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Presentamos el prólogo a Cuando Europa hablaba francés. Extranjeros francófilos en el Siglo de las Luces (Acantilado). “Tras la muerte de Luis XIV París se convirtió en un hervidero de nuevas ideas, salones, cenáculos y debates. La vida intelectual y mundana era apasionante en la capital francesa, referente de la Europa civilizada: el francés se impuso como la lengua del ingenio, la inteligencia y la conversación. Existen innumerables testimonios de la fascinación que suscitaban Francia y su lengua: monarcas como Federico II y Catalina de Rusia; príncipes y grandes señores como Eugenio de Saboya o el mariscal de Sajonia; cultivados viajeros como Hamilton o Caraccioli; escritores, abates o diplomáticos, como Franklin, Galiani, Grimm o Beckford. De todos ellos nos ofrece Marc Fumaroli un retrato erudito y vívido, acompañado de fragmentos de cartas u otros escritos que atestiguan el atractivo del ideal de ‘vida noble’ que persiguieron.”


Este libro es un paseo al azar por los encuentros entre franceses y extranjeros, en un siglo XVIII en el que los franceses se sienten en todas partes como en su casa, en el que París es la segunda patria de todos los extranjeros y en el que Francia es objeto de la curiosidad general de los europeos.

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El Siglo de las Luces comienza entre 1713 y 1714, con la firma de los tratados de Utrecht y de Rastadt que salva lo esencial de las posiciones de Francia en Europa. Concluye en 1814, con la entrada de los Aliados en Paris y la caída del Imperio napoleónico. De paso, nos encontraremos con sus generaciones sucesivas y con los principales acontecimientos que las marcaron. También haremos un viaje a través de la Europa de aquel entonces, y sus diferentes capitales: se partirá de París y de Versalles, a las que volveremos a menudo, pero también nos encontraremos en Londres, en Roma, en Berlín, en Dresde, en Viena, en San Petersburgo y en Varsovia, ciudades donde los individuos no apartan los ojos de París y de Versalles, como si estuvieran allí.

El siglo que creyó en la felicidad en la Tierra

Por todas partes encontramos esta disposición a la alegría llamada Siglo de las Luces y que hace de este siglo francés uno de los más optimistas que haya conocido la historia de la humanidad. Gracias a un conservadurismo notable, y poco puesto de relieve, los Estados Unidos de América, hijos del siglo XVIII y de su inmenso “lugar de memoria” siguen llevando hoy la impronta eufórica, ingenua y “joven” que fue borrada para siempre de Europa después del Terror de 1792-1794. ¿La Ilustración francesa? Un deshielo de lo sagrado, una religión intensa y profana de la felicidad y del momento de gracia, y cuya Jerusalén celestial esta en París. Unas veces quietista, otras militante, con su alto y su bajo clero, sus fieles, sus libertinos, sus tartufos, fue perseguida en París mismo por sus propias herejías cuyo dogma feroz puso de manifiesto Chateaubriand:

En el fondo de estos diversos sistemas, descansa un remedio heroico, confesado o sobreentendido; sólo se duda del momento de ponerlo en práctica: este remedio es matar. Es algo simple, se comprende de maravilla, y se vincula a ese sublime terror que, de liberación en liberación, nos ha acorralado en las fortificaciones de París: masacrad sin contemplaciones todo cuanto impide avanzar al género humano.1

No puede decirse que las guerras del siglo XVIII fueran “guerras galanas”, sino que tuvieron lugar entre ejércitos profesionales, y sus batallas nunca fueron más que continuación de la diplomacia por otros medios. Nada que pueda compararse ni con la “primera guerra mundial” de los años 1701-1715, ni con la segunda, desencadenada durante la Revolución francesa, y que no acabó hasta 1815, en Waterloo, ni todavía menos con las guerras totales de aniquilación del enemigo que dieron comienzo en 1914. Los setenta años de paz y de prosperidad (muy relativas y desiguales según el lugar), años interrumpidos varias veces por conflictos locales, que conoció Europa en el siglo XVIII, son excepcionales desde todos los puntos de vista en el fondo permanente, sombrío y trágico de la historia europea. Alentaron a todas las facultades razonables y no razonables de felicidad y de esperanza en la tierra en que vivían los europeos —y con una singular furia los franceses— a expandirse y acunarse en las nubes de un porvenir cada vez mejor, como los globos aerostáticos llenos de aire caliente de los hermanos Montgolfier que los súbditos de Luis XVI no se cansaban de ver elevarse por los aires y alejarse con el viento. El catolicismo, a pesar de las resistencias jansenistas, el protestantismo y el propio judaísmo tomaron los colores seductores de un paraíso próximo que todavía podemos ver, a la luz de sus altos ventanales acristalados, en la ornamentación de las iglesias, de los templos y de las sinagogas rococó.

