A 33 años de la tragedia sísmica de 1985, y a un año de su inesperada repetición, la vida en uno de los proyectos urbanos surgido de los escombros sigue siendo la misma. Lo que por un instante fue un indicio de esperanza — un nuevo hogar donde empezar de nuevo— terminó siendo la pesadilla acostumbrada: el calvario cotidiano donde las mínimas necesidades son atropelladas por la violencia y la pobreza, siempre omnipresentes, como una nube gris y pertinaz.

Una muerte previsible

La luz de las cinco velas que formaban una pequeña cruz en el suelo, en cuyo centro estaba una foto de Efraín Gutiérrez,* no alcanzaba a generar un ambiente de duelo; deprimente, sí, pero también tan representativo de esta vida finada. Focos de color blanco ayudaban a iluminar la vieja guardería de la vecindad en la que 20 personas rezaban el rosario. Un mural de estética socialista daba testimonio de esa convivencia colectiva que comenzó hace poco menos de tres décadas en la calle de Mozart número 69, en la colonia Vallejo, al norte de la Ciudad de México. 

Ilustración: Kathia Recio

Algunas vecinas, los hijos, y lo que queda de la familia de su esposa, Miranda Gutiérrez Maldonado, que ahora tiene que moverse en silla de ruedas, estaban presentes junto con dos amigos del muerto. Efraín murió asesinado el 27 de mayo de 2017 entre patadas, palos y su vicio por las drogas. Tenía 52 años. “Explosión de vísceras”, se puede leer en la hoja de la autopsia; explosión que le hizo vomitar sangre antes de morir. Algunas personas en el barrio saben quién lo dejó así, en medio de la calle, al lado de las vías del tren. Saben también que se dio a la fuga por temor a la venganza de la pandilla de Efraín, donde ocupaba uno de los escalones más bajos. Se sabe, pero no se habla con la policía. En estas situaciones nadie habla nunca con la policía. Demasiado grande es la desconfianza. Demasiado grande el temor a ser el próximo blanco en aquel barrio de Vallejo conocido popularmente como La Raza.

Los asistentes al rosario no pretendían estar conmovidos. La joven vestida de mallas coloradas que guiaba la ceremonia parecía tener prisa de recitar los versos religiosos. De los dos amigos que se miraban con ojos húmedos —acaso por efecto del alcohol y la droga—, solo Agustín parecía sentir verdadera lástima por su compañero. Con una mini botella de Coca Cola rellenada con el claro líquido de la mona, sollozaba rasposamente “¿Qui’hubo, compadre?”, mientras los demás cantaban el sermón.

Agustín se apellida Meyer. Es de procedencia alemana y dice que su padre cruzó el océano en el Titanic. A veces dice que se vino a México después de la Segunda Guerra Mundial. No tiene más de 50 años, pero aparenta muchos más. Ha pasado la mitad de su vida en diferentes reclusorios; entraba y salía, por robos, dice, y no por homicidio como algunos de sus valedores. Poco a poco las drogas acabaron con su cerebro. Hoy vive en una vecindad cercana y vagabundea por las calles y por el mercado. A principios de 2017 desapareció unas semanas. “Me metieron al bote. Por borracho”, explica balbuceando. 

Al terminar el rosario solamente dos monedas caen en la caja de apoyo para la familia: una viene de su bolsillo. Unos minutos antes, Agustín interrumpió la oración entonando un surrealista “Estas son las mañanitas…”. Se fue recargándose en el hombro del otro amigo, Daniel, quien por las noches vendía pan afuera de la vecindad. Cuando no vendía todo el producto lo guardaba para el día siguiente. Entonces, ya un poco duro, la gente dejó de comprarlo. Hoy ya no vende: “No hay dinero para comprarlo”, explica.

