Hace veinte años murió Mahmud Darwish, considerado el poeta nacional de Palestina. Para conmemorarlo, el siguiente ensayo recorre las entrañas de Retornos del Discurso del “indio”, libro que compila una serie de traducciones —al español, mazateco, chinanteco, mixe, zapoteco y maya— del poema Discurso del indio, El penúltimo ante el hombre blanco.

En 1992, Darwish escribió desde la perspectiva de los habitantes originarios frente a quienes vienen a conquistar sus tierras. Para ello se inspiró en la carta del jefe norteamericano Duwamish Seattle, quien cuestionó a los “hombres blancos” que llegaron al invadir el “nuevo continente” en 1492. El resultado es una obra que rescata el sentimiento de los pobladores nativos de América para contextualizar su pesar de manera universal, un pesar que comparten los exiliados palestinos, las colonias africanas o los pueblos indígenas del mundo.


…El señor de los blancos no entenderá las antiguas palabras
aquí, en las almas libres entre el cielo y entre los árboles…
Pero Colón tiene el libre derecho de encontrar la India en cualquier mar.
—Mahmud Darwish, Retornos del Discurso del “indio”

En este texto voy a contar una historia. A decir verdad, contaré varias historias de distintos tiempos que ya han sido contadas. Muchas veces. Historias que nos han contado en la escuela o que vemos en las noticias. Voy a contar, de hecho, la Historia, la historia de eso que gustan llamar “el encuentro de dos mundos” y su relación con un poeta palestino, pero la voy a contar por medio de saltos temporales, con los ojos de la poesía, con el lenguaje de la justicia, con las palabras de los otros. Es una historia larga y compleja, dolorosa, intrincada. Las cosas se entrelazan. Pensar, me dijo alguien alguna vez, es poner cosas en relación. Es una historia que a la vez intenta tejer un pensamiento. Paciencia.

Hace quinientos años una expedición española sale de la bahía de Matanzas, Cuba, con rumbo a Cozumel. Va comandada por el capitán Juan de Grijalva. Los barcos arriban y desde allí navegan hacia la península de Yucatán, desembarcan creyendo que todo aquello es una gran isla, todavía tardarán unos meses en descubrir que están en tierra firme. Los expedicionarios españoles se adentran en aquel paisaje que los maravilla, en las naves cargan objetos de mediano valor —como cuentas de vidrio— que ofrendan como regalos a los nativos, descubren con especial entusiasmo las frutas, las comidas, el oro. Continúan hacia Tabasco y Veracruz con una misión encubierta —además de la evidente búsqueda de oro—, ya que no tienen permiso del rey para poblar: transportar esclavos a Cuba. No será una misión posible de cumplir ante la resistencia de los pueblos mayas.

Es el segundo intento de Diego de Velázquez de navegar los mares del Nuevo Mundo desde el Caribe, descubrir y conquistar. Un año antes, Francisco Hernández de Córdoba había emprendido idéntica misión: explorar las tierras y los mares descubiertos a nombre y en representación del rey, Su Majestad Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico. Aquella primera expedición volvió a Cuba cuando los mayas chontales, nativos de Chakán-Putum —hoy Champotón—, atacaron a los españoles apenas éstos pusieron un pie en su tierra en busca de agua para abastecerse, causaron decenas de muertos y heridos entre la tripulación, incluido su capitán, y los hicieron retroceder. Hernández de Córdoba murió en Cuba ese mismo año de 1517, pero en su palmarés se cuenta haber descubierto la península de Yucatán. En mayo de 1518, una nueva expedición fue enviada al mismo lugar, Yucatán, y cuatro naves zarparon de Cuba bajo el mando de Juan de Grijalva. Grijalva avanza por territorio maya, cauteloso, alertado por la fama guerrera de los nativos de estas tierras. Avanza maravillado mientras intenta poner orden entre sus tropas: se niega a poblar y a saquear a los pueblos que encuentra a su paso. Avanza absorto ante la belleza del paisaje, las casas de cal y canto hacen suponer a la tripulación y a todos los comentadores de esta expedición que aquella era una civilización florecida. Avanza por el sureste hacia Veracruz asombrado ante la riqueza de recursos, y entonces declara haber hallado una Nueva España…

Efeméride. Este 2018 se han cumplido quinientos años de aquella segunda expedición; hace quinientos años el río Tabasco cambió su nombre por el de Grijalva. Hace quinientos años Hernán Cortés comenzaba a mover las piezas que derivarían en la tercera expedición, la suya.

