Hegel, ahora Nietzsche ha puesto de cabeza a Marx. Pero los personajes de Aguilar Camín, producto de la interpretación dominante a partir de Hegel, aún no lo saben. Quisieran el poder para cambiar la “infraestructura” económica. No saben usar el poder de la cultura. Ni siquiera saben que ya lo tienen porque actúan, o pueden actuar, en la “superestructura” cultural.

De allí la confusión, la amargura, la derrota de los Galio y de los Sala, los Santoyo y sobre todo el protagonista, ese “desperdicio llamado Vigil”, el historiador convertido en periodista. La verdad es que todos los mexicanos hemos vivido por lo menos una parte de esta Guerra de Galio. Todos conocemos a los hombres brillantes que dejaron el talento en la charla de café, la borrachera, la política fraguada entre el burdel y la cantina, la comelitona y la antesala del señor ministro. Todos conocemos a las mujeres que perdieron el amor porque el amor fue el desperdicio máximo de todas estas generaciones desperdiciadas.

Todos sonreímos y nos encogemos de hombros al reconocernos en esta cultura del cubalibre y del bolero. Aguilar Camín ha vivido y escrito todo esto por nosotros. De allí la admiración y la gratitud de muchos lectores. Estas biografías laceradas son, o pudieron ser, las nuestras; su baño amniótico es el desgaste, el asco. Más que la novela de Sartre, ésta de Aguilar merece el título de La náusea.

No oculto, pues, la desazón y las rasgaduras que produce la lectura de este libro. Pero criticar al autor porque aquí no hay amor es negar la razón de ser de este libro: aquí no puede haber amor, porque el amor es la primera víctima del mundo de Galio.

Pero si no puede haber amor, ¿puede haber democracia?

Nadie, ni en México ni en ninguna parte del mundo quiere perder esa doble esperanza, la democracia y el amor, la felicidad política y la felicidad amorosa. Intentamos el amor, aunque fracasemos. Intentamos la democracia, aunque una y otra vez el esquema autoritario —ilustrado a veces, otras represivo— se imponga al cabo. Y sin embargo, sin prejuzgar la buena fe de nadie, puede decirse que casi no existe un intelectual mexicano (me incluyo en ello) que en un momento de su vida no se haya acercado al poder, confiado de que podía colaborar para cambiar las cosas, impedir lo peor, salvar lo salvable.

Galio es el ejemplo más atroz del posible cinismo de este empeño. Vigil mismo, el ejemplo mejor de una entrega esperanzada a la vida pública. Ambos fracasan. Ignoran que en México (ésta es la lógica del poder) todo ocurre una sola vez y para siempre, aunque se repita (casi ritualmente) en mil ocasiones. Bastó una reforma agraria, aunque fracasase, para que no hubiera dos. Bastó una matanza de Tlatelolco para no repetir el error. Bastó un fracaso electoral en 1988 para que eso no ocurra nunca más. Basta, en otras palabras, una revolución mexicana para que no haya, nunca, otra.

Tal es el desafío del poder. ¿Lo recogerá una sociedad civil en gestación, a ratos enérgica, a ratos exhausta? ¿Triunfará al cabo una democracia mexicana más amplia y representativa, capaz de la, hasta ahora, imposible alternancia en el poder? ¿Triunfará el compromiso liberal? ¿O triunfarán la pistolerización, la impunidad, el sótano?

Asomado al abismo del horror, lo que Rómulo Gallegos llamó “la violencia impune”, Héctor Aguilar Camín encuentra en su propia crítica un motivo de aliento. La autobiografía de la novela se convierte en la autobiografía del tema de la novela —México, su política, su sociedad— cuando el autor nos habla de “la trágica generosidad de la vida mexicana, su enorme capacidad de dispendio humano y de resistencia… no sé qué fatalidad estoica, maestra de la vida dura e injusta, impasible como el tiempo, severa y caprichosa como él, matrona de la adversidad y de la lucha incesante, costosísima, por la plenitud de la vida”.

Aguilar Camín, como Odiseo, ha viajado capturado por un pasado colectivo, arquetípico. Pero al escribirlo, ha violado sus códigos, ha traicionado a su mundo, lo ha abierto a su propia verdad, ha revelado sus secretos: sólo podemos ser algo a partir de la nada aquí descrita; sólo podemos ser algo mejor a partir de este horror que aquí les muestro; la medida de nuestra salvación está en la energía de nuestra degradación.

No sé si ésta es, al cabo, la respuesta de una cultura cristiana, pero no de un cristianismo beato sino de ese cristianismo trágico, de opciones difíciles, que entre nosotros prefiguró José Lezama Lima. ¿Es La guerra de Galio, secretamente, un gran oratorio religioso, una misa degradada en la que ofician Santo Tomás, Voltaire y Al Capone?

El mundo actual nos exige ver de frente cuanto hemos sido sin engaño. Pero para poder conocer la verdad, no hay camino más seguro que una mentira llamada novela. Quizás el secreto de esta gran novela de Héctor Aguilar Camín es el de una cultura trágica como parte indispensable de la modernidad. No me atrevo a jurarlo. El escritor, por serlo, se ha guardado muy bien de revelarnos la autobiografía de su obra. No está la clave de ella en la clave de los personajes, sino en esa parte de mentira que siempre es la verdad de una novela.

