La reciente polémica entre los gobiernos de México y España a raíz de la solicitud de perdón de Andrés Manuel López obrador por los hechos de la Conquista, abre una rica y necesaria veta de discusión sobre desde qué punto y bajo qué premisas debemos discutir ese momento fundamental de la historia de Occidente.

Uno de los temas de debate público más sonados de los últimos días ha sido la filtración de la carta que Andrés Manuel López Obrador envió a la Corona española solicitando disculpas por los abusos y excesos cometidos durante la Conquista. Al margen de lo necesaria o fuera de lugar que pueda parecer la petición, lo que aquí me interesa es entender la serie de enconadas reacciones que ésta originó a ambas orillas del Atlántico. Y es que muchos mexicanos demostraron que el tema les representa una herida histórica sin sanar, mientras que no pocos españoles, en medio de la más alta indignación, dijeron que no había nada de que disculparse; por el contrario, México debía agradecer “la civilización” llevada por los conquistadores.

En concreto, el argumento que me interesa discutir es que, detrás de las exaltadas opiniones sobre el tema, se encuentran los nacionalismos más acérrimos y los muy distintos lugares que cada país le asignó a la Conquista en sus historias nacionales. Entender esto implica comenzar por comprender que las naciones y las identidades nacionales no son inherentes a la naturaleza humana, sino “invenciones” modernas en el más amplio de los sentidos. En efecto, desde la Modernidad política, cuando los Estados dejaron de legitimar el poder a través del derecho divino (“gobernar en nombre de Dios”), y en su lugar apelaron a la nación (gobernar en representación de una supuesta comunidad nacional homogénea y cuyos orígenes se pierden en la noche de los tiempos), los representantes de estos Estados nacionales tuvieron que construir historias que dieran cuenta de la supuesta existencia de la nación a la que gobernaban, y que al mismo tiempo sirvieran como elemento de cohesión entre la sociedad que dejaba de concebirse como hija de un rey, para convencerse de que eran hermanos miembros de nación. Desde entonces, cada país inventó un relato histórico nacional en la que el pasado se convirtió en un elemento sumamente maleable, toda vez que estas historias no tenían el cometido de explicar, sino de legitimar los intereses y necesidades del presente.1

Ilustración: Ricardo Peláez

De esta forma, España y México —como el resto de países occidentales— forjaron sus propias historias nacionalistas, con muy particulares formas de
interpretar el pasado, incluso aquellas experiencias históricas compartidas. En México, durante el siglo XIX coexistieron dos distintas ideas de nación: una hispanófila, según la cual México era producto de la Conquista y la Colonia y se reconocía en la herencia hispánica. La otra fue de carácter hispanófobo, y argumentaba que México existía desde tiempos prehispánicos, y que fue esclavizado por una nación española durante trescientos años, hasta que finalmente sobrevino la Independencia como una guerra de liberación nacional.2 Este segundo relato de nación es el que nos resulta más familiar, puesto que fue el que finalmente se impuso en nuestro país como la única y “verdadera” historia nacional mexicana.

Por su parte, España construyó su propia versión de historia nacional. En ella la llegada de Cristóbal Colón a tierras americanas, así como la Conquista, fueron interpretadas como las grandes aportaciones españolas a la humanidad, pues fueron vistas como la exportación de la hispanidad y el catolicismo al “Nuevo mundo”.3 No extrañe entonces que cada 12 de octubre España celebre el “Día de la hispanidad” como su más grande fiesta nacional, incluso de forma más fastuosa que el 2 de mayo, día de su Independencia.

Así, por décadas España y México han cultivado distintas y contrarias maneras de interpretar la presencia hispana en América. Los españoles han crecido aprendiendo una historia en la que es símbolo de orgullo nacional creer que ellos “civilizaron” y “pusieron en el mapa” a América, además de legarnos cultura, lengua y religión. Por nuestra parte, los mexicanos hemos sido aleccionados para ver una España que nos esclavizó y explotó por trescientos años, hasta que nuestros “héroes” de 1810 nos dieron libertad. Ambas interpretaciones no son ni falsas ni verdaderas, pues pertenecen más al campo de los mitos históricos que construyen naciones y sustentan identidades nacionales.

Y claro que existen episodios históricos que han acercado a ambos países. El exilio republicano español en México es una importante página en nuestra historia compartida que ha estrechado lazos fraternos entre españoles y mexicanos. Sin embargo, este hecho no cambia la forma oficialista en que los españoles han escrito la historia de su presencia colonial en América, ni el papel que México ha otorgado a lo español en la conformación de su ser nacional.