En su Poética, Aristóteles habla del recurso narrativo del “reconocimiento” o anagnórisis como el paso de la ignorancia al conocimiento que les revela a los personajes información de otros personajes o de sí mismos, y que puede, en el mejor de los supuestos, cambiar la suerte del héroe. A partir de este momento pensemos en esta efeméride como un reconocimiento entramado en una serie de sucesos vinculados entre sí. Una efeméride como anagnórisis, moviéndose en el tiempo, que no es lineal.

Volvamos al siglo XX. En 1992, el poeta palestino Mahmud Darwish, descendiente de la diáspora mora de Al Ándalus —que también fue diáspora judía de Sefarad—,1 escribió un poema so pretexto de los quinientos años del Descubrimiento de América y el inicio de su ocupación, otra efeméride que reverbera y vuelve: Discurso del “indio”. El penúltimo ante el hombre blanco. Darwish, exiliado político, se encuentra con la sospechada Carta del Gran Jefe duwamish Seattle, nativo del territorio hoy conocido como Estados Unidos de América. El remitente de esta carta es el presidente Franklin Pierce, y en ella Seattle se reconoce indio ante los indios, indio ante el “señor de los blancos” que conquista, arrasa, asesina, desplaza. Así como fueron exiliados los musulmanes en 1492 —año fatídico para la diáspora andalusí y para los nativos de Abya-Yala—,2 exiliados también son los palestinos desde 1948, pero dentro de su territorio, a quienes Darwish reconoce en la tragedia de los indios. La historia de Mahmud Darwish y la historia de América se trenzan en un golpe de afectos casi insospechado que nos habla de la continuidad de los despojos, de sus huellas, de la profundidad de sus heridas.

“El poeta palestino canta en árabe el amor a la tierra de la que ha sido despojado y, como en un mensaje en una botella, lanza su canto lleno de dolor a la otra orilla, para que lo escuchen los indígenas americanos”.3

La historia de Mahmud Darwish y la historia de México se cruzan y un retorno de produce: hace un año se publicó una edición traducida del árabe al español y del español a cinco lenguas nativas prehispánicas mexicanas: Retornos del Discurso del “indio” (para Mahmud Darwish). No se trata desde luego de una conmemoración de la expedición de Francisco Hernández de Córdoba, aquí la efeméride se torna reconocimiento genuino, respuesta: 1517 fue el año en que por primera vez los conquistadores pisaron la tierra que sería México y le cambiaron los nombres, los nativos los hicieron retroceder, pero en 1518 llegaron nuevamente, y desde entonces se llamó Nueva España. Juan de Grijalva huyó hacia Cuba también, solo para dar paso a una tercera expedición (en 1519), la desgracia de las naciones nativas de México: la de Hernán Cortés. Sin pensarlo, sin saberlo, la carta del jefe Seattle se actualiza hoy, ahora, aquí. Darwish viene y dice:

Y nosotros, huiremos de un tiempo para el cual, todavía, no hemos preparado nuestras
obsesiones.
Iremos hacia la patria de las aves como una parvada de seres humanos del pasado4

De la expedición española de 1518 nos quedaron diversas crónicas que cuentan el relato de “los vencedores”, y una de ellas nos pone, otra vez, frente al poema de Darwish. A su llegada a Culhúa, Grijalva y su tripulación rebautizaron el lugar como San Juan de Ulúa, y allí, el capellán Juan Díaz tomó ciertos apuntes para su Itinerario de la armada del rey católico a la isla de Yucatán, en la India, el año 1518, en la que fue por Comandante y Capitán General Juan de Grijalva. Dice el capellán:

…es de saberse que todos los Indios de la dicha isla están circuncidados; por donde se sospecha que cerca se encuentren Moros y Judíos, pues afirmaban los dichos Indios que allí cerca había gentes que usaban naves, vestidos y armas como los Españoles; que una canoa iba en diez días adonde están, y que puede ser viaje de unas trescientas millas.5

Así como Grijalva vio una Nueva España, una imagen narcisista impuesta sobre aquel paraíso que deseaban poseer, el capellán Juan Díaz apenas puso un pie en las tierras “descubiertas” y creyó reconocer en sus habitantes un mundo conocido, no la India, sino la aljama y la judería. Y no sería el único entre los expedicionarios que afirmaría esta relación a partir de lo que supusieron era la práctica de la circuncisión.

