El 15 de abril de 1938 fallecía en París el poeta peruano, aunque certeramente universal, César Vallejo. Más allá de las imágenes trilladas de su vida y sus versos, hay un Vallejo cronista, periodista y viajero, que rebasa los rasgos generales de su biografía. Como detalla este ensayo, el autor de Trilce y Los heraldos negros fue además un pensador seducido por el marxismo y la causa republicana y, sobre todo, un observador agudo y ultrasensible de la realidad y las personas.

Moscú es una gran aldea medieval, en cuyas entrañas maceradas y bárbaras se aspira todavía el óxido de hierro de las horcas, el orín de las cúpulas bizantinas, el vodka destilado de cebada, la sangre de los ciervos, los granos de los diezmos y primicias, el vino de los festines del Kremlin, el sudor de mesnadas primitivas y bestiales.
—César Vallejo

 

De la vida de los artistas conservamos a menudo imágenes deslucidas y vagas, acaso un puñado de imágenes rotas. Un rasgo sesgado de su temperamento, una anécdota crucial y reveladora, un derrotero visible en el que vida y obra son un cruce de caminos: la locura de Van Gogh al cortarse la oreja, los arranques de ira de Rimbaud disparándole a Verlaine, la etapa fascista y delirante de Pound, las tormentosas convalecencias de Virginia Woolf y su entrada al río del suicidio. Esos episodios acaparan y le arrebatan a la memoria todos los otros contornos indecisos, menos novelescos y reconocibles, aquellos que el biógrafo debe reconocer entre reflejos deslumbrantes.

La vida en penitencia

En las letras hispanoamericanas, el caso de César Vallejo (1892-1938) es uno de ellos. Su obra y —por contagio— la lectura de lo que fue su vida, han quedado resumidas en los trazos del retrato póstumo que le hizo Picasso: un rostro como compungido, los pómulos salientes y la mirada severa.

O en el testimonio del novelista peruano Ciro Alegría que, de niño, fue alumno suyo en un colegio de Trujillo y lo recuerda así:

Bajo la abundosa melena negra, su faz mostraba líneas duras y definidas. […] Sus ojos oscuros —no recuerdo si eran grises o negros— brillaban como si hubiera lágrimas en ellos. […] Se puso a mirar y siguió mirando hacia la puerta, por la cual entraba la clara luz de abril. Pensaba o soñaba quién sabe qué cosas. De todo su ser fluía una gran tristeza. Nunca he visto un hombre que pareciera más triste. Su dolor era a la vez una secreta y ostensible condición, que terminó por contagiarme. […] El hombre Vallejo se me antojó como un mensaje de la Tierra.1

Cómo no pensar otra cosa de un hombre tímido y reservado, hijo de la austeridad cristiana de su región, del pueblo andino de Santiago de Chuco, que barajó la idea de hacerse sacerdote, y muy joven conoció la explotación en las minas de Quiruvilca, donde llegó incluso a trabajar por un breve tiempo. Cómo no pensar en la oscuridad del poeta que se daría a conocer por Los heraldos negros (1919), un libro que trasciende algunas de las fórmulas del modernismo, y que se recuerda por el poema que le da título a partir de estos dos memorables cuartetos:

Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!
Golpes como del odio del Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma… Yo no sé!

Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán talvez los potros de bárbaros atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

También aparece aquí la búsqueda de un color local melancólico, semirrural, aunado al pasado americano, como en “En los paisajes de Mansiche labra / imperiales nostalgias el crepúsculo”. Los sucesos en la juventud de Vallejo, que quisieran ordenar todo el sentimiento de desamparo de su poesía, la conciencia plena de la desaparición nietzscheana de Dios, nos llegan cargados de dureza, con pocos matices. Podemos, de nuevo, condensarlos en dos imágenes: en 1917, su pasión por “Mirtho” se vuelve insostenible, desbocada por los celos. Según una versión exageradamente cinematográfica, se dispara en la cabeza con un revólver, pero falla: la bala única solo ha girado en el tambor. Otro tormento lo asedia en sus meses de encarcelamiento, luego de verse involucrado, en su pueblo natal, en un violento amotinamiento del cual solo quiso ser mediador.