Ilustración: Patricio Betteo

A pesar de los estudios hechos por historiadores y demás científicos sociales, sigue siendo una realidad que el grueso de la población a ambos lados del Atlántico crece y se forma con la historia nacionalista que da sentido a su nación y a su identidad nacional. El nacionalismo llega a un punto en que se convierte en algo cotidiano y, por ende, en una fuerza aplastante que está presente en las clases de historia de la educación básica, en los nombres de las calles y plazas, en las fiestas del calendario cívico, en monumentos o en las imágenes de nuestros billetes —así como en un sinfín de otros medios. Día a día, de las maneras más sutiles, el nacionalismo nos está adoctrinando en una historia patria plagada de “héroes” y “villanos”, de “glorias” y “traumas” nacionales.

Y los políticos parecen no estar exentos de los fatales efectos del nacionalismo. Para muestra están las ridículas declaraciones de nuestra senadora Jesusa Rodríguez, quien al repudiar la Conquista señaló que cada vez que un mexicano come tacos de carnitas, está celebrando la caída de Tenochtitlan, pues se trata de una “dieta violenta” traída por los conquistadores.4 También se ha suscitado la iconoclasta propuesta del Partido Verde Ecologista que exige retirar monumentos y nombres de calles que aludan a Colón y a Hernán Cortés.5 En el otro extremo, los voceros de Vox, partido derechista español, no dudaron en reclamar con encono nacionalista que México y toda América deberían agradecer a España por la civilización llevada por los conquistadores.6

Así las cosas; cuando se debate sobre la Conquista, mexicanos y españoles recurren al bagaje de historia nacional con la que crecieron, sin percatarse que en aquellos tiempos ni México, ni España —como ninguna otra nación— existían. Por tanto, no existió guerra en la que una nación sometió a otra. No hubo españoles esclavizando mexicanos. Lo que existió fue una guerra de conquista en un territorio con distintos señoríos indígenas viviendo en un periodo caracterizado por bélicos enfrentamientos entre éstos.

A esta guerra siguieron una serie de sincretismos culturales, los cuales, dicho sea de paso, tampoco justifican el lugar común que significa decir que los mexicanos somos una nación mestiza producto de la herencia hispana e indígena, pues la mestizofilia también es un mito nacional de carácter simplificador y fuertes vínculos con el pensamiento racista.7 Lo cierto es que las mezclas, las continuidades y rupturas culturales fueron variadas y complejas y solo hacia inicios del siglo XIX España y México surgieron como Estados independientes que comenzaron a construir sus historias nacionales en las que uno se dijo orgulloso triunfador de una conquista, mientras que el otro se dijo víctima de ésta.

¿Es posible, entonces, llegar a un acuerdo más conciliador y exacto sobre lo que significó la Conquista? Esto se antoja como una buena tarea para los historiadores en el ya cercano quinto centenario de la Conquista. Sin embargo, lograrlo de manera generalizada y contundente implicaría que los Estados nacionales renuncien a ver —y enseñar— la historia con las anteojeras del nacionalismo. ¿Y los Estados-nación se han desarrollado lo suficiente como para abandonar los paradigmas históricos nacionalistas? Las disputas originadas por la carta de López Obrador señalan que al menos México y España están lejos de llegar a un futuro posnacionalista. Quizá esto sea así porque seguimos viviendo en una era en que las fronteras territoriales y culturales son respaldadas por sociedades que ignoran la historicidad de las identidades nacionales, creyendo que se trata de “realidades naturales”. Por tanto, para muchas poblaciones estas identidades siguen constituyendo la base con la que dotan de sentido el pasado, presente y futuro de la humanidad.

 

Omar F. González Salinas
Historiador con línea de investigación centrada en la invención de la nación y la identidad nacional en México. Actualmente es estudiante de Doctorado en Historia en El Colegio de México.


1 Gellner, Ernest, Naciones y nacionalismo, Madrid, Alianza Editorial, 1988; Anderson, Benedict, Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y difusión del nacionalismo, México, Fondo de cultura Económica, 1993; Florescano, Enrique, “Notas sobre las relaciones entre memoria y nación en la historiografía mexicana”, Historia Mexicana, vol. liii: 2, octubre-diciembre 2003, pp. 319-416.

2 Pérez Vejo, Tomás, España en el debate público mexicano, 1836-1867. Aportaciones para una historia de la nación, México, El Colegio de México / Instituto Nacional de Antropología e Historia, 2008.

3 Pérez Vejo, Tomás, España imaginada. Historia de la invención de una nación, Barcelona, Galaxia Gutemberg, 2015.

4 “Cada que comas tacos de carnitas festejas la caída de Tenochtitlan: Jesusa Rodríguez”, El Universal, 18 de marzo del 2019.

5 “Partido Verde propone retirar todo lo relacionado con Colón y Cortés en CDMX”, El Universal, 2 de abril del 2019.

6 “Amlo y toda América deberían agradecer a españoles por civilizarlos: partido vox”, El Universal, 26 de marzo del 2019.

