«It’s the terror of knowing
What this world is about
Watching some good friends
Screaming “Let me out”
Pray tomorrow, gets me higher high high
Pressure on people, people on streets»
«Under Pressure»
David Bowie y Queen

 

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Hace poco Elizabeth Kolbert se preguntaba en un artículo titulado «No time», acerca de las causas de que, al parecer, cada vez estemos más ocupados y tengamos menos tiempo libre. Desde los años previos a la Gran Depresión un economista como John Maynard Keynes había vaticinado justamente lo contrario: que, dado el avance de la tecnología, y el crecimiento económico derivado de ésta, el hombre tendría que trabajar menos y dispondría, en consecuencia, de cada vez más tiempo para el ocio, la recreación y el goce, hipótesis absolutamente lógica.

¿Por qué entonces observamos justamente lo contrario? La respuesta descansa en una de las bases de la sociedad capitalista: la idea del rendimiento máximo. La historia de la acumulación del capital marcha por el sendero de la explotación de todo lo que quede a su disposición: recursos naturales, animales, seres humanos, incluso ideas. A diferencia de las sociedades antiguas, la capitalista no guarda ninguna consideración por la naturaleza ni por los hombres, a quienes por primera vez en su historia les impuso un principio de coacción ineludible: el hambre.

Entrelazada con la del capitalismo, corre también la historia de la construcción del sujeto moderno como sustituto de Dios y, por tanto, como depositario último de toda soberanía. Tras transitar por el Estado o la Sociedad parece ser que hoy sólo el Individuo puede ser soberano. No hay ningún poder que le sea superior: ni el de Dios, ni el de la Naturaleza, ni el del Estado, ni el de la Sociedad. El hombre contemporáneo aparentemente se basta a sí mismo, y no necesita de nada ni de nadie externo a él.

A pensar los efectos de estos procesos se dedica el filósofo coreano Byung-Chul Han en sus primeros tres libros publicados en nuestro idioma: La sociedad del cansancio, La sociedad de la transparencia, y La agonía del Eros. La terna está atravesada por la tesis de que la sociedad contemporánea se caracteriza por la eliminación de la negatividad, es decir, de todo aquello que es externo y diferente del individuo: la sociedad, la pausa, la contemplación, la muerte, el dolor, y, en última instancia, el otro, factores todos que ponen trabas a la lógica ininterrumpida de la producción y el consumo que se ha venido insertando en nuestras mentes desde hace tiempo. Nuestro lenguaje y, por tanto, nuestra vida están, en efecto, plagados de términos económicos. Actuamos bajo un «interés», buscamos «utilidad» en las cosas, debemos saber «vendernos», buscamos ser «productivos», «competentes», aspiramos, en suma, a lograr nuestro máximo «rendimiento», para obtener los mayores «beneficios», es decir, la mayor cantidad de dinero, que en teoría nos libre de la necesidad, nos procure seguridad y, en última instancia, felicidad, en tanto que nos permita la mayor redención a la que aspira el hombre de hoy: el consumo.

Esta interiorización de la lógica aditiva del capital es un signo de lo que Han describe como el paso de lo inmunológico a lo neuronal, esto es, la interiorización de todo lo que antes era exterior al individuo, que lo rebasaba y quedaba fuera de sus fronteras. Es un signo también del paso de la sociedad disciplinaria a la sociedad del control. Ya no necesitamos al Gran Inquisidor que juzgue y sancione nuestros actos desde afuera, sino que somos nosotros mismos los que nos culpamos y castigamos desde dentro. Ya no requerimos al Gran Hermano que nos observe constantemente para obtener nuestros más profundos secretos, sino que somos nosotros mismos los que nos desnudamos obscenamente en los aparadores de las socorridas redes sociales. La sociedad ya no produce locos y criminales, sino seres depresivos y fracasados ante el insoportable anhelo de perfección de uno mismo.

En palabras de Han, «el sujeto de rendimiento está libre de un dominio externo que lo obligue a trabajar e incluso lo explote. Es dueño y soberano de sí mismo. De esta manera, no está sometido a nadie, o mejor dicho, sólo a sí mismo […] Así, se abandona a la libertad obligada o a la libre obligación de maximizar el rendimiento. El exceso de trabajo y rendimiento se agudiza y se convierte en autoexplotación. Ésta es mucho más eficaz que la explotación por otros, pues va acompañada de un sentimiento de libertad. El explotador es al mismo tiempo el explotado. Víctima y verdugo ya no pueden diferenciarse […] Las enfermedades psíquicas de la sociedad de rendimiento constituyen precisamente las manifestaciones patológicas de esta libertad paradójica». Paradójica, por no decir inexistente, pues como afirma en otro pasaje: «Somos amos del esclavo o esclavos del amo, pero no hombres libres».