Lo cierto es que, si la vida es penitencia, Vallejo la traduce provechosamente en arte, con absoluta penetración, con total destreza verbal y expresiva. Sus poemas desde 1916 aparecen en revistas de Perú, Ecuador y Colombia. Se desempeña como maestro de escuela y escribe crónicas en periódicos locales y nacionales. En el ambiente intelectual de Lima —“todo un puchero literario”— recibe cálido apoyo y admiración de escritores de época como José María Eguren o Manuel González Prada.

El salto al vacío que da con Trilce es un punto de inflexión para las vanguardias: le abre el camino a la experimentación más radical, con un lenguaje hermético que rompe con todas las normas expresivas y ahonda en una libertad hasta entonces impensable. Trilce aparece, no por nada, en ese año milagroso de 1922, en el que Ulyses de Joyce, The Waste Land de T. S Eliot, la publicación de Proa o de Actual y la Semana de Arte Moderno en Sao Paulo zanjan nuevos senderos al arte y la literatura del siglo XX. Después de Trilce, los poemas póstumos —reunidos en los títulos España, aparte de mí este cáliz o Poemas humanos, y luego en ediciones más cuidadas de su poesía completa—2 le dan a Vallejo un lugar imprescindible en las letras, con una evolución además que satisface en las aulas: el tránsito del hermetismo a una poesía social, marcada por la guerra civil española, de la introspección existencial a la búsqueda empática del otro. Otra de esas fotografías atesorables que le llenan los ojos de dicha al biógrafo es la de los soldados españoles que, en 1939, en mitad del barrizal y el olor a muerte de las trincheras, imprimen y leen los versos de España, aparta de mí este cáliz: “¡Soldado conocido, cuyo nombre / desfila en el sonido de un abrazo!”.3

No entraremos en estas discusiones porque, por ahora, nos interesa el otro Vallejo que es menos poeta sufriente, menos señor herido (que no letraherido) y más hombre de calle y de mundo.

Yo soy otro

El otro Vallejo es, como todos los modernistas y, en este caso, post-modernista (en el sentido estricto de la literatura hispanoamericana), un periodista sin igual. En este sentido, Vallejo hace parte de la corriente oceánica —qué palabra ésta, expropiada por Neruda y sin pedir permiso— de Martí, Darío, Gutiérrez Nájera, Gómez Carrillo o Amado Nervo, entre otros. Al llegar a París en 1923, el autor del todavía discreto y desoído Trilce escribe numerosas cartas, algunos versos y, sobre todo, crónica: sus artículos le dan para sobrevivir a duras penas y, además, tener al menos un motivo estable en medio de la inconsistencia económica y emocional del desarraigo. Durante esos quince años en Europa, publica en los diarios El Norte (Trujillo) y El Comercio (Lima), en las revistas Mundial, Variedades (ambas de Lima), Nosotros (Buenos Aires) y Letras (Santiago de Chile). En ellas está el observador agudo y panorámico de la vida moderna y sus transformaciones, su velocidad y sus vértigos; el pensador marxista, arropado por la lectura de Mariátegui, lleno de cegadora esperanza ante el porvenir; el latinoamericano cosmopolita que compara y sopesa las costumbres, los dichos, las actitudes y comportamientos; está, sobre todo, el reportero curioso, conversador y alerta que rompe hielos y fronteras; el periodista, en suma, sagaz, omnívoro y crítico que no deja de tomar posiciones ni deja escapar detalle alguno.

París, cuna de la modernidad

En París, Vallejo acude a la Exposición Internacional de Artes Decorativas, con sus pabellones nacionales, comenta la polémica sobre Delaunay, cuyos cuadros retiran y deben devolver por las amenazas de Marinetti, y lo resume todo con irónica exaltación:

¡La Exposición de París! Una babilonia adorable, perfumada de todos los refinamientos. Maravillas de hierro y movimiento, que hacen sonreír derechamente a los norteamericanos; concursos de horticultura, máquinas cinemáticas, descompuestas al infinito y cuyos matices arrancan de los ojos del espectador lágrimas, no tanto de emoción cuanto de impotencia visual. […]

¡La Exposición de París! El pabellón de Pomona, en que florecen corbatas íntimas para mujeres y corsés sportivos para hombres; galerías todopoderosas, de diamantes, cuyo dueño es el señor Citrôen, cuyo tallador es el señor Tennelier y cuyo comprador no ha nacido todavía […].4

