Maleable en extremo por el lado semántico, y dúctil en proporción por el morfológico, la palabra “madre”, en el español de México, sirve para designar lo más sagrado y lo más bajo, lo más hierático y lo blasfemo. “Padre”, en cambio, tiene usos muy concretos, todos de implicación positiva. ¿Serían sintomáticos tales rasgos respecto de otros usos y costumbres más entrañables de la comunidad sociocultural que tanto se identifica por ellos?

En una página sin especial relieve (cuyo origen parece haber sido la azarosa y metamórfica web), recuerdo haber leído, hace ya varios años, un aislado apunte sobre cierto islote léxico del español hablado en México, en el cual su autor asumía —e incitaba a asumir— una actitud menos inerte o pasiva con respecto al lenguaje que hablamos y que, según proponía él allí, nos habla: dice de sus usuarios acaso más de lo que estos desearían, desearíamos, dar a conocer de sí mismos. “Madre”, “madrear”, “madriza”, “madrina”, “mamonería”, “padrísimo” y otras de similar procedencia y orientación en la relación culturalmente establecida entre géneros sexuales, configuraban el exiguo corpus de palabras y locuciones que le servía como plataforma de despegue para su raro pero sugestivo punto de vista.1

Breve ese apunte, no podía ser sino breve su corpus base y, por tanto, muy generales o ingrávidas sus conclusiones. ¿Qué porciones del país abarcarían o pretendían abarcar esas conclusiones? ¿Serían válidas por igual para los diversos componentes de su estratificado mosaico social? ¿Cabría extenderlas a toda una comunidad lingüística cuyo idioma hegemónico resulta desigualmente matizado por obra de factores que van desde la extensión geográfica del territorio, su extraordinaria diversidad cultural, el predominio de marcas de la oralidad (debidas en parte a los elevados índices de analfabetismo), hasta su convivencia con cerca de 60 o 70 lenguas originarias, más el vecino y cada vez menos evitable inglés?

Ninguna de esas limitaciones, sin embargo, impidió que el referido apunte cumpliera lo que al parecer era su objetivo básico: inquietar, destantear, hacer pensar —siquiera a uno solo de sus lectores— sobre las implicaciones culturales de tales expresiones, y tomar distancia crítica, en la medida de lo posible, con respecto a esa fuente de identidad que es el lenguaje materno, el primer lenguaje verbal, el “genésico” de cada persona.

En este otro apunte quisiera intentar dar cuenta del ejercicio de extrañamiento recomendado allí por su autor. Creo compartir con él, en efecto, la idea de que el lenguaje que nos moldea desde niños constituye, a más de una fuente de identidad, un marco de referencia para ésta, en tanto individuos; mientras que, en el nivel de la comunidad, ese mismo lenguaje equivale a un hilo de Ariadna que permite remontar el laberinto de concepciones, valores, tabúes y fantasías construido por esa sociedad en determinados hitos a lo largo de su historia. Fuente e hilo, desde luego, no se comportan como rectas paralelas: fuente e hilo interactúan, se entrecruzan continuamente, se hacen entre sí, son mezcla(s). Cada uno de ellos se comporta como una realización del otro a distinta escala: el hilo semeja la fuente en el nivel individual, la fuente semeja el hilo en el nivel comunitario. Así de inextricables son ambos; empero, el papel subordinante correspondería al hilo.

De modo que las observaciones realizadas sobre ese islote léxico del español hablado en (y hablador de) México en torno a las relaciones entre géneros sexuales valdrían, al menos en principio, no solo para la cultura mexicana, sino también para cada miembro de toda esa cultura configurada/registrada en ese español. Es un hecho que el lenguaje facilita un puente entre el desván de la psiquis y el foro (o el mercado) de nuestras actuaciones y transacciones. Por ese puente, lenguaje al fin, se transita de uno a otro de esos espacios como si se tratara de dos ángulos distintamente iluminados de un mismo tinglado.

A propósito de la palabra “madre” o locuciones en que ella interviene, hay ciertos usos que servirían para matizar el diagnóstico alcanzado por Heredia, como, por ejemplo: 1) “a toda madre”, que se emplea como sinónimo de “muy bueno” o “magnífico”; 2) “poca madre”, que puede emplearse para valorar una situación favorable, o aplicarse a alguna persona para significar su falta de vergüenza —valor éste del que, junto con el orden, la madre sería (o debería de ser) punto de referencia (“desmadre”); 3) “no tiene madre”, que suele emplearse para designar algo o alguien que es (o se tiene por) único; o 4) “mamado”, sinónimo de persona con un cuerpo bien constituido, como resultado (así sea tropológico) de un mayor apego a los alimentos obtenidos de los pechos materno.

