La literatura, por su incipiente naturaleza, implica un desdoblamiento, un ejercicio de la imaginación que a veces invade la vida real y carcome la cordura. Tal es la tesis de un escritor-neurólogo como Bruno Estañol, cuya obra indaga desde hace décadas en las relaciones entre la ficción y la mente humana. Una nueva recopilación de ensayos suyos, breves pero puntillosos como una aguja, vuelven al tema a través de grandes clásicos como Borges, Stevenson, Maupassant, Gógol o De Quincey. Los siguientes fragmentos pertenecen a El teatro de la mente (Cal y Arena, 2018) que empieza en estos días a circular en librerías nacionales.

Nicolai Gógol, la burocracia y la locura

El Diario de un loco es una narración de creciente y casi intolerable intensidad. Uno de los grandes relatos de un gran maestro y una narración poco estudiada en el género del doble. Trata sobre un pobre burócrata ruso de la época zarista. Un escribano de manguillo, secante, tintero, protectores en las mangas y ropa anticuada —como Bartebly el escribiente de Melville y como el personaje de El doble de Dostoyevski, quienes también terminan locos— es quien desarrolla una psicosis delirante crónica que lo convierte en otro.

El loco, es casi por definición, el otro. La idea delirante, la que no corresponde a la realidad, la otredad. Dos noticias desencadenan el delirio. Una es el rechazo amoroso de la hija del jefe de la oficina (rechazo, por demás, anticipado); la otra, el anuncio en el periódico de que España tiene una nueva reina, pero no un rey. España no puede estar sin un rey, razona el loco razonante. Es sabido que los delirantes no tienen conciencia de su locura y el relato en primera persona da cuenta admirable de esto. El final es terrible en su atisbo de cordura. Los cuentos “La nariz” y “El capote” pueden también referirse a otros tipos de delirio. “La nariz”, por ejemplo, se relaciona al llamado síndrome del cuerpo dismórfico, en el cual una persona desarrolla un disgusto intolerable por una parte de su cuerpo. Disgusto que lo puede llevar a la mutilación o a la cirugía múltiple. El Diario de un loco es el desarrollo de una idea delirante de grandeza, común en las fases maniacas y en las psicosis esquizofrénicas paranoides. Gógol, en los últimos años de su vida, se convirtió en un fanático religioso. Quemó la segunda parte de su obra maestra Almas muertas. ¿Fueron sus cuentos prefiguración de su atroz destino?

Se ha dicho que El doble de Dostoyevski se basó en este cuento de Gógol. Los cuentos de El doble tienen muchos vasos comunicantes. El doble de Dostoyevski también es un relato sobre un pobre burócrata agobiado por la miseria y la humillación de un trabajo sin interés. La mayoría de los seres humanos viven una vida alienada. No hay duda que la burocracia puede conducir a la peor locura.

Bartleby el escribiente, es acaso el relato más atroz y enigmático de todos los textos sobre los burócratas y tinterillos. Se puede comparar en su intensidad a las otras novelas cortas de Melville: Benito Cereno y Billy Budd, marinero. Consciente de la causa de su locura, contesta a todas las órdenes del trabajo: “preferiría no hacerlo”. En un mundo alienado, el loco es el que no se somete. El sobrino de Rameau tampoco se somete y también está loco, pero Diderot y Hegel prefieren verlo como un héroe.

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Jorge Luis Borges y sus dobles

La música, los estados de felicidad, la mitología, las caras trabajadas por el tiempo, ciertos crepúsculos y ciertos lugares, quieren decirnos algo, o algo dijeron que no hubiéramos debido perder, o están por decir algo, esta inminencia de una revelación, que no se produce, es, quizá, el hecho estético.
—Jorge Luis Borges, “La muralla y los libros”

“Borges y yo” es el humilde reconocimiento de que el autor ha ido por el mundo con una máscara; ese ejercicio de enmascaramiento lo ha hecho muchas veces feliz, y otras, infeliz. Esa máscara se ha convertido en su otro yo. El verdadero yo, el yo verdadero de ciego infeliz, el yo solitario de su miope infancia enfrascado en la lectura de la biblioteca de su padre en el barrio pobre de “casas bajas” de Palermo en Buenos Aires, el yo de su educación francesa en Ginebra, el yo que se enfrentó a Macedonio Fernández, filósofo más original que él, el hombre que convivió con Alfonso Reyes y admiró su dominio del latín y del griego, a quien después desdeñó, el hombre que recorrió la Argentina dando conferencias literarias para ganarse la vida, el yo de la soledad esencial, el yo de su corpachón, de su timidez y su tartamudez, siempre queda detrás del yo social, del yo del escritor de genio, del yo de la memoria desmesurada, el yo del políglota, el yo del poeta que aprendió frases y poemas completos en diversos idiomas y el yo que quiso descifrar la literatura universal y casi lo logró, el yo para la sociedad y el mundo.

