El lunes 15 de octubre murió el escritor finlandés Arto Paasilinna en un asilo para ancianos de la ciudad sureña de Espoo. Nueve años atrás, había sufrido un infarto cerebral que anunciaría su reclusión definitiva. Su obra, repleta de personajes propensos a la rebeldía pacífica y a la desgracia, está gobernada por un humor que coloca al autor como una de las voces más agudas de la literatura nórdica y europea.

Conocemos algunos detalles de su biografía. Nació el 24 de abril de 1942, en Kitila. Era el tiempo de la invasión soviética a Finlandia y la familia emprendió una marcha que la llevó a Noruega y más tarde a Suecia. Viajaba en un camión junto a otros refugiados y ahí, en ese camión, nació Arto Paasilinna, hijo de un hombre que había emprendido anteriormente su propia huida. De vuelta a Noruega y finalmente a Laponia, donde estaban sus raíces, la familia adoptó una vida llevadera.

Sabemos también que, entre los trece y los veinte años de edad, Arto Paasilinna fue guardabosques, trabajó la tierra, practicó la caza y la pesca. Era un joven de campo que en 1962 emigró a la ciudad para estudiar periodismo. Así dio comienzo su labor en el diario El pueblo lapón y sus primeros artículos.

Ya como un modesto colaborador o como jefe de redacción y aun director ejecutivo, Paasilinna ejerció el periodismo hasta 1988. Mientras tanto, iniciaría su carrera como escritor. Publicó su primera novela, Operación Finlandia, en 1972. Habría de sumar otras 34 hasta que sobrevino el infarto cerebral en 2009.

Al menos siete de sus novelas han sido traducidas al español, todas bajo el sello de Anagrama: El año de la liebre, El molinero aullador, El bosque de los zorros, Delicioso suicidio en grupo, La dulce envenenadora, El mejor amigo del oso, Prisioneros en el paraíso. Un repaso a este pequeño muestrario permite sospechar la mitología boreal de Paasilinna. Por dondequiera, hallamos personajes insumisos, un paso adelante o dos atrás de las convenciones sociales o de lo que podríamos llamar un comportamiento al gusto de los demás. No parecen encajar en este mundo. ¿O qué, sino una anomalía, es la blanda y en apariencia inofensiva anciana de La dulce envenenadora, capaz de escarmentar a la corte de malandrines guiados por su sobrino que buscan despojarla de sus bienes? ¿A qué especie, sino a la de los outsiders, pertenece el periodista que atropella a una liebre y se siente tan acongojado que renuncia a su trabajo, a su matrimonio y a sus posesiones para internarse con ella en la Finlandia más remota?

“Loco”, llaman los pobladores de Suukoski a Gunnar Huttunen —protagonista de El molinero aullador—. Propenso a los ataques de euforia, que en los días de quietud hacen parecerlo un imitador de circo, Huttunen padece también episodios depresivos durante los cuales huye al bosque para aullar como lobo. Su destino traza la ruta de muchas de las creaturas de Paasilinna: el internamiento psiquiátrico, la evasión, la vida del proscrito, la vuelta a un estado salvaje que es a la vez un estado de gracia. “No está bien que un ser humano aúlle como un lobo”, dice una de las aldeanas. ¿De verdad? ¿Qué deberíamos pensar entonces de quienes, como una manada de lobos, condenan el sufrimiento de un hombre amable y generoso?, sugiere el narrador mientras va proyectando la inevitable metamorfosis de Huttunen.

Esta propensión a la rebeldía pacífica, a la autoexclusión sin fines prácticos ni trascendentes, guía la trama del universo novelístico de Paasilinna. Por transgredir las normas de convivencia —no las leyes—, los protagonistas atraen muchas desgracias. Y, a pesar de eso, de la soledad forzada y el martirio, Paasilinna no deja de atraer la risa.

Como otros grandes humoristas, Paasilinna desdeña el pastelazo, la comicidad farandulesca, y se empeña en la ironía, matizada con un estilo que suena espontáneo y natural y algunas situaciones que se antojan inconcebibles en medio de la desgracia. Gunnan Huttunen, por ejemplo, toma un curso de negocios por correspondencia cuando, en lo más profundo del bosque, se oculta de las incursiones del ejército y la policía. La ironía surge precisamente del choque entre la posibilidad de que todo se vaya al traste y la rutina sosegada con la que se enfrenta esa posibilidad. Una viejecita sacada de una historia rosa bien puede guardar en su interior a una dulce envenenadora que en su nueva tarea descubre motivos de admiración y satisfacción. La ironía surge del contraste, y, en el caso de Paasilinna, del contraste, o la pugna, entre las aspiraciones y los deseos individuales y la racionalidad colectiva. De la ironía proviene la risa que se ríe no con ánimo de humillar sino de comprender. Cómo no reír cuando, después de tantos sinsabores, después de padecer la incomprensión, el hombre Huttunen se vuelve al fin una bestia y recibe desde la lejanía esta muestra de nostalgia: “Cuando en las frías noches se oía desde el Reutuvaara el cortante aullido del lobo, la gente solía decir: La verdad es que Huttunen aullaba mejor”.

