Durante la segunda mitad del siglo XX, el cine mexicano luchó por su independencia contra el férreo control estatal. Poco a poco, se desarrolló la sátira y la comedia política como forma de protesta saludable, aún vigente. La siguiente crónica completa un primer panorama histórico sobre los ricos vínculos entre el cine y la política y las distintas realidades electorales del país.

Si para detener la violencia es necesario que corra mi sangre… la tendrán.
—Jorge Zárate en Pachito Rex. Me voy, pero no del todo

 

Hoy entendemos las campañas políticas como los momentos históricos en los que los partidos y los candidatos exhiben su capacidad de convocatoria y ponen a prueba su influencia en la sociedad compitiendo por un puesto de poder (que no de representación). Pero no siempre fue así. Durante años la pugna por la presidencia y otros cargos de supuesta elección popular se dio al interior del partido hegemónico, el PRI. Las elecciones eran un mero trámite.

Propaganda de la película La dictadura perfecta (Luis Estrada, 2014)

En la década de 1960 no abundaron películas con temática abiertamente política y menos aún que se refirieran a los tiempos electorales. Por un lado, los gobiernos de Adolfo López Mateos y Gustavo Díaz Ordaz mantuvieron la estabilidad social amenazando, censurando y reprimiendo las opiniones que cuestionaban el statu quo; por el otro, una política de puertas cerradas dentro del sindicato de la industria fílmica impidió el relevo generacional que comenzó a darse a cuentagotas a partir del Primer Concurso de Cine Experimental (1965). La profunda crisis que    reflejaba la industria en aquellos años desembocó en una solución desquiciante para reestructurarla. En 1970, el gobierno del recién electo presidente Luis Echeverría operó un agresivo programa para administrar desde el Estado todas las áreas del quehacer cinematográfico, algo impensable en un país no socialista.

Aquellos años de agitación social, de rebeldía juvenil y de unión latinoamericana se vieron reflejados en las nuevas propuestas. Auándar Anapu (Rafael Corkidi, 1974), El recurso del método (Miguel Litín, 1977), La sucesión (Alfredo Gurrola, 1978), Bandera rota (Gabriel Retes, 1978) o Bajo la metralla (Felipe Cazals, 1983), entre muchos otros títulos, mostraron a una generación comprometida socialmente, que intentó trasladar la compleja realidad nacional a sus historias de ficción, con la intención de orientar a la opinión pública. Algunos directores prestigiosos de la vieja guardia como Alejandro Galindo —Ante el cadáver de un líder (1973)— y Roberto Gavaldón —Las cenizas del diputado (1976)— aprovecharon la coyuntura para criticar incisivamente al sistema que los había marginado.

Héctor Valdés, dibujo publicitario para la película Ante el cadáver de un líder (Alejandro Galindo, 1973)

Si en las comedias ligeras producidas durante las primeras décadas de nuestra industria, la sátira política se deslizó simplona entre sketches y juegos de palabras, en la segunda mitad del siglo XX su tratamiento se aproximó más a la caricatura política, con alusiones indirectas a hechos y personajes identificables. Una primera tentativa fue la adaptación de la popular historieta política Los Supermachos, escrita y dibujada por Ríus (Eduardo del Río). Su versión fílmica, Calzonzin inspector (Alfonso Arau, 1973), procuró mantener el tono crítico que la historieta tenía no sólo hacia el gobierno y los políticos, también hacia la sociedad.

Después de leer la consabida advertencia, distorsionada al grado de anularla: “Cualquier parecido de los personajes de esta película con personas vivas o tontas, instituciones, funcionarios, etc. es una pura y celestial chiripada”; vemos al indio Juan Calzonzin escapando de una matanza de campesinos inconformes orquestada por el cacique Andrés Chagoya, “preclaro y eficaz dirigente del partido aplanadora en Rompopeo de las Guayabas”. Calzonzin llega al pueblo de San Garabato donde desde hace 30 años gobierna el alcalde Perpetuo del Rosal, compadre de Chagoya. Ahí es confundido con un inspector federal encubierto y don Perpetuo, que busca una nueva reelección, intenta ganarse su simpatía por todos los medios.

