Uno de los ejes centrales del proyecto de la Secretaría de Cultura serán los migrantes. ¿Bajo qué lógica se debe pensar esta categoría? ¿Cuáles son los riesgos y oportunidades que esta nueva política puede entrañar?

Una de las ideas más sugerentes dentro de los ejes de trabajo propuestos por la nueva Secretaria de Cultura es la relacionada con los migrantes. Aunque todavía no se ha definido con claridad qué universo humano incluye la idea de migración en este discurso, el hecho de que se incluya potencia un cambio muy significativo no solo respecto a lo que puede significar el trato a migrantes, sino a un acortamiento de la distancia de lo que a mi juicio es la falla fundamental no solo de la ley en México sino de las políticas migratorias en general: la distancia jurídica y normativa que separa los derechos humanos de los migrantes y la forma en que las legislaciones de los distintos países entienden las figuras de asilado, exiliado, refugiado político y migrante indocumentado.

Si algo caracteriza a este tipo de migración indocumentada así como a los desplazamientos forzados —además de la obvia urgencia por salvaguardar su vida— es una suerte de indefensión jurídico-política en torno a su origen, tránsito y destino. Contra lo que son las figuras más consistentes del exiliado y el asilado político, que en las legislaciones otorga al migrante un mínimo de reconocimiento como sujeto político, en el caso del refugiado éste solo tiene garantizado sus derechos humanos mínimos, mientras que el migrante indocumentado está sujeto al acto de “buena voluntad” de salvaguarda de su seguridad y su dignidad una vez que entra al país.

Me parece que la propuesta de la Secretaría de Cultura de implementar un eje de trabajo sobre cultura y migración no solo es pertinente, sino que abre interrogantes y perspectivas de trabajo a largo plazo, mismas que pueden convocar a distintos actores culturales y académicos a pensar propuestas en torno a una problemática que no se resuelve por las políticas reactivas ante un fenómeno cada vez de mayores alcances y con distintos efectos sociales, económicos y políticos. Pero también abre interrogantes relacionadas al modo en que la cultura, y en especial cierta práctica artística contemporánea en México, está abordando o pudiera abordar el fenómeno migratorio.

Si bien la primera obligación de un Estado debiera ser para con sus ciudadanos, la dinámica global de las movilizaciones de población cuestiona la idea misma de Estado tal y como se concibió desde finales del siglo XIX, y con ello pone en duda el modo en que, desde el marco político de los llamados Estados modernos nacionales, se pensó la migración. Justo en el punto donde la contradicción del modelo global de capital produjo una desproporción de flujo entre mercancía y trabajo, en ese punto produjo también una fractura en el habitus, el ethos y el locus de la vida de los individuos; es decir, en la forma de vida de los sujetos y su pertenencia a un entorno definido por la relación entre trabajo, territorio-nación y ley. Ruptura que ha traído consecuencias terribles, ya sea porque la fragilidad de esta situación de vida vuelve absolutamente vulnerable a los sujetos en situación de desplazamiento forzado y/o migración indocumentada; ya sea porque las soluciones implementadas por las políticas de los Estados son reactivas y producen lugares donde solo se administra la crisis (comedores, campamentos, refugios).

En este contexto, una política cultural como la que ha enunciado la Secretaría de Cultura sería francamente pertinente en la medida en que pueda perfilar sus conceptos y sus acciones desde una perspectiva que por principio asuma la fractura entre habitus, ethos y locus,fractura que, cada vez más, configura las formas y las lógicas de los flujos migratorios contemporáneos a nivel global. México ya no solo es un país expulsor sino un receptor importante de migrantes. En este contexto, las formas de emigración e inmigración de connacionales y extranjeros, al interior de nuestro país, plantean preguntas respecto a lo que pudiera ser una política que busca atender las relaciones entre cultura y migración: ¿Qué impactos tiene, por ejemplo, pensar la migración de ida y vuelta en la construcción de deseos sociales e imaginarios culturales? ¿Cuáles son las lógicas de interrelación de distintos grupos de migrantes consigo mismos y con las sociedades rurales, urbanas o en los llamados corredores industriales y comerciales donde se insertan y desarrollan? ¿De qué manera se configuran el habitus y el ethos de un espacio vital, existencial y social compartido a la hora de pensar una configuración compleja de individuos, tradiciones y nuevas formaciones culturales francamente diferenciadas respecto a lo que suele definirse como pertenencia o identidad? ¿Cómo pensar una política cultural a partir de la movilización y el desplazamiento como condición de experiencia humana, condición que define el carácter mismo de la migración? Habría que tener en cuenta que el habitus, el ethos y el locus del migrante es inestable, complejo y múltiple, por lo que una política cultural orientada a este tipo de comportamiento social y político deber partir del hecho de que la construcción de comunidad no puede ser reducida a formas simbólicas estáticas ni a ethos vitales y existenciales cerrados.