7 Basave Benítez, Agustín, México mestizo. Análisis del nacionalismo mexicano en torno a la mestizofilia de Andrés Molina Enríquez, México, Fondo de Cultura Económica, 1992; Brading, David, “Darwinismo social e idealismo romántico. Andrés Molina Enríquez y José Vasconcelos en la Revolución mexicana, en David Brading, Mito y profecía en la historia de México, México, Fondo de Cultura Económica, 2010, pp. 170-203.

Leer completo
El siguiente texto revisa las dudas e inquietudes que ha dejado el nombramiento de Paco Ignacio Taibo II para una editorial como el Fondo de Cultura Económica. Doce puntos que abonan al debate en torno a otra polémica más del nuevo gobierno.

1.

Hay géneros literarios que cargan con un estigma entre las cúpulas de la “alta cultura”: la novela policiaca y la ciencia ficción, por ejemplo. Hay una generalización del todo común: lo popular se identifica con lo chafa, lo mal hecho, lo chatarra. Desconfiamos de los best-sellers y de la música que suena en todos lados, justo por eso: por su popularidad. Nada tan popular puede ser bueno, nos decimos. Pero la realidad se impone: el silogismo que lleva a esa conclusión está viciado de origen. Tenemos que seguir abiertos: en los géneros literarios más populares no todo es cultura mainstream y siempre existirá la posibilidad de que produzcan obras que valgan la pena, de acuerdo con sus propias intenciones y búsquedas.

Claro que yo también tengo a veces la sensación de que el capital nos mete un bocado ya deglutido en la boca, como si fuéramos polluelos. Por eso tenemos que estar muy a las vivas: ni caer en el clasismo chapucero, ni caer mecánicamente en las redes del poder económico, que a menudo impone ciertas manifestaciones y margina otras. Lo ideal, en cambio, sería vivir bajo un principio de Eclesiastés: hay tiempo para todo.

2.

Paco Ignacio Taibo II no me gusta como escritor. ¿Hay cortedad de miras de mi parte, al no entenderlo como un autor popular, sin mayores pretensiones estéticas, y cuya presencia enriquece el panorama literario, deseablemente plural? ¿O hay, por el contrario, una imposición del poder económico al difundir tan insistentemente su obra?

Sea como fuere, ni ser un buen escritor ni ser uno malo —aunque su obra es una de las cartas centrales de quienes defienden su nombramiento– califica o descalifica a Taibo II para ser un buen director del FCE. El Fondo es una editorial. Necesita un editor y un gerente y un administrador competente. Un escritor no tiene por qué ser ninguna de esas cosas. Escribir no es garantía de saber editar –de los anteriores, el oficio más cercano a la escritura–; es tan falso decirlo como afirmar que un editor, a pesar de dedicarse a la lectura profunda, sería necesariamente un buen escritor de proponérselo.1 En general, los grandes editores de la historia han sido primordialmente eso: editores, un papel tan modesto, por ocultarse tras la notoriedad de otros, como indispensable. No sé si la modestia sea una condición esencialdel buen editor. Eso sí: Taibo no la tiene.

3.

Además de su carrera literaria, hay otra carta que se ha jugado a favor del nombramiento de Taibo: su desempeño como director de la Brigada Para Leer en Libertad, una Asociación Civil dedicada a fomentar la lectura. La Brigada participa en diversas ferias del libro e inserta, dentro de esa dinámica capitalista, una disonancia importante: regala libros o los vende muy baratos. También organiza diversas actividades, en parte para seguir con esa labor de difusión, en parte con otros fines. Algunos de los libros que distribuye son ediciones hechas por la misma Brigada. Algunos son donaciones que la Brigada consigue. Algunos son comprados por la Brigada en saldos o a precios por debajo del precio comercial y revendidos de manera que solo recuperan lo invertido. Un ejemplo: Taibo II es autor de Planeta; la editorial ofrece un descuento más o menos sustancioso a sus autores cuando quieran adquirir sus propios libros. Taibo II, entonces, le compra sus libros y la Brigada los revende con ese mismo descuento. La Brigada Para Leer en Libertad ha luchado por hacer un trabajo loable, y le deseo la continuidad que merece. Una cosa tiene curiosa: uno de los autores más difundidos por la Brigada parece ser el propio Taibo II. Fomento a la lectura a la par que autopromoción; capitalismo a la par que supuesto comunismo, pues los libros se democratizan un poco más, pero la figura de Taibo crece gracias a esa democratización. Rara manera de leer en “libertad”.

