En la Montaña de Guerrero, el pueblo de Hubert Matiúwàa, la poesía se llama de muchas maneras. Él ha decidido hacer de ésta un acto de resistencia frente a las realidades impuestas que le quitan voz a los otros. En la siguiente entrevista, el autor de Tsína rí nàyaxà/Cicatriz que te mira nos abre las puertas de su memoria y la de su pueblo, una memoria viva, presente, de raíz profunda.

Hubert Martínez Calleja creció en la Montaña de Guerrero. Ahí aprendió a mirar y a nombrar al mundo desde la lengua mè’phàà. También aprendió a escuchar la tradición oral, donde encontró la columna vertebral de la memoria y existencia de su pueblo. Pronto comenzó a contar las historias de su propio tiempo y a hacer de la poesía una forma de nombrar el dolor y la violencia que habitan aquel territorio donde se encuentra su identidad.

Como autor de Tsína rí náyaxaa / Cicatriz que te mira y Las sombrereras de tsísídiin, Hubert recibió en 2016 el Primer Premio en Lenguas Originarias Cenzontle 2016 y el Premio de Literaturas Indígenas de América en 2017. Con versos en mè’phàà que traduce al español, comparte su vivir en la Montaña desde dos memorias que lo acompañan siempre junto con su sombrero y su gabán: la del pueblo de su padre en Zilacayota, municipio de Acatepec, y la de El Obispo, el pueblo de su madre en Malinaltepec.

La memoria como territorio

“Cuando uno es de dos lugares tiene la ventaja de construirse dos memorias que significan dos territorialidades. Es una ventaja porque construyes la memoria en el lugar donde lloraste, donde estuviste muy triste o donde estuviste contento; donde te peleaste con tu amigo, donde te caíste o donde te pasó algo. Cuando creces en un lugar aprendes a nombrar el mundo y a todas las cosas que existen ahí, construyes y nombras ese territorio que va a pasar a ser una memoria viva, una que no nada más es tuya sino que es de toda una generación que te antecede.”

El joven tlapaneco también lleva esa memoria en su nombre de poeta: Hubert Matiúwàa, del gentilicio Mbò matha yúwaá’ o “lugar de la guía de calabaza”. El nombre que comparte conlas personas nacidas en algunos pueblos mè’phàà de Acatepec revive la historia que narra cómo un abuelo sagrado construyó la primera casa de la comunidad, junto a un largo tallo del calabazas que pertenecía a Akúun, el señor sagrado de la lluvia.

Así, para el poeta siempre vamos a mirar el mundo desde el lugar donde lo nombramos por primera vez, ese lugar que se vuelve territorio cuando lo asumimos como parte de nuestra memoria, cuerpo e identidad. Solo entendiendo al territorio como parte de nosotros podremos defenderlo de la violencia y las políticas extractivistas que han llevado al desplazamiento, tanto de los pueblos originarios de la Montaña, como de muchas otras identidades.

La Comisión Mexicana en Defensa y Promoción de los Derechos Humanos (CMDPDH) define como desplazados internos a “quienes de manera individual o colectiva huyen o escapan de su hogar, del lugar donde viven o residen, hacia otra colonia de su mismo municipio, hacia otro municipio de su estado o hacia otro estado del país, para evitar ser víctima de una situación de violencia generalizada, de un conflicto armado, de violaciones a los derechos humanos, de catástrofes naturales o provocadas por el ser humano”. Identifica también diferentes razones de desplazamiento en categorías como episodios “por enfrentamientos armados”, “por temor fundado ante la violencia de las organizaciones criminales”, “por disputa territorial entre grupos criminales”, “desalojos con violencia”, “enfrentamientos entre grupos delincuenciales entre sí o entre grupos delincuenciales y agentes del Estado” y finalmente, otros episodios “sin especificar” ¿Cuántas otras violencias que parecen inclasificables tendrán cabida en esta última categoría? ¿Será que ahí entra también el desplazamiento lingüístico, por discriminación, o aquel consecuente de la pobreza extrema y los megaproyectos que arrasan con la tierra y los pueblos que la habitan?

Solo en 2017, la CMDPDH identificó 20 mil 390 personas desplazadas en México, de las cuales 12 mil 323 pertenecen a poblaciones indígenas. De las 5 mil 948 registradas en Guerrero, 3 mil 640 fueron indígenas, siendo la entidad con mayor número de casos después de Chiapas, donde se registró el desplazamiento de 6 mil 90 personas, todas indígenas.

“¿Cómo plantear una nueva identidad, cuando ya no tienes lugar para planteártela? La memoria no es nada más una cosa etérea, la memoria también es algo físico. Si regresas a un lugar y ya no encuentras nada, ¿dónde vuelves a replantearte esa memoria? ¿En qué espacio vuelves a recuperarla, si ya no existe? Tenemos que estar obligados a replantearnos nuevas formas de hacer memoria, ir pensando cómo vamos configurando nuestra identidad”, dice Hubert.

