Fernando del Paso (Ciudad de México, 1935-Guadalajara, 2018) practicó la dramaturgia, la poesía, el ensayo, la pintura, la gastronomía y, magistralmente, la narrativa. En 2007 nexos convocó a una pléyade de escritores para que eligieran la novela mexicana más importante en tres décadas: Noticias del Imperio resultó la elegida. Para celebrar la vida y obra de Del Paso, otra pléyade evoca al también autor de José  Trigo y Palinuro de México.


Hay linajes de escritores. Hay los de la puerta de marfil, por donde cruzan los sueños y la fantasía, y  los de la puerta del cuerno, por donde cruzan la realidad y los hechos. 

Hay también los linajes de la brevedad y la concisión, donde  viven Chejov o Borges, y los de los grandes murales de la vida, donde están Dickens y Balzac.

Finalmente hay los escritores que hacen catedrales, como  Proust  o Joyce, autores que pasan la vida escribiendo un libro o dos, o siete, como Proust,  que en el fondo son el mismo libro enorme, inextinguible, en algún sentido inabarcable. 

Terra Nostra, de Carlos Fuentes, es uno de esos libros catedrales de la lengua española. Paradiso de Lezama Lima, otro.

Fernando del Paso es un autor que escribió tres catedrales en su larga vida de escritor. Tres catedrales distintas, cada una única en su género, cada una suficiente para agotar la vida  y las energías de cualquier escritor catedralicio. 

Del Paso escribió una catedral cada diez años: José  Trigo en 1966, Palinuro de México en 1977, Noticias del Imperio en 1987.

Novelas como catedrales: inmensas en su ambición y en su tamaño, inspiradas y sorprendentes en sus detalles, sus registros, sus secretos, sus grandes trazos y sus inagotables miniaturas.

Del Paso es el mayor arquitecto narrativo de nuestras letras.

Héctor Aguilar Camín


Apenas me enteré de su muerte, tuiteé: “Abran Paso a la luz… Se nos fue el maestro. Nos quedan las lecciones de dignidad y la inmensa obra”. Porque, aunque es quizá el autor más “literario” de nuestras letras, siempre tuvo lugar para el compromiso con la realidad: ahí están la denuncia de José Trigo y el movimiento ferrocarrilero, Palinuro y el 68, y ese altar barroco en el que historia y vida se entrelazan en la figura delirante de Carlota que es como nuestro paso demencial por la distopía: Noticias del Imperio. Pero también de manera declarativa en su discurso del premio Cervantes 2015, donde aprovechó el foro internacional para señalar las injusticias y crímenes recientes del país. Una figura de altura moral por su verdad estética y su dignidad humana. Nos hará mucha falta.

Ana Clavel


Fernando del Paso fue uno de los primeros escritores que despertó en mí la necesidad de apropiación que la literatura suscita (un fenómeno singular propio del arte literario, como lo describía Philippe Sollers). Leí José Trigo y me adentré en un universo indistinto formado por la palabra y la realidad. Después seguí atentamente su obra. Lo conocí en Guadalajara. Nos fuimos simpáticos, pero yo acostumbro mantenerme lejos de los escritores que admiro. Era un hombre elegante, y su pasión por la historia, el lenguaje, la gastronomía y la ciencia lo tornaban un privilegio. Lamento su muerte y me refugio en sus libros.

Guillermo Fadanelli


Fernando del Paso es uno de los últimos creadores titánicos del siglo XX mexicano, que salpicó su talento en diversos campos y que patentó tres obras maestras de la narrativa. Quizá los rasgos que más me llaman la atención de Del Paso son la paciencia, perseverancia, rigor y sentido de la permanencia que caracteriza la factura de sus tres grandes novelas, y que van a contracorriente de los apresuramientos creativos que propician el mercado y la farándula intelectual. Del Paso mezcla muy diversos registros: el largo aliento narrativo, la disposición experimental de las vanguardias, el gusto por el fresco histórico y la curiosidad por el lenguaje. Cierto, muchas de estas corrientes están en boga en su época; sin embargo, Del Paso las absorbe y las dota de una exigencia, riqueza y complejidad peculiar. El resultado es una obra tan deslumbrante como desafiante. Por eso, su mérito es doble: facturar, lenta y detenidamente, atenido a su propio ritmo interior, una escritura excéntrica y contribuir con ella a revolucionar el gusto y la apreciación contemporánea en torno a la narrativa.

