“¿Qué habría sido de Kafka sin Kurt Wolff?”, se pregunta el crítico español Ramón Amorós. El editor alemán tuvo el acierto de publicar los primeros manuscritos de Franz Kafka, y luego supo alentarlo en sus posteriores experimentos literarios. Durante la Gran Guerra, Kurt Wolff (Bonn, 1887-Marbach, 1963) inició su colección Der Jüngste Tag (El día del Juicio), en la que dio a conocer autores de la talla de Walter Hasenclever, Karl Kraus, Heinrich Mann, Georg Trakl, Robert Walser, Franz Werfel y el propio Kafka. En los siguientes fragmentos de Autores, libros, aventuras. Observaciones y recuerdos de un editor. Seguidos de la correspondencia del autor con Franz Kafka (Acantilado, traducción de Isabel García Adánez, 2010), el editor aborda las claves del oficio y sus desafíos.


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Llevo cincuenta y cinco años oyendo la pregunta: “¿Dónde aprendió usted su oficio?”. La respuesta es siempre la misma: en ninguna parte.

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Desde los doce años he pasado horas y horas, casi a diario, en librerías, tanto en mi país como cuando estaba de viaje. Me es indiferente estar a un lado o al otro del mostrador, ser comprador o vendedor. Quien siente pasión por los libros y por la profesión de editor se siente como en casa en las librerías.

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Evolución de los logotipos de la editorial Kurt Wolff de 1912 a 1925.

Yo salí un buen día del Seminario de Germanística de la Universidad de Leipzig y entré, por expresa invitación, en la oficina de Ernst Rowohlt —de mi misma edad y misma fascinación por los libros—, un piso de dos habitaciones en la Königstrasse, 10, de Leipzig, el edificio de la imprenta Drugulin. Y no llevaba conmigo más que lo único fundamental que no se puede aprender pero que es obligado aportar y, además, en abundancia: entusiasmo. Claro está que el entusiasmo tiene que ir unido al buen gusto. Todo lo demás es secundario y se aprende enseguida con la práctica.

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Por buen gusto no solo entiendo la capacidad de juzgar y de detectar la calidad de una obra literaria. El buen gusto debería comprender también un sentimiento de seguridad con respecto a la forma —formato, composición, tipo de letra, encuadernación, camisa— en la que debe presentarse un libro.

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El gusto literario, por otra parte, tiene que estar unido al instinto para saber si un libro tendrá acogida entre una minoría de lectores o si su tema y su forma resultan adecuados para un círculo amplio. Eso determina de manera decisiva las cifras de la tirada y la publicidad del libro, y hay que tener cuidado con no dejarse llevar por el entusiasmo personal y crearse expectativas demasiado optimistas.

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Uno edita o bien los libros que considera que la gente debería leer, o bien los libros que piensa que la gente quiere leer. Los editores de la segunda categoría, es decir, los editores que obedecen ciegamente al gusto del público, no cuentan, ¿verdad que no? Pertenecen a otro ordo, por utilizar ese bonito término católico. Para esa actividad editorial no se requiere ni entusiasmo ni buen gusto. Se proporciona la mercancía que se demanda.

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Dado que yo había aceptado un manuscrito de Max Brod y que éste veía en Kurt Wolff la editorial para publicar toda su obra, me envió a un joven compatriota y amigo: Franz Werfel, al igual que un día me trajo en persona a otro compatriota y amigo: Franz Kafka. Quien tuviera oídos para escuchar no podía resistirse a la prodigiosa musicalidad de los versos tempranos de Werfel, ni no sentirse conmovido de inmediato ante la magia de la prosa de Kafka.

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IMAGEN 2. PIE DE FOTO: Tarjeta postal. Noviembre de 1918. De Franz Kafka (Praga) a Kurt Wolff (Leipzig). Archivo Kurt Wolff. Yale University Beinecke Rare Book & Manuscript Library.

Kafka, Brod, Werfel, Hasenclever…, ésos fueron los primeros autores de la editorial Kurt Wolff, y, como bien se ve, fue más la casualidad que el mérito lo que hizo que llegasen a ella. Naturalmente, hizo falta cierta capacidad para percibir que cada uno, a su manera y en su medida, merecía los esfuerzos del editor.

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En la revista Der Brenner de Innsbruck leí algunos poemas de un desconocido que se llamaba Georg Trakl. En ellos se sentía con tal inmediatez el aliento de una poesía con mayúsculas que, en el mismo momento —era el 1 de abril de 1913— escribí al autor proponiéndole la publicación de un volumen de poesía. En ese mismo año aparecía en la colección Der Jüngste Tag [“El último día” o, también, “El día del Juicio Final”] un volumen de Poemas y, once meses después, en marzo de 1914, Trakl enviaba el manuscrito de un nuevo libro que se titulaba Sebastian im Traum (Sebastián en sueños) y que tal vez podría calificarse como el libro de poemas más bello y más puro de toda aquella época. ¡Qué grandes expectativas se albergaban sobre el futuro de aquel joven poeta! El 9 de octubre llega un telegrama de Trakl desde el lazareto militar de Cracovia, donde había ingresado el joven, incapaz de superar los horrores de la guerra. El famoso telegrama rezaba:

Sería una gran alegría para mí si pudiera enviarme un ejemplar de mi nuevo libro Sebastián en sueños. Enfermo en el hospital militar de Cracovia. Georg  Trakl

No pudimos darle esa alegría. El libro aún no estaba terminado. Y, tres semanas después, el poeta se quitaba la vida. Se envenenó.

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De un suizo llamado Robert Walser llegaron, también en la primavera de 1913, las primeras cartas, escritas en una caligrafía muy coqueta propia del siglo XVIII; cartas cuyo contenido no podía haber sido más simple y cuyo tono resultaba tan inconfundible como único.

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El hecho de que entonces existiera una nueva editorial abierta a la joven generación y en la que se publicaba a Kafka, Werfel y Hasenclever instó a innumerables jóvenes escritores, con talento y sin él, a enviarnos sus manuscritos.

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[…] me acuerdo de Max Brod, de quien a menudo tenía la sensación de que me enviaba a todos los praguenses que escribían, fuera lo que fuera, aunque en el fondo sabía perfectamente que, al lado de Kafka y Werfel o de checos como Brežina y Bežruc, la mayoría eran escritores muy menores e insignificantes.

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¡Ay, cómo sufría Kafka! Callado, torpe, tierno, vulnerable, intimidado como un colegial examinándose del bachillerato, convencido de la imposibilidad de cumplir jamás con las expectativas que los elogios del empresario [Max Brod] despertaban.

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“Siempre le quedaré más agradecido porque me devuelva mis manuscritos que por su publicación.” [Franz Kafka a Kurt Wolff.]

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Primera edición de La metamorfosis con la famosa ilustración de Ottomar Starke en la portada. Kafka insistió en que la ilustración no representara un insecto. Escribió una carta a la editorial Kurt Wolff: “El insecto en sí no debe ser dibujado. No se puede mostrar en absoluto, ni siquiera desde la distancia”.

Usted y yo sabemos que, por lo general, son precisamente las cosas mejores y más valiosas las que no encuentran eco inmediato, sino que no lo hacen hasta más adelante, y nosotros seguimos creyendo en los lectores alemanes y en que alguna vez poseerán la capacidad de recepción que estos libros merecen. [Kurt Wolff a Franz Kafka.]

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Alejandro García Abreu
Ensayista y editor.