Poco antes de morir hace exactamente dos años, Leonard Cohen preparaba un libro donde reunía sus mayores pasiones: poemas y letras. El compendio, titulado The Flame —que contiene además dibujos, apuntes y notas sueltas— está a punto de aparecer en español. Frente a este doble pretexto, ofrecemos un ensayo que evoca a este artista incomparable, y que explora los límites entre el poema y la canción.

Para Luis Miguel Aguilar
y su generoso camaleón peripatético,
sabio platicador de cuentas y cuentos.

En los días siguientes al anuncio del Premio Nobel de Literatura de 2016 cuántos no se preguntaron si a Dylan lo honraban por ser buen poeta o por ser buen escritor de canciones o, aun, por haber logrado tantos poemas puestos en música. Aún hoy el antiguo debate sobre cuándo se separó realmente la música de la poesía sigue entreteniendo (o martirizando) a académicos, estudiosos, poetas, escritores e incluso a estupefactos reggaetoneros que atienden a clases con la pregunta de si Maluma o cualquier cantante que también escriba sus canciones es poeta. La idea de poesía lírica efectivamente viene del griego lyrikos, literalmente “cantar con la lira”: ahí pueden imaginar a Orfeo, primer músico poeta, sentado en una roca frente al arroyo, suscitando envidias mortales. Según el archicitado Giorgio Agamben —favorito de investigadores millenials sedientos que desgastaremos su nombre hasta hacerlo arenilla— el rompimiento definitivo del poema con la canción data del siglo XII, cuando el texto se hizo esencialmente gráfico, materia visual. El desarrollo de la imprenta y de la cultura escrita agudizaron este fenómeno. Empezaron a publicarse libros de poemas dedicados a un manojo de lectores, cuya vocación era seguramente más el silencio y el recogimiento que la entonación, más la recitación interior que el canto vocalizado.

Uno de estos casos conocidos de poetas-músicos, porque él fue poeta y escritor antes de volverse cantante a la edad mística de 33 años, es el de Leonard Cohen, que falleció un día como hoy, a los 82 años, precisamente en aquel año del Nobel dylanesco. Cohen, enfermo de leucemia, trabajaba en sus últimos días en un testamento artístico, un libro heterogéneo donde reuniera y pudiera hilar sus amores: las letras de sus canciones y la poesía. El compendio, titulado The Flame (que será publicado por la editorial Salamandra1 el 15 de noviembre), reúne además dibujos, apuntes y notas recuperadas de cuadernos o libretas que su hijo Adam iba encontrando por la casa, en los bolsillos de los abrigos de su padre, en algún rincón del congelador.

Al recibir el Premio Príncipe de Asturias en 2011 (discurso también incluido en The Flame) Cohen dijo: “Siempre he sentido cierta ambigüedad sobre un premio a la poesía. La poesía viene de un lugar que nadie controla, que nadie conquista”. Por eso, nunca hay poder ni soberanía de ningún tipo en la poesía. Por eso, los premios a los poetas llegan siempre tardísimo, a diferencia de los músicos célebres que reciben en metálico un día sí y el otro también. Algunos hasta presumen de esa condición marginal del poeta y desde ahí entresacan alguna voz. Leonard Cohen encontró su voz primero en García Lorca, y “con esa voz venían enseñanzas. ¿Qué enseñanzas eran esas? Nunca lamentarnos gratuitamente. Y si uno quiere expresar la grande e inevitable derrota que nos espera a todos, tiene que hacerlo dentro de los límites estrictos de la dignidad y de la belleza”, apunta el autor de “Suzanne”.