El cronista parece vivir de ajetreo en ajetreo: se pasea por la ciudad, asiste a la Ópera (que ha llegado “a una crisis innegable”), reporta las conferencias en la Sociedad de Física (“En busca del dinero, el señor Nagaoka, físico japonés eminente, demostraba ayer […] que es posible la trasmutación del mercurio en oro. El problema de la piedra filosofal está, pues, resuelto.”) y se mantiene atento a la vida nocturna. Así, advierte por ejemplo la llegada triunfal del swing a París, un jazz que emerge de los bajos fondos con el inicio de las big-bands, donde ya se entrevé la gracia de Duke Ellington, de Dizzie Gillespie:

Un boceto de la danza negra, auténtica, había yo visto ya en película, en casa de Maurice Raynal, el crítico mayor de Picasso y del cubismo. Ahora se trata, más que de una danza plástica, de una danza auditiva. Se trata de un jazz prístino, original, en toda su salvajez inédita: los huesos ilíacos en relincho de sensualidad espasmódica hasta el dolor del alma, el trombón que destempla los dientes; la serie de tambores y platillos cuya vibración se hace polifonía soberbia, ululante, seca, heroica, lánguida, lujuriosa de triste lujuria; el crujido de los miembros, al danzar, al compás de un autotropezón imprevisto, aunque estilizado estupendamente, o al son de un sombrero de copa que cae al azar en el tablado y se rompe en dos tiempos armoniosos.5

En lugar de aquel hombre triste y ensimismado, este Vallejo cronista está encandilado por el asombro de los instrumentos. A partir de aquí podemos exigir más poetas para hacer la crónica de cualquier concierto.

La sociedad del porvenir

Pero no todo es ocio y desparpajo. De pronto, vuelve súbita la moral, la reflexión sosegada y el análisis reporteril. Eso sucede, hondamente, cuando Vallejo, entusiasmado por conocer los progresos de la revolución del 17, viaja a la Unión Soviética en tres ocasiones (1928, 1929 y 1931).6 De nuevo tenemos ahí a un periodista convertido, primero, en historiador absolutamente ideologizado y, segundo, en todo un antropólogo. Vallejo no deja de lado ningún aspecto de la vida del hombre nuevo ruso. Su mirada optimista a ratos nubla al lector: cómo puede estar tan equivocado, tan cegado. Sin embargo, su sensibilidad y sencillez nos abren los ojos a una serie de crónicas extraordinarias: aparecen las estaciones de tren de Moscú, el tráfico ordenado de sus calles, su nueva fisonomía llena de obreros, andamios, comedores colectivos y cooperativas, sus teatros con asientos rotativos y precio único, sus centrales termoeléctricas que rebasarán a las del mundo entero.

Hay un Vallejo, decíamos, que parece dispuesto al autoengaño: como cuando, al darse cuenta de que muchos obreros le esconden verdades (por ejemplo, en el precio de los menús estandarizados) para enseñarle un socialismo puro y perfecto, afirma que al Estado soviético no le interesa la propaganda, ni la fabulación. O cuando estipula que el nuevo sistema político del soviet no necesita representantes políticos fuertes ni individualidades dominantes. Pero estamos aún lejos de las purgas y los horrores del estalinismo. Vallejo es un optimista que quiere estudiar todos los aspectos de esta sociedad realizada, la sociedad del porvenir. Vallejo es un optimista sin límites. Así lo escribe cuando lo invitan a una reunión de escritores bolcheviques y el ambiente es de “alegría sana, exuberancia fecunda, fuerza generosa, instinto colectivo de la vida, praxis creadora”,7 mientras en el fondo se delinean los principios del realismo socialista. Optimista también cuando pasa un día entero en casa de un albañil, lo sigue en sus recorridos, en sus comidas, y, entre otras cosas, se pregunta por las relaciones amorosas que crea la sociedad sin clases: “¡El amor!… ¡Qué contenido tan distinto posee esta palabra en Rusia!”.8 El pegamento sentimental y desinteresado del amor es capaz de unir a “un gran escritor y a una cobradora de tranvía, [a] un director de sindicato y una portera de hotel o [a] una periodista y un picapedrero”.9 Amor sin barreras. Solamente en la cuestión feminista, dentro de esas nuevas relaciones personales soviéticas, parece haber algo de acierto hacia lo que será el futuro (del mundo, obviamente no de Rusia): “Aquello de sexo débil y sexo fuerte no pasa de una fórmula falsa, que la experiencia de todos los días desmiente”.10