No un descubrimiento de lo otro, no lo extranjero cuyo hospedaje nos cuestiona, dice Derrida. Una imposición de la imagen más idealizada de España: sin moros, sin judíos, sin indios, sin pregunta fundamental. Nueva España. Moros y judíos expulsados en 1492 de repente se hallaban ante los ojos del capellán transmutados en indios, y viceversa. El movimiento colonizador que implica esta observación me causa tal azoro que no encuentro cuál sustantivo o adjetivo usar: exilio al cubo. La elipsis es tan arrebatadora que preciso nombrar a San Juan de Ulúa con su nombre original: Culhúa. ¿Cómo se llamaron a sí mismos los habitantes nativos? Acolhua, “procedentes del agua”. Necesito escribir sus nombres, sus palabras, traerlos a la página. Moros, judíos, indios, los elididos, los circuncidados, los exiliados, todos.

Los acolhua perdieron en este golpe del relato del capellán Díaz, así de “fácil” y “rápido”, en un volantazo de la lengua, el derecho a su propia encarnación. Culhúa pasó a convertirse en San Juan de Ulúa y sus habitantes quedaron bajo la sospecha de la herejía del islam o el judaísmo. Descubiertos encubiertos, como Rabinovich lo describe:

Este trabajo [de Darwish] comporta una fuerza dialógica de siglos: resuenan hoy en él ecos de la escuela de traductores de Toledo, lugar que fue testigo del diálogo cordial entre las tres religiones monoteístas. En 1492 España expulsó a moros y judíos, a la vez que “descubría” al “nuevo continente” encubriendo a sus pobladores originarios.6

El descubrimiento de América, la expulsión de moros y judíos, la expedición de Juan de Grijalva, el asedio inglés a los nativos americanos, la ocupación de Israel en Palestina, todo reverbera, retorna en un punto de fuga poético. Aquí la Historia no puede contarse en las líneas de una monografía. De pronto, este libro publicado por la UNAM es el aleph.

Es posible que de las expediciones a la península de Yucatán Darwish no supiera nada; es un reconocimiento que me explota en la cara mientras leo por separado fragmentos del Itinerario de Juan Díaz y Retornos. Es una coincidencia que no lo es.

El exilio de los moros, presencias fantasmales que Juan Díaz veía en Culhúa, llegó a Palestina desde Al-Ándalus en 1492, a su vez, Palestina es ocupada en 1948 para crear el Estado de Israel: exilio sobre el exilio. Si ante los ojos de Juan Díaz, moros, judíos e indios son una sola corporalidad indeseable, para Darwish los judíos, otrora compañeros de exilio, han pasado al otro lado del espejo. Entonces, este reconocimiento duele, más de quinientos años después del primer exilio y setenta del segundo, de Nakba, como los palestinos nombran a la partición de su territorio que dio existencia al Estado de Israel: catástrofe sobre catástrofe.7 Mahmud Darwish es el moro que recuerda, como si el eco de una voz emitida en otro tiempo llegara justo ahora, la salida de Andalucía, la llegada a Palestina, el “exilio domiciliario” —definido por Rabinovich como el exilio dentro del propio territorio—, el destierro, el encuentro con los indios, el despojo.

A ustedes los blancos les faltará la memoria de la partida del Mediterráneo
Y les falta la soledad eterna en un bosque que no se asome al borde del abismo
Y les falta la sabiduría de las rupturas, les falta una recaída en las guerras
Y les falta una piedra que no obedezca a la veloz corriente del río del tiempo8

 

Sin importar la distancia temporal que los separa, se dan los reconocimientos, y el poema de Darwish y sus traducciones los posibilitan léxicamente al hospedar la lengua del otro, es decir la heteronomía: “La heteronomía, como indica su origen griego, refiere a la escucha de un imperativo (nomos) proveniente de otro (heteron)”.9 Con la expedición de Grijalva viajaban dos mayas capturados a quienes las relaciones de la época llamaban “lenguas”: Julián y Melchor —ignoro sus nombres originales antes de ser bautizados a la fuerza—, traductores de los conquistadores al maya yucateco. En cuanto esta anagnórisis me golpea, me encuentro con César David Can Canul, “lengua” de Mahmud Darwish que tradujo su Discurso del “indio” al maya yucateco. Tengo urgencia por leer en voz alta en maya aunque no lo hablo. Lo pronuncio como puedo, quiero leer en maya yucateco y hacer el retorno. Ser lengua: Wey yaan ka’ach in kaaje’. Wey jkíim in kaaje’.

