El siguiente trabajo de ardua minería erudita de Cottonmouth-Luther pepena la recepción de una novelucha, según los críticos de su época, que acabó por aplastar a sus detractores: Moby Dick.

Como su contemporáneo Walt Whitman, Herman Melville contiene multitudes. Esta pluralidad queda en evidencia incluso si nos limitamos a una lectura distraída de un sólo capítulo de Moby Dick, en el curso del cual el autor se nos presenta, sucesivamente, como antropólogo avant-la-lettre, oceanógrafo amateur, historiador de la vida cotidiana del ballenero raso, economista político del mercantilismo global, moralista ambivalente y angustiado, cuentacuentos de fogata o taberna, teólogo protestante, alegorista criptocatólico, y poeta de las variedades épica, lírica, y metafísica. No es de sorprenderse, entonces, que incontables lectores a lo largo de dos siglos hayan encontrado en Melville un reflejo de su propia imagen. Desde las primeras reseñas de su obra maestra hasta las interpretaciones contemporáneas, Melville aparece menos como una figura tangible que como un contenedor para las ansiedades, aspiraciones, miedos, esperanzas e ideas de generaciones enteras de literatos. A continuación presentamos una brevísima antología de algunas de estas lecturas contradictorias y policromáticas: dos fragmentos de reseñas tempranas, ambas devastadoras, y dos pasajes de aproximaciones contemporáneas, ambas heterodoxas:

1.  De una reseña de Moby Dick publicada en el London Athenaeum en octubre de 1851, bajo la firma de un tal Henry F. Chorley, por lo demás olvidado:

Nos enfrentamos a una malograda mixtura de romance y disertación. Es obvio que la idea de una trama bien definida, que habría de conectar los elementos del discurso, apareció y desapareció en la mente del escritor una y otra vez en el curso de la composición. El estilo de su narración nos parece en ocasiones desfigurado por un inglés demencial, si no por ello deficiente, una catástrofe que el autor intenta administrar con prisas, sin fuerza, y evidenciando una profunda confusión . . . El resultado, en todo caso, es un libro en extremo provocador; extravagante, sí, pero nunca lo suficiente como para que el lector se acostumbre a su bizarrería; instructivo, sin duda, pero no lo bastante como para ganarse un lugar en el estante dedicado a la documentación y el estudio del Gran Pez, sus capacidades, su hogar, y la industria dedicada a su captura y sacrificio. Nuestro autor, por lo tanto, se revela como miembro destacado de aquella compañía de incorregibles que de vez en vez nos tientan con destellos de algo parecido a la genialidad, pero que por lo general nos someten a un concierto interminable de monstruosidades, carencia de modales, y todas las otras manifestaciones molestas del ingenio desordenado y del mal gusto disfrazado de valentía . . . No hay mucho más que decir en reprobación o alabanza de este absurdo volumen  . . . Dado que Mr. Melville parece menos  incapaz de aprender el oficio del artista que desdeñoso de sus parámetros y tradiciones, nuestro autor no podrá culpar a nadie más que a sí mismo de la triste suerte de sus horrores heroicos, los cuales, predecimos, ahuyentaran al lector común a tal grado que terminaran consignados en el mismo basurero que resguarda lo peor de la producción literaria del manicomio de Bedlam.

2.  De la reseña —¡sin firma!— publicada en 1852 en la deliciosamente intitulada New York United States Magazine And Democratic Review:

Mr. Melville nunca escribe con soltura. Sus sentimientos, su ingenio, su entusiasmo son todos artificiales y forzados. Por otro lado, sus intentos de presumir plenamente su capacidad de “escribir bien” son, en nuestra humilde opinión, bastante más exitosos de lo que el autor parece haberse atrevido a intentar. Lo cierto es que Mr. Melville ha sobrevivido a su propia reputación. No cabe duda de que nuestro autor, de haberse declarado satisfecho con sus primeros dos libros, hubiera disfrutado de una fama bien merecida; pero su vanidad es tal que él mismo se las ha arreglado para destruir cualquier posibilidad de pasar a la historia de la literatura, incluso de hacerse un buen nombre entre sus contemporáneos. Y es que, siendo sobrios, la vanidad de Mr. Melville escapa a toda medida. Pareciera que la suya es una apuesta absoluta: o ser el mejor de los orfebres o no ser nadie; o concentrar sobre su persona la atención de la tribu de hacedores-de-libros o abandonar la literatura de una vez por todas. Esta mórbida autoestima, aunada a un amor perverso por la notoriedad, es la fuente de todos los esfuerzos de Mr. Melville: su contorsionismo retórico, su rimbombante prédica contra las buenas costumbres, sus insinuaciones licenciosas . . . No tenemos la menor intención de citar pasaje alguno de Moby Dick. Los periódicos londinenses, nos informan nuestros corresponsales, han investido a la obra con toda suerte de noticias halagadoras, y pretender contradecir a autoridades tan respetables sería un tanto pretencioso de nuestra parte. Pero si hay entre nuestros lectores algún infeliz que practique el coleccionismo de deformidades literarias tales como los retoricismos infaustos, la sintaxis convoluta, el emocionalismo de cartón piedra, y un inglés tan incoherente que tal vez se trate de otro lenguaje, nos tomamos la libertad de recomendarle el precioso volumen de Mr. Melville.