Por todas partes, en esta Europa que cree asistir a una edad de oro, o que la cree inminente, encontramos embajadores profesionales, agentes o secretos o intermediarios a tiempo parcial, personas de mundo y de la alta sociedad que encuentran de lo más natural estar inmersos en un campo magnético que alimenta con su electricidad la inmensa y sutil red ininterrumpida de negociaciones diplomáticas de la que controlan uno de los hilos: esa incesante actividad negociadora es el principio de la armonía relativa, frágil, sensitiva, pero no obstante totalmente real y benéfica, que previene entonces a Europa contra cualquier conflicto mayor. Versalles, centro neurálgico de esta red, se permite incluso el lujo de tener dos diplomacias, una oficial, llevada a cabo por el ministro en funciones de Relaciones Exteriores, y otra clandestina y que dobla a la anterior: el Secreto del Rey.

Literatos, artistas, músicos, “virtuosos” del mercado de las antigüedades y de las obras de arte, que viajan a menudo de una capital a otra y mantienen una frecuente correspondencia con príncipes y soberanos, se muestran siempre, si se los observa de cerca, como colaboradores conscientes de una negociación iniciada o como catalizadores inconscientes de unas relaciones diplomáticas, estabilizadas y/o en vías de restablecimiento, entre dos cortes. La República de las Letras es una de las vastas redes que sirven de base a la intriga general. Su “rey” Voltaire, cuando pasa una temporada en Berlín o en Potsdam, es un intermediario de primer orden y siempre disponible entre Versalles y el rey de Prusia. La Republica de las Artes no le va a la zaga. El regreso de los comediantes italianos a París, que el regente pidió al duque de Modena en 1716, es una señal de paz dirigida a Europa. La estancia de un pintor o de un escultor francés en Estocolmo es la prueba de un estrechamiento de la alianza entre Francia y una Suecia siempre amenazada por San Petersburgo.

La tajante distinción que estamos tentados de hacer actualmente entre cultura y diplomacia sólo es un obstáculo para la comprensión de un siglo XVIII en el que la diplomacia lo impregna todo, porque ese siglo busco apasionadamente una paz civilizada que sabía frágil: había comprendido que únicamente una diplomacia ininterrumpida —como la que había puesto fin en 1648 a la guerra de los Treinta Años y logrado los tratados de Westfalia— podía mantener la empresa imposible de respetar la inevitable diversidad europea, encauzándola sin cesar hacia la paz, y también sabía que la obra maestra del espíritu humano, el compromiso entre pasiones e intereses opuestos, se halla profundamente emparentado con las Bellas Letras y las Bellas Artes, fruto y gala de la paz. Fue esta conspiración general de los espíritus, cuyos hijos son tan numerosos que desafían la descripción y el análisis, la que se vio totalmente desbaratada y en gran parte desmantelada por el extremismo de la Revolución francesa, inconcebible y paralizante para unos hombres acostumbrados a la moderación y a la conciliación. No obstante, en el Congreso de Viena, la vieja diplomacia tratara de reconstituirse, en torno a Talleyrand y a Metternich, como sistema nervioso del equilibrio europeo. Lo que el siglo XIX tuvo de fecundo nació de esta toma de posición previa de prudencia que incluso Bismarck, evitando un daño demasiado grave a la Francia derrotada en 1870, hacía suya, y que se hundió definitivamente en la histeria nacionalista de 1914.

 

Marc Fumaroli (Marsella, 1932)
Escritor y catedrático de la Sorbona y del Collège de France. Es autor de El Estado cultural, Las abejas y las arañas, París-Nueva York-París, La diplomacia del ingenio y La República de las Letras, entre otros libros.

Traducción de  José Ramón Monreal.


1 Memorias de ultratumba, edición de J. C. Berchet, traducción de José Ramón Monreal, Barcelona, Acantilado, 2000.