Una de las virtudes de la poesía es encontrarse por completo, a la brevedad, en las palabras de los otros. Y si uno sabe que esa lectura también ocurre en un orden simultáneo el deleite y la inmersión serán mayores. Es lo que transmite este texto elogioso, de cosecha cuidada y homenaje íntimo a uno de los mayores poetas vivos de la lengua española.

La poesía de Zurita se prende a nuestra piel como lo hace ese polvo fino que desprende la madera cuando la pules a mano, cae sobre ti sin notarlo, es parte de tus movimientos. Al terminar la superficie y abrir el chorro de agua para enjuagar tus manos, ves esa extensión de la pieza tan trabajada, tan observada, en tu dorso. Si frotas con cuidado, se desprenderá sutilmente, pero algo permanecerá: una sensación, un diálogo nocturno acaso. Así, la extensión de la obra de Raúl Zurita, se prolonga en los paisajes del mundo, en valles, cordilleras y montañas del desierto de Atacama; en el cielo de Nueva York. Raúl se extiende en una paternidad que no buscó, esa que surge al reconocernos en sus versos. Es padre —además de cuatro hijos e hijas—, de muchos que escriben en distintas lenguas, quienes de su obra toman lámparas para esclarecer caminos, para iluminar ese muro altísimo —nítido como la profundidad del mar— que es el llanto. Así, Zurita se extiende en nuevas generaciones que observan la palabra resistencia como un pulpo que despedaza lo ordinario.

El poeta ha compartido en incontables charlas sus ideas y convicciones sobre la poesía y la escritura. En particular, en la entrevista con Cristián Warnken en 2006, para el programa de TV, La belleza de pensar, surgió algo fundamental:

Qué pasa cuando uno escribe poesía y empieza a hablar en un lenguaje no usual, […] cuando uno escribe, suspende la vida, […] por eso se suspende también la muerte, entonces en el instante en que un poeta escribe, es exactamente el mismo instante en que están escribiendo todos los otros, en el que está escribiendo Homero, en el que está escribiendo Shakespeare, Neruda. Es tu contemporáneo Homero, es tu contemporáneo Shakespeare. […] Todos son tus contemporáneos. […] Todos convocamos otras voces. […] Permanentemente los muertos están hablando a través de nosotros. Cuando tú miras una montaña, es alguien antes que tú quien la ha mirado. […] Cada vez que tú hablas, son esos por quienes tú estás acá.

De modo que haciendo suya esa idea de T.S. Eliot, el poeta chileno entiende que al escribir en soledad nos entregamos a un mundo que ha estado ahí desde siempre, ese instante en que la contemporaneidad de la poesía en el momento de la creación está colmada de pasado y futuro, y respiramos el mismo aire de la añoranza.

Aunado a esa soledad creadora, el amor también es alimento para el poeta. Como muestra, cito la dedicatoria de su último libro titulado Zurita, que reza así: “A Paulina Wendt con quien moriré”. Una oración corta, precisa, sin nombrar a la gran palabra y, sin embargo, ahí late, en toda su extensión e infinitud. Siempre será legendario que una persona palpe la poesía, entregue la poesía, descubra la poesía en un cuerpo amado.

El poeta chileno Raúl Zurita en la Feria Internacional del Libro de Santiago, 31 de octubre de 2015. Fotografía de: Rodrigo Fernández. Licencia de Creative Commons CC BY-SA 4.0

Raúl Zurita se extiende en todo sentido posible: en canto, música, ensayo, libro, en palabras proyectadas en un edificio o banderas que ondean, en heridas en la mejilla, en humo, en ácido amoniaco sobre los ojos, en nubes que dicen “Mi dios es hambre”, y sobre cierta arena, donde caminamos toda la tarde al lado de esta frase “Ni pena ni miedo”, también vista desde el cielo.