El editor, entre otras cosas, forma un catálogo. ¿Formará Taibo el suyo como ha formado el de los libros que difunde mediante la Brigada, con él como centro? Ya sé, ya sé: no se editará ni difundirá su obra mediante el FCE. Me refiero, ahora, a la amplitud de miras que se necesita para formar un catálogo a la altura. En sus declaraciones recientes, ha dicho que los “gustos” editoriales de su gestión estarán marcados por sus locuras. ¿Eso qué significa, si no la imposición de su gusto personal, que se asume como aquel que el país necesita? El FCE ha sido sitio de muchas voces, contradictorias a menudo, no de un canon estrecho.

4.

El libro es producto de una larga reflexión sobre el mejor soporte para la escritura. Un tabique, mucho menos pesado que una piedra de su tamaño, hecho de hojas dobladas y cosidas en el lomo. Cada hoja, un espacio y un momento distintos. Transformó el conocimiento: lo dividió en unidades sucesivas, que recorremos como una ciudad, cuadra tras cuadra. Desde su origen, el libro insufló el conocimiento con dos fuerzas paralelas: preservación y transmisión. En los monasterios, los copistas volcaban todo su ser en la elaboración de manuscritos que, una vez terminados, se guardaban en una biblioteca, accesible para muy pocos: preservación más que transmisión. Todo cambiaría cuando Gutenberg inventó la primera imprenta de tipos móviles europea y la palabra escrita entró en la época de su reproductibilidad técnica, según el propio Benjamin, condición que se hizo más vertiginosa con las revoluciones industriales. Ahora, todo se hace mediante computadoras, y en softwares que pueden aprenderse a manejar en YouTube. El tiempo de la computadora es relampagueante. Todo sucede con más prisas. Y las prisas, sí, conllevan descuidos. Editar un libro tiene que pasar por un respeto profundo al texto. Y respetarlo es, entre otras cosas, reproducirlo en un estado que aspira a ser ideal. Si es así, el lector se olvida del editor y puede poner toda la atención al contenido. Si no es así, el editor, más que ser un feliz intermediario, se vuelve un incómodo lastre.

Sí: nunca había sido tan fácil hacer libros. Pero ello también ha implicado una desprofesionalización de los oficios involucrados en el proceso: parece fácil ser editor, diseñador, formador, lector de pruebas… Y no lo es. Tampoco es barato. Recordemos esas dos fuerzas de origen. Preservar qué. Transmitir qué. Cómo.

5.

De los libros que La Brigada para Leer en Libertad ha editado, yo tengo uno: Una antología levemente odiosa, de Roque Dalton. La selección de los textos y el prólogo –un texto crítico notable, que nos guía por la trayectoria del poeta salvadoreño, asesinado en 1975– corrieron a cargo del poeta mexicano Óscar de Pablo. La voz de Dalton merece estar muchísimo más presente entre nosotros, y por eso celebro esta edición. Es una lástima, sin embargo, que esté plagada de erratas. No me atrevo a criticarla porque sospecho que el libro, planeado para regalarse, se hizo con pocos recursos. Si ahora lo traigo a cuento, es porque el anuncio central de la gestión entrante del FCE es justo hacer libros muy económicos y accesibles para toda la población. ¿Será válido, entonces, hacerlos sin todo el cuidado necesario, con tal de hacerlos más y más baratos? A mí me gustaría más bien lo contrario: que esos libros fueran los mejores de todos, los más cuidados, los más pulidos y trabajados, desde las labores filológicas editoriales. Para eso, sin embargo, muchas cosas tendrían que cambiar en ese esquema.

6.

El FCE no ha estado exento de prácticas nocivas y despilfarradoras. Urge, como en tantos casos, una auditoría. Y no hablemos de la asimetría salarial: el pago que últimamente se ofrecía, por poner un ejemplo, a los correctores de estilo y lectores de pruebas –oficios cruciales, si bien menospreciados– era ridículo, y más si se le compara con los sueldos de los altos mandos burocráticos de la paraestatal. Que se acabe con los excesos y la corrupción me parece indispensable. ¿Se acabará también con esa asimetría? Ya se ha anunciado que bajarán la remuneración de los mandos altos y medianos del FCE, gracias al deseable plan de austeridad vigente, y que no modificarán la de los demás. ¿No sería mejor que sí aumentaran los sueldos, fijos o a destajo, de los condenados a galeras? ¿O se mantendrá la precarización laboral, en pos de una mayor democratización de la cultura?

7.

Como el de la música o la literatura populares, hay muchos clasismos soterrados. El de la buena ortografía, por ejemplo. La ciudad letrada cierra sus murallas y deja fuera a quien no sepa leer y escribir, o a quien escriba mal (y hable mal). La ortografía, por supuesto, debe ser uno de los pilares educativos. Pero el sistema ha fallado: se transmite más mediante un adiestramiento mecánico, tantas veces fracasado, y no mediante una reflexión profunda del idioma.

