El siguiente texto defiende una entretenida película por romper los estándares de su propio molde, una subversión insospechada en un género del que ya no se esperaba tanto.

De entre los quince o treinta argumentos básicos con los que los taxidermistas clasifican a las historias que nos contamos, pocos tan deliciosos como el antagonismo entre el personaje y la trama. La historia de la literatura —y por extensión del cine— está llena de narrativas en las que el conflicto central no es aquel que existe entre los personajes, sino entre el protagonista y las convenciones del género al que pertenece la obra. Así, mientras que Don Quijote narra los desencuentros entre un protagonista medieval y una novela moderna, Madame Bovary relata la tragedia que surge cuando una aspirante a heroína romántica se topa con el cinismo de un escritor naturalista.

Cindy la Regia, el más reciente largometraje de Catalina Aguilar Mastretta y Santiago Limón, representa una apuesta contemporánea —y a mis ojos exitosa— por este antagonismo meta-dramático. La epónima protagonista, una niña bien de San Pedro Garza, Monterrey, ha vivido su vida entera asumiendo el papel que le toca en la comedia romántica de la oligarquía mexicana: la de la novia-en-espera que anhela el día en el que un mirrey de su clase social la “enroque”. El incidente inductor de la trama ocurre cuando Cindy se da cuenta de que, en la vida como en el ajedrez, quedar enrocado es quedar encerrada en el castillo. Sin preocuparse por cuestiones tan pedestres como hacer planes, nuestra Regia decide subirse a un avión y escapar a la tierra prometida de la libertad, el empoderamiento, y las tortas de chilaquiles: la Muy Noble y Leal Ciudad de México.

Así, la película de Aguilar Mastretta narra lo que sucede después de lo que debería de haber sido el final de una comedia romántica. Este arranque negativo, por llamarlo de algún modo, le permite a la cineasta mirar a sus personajes con una cierta distancia irónica y desde dos perspectivas a la vez: como los personajes que deberían ser —según la lógica del género— y los personajes que son —según la lógica de la obra. Así, Pepe, el galán ricachón, a quien Cindy conoce como parte de su trabajo en una revista de modas es, al mismo tiempo, un príncipe a la espera de su princesa y un “mirrey misógino del mal”. La abuela paterna, a quien Cindy no ha visto desde su primera comunión, es tanto una advertencia sobre los peligros de insistir en la propia independencia como un testimonio de que una mujer no necesita a un hombre para vivir con plenitud.

En uno de los momentos mejor logrados de la película —y aguas que ahí va el espoiler— el galán ricachón y la madre de Cindy se apersonan en el departamento donde Cindy ha tomado refugio y la descubren infraganti con otro galán, este fotógrafo. El galán ricachón insulta a Cindy y se gana por ello un gancho en la cara de parte de Angie, la prima de la Regia, quien lanza un breve monólogo feminista en defensa de la libertad de Cindy de “compartir su cuerpo con quien decida”. Instantes después, la madre de Cindy repite la misma frase, palabra por palabra, pero lo que antes era una celebración del empoderamiento sexual se escucha de pronto como un profundo reproche.

El resultado es que tanto Cindy como la audiencia se ven confrontados con una decisión: ¿qué tipo de historia es preferible? ¿Una en la que el galán es un príncipe, o una en la que es un mirrey? ¿Una en la que la abuela es una vieja solitaria o una mujer rejuvenecida por la libertad? ¿Una en la que decidir con quien compartir el cuerpo es causa de celebración o de reproche?

Tenemos entonces que la película de Aguilar Mastretta es, además de una comedia romántica, un comentario crítico sobre la comedia romántica —una demostración de que “no hay géneros condenados a la medianía creativa”, para citar a Fernanda Solórzano. El origen de los problemas de Cindy, la audiencia intuye, es que se ha pasado la vida escuchando variaciones infinitas de la misma trama matrimonial. Esta sobredosis de romanticismo —la enfermedad de Bovary— terminó por convencerla no sólo de que quería algo que en realidad no quería, sino de que querer otra cosa era sencillamente imposible. La moraleja de este cuento moral que nos invita a dejar atrás una moral anticuada y patriarcal queda en evidencia en la última escena. Siguiendo las convenciones del género, Aguilar Mastretta termina su cinta con una boda. El detalle es que la novia no es Cindy. El remate, el toque final que termina por poner de cabeza la estructura misma del género, y por lo tanto eleva a Cindy la Regia por encima de sus ambiciones, es que nuestra regia está contenta como está.

Cindy la Regia, dirs. Catalina Aguilar Mastetta y Santiago Limón. Guion: María Hinojos. Reparto: Casandra Sánchez Navarro, Regina Blandón, Giuseppe Gamba, Diana Bovio, Roberto Quijano, Isela Vega, Nicolasa Ortiz Monasterio, Diego Amozurrutia, Draco Films, 2020, 1h 49.

 

Nicolás Medina Mora
Ensayista y editor de Cultura de nexos en línea.