Autobiografía. El arte de la fuga es, entre otras cosas, una especie de autobiografía espiritual: la radiografía de un escritor. No obedece a ningún trazo cronológicamente ordenado, no pretende demostrar nada, tampoco intenta justificar mis ideas y mis actos. Es un acercamiento a mis fuentes espirituales y, al mismo tiempo, una fuga.

Barcelona es una ciudad que me agrada, incluso para vivir, al igual que Lisboa. En algunas circunstancias pienso que me resultaría muy bueno para mi trabajo pasar dos meses en Barcelona; tengo dos editores que entre ellos tienen un convenio: ERA en México y Anagrama en Barcelona. Además, me revitaliza mucho la vida literaria de Barcelona, su cercanía con Italia y las buenas librerías que en otras partes son difíciles de hallar. También me gustan algunas partes de Cuernavaca, pero la realidad es que se me antoja más vivir en Xalapa.

Córdova. Mi niñez y adolescencia transcurrieron en Veracruz. En Córdova está la casa de mi familia; recuerdo que cuando iba a la universidad pasaba todas mis vacaciones en ese sitio entrañable. Siempre he tenido una gran nostalgia por el estado de Veracruz, en mis cuentos, en mis novelas, aparece muchísimo.

Distancia. Escribo de México estando en Moscú, como en Domar a la divina garza, y escribo de Moscú estando en México. En muchos casos la distancia crea una perspectiva desde la cual se puede ver mejor, así desaparecen muchos detalles que solo enturbian la realidad o son los que la velan para llegar a cosas muy elementales, muy precisas.

Errancia. Como si fuera una constante, acaso como un reflejo de la realidad, en mi literatura hay un personaje que llega de fuera o que está a punto de emprender un viaje. Puede decirse que la errancia es una tradición en varias de mis novelas. El círculo familiar se mueve porque alguien que viene de fuera se empieza a descarriar, se dan situaciones un tanto curiosas: se produce un rechazo o un acercamiento.  

Ferri, Victorio. Desde mi primer relato “Victorio Ferri cuenta un cuento” hasta mi última novela, trabajo con una zona de misterio: pueden ser muchas cosas, un crimen, unos papeles, un joven que va en busca de su padre. En El sentido del amor, por ejemplo, hago que los personajes se muevan en torno a ese asunto que nunca se resolverá. Más que cajas chinas o muñecas rusas, cuando empiezo un cuento o una novela lo que me obsesiona es el misterio que voy a desarrollar.

Gogol. Un escritor al que aprecio, cuya muerte siempre me ha impactado. Su deceso es un reflejo de los momentos de intolerancia religiosa que lo condujo a ese final fatídico. Su protector religioso, un sacerdote llamado Matei, fue quien le dijo que el diablo se había apoderado de su mano y lo orilló a quemar sus libros. El sacerdote que lo atormentaba lo tenía en ayuno, además le había clavado sanguijuelas alrededor de la nariz para “sacarle la sangre mala”. Gogol murió creyendo que las sanguijuelas eran los dedos del diablo que le estaban sacando el alma. La historia de Rusia trae consigo muchas crueldades, pero es una de las sociedades más espirituales que hayan existido. La religiosidad, la pasión por el bien y por los otros está en el mismo grado junto con los torturadores.

Heterodoxos. A principios de 1969 y hasta mediados de 1971, estuve viviendo en Barcelona. Colaboré, junto a Beatriz de Moura, en la entonces recién fundada editorial Tusquets, como director de una pequeña colección llamada Los heterodoxos. Fue uno de los periodos más intensos que he vivido, colmado de descubrimientos tanto íntimos como externos, de delirio, zozobras y regocijo.

