“Yo conozco, con el natural entendimiento que Dios me ha dado, que todo lo hermoso es amable; mas no alcanzo que, por razón de ser amado, esté obligado lo que es amado por hermoso a amar a quien le ama”.

Discurso de Marcela, P. I. Cap. XIV. Don Quijote de la Mancha.

I

Puede el crítico estar seguro de encontrarse ante una obra maestra cuando pisa cauteloso incluso las más sólidas convenciones acerca de sus postulados. Enemistarse con la capilla más ferviente de lectores de un texto es la congoja más común de los neófitos. Don Quijote de la Mancha representa esta clase de pesadilla. Una joya superior de pura literatura y de literatura pura que, a pesar de estas fobias y a pesar de los años, nos sigue dando el poder de imaginarla diferente.

En la época en que Don Quijote cabalgaba en la imaginación de los lectores, existía también toda una corriente, ingenua, en el mejor de los casos y misógina, en el peor, respecto a lo que había que “hacer” con las mujeres. Dice Juan Diego Vila:

No se trata, en definitiva, de que la mujer se forme libremente a sí misma y a su antojo sino de que asuma ingenuamente como propios los dictados de tantos moralistas, teólogos o educadores varones preocupados por garantizar que ellas sean tal cual ellos desean.

Autores como Juan Luis Vives, Juan de la Cerda o Fray Vicente Mexía buscaban encausar el comportamiento de las mujeres mediante sucesivos libros “educativos”. A grandes rasgos, Isabel Morant explica que esto se debió a que, “el hombre, por su parte, podía ser considerado como un ser imperfecto y moralmente inseguro por la caída de Adán. Pero perteneciente a su estirpe había heredado la supremacía que Dios concedió al primer hombre, mandándole que gobernara la tierra y a la mujer. Siguendo lo que dice la autora, tanto filósofos como moralistas propugnaban los privilegios de la masculinidad: “el saber y el poder, social y político, debía pertenecer en exclusiva al géneros de los hombres, vetándose a las mujeres”.

En el prólogo a La formación de la mujer cristiana (1528), Juan Justiniano, el traductor de la obra de Juan Luis Vives, escribió que la fe se ha repartido de la misma forma en hombres y en mujeres, pero que en lo “tocante a las obras”, el hombre debe, sin duda, regir y adiestrar a las mujeres. No sólo eso: éstas tienen que obedecer.

"Don Quixote" de Honoré Daumier (1868)

“Don Quixote” de Honoré Daumier (1868)
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En su monumental Saludable instrucción del estado del matrimonio (1566), Fray Vicente Mexía sigue en la misma línea de misoginia y de rebajamiento de la mujer pues en su libro ordena “la obediencia y sujeción” de la mujer casada a los deseos de su marido a todo lo que fuere lícito. Misma línea de pensamiento podemos encontrar en otro moralista de la época, Juan de la Cerda, el cual recomienda que la mujer sea callada, siendo irrelevante si la susodicha es mujer sabia o ignorante. Lo importante aquí era marginar a la mujer, no tanto por sus obras, como por su condición débil, moralmente dudosa, por ser una trampa para la masculinidad.

En medio de este ambiente misógino se aceptaba como natural el que el matrimonio fuera el fin tanto de mujeres como de hombres y que la reproducción fuera el objetivo del mismo. La descendencia se traducía en una especie de prestigio –inevitable a fin de cuentas– que se extendía a los hijos: los vástagos poblarían la tierra tal y como Dios lo había mandado. La semilla del génesis repetida a través de la estricta vigilancia de una moral que admitía a la mujer como instrumento pero que también la señalaba como herramienta afilada y peligrosa: la ambivalencia de una época cuyo sello oficial era una política de celo protector hacia el útero y una condenación explícita a la mujer bajo un acendrado concepto de cristiana prudencia. A la mujer se le necesitaba tanto como se le repudiaba.

Leamos a Juan Luis Vives en su tratado Los deberes del marido (1528):

El fin del matrimonio es la procreación y la vida en común. Con respecto a ambas cosas muchos son los que pecan gravemente, pues a unos no les preocupa en absoluto en qué mujer van a engendrar sus hijos, cuando por el contrario es conveniente que si ellos son sobresalientes por dádiva de la fortuna o por don de la naturaleza, cuiden con extrema diligencia no arrojar la semilla de tan noble raza a un terreno malo, o no corromper tan óptima simiente con alguna mala cualidad.