Sin embargo, son muchos más los usos de aquella palabra nuclear (o matriz) que servirían para respaldar el diagnóstico referido sobre la asimetría flagrante en las relaciones intergenéricas fijadas en el imaginario mexicano registrado en su lenguaje: “valer madre” (de donde “valemadrismo”); “importar una madre” (no importar o interesar);2 “oler (o saber) a madres” (que huele o sabe muy desagradable); “desmadre” (caos, desorden extremo); “desmadroso” (alguien que genera desórdenes, desarreglos, problemas); “madrazo” (un golpe fuerte); “dar en la madre” (golpear, perjudicar); “estar hasta la madre” (hartazgo, cansancio); “madreado” (golpeado, sometido); “una madre” (cosa sin valor alguno); “madrecita” (cosa pequeña, poco reconocible individualmente); “una mamada” (maldad).

“Mamar”, que morfológicamente parece indisociable del sustantivo “mama” (y de “mamá”), remite, semánticamente, al cuerpo de la madre. Con “mamar” se indica, por vía tropológica, sujeción a conductas correspondientes a la lactancia o etapas igualmente tempranas en el proceso de constitución de la personalidad, que se tienen por inapropiadas de la edad en que se halla la persona a la que se le aplica ese infinitivo o alguna de las palabras compuestas a partir de él (“mamón”, “mamila”, etc.); o incluso tal vez, sujeción a conductas distintivas de la fase oral (freudiana), lectura esta coherente con el sesgo falocentrista que actúa como trasfondo de las expresiones comentadas. “Mamado”, por ejemplo, no es el sujeto (o algún órgano constitutivo suyo) sobre el que se ha ejercido la acción designada por el verbo correspondiente, sino el que ha succionado mayor cantidad de líquidos nutricios de los pechos maternos. Quizá por eso al que se pasa de listo se le puede decir “no te la mames”, que equivaldría a una prevención o a una condena.3

Por el contrario, “mamada”, femenino de “mamado”, significa maldad. “Hacer (o incurrir) en una mamada” supone cometer algún error o contribuir a una acción deleznable. Y si acompañado, como en la frase “cualquier mamada”, sirve para significar entonces “cualquier cosa (no muy bien estimada)”.

Así, en conjunto, a unas pocas expresiones y palabras de signo favorable a propósito de “madre” corresponden muchas de signo desfavorable; mientras que para el caso del significante “padre” abundan, casi de manera exclusiva, palabras y locuciones de orientación semántico-intencional favorable. (¿Habría que recordar aquí ese inventario?)

Ante la desproporcionada abundancia de expresiones donde interviene como núcleo el significante (palabra/figura) “madre”, no queda sino preguntarse ¿por qué la madre?; ¿por qué esa orientación tan obsesionante con respecto a su figura? Tal fijación representa un auténtico nudo sobresemantizado en el laberinto de concepciones, valores y fantasías construido en el proceso de configuración del imaginario social mexicano.

Sobre semejante trasfondo, ¿podemos considerar como un dato fortuito el hecho de que los polos de ese particular imaginario colectivo estén ocupados por dos madres: la Malinche, en un extremo; y la virgen de Guadalupe en el otro? ¿No resulta sintomático, a esa luz, el hecho de designar con un sustantivo, derivado del nombre o sobrenombre de una de esas dos madres polares, ciertas actitudes o conductas que se tienen como lo peor (“malinchismo”, “malinchista”) dentro de México en la dimensión sociopolítica y aun cultural entre sus ciudadanos; actitudes y conductas en las que, para colmo, no han sobresalido precisamente las mujeres, así fuera no más por el hecho de haber sido (y estado) reducidas históricamente al devaluado espacio doméstico donde a modo de compensación sí podían ser ángeles o reinas?

Ilustración: Gonzalo Tassier

En torno a (la) “madre” cabe una ambivalencia que no es admitida, en cambio, por las expresiones cristalizadas en torno a(l) “padre”. Si unívoco (el) “padre”, (la) “madre” resulta ambigua. Si vertical e irrevocable se vislumbra en ese campo semántico (el) “padre”, (la) “madre”, por su lado, se visualiza compatible con el contacto físico, la proximidad, la promiscuidad, el prorrateo.