Pero para expresar esa grande e inevitable derrota, la voz poética no era suficiente. Acaso porque, como afirmaba Thomas Mann, la insatisfacción es la verdadera clave del talento, Cohen necesitaba otra cosa, otra voz. Así, en la boca de la guitarra y con unos cuantos acordes, unió sus dos voces y se dedicó a la canción, o podríamos decir a cantar sus poemas. Los recuerdos de aquel maestro de guitarra español que le enseñó las pisadas básicas y luego desapareció para siempre quedan ahora en el himno póstumo de “Mi guitarra volvió a levantarse hoy”:

Mi guitarra volvió a levantarse hoy
y saltó a abrazarme para tocar
un aire español para bailadores orgullosos
de zapatear y gritar fuerte
contra la suerte que nos doblega
bajo la corona de espinas sanguinolenta
de la enfermedad, de la edad y las ilusiones
paranoia que, por lo que a mí respecta, no puedo evitar.2

Gracias a la guitarra el Cohen esencialmente poeta pasa a ser músico, sin saber que con los años será parte de esa constelación única en su especie, la misma de Dylan, claro, la de Jim Morrison, Tom Waits, Patti Smith, Jacques Brel, Georges Brassens, Silvio Rodríguez, Violeta Parra y Joan Manuel Serrat (por mencionar solo a los más conspicuos): todos aquellos que no quisieron segar la poesía, su voz poética, de la canción, su voz cantante. (Y a propósito de Serrat, su versión de Cohen es una de las más bellas traducciones de la inmortal “Suzanne”).

Serrat canta en vivo su versión de “Suzanne”, después grabado en el disco Banda sonora d’un temps, d’un país, 1996.

Luego de haber publicado dos novelas, Favorite Game (1964) y Beautiful Losers (1966), y un poemario, Spice Box of Earth (1965), el disco Songs of Leonard Cohen (1967) inaugura su prolífica carrera de músico. Pero el Cohen escritor sigue latente en los escenarios del mundo. En él, durante cinco décadas, se resuelve la tensión entre el poema y la canción. Y no sólo porque siguió publicando libros de poesía durante toda su vida. Lo cierto es que, a lo largo del tiempo, la música de Leonard Cohen parece no tanto un trasfondo sino un punto de anclaje para la búsqueda de la voz interior y exterior. Sus melodías, casi monótonas, sin grandes modulaciones ni travesías por la escala, suelen quedarse en un terreno grave y profundo. Rasposo pero murmurante, siempre sosegado, el timbre de su voz se desliza en lo plano, con algún relieve tenue de pronto y a ratos como un zumbido pausado y apenas perceptible que casi se ahoga en la cuerda más baja y gruesa. Esa voz auténtica y personalísima vibra siempre más cerca de la recitación que del virtuosismo de un solista. Lo mismo sucede con el acompañamiento instrumental, que lleva los versos de la mano, sin opacarlos, sin dejar que la tonadilla pegajosa y alienante —el famoso tune— tome las riendas (aunque tengamos melodías perfectamente obsesivas como las notas que siguen al estribillo en “Amen”).

Para Yves Bonnefoy, en La alianza de la música y la poesía, el problema fundamental para el poeta es el de rebajar su arte a un efecto secundario del otro arte, la música, lo auditivo, o viceversa:

Mis inicios en poesía […] fueron entonces una reafirmación del elemento “musical” de la escritura, pero veo sin embargo […] que los aspectos visuales de mi uso de las palabras no quedaron por tanto en un plano secundario, creo más bien que se intensificaron, por el sacudimiento que el ritmo y el sonido de los versos provocan, por ejemplo, en la percepción de los colores.3