Ha recibido distinciones y premios como el Premio Nacional de Poesía 2010 otorgado por Chile, el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda 2016, la Beca Guggenheim 1984; ha sido citado en innumerables obras y ensayos, ha recorrido el mundo con su palabra en decenas de idiomas. Se lo hemos arrebatado a la vida y a la muerte en cada operación quirúrgica. Para celebrar su vida, no basta con citar la extensión de su obra: Zurita (2011), Cuadernos de guerra (2009), In memoriam (2008), Las ciudades de agua (2008), Cinco fragmentos (2007), Los países muertos (2006), INRI 2003, Poemas militantes (2000), Canto a los ríos que se aman (1997), La vida nueva (1994), El amor de Chile (1987), Canto a su amor desaparecido (1985), El paraíso vacío 1984, Anteparaíso (1982), Purgatorio (1979), Áreas verdes (1974), El sermón de la montaña (1971). Con duda, con aprecio, con polvo de madera en mis zapatos, no puedo dejar de festejar su cumpleaños número setenta:

Digo Zurita y aparece en mi memoria aquella mañana que observé el hielo. Cubrió, entre tantas formas, una espina. Se aferró a ella, o debo decir, la tomó, o debo decir la abrazó. Dos cuerpos distintos en esencia y estructura, conquistándose. Es que, a veces, lo distinto se vuelve uno solo ante la mirada. Digo Zurita y también digo tiempo: el que le toma al hielo cubrir la proa, la cubierta de un carguero, su mástil. El que le toma envolver con su cristalino tentáculo a los cuerpos vivos y muertos que yacen dentro. Porque ese buque no ha desaparecido. El tiempo lo sabe. El hielo viste con su seda cristalina llantos, gemidos y gritos. Así como lleva entre los brazos el silencio del mar de Chile, envuelto como recién nacido. Conserva todo, como lo hace con el corazón y lenguas de la poesía, dentro de ese témpano imposible de destruir, moldeado por sus propios apetitos. Así es su pasión, no negocia. Desde antes del hombre: conserva lo que ama, lo que ha perdido, lo que rechaza, lo que ansía, lo que odia. Lo encuentro también en este poema suyo (del libro Purgatorio):

A las inmaculadas llanuras

i. Dejemos pasar el infinito del desierto de Atacama

ii. Dejemos pasar la esterilidad de estos desiertos
    Para que desde las piernas abiertas de mi madre se
levante una Plegaria que se cruce con el infinito del
Desierto de Atacama y mi madre no sea entonces sino
un punto de encuentro en el camino

iii. Yo mismo seré entonces una Plegaria encontrada
en el camino

iv. Yo mismo seré las piernas abiertas de mi madre
   Para que cuando vean alzarse ante sus ojos los desolados
paisajes del Desierto de Atacama mi madre se concentre
en gotas de agua y sea la primera lluvia del desierto

v. Entonces veremos aparecer el Infinito del Desierto

vi. Dado vuelta desde sí mismo hasta dar con las piernas
de mi madre

vii. Entonces sobre el vacío del mundo se abrirá
completamente el verdor infinito del Desierto de
Atacama

 

Digo Zurita y digo: ancla arrepentida del carguero Maipo, arrojada en contra de su voluntad hacia otras profundidades. El tiempo se detuvo en la escotilla, y permitió que la cubriera el hielo. El hielo y el acero del buque, un solo ser hecho de la esperanza enloquecida y el horror: atestiguó el peso de cuerpos y más cuerpos. Ese nuevo ser asomó su rostro enorme por la obra viva, hacia el fondo del mar, y contempló la levedad de cabelleras en movimiento por la corriente marina, el cambio de color en las pieles que le recordaron la arena de Atacama. Este nuevo ser, creación de la palabra incontrolable con la que escribe Zurita, se adhiere a las hélices del carguero Maipo suspendido ahora en el aire, mientras lo trasladan, lo destruyen, lo ocultan, lo filman, lo exhiben, porque así lo dicta la Historia. Navega en la electricidad de la tristeza, la envía hacia esta parte del mundo, donde intento escribir sobre él. Y veo a Zurita detrás del velo de estas palabras, veo su brazo, el rengo, el poderoso, marcado con las letras del buque Maipo en mayúsculas, como con las que titula su dolor:

PRISIÓN CARGUERO MAIPO
—Empalizados farellones—

 

El bramido del inmenso Pacífico
resonaba como si quisiera decir
algo mientras que más abajo,
amontonados como sacos en la
bodega del buque carguero Maipo,
yo abrazaba el dolor de un otro y
aún me parecía sentir los pájaros
sobrevolando la playa. Sí, yo oí
al otro en las rocas y la arena
muerta caía sobre ellas como
tus ojos jamás vistos cubriéndolas

— Bahía de Valparaíso/
  1973. Prisiones

[Fragmento del poema del libro La vida nueva]

 

Si digo Zurita digo también lo que viaja. Lo repito, lo escribo y se arman cosas en esta parte del mundo, en este continente. Digo su nombre y aparece la palabra certeza lejos de mí, como lo es un poema escrito en el cielo, tan monumental como el hielo que se consume en la Antártida. Zurita y el hielo: ambos se construyen haciendo a un lado a todo tipo de vida, tomándola de la piel como cachorro tomado por las fauces de su madre, puesto de lado para que vea y registre.