A partir de ello se hace necesario pensar que el lugar y la pertenencia no se define necesariamente por la identidad, la tradición o la lengua, sino por formas de intercambio social configuradas por variables relacionadas más con el presente y la acción de los sujetos en el espacio, y con la indiferencia cada vez mayor de los migrantes de realizar una acción afirmativa en torno a su identidad a cambio de la urgencia cada vez mayor de configurar demandas sociales y políticas de reconocimiento en el espacio social y vital donde se habita. Es decir, demandas configuradas a partir de una cierta relación sensible (estética) donde el espacio (ciudad, lugar, casa), el tiempo (memoria, tradición, relato) y la imaginación (deseo, fantasía, miedo), a cada momento renegocia su modo de existencia en relación con una situación que no se explica solo por el arraigo y la tradición. Algo que por lo demás no solo aplica en los migrantes mexicanos que viajan a Estados Unidos como destino fundamental, sino también a todos esos “otros” que llegan a nuestro país y que cada vez más deciden residir en suelo mexicano por las razones que sean.

Es pertinente, en primer término, observar, en el contexto de la crisis del modelo global y globalizador de desarrollo, que los desplazamientos poblacionales en el mundo ya no pueden ser considerados únicamente desde las perspectivas entusiastas y utópicas de la diversidad cultural, ni tampoco como una catástrofe social que pone en riesgo las soberanías nacionales. Antes bien habría que hacerse cargo de la contradicción que hoy produce el fenómeno migratorio. ¿Cómo reconfigurar un sentido de las subjetividades culturales cuando la tendencia general, en buena parte del discurso hegemónico, suele reinstalar la equivalencia entre migrante y enemigo? Una segunda consideración, de orden estructural, es que hoy los desplazamientos, en términos generales, son producto de condiciones precarias de vida o de precarización de la existencia, esto es: son producidas por una pérdida de expectativa de futuro de vida en los individuos. En otras palabras, tras la migración de buena parte de las poblaciones mundiales existe la demanda no solo de no morir, sino también de aspirar a una buena vida, según la fórmula de Hannah Arendt.

Ante esta condición, ¿qué puede o qué deben hacer el arte y la cultura? En realidad, no creo que deban hacer nada. No es competencia de la creación estética dictar ningún deber ser respecto de algo. En cambio, pienso que si algo caracteriza el carácter estético de la existencia es una cierta voluntad de poder. De acuerdo a ello, primero, es importante preguntarse por las formas espacio-temporales (en el sentido kantiano y foucaultiano) de existencia que la migración configura como condición de experiencia sensible y cómo esto construye lugar. Segundo, habría que imaginar estrategias artísticas que hagan visibles las condiciones de existencia, diferentes y diferenciadas, de las migraciones, máxime cuando dichas condiciones, por su precariedad y vulnerabilidad, demandan el derecho al presente social, vital e histórico de los individuos. Tercero, habría que profundizar en prácticas artísticas que produzcan el encuentro de los cuerpos en el espacio como acción fundante y  de existencia en común como principio de sociabilidad, según la formulación de filósofo francés Jean-Luc Nancy. A partir de esto quizá se pueda trazar un análisis más complejo respecto a la relación entre cultura, migración y derechos humanos.

La contemporaneidad de una práctica artística está relacionada con la capacidad de capturar condiciones de lo sensible (lo estético) para configurar distintos registros vitales, sociales, políticos y existenciales que hagan posible tener una experiencia y un sentido compartido del presente histórico. Valga esta afirmación universalista para poner en perspectiva lo que a mi parecer es la pregunta que me plantea la idea de “la acción cultural como un eje para la política de apoyo a migrantes” que propone la secretaría. Justo cuando la migración hoy en día ya no puede ser leída como una pérdida de la identidad y del sentido de pertenencia, cuando la tradición y la reificación del pasado histórico se vuelcan cada vez más al olvido, pero sobre todo, cuando las migraciones y los desplazamientos hoy aparecen como un límite que pone en crisis los modelos de mercado, nación, soberanía, territorio, y a cambio irrumpe una condición de los cuerpos desplazándose en el espacio, un poco a la deriva y un poco hacia la muerte, sería importante que una política cultural sobre la migración se hiciera las siguientes preguntas: ¿Qué potencia artística se configura en el universo de los desplazamientos y las diásporas contemporáneas tal y como las estamos viviendo, toda vez que los conceptos de Estado nación e identidad cultural pueden ser una limitación para la construcción plural y democrática de las sociedades en el siglo XXI? ¿Qué nuevas formaciones de reconocimiento intersubjetivo se construyen en el contexto de la modernidad globalizada en la que nuestro país se encuentra inscrita? ¿Cómo cuestionan las expresiones culturales de estos desplazamientos lo que tradicionalmente la política cultural entiende por estética, arte, cultura, patrimonio, historia?

