Cada verano, la Cineteca Nacional reúne un grupo de obras audiovisuales que se rigen bajo un mismo eje: ser las propuestas más radicales y vanguardistas de la cinematografía mundial. Como un evento único, el Foro Internacional de Cine (del 13 al 30 de julio) es una buena oportunidad para encontrar películas que difícilmente serán exhibidas en circuitos comerciales (incluso culturales) y que hablan sobre la diversidad de miradas desde todos los continentes.

Aunque es difícil hacer un listado sobre “lo mejor”, presentamos algunos títulos imperdibles. Las fechas y horarios de exhibición pueden consultarse aquí.


Oscura Ciudad de México

Extraño pero verdadero (dir: Michel Lipkes, 2018)

El segundo largometraje de Michel Lipkes, director mexicano egresado del Centro de Capacitación Cinematográfica (CCC), es un oscuro viaje a las entrañas de la Ciudad de México, donde una cuadrilla de recolectores de basura ve alterada su cotidianidad cuando encuentra un cadáver con una gran suma de dinero en los bolsillos, algo que los lleva a adentrarse en un sórdido ambiente de intimidación y jerarquías.

Con una incisiva fotografía en blanco y negro, y el uso de transiciones que vuelven sutil la explicita representación de la violencia, Extraño pero verdadero se asoma a la complicada situación estructural que azota al país que condiciona a los sujetos desde la poca valía que tienen sus vidas y sus cuerpos, equiparándolos, incluso, con el oficio que tienen sus protagonistas. A pesar de la densidad en temas, la película también propone algunos ejes de resistencia como el amor que, dentro de un sistema tan desgastado, es capaz de sostener a las personas y abrirles ventanas de luminosidad.


Presente y pasado en sueco

Cuervos (Korparna, dir: Jens Assur, 2017)

En medio de vastos y frágiles paisajes nebulosos se erige la figura humana de Agne (Reine Brynolfsson), un agricultor dedicado en cuerpo y alma a trabajar con austeridad y disciplina en la granja familiar. Junto a su familia, entre los que destaca el inconforme hijo Klas (Jacob Nordström) —un joven atraído por la vida urbana, los libros y el mundo que está más de la tradición—, Agne verá amenazada su forma de vida frente los cambios económicos y tecnológicos que golpean a la Suecia rural de los años setenta.

Siguiendo algunos tópicos recurrentes del cine nórdico como la monotonía, la soledad, el hastío y los conflictos familiares, Cuervos es una destacada ópera prima del fotoperiodista Jens Assur que deposita en los silencios, los gestos y sus insinuaciones, la gran complejidad que afecta la vida de la gente común. El mayor logro de la cinta es delinear, en medio de una atmósfera casi inmóvil, el fuego que corroe y lleva a Agne a tomar decisiones desesperadas, dejando en claro que el mayor de todos los infiernos viene de lo externo, de lo otro.


Tétrico Pinocho

Ojos de madera (dir: Roberto Suárez y Germán Tejeira, 2017)

Dividida en seis actos y entrecruzada claramente con el Pinocho de Carlo Collodi, Ojos de madera es, entre espacios geométricos, luces, sombras y escenas oníricas, la mirada de un niño adoptado por sus tíos tras el trágico accidente que mató a sus padres. Este evento, el centro gravitacional del filme, regresa una y otra vez a las visiones del protagonista como un trauma que le impide articular palabras y relacionarse con su entorno.

Realizada por el director de teatro uruguayo Roberto Suárez, Ojos de madera es una película sencilla, compacta y tétrica, cuya permanente sensación perturbadora acecha latente, con alucinaciones y pesadillas infantiles que desembocan en un cruento final. Aunque la trama se enreda en círculos reiterativos que utilizan las elipsis sin concesión, es este mismo énfasis el que convierte a la cinta en un punzante reloj que propone una particular temporalidad, casi de tortura interminable, como las que gobiernan los originales cuentos de hadas.


Amor heterodoxo

El sendero de los sueños (Der traumhafte Weg, dir: Angela Schanelec, 2017)

La más reciente película de la realizadora alemana Angela Schanelec —que contó con una retrospectiva en la séptima edición del Festival Internacional de Cine UNAM (FICUNAM)—, es un heterodoxo seguimiento a distintas relaciones amorosas que, por una u otra razón, no pueden perdurar. Mediante inesperados saltos en el tiempo, la cámara dedica a cada personaje un espacio, encuadrándolos siempre separados, en soliloquios que impiden cualquier posibilidad de estrechar lazos con los demás.

A través de un estilo que en principio podría parecer esquemático e impostado, lo que logra Schanelec es hacer eco al cine del mítico Robert Bresson, para quien lo menos siempre significaba más. Con apenas unos trazos, y dejando un amplio rango de participación al espectador, El sendero de los sueños es una inteligente puesta sobre la profundidad de las relaciones humanas y las misteriosas fuerzas que nos hacen enamorarnos a pesar de la incomprensión que siempre nos rodea.


La piel de la carne

Caniba (dir: Véréna Paravel y Lucien Castaing-Taylor, 2017)

En los últimos años, el cine etnográfico sensorial ha ganado terreno y reconocimiento internacional, en gran medida por la aparición del Sensory Ethnography Lab (SEL) de la Universidad de Harvard, un proyecto liderado por Lucien Castaing-Taylor y la antropóloga y artista francesa Véréna Paravel. En esta ocasión, y tras el éxito de su película Leviathan (2012), ambos regresan con su más reciente y visceral obra: Caniba.

En Caniba nos acercamos al misterioso y abrupto orden sensorial de Issei Sagawa, un hombre japonés que en 1981 asesinó y comió partes del cuerpo de una estudiante holandesa mientras estudiaba en París. Tras ser declarado enfermo mental, fue absuelto y enviado de regreso al país nipón, donde ahora vive con una parálisis que lo tiene parcialmente inmovilizado bajo el cuidado de su hermano, con quien mantiene una particular relación. Antes que un acercamiento psicológico, la pareja de cineastas desestabiliza las fronteras, los límites y la proximidad con Issei, como si las imágenes buscaran encarnarse y dar cuenta de la indescriptible experiencia que atraviesa a un hombre obsesionado con el canibalismo, uno de los tabúes más radicales sobre la relación entre lo propio y lo ajeno. De una sonoridad tempestuosa que nos coloca casi al interior de los cuerpos, Caniba logra un alarmante catalogo sensorial que nos mantiene al borde de la repulsión, uno capaz de remover todas las coordenadas éticas y morales en un intento por cuestionar la distancia justa con los otros.

 

Arantxa Luna
Crítica de cine.