Efraín era originario del Valle del Mezquital, en el Estado de Hidalgo. Llegó a la gran ciudad de adolescente, sin adicciones y sin medios. En la colonia Valle Gómez dormía bajo los carros y, dado que a las vecindades nunca se les daba mantenimiento, poco a poco agarró confianza y empezó a dormir en los tinacos vacíos. De ahí su apodo, Chavo del ocho, que lo acompañó por muchos años. De ahí también que, hacia el final de sus días, marcados por las drogas y el delirio, en una ocasión se metió en el tanque de agua que suministra a las 50 familias que habitan la vecindad. Alucinaba que lo estaban persiguiendo. Si alguna vez Efraín se vio bien alimentado, en las semanas previas a su asesinato solo era la sombra de su propio ser. En sus momentos más lúcidos decía que quería pintar las escaleras que llevaban a su departamento. Pintar la pared y la puerta para que la gente no pensara mal. Pero en las noches, cuando su claridad mental desaparecía, aventaba cosas en su casa, gritaba y destrozaba. “No manto, ya sabes, me gustan las películas de karate”, contestó una vez al ser interrogado por tanto ruido. “También rezo”.

Siempre convivía con dos o más perros pitbull. Los criaba y luego vendía los cachorros. Los últimos dos fueron objeto de su ira descontrolada. Una noche los mató. Los aullidos rompieron por un instante el silencio de donde vivía. Horas después, con el sol de mediodía, dijo con una sensación de duelo: “¿Qué crees? Se murieron mis perritos”. “¿Y de qué murieron?”. “De nostalgia, creo”.

Mozart 69: la esperanza efímera

Contrario a las demás vecindades en el barrio, la de Mozart 69 apenas cumplió 30 años en enero de 2018. Tanto la construcción como las familias son producto del terremoto de 1985, aquel sismo que dejó paralizado al gobierno mexicano y activó a la sociedad civil. En la Valle Gómez, colonia vecina de la Vallejo, fueron los drogadictos y ladrones quienes levantaron barricadas según recuerda Beatriz Velasco Hernández, una de tantas damnificadas del 85 que se convirtió en activista y logró que su familia y muchas otras encontraran un nuevo hogar en la vecindad de Mozart 69. Fieles al viejo lema si alguien roba aquí, que sea yo, “empezaron a hacer vigilancia para asegurarse de que no se metieran los rateros de las demás colonias”.

Lo que siguió después fueron una serie de coincidencias y una insistencia incansable de los damnificados para ganarse un lugar digno para vivir en medio de la ciudad. Beatriz, que desde su adolescencia ha trabajado con políticas emancipatorias para beneficiar a la gente marginada y excluida, empezó a ir a las reuniones del Movimiento Urbano Popular. Llegó a asistir a un encuentro organizado por la Fundación Ford para discutir alternativas para la ciudad en otoño de 1985. Ahí empezó la corta pero profunda amistad entre ella y Leonor Corral, quien pocos años después murió a causa de un cáncer de pulmón. Leonor era nieta del general Ramón Corral Verdugo, vicepresidente de México de 1904 a 1911, quien también murió de cáncer durante su exilio en París, adonde acompañó a Porfirio Díaz. Leonor trabajaba para Gustavo Esteva, fundador de la Universidad de la Tierra en Oaxaca. A finales de los años ochenta, Gustavo y Leonor dirigían la Red Intercultural de Acción Autónoma, una organización que buscaba fondos económicos para la ciudad devastada, asegurando que el dinero llegara directamente a la sociedad civil y que no desapareciera en la garganta larga del gobierno federal. En algún momento se abrió también un contacto con Nancy Rockefeller, que en aquel tiempo, harta de seguir la vida que le ofreció su padre, tenía una ONG llamada Sinergia. No obstante, las cosas no avanzaron más allá del primer contacto.

Al final se logró juntar suficiente dinero de la Cruz Roja alemana y suiza para comprar legalmente un terreno en aquella colonia popular, que luego sería conocida como la vecindad de Mozart 69. Entre sus habitantes, todos damnificados, eran pocos los que habían ido a la escuela, y de esos muchos ni siquiera habían terminado la primaria. “Pero eran compañeros dispuestos a cambiar su forma de vida”, relata Beatriz. Estaban dispuestos a hacer guardia nocturna y a trabajar en colectivo para levantar su nuevo hogar. A Efraín también le tocó un lugar ya que participó activamente en los campamentos.

El inicio fue todo menos fácil, ya que los nuevos vecinos no eran bien recibidos en la calle. “Los de la Valle Gómez siempre teníamos mala fama”, narra la activista social, y comenta que durante la construcción les robaron hasta los tubos de cobre, y que gente de una vecindad cercana en la calle de Hayek les disparó con metralletas. La zona no era un lugar muy amigable.