Lo mismo pasa con el fomento a la lectura: se asume que leer nos hará mejores personas. ¿Pero leer qué? ¿De qué manera? ¿Mejores según cuáles parámetros? Hay un libro precioso de Margit Frenk: Entre la voz y el silencio: la lectura en tiempos de Cervantes.2 Desde el mundo letrado de hoy, asumimos que la lectura es un acto individual y silencioso. En los tiempos anteriores y contemporáneos al Quijote, era también un acto comunitario. Leer era escuchar leer. Para leer así, para saber leer así, no se necesitaba ningún grado de alfabetización. ¿Cuánto les estamos negando a las comunidades orales de nuestro país, al asumir que están en un escaño inferior, por no participar de ese fenómeno civilizatorio e individual que es la lectura? ¿No se parece un poco todo esto a los procesos de evangelización?

No se me malentienda: siempre apoyaré los proyectos educativos, de alfabetización y fomento a la lectura. Pero creo que debemos replantearnos cómo se llevan a cabo y qué implicaciones tienen. La lectura puede ser una forma inagotable de crecimiento, y sería ideal que la compartiéramos con más y más gente. Pero también reconozcamos las bases indispensables para que ese crecimiento se dé, y también que hay otras formas en que ese crecimiento –intelectual, espiritual, humanitario– puede suceder, y sucede. Hacerlo conllevaría dinámicas más colectivas y menos paternalistas; menos adoctrinamiento y más pensamiento crítico.

8.

Hacer libros baratos, como parte del fomento a la lectura, no deja de ser una estrategia capitalista. De fondo, parece decirse: para leer hay que poseer libros. Y una vez que tengo el libro, ¿qué hago con él? Si lo poseo y no lo leo, ¿qué? Desde una perspectiva colectiva, valdría la pena preguntarse: para leer un libro, ¿debo poseerlo? La experiencia nos enseña lo contrario. Véase el hermoso trabajo de la red de bibliotecas colombianas, o el de la Biblioteca Vasconcelos en México —en riesgo, por cierto, de claudicar en sus esfuerzos, por las disposiciones del gobierno entrante—: hay otras formas de poner buenos libros al alcance de los posibles lectores. Y no solo eso: de acompañarlos en su formación activa, con círculos de lectura, con pláticas con escritores, con talleres de calidad, con los vínculos entre lectores y bibliotecarios no indiferentes. Además, una biblioteca despierta el apetito: hay todos esos libros que no he leído, y puedo tenerlos en mis manos, un tiempo siquiera. Vale más la pena leer un libro impecablemente bien hecho, que, si bien no puedo comprar, la biblioteca me presta, a poseer un libro baratísimo, pero mal hecho. Este es solo un ejemplo, pero ¿no sería mejor dejar al Fondo hacer más y mejores libros, e imaginar, desde el gobierno, nuevas políticas educativas y culturales para que el fomento a la lectura sea eficiente —lo mismo con la alfabetización— y escape de las dinámicas de un sistema fallido?3 Quiero decir: sería más importante impulsar esos vínculos comunitarios de lectura que hacer montones y montones de libros. En esos vínculos —en crearlos y fortalecerlos, al centro de cada comunidad y no solo de manera itinerante—, pienso, tendría que estar el centro de la estrategia.

Además me preocupa, en las declaraciones de Taibo, un desprecio por el catálogo del FCE, de las colecciones y géneros que publica. ¿Cómo que el FCE es, si seguimos su visión, una monstruosa casa de monstruosidades? Un libro como el de Margit Frenk será difícilmente popular. ¿En serio bajo la dirección de Taibo II se procurará la permanencia de libros como ése, hitos editoriales, si bien académicos? Yo noto más bien un desprecio por títulos así, considerados por él como mero consumo de élites. Esos libros “especializados”, es cierto, no aspiran a difundirse entre todos los habitantes del país, sino a llegar a las manos adecuadas. Si se logra ese feliz encuentro, les dan a esas manos herramientas para acaso construir, desde su radio de acción, otras realidades. Me preocupa, pues, que el enfoque principalísimo de la gestión entrante esté en nuevas colecciones populares, como “Vientos del pueblo” —creación que por cierto celebro—, y se abandonen las otras líneas editoriales. No basta con reeditar El Capital: a mantener, en cambio, viva y vigente y vasta la colección de economía. Revisemos los errores, sí. Pero no todo ha sido error.

10.

