Desde hace décadas, Héctor de Mauleón se ha dedicado a caminar y leer la Ciudad de México. Se detiene en sus rincones y, con un ojo casi detectivesco, rastrea aquellas historias olvidadas pero definitivas en su construcción y desarrollo. Grandes inundaciones, la construcción del primer cine o la publicación de primer Aviso Oportuno, son apenas algunos de los episodios que reúne en sus nuevos libros La ciudad oculta 1 y 2 (Planeta).

Heredero de la tradición de Guillermo Prieto, Ángel del Campo, Salvador Novo, Carlos Monsiváis y José Joaquín Blanco, Héctor de Mauleón encuentra en la capital un territorio tan inabarcable como inexplicable. En paralelo a su veta histórica, en su columna de El Universal, el cronista es también un acucioso narrador del presente oscuro que vivimos. “Ambas formas pueden convivir perfectamente; finalmente la crónica admite todas estas expresiones y experimentos”, sostiene en entrevista.

Ilustración: Izak Peón


Héctor González: ¿De los recorridos con tu abuelo empieza tu interés por la ciudad?

Héctor de Mauleón: Sí, aunque se juntaron varias cosas. Las obras del metro en la Calzada México-Tacuba desenterraron una ciudad que llevaba cuatro siglos sepultada, y eso la llenó de historias, objetos y misterios. Al mismo tiempo, crecí al lado de un viejo que descargaba sus recuerdos en una ciudad ya inexistente. Caminar a su lado era una doble aventura porque me permitía descubrir tanto la ciudad visible como la invisible. Esto moldeó, sin que lo supiera, una manera de mirar y buscar. Muy joven también, encontré Los bandidos de Río Frío, de Manuel Payno, novela que me sedujo al punto de que cuando la terminé me lancé a la calle para ver qué lugares quedaban de los mencionados en el libro.

HG: ¿Ahí es cuando decides sumarte a la tradición de cronistas de la ciudad?

HDM: Comencé a leer sobre el pasado de la ciudad y encontré detalles sorprendentes. Inconscientemente coleccioné información hasta que descubrí una tradición y una estirpe de escritores que desde su fundación se habían dedicado a reseñar y a contar la ciudad. Dentro del periodismo descubrí una veta que entonces no estaba muy explorada, todavía no estaba tan instalada la nostalgia y se confundía lo histórico con lo viejo. Para mí entrar a revisar los archivos y objetos se convirtió en una operación deleitosa. Así fue como empecé a escribir sobre los hechos que habían pasado en la ciudad. Descubrí la experiencia de las hemerotecas y aprendí a viajar a otra época para ver lo que había en el cine, el teatro o el aviso oportuno. Ahí constaté que había muchas maneras de volver a narrar la ciudad.

HG: ¿Con nostalgia?

HDM: José Emilio Pacheco diría: Imposible nostalgia de un pasado que no conociste. Yo digo que son los recuerdos enternecedores y entrañables de una ciudad que se te va abriendo como cronista y que parece entablar un diálogo contigo en las calles porque te deja ver cosas que tú ya buscas. Siempre he creído que la ciudad es como una esfinge: si le haces la pregunta correcta te da la respuesta. Es como dice Calvino, de una ciudad no importan sus siete o setenta y siete maravillas, sino la respuesta que te da a una pregunta. Cuando ese milagro ocurre, tienes una crónica.

HG: ¿Pero no hay también un desdén hacia este pasado?

HDM: Dejamos de ver y de participar de la ciudad. Sobre todo nos desconectamos de su pasado, lo tenemos muy borrado. De unas generaciones a la nuestra hubo un quiebre, un momento donde el pasado se rompió.