La ruta que une a moros, judíos e indios, vista de este modo, constituye una expedición espiritual y poética de justicia posible gracias a este trabajo de traducción que realiza, a su vez, la propuesta de Roberto Calasso: la de hacer de la edición un género literario. Intermedialidad, si cabe; écfrasis de imágenes de distintos tiempos, superpuestas y asombrosamente repetitivas, imágenes de guerra y masacre desgajadas, conjuradas vía la palabra; ejercicio multidisciplinario cuyo movimiento estético se sostiene sobre un movimiento ético rector: la justicia del otro.

…una bestia funda un reino en
el vacío del espacio herido… y un mar sala la madera de nuestras puertas,
y la tierra no era más pesada antes de la creación, pero algo
semejante habíamos conocido antes del tiempo… los vientos nos narrarán10

Mahmud Darwish comprende que la lengua está marcada por el peso del despojo y el genocidio, comprende que “Un nombre propio nunca es puramente individual”, como también dice Jacques Derrida en La hospitalidad. Lo comprenden también los editores, investigadores y traductores de Darwish en México, y tejen una alianza augurada en 1518 por el capellán Díaz entre moros e indios y la vuelven, dura y amorosa, contra él. Anagnórisis, justicia poética.

…Aplastaste setenta millones de
corazones… ya es bastante, suficiente para que regreses desde nuestra muerte como un rey sobre el trono de la nueva Era… pero ¿no es tiempo ya, extranjero, de que nos encontremos como dos extraños en una misma era?,
y en un mismo lugar, como los extraños se encuentran al borde del abismo?

[…]

Ven, compartamos la luz en la fuerza de la sombra, toma lo que quieras
de la noche, y déjanos dos estrellas para enterrar a nuestros muertos en la órbita
y toma lo que quieras del mar, y déjanos dos olas para pescar
y toma el oro de la tierra y el sol, y deja para nosotros la tierra de nuestros nombres
y regresa, extraño, regresa a los tuyos… y busca la India.11

Aquí están, al borde del abismo, moros, indios, judíos, sioux… desembocadura del río Grijalva, destierro de Sefarad y Al-Ándalus, las fronteras de Palestina, el delta del Mississippi, las naciones originarias de este territorio que llamamos México. Estas anagnórisis concatenadas duelen de manera especial, porque no son fábula, claro, y porque el camino de su realización se extiende por siglos y kilómetros forjados de cadáveres.

No es que un despojo recuerde a otro, sino que un despojo primigenio ha engendrado más despojo. Un exilio (1492) ha engendrado otro (1948; 1933-1945). La continuidad colonizadora es un espanto del que no hemos sido curados. Tal vez, entonces, una justicia heterónoma en el cuerpo de las lenguas presentes en el libro germine para reconocerse en algún punto como intenso presente de justicia. Pensemos en eso hoy que Mahmud Darwish cumple diez años de haber muerto, efeméride y reconocimiento. Palestina, tan lejos, tan cerca.

 

Isaura Leonardo
Estudió Letras Hispánicas en la UAM.

 

Mahmud Darwish
Retornos del Discurso del “indio”
(coordinado por Silvana Rabinovich)
Instituto de Investigaciones Filológicas
(proyecto papiit “Heteronomías de la justicia: de exilios y utopías”)
México, UNAM
2017, 126 pp.


1 Sefarad es el nombre hebreo que le dieron los judíos exiliados a España.

2 Abya-yala es un posible nombre originario para esa mancha continental llamada América.

3 Retornos del Discurso del“Indio”…, p. 10.

4 Retornos…, p. 23.

5 Disponible en Biblioteca Virtual Universal.

6 “Introducción” a Retornos…, p. 9.

7 Nakba significa literalmente catástrofe.

8 Retornos…, p. 19.

9 “Introducción” a Retornos…, p. 8.

10 Retornos…, p. 20.

11 Idem., p. 18.