En algunas críticas a la llegada de Taibo al FCE he visto cómo se defendía lo indefendible: la xenofobia constitucional o la gestión reciente de la paraestatal, por ejemplo. Lo mismo del otro lado: gente que minimizaba sus dichos nefastos, con tal de verlo ocupar el puesto que, según ellos, merece. Yo no le resto importancia a algunas de las labores que Taibo II ha llevado a cabo en su carrera, y en más de un sentido me reconozco afín a sus posturas ideológicas. No obstante, y aunque al FCE lo haya dirigido hasta un expresidente —aunque el cargo sea político, pues—, ello tampoco vuelve su perfil el indicado para asumir esas labores. De hecho, en esta “Cuarta Transformación”, yo hubiera deseado un nombramiento menos político y más sensato —como el de Margo Glantz, en un inicio, por ejemplo. Un director o directora que “hiciera temblar la casa”, pero con un plan verdaderamente propositivo y no reduccionista. Reconozcámoslo: el FCE no estaba siendo ya lo que fue. Publicaba cada vez menos; no publicaba, en muchas ocasiones, lo que tenía que publicar; y se tardaba demasiado en reeditar clásicos fundamentales de su catálogo. En sus mejores años, fue quizá la mejor editorial de habla hispana, en constante y atinada actualización. Ahora se ve difícil que vuelva a serlo.

11.

¿Hay un clasismo similar al ortográfico al dar un respingo frente a libros mal hechos, mal diseñados, mal impresos, con erratas? Es cierto: el Quijote seguirá siendo el Quijote, aun en la edición más horrorosa imaginable. El texto se impone sobre la forma. Cabe, pues, la posibilidad de que un libro sea maravilloso por su contenido, aunque su continente sea deficiente. Pero no me parece frívolo desear que los libros, ya que dependen de la tala de árboles y de un proceso que de cualquier manera conlleva un costo, demuestren, de la única manera en que pueden hacerlo, ese amor filológico por el conocimiento, y con mayor razón si van a pagarse con recursos estatales. Cuando es así, el texto también cambia, cómo no; su recepción mejora. Creo que Taibo ha dado muestras de que a él sí eso le parece frívolo, o al menos secundario. También él, o gente cercana a él, ha dicho que la poesía —si no es revolucionaria o combativa— es un arte elitista. Más bien: su manera de entender la poesía lo es. Por dos razones: 1) deja de lado las manifestaciones vitalísimas de la poesía oral;4 2) parece negar, de manera francamente paternalista, la posibilidad de que los lectores, con el desarrollo de sus capacidades críticas, puedan acceder a lo que se les dé la gana. ¿Qué poesía se editará en el FCE? ¿Ninguna, por no ser popular? ¿Solo la que pueda aspirar a serlo, según su visión? A veces, esa lógica se parece también a la mercantil: se impone lo comfortable, lo conocido, lo fácil.

12.

Hay una realidad avasallante: muchísima gente que podría leer no lo hace. Taibo parece reducir el problema a una cuestión de posibilidades económicas: no leen porque no pueden tener una biblioteca personal. Puede ser una razón, sí. Pero hay algo mucho más profundo, que pasa también por la opresión e imposiciones capitalistas: ni teniendo libros la gente lee, porque leer no les ofrece lo que otras cosas sí. O lee solo pocas cosas que se alinean con su ideología y sus necesidades de evasión. Leer, a menudo, incomoda, desafía, provoca. Y el mundo está en un caos tan tremendo que muchas veces buscamos más aquello que nos haga sentir en calma. Lo conocido, lo digerible. Lo que no nos haga pensar mucho. Ya sea porque las preocupaciones vitales no dejan espacio a nada más; ya sea porque el mucho trabajo agota; ya sea porque me resulta más divertido hacer otras cosas. Si queremos un país de más lectores, tenemos que mirar esas realidades, algunas de las cuales el nuevo gobierno se ha propuesto transformar. Si lo logra, ojalá que su descuido del mundo editorial, mediante este nuevo FCE (que absorberá la DGP de la Secretaría de Cultura, volviéndose una especie de mando único de los libros; absorción que, según se ha dejado ver, tendrá montones de daños colaterales) y su anunciado desamparo a las editoriales independientes (quienes no deberían de depender del gobierno, pero dependen del gobierno, en un país de pocos lectores y poco poder adquisitivo), no los deje, a esos posibles lectores futuros, sin buenos y variados libros.

 

Emiliano Álvarez
Poeta, ensayista y editor. Es autor de: Sólo esto (Premio Elías Nandino, 2017).


1 Hay notables excepciones: Calasso, por ejemplo, es un autor descomunal y un editor no menos importante. En su caso ambas actividades llegan a fundirse en un mismo trabajo entregado a la literatura y desde la literatura.

2 Margit Frenk, Entre la voz y el silencio. La lectura en los tiempos de Cervantes, FCE, México, 1997.

3 Hablando de bibliotecas, celebro que Taibo vaya a abrir una en la normal de Ayotzinapa. Con todo, el gesto, evidentemente simbólico, no guarda relación con lo anunciado hasta ahora por él. De hecho, en la concepción de ese mando único de los libros en que están volviendo al FCE, Taibo II rechazó hacerse también cargo de la red de bibliotecas del país. Si vemos su propaganda, anuncia que enfocará la mayoría de sus fuerzas al fomento a la lectura. La cosa es desde dónde y si podemos considerar un acierto del gobierno hacer de la paraestatal un centro de fomento a la lectura, más que una editorial. ¿No sería deseable continuar con más y mejores esfuerzos en ambos frentes? Podría parecer una ampliación de las atribuciones del Fondo. En realidad, puede llevar a un reducimiento de las labores, en ambos frentes, por parte del Estado.

