En esta ocasión los clics nos llevan a la gran novedad editorial de comienzos de año en Francia. También hacia otras formas de análisis de datos literarios y, finalmente, a la más reciente biografía del icónico poeta chino del siglo VIII Li Po.

El nuevo Houellebecq

A los tres días de su lanzamiento el 4 de enero Sérotonine (Serotonina), la nueva novela de Michel Houellebecq, ya llevaba 90 mil 332 ejemplares vendidos. Una cifra optimista si tomamos en cuenta que Flammarion lanzó un tiraje de 320 mil. Hay que contrastarla también con otra novela del francés, Sumisión (2015), que vendió 800 mil ejemplares tan solo en Francia y poco más de medio millón en Alemania, ahora convertida en serie de televisión. André Malraux tenía razón al decir que “más allá de 20 mil ejemplares empieza el malentendido”.

Malentendido o no, el “efecto Houellebecq” es arrasador. “Desde hace dos décadas leemos a Houellebecq para saber en qué estamos. No hay mejor documento para saber el estado actual de la sociedad, la literatura y la lengua francesas”, comenta el catedrático y ensayista del Collège de France Antoine Compagnon. De ser cierto, Francia, sumida en la crisis de los llamados “chalecos amarillos”, se encamina a una agonía terminal. El antihéroe de Houellebecq, un ingeniero agrónomo de 46 años, encarna al varón mujeriego y homofóbico en vías de extinción, al menos como figura dominante tolerada. Su mundo profesional y sentimental, extremadamente “falocéntrico”, según la crítica francesa, se viene abajo. Él decide desaparecer. Solo lo mantiene con ánimos de vivir el Captorix, un antidepresivo a base de serotonina, cuyo efecto indeseado es la completa eliminación de la libido. A su alrededor, los agricultores de Normandia se empobrecen, Europa es un continente moribundo que simboliza la decadencia ideológica, política y ecológica de Occidente. Al irse despidiendo no se cansa de insultar a las mujeres, de buscar prostitutas menores, y de pensar que “todos los hombres buscan mujeres más jóvenes, ecologistas y que amen los tríos”. Una estética provocadora hasta el suplicio que incluye escenas de gang-bangs caninos. Así es el nuevo Houellebecq.

Lo que para algunos es “una novela de amor de una tristeza infinita”, para otros sectores es una lectura francamente repugnante con un personaje principal que no provoca ni gota de empatía. Ícono de la extrema derecha, de los eurófobos, acariciado por los progres en sus críticas a la modernidad, Houellebecq ya es el Depardieu de la literatura, el excéntrico que un día aparece desnudo en la cama con dos mujeres (la fotografía la tomó su esposa y la subió luego a Instagram) y al otro se funde en elogios a Donald Trump. La inteligencia del pesimista. Tan ambigua y polémica como siempre. (En España ya circula la versión en castellano, traducida, como siempre, por el eterno Jaime Zulaika, para Anagrama).

La extensión de los clásicos

La revista cultural de The Economist publica un estudio cuantitativo sobre la extensión de los clásicos: “¿Qué tan largo es el libro perfecto?”. Para responder, un grupo de expertos en análisis de datos —los mineros del futuro serán insufribles geeks de oficina— estudió 737 libros etiquetados como “clásicos” en la plataforma de reseñas y ratings de lectura Goodreads.com (más de 80 millones de usuarios). Pues bien, todo indica que aquí el tamaño puede importar: los libros de entre 100 y 200 páginas se llevan solo 3.87/5, mientras que los mamotretos de más de mil páginas promedian una calificación de 4.19/5. Es normal que después de leer las casi dos mil páginas de Los miserables nadie quiera disparar un puntaje bajo: sería como reconocer que se han perdido dos meses de vida leyendo basura interminable. Además, la literatura rusa, cuya tradición no se caracteriza por su economía de párrafos, es una de las favoritas en este censo. El gráfico, elaborado por James Tozer, analista de datos de The Economist, apunta sin embargo a una altísima concentración de lectores ávidos de historias cortas —veloces como lo son 250 páginas— y a un lectorado que pone por los cielos a Harry Potter o El Señor de los Anillos, a una distancia considerable de Anna Karenina (4.1) o El Conde de Montecristo (4.2).

Si uno se dejara carcomer por la desconfianza está claro que no hay forma de saber si los usuarios de Goodreads han leído en verdad los libros que califican. Eso confirmaría las reticencias de Mark Twain: “Clásico: un libro que la gente alaba y no lee”.

La vida del Inmortal

Al poeta Li Po (701-762) de la dinastía T’ang la nación china lo ha venerado como el “Poeta Inmortal”. Sobre ese apodo legendario, se publica ahora en inglés la biografía The Banished Inmortal: A Life of Li Bai (Li Po) (Pantheon, 301 pp.) (El inmortal desterrado: la vida de Li Bai) de Ha Jin, un retrato fiel construido a partir de numerosas biografías y material de archivo. Hijo de un mercader chino de la ruta de la seda, Li Po fue producto de la frontera occidental del imperio. Su primera lengua fue literalmente la de su madre, un dialecto del turco.

La mayor parte de su poesía corresponde a sus peregrinajes, a las canciones populares y cuentos que oía en mercados, burdeles, cantinas y teatros al aire libre. Versos que empatan con su dipsomanía —también se le conoce como el “Inmortal del vino”— y su espíritu libre y espontáneo: se formó en el Taoísmo, contrario al confucianismo que reinaba, estudió alquimia y medicina. Su genio poético le permitió romper las barreras de clase que la sociedad china imponía por nacimiento: los hijos de comerciantes eran vistos con recelo y no podían pasar los exámenes imperiales para acceder a un cargo oficial. Se ganó los favores del emperador Xuanzong y, al poco tiempo, envuelto en las intrigas de palacio y en engaños amorosos, los perdió. Al consumarse la rebelión contra el emperador, fue desterrado por el nuevo régimen. Sus versos circulan hoy en todas las escuelas chinas. Conocimos su valor, en lengua española, gracias a las mejores traducciones hasta hoy: las de Marcela de Juan, intelectual radicada en España desde principios del XX, cuyo nombre verdadero era Ma Cé Hwang. Sabemos gracias a Marcela de Juan que la poesía china tocó terrenos expresivos que la poesía occidental tardaría siglos en explorar. Con casi siete siglos de anterioridad, los versos de Li Po resuenan en las Coplas de Manrique: “Los hechos y los hombres viajan hacia el morir, como pasan las aguas del río Azul a perderse en el mar”.

 

Fuentes: Bibliobs, Le Monde, James Tozer en 1843 Magazine (de The Economist), @Antonio_Saborit y The Wall Street Journal.
Marcela de Juan, Segunda antología de la poesía china, Madrid, Alianza, 2007 [esta segunda antología, publicada por la editorial Revista de Occidente en 1962, apareció 14 años que la primera: Breve antología de la poesía china, editorial Revista de Occidente, 1948].