En obras como La perfecta casada (1583)de Fray Luis de León, Vida política de todos los estados de las mujeres (1599) de Juan de la Cerdao la Apología del matrimonio (1518)de Erasmo de Rotterdam, la idea principal se mantiene: en el aire había un esquema de esperanza reproductiva que cada pareja tenía que cumplir. Éste llegaba al extremo de decir que la reproducción era un instinto tan natural, que quien no obedecía su dictado no debía ser considerado buen ciudadano…ni hombre normal.

II

En medio de este clima misógino aparece en 1605 la primera parte de Don Quijote de la Mancha, un texto cuyo trato hacia las mujeres dentro de la novela es una firme defensa de la libertad reproductiva, la  elección amorosa y la claridad femenina. Leandra, Zoraida, Marcela y Doña Clara de Viedma, todas personajes de la primera parte de la novela, son huérfanas de madre.

Esta ausencia de maternidad ya había sido advertida por Ruth El Saffar en su artículo In praise of what is left unsaid: Thoughts on Women and Lack in Don Quijote:

Las madres brillan por su ausencia tanto en la primera parte de Don Quijote como en los trabajos dramáticos y literarios de los contemporáneos de Cervantes. No existe un modelo de amor conyugal o de maternidad en el mundo de donde viene Don Quijote.

La orfandad femenina es una forma de liberación sutil que pone las baterías de Cervantes en establecer un discurso igualador entre hombres y mujeres. Se cuela la imagen de jóvenes independientes y hermosas, poseedoras de voluntad, no hijas de Dios ni compañeras de Adán, sino núcleos potentes de feminidad: ya no la costilla sino sus propios hechos y sus propias vidas. Las mujeres son retratadas aquí como seres de movimientos libres y hasta caprichosos, como debería ser cualquier vida no atada a ejemplos de perfección moral inevitablemente paralizadores y furtivamente sibilinos.

Hay que hacer notar que todas estas mujeres y sus padres –que sí tienen– poseen un árbol genealógico vertical: la daga genealógica que se crea apunta solamente hacia abajo y no hacia los lados: son huérfanas de madre y no tienen tampoco hermanos o primos. Son islas reproductivas, quizá un infertilidad anunciada.

El padre de Zoraida quiere a su hija de vuelta porque la ama pero también porque ese grito desesperado anuncia una soledad inminente:

-Vuelve, amada hija, vuelve a tierra, que todo te lo perdono; entrega a esos hombres ese dinero, que ya es suyo, y vuelve a consolar a este triste padre tuyo, que en esta desierta arena dejará la vida, si tú le dejas.

En el caso de Leandra, Doña Clara y Marcela, Cervantes no guarda silencio a este respecto y les otorga a todas una maternidad hacia ellas mismas; mujeres fuertes que pueden valerse por sí mismas. La orfandad materna en Don Quijote de la Mancha representa la infecundidad femenina –no biológica sino social-, pues no se indica en ninguna parte de la narración que todas estas mujeres hayan seguido las reglas oficiales de una moral cuyo celo reproductor las cortejaba tanto como las obligaba.

La crítica contra el statu quo de aquella época es evidente: la novela no las retrata como mujeres casadas, con hijos, obedeciendo a un marido y ajustándose a sus dictados. La ausencia de familia en todas estas mujeres representa, precisamente, lo contrario a lo esperado. ¿No son todas ellas una esperanza castrada, una oportunidad reproductora perdida, un aliento familiar detenido? Todas son hermosas y esa hermosura desmedida parece también ser el límite de las ambiciones familiares que en aquella época pesaban sobre ellas: todos esos moralistas podían sorprenderse ante la obra de Cervantes, pues las mujeres que habitaban esa ficción primerísima del manco de Lepanto estaban llenas de la ausencia vital que correspondía a mujeres de su condición, es decir, dispuestas a obedecer, callar y procrear.

El hecho de que Cervantes deje en el aire el destino final de todas estas mujeres deja al lector con la incertidumbre de su conclusión, quizá permitiéndonos imaginarla diferente –ni buena ni mala–, una continuación de la libertad que Cervantes les da, no solamente personal sino imaginativa. De esta manera, el autor las reivindica literariamente cuando socialmente servían para una sola cosa que las definía como mujeres: la reproducción.