José Emilio Pacheco. La obre de Pacheco se ha convertido en una fuerte columna de las literaturas de nuestra lengua. Su prestigio es internacional. Sus seguidores y sus estudiosos componen ejércitos. Y en México, ¿quiénes no han seguido por décadas su “Inventario”, una de las más eficaces, inteligentes y disfrutables labores culturizadoras que alguien haya emprendido en nuestro mundo, una sección periodística que regenera la memoria y al mismo tiempo escruta lo que está por venir, que reseña lo más valioso del quehacer nacional y, a la vez, informa sobre la salud de otras literaturas, y que a la crónica de un acontecimiento político o social añade una reflexión moral más amplia?

Kafka, Franz. El antihéroe se ha convertido en un triunfador ubicuo. Aparece en casi todos los confines del planeta. Puede ser melancólico, trágico o bufón, pícaro o inocente. Su prestigio es arrollador. El antihéroe por antonomasia del siglo XX es Josef K, nuestro agobiado abuelo soñado por Franz Kafka.

Literatura de viajes. En el siglo XIX varios escritores mexicanos frecuentaron la literatura de viajes, hay que recordar a Justo Sierra, Manuel Payno, Ignacio Manuel Altamirano y a José Vasconcelos, este último por sus libros Ulises criollo y La tormenta. Martín Luis Guzmán tiene un libro formidable: A orillas del río Hudson; Alfonso Reyes escribió crónicas memorables de España y Brasil; también Salvador Novo hizo lo suyo y, por supuesto, Octavio Paz con su libro Vislumbres de la India.

Misterio. Según Sklovski, los dos procedimientos fundamentales de la novela de misterio consisten en un retraso voluntario de las soluciones y en un “extrañamiento” radical que al distanciarnos de los sucesos narrados atenúa cualquier emoción. Los asesinatos no nos alteran, sino que solo acrecientan nuestro interés en la lectura.

Nacionalismo. En la exaltación del nacionalismo, los regímenes totalitarios encuentran siempre a un mismo enemigo fundamental: el cosmopolitismo. El ciudadano del mundo, como Thomas Mann se definía en el exilio, es el enemigo por antonomasia de las dictaduras del siglo XX: el traidor a su tribu.

Oro, siglo de. Durante mi época de estudiante, cuando por las mañanas estudiaba leyes y por las tardes iba de oyente a la Facultad de Filosofía y Letras, mis pasiones eran la literatura inglesa y el Siglo de Oro español. Paulatinamente fui ensanchando mis territorios.

Polaca. La primera gran sorpresa que me deparó la literatura polaca fue Bruno Shulz. Leerlo significó aproximarme a la vanguardia de este país. La obra de Shulz era una de las más vigorosas expresiones de una individualidad creadora. En sus libros se configura una mitología poética, un mundo imaginado, transformado, mezcla de sueño y pesadilla, sustentado siempre en los elementos más simples que la realidad nos ofrece.

Quijote. El Quijote se adelantó a su época. No hay ninguna ulterior corriente literaria importante que no le deba algo: las varias ramas del realismo, el romanticismo, el simbolismo, el expresionismo, el surrealismo, la literatura del absurdo, la nueva novela francesa y muchísimas más encuentran sus raíces en la novela de Cervantes. Víktor Sklovski, en 1922, descubrió que la novela no solo era la más nueva en la época de Cervantes, sino que en el siglo XX, en la época de las vanguardias, seguía siendo la más contemporánea de todas.

Rusos. La literatura rusa es un mundo que para mí tiene enorme importancia, la comencé a leer desde muy niño. Sin ella, sin algunos de sus autores, no solamente mi escritura no sería la misma sino que mi vida habría estado mutilada. Los autores rusos muchas veces le dieron gran expansión a mi vida y han sido regidores de mi escritura.

Sueño. Desde hace tiempo llevo un diario de sueños, en todos los lugares que visito tengo sueños y me acuerdo de ellos, aunque duerma poco tiempo. El sueño es una fuga, hay fuerzas represivas que uno se plantea; en ese sentido, el sueño es una metáfora de lo que uno teme.

Transgresión. César Aira me regaló su novela Cómo me hice monja. Desde muchos años no había sentido el asombro y placer que me produjo recorrer una y otra vez sus páginas, donde la transgresión era continua, como lo era también la permanente transmutación de toda norma de tiempo y espacio.  