Todavía a finales de los 90, Carlos Antonio Rodríguez Rodríguez, quien comparte con aquella activista no solamente una vida entera sino también el compromiso político, tuvo acceso a un reporte policiaco durante su tiempo de funcionario para la delegación Gustavo A. Madero en el cual se describía al barrio como un “triángulo de la muerte”. “Triángulo” porque está ubicado en medio de tres grandes calles; “muerte” porque, según aquel documento, en la vecindad con el número 71 se vendían drogas, y en la del 75 se negociaba con armas. En ese momento, el edificio con el número 69 no contaba con clasificación alguna. En enero de 1988, después de un año y medio de construcción, se terminó la obra. Tenía la característica de ser propiedad colectiva, lo que impedía que los departamentos se pudieran vender. Durante el proceso de construcción, los futuros habitantes mantenían un campamento alrededor del terreno. Hacían guardias nocturnas para que nadie les robara los materiales. Con sus propias manos ayudaron a finalizar la obra. También recibieron ayuda de una brigada de trabajo compuesta por jóvenes alemanes.

Con el tiempo, el caso ejemplar de Mozart 69 se hizo famoso —porque sus habitantes habían construido sus casas ellos mismos con apoyos internacionales— y un día llegó a oídos de María Cecilia Yolanda Occelli González, esposa del presidente Salinas. En 1993, durante la inauguración de la guardería, decidió visitar la vecindad. Cuando bendijo a los habitantes con su presencia, el mural socialista ya decoraba la pared. Cumpliendo con el protocolo oficial, una semana antes llegaron elementos armados del Estado Mayor para asegurar la zona. Empezaba a operar la máquina del Partido Revolucionario Institucional. De repente, las autoridades priistas se acercaron a Beatriz, que era el contacto político visible. “¿Qué se le ofrece, jefa?”, decían, según recuerda Carlos Antonio. Con ellos llegó también pintura para renovar el aspecto de la vecindad. Con pipas de agua limpiaron la construcción y sus alrededores e incluso, después de años de espera, la grúa finalmente se llevó los coches que llevaban largo tiempo estacionados. También sembraron flores en el pequeño pedazo de tierra del patio. Cuando se celebró la visita y la inauguración, no cabían los vecinos en la pequeña guardería, rodeados por habitantes y adherentes priistas externos. La Primera Dama prometió generosamente maestros y alimentos para los niños. Más de dos décadas después, dice lacónicamente Carlos Antonio, “todavía los estamos esperando.”

La familia

En el campamento, mientras esperaban a que se finalizara la construcción, Efraín conoció a la joven Miranda. Empezaron a salir. Se casaron. Tuvieron dos hijos, Julieta y Justin. Al principio, Efraín solo fumaba marihuana. Después llegó el cemento y las demás cosas para inhalar, y comenzó “una descomposición espantosa”, recuerda Beatriz. Pasó aproximadamente año y medio en la cárcel por venta de droga y robo. Todavía a principios de 2017 le intentó vender un arma a Carlos Antonio: “‘Oye, ven carnal’, y me jaló al rincón. ‘¿No te interesa una pistola?’”. Ya le había ofrecido, años atrás, una AK-47 que guardaba en su carrito junto con toda la mercancía que vendía en la calle. “Ahí lo metes en tu camioneta y nadie se da cuenta”.

Como tantas, la vida de Efraín y Miranda es una nebulosa. Beatriz cuenta que Miranda se hizo novia de otro hombre de la vecindad con reputación de pedófilo, que abusó de ella y de sus hijos. Sara, una vecina, cuenta que Efraín “alquilaba a sus hijos para que le dieran dinero. Como no trabajaba prestaba sus hijos con un vecino, los prostituía en la misma vecindad”. En ese tiempo, Julieta tenía cinco años, Justin apenas dos. Cuando finalmente la gente actuó, el hombre huyó de la colonia, de la ciudad y al final del país; se fue a Estados Unidos. Hace seis años hubo otro caso de violación infantil. Un vecino solía enviar a los niños de la vecindad a hacer mandados. Los invitaba a su casa y ahí tenía relaciones sexuales con ellos. Cuando fue descubierto, lo metieron a la cárcel. Y en la cárcel terminó asesinado.

