La gastronomía y el amor comparten un mismo hecho: el placer que provocan a los sentidos. Lo anterior ha servido como recurso para que ambos aspectos de la vida humana sean equiparados. Un buen ejemplo lo encontramos en múltiples refranes: “Barriga llena, corazón contento” o “Contigo la milpa es rancho y el atole champurrado”. Diversos autores también se han valido de este hecho para construir sus narraciones. Una de ellos es, por supuesto, Laura Esquivel que en su celebérrima Como agua para chocolate (1989) utilizó recetas para contar el amor imposible entre Tita y Pedro en tiempos de la Revolución: “Ella caminaba hacia la mesa llevando una charola con dulces de huevo cuando la sintió, ardiente, quemándole la piel. Giró la cabeza y sus ojos se encontraron con los de Pedro. En ese momento comprendió perfectamente lo que se debe sentir la masa de un buñuelo al entrar en contacto con el aceite hirviendo”. Más recientemente, el historiador José Iturriaga, esbozó en su Pasión a fuego lento (2006) la relación que ha existido a lo largo de la historia entre el erotismo y la cocina nacional. Los hombres del siglo XIX mexicano definitivamente recurrieron a la gastronomía para hablar del amor. A continuación tenemos varios ejemplos, la mayoría de ellos encontrados en la prensa de la época, que vale la pena rescatar para ver la fructífera relación que amor y cocina pueden entablar.
caricatura

Cómico, 4 de marzo de 1900.

El gregario escritor Ignacio Manuel Altamirano menciona que el Tívoli de San Cosme, restaurante suburbano que estaba localizado en la calzada homónima de la Ciudad de México, era una “Tebaida del amor y la gastronomía”, cuyos múltiples cenadores eran “capaces de contener ora tan solo a la amorosa pareja que desee encerrarse en un delicioso tête à tête y escondida en un nido de enredaderas y flores”.[1]

Pero entre las páginas de  los periódicos decimonónicos encontramos sobre todo poemas que expresan perfectamente la relación entre la entraña cordial y la digestiva:

Amor de cocina[2]

Idolatrada Tomasa:
Te escribo, según costumbre,
aquí, al amor de la lumbre
con las manos en la masa.

Mi amor es constante y fiel
a pesar de lo que dices
¡Testigos, las dos perdices
con que relleno un pastel!

Si ellas no pueden probar
la verdad de lo que digo,
también el pinche es testigo,
y ese casi sabe hablar.

Al escribir mis pesares
tanto tu desdén me abruma,
que estoy mojando la pluma
en tinta de calamares.

El descuido no fue flojo;
delante tengo el tintero,
más, pensando en tu salero,
yo no sé ni donde mojo.

 

Rimas de un hambriento[3]

¿Cómo está ese mamón apetitoso
Junto al perro bulldog?
Nunca hasta ahora contemplé en la tierra
Junto al hombre un mamón.

Por una tortilla, un mundo;
Por un chorizón, un cielo,
Por un cerdo… yo no sé
¡Que te diera por un cerdo!

Tú eras el pan francés, y yo la abierta
Boca que te quería comer;
¡Tenía que mascarte y engullirte…!
¡No puedo ser!

Tú eras el pulque curado y yo la tina
Que esperaba ansiosa su preciada miel:
¡Tenía que beberte o derramarte…!
¡No puedo ser!

Tragona tú, yo hambriento; acostumbrados
Uno a cenar, el otro a no comer;
La hambre canina, tentador bocado…
¡No puedo ser!

Por su parte, a diferencia de la comida, entre las páginas de la prensa decimonónica, la bebida suele evocar las relaciones fallidas y los tormentos que provoca el desamor. Otra vez, existen varios refranes que ilustran este hecho: “Vino y mujeres dan más pesares que placeres”, “Con amor y aguardiente, nada se siente”. Para el siglo que nos ocupa, el mejor caso lo encontramos en el poema “Para un menú” de Manuel Gutiérrez Nájera:

¡La copa se apura, la dicha se agota;
de un sorbo tomamos mujer y licor…
Las copas dejemos… si queda una gota,
que beba el lacayo las heces de amor”.

También encontramos rimas en el mismo sentido, sirva como ejemplo el último verso de la composición titulada “La palanca del amor”, poema escrito por un autor desconocido bajo el seudónimo de Temperante:

Yo opino que el amor es un mal trago;
Que amar es una pena y un suplicio,
Y que quien cede a femenil halago,
Con cantina o sin ella pierde el juicio.[4]

Finalmente, hay que mencionar que en el siglo XIX parecería ser que la galantería podía superar a la práctica gastronómica, o por lo menos así lo dan a entender estos anónimos versos de reproche llamados “Glosa del chile verde” que datan de 1869:

Las muchachas de hoy en día
son cosa muy exquisita
sólo andan dando carita
con mucha coquetería:
todas con mucha alegría
sólo les gusta pasear,
se peinan con macasar
de trenzas y caracoles;
pero tantitos frijoles muchas no saben guisar”.[5]

Algunas de estas referencias literarias son todavía comprensibles en nuestros tiempos, mientras que otras nos parecerán totalmente anacrónicas. En todo caso, esta pequeña muestra da cuenta de cómo la narrativa alrededor de la comida en el siglo XIX mexicano sugiere distintas formas de pensar y vivir las prácticas amorosas. ¿Tendremos ejemplos de esta relación en nuestra prensa contemporánea?

 

[1] El Renacimiento, 14 de agosto de 1869.

[2] El Popular,24 de febrero de 1899.

[3] Cómico, 27 de julio de 1901.

[4] Cómico, 27 de noviembre de 1898.

[5] Gabriel Zaid (comp.), Ómnibús de poesía mexicana. 2ª. Edición, México: Siglo XXI, 1972, pp. 286.