Carlos Fuentes
Fue uno de los escritores más destacados del país. La región más transparente, La muerte de Artemio Cruz y Cristóbal Nonato son algunas de sus novelas.

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1. Fuentes es un joven de prepa que leyó una mañana de 1972, publicada en el suplemento La Cultura en México de la revista Siempre!, la narración de Fuentes que era en realidad un puñado de poemas en prosa bajo el título general de Nowhere (“He fornicado con el demonio”, decía una mujer al final de uno de ellos); joven que aquella tarde escribió imantado por lo que había leído unos textos en esa misma vena de Fuentes, para publicarlos al otro día en el periódico mural de la prepa.

2. Fuentes es uno de los grandes libros de Fuentes: la selección de su obra titulada Cuerpos y ofrendas (1972) donde los poemas de Nowhere cerraban el volumen y luego serían parte de la novela Terra Nostra; Fuentes es recordar de ese libro una de las frases sobre él de Octavio Paz en el prólogo, “es un combatiente en las fronteras del lenguaje”, y haber acotado al margen “y en las fronteras de sí mismo”.

3. Fuentes es la cantidad de jóvenes que descubrieron en Aura la narración literaria en la segunda persona del singular (“Tú, Felipe Montero…”) y la imitaron de modo irresistible aunque al cabo impublicable.

4. Fuentes es haber subrayado cosas suyas como ésta: “En ocasiones me asaltaba el recuerdo de Rilke. La gran recompensa de la aventura de la juventud debe ser la muerte; jóvenes, debemos partir con todos nuestros secretos. Hoy, no tendría que volver la mirada a las ciudades de sal. ¿Cinco pesos? Dos de propina”. O ésta: “La luna les patinaba en las uñas, las uñas como joyas de tierra”.

5. Fuentes es su gran ensayo sobre Herman Melville, luego recogido en el libro Casa con dos puertas, como el portal inolvidable a la novela Moby Dick en la colección Nuestros clásicos de la UNAM.

6. Fuentes es haber leído y releído su poderosa invectiva contra el presidente Gustavo Díaz Ordaz en Tiempo mexicano: “…su venganza impune contra todos los años de mediocridad, humillación, lambisconería, y dietas de chilaquiles y tacos de nenepile…” Y repetirse  hasta la reiteración admirada lo que finalmente descubrimos como un verso alejandrino, un verso de 14 sílabas: dietas de chilaquiles y tacos de nenepile…

7. Fuentes es haber leído aquellas páginas suyas alusivas a la más mentada de las palabras nacionales y ver con azoro cómo le había puesto casa-verbo a La Chingada.

8. Fuentes es, para alguien que deseaba escribir poemas, la descarga de emoción cada vez que en sus novelas aparecían poetas y citas de poemas como el de Pellicer en La región más transparente y el de Paz en Cambio de piel.

9. Fuentes es aquel capítulo de La región sobre la escapada por entre basurales de Gervasio Pola y los otros zapatistas, y su fusilamiento final, y las palabras del comandante al pelotón después de tener que darles él mismo el tiro de gracia a los fusilados: “–A ver si aprenden ya a matarlos con la pura descarga–. Y se fue, mirándose las líneas de la mano”.

10. Fuentes es haber repetido como un conjuro las últimas palabras de la bruja: “la haremos volver, deja que junte fuerzas, Felipe, y la haré regresar”, con que termina Aura, y con uno repitiéndolas al final de la primera lectura como para no acabar el libro, y luego recordándolas por el resto de la vida puesto que nunca se ha acabado Aura.

11. Fuentes es haber memorizado el epígrafe del Arcipreste de Hita en la entrada de su libro de cuentos Cantar de ciegos, los ciegos menesterosos que piden caridad:

Si de vos non lo habemos,

otro algo non tenemos

con que nos desayunar:

non lo podemos ganar,

con estos cuerpos lazrados,

pobres, ciegos e cuitados.

Y es aquel recado hipnótico de la niña Amilamia en el mismo libro: “Busca a tu amigita como te lo divujo”. Y es la súplica terminante de la madre de Amilamia a este personaje de “La muñeca reina”, años después : “No la busque, señor, si la quiere no la busque”.

12. Fuentes es Carlos Fuentes cruzando con celeridad atlética un cementerio de Londres, seguido con torpeza marchista y respiración agitada por José María Pérez Gay, Rafael Pérez Gay y yo, que agradecemos sus altos para tomar nosotros aliento cuando él se detiene a leer el nombre de alguna de las lápidas y nos revela: “No sólo Juan Rulfo tenía la costumbre de visitar cementerios y encontrar en ellos nombres para sus personajes; muchos años antes de Rulfo lo hacía Henry James, y lo hacía en este mismo cementerio en el que estamos”. Media hora después en un restaurant de comida italiana, Fuentes nos refiere la insuperable anécdota de una vez en que asiste con un grupo de escritores a un burdel en Veracruz. En cuanto entran Fernando Benítez les dice a las muchachas del burdel que los deben atender bien porque el escritor Agustín Yáñez que va con ellos–imaginemos a Yáñez con su rostro de hierático ídolo prehispánico, morenísimo y con nariz de arado—es el obispo de Papantla, y las muchachas acuden raudas y en sucesivas genuflexiones a besarle la mano. Fuentes es entonces una agradable y contagiosa carcajada.

Luis Miguel Aguilar. Poeta, ensayista, autor de relatos.

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