El mè’phàà para replantear nuestro presente

¿Cómo nombrar el tiempo que nos tocó vivir? ¿Cómo nombrar las violencias que antes no existían?, le pregunto al poeta mè’phàà.

“Hay nuevas realidades. Yo creo que todos hablamos desde un lugar en particular, que es ese donde tenemos nuestro ombligo, donde tenemos el territorio, donde nació nuestra voz y nos surgieron los ojos para mirar, comprender y caminar. Entonces si hay un tiempo violento como el que nos tocó vivir —siempre lo ha habido para los pueblos originarios— creo que es necesario hablarlo, porque al hacerlo marcamos un tiempo en la memoria.”

A través de voces como la suya, la memoria de su pueblo encuentra nuevas formas de ser contada. Recupera los aprendizajes de un pasado de colectividad y nombra nuevas realidades.

“Creo que todos tenemos que replantearnos qué somos, también dentro en las comunidades. En nuestra lengua hay una palabra que es el xó-, y es lo que yo he empezado a nombrar como el nosotros de los otros. El xó- tiene algo muy rico que es que para empezar a contar las historias de origen todos empiezan con un ‘cómo’: ‘Te voy a contar cómo le pasó al tlacuache cuando intentó comerse el chile’ o ‘te voy a contar cómo le pasó a un viajero que se perdió en el camino’, y empezar con un ‘cómo’ es importante porque a lo que hace referencia es a la experiencia, es decir que no existen verdades absolutas, sino que todos tenemos experiencias que contar en el mundo. Ese diálogo podría definir un camino de nosotros.”

Hubert encuentra en la lengua mè’phàà la posibilidad de reencontrarse con algunas prácticas comunitarias que se han olvidado entre tantos años de colonialismo y que representan soluciones para algunos conflictos de hoy. Propone observar el pasado para recuperarlas desde su propia interpretación del mundo y compartirlas con éste.

“Una de las prácticas que ha sido desplazada por líderes de partidos políticos es cómo se entiende un gobierno, porque desde afuera siempre se ha entendido en función del poder y así se han impuesto en los pueblos. En el mío, para elegir a un comisario —que es la máxima autoridad política—, se hace mediante el consejo de ancianos, se consulta, se reconoce su trabajo comunitario, se toma nueve días de ayuno y pasa por varios rituales para llegar a ese cargo ¿Qué pasa cuando aparecen los partidos políticos? Simplemente llega cualquier persona que no tiene la enseñanza de ser otros ni de compartirse en colectividad, solo está ahí en función del dinero y otros intereses. Entonces si queremos realmente regresar a otra forma de gobierno, tendremos que replantearnos una nueva política como pueblos”.

Un camino así acaba de tomar el municipio de Ayutla de los Libres, en Guerrero, cuando el 16 de junio, mediante usos y costumbres, la población desplazó a los partidos políticos para reconocer como forma de gobierno al primer Consejo Municipal Comunitario integrado por personas ñu savi (mixtecas), mè’phàà (tlapanecas) y mestizas.

Desde sus textos, Hubert también reconoce y hace una crítica al machismo que prevalece dentro de las prácticas comunitarias de la cultura mè’phàà.  Considera necesario mirar hacia atrás y replantear desde la comunidad los mecanismos que significan una violencia hacia las mujeres.

“En las comunidades indígenas es donde existe mayor nivel de feminicidios y violencia hacia las mujeres. En la Montaña ni se diga. Muchos de ellos no aparecen en los índices porque es una zona de exclusión donde no llegan los medios, pero también porque la violencia se ha normalizado; entonces, si en el pensamiento mè’phàà se plantea que todos tienen palabra, ¿qué pasa cuando una mujer no puede tener cargos comunitarios? Le estamos negando la palabra y eso es una contradicción. ¿Cómo solucionamos este tipo de problemas? Es muy importante mirar hacia atrás y encontrar esas respuestas para ir descolonizándonos y replanteándonos. Porque la violencia hacia la mujer ya existía, pero ahora existe con todas las relaciones en un mundo colonial”.

La poesía como reconfiguración del pensamiento

En la defensa del territorio desde la identidad y la memoria, Hubert recuerda a su abuela como su guía espiritual, quien a través de historias lo introdujo al pensamiento mè’phàà cuando pasaba los días con ella mientras sus padres trabajaban. “Me empezó a contar historias de mi pueblo, esas historias que muchos conocen como mitos pero que para nosotros son parte de la enseñanza de una cultura, la columna vertebral del pensamiento de los pueblos que es la oralidad, y eso justo se transmite a través de las historias de origen, porque todas tienen una justificación tanto ética como epistémica y política para un niño. Es una metodología muy profunda de enseñar el pensamiento propio. Si estuviera viva mi abuela yo le preguntaría cómo comenzó el canto de los pájaros y seguramente ella habría dicho algo que probablemente no existía, pero como ella pertenece a un pueblo, también recrea sus pensamientos. Siempre es necesario que un pueblo recree su propio pensamiento, eso lo mantiene vivo y con el tiempo pasa a ser parte de la memoria oral.