Perpetuo exige a su esposa e hija que se vistan de chinas poblanas para la recepción de Calzonzin (situación que aludía al empeño de doña María Esther Zuno, esposa del presidente, de promover los trajes típicos de México imponiéndolos a las esposas de los altos funcionarios en los actos oficiales). Los dos únicos policías de San Garabato limpian el pueblo de “opositores, comunistas y feos”, uno de ellos se ensaña con un hombre al que ha sacado de la cantina:
—Éste estaba hablando mal del presidente municipal.
—Pues ¿qué dijo?
—Que era un viejo asesino, burócrata y corrupto
—¿Y cómo sabes que hablaba de don Perpetuo?
—¿Pues de quién más?

Ríus, portada del guión de Calzonzin inspector, editorial DIX, México, 1973

En el mismo tono paródico, Fernando Cortés dirige al año siguiente La presidenta municipal, película protagonizada por “la mexicanísima India María”(María Elena Velasco). En ella, el eterno cacique Mario N. Cruz, candidato único del partido único: el RIP, se prepara para ser nombrado nuevamente presidente municipal de Chipitongo el Alto; sin embargo, un error de impresión en la boleta hace que la ganadora sea la ciudadana María N. Cruz, una indígena alfarera que vende “antigüedades modernas” a un gringo del pueblo. El representante del RIP que valida las elecciones reconoce su triunfo: “Al que madruga el partido le ayuda”.

El candidato único del partido único fue una realidad nacional en las elecciones de 1976, cuando el priista José López Portillo compitió sin oposición alguna por la presidencia. Se dice que en una ocasión comentó: “con mi propio voto gano”. No obstante, realizó una intensa campaña de siete meses por todo el país buscando el reconocimiento de la ciudadanía. Durante la solitaria y anticlimática campaña de López Portillo, el veterano Roberto Gavaldón, quien había sido diputado años atrás por el PRI, filmó la ya mencionada sátira, Las cenizas del diputado.

También en ese sexenio apareció una comedia de poca valía pero que utilizó el recurso de suplantar al político rico por el ciudadano común, al estilo de El príncipe y el mendigo. En ¡Esa mi razaaaa! (Roberto Schlosser, 1977), el cómico televisivo Eduardo Manzano “el Polivoz” interpreta al indio Lorenzo Rafael y al corrupto gobernador Victorio. Con la misma fórmula, en 1991, Roberto “el Flaco” Guzmán protagonizó Político por error (Alejandro Todd), cinta en la que un barrendero le enmienda la plana a su gemelo diputado no sólo en sus obligaciones públicas, también en las maritales. Finalmente la India María hará su versión feminista en Las delicias del poder (Iván Lipkies, 1998), en la que la candidata a la presidencia Lorena Barriga, es suplantada en plena campaña por su gemela perdida María.

Cartel propagandístico de Lorena Barriga (María Elena Velasco), candidata del Partido Único Feminista, que formó parte de la película Las delicias del poder (Iván Lipkies, 1998)

Durante el proceso electoral de 1982, el cineasta y abogado Alejandro Pelayo dirigió la película que mejor retrató el poder en tiempos electorales:  La víspera. Esta joya independiente de bajo presupuesto exhibió las entrañas del poder sin juicios ni concesiones. Conocedor de los recovecos políticos, Pelayo nos muestra la intimidad del ingeniero Manuel Miranda (Ernesto Gómez Cruz) en un día crucial para su carrera: la toma de posesión del nuevo presidente; fecha en que se dará a conocer su gabinete. Reunido con un grupo cercano de amigos y colaboradores en su lujosa residencia, producto de otros tiempos cuando sirvió al gobierno de Adolfo López Mateos, el Ing. Miranda espera una nueva oportunidad para servirse del gobierno. Sin estreno comercial, La víspera se transmitió por primera vez en Canal 11 justo el día de la toma de protesta del presidente Miguel de la Madrid.

Hasta ese momento, las jornadas electorales no habían representado ningún reto para el PRI, pero en 1988 la oposición obtuvo casi el 50% de los votos, algo inédito. El Frente Democrático Nacional impulsó la candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas y el PAN la del empresario Manuel Clouthier; tres partidos menores compitieron con sus propios candidatos, entre ellos Rosario Ibarra de Piedra, la primera mujer en una contienda presidencial. En contraparte el PRI presentó una candidatura sin aliados, la primera en su historia, con Carlos Salinas de Gortari. La nueva correlación de fuerzas obligó al gobierno a intervenir en la organización, el proceso y el desenlace de la elección para garantizar el triunfo de su partido.