Aunque haya incertidumbre sobre qué pasó en esa etapa de su vida, existe la certeza de que “a partir de ahí todo se puso peor y Miranda intentó suicidarse varias veces”, relata Beatriz. Primero recurrió a las pastillas. Como no tuvo éxito se enterró un cuchillo en el estómago que por suerte no tocó ningún órgano vital. Después brincó de la escalera de su casa. Luego se aventó a una avenida desde un puente, justo en una parte con poco tránsito.

A mediados de 2014 salió del departamento donde vivía con su esposo y volvió con su familia, que estaba en la misma vecindad. “Me pelé con Efraín”. “¿Era muy violento?”. Asiente con la cabeza. Pocos meses después, a finales de septiembre, ocurrió algo inesperado en la vecindad. Una tarde lluviosa, los niños que suelen jugar en el patio a esa hora ya se habían refugiado cuando entró un comando de encapuchados. Buscaban a Gerardo, el hermano de Miranda. Como no estaba en casa, el grupo de cuatro hombres le disparó al papá, que pocas semanas después falleció en el hospital. Miranda recibió ocho balas que perforaron su pulmón y dañaron su columna vertebral. Sobrevivió. No mueres cuando quieres, mueres cuando te toca.

Uno no escoge a la familia, pero puede desear que las tragedias se repartan más equitativamente. La familia de Miranda acumuló todas. Cuando eran adolescentes, su hermana se ahorcó porque no la dejaban salir con su novio. Apenas tenía 15 años y fue Miranda quien la encontró. Su hermano Enrique está en el reclusorio. La última vez que salió no tenía dónde quedarse; su vida afuera había dejado de existir hacía mucho, así que robó una bicicleta para provocar ser detenido y encarcelado nuevamente. Cuando la policía llegó a casa de su familia, su mamá dijo: “Ah, como ya tienen a mi hijo, ¿me puedo llevar la bici?”. En el caso del otro hermano, Gerardo, ocurrió algo similar. Cuenta Beatriz que hace unos años lo interceptó en la entrada de la vecindad porque se había enterado que andaba robando con pistola. Su mamá estaba presente y contestó: “No está robando con pistola. Se enfermó el niño y tuvo que empeñarla para comprar la medicina.”

El regreso (de todos) hacia lo mismo

Dos meses después del asesinato de Efraín Gutiérrez, su esposa y sus dos hijos volvieron al departamento. El mismo hijo al que sus papás expulsaron años atrás por su identidad sexual. En las noches, Justin tenía miedo de regresar, ocultaba sus chupetones en el cuello. Hoy es una joven mujer con cabello largo y lacio.

Son los mismos hijos que fueron recogidos por el DIF cuando la hermana mayor tenía apenas nueve años. “Nos pegaban mucho”, relató ella a principios de julio de 2017, mientras buscaba maneras y fondos para limpiar la casa. Un olor a perro y basura se había impregnado fuertemente en las paredes. “¿Las drogas son malas, verdad?”, pregunta de forma retórica.

Julieta hoy tiene un hijo con Roberto al que todos entre La Raza y la avenida Manuel González conocen como El Filoso. Roberto es comerciante, pero no tiene puesto, sino que anda vendiendo en la calle. Su mercancía —celulares, bicicletas y demás—, la consigue en un edificio cerca de la Mega en la Manuel González. Entre la una y las siete de la mañana hay venta. “La más chingona a las seis o siete”, cuenta. Él compra y luego vuelve a vender pero está obligado a entregar cuentas a su patrón.

La familia pudo regresar gracias a la ausencia de Efraín. Antes, Miranda pasaba mucho tiempo sentada afuera, junto a las escaleras, a veces con lentes de sol cubriendo los moretones en su cara. Hoy vuelve a hacerlo, con la diferencia de que ya no puede caminar. “Estoy triste porque todos se van durante el día y yo me quedo sola”. Dice también que a pesar de haber intentado suicidarse tantas veces no ha perdido la fe en recuperarse completamente.

Pero el que la familia esté junta una vez más no significa mucho. Cuando en la noche del 7 septiembre de 2017 un terremoto sacudió nuevamente la ciudad, Miranda, aterrada, se arrastró por el piso de su casa. Su hija, Julieta, solamente dijo: “¡Déjenla!”

 

Timo Dorsch
Periodista.


* Los nombres verdaderos de las personas y de las calles han sido modificados por cuestiones de seguridad.