El menosprecio aparente de ella, o la dificultad en la relación con lo que simbólicamente ella representa (o se le asocia), viene a imponerse, más que a ofrecerse, como una primera explicación posible de tales usos de la figura/cuerpo de la madre (/mujer). Sin embargo, ante el hecho cierto de lo mucho que se le tiene en cuenta en la práctica cotidiana, y en conocimiento de lo extraños o retorcidos que pueden ser los caminos del amor, procedería explicar también esas asimetrías como una muestra del alto, si bien complejo, aprecio hacia ella: porque la madre es el punto que no se debe tocar en la constitución emocional de cada quien es que se le toca tanto; porque ella es vista como emparentada con lo sacro es que se puede ser tan irreverente o sacrílego con su figura. El disgusto o el menosprecio hacia el otro se intenta canalizar por la zona más cara y delicada tal vez en la constitución de la identidad de ese otro.

En efecto, ella representa el punto más sensible en la configuración individual de cada sujeto; ergo, ella es también el más vulnerable cuando se trata de ofender o desaprobar acciones o comportamientos del otro. En torno a ella concentra su autoestima el hombre, como hijo, como pareja sexual. Comprensible es entonces que por ella se canalicen o liberen los intentos más concentrados de vulnerar, de zaherir, de lastimar, de reducir… o de reconocer.

Por otra parte, según el imaginario social que permite reconstruir ese islote léxico del español hablado en México, es presumible que la mujer no tenga existencia si no es como madre. Pareciera que el destino o desenlace como sujeto individual no desemboca o no debiera desembocar sino en la maternidad. De ahí que ese lenguaje visualice a la mujer siempre como madre actual o en potencia: “mamacita”, “vieja” son los vocativos más usuales para requiebros o instrucciones destinados a ellas. Fuera de ese papel, la memoria del lenguaje cotidiano no la visualiza, no parece disponer de palabras con que dotarla de (o más bien, reconocerle) existencia propia. Ella vive a los ojos del hombre por su cuerpo (reducido a sexo) y su cuerpo (/sexo) no tiene otra finalidad que la de procrear, resguardar y ofrecer placentero refugio al hombre, como pareja sexual, como hijo. “Mamacita”, por ejemplo: madre a pequeña escala, madre futura, o en potencia. Otra designación genérica también con notable frecuencia de empleo es “vieja”. Con independencia de su edad, ella es “la vieja”. E incluso, aunque no medie una relación de maternidad o de matrimonio entre ella y quien la designa con tal palabra, para referirse a ella, “vieja” es la palabra dispuesta, la inconsciente, la naturalizada.

Para referirse a una persona de edad avanzada queda el adjetivo “grande”. “Vieja”, por su parte, va quedando como sinónimo de “mujer”. Por lo que tanto una anciana como una joven pueden ser designadas como “viejas”. (Ellas pueden constituir “el viejerío”.) Así como el sustantivo “padre” es percibido por la comunidad lingüística mexicana como adjetivo que puede llevarse a superlativo (“padrísimo”), “vieja” va tendiendo a funcionar como sustantivo, en lugar de “mujer”.

A juzgar por ese muestrario recogido mayormente entre hablantes jóvenes y clasemedieros de ciudad, salta a la vista que motivos no le faltaron al autor de aquella efímera nota para concluir que el lenguaje es a la comunidad que lo emplea lo que la caja negra a la aeronave de la que forma parte: gritos inaudibles, silencios a voz en cuello.

 

Osmar Sánchez Aguilera
Doctor en Literatura Hispánica por El Colegio de México. Su libros más recientes es: Las martianas escrituras, entre otros títulos.


1 Ilustración acaso involuntaria de esa precariedad de los textos en la web, la nota aludida (“Hablemos del lenguaje que nos habla”, firmada por Benyamin (sic.) Heredia) ya no se halla en el sitio electrónico donde la consulté hace algunos años, mismo que se mantiene, sin embargo, circulando a la deriva en el ciberespacio como si se tratara de un satélite abandonado.

2 Esa variante deja entrever otra de más antigua data que parece haberle servido de modelo: “importar un bledo”, “importar un pito”. As, pues, en donde se decía (o escribía) “bledo” o “pito”, la norma mexicana ha preferido “madre”.

3 Ese del participio –v. gr., “mamado”, “abusado”, “ser cansado”, “estar carrereado”, “aperturado”, o el más bien reciente periodístico-deportivo “ser debutado”—es asunto que ameritaría entrada propia en cualquier caracterización enciclopédica del español mexicano.