Amos y esclavos a la vez de nosotros mismos, nos violentamos constantemente, libramos una batalla perpetua en nuestra contra en la que la única vencedora es la autodestrucción. En el reino de la competencia, coaccionados por el hambre y el creciente ejército de reserva, nos exigimos cada vez más de nosotros mismos. Contrario a lo que pensaba Keynes, la tecnología, en lugar de ayudarnos, nos esclaviza más, haciendo posible que trabajemos en cualquier lugar, a cualquier hora, cosa que, sorprendentemente, consideramos un «gran avance». La autocoacción va más allá de lo laboral, penetra todos los ámbitos de nuestra vida: la salud, el deporte, la alimentación, la educación, el amor, la sexualidad, el ocio, la fiesta. En todo tenemos que ser los mejores: los más sanos, los más fuertes, los de mejor calificación, los que más vivencias sexuales han tenido, los que más alcohol y drogas consumen, para ser los que, supuestamente, viven mejor. Por eso estamos cada vez más enfermos, más cansados, más angustiados y, en consecuencia, más necesitados de algo, lo que sea, que nos saque de esa miserable condición tan sólo por un momento, aunque sepamos perfectamente que se trata de una felicidad aparente, y que, mal administrada, reproduce al infinito el ciclo de la autodestrucción y el sufrimiento. La sociedad del rendimiento es, pues, también una sociedad de dopaje. Sin importar si las drogas son legales o ilegales, no hay lugar para la tristeza, el aburrimiento y el malestar. Sólo lo hay para la acción, el trabajo y el consumo, encarnación del principio de positividad.

 

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Así como es una ilusión pensar que cuanto más activo uno se vuelva, más libre se es, es igualmente iluso asumir que cuanta mayor información esté disponible, más verdad y conocimiento se genera. La primera afirmación describe el imperativo del rendimiento. La segunda el de la transparencia. Todos sabemos que la «sociedad del conocimiento» no es tal, que lo único que importa hoy es la cantidad de información que se genera y la velocidad a la que se transmite. Cada vez importa menos la calidad de dicha información, y el uso que de ella se hace. Mucho más que la verdad, lo que vale es la exhibición, el mostrar, el «quitarle los velos» a todo. Pero eso, en lugar de arrojar luz, genera una densa oscuridad derivada de la acumulación excesiva de datos. Ya no hay filtros. Todo se vale. Vivimos inmersos en el ensordecedor ruido de la posmodernidad, carente de dirección, de saber, de sentido. En una sociedad en la que absolutamente todo es susceptible de convertirse en mercancía, el único sentido posible es el de la exposición y la venta. El mundo se ha convertido en un aparador, en una pantalla en la que todos queremos aparecer. Vivimos bajo la «tiranía de la visibilidad», en una sociedad pornográfica, en la que todos nos transformamos en imágenes de las que borramos cualquier rastro de negatividad, despojándonos incluso de nuestro propio rostro. «Cada sujeto es su propio objeto de publicidad. Todo se mide en su valor de exposición. La sociedad expuesta es una sociedad pornográfica. Todo está vuelto hacia fuera, descubierto, despojado, desvestido y expuesto. El exceso de exposición hace de todo una mercancía, que “está entregada, desnuda, sin secreto, a la devoración inmediata”».

A diferencia del panóptico de Bentham, que tenía el objetivo de que todos los prisioneros fueran observados, sin darse cuenta, por un solo guardián, la peculiaridad del panóptico digital de hoy radica en que son sus propios moradores los que lo construyen con su exhibicionismo, no sólo voluntario sino incluso placentero. No hay nadie que coaccione desde fuera. Los casos de Wikileaks y Snowden, que confirmaron la realidad de la sociedad del control en la que vivimos, fueron ignorados por la mayoría de los cerca de mil trescientos millones de usuarios de Facebook, la trigésimo sexta marca más valiosa del mundo, y la tercera «religión», si se me permite la expresión, por debajo aún del cristianismo y el islam, pero llamada a superarlos.