Armando González Torres


Creo que Fernando del Paso es el escritor al que más envidio: supo desentenderse del canto de las sirenas editoriales, de la prisa imperante, de la visibilidad, y se concentró en la escritura de cuatro novelas, tres de ellas fundamentales para nuestras letras, lenguas en sí, voces que nos explican la propia lengua y sus alcances. Una novela cada diez años. Si eso no es una lección de escritura y temple, no sé qué es. Leo la manera en la que lo despedimos y descubro una inusitada serie de afinidades, de afectos, de amor real por una literatura que no echaremos de menos porque allí se quedó para siempre.

David Miklos


Sólo tres de sus novelas bastarían para corroborar que Fernando del Paso fue uno de los más grandes escritores mexicanos (José Trigo, Palinuro de México, Noticias del Imperio) pero resulta que también fue poeta, dramaturgo, cuentista, ensayista y además fue pintor y dibujante. Entonces no hay que decir que Fernando del Paso fue uno de los más grandes escritores mexicanos sino un artista total: el lenguaje fue su esencia, una verbalidad plástica, visceral, lírica, iconoclasta, irreverente, salvajemente irreverente. Sus personajes, seres cuyo tormento fueron los relámpagos de la lucidez (en ellos, la serenidad yacía en la confusión, el delirio, los cataclismos de la carne), sus historias un periplo interminable a través del sueño de la razón.

Iván Ríos Gascón


Me gustaba su estilo de vestir: abigarrado, vistoso, como su obra.
J.M. Servín


Con la partida de don Fernando del Paso se cierra un capítulo irrepetible en la historia de la novela latinoamericana. Después de él, después de Carlos Fuentes, de Gabriel García Márquez, resulta difícil imaginar que habrá novelas más arriesgadas en cuanto al uso del lenguaje, al humor, a la imaginación y a la libertad artística.

Sólo escribió cuatro novelas en sus ochenta y tres años de vida, pero es como si hubiera creado cuatro catedrales él solo, a mano y con paciencia de artesano: cada una es un logro monumental, donde no sobra una frase: todas están hechas de ese material inflamable que es la prosa de un poeta divertido.

Además de su entrañable familia, le sobreviven miles de lectores y medio centenar de personajes que encarnan el desastre de la intervención francesa, la represión de los estudiantes, la miseria mexicana y la altura del lenguaje cuando está en manos de un auténtico poeta.

Tuve el honor de editar un pequeño libro suyo, Amo y señor de mis palabras. Uno de los primeros lectores en la editorial comentó que el capítulo principal le parecía mágico y el día que salió este libro de la imprenta, don Fernando obtuvo el premio Cervantes de literatura. Me enteré de madrugada y dudé sólo unos minutos antes de llamar a su familia para anunciarle la novedad. Pronto hubo muchos lectores suyos saltando de alegría entre Guadalajara y Madrid, como si saliéramos de su sombrero.

Por lo mucho que amó y apoyó a la mayor feria del libro de Latinoamérica, no estaría mal que el premio de la FIL lleve el nombre de don Fernando del Paso. Y que releamos a Palinuro, a Carlota, a José Trigo y a Linda Sorensen a la menor oportunidad.

Una gran biblioteca de Jalisco lleva su nombre. Pero si hubiera justicia poética en este mundo, también deberían llevarlo una casa en San Francisco, una escuela de medicina en la Ciudad de México, un castillo en Bélgica y una pirámide azteca.

Martín Solares