Hay, además, momentos de gran extrañeza en algunas de estas crónicas. Yeva, una joven komsomolka, que por cierto no puede entrar a un hotel sola a buscar a un hombre, acompaña a Vallejo al banco de Estado y a Smolenski, “el viejo mercado de los últimos cachivaches de los nobles”. Un galpón donde se reúne una muchedumbre de compradores y vendedores venida a menos, donde Vallejo asiste a una escena dramática:

Esa otra dama, con aire majestuoso y joven todavía, cuyo pecho va cubierto de unos encajes amarillos y desgarrados, es una princesa. Vende unos zapatos blancos de soirée. Una mujer bonita y muy maquillada […] va a comprar los zapatos. Pero no. He aquí que la princesa, en un imprevisto movimiento de impudor, se sienta en el suelo, levanta las faldas y se saca los zapatos que lleva en los pies. ¿Qué sucede? La compradora no quería el calzado de soirée, y la princesa va a venderle los que lleva puestos. Pero la venta sigue haciéndose difícil. Un diálogo angustioso se traba entre las dos mujeres. La princesa acaba por llorar… […] No es la venta del objeto que no se necesita, sino la almoneda sangrante de trozos de la propia carne económica.11

Esto es tan solo un preludio de las más de dos mil páginas que existen del otro Vallejo (entre correspondencia, reportajes y crónicas), y a las que podemos acceder someramente gracias a la selección de escritos de viaje de Víctor Vich, editada en 2014.

Antes de su fallecimiento por una fiebre inexplicable, Vallejo había quedado absolutamente prendido de la causa de la República Española. “Lo de España ya te fue royendo el alma”, le escribe Neruda. A su entierro, el 19 de abril, asisten en París Louis Aragon, Tristan Tzara, Nicolás Guillén, Juan Larrea y André Malraux, entre otros. Así acaba la vida del poeta que, con un extraño sabor de profecía cumplida, escribió: “Me moriré en París con aguacero, / un día del cual tengo ya el recuerdo”.

 

Álvaro Ruiz Rodilla
Editor de nexos en línea.


1 En César Vallejo, Antología poética, prólogo de Víctor de Lama, Madrid, Edaf, 1999.

2 La edición crítica coordinada por Américo Ferrari restituye la verdadera cronología de los poemas, el orden de su publicación en periódicos y revistas y la creación póstuma por editores de sus dos últimos libros. Ver: César Vallejo,Obra poética, edición crítica coordinada por Américo Ferrari, Colección Archivos, ALLCA XXè, México, 1989.

3 En realidad, la edición príncipe se imprimió en el Monasterio de Montserrat, imprenta republicana bajo el cuidado de Manuel Altolaguirre.

4 “La Exposición de Artes Decorativas de París”, en César Vallejo, Camino hacia una tierra socialista. Escritos de viaje, selección y prólogo de Víctor Vich, Argentina, FCE, 2014, p. 54-55.

5 “La conquista de París por los negros”, en César Vallejo, Camino hacia una tierra socialista. Escritos de viaje, op. cit., p. 62.

6 En el primer viaje, Vallejo va pensionado por el gobierno del soviet, que tiene en ese momento gran interés en mostrarse ante el mundo y le da este tipo de prebendas a la prensa extranjera. Sin embargo, en el segundo viaje, el poeta ya no acepta las ayudas y viaja como “escritor independiente”. En su tercer viaje asiste al Encuentro Internacional de Escritores. Para entonces, ya se ha afiliado al Partido Comunista en España y ha sido expulsado momentáneamente de París por sus ideas (hasta su regreso en 1932). 

7 “La literatura. Una reunión de escritores bolcheviques”, César Vallejo, Camino hacia una tierra socialista. Escritos de viaje, op. cit., p. 135.

8 “El día de un albañil. El amor, el deporte, el alcohol, el teatro y la democracia”, en Ibid., p. 139.

9 Idem., p. 142.

10 Idem., p. 146.

11 “Capitalismo de Estado y estructura socialista. Régimen bancario. Mendicidad. Religión. Agonía de las clases destronadas”, en Idem., p. 188-189.