HG: Aunque ahora hay cronistas ocupados, tú entre ellos, en recuperar estas historias…

HDM: El ejemplo de Carlos Monsiváis y José Joaquín Blanco fue central. Hubo un momento en el que la crónica estuvo muy presente en los periódicos, pero de repente desapareció y quedó reducida a unos cuantos espacios. Se le confundía con la nota de color. El modelo de nuevo periodismo inspirado en el diarismo estadounidense atentaba contra la voluntad narrativa del periodismo mexicano. Los editores tenían la idea de que la gente quería estar informada pero no leer: información fast food. Ahora vemos el reverdecimiento de un género que se había refugiado en los libros. Lentamente veo que se ha vuelto a abrir espacio. Actualmente hay interés y mucha curiosidad por los misterios de la ciudad. Las viejas generaciones tienen nostalgia, y los más jóvenes curiosidad y un orgullo inmenso por la ciudad. Esto abrió posibilidades para el ejercicio de la crónica desde los medios.

HG: ¿Pero no vivimos de por sí en una época muy nostálgica?

HDM: Sí, es algo que viene desde los noventa. Con el ocaso de la modernidad y la falta de futuro comenzamos a voltear en busca de citas o referencias que nos permitieran asirnos a algo. Así se inauguró una nueva época, la posmodernidad le llamaban, que revaloraba el pasado. Creo que eso nos trajo de vuelta la curiosidad por lo viejito.

HG: En este volver al pasado, tus crónicas lanzan anzuelos que conectan con el presente…

HDM: La ciudad está llena de puertas abiertas al pasado. Finalmente es una ciudad que en 2021 cumplirá quinientos años y a lo largo de este tiempo ha dejado marcas e indicios. En pleno siglo XXI puedes andar por el centro y encontrar un rincón del siglo XVI por el cual no ha pasado nada. La ciudad mantiene su memoria y nos va contando cosas que a veces no entendemos.

Estamos viendo el arduo proceso de dejar de ser pueblo para convertirnos en ciudadanos, y esa carta de ciudadanía nos permite ejercer de un modo que no habíamos imaginados. Por ejemplo, durante muchos años las calles eran propiedad del Estado. Solamente se usaban para los desfiles que engrandecían al régimen. A la gente le costó conquistarlas, y en el camino hubo represión, golpizas, sangre.

HG: Parte de estas marcas son también fenómenos naturales como los terremotos.

HDM: Desde su fundación la ciudad quedó presa de dos calamidades: las inundaciones y los terremotos. Gracias a Cortés se construyó en un lugar que no era apto para una ciudad. Después de que un terremoto destruyera Tenochtitlan, el conquistador se empeñó para que como emblema aquí se reconstruyera. Esto la ató a su fatalidad: cada treinta años un terremoto letal y cada tanto una inundación monumental, así hasta que desecaron los lagos. En 1629 llovió 36 horas y hubo treinta mil muertos debido a que se desbordó el agua de los lagos y el torrente embravecido entró a las calles. La ciudad estuvo abandonada hasta 1634 porque el agua no bajaba. Para volverla a habitar fue necesario tirar todo. Debido a su ubicación, los edificios no duraban más de cuarenta o cincuenta años. Por eso no hay testimonios arquitectónicos de los siglos XVI, XVII y de los primeros años del XVIII. Lo que conocemos del Centro es lo construido en los últimos cincuenta años del XVIII. Ese fue su signo hasta el siglo XIX.

Sin embargo, no deja de ser un milagro que todavía se conserven cosas, que son pocas en relación a lo que hubo. El triunfo de la Reforma y la desamortización de los bienes del clero trajo la destrucción de casi la mitad del patrimonio histórico de la ciudad. Tenemos la vocación de construir en capas, de destruir para levantar encima, tal como lo hizo Cortés y como lo vemos en cada sexenio.

HG: ¿Con el Porfiriato llegó la modernidad a la ciudad?

HDM: El Porfiriato representó la modernidad absoluta si lo comparamos con el tiempo de Santa Ana: telégrafo, automóviles, luz eléctrica, cine, elevadores, fábricas, pero la revolución lo truncó. Una de las calamidades de México es que bajo el pretexto de la modernidad se destruyó el pasado, en lugar de preservarlo y entenderlo. Así lo hicieron los aztecas, los conquistadores, los liberales, Díaz, la revolución. En medio de ese desbarajuste nos quedan ruinas de historias que todavía se pueden perpetuar en la memoria, edificios y lugares que nos siguen diciendo cosas.