4 Yo también deseo, por supuesto, que México se vuelva un país de lectores. Pero también me gustaría que nos saliéramos un poco del adoctrinamiento de la palabra escrita, y entendiéramos que la literatura no solo está en los libros. Que impulsáramos y cuidáramos, pues, esa oralidad.

Leer completo
La apertura al público de la Residencia Oficial de Los Pinos supone un gesto simbólico que intenta perforar el imaginario del poder que se ha construido en México a lo largo del siglo XX. Sin embargo, si esta “entrega al pueblo” no es capaz de crear sus propias condiciones críticas, corre el riesgo de producir doctrina e ideología, como advierte el siguiente ensayo, que a la par hace un recorrido curatorial por la otrora sede del Poder Ejecutivo.

No hay gesto político ingenuo. Cierto, puede ser corto de miras, poco estratégico o incluso hasta torpe, calificativos que están lejos de definir el gesto realizado por López Obrador en la ceremonia de su toma de poder. Más allá del acto protocolario llevado a cabo en la Cámara de Diputados, del discurso republicano y democrático que el nuevo presidente emplazó en ese recinto con la clara intención de contener el pánico de la “gente biempensante”; incluso más allá del juego de paradojas retóricas que hizo al nombrar a todos las personalidades distinguidas que estuvieron presentes, o que simplemente no llegaron por retrasos en su vuelo, o de invocar afectos edulcorados al nombrar a Silvio Rodríguez como el  “cantor del pueblo”, la apertura de la Residencia Oficial de Los Pinos fue el acto maestro de esa gran puesta escena que fue el 1º de diciembre.

Como bien lo hizo notar Lorenzo Meyer en entrevista con Carmen Aristegui, la apertura al “pueblo” de la residencia presidencial fue una suerte de “toma pacífica de la Bastilla”, y esto hay que entenderlo con todas las implicaciones que tiene.

Para los mexicanos Los Pinos significó, hasta hace apenas unos días, la clausura obscena y el lugar donde el poder habitaba en su grandeza y su delirio. En este sentido su apertura es algo más que la intención declarada de convertirlo en un “centro cultural”. Es la operación política que perfora el imaginario del poder sobre el que se construyó la forma mítica del presidencialismo y el culto al gobernante en turno en el México del siglo XX, pero al mismo tiempo, es la irrupción del entusiasmo social como potencia destituyente del régimen imaginario del cuerpo del poder dominante en México.

Fotografías: Kathya Millares

No hay mucho más que decir respecto a las dimensiones de las construcciones de la otrora residencia oficial del Poder Ejecutivo en México, éstas hablan por sí mismas: 56 mil metros cuadrados de construcción, 14 veces más grande que la Casa Blanca, y 156 mil metros cuadrados de terreno). Más allá de las cuatro casas que se construyeron a lo largo de su historia y de los disparates como son las dos albercas, el boliche, la sala de cine, un búnker y hasta una peluquería, su apertura a los mexicanos no es otra cosa que el desenmascaramiento del modo delirante en que el poder presidencial en México se imaginó a sí mismo a lo largo de casi un siglo, o quizá sea algo más: la muestra fehaciente de que el republicanismo mexicano nunca renunció del todo a cierto delirio imperial en la detentación del poder. Un delirio que, en tanto no había sido abierto al público, solo podía ser imaginado como un fantasma que merodeaba a la sociedad mexicana, y que de manera soterrada distribuyó los cuerpos en el espacio social al punto de la ignominia.

A diferencia de Fox, que en un gesto cuasi monárquico otorga la gracia al pueblo de visitar la residencia oficial, López Obrador la entrega a éste: he aquí la apertura no solo de un espacio sino la perforación de un imaginario. Acaso por ello, el gesto del nuevo presidente habrá que pensarlo como una operación política perfectamente calculada que trastocó el orden simbólico, no solo de la sede intima del poder, sino de la fantasía de su cuerpo. Se trató, visto desde la historia del imaginario de poder, del desfondamiento del fantasma con la que el régimen presidencialista mexicano erigió el lugar de su habitación.