Si en los procesos migratorios contemporáneos las formas del espacio y el tiempo son inestables e intercambiables, quizá habría que pensar que la función de la cultura y el arte ante esta situación tiene que ver con la pregunta de cómo se construye la memoria más allá del territorio y de su mera dimensión de pasado, y cómo se construye el lugar más allá de la comunidad mítica y originaria. En todo caso estoy convencido de que una de las apuestas más audaces que puedo leer en los ejes de la política cultural del actual gobierno sin duda es la que relaciona cultura y migración. Sus riegos: no reificar la identidad y victimizar al migrante; su oportunidad: cifrar esta política en el presente y no en el pasado. Acaso por ello, es justo el momento en que vale la pena cambiar la perspectiva de la pregunta sobre la relación entre migración y cultura: no se trata de saber qué arroja el pasado sobre la identidad y la historia de los migrantes como principio de cohesión social; más bien se trata de preguntarnos qué de/en los deseos de los migrantes puede ser un campo fértil para pensar y promover formas de vida digna.

Lo que no podemos dejar de tener en cuenta es que el complejo fenómeno migratorio contemporáneo es una consecuencia directa de las promesas fallidas del modelo neoliberal de desarrollo, y que una izquierda que se quiera pensar desde la contemporaneidad está obligada a reflexionar sobre cuáles son las relaciones de los cuerpos desplazándose a través de los territorios en búsqueda del derecho fundamental a una buena vida, y el modo en que estos desplazamientos definen condiciones de experiencia sensible (afectos, emociones, deseos) y configuran nuevos órdenes simbólicos y narrativos; algo que sin duda obliga a repensar qué significa cultura en este contexto, una respuesta que quizá se encuentre en buena parte de las prácticas del arte contemporáneo.  

 

José Luis Barrios
Filósofo, crítico de arte y curador.

 

*Para quien quiera profundizar sobre el tema le recomiendo visite la página: www.estudioscriticosdelacultura.com del proyecto de investigación Cuerpo, diáspora y exclusión, y la revista nierika no. 15 http://revistas.ibero.mx/arte/ (Universidad Iberoamericana, México-Tijuana).

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Que el cine baile. Que el ojo le dé vuelo a la hilacha. Que se rindan honores a quien honores merece. Hace un año, cuando vi por primera vez Pina (Wim Wenders, 2011), en una cara sala cinematográfica londinense (me costó algo así como entrar tres veces a una de Cinépolis o Cinemex), quedé profundamente conmovido por el homenaje que el cineasta alemán había conseguido de su compatriota Pina Bausch, la inmortal bailarina y coreógrafa. Quise volverla a ver en Madrid, a fines del año pasado, pero otros menesteres me lo impidieron. Se me fue, también, en las fugaces exhibiciones en festivales que tuvo en México antes de su corrida comercial que, me temo, no será longeva. Espero equivocarme.

Un año ha pasado, volví a verla, y mi asombro sigue incólume. El mejor filme que vi en el 2011. La reinvención del documental. Al menos, su puesta al día. La liberación de todo su potencial lírico. Todo el conocimiento visual de un artista –Wenders, mirón consumado– puesto al servicio del legado y la aportación de un personaje crucial a las artes escénicas del siglo XX. Pina es lección revisitable, testimonio, miríada (y mirada) de anécdotas, y movimiento, mucho movimiento.

Filme-objeto –así como se habla de libros-objeto– esta obra de amor del cineasta alemán se vale de la tercera dimensión (3D) para adentrarnos en el escenario, para colocarnos en el mero centro donde surgen todos los dramas, todas las historias, todo el movimiento. Wenders, también, nos muestra rostros y nos ofrece palabras; discursos, ambos, que confluyen en la recomposición generosa de la figura de Bausch. Sus colegas y alumnos comparten enseñanzas y recuerdos. Lenguas múltiples, una sola pasión: la danza.

Todo en Pina es visualmente poderoso. Como obra que tiene como referente a la danza, ésta no pude ser más que un arrebatador aplauso, sostenido, a los secretos y evidentes mecanismos del cuerpo humano. Y en cada situación están presentes las constantes en la obra de Bausch: el amor, la soledad, la memoria, la tristeza. Hay un justo regodeo a su “Café Müller”.

Locaciones insospechadas también son un acierto, una revelación, no solo las de espacio y geometría limpia, también las urbanas, las fabriles. Hombres y mujeres bailando a un costado de albercas olímpicas, en cruces viales, en minas, en un vagón del monorriel, en parques. Que se recuerde que la danza, esa que suele admirarse en silencio en salas solemnes, es sublimación extrema del bostezo, del coito, del andar, del abrazo, de la vida y la muerte. Prodigiosa maquinaria el cuerpo humano. Prodigiosa intérprete del mismo Pina Bausch. Wenders, amante del séptimo arte, articula un documento que es poema, drama, larga conversación.

Necesitamos los cuentos, las historias, las narraciones tradicionales –nos alimentamos todos los días, voraces, de ellas– pero siempre es refrescante que alguien nos recuerde el espíritu liberador y primigenio del cine –imágenes, movimiento, sonido– y nos permita observar la realidad de otra manera, sin coordenadas estrechas, sin muros, sin prohibiciones. –Jordi Torre

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