En este tenso ambiente electoral, Fernando Pérez Gavilán filmó Intriga contra México. ¿Nos traicionará el presidente? (1988), película nominada a nueve Arieles, incluyendo Mejor Película, pero que hasta la fecha resulta imposible ver. Una reseña para televisión explica queal final de su mandato, “el presidente de México tiene que nombrar a su sucesor, […] las altas esferas de la política, el ejército, el pueblo y los burócratas intrigan por sus propios intereses”. Una presión política realmente fuerte se vivió durante las siguientes elecciones presidenciales, las de 1994, debido a sucesos como el asesinato del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo, la cacería de “El Chapo” Guzmán acusado del crimen, el secuestro del banquero Alfredo Harp Helú, la firma del TLC y el levantamiento Zapatista.

Bajo estas condiciones el candidato del PRI, Luis Donaldo Colosio, se vio obligado a desmarcarse del gobierno, y el 6 de marzo de 1994 pronunció su controvertido y multicitado discurso en el que advertía:

Cuando el gobierno ha pretendido concentrar la iniciativa política, ha debilitado al PRI, por eso hoy, ante la contienda electoral, el PRI sólo demanda del gobierno imparcialidad y firmeza en la aplicación de la ley. ¡No queremos ni concesiones al margen de los votos, ni votos al margen de la ley!

El 23 de marzo Colosio fue asesinado en Lomas Taurinas, Tijuana, desestabilizando por completo la política del país. Pese a todo (o quizá por ello), el candidato sucesor Ernesto Zedillo ganó las votaciones con amplio margen.

En el cine, el tema del atentado siempre estuvo presente como recurso de suspenso o de comedia y como parte de las intrigas políticas, pero ahora el tema se había vuelto tabú. Apenas un año antes de los acontecimientos, Raúl Araiza había filmado Guerrero Negro (1993), thriller sobre un pistolero contratado para matar a un industrial, candidato a la gubernatura de su estado. No obstante, el impacto mediático del asesinato de Colosio hizo evidente que el tema sería retomado por el cine tarde o temprano. El primer asomo fue Maten al candidato (1998), última película del director Gilberto Martínez Solares que, salvo el título sensacionalista, nada tenía que ver con los sucesos de 1994.

Años después apareció la muy bizarra Pachito Rex. Me voy, pero no del todo (Fabián Hofman, 2001) “un proyecto de investigación desarrollado por el Centro de Capacitación Cinematográfica que intenta explorar la posible relación entre la dramaturgia, la interactividad y el soporte tecnológico”, según el texto en el DVD. La película recrea el asesinato de un candidato presidencial en pleno mitin, en este caso, la estrella popular Pachito el Titán de la canción (Jorge Zárate). El atentado debía ser una estrategia publicitaria pero alguien cambió las balas de salva por balas de verdad. El asesino material es arrestado y torturado mientras se escucha una voz en off: “Muchos critican nuestra labor, pero no tiene nada de especial, hay quien fabrica tuercas, hay quien fabrica aviones, a mí me toca fabricar culpables”.

Postal publicitaria de Pachito Rex. Me voy, pero no del todo (Fabián Hofman, 2001)

Pronto aparecieron varias películas de bajo presupuesto y videohomes que explotaron el morbo del espectador, entre ellas Magnicidio, complot en Lomas Taurinas (Miguel Marte, 2002) que presentó una burda versión de los rumores más extendidos sobre el atentado. Pasarán diez años antes de que Carlos Bolado filme la que es hasta hoy la película definitiva sobre el tema: Colosio, el asesinato (2012). “Hay décadas en las que no pasa nada y semanas en las que pasan décadas”, dice una cita de Lenin al iniciar la película. Abordada como un thriller policiaco, Colosio, el asesinato revela la compleja conexión entre los diferentes poderes fácticos y el gobierno, dejando que el espectador llegue a sus propias conclusiones.

Portada del DVD de la película Colosio, el asesinato (Carlos Bolado2012)

A la par de estas películas que abordaban un episodio doloroso de nuestra historia reciente, el director Luis Estrada trabajaba en un nuevo género de comedia política más mordaz y directo. En 1999 presentó La ley de Herodes, una oda a la corrupción que hablaba sin rodeos de los vicios del partido en el poder. Juan Vargas (Damián Alcázar), un inocente político… “pendejo, pues”, llega al pueblo de San Pedro de los Saguaros como presidente municipal interino prometiendo llevar los beneficios de la modernidad. Cuando busca al gobernador para solicitar más presupuesto es atendido por el secretario López (Pedro Armendáriz Jr.): “No, no, no y no Varguitas, estamos muy próximos a las elecciones y todo el presupuesto se tiene que ir al partido para que no tengamos sorpresas”.