“El otro” es el encuentro de Borges a los setenta años con un Borges de quince o dieciséis años. La acción transcurre en forma simultánea en Cambridge, Massachussets, en la ribera del río Charles, y en Ginebra, en la ribera del Ródano. La curiosidad por el futuro pertenece, obviamente, al joven Borges, mientras el hombre mayor que ya ha “fatigado las prensas” y la fama, lo mira con asombro y perplejidad y sin camino, y también con refrenada ternura y nostalgia. El regreso a la infancia y a la juventud es uno de los grandes temas de la literatura de el doble. Baste mencionar “El rincón feliz” de Henry James, “Una flor amarilla” de Julio Cortázar, “Dos imágenes en un estanque” de Giovanni Papini, y “Regreso a la burbuja” de Rafael Pérez Gay. La mención de El doble de Dostoyevski en la conversación no es casual.

“El otro” está escrito como un cuento fantástico o como un sueño sin desenlace.

Alexander Selkirk fue el nombre real del marinero que recaló en una remota isla en el confín del pacífico sur y quedó varado allí por varios años, y a quien Daniel Defoe bautizó como Robinson Crusoe. La soledad esencial del hombre y la imposibilidad de olvidar son los temas de este divertido y profundo poema. El imposible olvido es una carga que todos los hombres tenemos.

El “Poema de los dones” es uno de los grandes poemas de Borges; enuncia por primera vez la posibilidad de que el poeta y el narrador tengan un “yo plural y una sola sombra”. Tal vez sólo la literatura y el arte nos puedan ofrecer la posibilidad de escapar del “encierro del yo” y la identidad fija y ofrecer la posibilidad de un proyecto múltiple de vida. El otro gran tema es el descubrimiento que otro ya vivió la vida que uno está viviendo aquí y ahora. Este reconocimiento ocurre con “cierto horror sagrado, que soy el otro, el muerto, que habrá dado los mismos pasos, en los mismos días”. Esta idea también se entrecruza con la del eterno retorno. Borges no cree en el tiempo. Sólo sabe que el presente es el único tiempo.

Le regret d’Héraclite” es el mejor minicuento de Borges y de muchas literaturas: la vida no puede ser vivida en todas sus facetas potenciales, uno tiene necesariamente que escoger y, al mismo tiempo, borrar las otras posibilidades. Para algunos, en el amor, esto es particularmente trágico, particularmente para Don Juan. En O lo uno o lo otro, Sören Kierkegaard había reflexionado angustiosamente sobre este tema.

Veinticinco de agosto, 1983. Borges siempre se declaró desdichado; la miopía, la inseguridad económica después de la muerte del padre, las fobias, el temor al espejo, la timidez a hablar en público y quizás a la sexualidad, el sentirse gordo “con un corpachón” su tartamudez y, después, la ceguera, lo marcaron para siempre. Él quería ser como el impávido caballero del grabado de Durero, asediado por la muerte y el diablo (Ritter, Tod und Teufel), que va por el bosque del mundo con un valor inhumano, ajeno a las inevitables desgracias que nos acechan día a día y a lo largo y ancho de nuestra vida. El Borges de ochenta y cuatro años dice: “En cualquier momento puedo morir, puedo perderme en lo que no sé y sigo soñando con el doble. El fatigado tema que me dieron los espejos y Stevenson”.

El encuentro con el Borges más joven, pero ya maduro, quien ve al suicidio como liberación, permite al Borges viejo librarse de ese otro yo, un tanto tartamudo, feo y miope y afirmar la dignidad del valor vital e intelectual y el coraje por seguir viviendo.

 

Bruno Estañol
Novelista, cuentista y ensayista. Es autor de: Bella dama nocturna sin piedad, entre otros títulos.