¿Es demasiado extender la liga de su prestigio el decir que Miguel de Cervantes fue el primer protofeminista de la Literatura Española? El caso del discurso de Marcela es claro: una hermosa defensa de cómo el amor no correspondido no es de ninguna forma una soga tirante para quien decide no corresponder. La soledad de Marcela la leo asimismo como una verificación de la libertad femenina. Marcela ha escogido voluntariamente vivir apartada y dice: “Si yo conservo mi limpieza con la compañía de los árboles, ¿por qué he de querer que la pierda el que quiere que la tenga con los hombres?”

Menos obvios pero más reveladores son estos ejemplos  de mujeres cuyo destino es dejado a la intemperie (es decir, en donde Cervantes no les asigna el rol femenino tradicional que cabría esperarse, pues Zoraida, Marcela, Leandra y Doña Clara de Viedma son mujeres libres, cuyo desajuste primordial consiste en aparecer diferente e incluso contrarias al discurso de la época) y que a través de acciones cortadas o detenidas -las mujeres como formadoras de familias- abonan al registro íntimo de Cervantes y a su postura respecto a la femineidad masculina que los hombres debían de exponer. Recordemos que Don Quijote es el único que se interpone entre Marcela –cuando acaba su discurso-– y los hombres que por alguna razón quieren ir tras ella. Solamente la locura caballeresca de Don Quijote podía reestructurar y, sobre todo, entender las bases femeninas de una sociedad masculina patriarcal: quizá el propio Cervantes supo que nadie se escandalizaría si ponía a su protagonista como defensor de la libertad femenina, pues era un loco amable y no un reformador a ultranza. El continuo golpeteo contra la autoridad y por extensión contra el mundo en el que vivía, es un síntoma recurrente en la novela, dice Ruth El Saffar: “El reto de Cervantes contra las formas establecidas, tanto sociales como literarias, se extiende incluso a su propia autoridad.”

Esta forma de caracterizar a las mujeres es probablemente una manera de criticar la existencia rígida de un solo destino para ellas y, de paso, continuar con el legado de minar cualquier impronta de autoridad a lo largo de la narración.

En suma, lo que Cervantes hace es proporcionarles a estas mujeres características inequívocas contra el discurso oficial, moral y religioso que se respiraba en la época. La libertad, parece decirnos Cervantes, es una forma de admonición contra los marcos rígidos de la autoridad. La mujer, al menos en la primera parte de Don Quijote de la Mancha, se libera del yugo y de las roídas cadenas de una sociedad que la veía en estrictos términos de funcionalidad. Oasis quemado de agua estancada, alabarda tallada que buscaba herir, una superioridad injustificada en una época unida y marcada bajo la temible caligrafía de Dios: la administración celestial de las rentas terrenales.

Cervantes se dio cuenta de que los molinos de viento no eran lo único que había que combatir.

 

 

Bibliografía

-Cerda, Juan de la, Vida política de todos los estados de las mujeres, Alcalá de Henares, 1599. Tomado de: http://parnaseo.uv.es/Lemir/Revista/Revista14/1_Estados_de_mujeres.pdf.

-Cervantes, Miguel de, Don Quijote de la Mancha, Edición de Francisco Rico, Punto de Lectura, 2008, Perú.

– De León Fray Luis, La perfecta casada. Tomado de: http://www.biblioteca.org.ar/libros/131489.pdf.

-Diego Vila, Juan. Juan de la Cerda y la burocracia celeste: una historia de ángeles en huelga, una virgen sorda y un dios extorsionador. Ponencia, II Congreso Internacional “Transformaciones Culturales. Debates de la teoría, la crítica y la lingüística”, Buenos Aires, 2006, página 74.

-El Saffar, Ruth, John Hopkins University Press, MLN, Vol 103, No. 2 Hispanic Issue, Marzo 1988, pp. 206- 210, EUA.

– Mejía, Vicente. Tomado de: http://www.bibliotecavirtualdeandalucia.es/catalogo/consulta/registro.cmd?id=6426. Versión PDF.

– Morant, Isabel, Historia de las mujeres en España y América Latina II, Madrid, Cátedra, 2005, página 29.

-Morant, Isabel, Discursos de la vida buena, Matrimonio, mujer y sexualidad en la Literatura humanista, Cátedra, 2002, España.

-Rotterdam, Erasmo de, Obras escogidas, Madrid, Aguilar, 1964.

– Vives, Juan Luis, Obras completas, Madrid, Aguilar, 1992; Valencia, Generalitat Valencia, 1998.

– Vives Juan Luis, Los deberes del marido. Tomado de: http://bivaldi.gva.es/es/corpus/unidad.cmd?idUnidad=10113&idCorpus=1&resaltar_1=procreacion