En este texto la poeta mexicana nos revela un despertar espiritual que le entregó la experiencia de ciertos lugares: Grecia y la India, invitada de honor este año a la FIL de Guadalajara.

Ciertos escenarios han sido, de algún modo, lo que me ha permitido articular mucha de mi poesía —que sin embargo se detiene en un escenario. El escenario, por decirlo así, es sólo un contexto, un marco. Pero ha dado forma —carne, podría decir, a mis poemas.

Un escenario podría ser casi cualquier cosa. Pero me gustaría referirme como “escenarios” a ese sentido particular de un lugar al cual alude el título de esta mesa. Campos semánticos enteros con sus capas de significado pueden brotar ante la sola mención de un lugar. Yo he sido siempre muy sensitiva a los lugares, a los espacios, a la luz. Y tres sitios han sido importantes para mí, de maneras distintas, tanto en mi trabajo como en mi vida: Grecia, la India y mi propio país, México. He escrito alrededor de una docena de libros de poemas donde estos lugares y tradiciones se hacen presentes, y algunos otros libros de ensayo y traducción sobre ellos. Siento que todos estos lugares pueden responder a lo que, ya no sé si Henry Miller o D. H. Lawrence decían sobre Grecia: que es un estado del espíritu.

Todavía me pregunto qué es lo que conecta, dentro de uno mismo, digamos, la vista de un paisaje griego con capas sucesivas entreveradas de mitos, filosofía, poesía, no sólo como referencias literarias, sino como experiencias vivas. Qué es lo que trae hacia el presente todo eso, sintetizándolo en uno o dos versos o en un libro.

Desde que era adolescente la antigua cultura griega fue un elemento decisivo en mi educación intelectual y sentimental. Crecí con esa referencia central, y la exploré después tanto desde el punto de vista de la poesía como de la filosofía. Cuando tenía 12 años lo que más quería —más incluso que una moto— era ir a Grecia. Terminé yendo por primera vez hasta que tenía 51 —entretanto, viajé siete veces a la India. Y mientras volaba hacia Grecia, temí que después de haberla idealizado durante tanto tiempo, se fuera a desmoronar cuando la viera. Sin embargo, superó todo lo que podía haber soñado: me encantó la gente, el idioma (aunque no lo hablo), la música, la comida, los paisajes —tanto en el continente como en las islas. Me encantaron incluso los gatos.

Antes de ir a Grecia había escrito numerosos poemas que se referían a ella (la primera palabra que escribí en mi primer poema fue “Apolo”), pero lo que surgió después de ir —cuatro libros— fue mucho más colorido y vibrante. Me doy cuenta de que para mí Grecia es el lugar perfecto para estar en la tierra.

La India, sin embargo, es algo más: es como un umbral a un distinto nivel de realidad o estado de conciencia. Grecia podía cumplir cualquier exigencia de los sentidos, la mente, la fantasía; pero en cuanto al espíritu, con Platón incluso, yo siempre ponía un signo de interrogación.

Una búsqueda espiritual muy intensa que también había empezado en mi adolescencia —como un decurso paralelo— se reflejaba muy vívidamente en mis primeros poemas. Y me llevó a encontrar, después de una búsqueda larga y salvaje, sólo a una cuadra de mi casa, una escuela hindú de meditación cuyo maestro era un gran Siddha. Él nunca visitó México.

No obstante, un año y medio después de haber recibido iniciación en este sendero, la ansiedad permanente que padecía, desapareció, y todos los aspectos de mi vida habían cambiado a tal punto que decidí ir a la India a conocer a este maestro a quien, a pesar de no conocerlo en persona, me había transformado tan completamente. Cuando lo vi, sentí que lo conocía de toda la vida. Esto ocurrió hace más de 40 años, y siento la misma energía viva dentro de mí, como una experiencia cotidiana. Desde entonces nunca he vuelto a tener ninguna sensación de carencia, tristeza o soledad, aunque la llegada a la meta esté todavía muy lejos.

Llegar al áshram en la India fue sumergirse en otro tiempo. El lugar tenía jardines increíblemente hermosos y fragantes, y allí había venados, pavorreales e incluso un pequeño elefante. Cuando empezó el monzón, las ranas despertaron y empezaron a croar. Me conmovió encontrar después un himno a las ranas en el antiguo Rig Veda, describiendo ese mismo momento. Había allí también un viejo árbol de baniano, que tiene un significado profundo, descrito en una las Upanishads. Pero toda esta belleza era sólo como una cáscara externa. Lo verdaderamente significativo del lugar era la tremenda fuerza espiritual que impregnaba todo, tanto externa como internamente.

Una semana después de haber llegado —junto con muchas otras personas de todas partes del mundo— se celebró un yajña védico, un ritual al fuego, que duró cinco días. Yo asistí siguiendo de cerca, con reverencia, los mantras, las ofrendas, cada movimiento de los sacerdotes brahmines. Más de una vez me sentí dentro del fuego. Y no sé cómo, pero muchas cosas inútiles que cargaba fueron reducidas a cenizas. En las semanas que siguieron tuve innumerables visiones interiores y experiencias que dieron forma a un libro que empecé a escribir y se llamó precisamente Baniano (1986), y que luego fue traducido al bengalí y publicado en Calcuta.

Los tres meses que siguieron en esa ocasión, y dos años que pasé en un segundo viaje al cual llevé a mis hijos conmigo, me hizo encontrar que el verdadero lugar, y sentido de lugar es para mí un espacio interior.

Nunca he perdido contacto con él desde entonces. Cuando regresé a México, después de esos dos años, debido a mi trabajo tuve que viajar aquí extensamente, y pude visitar muchos sitios antiguos. Algunos de ellos los conocía de toda la vida pero fue como si los viera por primera vez. Podía sentir casi como si las piedras hablaran. Me di cuenta de que esta visión, que a veces me hacía ver todas las cosas como divinas, era un don que había recibido en la India, o más precisamente, de mi Guru.

Antes de conocerlo, siendo una poeta joven, había publicado poesía y ganado premios, pero todo era, para usar una frase conocida, como “a través de un vidrio oscuro”. Lo que ocurrió fue como si una capa de oscuridad se hubiera eliminado, no sólo en mi manera de ver el mundo sino de relacionarme con la poesía. Los libros sobre la India y Grecia que escribí después, aunque podrían parecer algo ajenas a México, fueron muy bien recibidos por la crítica literaria, tanto aquí como en otras partes; seis de estos libros han sido traducidos y publicados en varios países.

Quisiera concluir diciendo que el verdadero lugar y sentido de lugar para mí lo encuentro dentro de mí misma, como dije ya, y que en su centro hay un impulso latente en cada instante, que puede llevar a trascender todo lugar, todo sentido e incluso toda poesía, y el cual, al mismo tiempo juega con la percepción y los sentimientos y las ideas, y todo lo que hay alrededor.

 

Elsa Cross
Poeta y ensayista. Entre sus libros más recientes se cuenta:

Nota editorial: la autora leyó este texto para la mesa redonda homónima, durante la FIL de Guadalajara 2019.