Ni para un poeta como Bonnefoy ni para un poeta-músico como Cohen la musicalización, la invasión de ritmos, tonos y sonidos ajenos a la sonoridad propia de las palabras afecta o interfiere en el propósito de la poesía: hacerse de una forma renovada para relacionarse con la realidad y el mundo a través de la palabra. Ahora bien, los vínculos entre la poesía y la canción son complejos. Para Jacques Roubaud “es un insulto para la poesía llamarla una canción. Y es un insulto para la canción llamarla poesía”.4 La afirmación define bien dos campos: para muchos la canción se asocia con espontaneidad, emotividad, fluidez y sencillez en la estructura (repeticiones, estribillos, coros, etc.). La poesía, en cambio, connota complejidad y riqueza de imágenes, trabajo sintáctico, marcos referenciales y culturalistas. Esta oposición generaliza la afronta entre intelectualismo y percepción, entre lenguaje reflexivo y sonido empírico. Pero al escuchar a Leonard Cohen no sobrevaloramos la fuerza del texto, sus imágenes y sus narraciones, por encima de la música. Tampoco subestimamos la materialidad de su voz rugosa, el grano de su voz, y de sus composiciones, su talante de performance y escenificación artística (véase, por ejemplo, la transformación de “Bird in the Wire”, una oda al poeta como ave en el alambre, que en sus versiones en vivo tiende a convertirse en un estupendo slow blues).

Por todo esto, no hay manera de saber si los poemas póstumos de The Flame iban a ser cantados o simplemente destinados al silencio de los libros o, mejor, al rumor olvidadizo que guardan las páginas. En su convalecencia, el cantante reconoció que “la religión, los profesores, las mujeres, la droga, la carretera, la fama, el dinero… nada me da tanta satisfacción ni procura tanto alivio a mis dolores como el hecho de oscurecer las páginas, escribir”. Tal vez lo que Cohen inventó para nosotros —considerando que toda invención de este tipo no admite patentes y es colectiva— es la sugerencia explícita de siempre leerlo escuchándolo: un arte de la asociación sensorial, un balance entre música y literatura. Más que en ningún otro cantante, en él se pierde algo si no se leen sus letras, además de sus libros.

No nos queda más que imaginar la canción que hubieran sido estos poemas —entre otros de The Flame—, en los que el drama y la derrota, la belleza y la dignidad duraderas de su autor mantienen la enseñanza de su primera voz.

Mi obra estaba terminada
Había tan poco que decir
Todas mis profecías
se volvían realidad
Estaba viejo
Mi obra estaba terminada
Y entonces empezaste
a desvestirte para mí
por Skype
Y tuve que volver a pensar
de nuevo en mi vida.

§

Ahora estoy viejo
Rezo por tener el valor
Ahora estoy viejo
para recibir a la enfermedad
al frío
Rezo por tener el valor
En el momento en que
El sufrimiento venga y
empiece a escalar
Rezo por tener el valor
Al final
De ver venir a la muerte
Como amiga.

Hagamos caso de Cohen y tomemos este waltz mientras su voz está hoy a flor de labios, silenciosos o cantantes, en el mundo entero y leemos su epitafio definitivo en “Mi carrera”: “Tan poco que decir / Tan urgente / Decirlo”.5

§

(Adenda: el National Film Broad of Canada creó en los años setenta esta pieza visual, en la que Cohen lee un poema suyo, un “Poen” o poema de Cohen, en repetidas ocasiones. El juego sonoro se engarza con una búsqueda de imágenes que recreen las palabras. En cada repetición la secuencia es distinta. El video es una excelente herramienta pedagógica para aquellos que quieran acercar a cualquier estudiante o interesado a los misterios de la ambigüedad poética. Habría que agregar que Cohen, por sí solo, constituye un paso gigantesco en esta pedagogía para democratizar la poesía.)

 

 

Álvaro Ruiz Rodilla
Editor de nexos en línea.


1 Leonard Cohen, La llama, trad. de Alberto Manzano Lizandra con Terry Berne, Barcelona, Salamandra, 2018, 288 pp.

2 Traducciones personales a partir de versiones en francés y en inglés.

3 Yves Bonnefoy. L’alliance de la poésie et de la musique, París, Galilée, 2007, p. 16.

4 Cit. en Jahan Ramazani, “’Sing to Me Now’: Contemporary American Poetry and Song”, Contemporary Literature, núm. 52, vol. 4, 2011, p. 716–755.

5 Traducción de Alberto Manzano Lizandra con Terry Berne para la edición de Salamandra.

 

 

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