HG: Lugares y episodios. Por ejemplo, dedicas espacio a hablar sobre el periodo en el cual la marihuana estuvo despenalizada…

HDM: La marihuana llegó en el siglo XVIII de la India. La trajeron los marineros de La Nao de China para soportar el viaje. La dejaron aquí y gustó mucho. No estaba perseguida, la consumían los marinos, luego los militares y después de los presos. Un médico la recomendó para que los reclusos llevaran mejor el cautiverio. Durante el Porfiriato se empezó a asociar con los estratos bajos y criminales. Se vinculó pobreza con drogadicción y criminalidad. Díaz formó un monstruo con todo eso y ocasionó la prohibición. En los años treinta un médico intentó desbaratar la censura demostrando que la marihuana no te convertía en criminal. Hizo un experimento y se la dio a fumar a algunos respetados académicos, quienes descubrieron que no pasaba nada. Durante un año se despenalizó y se vendía en farmacias. Incluso los adictos podían ir a centros de salud para manejar y tratar su nivel de adicción. Pero todo eso fracasó cuando durante la Segunda Guerra Mundial hubo una fuerte demanda de opiáceos en Estados Unidos. El experimento llegó a su fin. Gracias a eso tenemos al Chapo, a Caro Quintero y la matazón que inunda hoy al país.

HG: ¿Cómo conviven en tu trabajo la investigación histórica con tus columnas, varias de las cuales son casi de nota roja?

HDM: Vivimos unos años muy negros y una función de la crónica es dejar registro de las cosas que pasan. Por eso decidí narrar este periodo que nos quita la calma, arrebata familiares, nos roba la noche y nos convierte en un país tan salvaje. Es muy distinto investigar en un archivo casos de la Inquisición a indagar en un expediente judicial acerca de los desaparecidos de Iguala. La crónica admite todas estas expresiones y experimentos porque es una forma más amplia de narrar una ciudad.

HG: ¿Como ciudad vamos para peor?

HDM: Lo que hemos visto en estos años nunca se había registrado. Los descuartizados en el puente de Nonoalco o los rafagueados en Garibaldi reflejan algo inédito. Ésta será recordada como una época de infinita corrupción, crueldad y oscuridad. Quedará testimonio en los diarios a través de las crónicas que podamos hacer.

HG: ¿Cuál es tu parte favorita de la ciudad?

HDM: La parte trasera del Palacio Nacional, aquella que llega hasta La Merced. Es un pasaje lleno de lugares antiguos, derruidos, abandonados y ocultos, que contrasta con la parte luminosa de las calles de Madero o 5 de Mayo.

HG: 5 de Mayo que en su momento fue una calle maldita.

HDM: Sí, porque la hicieron sobre la Casa de la Profesa, que era la casa de ejercicios espirituales de los jesuitas. A resultas de la Reforma pensaban que tirar los muros para levantar casas implicaba violar la memoria de los frailes, considerados hombres puros. Nadie quiso vivir ahí hasta que le pusieron 5 de Mayo, en referencia a una gesta histórica. Ahí cambió el signo y se convirtió en el bulevar de la ciudad, en el lugar donde estaban los cines, los bares, los primeros rascacielos y las tiendas de moda más importantes.

HG: ¿Si pudieras regresar a una época de la ciudad a cuál sería?

HDM: Me interesan todas, pero me hubiera gustado ver la entrada de los conquistadores y su encuentro con Moctezuma donde hoy es Pino Suárez.

HG: ¿La ciudad de México refleja lo que es el país?

HDM: La ciudad siempre ha sido vista como el ombligo de México y el espacio que va a la cabeza del país para bien y para mal. Desde la época de la Nueva España se ha marcado una división brutal entre la provincia y la capital, pero creo que eso pasa en todas partes. Lo que sí es que tras ser el orgullo del país se ha convertido en uno de los lugares más pavorosos: invadió barrancas, cerros, atravesarla es brutal. Se volvió una ciudad cruel y monstruosa.

 

Héctor González
Periodista cultural.