Es en función de este socavamiento que es fundamental también entender la otra parte de esta operación política, la que tiene que ver con la expectativa y el entusiasmo que ha producido la apertura de la residencia. El flujo de visitantes ha sido exorbitante si tenemos en cuenta que el fin de semana de su apertura entraron alrededor de 80 mil personas. El entusiasmo, en el contexto del trastocamiento del imaginario del poder que significa la apertura de Los Pinos el día de la toma de gobierno de López Obrador, puede ser leído como una fuerza destituyente del poder constituido. Lo político, lo sabemos hace tiempo, no se resuelve solo en el campo racional del discurso, antes bien necesita del afecto popular para poder transgredir el límite del poder instituido, y esto es sin duda algo que se puso en juego con la apertura y la entrega al “pueblo” de Los Pinos.

Sin embargo esta “entrega”, sino es capaz de crear sus propias condiciones críticas, puede producir doctrina e ideología, y esto quizá sea la contradicción mayor que puede derivarse del gesto de apertura de Los Pinos.

Al inicio de estas líneas afirmaba que no hay gesto político ingenuo. Estoy convencido de que la apertura de Los Pinos fue una jugada maestra que muestra la enorme habilidad que tiene el nuevo gobierno para manejar el poder de lo simbólico; sin embargo, también estoy convencido que en algún punto el discurso del poder produce sus puntos de fuga donde se traiciona a sí mismo, y que es sobre éstos donde el trabajo de la crítica no solo es pertinente sino necesario.

Para alguien cuya parte de su práctica profesional está relacionada con la curaduría de arte, no puede pasar inadvertido el modo en que se propone a los visitantes el recorrido por la residencia oficial. ¿Cómo leer el hecho de que el recorrido empiece a contrapelo de su fachada natural? El “pueblo” entra por la parte trasera de la residencia, es decir por el bosque de Chapultepec, y después de algunos metros desemboca en la llamada Calzada de los Presidentes. En orden inverso a la historia, que sería la que se traza a partir de la entrada por Parque Lira, el acceso a la residencia por el bosque obliga a que el recorrido empiece con la estatua del último presidente en turno, Enrique Peña Nieto, y llegué a la de su primer habitante, Lázaro Cárdenas.

Esto desde mi perspectiva no es gratuito, no solo porque marca una forma de construir un contra relato de presente hacia el pasado, sino porque induce al visitante a una lectura que va refetichizando el cuerpo del poder de acuerdo a una cierta mitología del presidencialismo en México. Lo anterior se hace más evidente justo en el punto donde la Calzada de los Presidentes desemboca en una rotonda dedicada a los liberales reformistas del siglo XIX. Calzada que urbanísticamente funciona, al mismo tiempo, como plazuela de entrada a la casa Miguel Alemán y trazo hausmanniano, a partir del cual se despliega la Calzada de la Democracia, la cual está resguardada en sus laterales por los bustos de los grandes personajes que participaron en la construcción de la democracia en México. De nuevo en sentido inverso a la historia, los bustos que la resguardan, de acuerdo al recorrido que se obliga hacer a los visitantes, va de los últimos promotores de la democracia en México —Maquío, Colosio o Heberto Castillo, por ejemplo—, al primero, José Vasconcelos. Es importante hacer notar que la avenida de la democracia fue mandada hacer por el expresidente Vicente Fox.

Si traigo a cuento estos detalles es porque existe una microfísica del poder que quizá dice más del afecto y el deseo que lo habita que de aquellas formas que están concebidas para ser visibles e institucionales. De acuerdo a esto, tendríamos derecho a sospechar del recorrido propuesto, el cual desemboca en la primera edificación construida en la antigua hacienda de La Hormiga: la casa Lázaro Cárdenas. Quizá sería oportuno preguntarse por qué justo cuando López Obrador interpela en su discurso en San Lázaro a los regímenes posrevolucionarios y de manera importante enfatiza el nombre la Lázaro Cárdenas, la “toma” de Los Pinos por el pueblo de México camina a contrapelo de una historia de la infamia y camina hacia la casa que habitó el “Tata”.

Más allá del documento material para la historia y de la posibilidad que se abre para pensar una cierta etno/antropología del imaginario del poder político en México que trae consigo la “toma” de Los Pinos, considero pertinente apuntar que cualquier gesto político que busca restituir una mitología del “cuerpo místico del líder” corre el riesgo de clausurarse y con ello hacer del afecto social instituyente el fundamento de la prepotencia sagrada del poder.

Pensar el estatuto de la democracia en una república significa que la sociedad se funda no solo en el entusiasmo, sino en la formación de la conciencia crítica de los ciudadanos. Tocará a la nueva gestión de la Secretaria de Cultura decidir si quiere refundar un mito o crear conciencia crítica sobre la historia obscena del poder que habitó en Los Pinos por más de setenta años, como le corresponderá también pensar el destino institucional de un bien inmueble que encarna la forma caduca del poder y traza la vocación de un bien que por ahora dibuja un terreno en disputa entre el arte y la historia.

 

José Luis Barrios
Filósofo, crítico de arte y curador.

Leer completo