Unión Soviética. Para mí fue muy importante conocer la Unión Soviética. Me tocó ser testigo de uno de los fenómenos más complejos del siglo XX que transformó la esfera universal. Los resultados no eran lo que se esperaba. No era un socialismo liberal, un régimen con plenas libertades, sin censura; tampoco con la obligación o los deberes de un gobierno que se creía con oscilaciones sociales. En general, los resultados fueron bastante amargos para todos. De hecho ahora está convertido en un país de multimillonarios; me refiero a los dueños de los astilleros, del petróleo, de las grandes empresas que habían sido nacionales y que se las dieron a unos cuantos. Pude presenciar cómo solo algunos ostentan una riqueza brutal que apoya a las peores mafias, surgidas de una población que, en su mayoría, es miserable. También vi cómo se disolvían algunas instituciones que eran verdaderamente fatídicas, como las uniones de escritores y cineastas, burócratas necios, sordos hacia cualquier manifestación cultural. Cuando me percaté de que todo eso se derrumbaba y salía salgo nuevo, tan cálido, me maravillé: fue como una gran carga de energía.

Viena. El mago de Viena iba a ser un conjunto de artículos, de prólogos y textos de conferencias, pero cuando lo ordené en un índice me pareció muy fastidioso. Entonces comencé a reescribirlos, a buscar una estructura narrativa. Y de ese material surgió la idea de hacer algo como una novela o una narración autobiográfica, con un tono celebratorio y levemente extravagante. Mis viajes, mis lecturas, mi escritura, mis amigos y aun personas que conozco casualmente se me convierten en personajes.

Wittgenstein. En toda obra de arte, cualquiera que sea su género, hay un grumo insondable que la imanta, y ese punto secreto, esa fortaleza asediada por todas partes, que es lo que convierte algo en una verdadera obra de arte, no cede a ningún escrutinio. Cada generación, cada esteta intuirá la existencia de ese misterio y se lo explicará a sí mismo a su propia manera, apasionado por su versión, pero consciente a la vez de que en el arte no hay ninguna verdad absoluta, ninguna palabra final, lo que es uno de los mayores atributos de la libertad. En ese sentido, entiendo y comparo el apotegma de Wittgenstein. No hay nada mejor que el silencio cuando se trata de explicar una obra de arte. Pero al escritor, sobre todo al poeta, le está destinado un campo amplísimo de acción: su imaginación.

Xalapa. Estuve 27 años fuera y cuando llegué la Ciudad de México no era la misma. Me encontré con un rostro diferente: los Ejes viales se habían comido parte de las banquetas y las fachadas de las casas que conocía fueron demolidas. De pronto me vi en una ciudad que desconocía. En una ocasión me pidieron que fuera a Xalapa a impartir un curso de literatura rusa y aproveché para visitar el sitio que me recordaban mi niñez, entonces me di cuenta de lo bien que me sentía estando en Xalapa. En la Ciudad de México me convertí en un redactor, mientras que en Xalapa volvió a fluir la escritura, recuperé mi creatividad. Por eso decidí quemar las naves y establecerme en Xalapa. Me gusta venir a la Ciudad de México, visitar a mis amigos, pero a los pocos días ya quiero estar en Xalapa.

Yugoslavia. A fines de 1967, cuando trabajaba como agregado cultural en la embajada de México en la ciudad de Belgrado, fui comisionado a organizar una gran exposición de Rufino Tamayo en Yugoslavia. La inauguración fue un éxito. Todo el who is who de Belgrado estaba presente, propiciando un clima de verdadero entusiasmo. El color de Tamayo fue una descarga que sirvió para revitalizar fibras que entonces creía ya definitivamente adormecidas.

 

Mary Carmen Sánchez Ambriz
Editora y ensayista.

*Las respuestas fueron tomadas de una conversación de Sánchez Ambriz con Sergio Pitol y de su libro de ensayos El tercer personaje, editorial Era, México, 2013.