Portugal es el Invitado de Honor de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2018. De la delegación lusa destacan tres escritores disímiles pero que comparten un gesto primordial: escribir contra la muerte. Pareciera que António Lobo Antunes, José Luís Peixoto y Gonçalo M. Tavares se remiten a lo fúnebre como vehículo de sus narrativas.

António Lobo Antunes: como una ballena muerta

Fotografía: © Gonçalo Rosa da Silva/FIL

Tras estudiar Medicina, António Lobo Antunes (Lisboa, 1942) sirvió en el ejército portugués durante la guerra de Angola. Su experiencia durante ese periodo marcó su vida y su posterior carrera literaria. Tras su regreso a Lisboa y después de abandonar la profesión de psiquiatra, Lobo Antunes se dedicó de lleno a la escritura. La prestigiosa Bibliothèque de la Pléiade anunció que editará su obra completa. El autor escribe sobre la aflicción de la ausencia y la contigüidad de la muerte. En No es medianoche quien quiere Lobo Antunes  escribió: “y por momentos la idea de morir me aterró, la muerte era mucha gente a nuestro lado y tener que hablar susurrando / —¿Ya no se respeta a los muertos?”. Afirma que se juega la vida en los libros. Ahora anhela cumplir su más reciente objetivo: su trigésima novela, de tintes africanos.

Su obra es el auténtico reflejo de una existencia abrumada por el sufrimiento: “—Un día de estos acabo en la playa, devorado por los peces como una ballena muerta —me dijo él en la calle de la clínica mirando los edificios desvaídos y tristes de Campolide, los monogramas de servilleta de los carteles luminosos apagados, los restos de purpurina de las felices fiestas de los escaparates, un perro que escarbaba, en la mañana de enero, el montón de basura de un edificio demolido: caliza, polvo, pedazos de madera, trozos de ladrillo sin alma”, se lee en Acerca de los pájaros, su tercera novela.

La muerte de Carlos Gardel también está escrito desde la angustia: “señalando la pared que mi hermana y yo rechazábamos, e imaginé a otro hombre con las falanges rozando el suelo y respirando por medio de agallas eléctricas que le insuflaban aire en los pulmones muertos. Mi hermana repitió para no hablar conmigo, no compartir conmigo el terror que sentíamos”. Lobo Antunes profundiza en el alma humana hasta su oscura médula.

Con una estructura narrativa inspirada en la tauromaquia, ¿Qué caballos son aquellos que hacen sombra en el mar? contiene también a la muerte: “(¿será que también oía pensar a las personas?) / no el estorbo de hoy que desconozco el motivo por el que sigue aquí / (en cuanto muera mi madre corro con ella)”.

“Un criado indiferente barría sus restos clínicos hacia la fosa común de un cubo de basura abollado, farfullando baladas fúnebres de sepulturero”, escribió en Memoria de elefante, novela en la que un psiquiatra residente en Lisboa, cuya verdadera vocación es la escritura, narra partes de su vida.


José Luís Peixoto: la orfandad y la representación de sí mismo

Fotografía: © Patrícia Santos Pinto/FIL

La orfandad es explorada por José Luís Peixoto en el libro Te me moriste, también es expuesta a través del personaje Ilídio en Libro, en el contundente epígrafe de Ishiguro en El cementerio de pianos, en las voces de Antídoto: la de una mujer que recuerda los momentos de felicidad que compartió con su madre que ha muerto, y la de un hombre que también recuerda y ha perdido a su padre. Su primer libro, Te me moriste, es la historia de un hijo pequeño que pierde a su padre, es una historia sobre el luto. Fue una escritura catártica. Su primera novela, Nadie nos mira, transcurre en un lugar que podría ser Alentejo, y en la siguiente, Cal, aparecen ancianos del medio campesino. Destaca el universo rural. El “Libro I” de  Nadie nos mira concluye con el suicidio de José.