Para no desampararlo, López le entrega una pistola y un ejemplar empolvado del Compendio de las Leyes Nacionales y Estatales al que le sacará provecho: “Recuerda que todo lo que está aquí, que diga Poder Ejecutivo, Legislativo y Judicial, eso eres tú”. Vargas comienza una pendiente de corrupción, autoritarismo y crimen que lo lleva no a prisión, sino a la Cámara de Diputados. Tras su estreno en un festival en Acapulco, diversas instituciones intentaron prohibir su exhibición comercial, esta torpeza derivó en publicidad gratuita y en un escándalo que coincidió con las campañas electorales del histórico año 2000, cuando por primera vez el voto de los mexicanos no favoreció al PRI, sino al candidato de la Alianza por el Cambio, PAN-Partido Verde, Vicente Fox.

Portada del DVD de la película La ley de Herodes (Luis Estrada, 1999)

El júbilo por la alternancia se diluyó rápidamente en la inestabilidad y en un errático proceso de definición política. Seis años después, Luis Estrada retrató el desencanto en Un mundo maravilloso, película producida y estrenada durante las campañas presidenciales del 2006. El PAN en el poder se parecía mucho al viejo PRI y Fox utilizó todos los medios a su alcance para evitar el triunfo de la izquierda, representada por Andrés Manuel López Obrador. Así, el candidato oficial Felipe Calderón, asumió la presidencia tras una jornada electoral con olor a fraude. El resultado fue catastrófico para el país cuando Calderón intentó subsanar su bajo nivel de aceptación emprendiendo la mal llamada “guerra contra el narcotráfico”.

El gobierno no sólo perdió la guerra en las zonas de conflicto, también en los medios de comunicación. Con inteligencia y humor Estrada volvió al ataque con El infierno, película producida y estrenada durante los festejos del bicentenario de la Independencia y el centenario de la Revolución: “México 2010. Nada que celebrar” apuntaba su publicidad. Benny (Damián Alcázar) un inmigrante deportado, regresa al pueblo de San Miguel Arcángel para atestiguar un panorama devastado por la “guerra contra el narco”. Un retrato de la terrible situación que padecen cientos de poblaciones pobres a lo largo y ancho del país y la imposibilidad de sus habitantes de sustraerse de la violencia.

Si bien El infierno no sucede en tiempos electorales, la impactante escena final es contundente. El Benny, a quien han dado por muerto después de hacerle pagar su traición, regresa a San Miguel Arcángel para cobrar venganza, la noche del 15 de septiembre. En plena plaza rebosante de adornos patrios, Benny espera a que aparezca el nuevo presidente municipal, nada menos que su exjefe y líder del cartel local, José Reyes (Ernesto Gómez Cruz). Tras una balacera, el dorado escudo nacional que adornaba el templete se tiñe de sangre.

El desastre panista hizo que, en las últimas elecciones celebradas en México, las de 2012, el PRI volviera a ocupar la silla presidencial. Su candidato Enrique Peña Nieto fue tildado de ser un producto mercadológico construido con la ayuda de Televisa. La siguiente comedia de Luis Estrada, La dictadura perfecta (2014) apuntó precisamente hacia la influencia de la televisión sobre los políticos nacionales, haciendo un recuento de los escándalos más mediáticos de los últimos años: los videoescándalos de René Bejarano, la llamada telefónica de Mario Marín “el Gober Precioso”, la muerte de la niña Paulette, el montaje televisivo de Florence Cassez y un largo etcétera. “En esta historia todos los nombres son ficticios, los hechos, sospechosamente verdaderos. Cualquier parecido o semejanza con la realidad no es mera coincidencia.”

Una vez más nos encontramos en tiempos electorales, el recuento de estas películas puede ayuda a comprender el impacto de las imágenes como información, propaganda o denuncia. Desgraciadamente los temas pendientes no se han resuelto y los candidatos presidenciales y sus partidos no parecen estar a la altura. La violencia ha cancelado toda aspiración de un futuro mejor: 114 políticos asesinados durante el proceso electoral, 40 de ellos candidatos o precandidatos y más de 200 aspirantes que han renunciado a sus candidaturas por amenazas. Bajo estas condiciones cabría preguntarnos quiénes gobernarán y quiénes serán los valientes que se atrevan a llevar esta tragedia a las pantallas.

 

Héctor Orozco
Curador e investigador de diversos proyectos en torno al arte, la fotografía y el cine. Desde hace una década trabaja en las Colecciones Fotográficas de Fundación Televisa.