Digo Zurita y aparece su rostro iluminado por el humo, caminando dentro de mi casa antigua, de techos altos. Donde ya no pudo crecer nada más que hielo sobre este cuerpo extraño de mujer, formando, desde hace años, esto que hoy soy: corazón atravesado por las hélices de su nombre.

Digo Zurita y el hielo marca, divide continentes. Se forma como las capas de una joya: dentro del silencio. Se forman entonces paredes de un iceberg y, dentro, adivinas la voz de Zurita —rodea lo natural y lo que se ha edificado—. Él escribe en esa habitación amplia de hielo, que a veces es un hospital psiquiátrico; otras, el buque. Otras, su propia carne que se abre y cierra como atisbo.

Zurita también es latido: una rara joya. Pude tocar o imaginé tocar sus bordes filosos. Algo lo puso dentro de mi boca. Como pez incontrolable revivió mi carne. Dobló mis rodillas para reconocer otros tipos de dolores: el caminar errático de mi madre, en las cicatrices que dibujan su pierna izquierda. Cicatrices heredadas que, claras, definidas, veo también en el hielo.

Zurita es un risco. Es un abrazo herido en mi memoria, esperando. Es el temblor. Es el vacío helado que contemplo desde la silla de ruedas. Es la pregunta hecha arruga en mi ojo izquierdo. Es el brillo que, recostada sobre la arena húmeda, toca mi cuerpo.

Zurita sucede en todas partes del mundo. Tomo un lápiz y escribo cómo es el movimiento de su saco blanquísimo. Escribo desde el sur de mi país, desde el norte de mi país, desde el centro de mi país. Dentro de aviones helados. Y me sorprendo diciéndole a una cosa que ya es otra: No perdimos el vuelo de la tristeza en mi país, Maipo, mientras vislumbro sus dimensiones mansas cubiertas por el hielo. No lo perdimos Maipo, la tristeza planea sobre nosotros como un ave enorme, como el amor. Como el que quiebra en estos versos:

Ay amor, quebrados caímos y en la caída
lloré mirándote. Fue golpe tras golpe,
pero los últimos ya no eran necesarios.
Apenas un poco nos arrastramos entre
Los cuerpos caídos para quedar juntos,
Para quedar uno al lado del otro.
No es duro ni la soledad, nada ha sucedido
y mi sueño se alza y cae como
siempre, como los días. Como la noche.
Todo mi amor está aquí y se ha quedado.

—Pegado a la roca, al mar y a las montañas
—Pegado a la roca la mar y a las montañas.

[Fragmento del libro Canto a su amor desaparecido]

 

Escribo Zurita desde la inmovilidad que otorga la gravedad en pleno vuelo. Es decir: desde los adentros de la pierna inmóvil y hermosa de mi madre. Desde la inmovilidad del témpano que mis hijas, poco a poco, van descifrando.

Digo Zurita, y aparece ese inclinar la cabeza en la frente del otro, porque el fuego se lo ha llevado todo. Y porque el hielo es un fuego distinto que se reinterpreta en los labios. Para eso existe, para convocar el calor, el beso. Digo su nombre una vez más, y ahora lo sé: Zurita es esa ave inmensa que planea sobre nuestras cabezas. De un plumaje incomprensible, hecho con la sangre seca del amor. Cada una de sus plumas, bordeada con el hilo de oro del hielo. Se eleva, con la fuerza de todos los buques y cargueros tristes.

Nota: una versión de este texto fue enviado por la autora a Raúl Zurita como regalo por su septuagésimo cumpleaños.

 

Mercedes Luna Fuentes
Poeta. Su libro más reciente es La habitación higiénica (Mantis Ediciones, 2019), entre otros.