En El cementerio de pianos se basa circunstancialmente en la historia de Francisco Lázaro, un carpintero lisboeta que era corredor de maratón y que murió durante la prueba de los Juegos Olímpicos de Estocolmo en 1912. Texto fantasmal, el libro está construido en torno a las voces de un padre y un hijo, ambos llamados Francisco Lázaro. Comienza con la certeza de la muerte: “El día en que enfermé supe de inmediato que iba a morir”.

“Ante ese dolor, el mundo perdía su sentido. La muerte de un niño es señal de la ingratitud de Dios”, escribió en Galveias, otra gran novela sobre el mundo rural. Se lee: “En el espacio, en una soledad de miles de kilómetros, donde siempre parecía ser de noche, la cosa sin nombre circulaba a una velocidad imposible. Iba en línea recta. Planetas, estrellas y cometas parecían observar la decisión inequívoca con que avanzaba”. Esa especie de meteorito llegó a Galveias trastocándolo todo. “La cosa sin nombre todavía conservaba su misterio, tal vez nunca lo perdiese, pero las calles estaban llenas de gente caminando hacia ella”, escribió posteriormente.

En En tu vientre, libro cuya atmósfera es de ensueño y protagonizado por Lúcia, alterna el relato del milagro de la Virgen de Fátima con otras voces como la de la madre del narrador, que se instala en su conciencia. Reflexionó sobre la fe y la maternidad (“Soy tu madre, soy el universo”). La estructura de En tu vientre, que incluye textos en forma de versículos, es una sutil construcción.

“Al escribir, el autor esculpe una representación de sí mismo. […] La dicotomía ficción/autobiografía no puede ser contestada con un sí o con un no”, escribió en El camino imperfecto. De esa manera lidia con la complejidad. En El camino imperfecto recuerda De vidas ajenas, de Carrère. Le dio la clave para escribir su libro.


Gonçalo M. Tavares: el dolor y el comienzo de la muerte

Fotografía: © Gonçalo Rosa da Silva/FIL

En Una niña está perdida en su siglo en busca de su padre los personajes Hanna y Marius llegan a un hotel cuyas habitaciones tienen nombres de campos de concentración. A ellos les tocó Auschwitz. La recepcionista dijo: “Podemos. Somos judíos”. Significa un gesto de transmisión histórica de la proximidad de a muerte. “Al legar a Antigüedades Vitrius, en una escalera peligrosa sin pasamanos, Marius sintió, al menos dos veces, con claridad, esas ganas de dejarse ir, de soltar la mano de Hanna y lanzarse al precipicio”, escribió en Una niña está perdida en su siglo en busca de su padre.

Ulises de James Joyce, novela que transcurre a lo largo del 16 de junio de 1904, ha influido de diversas maneras a Gonçalo M. Tavares. Le dedica a Joyce una entrada del libro titulado Biblioteca. Tavares afirma: “James Joyce bajó de un autobús en Berlín y dijo: ésta no es mi ciudad. No veo a Bloom. / Hay escritores que viven en personajes como hay putas que viven en esquinas. James Joyce era un hombre que vivía en Bloom. / Además, había un amigo de todos que era el hombre más lento del mundo: tardaba más de seiscientas páginas en recorrer un día. / Hombre medio inteligente medio idiota, pero que sólo actuaba con la mitad de sí mismo.”

Del Odiseo homérico partió el Ulises latino, que Joyce transfiguró en un fundamento del hombre moderno. Tavares continuó el ciclo con el libro Un viaje a la India, cuyo protagonista es Bloom, un individuo que comienza una travesía en busca de sí mismo. Resulta un Ulises contemporáneo que parte de Lisboa. Su destino es la India, donde espera encontrar la sabiduría. Bloom emprende también una odisea europea que lo lleva a Londres, París, Viena y Praga. En el primer canto de Un viaje a la India Tavares escribió:

“No vamos a hablar de la aparición repentina
de enanos en algunas grutas de México,
ni de los peñascos de Colorado
donde en el interior de la roca se construyeron casas.
No vamos a hablar de las mesas velador
ni de las visitas del Más Allá a las casas
de ciudadanos racionales.
Vamos a hablar de un viaje a la India.
Y de su héroe, Bloom.
[…]
Vamos a hablar de la hostilidad que Bloom
nuestro héroe,
mostró con relación al pasado,
rebelándose y partiendo de Lisboa
para llegar a la India, donde buscó sabiduría
y olvido.
Y vamos a hablar de cómo al viaje
se llevó un secreto y lo trajo, después, casi intacto.
[…]
El corazón: víscera que olvida menos que la cabeza.”

Un viaje a la India es una epopeya heredera de la tradición clásica. Sobre el Odiseo homérico se creó el Ulises latino que Joyce transformó en un epítome del hombre moderno. Bloom ha perdido el nombre para significar que representa a todos los hombres. La obra está escrita en versículos y utiliza la misma división de Cantos que Os lusíadas de Luis de Camões. Bloom quería encontrar el espíritu, dice en el Canto IX. Y parte de la India. Y en el Canto XVIII escribió: “¿Qué es el pasado? Esto: el tiempo que cada vez ocupa menos espacio”.

Gonçalo M. Tavares aborda la desolación: “Es otra violencia de la que a veces me acuerdo: la idea de un hombre viejo y desnudo y muerto a quien le pusieron dos alas de ángel en la espalda, alas de ángel hechas de cartón, pintadas de blanco, y aún veo ese cadáver siendo colocado en un ataúd y después las palas tirando tierra por encima”, escribe Tavares en “El cuello grande del cisne”, incluido en Agua, perro, caballo, cabeza.

En Aprender a rezar en la era de la técnica de Tavares se lee: “No había, pues, equilibrio entre el mundo de los vivos y el mundo de la muerte. A un lado no se podía hacer nada, no había material de construcción, mientras que al otro sí se hacía: existía un evidente material de aniquilación, de extinción, de destrucción. […] Sólo una muerte violenta, brusca, era aceptable. En un accidente, en la guerra o mediante el suicidio. No había otra forma de abandonar la habitación”.

En Jerusalén Tavares desarrolla una progresión de la muerte. Escribió: “Se trataba de evitar la muerte y los grandes sufrimientos, y no tan solo de aumentar la comodidad, como lograban los inventores de determinadas máquinas. […] Las muertes podían ocultarse; quedaban miles de fosas comunes por descubrir desde el inicio de la Historia, pero eran hechos que no admitían una segunda interpretación: un cadáver era un cadáver. […] El hambre concreta surgió en Mylia. Y ese dolor empezó a confundirse con el dolor que los médicos garantizaban ser el comienzo de la muerte”.

Retrata la angustia y el sufrimiento, pero hay en gran parte de su obra una concepción lúdica de la literatura. Una de las expresiones más emblemáticas es El barrio y los señores. Se trata de un mosaico de excéntricos. Tavares afirma que “Primero apareció el Señor Valéry. Luego el Señor Henri. No fue hasta mucho después que apareció la idea de barrio. El barrio es una especie de utopía —un espacio no localizado geográficamente y no definido en el tiempo—. Los nombres de los personajes de este barrio son homenajes a escritores, artistas —pero los personajes son meramente ficticios—”. El libro es la edición conjunta de las diez novelas cortas de los señores: Valéry, Brecht, Juarroz, Walser, Calvino, Breton, Kraus, Swedenborg, Eliot y el señor Henri, que es Michaux. Alberto Manguel, en el prólogo del libro, dijo: “La ‘conversación con los difuntos’ que Quevedo buscó en su biblioteca tiene lugar diariamente en este barrio […]. Como dijo una vez Marguerite Yourcenar, una posible habitante futura: ‘Mi patria son los libros’. Éste podría ser el lema del barrio ilustrado de Tavares”.

 

Alejandro García Abreu
Ensayista y editor.

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