Biografía no es literatura pero dos experiencias moldean muchas de las novelas de Paasilinna: el trato con la naturaleza y la huida como lucha perpetua. No faltan los seguidores de Paasilinna que observan en sus novelas una activa conciencia ecologista. Es cierto que, al menos en su obra traducida al español, las acciones tienen el marco de un bosque, una espesura, un huerto, una aldea agrícola o las orillas de un lago. Y es cierto asimismo que los animales ejercen un papel tan decisivo como los seres humanos. Zorros, liebres, perros y osos comparten el escenario con pastores luteranos, alguaciles, molineros, carteros, generales, periodistas, fotógrafos… Cada reino añade sus atributos a los del otro, de modo que ninguno se encuentra en desventaja. Si un oso comparte la mesa de su amigo y protector no hay nada que reivindicar, ni salvar, ni proteger. Al leer a Paasilinna en clave ecologista optamos por la prédica bienintencionada y desatendemos su visión crítica y humorísticamente negra de la sociedad finlandesa.

Decía, pues, que el trato con la naturaleza y la huida son los rasgos distintivos del arte de Paasilinna, en el que los hechos se inclinan hacia la extravagancia. En El mejor amigo del oso, los significados tradicionales de humanidad y naturaleza sufren un duro revés. El pastor luterano Oskari Huuskonen, quien con sus sermones inflama el ánimo de su rebaño, adopta a un osezno después de que su madre muere electrocutada. Todo sugiere que la cosa no pasará de un acto caritativo pero, a medida que transcurre el tiempo, el pastor y el oso terminan convertidos en una pareja inseparable de amigos. Son tantas las horas que pasan juntos que terminan intercambiando cualidades. El oso —Lucifer es su nombre— aprende a bailar, planchar, cocinar, “mezclar cocteles adecuadamente y hacer bien una cama”, cepillarse los dientes y contestar el teléfono, y “no solo a cargar con el equipaje, sino también a hacerlo, convirtiéndose en un empacador rápido y eficiente”. Mientras tanto, Huuskonen empieza a comportarse siguiendo cada vez más sus instintos. El arte narrativo de Arto Paasilinna consiste en ocasiones en fundir los opuestos o en borrar las fronteras entre la ordinariez y la singularidad…

O en trocar un viaje hacia la muerte honrosa en un canto festivo a la vida. Delicioso suicidio en grupo es quizá la más delirante novela de Paasilinna. “Los humanos en general están un poco locos, de una manera conmovedora, y los finlandeses aún más, quizá, que otros”, declaró en una entrevista. Si el molinero Huttunen resulta un loco a los ojos de sus vecinos, la treintena de aventureros —un coronel, un empresario en bancarrota, una jefa de estudios, un criador de renos, un domador, un expulsado de una secta pietista…— que, a bordo de un lujoso autobús, se dirigen al extremo septentrional de Noruega, hasta Cabo del Norte, para tirarse de cabeza al mar desde uno de sus hermosos acantilados, resulta doblemente lunática. Como Paasilinna no puede dejar de mirar el mundo en términos humorísticos, la huida —que es también un encuentro— hacia la muerte va acumulando bacanales, encuentros amorosos, grandes comilonas, noches inolvidables en medio de la nada. Y como esos desgraciados se empeñan en alcanzar su puerto final, los peligros, tan comunes en su camino, alientan su necesidad de mantenerse vivos. La paradoja no tarda en revelarse: cuanto más cerca se hallan de su propósito más motivos encuentran para desistir. “La espera de la muerte no le da a la vida el contenido que yo desearía; el anhelo de la muerte no le da a la vida un contenido digno ni valioso”, aseguró Paasilinna en otra entrevista.

De las novelas de Arto Paasilina surge una idea de la naturaleza humana como algo mudable: la forma y el destino del hombre están siempre por hacerse. Nada más ajeno a su visión que las palabras de uno de los candidatos al despeñadero en Delicioso suicidio en grupo: “Pasara lo que pasase, los finlandeses siempre se las arreglaban para echarle la culpa a otro. Unos se dedicaban a hacer ejercicio, correteando por ahí a riesgo de su vida, hasta caer derrumbados en la pista de footing, reventados como caballos. Si uno no corría, se llenaba de grasa; se anquilosaba, venían los problemas de espalda. Al final, el resultado era siempre el infarto”.

Así que un adorable cincuentón puede alcanzar la felicidad al trasladar su espíritu en el cuerpo de un lobo; un exitoso periodista puede abandonar los honores y la fama para iniciar una aventura al lado de una liebre; un pastor luterano puede embarcarse en la búsqueda de inteligencia extraterrestre; una corte de suicidas puede convencerse al fin de que las vicisitudes de la fortuna no significan necesariamente la existencia sin ilusiones. Siempre está abierta la posibilidad de dar media vuelta o tomar otro sendero. Y todo esto aderezado con un fecundo humor boreal.   

 

Roberto Pliego
Escritor y editor. Autor de El libro inútil y 101 preguntas para ser culto.