Mientras tanto, Apple, la número uno, y Google, la número tres, se erigen como adalides del «ciberfetichismo» del que habla el sociólogo español César Rendueles, es decir, la idea de que la innovación tecnológica y la conectividad a internet son la panacea para la solución de los problemas de la humanidad. Esto, al tiempo que almacenan, analizan y controlan toda nuestra actividad en la red, además de imponernos pautas para consumir más y mejor. «Los consumidores —señala Han— se entregan voluntariamente a las observaciones panópticas, que dirigen y satisfacen sus necesidades. Coinciden comunicación y comercio, libertad y control». Internet, pues, como una extensión del mercado que penetra en nuestro cerebro todos los días a través de los dispositivos digitales producidos por estas mismas empresas, a los que hemos encumbrado al nivel de objetos sacros, dignos no solamente de dependencia sino también de veneración.

«Hoy —concluye Han—, el globo entero se desarrolla en pos de formar un gran panóptico. No hay ningún afuera del panóptico. Éste se hace total. Ningún muro separa el adentro y el afuera. Google y las redes sociales, que se presentan como espacios de la libertad, adoptan formas panópticas. Hoy, contra lo que se supone normalmente, la vigilancia no se realiza como ataque a la libertad. Más bien, cada uno se entrega voluntariamente a la mirada panóptica. A sabiendas, contribuimos al panóptico digital, en la medida en que nos desnudamos y exponemos. El morador del panóptico digital es víctima y actor a la vez. Ahí está la dialéctica de la libertad, que se hace patente como control». Libertad como autoesclavitud en la lógica del rendimiento, libertad como control voluntario en el paradigma de la transparencia, libertad como ausencia de negatividad, como aniquilación de reflexión, como supresión de la ira y, por tanto, de la posibilidad de resistencia y transformación política. ¿Libertad?

 

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¿Qué hacer? Ante todo, nos dice Han, cerrar los ojos para aprender a mirar. El sujeto narcisista de la sociedad actual es incapaz de mirar más allá de sí mismo, incapaz de ver, comprender, y mucho menos amar al otro, más aún si ese otro es pobre, negro, indio, naco, etcétera. El mundo se le presenta sólo como una proyección de sí mismo, en la que, sin embargo, termina ahogándose, presa de la depresión y el cansancio, que acaban por derrumbarlo.

Ante esta desaparición del otro y de lo otro, Han plantea la recuperación del Eros, la potencia primigenia sin la cual el mundo no existiría. Nacido del huevo primordial, fue el primero de los dioses según algunas versiones de la mitología griega. Sin su ardor no hubiera podido nacer ningún otro, ni tampoco el mundo. Eros, pues, como un soplo, como un impulso hacia lo otro, como una potencia ascensional del espíritu que nos propulsa a «una procreación en la belleza»: «El alma, propulsada por el Eros, produce cosas bellas y sobre todo acciones bellas, que tienen un valor universal». Según Platón, el Eros dirige el alma. Tiene poder sobre todas sus partes: deseo, valentía y razón. Sin Eros, la ira degenera en enfado o descontento, y el pensamiento en «un cálculo dirigido por datos». El Eros transforma, opera una metamorfosis que nos impulsa a entrar en lo no recorrido, en lo no calculable, en lo totalmente otro. Eros, en suma, como «una presencia intrínseca al pensamiento, una condición de posibilidad del pensamiento mismo, una categoría viva, una vivencia trascendente». «El pensamiento sin Eros es meramente repetitivo y aditivo. Y el amor sin Eros, sin su fuerza ascensional, degenera hasta la “mera sensibilidad”». Sin Eros no hay espíritu ni deseo, sólo el reino de la mera vida, de la vida sin un fin, sin narrativa, sin sentido, vivida sólo porque sí.

La filosofía de Han es precisamente eso. Es como si fuéramos tocados por un aletazo de Eros que nos impulsa al pensamiento, pero también al amor y a la acción bella, que sólo pueden ser inducidos por el otro. Aprender a mirar implica recuperar la perspectiva de la vida contemplativa que conduce a la pausa, a la reflexión, al silencio, en medio de un mundo por demás ruidoso, lleno de histeria y nerviosismo. La verdadera soberanía del individuo, para este pensador, ingeniero de primera profesión que emigró de su país para estudiar Literatura en Alemania y encontrarse, finalmente, con la Filosofía, consiste en la posibilidad de no hacer, de decir no a la vida activa, de leer a Hegel a un ritmo de una página por día. La soberanía del no radica precisamente en recuperar la potencia negativa del hombre, en tratar de darle pausa y duración a la vida, en restituirle al mundo su carácter estético y bello, ignorado por completo en la lógica de la aceleración total.