¿Se puede encontrar en la poesía esta reconfiguración del pensamiento?

“Creo que sí, hay muchas maneras de encontrarlo, sobretodo porque para los pueblos el lenguaje oral es como el eje medular del pensamiento. Creo que la poesía como tal siempre ha existido en los pueblos de distintas maneras, las historias siempre se han contado y eso ha permitido que un pensamiento se vuelva generacional. A lo mejor en este mundo se llama poesía, pero en mi pueblo se llama de mucha maneras. Es muy necesario que siempre existan personas que cuenten las historias de nuestros pueblos. Si no, seríamos un pueblos sin historia”.

Para Hubert, escribir es la prueba de que la cultura originaria también puede manifestarse en papel, siempre que no implique el desplazamiento de la memoria oral o la pérdida del diálogo y el hecho de narrar un cuento. Es decir, que contar una historia de origen no solo significa contarla, sino que tiene una ritualidad y un tiempo. ¿Para qué, en este caso, traducir y compartir el pensamiento mè’phàà con otras lenguas?

 “A nosotros nos toca ser traductores y escritores porque un pueblo que se cierra es un pueblo que tiende a desaparecer. Los pueblos siempre han tenido una lengua franca para comunicarse, y esa lengua ha sido siempre la lengua que ha mantenido el poder. Antes era el náhuatl y ahora es el español. Una lengua también es un pensamiento, al tener una lengua hablas y vives como un mundo cultural distinto, por eso es muy necesario responder a la pregunta ¿quién soy yo? para poder vivir en dos mundos sin que uno te absorba. Traducir para hacer de la memoria una memoria colectiva, una que sea de todos. Sobretodo si esa memoria es una de dolor, que sea colectivo, que sea para todos. Por que a través de ese dolor podemos aprender, mirar, y tomar la palabra.”

Fragmento de “Tsína rí náyaxaa / Cicatriz que te mira”

V
Mi’txà nidxá’nú ná mañuwìín,
xì’ñá ló’ nibrìgwíín gájmàá rè’è rí kíxnuu
khamí gúni rí mà’nè gamaku mikwíí,
xó ma’ nánà tsí nènè mbájàán,
nìmbrá’à nàkwá gájmàá iná skémba khamí iná láxà,
rí maxná nè xè’ khamí rí mà’nè nè asndo xó rí tàjáñáà’ xóó,
rí mà’tá nè rí xùù xuwià’ ngrigòò ná namàá.

Ná gu’wá ló’,
ndiyoò nìtsíkáminà’ siàn’ ná inuu ifíí,
ndiyóo nìkaxii àkhà’ ná awún guma,
khamí ná nànùu à’diá tsí nàngwá ni’goò màtànè nuwììn
nìtsíkáminà ixè rí nìndiàwà ló’

Rí magòò mudiìn ná jùbùún xi’ñán ló’,
nimbrá’án gájmàá àgú,
idò nìkaji’daán ná jàmbaà wajèn,
nìtsówòò i’dià agòò èjnà,
ná mbámbá nìkarawajwíìn
ndiyàà xùún khamí nìtsakhuramaà,
i’dià ni’thá xò’ rí xkwanii nùradíín angià’ ló’ tsí tsinìñà’ mijná,
mi xkwanii nandúùn mùradíín xugíín ijíín xuajiàn ló’.

V
Llegaste al amanecer,
los principales te recibieron con flores contadas
y humo para ofrendar a los cielos,
las mujeres que te criaron, envolvieron tus pies
con hojas de borracho y toronjil
para decir que no habías muerto,
que el olor de tu cuerpo andaba en la Ciénega.

En la casa vi arder de rabia los comales,
hincharse de sol las tortillas
y en el remolino del hijo que no conociste
se incineró de presagios la madera.

Para sembrarte en el vientre de tus viejos,
te envolvieron en petate
y en la procesión, hermano, goteabas a cada paso,
tu rastro nos decía que los cobardes matan a traición
y a traición quieren acabar con nuestro pueblo.

Hubert Matiúwàa, Tsína rí nàyaxà/Cicatriz que te mira, Pluaria Ediciones / Secretaría de Cultura de la Ciudad de México, 2018. Con ilustraciones de Filogonio Velasco Naxín.

 

María Alvarez Malvido
Antropóloga Social por la UAM-Iztapalapa.

 

El libro Tsína rí nàyaxà/Cicatriz que te mira será presentado este martes 7 de agosto en la sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes.