Frente a la tristeza que provoca la muerte de Amos Oz ofrecemos un breve recorrido por la que fuera su obsesión literaria más visible y quizás la más potente: la palabra como puente para enfrentar con respeto al otro.

Nunca ha sido fácil ser un escritor judío pero serlo después de 1948, año de fundación del Estado de Israel, generó una crisis de identidad en los escritores y artistas, que vivan en ese territorio o en el extranjero, motivada lo mismo por el rechazo abierto a la política expansionista de Israel, que por los efectos de la aceptación silenciosa de una práctica que ellos mismos padecieron hasta antes de 1945.

Amos Oz (1939-2018) eligió resolver esa crisis a través de la lucha por la razón, el derecho del otro al espacio vital y en franca oposición al sionismo como una política hostil antes que como una modalidad hospitalaria de reunir los elementos de una sociedad dispersos por motivos del exilio. A un lado de su narrativa, que en páginas se lee cercana a la de Isaac Bashevis Singer debido a su rescate de tradiciones e historias del judaísmo, si bien con un ropaje modernizado aunque nunca posmoderno, Contra el fanatismo (2006) será recordado como un título fundamental de su producción literaria. En este volumen, Oz se lanza a la defensa beligerante de un mundo en el que las libertades de unos no impacten de manera negativa las libertades de otros, un dilema que pareciera ser resuelto por las fórmulas de la democracia occidental, pero que en la práctica no se supera con la misma ligereza con la que se enuncia.

Amos Oz. Fotografía de Fronteiras do Pensamento, bajo licencia de Creative Commons.

El conflicto de Israel con Palestina fue una de las constantes de su ensayística, al punto de trasvasarse a su narrativa. No pocas de sus historias, de un modo genérico, tienen su razón de ser en el conflicto que brota de la diferencia. En Oz, escritor de los interregnos, del conflicto que no se resuelve, palpitan las historias memorables del Talmud y la tradición rabínica —algún despistado ha señalado que su fuente de inspiración es el realismo mágico latinoamericano—, lo que renueva una tradición milenaria de pensamiento y sabiduría.

El trayecto de su vida, contado en Una historia de amor y oscuridad (2003), es una de las mejores lecturas que puedan hacerse del autor, ya que el procedimiento novelístico se engarza a saltos con episodios de su infancia transcurrida en Israel, al tiempo que hace un recorrido sucinto por los principales hechos que marcaron su trayectoria como escritor. Es la historia de un aprendizaje y también de un empeño vital. La supervivencia del “pueblo del libro” se encuentra ligada a la palabra escrita, tal como el propio Oz y su hija Fania lo refieren en Los judíos y la palabra (2014), repaso cerebral y apasionado sobre cómo el signo ha sido el sello lacrado de uno de los grupos étnicos más longevos de la historia humana.

Los autores explican el propósito de ese libro: “La genealogía nacional y cultural de los judíos ha dependido siempre de la transmisión intergeneracional del contenido verbal. Se trata, claro está, de la fe, pero, con mayor concreción aún, se trata de textos. Es significativo que esos textos hayan estado disponibles, desde hace mucho tiempo, en forma escrita. Y resulta revelador que la controversia fuese incorporada a ellos desde sus comienzos.” Y ese propósito, con esa misma claridad, puede aplicarse para explicar la totalidad de la obra de Oz, que admite leerse como un acto de fe ciega en la posibilidad de la palabra para evitar la desmemoria, el abandono y cualquier consecuencia lamentable de la falta de respeto por el otro.

Ponderar el legado de Oz equivale a reconocer el vigor de una lengua y una tradición literaria que se germina desde los primeros días y se alimenta con el relato (tal como si fuera uno solo), de todas las tragedias que han padecido a esta fecha, incluido de modo especial el denominado Holocausto en el que habría perdido la vida un aproximado de seis millones de judíos. “Del martirio resurgimos perennes”, parece decir esta modalidad estética de sobrevivencia para contar la de un pueblo. A este momento, los libros que se han escrito con motivo del Holocausto se cuentan por centenas, lo que ha dado material suficiente a escritores como Norman Finkelstein para extraer conclusiones como las que pueden leerse en (el muy incorrecto para muchos) La industria del Holocausto (2000).

Oz llegó a un punto de cocción difícil de alcanzar en el oficio de contar historias. Pero lo que será motivo de comentario en la prensa es que camino de Oz hacia el premio Nobel quedó truncado por el hecho fatal de su muerte. Sus miles de lectores argumentarán que no le hacía falta. Esto es cierto. Luego del otorgamiento del Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2007, sus libros ganaron celebridad y se tradujeron a las principales lenguas del mundo civilizado. Oz es el caso inusual de un escritor que no requiere de los esteroides suecos para ganarse un lugar en el estante de los lectores con los títulos de su producción. Es un espacio reservado, y con suerte pronto habrá algún inédito que leer para recordarlo en su mejor faceta: la de narrar.

 

Luis Bugarini
Escritor y crítico literario. Es autor de Estación Varsovia.