3. De The Birth-Mark, un magnífico ensayo vagabundo sobre la Marginalia de Cotton Mather  (ministro puritano famoso en su tiempo por su erudición e infame en el nuestro por aquel lamentable incidente con las morras de Salem) que es en realidad un ensayo sobre la marginalia (y la marginalidad) de ciertos escritores norteamericanos decimonónicos (entre ellos Melville) que es en realidad una meditación sobre la terra incognita que se extiende entre el lenguaje de los escritores en tanto que individuos creadores y el L=E=N=G=U=A=J=E que le pertenece a todos y a nadie:

En 1851, mientras reescribía Moby Dick, Herman Melville, otro cormorán de biblioteca, subrayó el siguiente pasaje en su copia de El Niño Amable de Hawthorne: 

“Amigo,” dijo el pequeño, en una voz dulce pero temblorosa, “me llaman Ibrahim y vengo de aquí.”

[…] En 1818, William Tudor, el primer editor del North American Review, publicó un ensayo crítico sobre la Marginalia de Mather que, según Murdock, resulta un ejemplo típico de la recepción decimonónica del texto del puritano:

“Ojear la Marginalia en estos tiempos afeminados es una hazaña nada despreciable . . . Un tomo de ochocientas páginas impresas a dos columnas y con letra diminuta, incluso si tratase la más amena de las materias imaginables, es más que bastante para infundir dudas en el más valeroso de los corazones. ¿Qué hacer, entonces, con este caótico armatoste de historia, semblanzas de infames e ilustre, teología rancia y vetusta, cosas de brujería, y guerras de indios? Todo aquello, cabe añadir, salpicado de torpes intentos de juegos de palabras y de cuantiosas citas en latín, griego, y hebreo, las cuales emergen de la página cuál muñones podridos de árboles largo caídos, sin servir más propósito que arrestar al ojo lector y deformar la superficie de la prosa…”

[…] La idiosincrática combinación de historia, ficción, interpretación bíblica, tragedia isabelina y alegoría barroca de Moby Dick tiene un claro precedente en el monumento meditabundo de Mather. Más que novela, se trata de una colección de marginalias.

Primera edición de Moby Dick publicada primero en Londres y luego en Nueva York.

4. Del tercer volumen de A New History of the Essay, la estupenda antología de ensayos-que-no-son-ensayos editada por John D’Agata, quien fuera profesor nuestro en las profundidades del maizal vanguardista de Iowa:

Como todos los ensayos, Moby Dick es un libro hecho de digresiones, rodeos, y rumiaciones; un libro que se vale de las herramientas de la no-ficción no para apagar nuestra sed de conocimiento sino para expandir el horizonte de su propia curiosidad. “Puede que sea imposible demostrarlo con pruebas,” nos dice Ismael en alguna página de la novela, “pero nada nos impide aventurarnos en la hipótesis.” Así, mientras que el capitán Ahab avanza en línea recta hacia el triunfo que imagina al final de su saga, Ismael se pierde a propósito en las minucias de la biología de los cetáceos, en el código jeroglífico de las cicatrices de la ballena, en un análisis pormenorizado de un cuadro que cuelga en la taberna de Spouter, y en errantes meditaciones sobre el significado del color blanco. No es en balde que tantos estudiosos hayan llegado a la conclusión de que la incesante actividad hermenéutica de Ismael termina por hacernos dudar de las virtudes de la interpretación. Al mismo tiempo, sin embargo, la infatigabilidad del narrador termina por hacernos sospechar que la infinita variedad de interpretaciones posibles implica que no hay tal cosa como una lectura “correcta” del gran libro del mundo; que a cada pregunta corresponde no una sino incontables respuestas; que el color blanco, en apariencia vacuidad pura y ausencia de significado, esconde en realidad la conflagración de todos los colores: el punto del espectro en el que todas las luces se convierten en una sola luz.

 

Reverendo Doctor Cottonmouth-Luther
Bachiller en humanidades, maestro en divinidades, y doctor en letras por el Colegio Congregacionalista de la ciudad de New Haven, donde ministra a las necesidades espirituales de la Decimotercera Iglesia Metobautista-Luterana (que es importante no confundir con la Decimotercera Iglesia Metodista-Luterana o con la Decimotercera Iglesia Bautista-Luterana, congregaciones que el Rev. Dr. se siente obligado a advertir a su distraído lector no son sino aquelarres de cripto-papistas jesuíticos, que no es sino otra manera de decir que no son gente de fiar).