Lo mismo respecto al amor. La ya famosa frase «all you need is love, all you want is sex, all you have is porn» define a la perfección la degradación que el amor ha sufrido en el mundo contemporáneo. La positividad del mundo de hoy, que no admite sufrimiento, ha terminado por desterrar al amor, que por definición sale de nuestras fronteras individuales y de nuestro control, «es sin razón, nos invade y nos hiere». Amar implica, según Marsilio Ficino, «morir en el otro». Hoy somos cada vez menos capaces de amar. Nos fastidian y sorprenden las relaciones duraderas porque, atrapados en la lógica del rendimiento, preferimos la fugacidad y el vacío a la duración y el sacrificio de nuestra sagrada personalidad. Por esa misma razón no queremos tener hijos, o aplazamos cada vez más su llegada, pues el cuidado de éstos implica una interrupción de la lógica de la acumulación de vivencias positivas. Y así, «El amor se positiva hoy como sexualidad», que a su vez se positiva en pornografía.

Si el sexo es atrapado por las redes del rendimiento, que convierten a la sensualidad en capital y al cuerpo en mercancía, el porno aniquila por completo al Eros, puesto que torna imposible experimentar ya no sólo el deseo erótico, sino incluso el placer sexual. El «all you have is porn» es un signo de la vacuidad de nuestras vidas, de la soledad absoluta en la que nos colocan las ortopedias tecnológicas, y de la destrucción de la fantasía, erótica o de cualquier otro signo, ante la inflación máxima de la información visual. Si en el sexo, despojado del juego erótico, el otro nos sirve sólo como extensión de nosotros mismos, en el porno queda completamente aniquilado porque nuestro placer ortopédico no lo requiere. Y sin embargo, lo único que puede sacarnos de esta dinámica es el amor, el Eros. Ciertamente, volvemos al «all you need is love», y al «love is all you need» que nos legaron los Beatles durante la época en la que se habría de confirmar el individualismo rampante de hoy.

En el terreno de la política la situación es similar. La valentía, que conduce a la acción política, se encuentra atrofiada por el cansancio y el aislamiento. La apatía en la que estamos sumidos, que en ocasiones pasa al enfado y al descontento, pero no más, requiere del Eros para poder imaginar mundos distintos, otras formas de vida. Dado que éste nos saca del yo para alimentarnos del otro, se convierte hoy en la única posibilidad de recobrar la confianza en los demás y construir relaciones duraderas con ellos, es decir, de reconstruir la sociedad en sentido amplio, a partir de la consideración de que somos seres que dependemos unos de otros y requerimos del cuidado mutuo. Aprender a mirar a los demás significa, por supuesto, hacer algo respecto a la desigualdad reinante. No podemos seguir pasando por alto una situación tan insoportable. Y una buena manera de hacerlo es activando nuestra mente y actuando en consecuencia, desde donde nos sea posible.

Si el pensamiento de Han logra sacudir nuestras conciencias es, a mi juicio, no sólo porque da en el clavo respecto a la condición de la sociedad actual, sino esencialmente porque su filosofía es una muestra de erotismo. Es un pensamiento pausado, reflexivo, contemplativo, inteligente que logra sacarnos de la dinámica en la que estamos inmersos, y conduce nuestra mirada y nuestra mente mucho más allá de nosotros mismos. Nos muestra problemas que, a pesar de resultarnos muy cercanos, o no los vemos o preferimos no verlos. Si algo se le pudiese objetar a su filosofía es quizá el tufo a cristianismo propio de la doctrina del amor al prójimo, y en general, un olor a conservadurismo, que tiene que ver con la necesidad de valores universales y de narrativas capaces de estructurar a la sociedad. Pero desde mi perspectiva, se trata justamente de conservar y rescatar lo poco que nos queda de humanidad, de solidaridad y ciertamente, de amor al prójimo ante el egoísmo y la individualidad reinantes.

Más allá de la apropiación y el uso de los principios por doctrinas religiosas, políticas, filosóficas e ideológicas, debemos reconocer en la potencia primigenia que encarna el Eros una posibilidad de transformación, que resulta por demás necesaria en la sociedad actual, que a todas luces es una sociedad bajo presión. Como bien se cuestionan Bowie y Queen en «Under Pressure»: «Can’t we give ourselves one more chance? / Why can’t we give love that one more chance? / Why can’t we give love give love give love give love / give love give love give love give love give love / Cause love’s such an old fashioned word / And love dares you to care for / The people on the edge of the night / And love dares you to change our way of / Caring about ourselves / This is our last dance / This is ourselves / Under pressure / Under pressure / Pressure».

Kuychae Park

Kuychae Park